Acerca de insulabaranaria

Soy investigador y Secretario del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra (Pamplona), Secretario del Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA, Madrid / Nueva York) y Vocal de la Junta Directiva de la Asociación de Cervantistas. También correspondiente en España de la Academia Boliviana de la Lengua. Mis principales líneas de investigación se centran en la literatura española del Siglo de Oro: comedia burlesca, autos sacramentales de Calderón, Cervantes y las recreaciones quijotescas y cervantinas, piezas teatrales sobre la guerra de Arauco, etc. También me he interesado por la literatura colonial (en especial la de ámbito chileno), la literatura española moderna y contemporánea (drama histórico y novela histórica del Romanticismo español, novela de la guerra civil, cuento español del siglo XX…) y la historia literaria de Navarra.

Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (y 8)

Mientras los araucanos debaten si seguir la guerra o pactar la paz, a los españoles les llega la noticia de que Carlos V se ha retirado a Yuste y es ahora rey don Felipe[1]. Don García decide que se haga una fiesta para jurar al nuevo monarca (que contrasta con la borrachera y orgía de sangre de los araucanos). El general muestra su resolución con estas palabras: «No pienso envainar la espada / hasta morir o vencer» (p. 831)[2]. Saben que Caupolicán ha juntado en Purén a todos sus caciques y dispone que el capitán Avendaño vaya a cercar la quebrada; en ese punto explica por qué sus enemigos lo denominan san García:

GARCÍA.-  No me llaman san García
los indios porque soy santo,
pero porque en profecía
adivino y digo cuanto
intenta su rebeldía (p. 832)[3].

Muy importante resulta la escena final con el bautizo y la muerte de Caupolicán, que ha sido capturado. Los cargos contra él son que se opuso al cielo y al rey; es traidor porque cuando se rebeló era ya vasallo del rey de España, circunstancia que el indio niega, haciendo una bella defensa de su libertad e independencia. Don García le confiesa que no puede perdonarlo, aunque le pesa. Caupolicán se muestra agradecido: sabe el indio que, si el español le conservara la vida, mantendría viva la rebeldía de Arauco. Por un momento parece arrepentirse de vivir para morir sin honra (p. 842), pero don García le argumenta en favor de la vida del alma, mucho más valiosa. Caupolicán tiene a su adversario por noble y por entendido, y don García reconoce en el indio valor y entendimiento (véase el interesante diálogo de ambos en las pp. 843-844). Don García se ofrece para ser su padrino, lo que los une en parentesco espiritual (que supone, dicho sea de paso, la asimilación total del otro).

Muerte de Caupolicán

La obra finaliza con el ofrecimiento de su hazaña de pacificación lograda en solo dos años (victorias vencidas, ciudades fundadas…) a Felipe II, rey español y rey indiano, representado allí en estatua (pp. 847-848).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

[3] Y más adelante el propio Caupolicán lo denominará también san García (ver las pp. 836-837).

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«Corte de corteza» de Daniel Sueiro: valoración final

Ana María Navales ofrecía esta valoración de Corte de corteza de Daniel Sueiro[1], con la que coincido en buena medida:

Sueiro ha puesto en Corte de corteza toda la imaginación de que probablemente es capaz aunque, en muchos pasajes, se ha quedado a mitad de camino entre la fantasía del futuro y la realidad del presente a que tan acostumbrado está. Lo verdaderamente interesante en esta novela, a la que quizás sobran páginas, perdidas en una confusa demagogia, es la manera de tratar el tema. […] Sueiro quiso salir del oscuro callejón de la novela social con un tema y un planteamiento universal. Su ambicioso proyecto se le quedó en una realidad conseguida de menor trascendencia que lo imaginado. Sus dos piedras de toque, literatura para una mayoría de público y su particular ideología, limitaron su obra en este caso en que el escritor no se limitaba a sí mismo, amparado en el consciente confusionismo de su planteamiento. No obstante, en Corte de corteza utilizó una fórmula valiosa en la que quizá no ahondó suficientemente. Algunos personajes quedan borrosos y desleídos en esa falsa ciencia-ficción y en su mundo de postulados y teorías que les resta enjundia y fuerza humana por exceso de cerebralismo[2].

Ciertamente, Corte de corteza fue una obra renovadora en su momento de aparición: lo fue en lo formal, aunque hoy estemos acostumbrados a experimentalismos mucho mayores; y lo fue también temáticamente, si bien ahora —a más de cuarenta años de distancia— tampoco nos llama tanto la atención desde ese punto de vista: muchos de los avances de los que habla Sueiro son en nuestros días realidad cotidiana, o casi lo son. La novela nació como un eco de la euforia de los trasplantes y hoy los maravillosos progresos de la medicina en este campo continúan sorprendiéndonos positivamente. Día a día la ciencia avanza, haciendo realidad proyectos que hace pocos años eran impensables (o solo soñados por la mente de algún escritor, como por ejemplo Julio Verne en su tiempo). Hoy por hoy, el argumento que plantea Corte de corteza, un trasplante de cerebro[3], no parece posible, afortunadamente, pero quizá no lo sea en un futuro más o menos lejano…

TrasplanteDeCerebro

En cualquier caso, la obra de Daniel Sueiro resulta interesante, fácil de leer y, lo más importante, nos hace reflexionar, entre otras cosas, sobre la pérdida de valores en una sociedad cada vez más deshumanizada[4].


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974, pp. 195-197.

[3] Este mismo tema lo ha planteado más recientemente Jesús Ferrero en su novela Doctor Zibelius, Sevilla, Algaida, 2014.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (7)

Otra escena interesante en la caracterización del marqués de Cañete en Arauco domado de Lope de Vega es el castigo ejercido sobre Galvarino, que reviste carácter de justicia[1]. La acusación es que mató a traición al español Juan Guillén; el indio se justifica diciendo que «Todo es guerra» (p. 818)[2], pero don García decide cortarle las manos y enviarlo a Caupolicán, como escarmiento para los rebeldes y muestra de su firme determinación. Pues bien, hasta el propio condenado a tan cruel castigo, Galvarino, reconoce el gran nombre de Mendoza.

Galvarino

Después lo vemos preocuparse por el hecho de que la presencia de Gualeva junto a don Felipe en el campamento español pueda dar mal ejemplo a los soldados (p. 819), pero su hermano lo tranquiliza diciendo que ha enviado a la india con Rebolledo de vuelta con Tucapel. Es más, se pone de manifiesto que Gualeva ha sido honrada mientras ha permanecido con los españoles (más en calidad de invitada que de prisionera), y por ello ha quedado obligada por don García. Así se lo explica la propia Gualeva a Tucapel, añadiendo nuevos elogios (p. 821).

Tucapel se mostrará pronto partidario de la paz al ver las victorias del español y que sigue fundando fuertes y ciudades (p. 824). Llega Galvarino al consejo y también él elogia a don García: «este mancebo cristiano / os vence en tantas batallas, / os rinde en tantos asaltos» (p. 827); clama por la libertad, los exhorta al combate, y su ejemplo los inflama, de forma que los araucanos deciden ir a la guerra, para lo cual se juntarán en las quebradas de Purén. Rengo cuenta que don García ha ido a Ancud y ha fundado la ciudad de Osorno «por un abuelo que tiene, / conde de Osorno» (p. 830).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

«Corte de corteza» de Daniel Sueiro, una novela de crítica social (y 2)

Chaplin, Charlie (Modern Times)En cuanto a los temas presentes en Corte de corteza[1], el propio Daniel Sueiro dice que en su novela se pasa revista a «todo lo divino y lo humano»[2]. Se habla, como indica Ana María Navales, de «la violencia, la represión, la publicidad comercial, las técnicas vitalistas, la discusión de primacía entre la religión y la ciencia, la demagogia, el inconformismo o lo contrario, la sexualidad, […] el endiosamiento profesional por vía del éxito, la sociedad de consumo, los desastres de las guerras…»[3]. Efectivamente, en el momento en que se sitúa la acción el mundo está envuelto en varias guerras, han vuelto a triunfar los fascismos en Europa, existe en Estados Unidos y Japón una sociedad capitalista que aliena al individuo, que lo esclaviza. Hay referencias claras el mayo del 68 en París, al movimiento hippie, a la guerra de Vietnam, al imperialismo estadounidense. En este sentido, se podría considerar Corte de corteza como una obra culturalista, en la medida en que su autor, Daniel Sueiro, trata de reflejar en ella algunos aspectos, los que más le interesan, de la cultura de una época, la que a él le ha tocado vivir. Se critica la opresión de la gran ciudad, el trabajo agobiante y deshumanizador, la vida automatizada, el Estado policial, el poder manipulador de los medios de comunicación de masas (prensa, radio, televisión, publicidad). No faltan las alusiones a otros temas como el mercado negro de órganos, la posibilidad de hibernar un cuerpo enfermo hasta que se descubra el remedio para su enfermedad o de elegir el sexo de los hijos, la existencia de vida inteligente en otros planetas o la venta de medicinas adulteradas que causan graves daños al ser comercializadas antes de tiempo, sin haber sido suficientemente estudiados sus efectos secundarios.

Sueiro parte de una anécdota concreta, el trasplante de cerebro, que plantea los límites del progreso científico, su choque con los valores humanos. Ese es el núcleo central, el punto de partida. Pero a partir de ahí surge toda una constelación de temas y, al final, más que el conflicto interior de Adam, el de la doble personalidad, importa el tema social, la problemática del mundo que le rodea. Ya lo apuntaba José Domingo:

Es más, mucho más que un caso de conciencia lo que Sueiro ha pretendido plantear en su novela pues, además del problema moral originado por el trasplante, se nos describe con toda precisión el panorama de la sociedad capitalista actual, en la que tan disgregador papel desempeña la alienación del individuo… Crítica rigurosa de un sistema en el que los progresos científicos […] plantean cuestiones de muy difícil solución[4].

He señalado que se está criticando un tipo de sociedad capitalista, concretamente la sociedad norteamericana. Ahora bien, indirectamente la crítica se puede aplicar a la realidad española de los años 60, sobre todo en lo relativo a la persecución de los intelectuales o a las violentas intervenciones de la policía (la censura no permitiría hablar de ello explícitamente, pero Sueiro lo deja caer como de pasada, veladamente). Por ejemplo, se dice que el periodista que resulte molesto

será expedientado, multado, procesado, juzgado, condenado, y si lo merece y no hay más remedio, a pesar de nuestra buena voluntad, ejecutado, y aquí paz y después gloria, y el que venga detrás que arree, ahí me las den todas y a ver quién es el chulo que se mueve. ¡Silencio!, que lo abraso, como abrasamos a todos los demás y seguiremos abrasando para que no nos abrasan a nosotros (pp. 50-51).

Y se menciona que, al disolver una manifestación, los policías daban

fuertes mazazos con las porras de goma o de plomo, que sonaban secamente, se oían los huesos al romperse, la carne al macerarse o abrirse. […] Al levantarse vio el final de la escena con un enjambre de negros cuervos picoteando, pisoteando, pateando y apaleando a una muchacha de unos dieciséis años, hecha un ovillo en el suelo, que no se movía, ni gritaba (p. 199).

Podría multiplicarse el número de citas, pero me limitaré a una pequeña selección de algunas de las más interesantes. Así, se pone de relieve la opresión de la gran ciudad, con sus inmensos rascacielos: «sentados ante la angosta ventana que daba a varios centenares, a miles de ventanas iguales en los grandes edificios de enfrente» (p. 38). Edificios iguales. Repetición. Monotonía. Rutina. Se construían

villas idénticas para aburrirse del mismo modo durante los largos, largos fines de semana, de modo que de pronto las grandes ciudades quedaron rodeadas de ciudades más grandes todavía de las que de momento nadie había encontrado aún la forma de escapar […] y ya todo a lo largo y ancho y por cualquier lado que mires la miríada, la colmena, el hormiguero de casitas bajas (p. 245).

El poder de la publicidad puede detectarse en estas palabras:

Realmente, la compañía de Key no fabricaba nada, pero lo vendía todo, ese era su lema. […] Conocían las técnicas de ventas, merced a las cuales conseguimos hacer necesario lo superfluo y sabemos hacer viejo lo nuevo en cuestión de semanas. Nunca hay riesgos así (p. 81).

Igualmente condenable resulta

el sucio y criminal negocio del trust o banco de órganos humanos, cuyo éxito crecía al mismo ritmo con que se registraban aquellas misteriosas desapariciones de la gente, hasta que llegó a saturarse el mismo mercado negro (p. 43).

Varias veces se describe el poder destructor de las guerras, como cuando vuelven a la patria

los restos de lo que fue nuestro flamante ejército pacificador: muchachos de quince años mutilados y envejecidos, hombres vendados, ensangrentados, taciturnos, soldados y oficiales barbudos y silenciosos, de ojos inmóviles y ensimismados, de uniformes rotos, y ataúdes (p. 107).

Son palabras duras, que invitan a pensar sobre el sentido de una guerra, de cualquier guerra. Se dice que los médicos de campaña «cada mañana ven llegar a sus bases batallones enteros de hombres jóvenes y sanos, frescos para la lucha, que cada noche les entregan mutilados, moribundos o muertos» (p. 115).

En algunos fragmentos apunta el tema de la doble personalidad (aunque, como insiste Tomás Yerro en su análisis, se deja de lado, sin que constituya, como podía haber sido, el elemento principal de la novela):

No se puede vivir la vida de otro, no se puede vivir con otra persona que no es ella misma, y esta misma persona tampoco puede, creía ella, vivir sin reconocerse (p. 116).

Ahora ya no son sólo los semejantes a los que ha de soportar usted [le dice Castro a Adam], ha de soportarse a sí mismo (p. 266).

Parecía como si pretendieran introducirle en unos carriles que él no pensaba seguir, habituarle a una serie de cosas, hechos, personas, a las que nada le unía (p. 267)[5].


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] En Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974,  p. 193.

[3] Navales, Cuatro novelistas españoles…,  pp. 191-192.

[4] José Domingo, «Dos novelistas españoles: Elena Quiroga y Daniel Sueiro», Ínsula, 232, marzo de 1966, p. 3. En cambio, a De la Fuente (1989) el problema en torno a la identidad personal le parece el tema central.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (6)

Sigue avanzando la acción de la comedia[1]. Una conversación entre Gualeva y Rebolledo pone de relieve una vez más que Hurtado de Mendoza perdona y trata bien a los indios de paz; ella no ha tenido ocasión de verlo nunca, pero Rebolledo le hace la siguiente presentación de su persona:

REBOLLEDO.- Si le vas a ver y hablar,
pues ningún temor lo veda,
de cuanto en España queda
no tienes qué desear:
persona, virtud, valor,
gracia, ingenio, autoridad
y una real majestad
vestida de resplandor
verás en aqueste Hurtado,
tan suya, en honor del suelo,
que de algún jirón del cielo
dirás que fue hurtado Hurtado.
Ven, y vendrás de sus manos
cargada de ricos dones (p. 802)[2].

Nadie se resiste a las buenas prendas de don García. Engol, joven hijo de Caupolicán y Fresia, le cuenta a su madre que salió mal el ataque sorpresa a los españoles; y aunque achaca el resultado a la suerte (habla de «ese español capitán, / que con tal dicha nació», p. 811), también él elogia «la valentía / del heroico don García» (p. 812). Al final del acto segundo, Caupolicán, herido y vencido, y arrepentido de su anterior arrogancia, añade nuevos elogios:

CAUPOLICÁN.- ¡Oh, valor invencible de españoles!
¡Oh, generoso mozo don García,
sol que das resplandor a tantos soles! (p. 814).

Cañete (Chile)En ese momento se le aparece Lautaro como una sombra y le informa de que don García camina al cerro de Tucapel, y que en las ruinas de lo que fue la casa de Pedro de Valdivia ha fundado la ciudad de Cañete, «del nombre insigne / del Estado de su padre» (p. 815). Sigue, pues, adelante la labor fundadora del gobernador español. Ese detalle de que convertirá las ruinas de la casa de Valdivia en una ciudad se reitera más adelante (p. 821). Se trata de volver en victoria o vengar, de alguna manera, la suerte del anterior gobernador.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (5)

Si el acto primero termina mostrando la determinación de don García[1]: «¡Chile, yo he de sujetarte, / o tú quitarme la vida!» (p. 784)[2], el segundo comienza con nuevos elogios de su destreza militar, pues ha salido vencedor con muy pocos soldados (600 españoles para 40.000 araucanos), tal como apreciamos a través de un diálogo entre don Felipe y Alarcón (p. 785). Don Felipe relata que don García salió del fuerte de Penco y entró en la tierra rebelada, para llegar a orillas del río Bío-Bío; sigue una nueva comparación con Julio César, en concreto por su resolución; el paso de sus soldados con barcas a la otra orilla del río se equipara al paso del Rubicón (p. 786).

Cesar cruzando el Rubicón

Esta arriesgada maniobra, que le ha permitido marchar al cerro de Andalicán, arranca nuevos elogios:

FELIPE.- Alabarte al general,
encarecerte su espada,
lo que hizo, lo que dijo,
era mi propia alabanza,
porque soy hermano suyo,
mas solo decirte basta
que tembló Arauco su nombre
y le llamó sol de España (p. 788).

La escena de la junta de caciques araucanos reunidos por Caupolicán para ver si interesa seguir la guerra o pactar la paz sirve para resumir algunos de los hechos históricos anteriores a la llegada de don García a Chile (la rebelión de Lautaro, la muerte de Valdivia, la victoria de los indios sobre Villagra…). Para vencerlos, les dice Caupolicán, el virrey del Perú

a su hijo don García,
ese que llaman Hurtado
de Mendoza, envía a Chile;
él dice a pacificarnos,
y aunque es verdad que lo ha hecho
con piedad e ingenio tanto,
yo no sé determinarme
si a su valor nos rindamos.
Proseguir la guerra es cosa
de gran duda, imaginando
el valor deste mancebo
y sus principios extraños,
las batallas que ha vencido,
los ardides, los reparos
que a nuestras ofensas hace,
venciendo, hiriendo, matando (p. 794).

Los elogios del caudillo español están puestos en boca de su mayor enemigo: Caupolicán sabe que es noble y generoso en el perdón: «es verdad que el Mendoza / lo ha de ser perdonarnos» (p. 795, donde Mendoza vale ‘noble’). También Rengo pondera la nobleza y las virtudes de los españoles, y lo mismo hace Orompello, que se suma a los partidarios de la paz con estas palabras:

OROMPELLO.- Rengo propone muy bien,
que no es hombre don García,
aunque es mancebo, con quien
burlarse Arauco podría,
sino perderse también.
Si habéis visto tanta hazaña,
¿por qué no se han de rendir
por él a Carlos de España? (p. 797)


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

«Corte de corteza» de Daniel Sueiro, una novela de crítica social (1)

El análisis de los personajes —junto con el tiempo y el espacio en que se mueven— y de los temas servirán para comprobar que Corte de corteza de Daniel Sueiro es una novela[1] con abundantes elementos de crítica social, como certeramente han destacado diversos estudiosos. Así, Bienvenido de la Fuente señalaba:

Sueiro no ha abandonado su tarea de llamar la atención sobre problemas sociales y de criticarlos. El trasplante de cerebro de Corte de corteza no hay que verlo sino como un ejemplo para mostrar a qué extremo se puede llegar en nuestra sociedad. Ante el adelanto técnico, ante el progreso en general, y aquí ante el adelanto en el campo de la medicina, el individuo está en continuo peligro de perder su personalidad[2].

Por su parte, Rafael del Moral escribía:

Ciencia ficción comprometida, y no de aventuras, que anuncia, al poner en peligro la integridad humana, un fruto caótico y deshumanizado. El fondo es un trasplante de cerebro con sus significados éticos y morales. […] Crítica al mundo dominado por la técnica y el desarrollo ciego del capitalismo con una orientación más social que psicológica[3].

Pedraza Jiménez y Rodríguez Cáceres comentan que la apasionante historia en que se sustenta la novela sirve de pretexto a Sueiro para dar salida a una fuerte crítica a la sociedad de consumo deshumanizada:

Sueiro plantea los conflictos que presenta para el hombre un progreso que sólo atiende a los aspectos tecnológicos, y se cuestiona qué límites hay que ponerle. Aunque ha renovado su forma de expresión, manifiesta las mismas ideas de siempre, con idéntica crítica al sistema[4].

Y podrían añadirse otras citas similares. Ya mencioné que Corte de corteza era «una crónica escrita hoy acerca de lo que va a ocurrir dentro de quince años». Considerando que la obra estaba escrita para 1968, podemos calcular que la acción estaría situada hacia el año 1983. Hemos de suponer que la historia sucede en verano (se alude varias veces al calor sofocante, en un determinado momento se dice de un personaje que lleva un traje veraniego…), aunque no existe una datación exacta. Se trata de una historia lineal, que comienza con la matanza en la calle, sigue con la operación de trasplante (realizado a los dos días), cuenta el proceso post-operatorio y termina con la muerte de Castro y de Adam. Cuando esto ocurre, ha debido de pasar cierto tiempo, no se precisa cuánto, pero podemos imaginar que han sido algunos meses o, por lo menos, algunas semanas, ya que, cuando se encuentran ambos personajes, Adam nos indica que «no había vuelto a ver a Castro desde hacía tiempo». Encontramos, además, un tiempo evocado en las secuencias que nos refieren las vidas de Adam, David, Olga o el francotirador, entre otras.

Megaciudad.jpgPor lo que toca al espacio, sabemos que los personajes se mueven en una metrópolis de los Estados Unidos, probablemente Nueva York, si bien tampoco se dice expresamente. Sea como sea, la problemática que trata la novela podría darse perfectamente en cualquier otro país cuyo modelo de sociedad sea el mismo (capitalismo, mecanización…) y así lo hace notar José Domingo: «… vida que, aun localizada en un lugar fácilmente reconocible —el del primer estado mundial en cuanto riqueza, capacidad de empresa y ambición imperialista de dominio—, podría extenderse en su sentido general a buen número de otros países»[5]. Dentro de esa gran ciudad aparecen espacios concretos, como son la calle en que tiene lugar la escena del francotirador, el Hospital Central, la casa de Adam, la de David, un cementerio (pues de algún modo hay que deshacerse de las partes no aprovechables en la operación, el destrozado cuerpo de uno y el cerebro enfermo de otro), la finca del doctor Blanch o el circuito de carreras donde muere Castro. Igual que existía un tiempo evocado, aparece también otro tipo de espacios en los recuerdos (Castro fue guerrillero en las selvas venezolanas, Adam estuvo en Francia y en Canadá, Olga, por ser periodista, ha recorrido distintos lugares, etc.).

Son varios los personajes que quedan retratados en las páginas de la novela: Olga (la exmujer de Adam), Sonia (la joven que convive con él), Diana (la mujer de David), Rubén-Rubén (jefe de los periodistas encargados de filmar la operación), Douglas Key (prototipo del empresario sin escrúpulos que llega a eliminar físicamente a la competencia), los doctores Fushia y Marius (miembros del equipo médico que realiza la operación) y algunos otros. Sin embargo, centraré mi comentario en cinco de ellos: Adam y David, por un lado, y los doctores Castro y Blanch y el Padre Lucini, por otro. Por lo demás, conviene destacar que es tal la abundancia de temas tratados en la novela, que algunos personajes quedan un tanto borrosos, como si el peso de las ideas expuestas les restase fuerza humana.

Adam y David están caracterizados de forma maniquea. Adam es un profesor universitario, un intelectual culto y rebelde, insatisfecho y sincero, que se resiste a ser un simple número en una sociedad deshumanizada, despersonalizadora. Inconformista, lucha contra ese modelo de Estado autoritario y policial que rige en el país. No es de extrañar que se convierta en el portavoz de las ideas de Daniel Sueiro, autor inconformista e insatisfecho también. David es todo lo contrario: así como Adam es una persona que ha cultivado fundamentalmente el cerebro, él es un deportista que ha cuidado el cuerpo. Hombre de negocios que solo aspira a prosperar, sin importarle que para ello deba ir dejando jirones de su dignidad humana, representa al hombre-masa, despreocupado (o únicamente preocupado por sus propios intereses) y conformista.

El doctor Castro es, a semejanza de Adam, un hombre preocupado, otro inadaptado dentro de esa sociedad (de ahí el fin que les aguarda a ambos). No es extraño, por tanto, que los dos se hagan amigos tras la operación. El propio Adam indica que, de todos los doctores, Castro era el que le parecía más sincero y humano, el más cercano a él, sin saber bien el porqué: «No sabría aún explicar por qué, pero necesitaba como nunca aquella compañía [la de Castro], aquel afecto, en un momento en que me sentía más solo, más aislado y más extraño que nadie en el mundo» (p. 267). El ateísmo del doctor Castro se nos revela en su enfrentamiento con el Padre Lucini, sacerdote que desempeña su ministerio en el hospital y que representa el punto de vista de la Iglesia (tratando de fijar unos límites morales al avance de la ciencia). En cuanto a Blanch, Yerro le aplica el certero calificativo de «médico vedette». En efecto, solo le importa el éxito y la popularidad que va a proporcionarle la operación (aparte de los beneficios económicos). Es el jefe del equipo y se le califica de «maestro» y «dios», en tanto que los otros doctores no pasan de ser sus «vasallos»[6].


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] Bienvenido de la Fuente, «El problema de la identidad personal en Corte de corteza de Daniel Sueiro», en Sebastián Neumeister (coord.), Actas del IX Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas: 18-23 agosto 1986, Berlín, Frankfurt am Main, Vervuert, 1989, vol. 2, p. 234.

[3] Rafael del Moral, Enciclopedia de la novela española, pról. de Andrés Amorós, Barcelona, Planeta, 1997, p. 141.

[4] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. XIII, Posguerra: narradores, Pamplona, Cénlit Ediciones, 2000, p. 875.

[5] José Domingo, «Dos novelistas españoles: Elena Quiroga y Daniel Sueiro», Ínsula, 232, marzo de 1966, p. 3.

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.