Acerca de insulabaranaria

Soy investigador y Secretario del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra (Pamplona), Secretario del Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA, Madrid / Nueva York) y Vocal de la Junta Directiva de la Asociación de Cervantistas. También correspondiente en España de la Academia Boliviana de la Lengua. Mis principales líneas de investigación se centran en la literatura española del Siglo de Oro: comedia burlesca, autos sacramentales de Calderón, Cervantes y las recreaciones quijotescas y cervantinas, piezas teatrales sobre la guerra de Arauco, etc. También me he interesado por la literatura colonial (en especial la de ámbito chileno), la literatura española moderna y contemporánea (drama histórico y novela histórica del Romanticismo español, novela de la guerra civil, cuento español del siglo XX…) y la historia literaria de Navarra.

El poema «Ya toda me entregué y di…» de Santa Teresa de Jesús

El estudio de la faceta poética de Santa Teresa de Jesús fue abordado también por el padre Ángel Custodio Vega, quien a la altura de 1970 escribía:

Que Santa Teresa es poeta y poeta de verdad y en todo, es cosa que nadie niega. Basta leer algún escrito suyo. Cualquiera, pero especialmente sus cartas, en las que su corazón y su mente se explayan y comunican sin trabas ni miramientos, en una efusión cordial e íntima con sus hijas o con sus amigas o amigos. Cartas hay que son verdaderos poemas en prosa, con su gracia inimitable, con sus ocurrencias y observaciones sorprendentes.

[…]

Pero, aparte sus escritos, y concretándonos a sus poesías propiamente dichas, no se puede negar que la santa alcanza en ellas las más altas cumbres de la poesía mística. Y decimos místicas, porque Santa Teresa es poeta en función de mística, o en torno a la mística. Y conviene que recalquemos esto, porque los temas que toca y las ansias de amor que exhala, y los arranques y gemidos que muestra, son todos de amor místico. Pero, como el hombre no tiene más que un corazón para amar a Dios y al hombre, evidentemente los movimientos e ímpetus de amor son también muy semejantes entre poetas y místicos. Los impulsos de amor, las reacciones violentas de éste, el mal de ausencia, el gozo de la presencia, las ansias de muerte y aun cierto odio a la vida, son todos ellos comunes a unos y otros amadores, como son también comunes las expresiones y conceptos. Uno de los temas de los poetas sentimentales, sea por temperamento o sea por condición de ambiente, ha sido en todos los tiempos, pero especialmente en los antiguos, el de vida y muerte, gozo y dolor, esperanza y desesperación. Entronquemos la poesía teresiana con esta tendencia y lucha de amor en trance de vida y muerte, de posesión o ausencia de amor[1].

Traigo hoy al blog el poema que comienza «Ya toda me entregué y di…», que tiene como motivo central el de la herida de amor («Hiriome con una flecha / enherbolada de amor») y muestra la identificación total de los amantes, el alma y Dios[2]. Es una composición que podemos poner en relación con el célebre pasaje de la Vida en que la santa de Ávila describe el episodio de su transverberación:

Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines, que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento[3].

 

SantaTeresa_Transverberacion

Y este es el texto del poema, donde quien dispara la amorosa flecha enherbolada (las flechas se emponzoñaban con hierba,  ʽvenenoʼ)  es el «dulce Cazador» (Dios):

Ya toda me entregué y di,
y de tal suerte he trocado,
que mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado.

Cuando el dulce Cazador
me tiró y dejó herida,
en los brazos del amor
mi alma quedó rendida;
y, cobrando nueva vida,
de tal manera he trocado,
que mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado.

Hiriome con una flecha
enherbolada de amor,
y mi alma quedó hecha
una con su Criador;
ya yo no quiero otro amor,
pues a mi Dios me he entregado,
y mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado[4].


[1] Ángel Custodio Vega, La poesía de Santa Teresa. Sus fuentes y raíces, Madrid, Artes Gráficas Benzal, 1970, pp. 27-29.

[2] El amor transforma al objeto amado (el alma) y lo iguala con el amante (Dios). Remito para más detalles sobre estas teorías amorosas a la erudita monografía de Guillermo Serés La transformación de los amantes: imágenes del amor de la Antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1996.

[3] Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida, c. 29, 13, en Obras completas, 16.ª ed., preparada por Tomás Álvarez, Burgos, Monte Carmelo, 2011, pp. 294-295.

[4] Cito por Santa Teresa de Jesús, Antología, ed. de María Pilar Manero Sorolla, Barcelona, Ediciones El Albir, 1987, pp. 423-424. El texto presenta algunas variantes en Obras completas, ed. citada de Tomás Álvarez, núm. 3, p. 1361: el v. 3 se lee «que es mi Amado para mí», y en los versos 6 y 8 las palabras en posición de rima son rendida y caída. Ahí figura bajo el epígrafe «Sobre aquellas palabras “dilectus meus mihi”», y con esta nota del editor: «Poema inspirado en la palabra del Cantar bíblico: “Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado” (Cant. 6,2)».

Los cuentos de Rubén Darío

Aunque existe cierta bibliografía sobre los cuentos de Rubén Darío[1], es indudable que esta parte de su obra no ha recibido tanta atención por parte de la crítica como su poesía. Pretendo, pues, ahora un breve acercamiento a los cuentos reunidos bajo ese epígrafe en sus Obras completas, con la idea de ofrecer un intento de agrupación temática.

Tal vez convendría comenzar recordando que los cuentos de Rubén nos sitúan ante la siempre interesante cuestión de los límites entre géneros literarios. En efecto, varias de sus narraciones que se presentan bajo el epígrafe de cuentos apenas están dotadas de acción: su tensión argumental es mínima y están más cercanas al poema en prosa, al artículo periodístico o al retrato —cuando no a la parábola o al apólogo simbólico— que al cuento propiamente dicho[2]. Salvadas las distancias, podría compararse esta circunstancia con la que se da en las narraciones cortas de Gabriel Miró, un escritor que por su sensibilidad y su detallismo estético estaba especialmente cualificado para el cultivo de un género, el cuento, cercano por su brevedad y concisión a la poesía; pero que, al mismo tiempo, y por esas mismas características, desbordó muchas veces las estrictas fronteras del género para practicar otras modalidades narrativas cortas más o menos cercanas.

Ruben_CubiertaCuentos

Un intento de ordenación de estos cuentos de Rubén Darío podría venir dado por los ambientes en que se desarrollan sus acciones[3]. Según este criterio, se distribuirían en cuatro grandes apartados: 1) los cuentos que se inspiran en el mundo bíblico-cristiano; 2) los localizados en la antigüedad pagana (en ambos casos, se trata de “escenarios” caros al poeta modernista); 3) los cuentos de ambiente contemporáneo que pudiéramos llamar “realista” (varios de los cuales cuentan con protagonistas niños o jóvenes); y 4) los de ambiente contemporáneo que introducen elementos fantásticos o sobrenaturales (si bien, en ocasiones, ese factor misterioso se diluirá al apuntarse en el texto una posible explicación racional de los sucesos narrados). En sucesivas entradas iré examinando brevemente cada uno de estos grupos[4].


[1] Véase, por ejemplo, el prólogo de Rosa Lida a Cuentos completos, México, FCE, 1950; Ernesto Mejía Sánchez, Los primeros cuentos de Rubén Darío, México, Studium, 1951; Mary Ávila, «Principios cristianos en los cuentos de Rubén Darío», Revista iberoamericana, 24, 1959, pp. 29-39; Rudolph Kohler, «La actitud impresionista en los cuentos de Rubén Darío», Eco, 48, abril de 1967, pp. 602-631; Luis Muñoz, «La interioridad en los cuentos de Rubén Darío», Atenea, 415-416, 1967; el prólogo de Iber H. Verdugo a Cuentos de Rubén Darío, Buenos Aires, Kapelusz, 1971, pp. 173-192, etc. Hay también, por supuesto, bibliografía específica sobre algunos cuentos sueltos y se podría recordar la publicación de Verónica y otros cuentos fantásticos, Alianza, Madrid, 1995. Remito también a la edición de José María Martínez, Cuentos, Madrid, Cátedra, 1997, y a su introducción, pp. 9-59.

[2] Otras dos características generales son la brevedad y la división externa en secuencias cortas, por lo general separadas tipográficamente y numeradas.

[3] Utilizaré como corpus de estudio las treinta y seis narraciones reunidas en Rubén Darío, Obras completas, tomo IV, Cuentos y novelas, Madrid, Afrodisio Aguado, 1955, pp. 11-216. Aparte quedan otros importantes relatos, como por ejemplo todos los incluidos en Azul…

[4] Esta entrada es un breve extracto, con algunas adaptaciones, de un trabajo anterior mío: Carlos Mata Induráin, «De princesas, rosas e historias sobrenaturales. El arte del cuento en Rubén Darío», en Cristóbal Cuevas García (ed.), Rubén Darío y el arte de la prosa. Ensayos, retratos y alegorías, Málaga, Publicaciones del Congreso de Literatura Española Contemporánea, 1998, pp. 359-371.

El poema «Coloquio amoroso» de Santa Teresa de Jesús

En una reciente publicación sobre la poesía de la santa de Ávila, escribe Joaquín Benito de Lucas lo siguiente:

La escritura en verso […] no es el vehículo expresivo más idóneo ni el que más utiliza la Santa [para manifestar sus vivencias espirituales]. Por eso no debe extrañarnos la poca atención que han dedicado a su poesía la mayor parte de los críticos en relación con el resto de sus obras. Conviene tener en cuenta que cuando ella escribe, Garcilaso ya ha completado prácticamente su obra de tema y métrica renacentista y que será la lira, estrofa «introducida en España por Garcilaso de la Vega» (Antonio Quilis), con la que Fray Luis de León expresará sus ansias de Dios y la armónica ordenación de las esferas celestes, y san Juan de la Cruz su encendida, mística e insólita visión de[l] mundo y de la divinidad.

Santa Teresa, por el contrario, parece ignorar los logros conseguidos por la poesía renacentista. Y es dentro de lo popular y a través de lo tradicional donde encontramos la mejor explicación para su obra poética[1].

JoaquinBenitoDeLucas

Pues bien, un bello ejemplo de esa lírica que bebe en lo popular y en lo tradicional lo tenemos en su «Coloquio amoroso», una poesía tan sencilla como emotiva que, como anuncia el epígrafe, presenta una estructura dialogada[2], una conversación de enamorados entre el alma y Dios:

—Si el amor que me tenéis,
Dios mío, es como el que os tengo,
decidme: ¿en qué me detengo?
O Vos, ¿en qué os detenéis?

—Alma, ¿qué quieres de mí?
—Dios mío, no más que verte.
—Y ¿qué temes más de ti?
—Lo que más temo es perderte.

—Un alma en Dios escondida
¿qué tiene que desear
sino amar y más amar,
y en amor toda encendida
tornarle de nuevo a amar?

—Un amor que ocupe os pido,
Dios mío, mi alma os tenga,
para hacer un dulce nido
adonde más la convenga[3].


[1] Joaquín Benito de Lucas, La poesía de santa Teresa. Entre la tradición y lo divino, Madrid, Ediciones Rialp, 2015, p. 13.

[2] Considero que esa estructura dialogada se extiende al conjunto del poema (como sugiere la reiteración del vocativo «Dios mío» en los versos segundo, sexto y decimoquinto), de ahí que añada los guiones indicativos de diálogo al comienzo de las estrofas primera, tercera y cuarta.

[3] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, 16.ª ed., preparada por Tomás Álvarez, Burgos, Monte Carmelo, 2011, núm. 4, pp. 1361-1362, con algunos retoques en la puntuación. Además, en el verso 12 adopto la lectura «encendida» que traen algunas versiones para evitar la repetición de «escondida» en posición de rima; igualmente, en el verso siguiente prefiero «tornarle» a «tornarte» (entendiendo que quien enuncia estos cinco versos es la voz de la divinidad, y no el alma). Anota al pie el padre Álvarez que esta composición «Desarrolla el tema de la “igualdad de amor” entre Dios y el alma, motivo místico que será glosado por san Juan de la Cruz (Cántico 28,1; 38, 3)».

«Al entierro de Cristo», de Lope de Vega

Nos siguen acompañando en estos días de Semana Santa los versos de Lope de Vega, a veces gran pecador y gran arrepentido a veces. Este romance dedicado «Al entierro de Cristo» pertenece, igual que los poemas de días anteriores, a sus Rimas sacras (1614), que acompaño con el «Entierro de Cristo» de Tiziano (Madrid, Museo del Prado).

Entierro de Cristo, de Tiziano

A los brazos de María
y a su divino regazo,
vienen a quitar a Cristo
los que a la Cruz le quitaron.
Porque en entrambas fue cierto
que estuvo crucificado,
en María con dolores
y en la Cruz con fuertes clavos.
Sus camas fueron las dos
al oriente y al ocaso,
la una para la muerte
y la otra para el parto.
Hincáronse de rodillas
los venerables ancianos,
a la Madre muerta en Cristo
y a Cristo muerto en sus brazos.
«Dadnos —le dicen—, Señora,
dadnos el difunto santo,
que ni en la tierra, ni el cielo
hay ojos para miraros.
Dádnosle, pues nos le distes,
que queremos enterrarlo,
para que diga la tierra
que tuvo al cielo enterrado.
Y porque sepan los hombres
que estuvo el cielo tan bajo,
que ya pueden, si ellos quieren,
alcanzarle con las manos.»
«Tomad —responde María,
Madre suya y mar de llanto—
el cuerpo que entre los hombres
pasó mayores trabajos.
Escondelde[1] en el sepulcro,
porque le persiguen tantos,
que aun allí no está seguro
de que vuelvan a buscarlo.
Nueve meses solamente
que estuvo en mi virgen claustro
de la envidia de los hombres
le pude tener guardado.
Que el Bautista, que le vio,
lo dijo con sobresaltos,
y en voz expresa después
pasados treinta y dos años.
Tomad y enterralde, amigos;
las piedras sabrán guardarlo
mejor que el pecho del hombre,
que le vendió como ingrato.»
Mientras para su mortaja
la Virgen está rasgando
las telas del corazón,
velo de su templo casto,
cielo y tierra previnieron
el triste entierro, enlutando
la tierra los edificios
y el cielo los aires claros.
Todas las hachas del cielo
iban delante alumbrando,
pero el luto de la tierra
no dejaba ver sus rayos.
Sol y luna sangre visten,
porque el cielo en tanto agravio
mostró sangre en sus dos ojos
para señal de vengarlo.
Levantáronse los muertos
de los sepulcros helados,
que, como entierran la vida,
la que quisieron tomaron.
Las cajas[2] fueron las piedras,
unas con otras sonando,
que era Cristo capitán
y con cajas le enterraron.
Hízose el velo del templo
no sin causa dos pedazos,
para que hubiese bandera
que llevasen arrastrando.
No vinieron sacerdotes,
aunque estaban consagrados,
que, siendo Dios el difunto,
no eran menester sufragios.
Él se llevaba la ofrenda,
pan y vino soberano,
la Misa y el Sacrificio,
que le consumió expirando.
Iba su Madre detrás,
y un mozo su primo hermano,
que se le dejó por hijo
en su testamento santo[3].
Llegaron con el difunto,
y la ballena de mármol
recibió para tres días
aquel Jonás sacrosanto[4].
Alma, la Virgen se vuelve,
a acompañarla volvamos,
pues con ella volveremos
a verle resucitado[5].


[1] Escondelde: forma de imperativo con metátesis, por escondedle. Y lo mismo más abajo enterralde.

[2] cajas: instrumento militar bélico, especie de tambor.

[3] un mozo … en su testamento santo: alude al apóstol Juan, y a las palabras de Cristo en la Cruz, dejando a Juan como hijo de María y a María como madre de Juan.

[4] Jonás sacrosanto: igual que Jonás fue engullido por un gran pez o ballena, que lo vomitó al tercer día en tierra (Jonás, 1, 1-17), Cristo permanece en la «ballena de mármol» de su sepulcro, para resucitar al tercer día.

[5] Cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, pp. 416-418.

«A Cristo en la Cruz», de Lope de Vega

Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido».
E inclinando la cabeza, entregó el espíritu
 (Juan, 19, 30).

También a las Rimas sacras (1614) pertenece este romance de Lope de Vega dedicado «A Cristo en la Cruz», que ilustro con la pintura de Alberto Altdorfer «Cristo en la Cruz entre María y San Juan» (Museo Staatliche, Kassel, Alemania).

Cristo en la Cruz entre María y San Juan

¿Quién es aquel Caballero
herido por tantas partes,
que está de expiar tan cerca
y no le socorre nadie?
«Jesús Nazareno» dice
aquel rétulo notable.
¡Ay, Dios, que tan dulce nombre
no promete muerte infame!
Después del nombre y la patria
«rey» dice más adelante;
pues si es rey, ¿cuándo de espinas
han usado coronarse?
Dos cetros tiene en la mano,
mas nunca he visto que enclaven
a los reyes con los cetros
los vasallos desleales.
Unos dicen que, si es rey,
de la cruz decienda y baje;
y otros que, salvando a muchos,
a sí no pudo salvarse.
De luto se cubre el cielo
y el sol de sangriento esmalte:
o padece Dios o el mundo
se disuelve y se deshace.
Al pie de la cruz María
está en el dolor constante,
mirando al sol que se pone
entre arreboles de sangre.
Con ella su amado primo
haciendo sus ojos mares;
Cristo los pone en los dos,
más tierno porque se parte.
¡Oh lo que sienten los tres!
Juan, como primo y amante,
como madre la de Dios,
que lo que Dios, Dios lo sabe.
Alma, mirad cómo Cristo,
para partirse a su Padre,
viendo que a su Madre deja,
la dice palabras tales:
«Mujer, ves ahí tu hijo»,
y a Juan: «Ves ahí tu madre».
Juan queda en lugar de Cristo:
¡ay, Dios, qué favor tan grande!
Viendo, pues, Jesús que todo
ya comenzaba a acabarse,
«Sed tengo», dijo, que tiene
sed de que el hombre se salve.
Corrió un hombre y puso luego
a sus labios celestiales
en una caña una esponja
llena de hiel y vinagre.
¿En la boca de Jesús
pones hiel? Hombre, ¿qué haces?
Mira que por ese cielo
de Dios las palabras salen.
Advierte que en ella puso
con sus pechos virginales
un ave su blanca leche,
a cuya dulzura sabe.
Alma, sus labios divinos,
cuando vamos a rogarle,
¿cómo con vinagre y hiel
darán respuesta süave?
Llegad a la Virgen bella
y decilde con el ángel:
«Ave, quitad su amargura,
pues que de gracia sois ave.
Sepa al vientre el fruto santo
y a la dulce palma el dátil;
si tiene el alma a la puerta,
no tengan hiel los umbrales.
Y si dais leche a Bernardo[1]
porque de madre os alabe,
mejor Jesús la merece,
pues Madre de Dios os hace».
Dulcísimo Cristo mío,
aunque esos labios se bañen
en hiel de mis graves culpas,
Dios sois, como Dios habladme.
Habladme, dulce Jesús,
antes que la lengua os falte,
no os deciendan de la cruz
sin hablarme y perdonarme[2].


[1] si dais leche a Bernardo: en cierta ocasión, con motivo de la visita a Cîteaux del obispo de Chalon, Bernardo, que entonces era todavía un joven monje, recibió el encargo de su abad de predicar un sermón. Bernardo se puso a orar delante de una imagen de la Virgen, que se le apareció en sueños y le concedió el don de la elocuencia al poner en su boca leche de su propio pecho. Esta escena de la lactatio Bernardi es un motivo bien conocido en la hagiografía y la iconografía pictórica.

[2] Cito, con algún ligero retoque, por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, pp. 408-410. En el penúltimo verso, corrijo la errata «cru».

«A la despedida de Cristo nuestro bien de su Madre Santísima», de Lope de Vega

Tres jueves hay en el año
que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi
y el día de la Ascensión.
(popular)

Vaya para este Jueves Santo el romance de Lope de Vega «A la despedida de Cristo nuestro bien de su Madre Santísima», incluido en sus Rimas sacras (1614), ilustrado por «La despedida de Cristo y la Virgen» del Greco (cuadro conservado en el Museo de Santa Cruz, Toledo).

La Despedida de Cristo de su Madre de El Greco

Los dos más dulces esposos,
los dos más tiernos amantes,
los mejores Madre y Hijo,
porque son Cristo y su Madre,
tiernamente se despiden,
tanto, que en solo mirarse
parece que entre los dos
están repartiendo el cáliz.
«Hijo —le dice la Virgen—,
¡ay si pudiera escusarse
esta llorosa partida
que la entrañas me parte!
A morir vais, Hijo mío,
por el hombre que criasteis,
que ofensas hechas a Dios
solo Dios las satisface.
No se dirá por el hombre
“quien tal hizo, que tal pague”,
pues que Vos pagáis por él
el precio de vuestra sangre.
Dejadme, dulce Jesús,
que mil veces os abrace
porque me deis fortaleza
que a tantos dolores baste.
Para llevaros a Egipto
hubo quien me acompañase,
mas para quedar sin Vos
¿quién dejáis que me acompañe?
Aunque un ángel me dejéis,
no es posible consolarme,
que ausencia de un hijo Dios
no puede suplirla un ángel.
Ya siento vuestros azotes,
porque vuestra tierna carne,
como es hecha de la mía,
hace también que me alcancen.
Vuestra cruz llevo en mis hombros
y no hay pasar adelante,
porque os imagino en ella,
y aunque soy vuestra, soy Madre.»
Mirando Cristo en María
las lágrimas venerables,
a la Emperatriz del cielo
responde palabras tales:
«Dulcísima Madre mía,
Vos y yo dolor tan grande
dos veces le padecemos,
porque le tenemos antes.
Con Vos quedo, aunque me voy,
que no es posible apartarse
por muerte ni por ausencia
tan verdaderos amantes.
Ya siento más que mi muerte
el ver que el dolor os mate,
que el sentir y padecer
se llaman penas iguales.
Madre, yo voy a morir,
porque ya mi Eterno Padre
tiene dada esta sentencia
contra mí, que soy su imagen.
Por el más errado esclavo
que ha visto el mundo, ni sabe,
quiere que muera su Hijo:
obedecerle es amarle.
Para morir he nacido,
Él ordenó que bajase
de sus entrañas paternas
a las vuestras virginales.
Con humildad y obediencia
hasta la muerte ha de hallarme;
la cruz me espera, Señora,
consuéleos Dios, abrazadme».
Contempla a Cristo y María,
alma, en tantas soledades,
que Ella se queda sin Hijo
y que Él sin Madre se parte.
Llega y dile: «Virgen pura,
queréis que yo os acompañe?»,
que si te quedas con Ella
el cielo puede envidiarte[1].


[1] Cito, con algún ligero retoque, por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, pp. 386-388.

El poema «Al apóstol san Pedro» de sor Jerónima de la Ascensión (1605-1660)

La tudelana sor Jerónima de la Ascensión (1605-1660) tomó el hábito de Santa Clara en el convento de su ciudad natal el 25 de agosto de 1633[1]. Por encargo de su confesor, escribió unos Ejercicios espirituales[2] en los que expone una vía de perfeccionamiento interior carente casi por completo de visiones y revelaciones. En el capítulo XXIX de esta obra, folios 150v-157v, figuran recogidos varios poemas suyos («Pónense algunos versos que fervorosa escribió»): son los que comienzan «Amor, amor, amor, / ¡y qué bien has herido…», «Amor, amor, amor, / ¡y qué bien has cumplido…», «Dueño y amante mío…», «De tu divina clemencia…», «A fertilizar el mundo…», «Cuando en la noche mejor…», «Aunque el amor no creció…», «Grande es nuestra dignidad…», «¡Al blanco, al blanco, almas limpias…», «Un enamorado amante…» y «Al que en la cena legal…».

En una entrada anterior ya transcribí la composición dedicada «A la circuncisión del Niño Jesús». Copiaré hoy otro de sus poemas, el dedicado «Al apóstol san Pedro», formado por veinte versos de romance con rima á e más una seguidilla a modo de remate.

SanPedro

Al que en la cena legal[3]
el enamorado amante
ordenó de sacerdote
hoy la Iglesia fiesta le hace[4].
Liberal con él anduvo,
y tan divino trueque hace,
que de pescador de peces
pescador de almas le hace[5].
Prosigue en este favor,
pues le ha entregado unas llaves
con que abra y cierre con ellas
los tesoros de su Padre[6].
Pero tal vez le permite,
porque favores tan grandes
no le causen altiveces,
que una esclavilla le engañe[7];
mas como había de hacer
audiencia de nuestros males
también pasase por ellos
para que nadie le espante.

¡Feliz fue en vos la culpa[8]
pues alcanzasteis,
con el llanto que hicisteis,
bienes tan grandes![9]


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] La ficha completa del libro es: Ejercicios espirituales que en el discurso de su vida, desde que tuvo uso de razón, hizo y ejercitó con el favor divino la venerable madre sor Jerónima de la Ascensión, religiosa y abadesa que fue del convento de Santa Clara de la ciudad de Tudela, de Navarra. Escribiolos la misma de su mano y letra con viva mortificación suya, por precepto de obediencia de su Provincial el M. R. P. fray Miguel Gutiérrez, letor jubilado y calificador del Santo Oficio de la Inquisición, para consuelo y aliento de las almas pías. Y para mejor inteligencia, hizo el dicho padre la Introdución, que se pondrá al principio. Contiene lo que va en este libro dotrina muy provechosa, no solo para personas que tratan de perfección, sino también para los padres espirituales que las gobiernan y para predicadores. Va dirigido a la soberana Reina de los Ángeles, María Señora nuestra, protectora de los justos, y abogada de los pecadores, Zaragoza, en la imprenta de Miguel de Luna, 1661.

[3] cena legal: la Última Cena, que se hacía entre los judíos para cumplir con el precepto legal de celebrar la Pascua.

[4] hoy la Iglesia fiesta le hace: la festividad de san Pedro se celebra el 29 de junio.

[5] pescador de almas le hace: tras la pesca milagrosa, Jesús le anuncia a Simón Pedro que será pescador de hombres (Lucas, 5, 8-11), y él y sus compañeros, dejándolo todo, deciden seguir al Maestro.

[6] unas llaves … tesoros de su Padre: estas llaves simbolizan las puertas del cielo y del infierno; Jesús le dijo a Pedro: «Te daré las llaves del Reino de los Cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en los Cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los Cielos» (Mateo, 16, 19).

[7] una esclavilla le engañe: se refiere a la criada de la casa del Sumo Sacerdote que identifica a Pedro como uno de los que iban con Jesús, lo que dará lugar a la triple negación del discípulo (Marcos, 14, 66-72).

[8] Feliz fue en vos la culpa: la expresión felix culpa se aplica más frecuentemente a la caída en pecado de Adán y Eva: con su desobediencia a los mandatos divinos, pecaron, pero esa misma circunstancia de la culpa deja abierta la puerta a la redención de todo el género humano. Aquí se refiere al arrepentimiento de Pedro tras las negaciones.

[9] Incluido en Ejercicios espirituales, Zaragoza, en la imprenta de Miguel de Luna, 1661, fol. 157v.