Acerca de insulabaranaria

Soy investigador y Secretario del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra, y Secretario del Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA, Madrid / Nueva York). También correspondiente en España de la Academia Boliviana de la Lengua. Mis principales líneas de investigación se centran en la literatura española del Siglo de Oro: comedia burlesca, autos sacramentales de Calderón, Cervantes y las recreaciones quijotescas y cervantinas, piezas teatrales sobre la guerra de Arauco, etc. También se ha interesado por la literatura colonial (en especial la de ámbito chileno), la literatura española moderna y contemporánea (drama histórico y novela histórica del Romanticismo español, novela de la guerra civil, cuento español del siglo XX…) y la historia literaria de Navarra.

«Vivo sin vivir en mí», de santa Teresa de Jesús

Continuaremos hoy el examen de las poesías de santa Teresa de Jesús recordando una de sus composiciones más famosas y conocidas, la que glosa «Vivo sin vivir en mí…». Pero antes recordaremos lo que sobre su producción poética en general han escrito Felipe Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres:

Tiene, además, algunas composiciones en verso. Son, casi siempre, cancioncillas hechas con motivo de alguna festividad religiosa o para alegrar a sus monjas. Existen testimonios coetáneos de la gran facilidad y gracia que tenía la santa para improvisar este tipo de versos.

En realidad son muy pocas; se llegan a computar unas cuarenta pero la atribución de la mayor parte de ellas es más que dudosa. El motivo de esta inseguridad hay que buscarlo en que no estaban destinadas a la impresión sino que circulaban por tradición oral entre los conventos de la orden. No se recopilaron hasta el siglo XVIII.

Son glosas, canciones y villancicos escritos en metros tradicionales. Muchas veces aprovecha estribillos religiosos o profanos trasladados a lo divino. En ellas aparecen todos los temas tópicos de los cancioneros de los siglos XV y XVI: el cazador, el alba y la vela de amor, el servicio amoroso…, así como las antítesis de las que tanto gusta el género.

La más celebre es una glosa de «Vivo sin vivir en mí» y el villancico «Véante mis ojos», pero tanto una como otro son de dudosa atribución. En cualquier caso, las poesías que se le atribuyen, aunque algunas no sean suyas, responden perfectamente a su estilo personal[1].

Santa Teresa de Jesús

Sobre el «Vivo sin vivir en mí» explica el padre Tomás Álvarez que es

Poema compuesto sobre la base de una letrilla vuelta a lo divino. Las estrofas glosan varios pensamientos o sentimientos «paulinos» que la Autora vive intensamente como propios. El poema es probablemente coetáneo del que compuso san Juan de la Cruz, inspirado en la misma letrilla (hacia 1572)[2].

Su texto dice así:

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puso en él este letrero:
que muero porque no muero.

Esta divina prisión,
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Solo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga;
quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.

Solo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza;
muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte;
vida, no me seas molesta,
mira que solo me resta
para ganarte perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba,
que es la vida verdadera,
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva;
muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero[3].


[1] Felipe Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. II, Renacimiento, Tafalla, Cénlit, 1980, p. 485.

[2] En Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, 16.ª ed., Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1356, nota.

[3] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, núm. 1, pp. 1356-1357, con ligeros retoques en la puntuación.

«Oda a Cristo resucitado», de Antonio López Baeza

¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?
(Lucas, 24, 5)

Resurrezione, de Piero della Francesca

Para este Domingo de Resurrección reproduzco aquí la «Oda a Cristo resucitado» del sacerdote y poeta archenero Antonio López Baeza. Corresponde a su libro Canciones del hombre nuevo (1983-85), que, al igual que su anterior poemario, Poemas para la utopía (1983), recoge diversas composiciones inspiradas en los Salmos bíblicos. Tal como indica el autor en el prefacio de Canciones del hombre nuevo, la finalidad de estos poemas «no puede ser otra que la de manifestar —y alentar en otros— el testimonio vivo de la Fe cristina» (p. 7).

Mi corazón se agita con un hermoso canto;
las fibras de mi ser se templan de alegría
para decir la gloria de tu inmensa belleza.

Eres toda la luz que el mundo necesita;
eres todo el amor que el corazón reclama;
eres toda la paz que estalla en armonías.

Avanza victorioso sembrando la justicia
que sólo de ti esperan los pobres y abatidos:
¡destierra para siempre la opresión y el escarnio!

Un pueblo libre surge vitoreando tu paso,
reconociendo, oh Rey, que has vencido a la muerte
y a todos nos conduces a los eternos pastos.

El favor de tu Dios te ensalza y te corona
con la pura alegría de saberte el primero
entre muchos hermanos en tu victoria ungidos.

Eres el que fecunda todas nuestras tristezas;
eres el Nuevo Esposo, portador de ternuras,
que convierte en vergel los más adustos paramos.

En ti toda la verdad nos aguarda y trasciende;
en ti toda bondad nos acoge y eleva;
en ti toda belleza en Dios nos introduce.

Mi corazón se agita con un canto de fiesta:
has tocado mi lengua con tu inasible gracia
y mi carne rebosa de admiración y asombro.

(Salmo 45, 1-10)[1]


[1] Antonio López Baeza, Canciones del hombre nuevo (1983-85), Burgos, Sal Terrae, 1986, núm. 28, p. 76.

«A la muerte de Cristo Nuestro Señor», de Lope de Vega

¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?
(saeta popular)

Cristo en la Cruz, de Zurbarán

Copio para este Viernes Santo uno de los romances de las Rimas sacras de Lope dedicados a la muerte de Cristo en la Cruz. Como certeramente anota su editor moderno, Antonio Carreño,

La movilidad de este narrador usando varias formas exclamativas y vocativas (exhortación, apóstrofe, ruego, figuración visual y táctil), al igual que el doble uso de espacios (interior, exterior) conmociona, espiritual y emotivamente, al lector ante el cuadro presente. Es parte del proceso imaginativo que establece san Ignacio en sus Ejercicios espirituales: consideración visual de un hecho cruento de la pasión, situación espacial, interiorización del hecho y, finalmente, sentimiento de culpa y arrepentimiento. De este modo, la situación imaginada mueve a contrición y motiva, finalmente, la plegaria[1].

Y, como sucede en otros textos similares del Fénix —gran pecador y gran arrepentido—, se llama aquí la atención (vv. 5-8, 47-48) sobre la dureza del corazón del hombre, tan insensible a veces que no se compadece ante el sufrimiento de Cristo, quien muere cruentamente para redimir de sus pecados a toda la humanidad.

La tarde se escurecía
entre la una y las dos,
que viendo que el Sol se muere,
se vistió de luto el sol.
Tinieblas cubren los aires,
las piedras de dos en dos
se rompen unas con otras,
y el pecho del hombre no.
Los ángeles de paz lloran
con tan amargo dolor,
que los cielos y la tierra
conocen que muere Dios.
Cuando está Cristo en la cruz
diciendo al Padre: «Señor,
¿por qué me has desamparado?»,
¡ay Dios, qué tierna razón!,
¿qué sentiría su Madre,
cuando tal palabra oyó,
viendo que su Hijo dice
que Dios le desamparó?
No lloréis, Virgen Piadosa,
que aunque se va vuestro Amor,
antes que pasen tres días
volverá a verse con vos.
¿Pero cómo las entrañas,
que nueve meses vivió,
verán que corta la muerte
fruto de tal bendición?
«¡Ay Hijo!», la Virgen dice,
«¿qué madre vio como yo
tantas espadas sangrientas
traspasar su corazón?
»¿Dónde está vuestra hermosura?
¿Quién los ojos eclipsó,
donde se miraba el cielo
como de su mismo Autor?
»Partamos, dulce Jesús,
el cáliz desta pasión,
que vos le bebéis de sangre,
y yo de pena y dolor.
»¿De qué me sirvió guardaros
de aquel Rey que os persiguió,
si al fin os quitan la vida
vuestros enemigos hoy?»
Esto diciendo la Virgen
Cristo el espíritu dio;
alma, si no eres de piedra
llora, pues la culpa soy[2].


[1] En Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, p. 648, nota.

[2] Tomo el texto de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 322, pp. 648-649. En el verso 21, añado la coma antes del vocativo.

Teresa de Jesús, una santa «trazadora de versos»

Santa Teresa de Jesús, cuyo quinto centenario del nacimiento estamos celebrando a lo largo de este año 2015, tuvo fama ya en su tiempo de ser buena «trazadora de versos»; ella misma decía que, «con no ser poeta», necesitaba cantar a través de sus versos la hermosura de Jesucristo. Esas composiciones poéticas que salieron de su pluma las escribía —siempre sobre temas piadosos— para entretener a sus monjas o aliviar la monotonía y el cansancio de los numerosos viajes que realizó la andariega de Dios. Muchas le han sido atribuidas por la tradición, pero resulta difícil saber cuántas y cuáles son realmente suyas y cuáles no. Parece que escribió siempre en metros cortos, populares, fuera de la línea iniciada por Garcilaso, a pesar de que esta fue seguida por otros grandes escritores espirituales como fray Luis de León y san Juan de la Cruz.

San Fernando y Santa Teresa

Su poema más famoso seguramente sea el que glosa la letrilla «Vivo sin vivir en mí…», que expresa su sed de eternidad en unión con la divinidad. Muy conocidos son también estos otros versos suyos:

Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda,
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Solo Dios basta[1].

Anota Tomás Álvarez que

Es letrilla que llevaba consigo la Santa en su breviario, al morir en Alba de Tormes (1582). Existe una extensa glosa poética de esta letrilla, pero no hay indicios de que también esa glosa sea de la Santa.

En fin, terminaremos por hoy —pero habrá nuevas ocasiones de volver sobre la producción poética de santa Teresa— recordando su poema «Vuestra soy, para Vos nací: / ¿qué mandáis hacer de mí?». Este texto constituye la mejor expresión de una vida entendida como don del amor de Dios y como ofrenda a Él; aquí, en efecto, el yo lírico se entrega, poniéndose por entero en las manos de Dios:

Vuestra soy, para Vos nací:
¿qué mandáis hacer de mí?

Soberana Majestad,
eterna sabiduría,
bondad buena al alma mía;
Dios alteza, un ser, bondad,
la gran vileza mirad
que hoy os canta amor así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, pues me criastes,
vuestra, pues me redimistes,
vuestra, pues que me sufristes,
vuestra, pues que me llamastes,
vuestra, porque me esperastes,
vuestra, pues no me perdí:
¿qué mandáis hacer de mí?

¿Qué mandáis, pues, buen Señor,
que haga tan vil criado?
¿Cuál oficio le habéis dado
a este esclavo pecador?
Veisme aquí, mi dulce Amor,
Amor dulce, veisme aquí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Veis aquí mi corazón,
yo le pongo en vuestra palma,
mi cuerpo, mi vida y alma,
mis entrañas y afición;
dulce Esposo y redención,
pues por vuestra me ofrecí,
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme muerte, dadme vida,
dad salud o enfermedad,
honra o deshonra me dad,
dadme guerra o paz crecida,
flaqueza o fuerza cumplida,
que a todo digo que sí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme riqueza o pobreza,
dad consuelo o desconsuelo,
dadme alegría o tristeza,
dadme infierno o dadme cielo,
vida dulce, sol sin velo,
pues del todo me rendí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis, dadme oración;
si no, dadme sequedad,
si abundancia y devoción,
y si no esterilidad.
Soberana Majestad,
solo hallo paz aquí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme, pues, sabiduría,
o, por amor, ignorancia;
dadme años de abundancia,
o de hambre y carestía;
dad tiniebla o claro día,
revolvedme aquí y allí,
¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis que esté holgando,
quiero por amor holgar.
Si me mandáis trabajar,
morir quiero trabajando.
Decid, ¿dónde, cómo y cuándo?
Decid, dulce Amor, decid:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme Calvario o Tabor,
desierto o tierra abundosa;
sea Job en el dolor,
o Juan que al pecho reposa;
sea viña fructuosa,
o estéril, si cumple así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Sea José puesto en cadenas,
o de Egipto adelantado,
o David sufriendo penas,
o ya David encumbrado;
sea Jonás anegado,
o libertado de allí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Esté callando o hablando,
haga fruto o no le haga,
muéstreme la ley mi llaga,
goce de Evangelio blando;
esté penando o gozando,
solo Vos en mí vivid:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, para Vos nací:
¿qué mandáis hacer de mí?[2]


[1] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, 16.ª ed., Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1368.

[2] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, pp. 1358-1360, con ligeros retoques en la puntuación. El editor explica en nota al pie: «Poema que […] tiene amplias resonancias paulinas. Está inspirado en la palabra y el gesto de san Pablo en el camino de Damasco: “Señor, ¿qué queréis que haga?”. Ya en Vida había expresado la Santa reiteradamente ese sentimiento: “Vuestra soy, disponed de mí…” (V. 21,5)».

La «Oración a don Quijote» de Gonzalo Gantier Gantier

Los seguidores habituales del blog habrán notado cierta (inusual) inactividad en la Ínsula en estas últimas semanas. Podría decir, como Cervantes en el prólogo a su colección teatral, que «tuve otras cosas en que ocuparme»… Así es, y no estará de más retomar hoy las entradas con una dedicada precisamente a una recreación cervantina (quijotesca, más exactamente). Vale.

Carlos, Gobernador de la Ínsula

Gonzalo Gantier Gantier nació en Sucre (Bolivia), en 1930. Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y egresado de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Mayor de San Francisco Xavier de Chuquisaca, ha ocupado diversos cargos en el Ministerio de Educación de Bolivia. Ha sido Catedrático de la Universidad Católica Boliviana de La Paz, de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz y, en la actualidad, de la Universidad Mayor de San Francisco Xavier de Chuquisaca. En el ámbito de la creación literaria hay que recordar su libro de poemas Juventud y canas (Sucre, Imprenta Universitaria, 1995). Sobre su poesía ha escrito Gabriel Chávez Casazola:

La poesía de Gonzalo Gantier, recogida en el volumen Juventud y canas, recuerda inmediatamente el tono del romancero español y de la poesía de García Lorca.

Sin embargo, sobre esta inspiración universal, Gantier construye un universo muy personal, expresado en tres vertientes que constantemente juegan a confundirse: una poesía religiosa, en la que alternan las concepciones inmanente y trascendente de la divinidad; una poesía erótica, repleta de imágenes a la par sugerentes y provocativas; y una poesía intimista, autorreflexiva, que se interroga sobre el estar del poeta[1].

Del corpus de su producción poética me interesa destacar su «Oración a don Quijote», en la que el personaje cervantino no solo encarna el ideal de la lucha por la igualdad y la justicia, sino que —un paso más allá— es invocado para que se convierta en un líder revolucionario de todos los pobres y explotados de la tierra, pero en especial los de los pueblos de Hispanoamérica. En este sentido, en la tercera estrofa, las referencias a King (Martin Luther King) y Guevara (Ernesto Che Guevara) son bastante transparentes. «Camilo en Colombia» es alusión a Camilo Torres Restrepo (Bogotá, 1929-Patio Cemento, Santander, 1966), sacerdote católico, pionero de la Teología de la Liberación y miembro del  grupo guerrillero Ejército de Liberación Nacional (ELN). En fin, con «Marcelo en mi patria» entiendo que se refiere a Marcelo Quiroga Santa Cruz (Cochabamba, 1931-La Paz, 1980), político, escritor y profesor universitario que en 1971 fundaría en Bolivia el Partido Socialista (PS-1), del que sería su primer secretario.

Don Quijote revolucionario

Este es el texto completo del poema:

Una nariz de aquelarre
pegada a un rostro cenceño.
La adarga al brazo derecho
y el escudo al otro lado.

Así busca la justicia,
con Fe, Amor y Esperanza,
mi señor, mi don Quijote,
llamado Alonso Quijano.

Así galopa y galopa
desde la meseta hispana,
atravesando los mares,
sin importarle los montes,
ni los ríos, los océanos,
hasta quedarse colgando
en las montañas del Ande.

Eres Camilo en Colombia.
Eres Marcelo en mi patria.
Eres King entre los negros,
y en la América, Guevara.

No te detengas, Quijano,
en este mundo aterrado,
donde los ricos campean
explotando a los de abajo.
¡DESCUÉLGATE DE LOS ANDES!
¡Surca llanos y altiplanos,
que la sangre de estos pueblos,
divididos, separados
por el imperio del Norte,
no tiene sino un color,
ya que todos son hermanos,
desde los charros del Norte
hasta las tierras del gaucho!

¡Descuélgate, mi Señor!
Que es un grito desgarrado
el que surge de los Andes,
en medio de los volcanes,
desde Medellín y Puebla,
desde Tejas y Chicago,
hasta el estrecho del Sur
donde pasó Magallanes.

Las guerras y las tensiones
no suceden entre Estados.
Son unos cuantos señores
con el estómago hartado
que se aferran al poder,
que nos tienen engañados,
sin advertir que los pobres
ya estamos organizados
para empezar otra edad:

¡LA TUYA, ALONSO QUIJANO!

Por eso te lo decimos,
con nuestra sangre en las manos,
con nuestros rostros de sol,
con nuestra escuela sin bancos,
con nuestra piel hecha harapos,
con nuestra gente vendida
al dinero, a los gusanos
aferrados a un poder
que no sale de sus manos…
¡Te lo pedimos gritando
con nuestros dedos crispados,
donde el HOMBRE ya no es HOMBRE,
mucho menos nuestro HERMANO!:

¡Desguélgate, don Quijote,
que estamos ya preparados!

¡Desguélgate, don Quijote,
con tus brazos desgajados,
con tu nariz de aquelarre,
con tus huesos anudados!

¡DESCUÉLGATE, QUE EN LA AMÉRICA
ESTAMOS YA PREPARADOS![2]


[1] Gabriel Chávez Casazola, «Poesía chuquisaqueña de fin de siglo. Aproximación al concepto y una breve indagación textual», introducción a Poesía chuquisaqueña de fin de siglo XX, compilación y edición de María Teresa Lema Garrett, La Paz, Plural Editores, 1999, p. 23.

[2] Tomo el texto, con ligeros retoques, de la citada antología Poesía chuquisaqueña de fin de siglo XX, pp. 98-100.

Cinco sonetos quijotescos de Germán Céspedes Barbery

En una entrada anterior examinamos el «Canto a don Miguel de Cervantes Saavedra», soneto del escritor boliviano Germán Céspedes Barbery (nacido en Cochabamba en 1916). Completaré ahora el comentario de sus recreaciones poéticas en torno al Quijote y su autor reproduciendo aquí otros cinco sonetos suyos que glosan o expresan otros tantos motivos quijotescos. Los títulos de estas cinco composiciones quijotescas son «La penitencia», «Carta de don Quijote de la Mancha a su señora Dulcinea del Toboso», «Carta del caballero don Quijote de la Mancha a su coronista don Miguel de Cervantes Saavedra», «Carta de Sancho Panza a su señor don Quijote de la Mancha» y «Exaltación de la penitencia de don Quijote de la Mancha». Son, pues, cinco recreaciones quijotescas vertidas en el molde del soneto, que forman unidad en torno al episodio de la penitencia de amor en Sierra Morena y el motivo de las cartas (como es sabido, esta técnica epistolar alcanza un gran desarrollo en la Segunda Parte del Quijote).

Penitencia de don Quijote en Sierra Morena

Estos son, sin añadido de comento alguno, los cinco textos en cuestión:

I. La penitencia

Este es, Sancho, el lugar en que pretendo
ganar para la Historia nombre y fama,
porque esta penitencia que me llama
podrá eclipsar a Orlando, si la emprendo.

Mas, en tanto me atenga a lo que entiendo,
tú tendrás que llevar a la mi Dama
y al Sabio coronista que me aclama
estas cartas que afirmen lo que atiendo.

Aquí le esperaré de Penitente,
copiando las finezas que hoy evoco
de Amadís, memorable por valiente.

Y así me verá dentro de poco,
porque en tanto no vuelvas diligente
con mucha más razón, estaré loco.

II. Carta de don Quijote de la Mancha a su señora Dulcinea del Toboso

¡Oh dulce Dulcinea del Toboso,
norte de mi ventura y de mi pena,
tuyas son la virtud y la condena
de mis cuitas amantes sin reposo!

¡Acórreme en aqueste tenebroso
dolor que por tu amor mi pecho llena,
y la inquietud exalta o la refrena
de mi brazo esforzado y valeroso!

Digno soy y seré por mis hazañas
de tu sin par bondad y fermosura,
que vivo soy si grata me acompañas.

¡Y muerto me verás, si no procura
la tu gran discreción con que me dañas
abrirme el cielo y no la sepultura!

III. Carta del caballero don Quijote de la Mancha a su coronista don Miguel de Cervantes Saavedra

Debe de ser muy grande mi enemigo,
el Sabio encantador que se ha tomado
trabajo de seguirme de contado
por las muchas hazañas que persigo.

Debe de ser muy grande, yo lo digo,
porque aun vuestra merced ha equivocado
cuando, ajeno a mi pro, tiene empeñado
un tan grande servicio a mi enemigo.

Tal es que no conozco otro motivo
para que al Coronista de mi historia
pluguiérale mi fin inefectivo.

Fementida visión, toda ilusoria,
que, ¡vive Dios!, escribo y estoy vivo
para nuevos sucesos de más Gloria.

IV. Carta de Sancho Panza a su señor don Quijote de la Mancha

No insista su merced en la locura
de mandarme mensajes apremiantes,
que aún no hallé a Dulcinea, ni a Cervantes,
y en tal caso mi vuelta es prematura.

Además hoy me place la finura
de ofrecer a los necios y farsantes
las cosas que aprendí de los Andantes,
sin que pueda afligille al señor Cura.

Que, en verdad, al tal fueran los castillos
solo flores de mentes visionarias,
«miremos por los hilos los ovillos».

Pues prefiero pedir en mis plegarias
que se llenen de escudos mis bolsillos
a buscar ilusorias Baratarias.

V. Exaltación de la penitencia de don Quijote de la Mancha

Por esforzado, valeroso y fuerte
no existió caballero en nuestra historia
que emprendiera fazañas de más gloria
que el vencedor del tiempo y de la muerte.

Nadie pudo hurtar su propia suerte,
ni vivir cuatro siglos la victoria,
en tan alta virtud y ejecutoria
sin que la fe de su valor deserte.

Nadie pudo vivir… y sin embargo,
desde el viaje de Sancho su escudero,
el tiempo pasó corto y fue muy largo.

Son testigos de un rito tan severo
su soledad y su silencio amargo.
¡Cuatro siglos heridos por aceros![1]


[1] Cito por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 209-211. Mantengo las mayúsculas del original pero introduzco algunos cambios en la puntuación. Además, en el verso 11 del soneto III corrijo la lectura «plugiera»; en el verso 8 del soneto IV, «aflijille»; en fin, en el 14 del soneto V, se repite por error «heridos heridos».

«Las guerras de Chile», poema épico anónimo del siglo XVII

Las guerras de Chile (o La guerra de Chile, porque el manuscrito que nos ha transmitido el texto no trae título y se han hecho distintas propuestas al respecto) es un poema épico anónimo sobre la guerra de Arauco, compuesto por más de 7.000 versos, salido de la pluma de un poeta-soldado no identificado y que podríamos datar en el primer cuarto del siglo XVII. Se trata de una obra bastante poco conocida (pese a contar con una valiosa edición crítica moderna) y, en consecuencia, ha generado muy poca bibliografía entre la crítica.

Las guerras de ChileYa en otras ocasiones me he referido con más detalle a la amplia fortuna literaria que tuvo el tema de las guerras de Arauco[1]. Ahora me basta con recordar que Chile, y más concretamente aquella sangrienta guerra enquistada en el indómito territorio araucano, generó a lo largo de los siglos una abundante producción de obras de literatura, corpus en el que debemos inscribir este poema épico de Las guerras de Chile. Se trata de un texto sumamente interesante por su valor literario y también documental, en torno al cual existen varios problemas. En primer lugar, no sabemos a ciencia cierta quién fue su autor, pues si bien en el siglo XIX fue editado por José Toribio Medina a nombre del sargento mayor Juan de Mendoza Monteagudo, tal atribución está lejos de ser probada; después se han propuesto algunos otros nombres como posibles autores del poema, pero verdaderamente no sabemos quién lo escribió, de forma que a fecha de hoy parece preferible seguir considerándolo anónimo. Tampoco disponemos de datos exactos sobre su fecha y lugar de redacción, aunque la datación la podemos fijar aproximadamente entre 1610 y 1630, y en tierras americanas. En tercer lugar, y es algo que muy probablemente ha perjudicado a su conocimiento, se da la circunstancia de que la obra ha sido designada con muy variados títulos. En próximas entradas trataré de sintetizar el estado de la cuestión sobre todas estas debatidas cuestiones: Mario Ferreccio Podestá —editor moderno de la obra junto con Raïssa Kordic Riquelme—, tras señalar que estamos ante un complejo poema épico-cronístico[2], afirma que «cuanto le concierne se muestra enigmático y controvertido, tanto para el lector primario como para el letrado»[3].

Si La Araucana finaliza con la batalla de Quiapo (1558), la acción de Las guerras de Chile nos traslada a cuarenta años después, 1598. En efecto, se refieren en el poema distintos episodios bélicos de la rebelión mapuche de finales del siglo XVI; trata, concretamente, de la guerra de Arauco entre los años 1598 y 1600. La acción comienza con la batalla (sorpresa, desastre) de Curalaba de 1598, en el que las tropas del lonko[4] Pelentaro matan al gobernador Martín García Óñez de Loyola; se refiere después el envío de refuerzos españoles desde el Perú al año siguiente, 1599, al mando del nuevo gobernador Francisco de Quiñones; y la obra concluye abruptamente con la llegada de los holandeses al archipiélago de Chiloé en 1600 (la expedición corsaria organizada por los hermanos Simón y Baltazar de Cordes, culminada por este tras el fallecimiento del primero). Osvaldo Silva Galdames, al trazar el encuadre cronológico de la obra, escribe:

La narración del poema se extiende desde el arribo del gobernador Quiñones a Concepción hasta la llegada del corsario Baltasar de Cordes a Chiloé, acaecida, según Barros Arana, el 19 de abril de 1600: tal es el marco temporal en el cual el autor es también actor y observador de los hechos referidos, que, por lo demás, están consignados en otros documentos, especialmente aquellos relativos al gobierno de Francisco de Quiñones[5].

Cabe presuponer que el inconcluso proyecto narrativo del autor/narrador-testigo incluiría la alianza de los indígenas con los piratas holandeses y el ataque de estos a Castro, en la Isla Grande de Chiloé, con la defensa de la ciudad por parte de los españoles. Ferreccio supone que, de haber sido completado, el poema podría haber visto duplicada su extensión.

No puedo detenerme ahora a analizar la clara relación que guarda este poema con el Purén indómito de Diego Arias de Saavedra; en efecto, las dos obras empiezan con la sorpresa de Curalaba y la muerte de Óñez de Loyola (nacido en 1549, gobernó en Chile los años 1592-1598), el cual fue «un acontecimiento central en la conquista hispánica porque promueve un levantamiento generalizado de los indígenas y convierte el territorio en lugar de batalla permanente»[6]. La principal diferencia estriba en que en el Purén indómito el objetivo fundamental es la exaltación heroica de Francisco de Quiñones, mientras que en Las guerras de Chile no existe tal propósito: se le cita, sí, elogiosamente, pero solo una vez, al final del Canto V, de forma que en modo alguno llega a constituirse en el personaje central de la obra:

Otro escuadrón formado diferente
de nobles capitanes y varones
sacó de la ciudad alegremente
el noble don Francisco de Quiñones,
mostrando su severo continente
más claro que pudieran mil renglones
ser entre gente tan ínclita y granada
el digno capitán de tal jornada (octava 387).


[1] Ver mis trabajos «“Cautivo quedo en tus ojos”: el cautiverio de amor en el teatro del Siglo de Oro sobre la conquista de Arauco», en Miguel Donoso, Mariela Insúa y Carlos Mata (eds.), El cautiverio en la literatura del Nuevo Mundo, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 169-193; «La guerra de Arauco en clave alegórica: el auto sacramental de La Araucana», Alpha, 33, 2011, pp. 171-186; y «El imaginario indígena en el Arauco domado de Lope de Vega», Taller de Letras, Número especial 1, 2012, pp. 229-252 En estos trabajos el lector interesado encontrará abundante bibliografía.

[2] Destaca «su condición de ser cronológicamente la última composición poemática épico-cronística chilena» (Mario  Ferreccio Podestá, «Prólogo» a Anónimo, La guerra de Chile, ed. crítica de Mario Ferreccio Podestá y Raïssa Kordic Riquelme, Santiago de Chile, Universidad de Chile / Consejo Nacional del Libro y la Lectura, 1996, p. 7).

[3] Ferreccio Podestá, «Prólogo» a La guerra de Chile, p. 7.

[4] Palabra mapuche que significa ‘cabeza’, y por extensión, ‘jefe, caudillo, capitán’.

[5] Osvaldo Silva Galdames, «La guerra de Chile como fuente histórica», estudio preliminar a Anónimo, La guerra de Chile, ed. crítica de Mario Ferreccio Podestá y Raïssa Kordic Riquelme, Santiago de Chile, Universidad de Chile / Consejo Nacional del Libro y la Lectura, 1996, p. 68.

[6] Ferreccio Podestá, «Prólogo» a La guerra de Chile, p. 19.