Acerca de insulabaranaria

Soy investigador y Secretario del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra, y Secretario del Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA, Madrid / Nueva York). También correspondiente en España de la Academia Boliviana de la Lengua. Mis principales líneas de investigación se centran en la literatura española del Siglo de Oro: comedia burlesca, autos sacramentales de Calderón, Cervantes y las recreaciones quijotescas y cervantinas, piezas teatrales sobre la guerra de Arauco, etc. También se ha interesado por la literatura colonial (en especial la de ámbito chileno), la literatura española moderna y contemporánea (drama histórico y novela histórica del Romanticismo español, novela de la guerra civil, cuento español del siglo XX…) y la historia literaria de Navarra.

La «Invocación a don Miguel de Cervantes» de Reinaldo López Vidaurre

El artista boliviano Reinaldo López Vidaurre (La Paz, 1917-La Paz, 1973) se desempeñó en la triple faceta de músico, pintor y poeta. En su ciudad natal fue Director y profesor de la Academia de Bellas Artes y del Conservatorio de Música[1]. Usó el seudónimo Lulijamachi (el ‘colibrí’ del pueblo aymará). Entre sus libros poéticos se cuentan Fuga (1941), La senda perdida. Poemas en prosa (1947) y Cuadros fantásticos (1968). Sobre el conjunto de su obra poética ha escrito Armando Soriano Badani:

Poesía de refinados acentos que bucea en las intimidades y secretos de la música, de donde obtiene modulaciones de rica subjetividad lírica. Sonetista de primer orden, ha cantado en sus rítmicas estrofas el paisaje natal con auténtico calor telúrico y colorido lírico[2].

López Vidaurre es autor de una «Invocación a don Miguel de Cervantes», que se publicó en el núm. 38 de la revista municipal Khana de La Paz, año X, vol. I, marzo de 1967[3]. Se trata de una serie de once sonetos dedicados a Cervantes, el Quijote y su trascendencia, don Quijote y varios otros personajes de la novela. Los títulos de las composiciones son los siguientes: «Invocación», «Retrato» (de Cervantes), «Don Quijote», «Sancho Panza», «Dulcinea del Toboso», «Rocinante», «El rucio de Sancho Panza», «Ginés de Pasamonte», «La locura del amor», «Grandeza» (del personaje don Quijote) y «El libro de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha». Son textos con versos, como podrá comprobarse en su lectura, de desigual calidad poética, pero interesantes a la hora de estudiar la huella cervantino-quijotesca en la poesía de Bolivia. Por ello —y por lo poco conocidos que resultan—, transcribiré aquí, sin comentarios, los tres primeros poemas de la serie.

INVOCACIÓN

Divino Apolo, mira complaciente
a quien te clama al pie de tus altares;
glorioso, pon tu miel en mis cantares:
que broten como linfa de la fuente.

Mi verso tome el ser del sol surgente;
del tono fresco de los verdes mares.
Disipen de mi pecho los pesares
el aura vaga, la canción fulgente.

Sorprendan mis oídos sones claros
cantados con dulzor por la sirena
entre el murmullo de la noche plena.

El terso brillo del marmóreo Paros
aquí se plasme con su luz serena
como una copa de zafiros llena.

Miguel de Cervantes

RETRATO

Aquí pervive don Miguel Cervantes,
un mucho sabio, un poco majadero;
llevose el infortunio de escudero,
y desventura fue de Rocinantes.

Mirad sus dos figuras tan vibrantes
de don Quijote y Sancho refranero:
espejo son del Triste Caballero
de bolsa flaca y sueños delirantes.

Todo lo pinta con seguro trazo
la mano de este noble prisionero.
Si la desgracia no le tiende el lazo

y torna de Lepanto sin balazo,
¡qué no podría con su cuerpo entero,
si tanto pudo con un solo brazo!

DON QUIJOTE

¡Salve, Quijote, redentor del triste,
sombra inmortal, del Bien sabiduría,
noble adalid de limpia valentía,
tu invocación de luz al mundo viste!

Todo follón que mal poder inviste
en tu pujanza tiene su agonía,
y el desvalido que en tu brazo fía
con la suprema ley su fe reviste.

Tu magra mano traiga la delicia
del pan divino, de la mano pura,
para los que soportan injusticia.

Refugio dulce, cumbre de ternura,
siempre levanta al corazón del hombre
con la inefable gloria de tu nombre[4].


[1] Una semblanza del autor puede verse en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 224-228.

[2] Arturo Soriano Badani, Ensayos sobre cultura boliviana, La Paz, Plural Editores, 2007, p. 127.

[3] Con este texto López Vidaurre obtuvo el Primer Premio de Poesía en el Concurso Cervantino «Rinconete y Cortadillo en la ciudad de La Paz».

[4] La «Invocación…» completa ocupa las pp. 229-233 de la compilación Cervantes y don Quijote en Bolivia de Quiroz; estos tres sonetos figuran en las pp. 229-230. En el dedicado al «Retrato» de Cervantes, introduzco un par de modificaciones: en el verso primero, en vez de «Miguel de Cervantes», que hace verso largo, edito «Miguel Cervantes», para respetar la medida del endecasílabo. Igualmente, en el verso cuarto se lee «Rocinante», que cambio a «Rocinantes» para asegurar la rima consonante del cuarteto. Modifico, también, algunos otros detalles en la puntuación.

Jorge Manrique evocado por Antonio Colinas

Jorge ManriqueEl poema «Jorge Manrique interroga a la madrugada antes de su última batalla» tal vez no figure entre los más conocidos de la producción poética de Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946), pero me interesa traerlo hoy aquí porque en él encontramos una bella evocación de un poeta clásico por parte de un poeta contemporáneo[1]. Pertenece a la sección «Cuaderno de la vida» de su poemario Desiertos de la luz (que recoge poemas de los años 2004-2008). En su composición, Colinas nos presenta a Jorge Manrique —cediéndole la voz lírica del poema— justo antes de entrar en el combate en el que resultaría mortalmente herido[2].

Son varios los puntos de interés que se pueden destacar en el poema. Así, si la más célebre obra de Manrique son las coplas que dedicó a la muerte de su padre don Rodrigo, este queda aquí evocado en la cuarta estrofa («la memoria / del que me dio la vida y la templanza»). Existe además algún claro eco textual de las coplas (como la alusión, en la segunda estrofa, a «La verdura de la era»[3]), y se perciben asimismo tópicos de raigambre clásica (la vida como sueño), junto con la reminiscencia de una de las ideas nucleares de las célebres coplas manriqueñas, a saber: la pervivencia, más allá de la muerte física, no solo en la vida eterna, la de la trascendencia religiosa, sino también en esa otra vida perdurable de la fama.

Este es el texto del poema, compuesto, por cierto, en estrofas tradicionales (cuartetos y serventesios) y rematado con un endecasílabo tan hermoso cuan rotundo («Este aire limpio sabe a muerte santa»):

Brota la luz, muere la noche, entera
mi espada, estos montes, los tomillos
me abren los ojos a más vida, brillos
arden, o pájaros, y mi alma espera.

¿Qué espera? ¿La verdura de la era
cuando avanza la edad? ¿Y yo qué espero?
¿En el aire, cuchillos? ¿Desespero
ante la muerte de Él, la verdadera,

o ante la mía sólo adivinada?
¿He vivido o acaso he soñado?
¡Tanto luchar por todo y para nada!
¿También mi batallar equivocado?

Siempre creí en amor, en la memoria
del que me dio la vida y la templanza,
pero el amor no siempre ama la Historia
y el que ama desprecia la venganza.

Vivir para morir, soñar la vida,
otra vida, más vida: la más alta.
Piafa ya el caballo sin la brida
que lo retiene, y mi osadía exalta.

Arranca la batalla, reverbera
el clarín, mas comprendo de repente
que esa música no es la verdadera,
que ya es tarde. ¿Y mi música silente?

Tiembla el álamo. Siento sed de duda.
Se alzó ya el sol sobre el otero, canta
la piedra, y se enciende, y se desnuda.
Este aire limpio sabe a muerte santa[4].


[1] Y, en este sentido, resulta imprescindible recordar también la magnífica biografía de Pedro Salinas, Jorge Manrique o tradición y originalidad, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1952 (con varias reediciones posteriores).

[2] En el contexto de las luchas entre los Reyes Católicos y los partidarios de Juana la Beltraneja, Manrique se situó en el bando de los primeros, y en la primavera de 1479 resultó herido de muerte en una escaramuza cercana al castillo de Garcimuñoz, en Cuenca, defendido por el marqués de Villena. Hay discrepancias entre los biógrafos sobre si el soldado-poeta murió en el mismo momento de la batalla o algunos días después.

[3] Recuérdense los famosos versos de las «Coplas que hizo don Jorge Manrique a la muerte del maestre de Santiago don Rodrigo Manrique su padre», que desarrollan el tópico clásico del Ubi sunt?: «Las justas y los torneos, / paramentos, bordaduras / y cimeras / ¿fueron sino devaneos? / ¿Qué fueron sino verduras / de las heras?» (vv. 187-192). Cito por Jorge Manrique, Poesía, ed. de Vicente Beltrán, estudio preliminar de Pierre Le Gentil, Barcelona, Crítica, 2000, p. 159.

[4] Tomo el texto de Antonio Colinas, Obra poética completa (1967-2000), Madrid, Ediciones Siruela, 2011, pp. 812-813.

El soneto «Contigo irá mi sombra», recreación quijotesca de Sagrario Torres

En la entrada anterior me refería al poemario Íntima a Quijote (Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986), de Sagrario Torres, y ofrecía algunos datos sobre la autora y su intención al escribir este libro: ofrecer una carta de respuesta íntima (y de ahí el título) a la maravillosa carta de amores que el enamorado caballero escribe en Sierra Morena a su amada Dulcinea del Toboso. Hoy comentaré brevemente la estructura externa del libro, y reproduciré luego uno de sus poemas, el bello soneto con que se cierra, titulado «Contigo irá mi sombra». Este texto constituye una buena síntesis de su contenido y quintaesencia la intención de la autora al escribirlo (tras ver morir a don Quijote, «ante su cadáver juré fidelidad inquebrantable a su espíritu y a su fama», escribía en las palabras introductorias). En fin, podrá servir, además, como una pequeña muestra del estilo poético de Sagrario Torres.

Tras las dedicatorias y las dos páginas con unas someras explicaciones dirigidas «Al lector» (pp. 9-10) —algunos de cuyos párrafos ya reproduje—, encontramos a modo de lema las célebres palabras dedicadas por Dostoievski, en su Diario de un escritor (1873-1876), a la inmortal novela cervantina: «No se puede hallar una obra más profunda y poderosa que el Quijote», etc. Después, el libro se divide en las siguientes secciones:

—Una Primera parte, titulada «Visiones dolorosas y excelsas en Cervantes, donde se ha querido ver lo sobrenatural para el alumbramiento de Don Quijote». Consta de tres apartados: una «Introducción» (el poema «Un hombre entre paredes húmedas»); I, «Quijote: No pudo ser un ciego azar»;  y II, «Quijote: Creció tu cuerpo en lentas perfecciones».

—Un Intermedio, con cuatro apartados: I, «Quijote: Santo mío. Altar para mi incienso», encabezado por un lema de Unamuno en Vida de don Quijote y Sancho sobre la Tolosa y la Molinera; II, «Quijote: Las nodrizas celestes»; III, «En homenaje a [la] Tolosa y la Molinera»; y IV, «Quijote: En la noche de luna».

—La Segunda parte, titulada «Después de las amarguras que sufrió Don Quijote durante largo tiempo, y que a ninguna, por conocidas, se hace alusión», que se divide en: I, «Muchos soles brillaron»; II, «Quijote: El mundo ya no es grande», con otro lema unamuniano, extractado también de la Vida de don Quijote y Sancho, ahora relacionado con Aldonza; y III,  «Quijote: Después de cien galas».

—Cierra el libro una composición última, el soneto «Contigo irá mi sombra», que constituye una especie de canción de envío a don Quijote, ya después de su muerte.

Muerte de Alonso Quijano el BuenoEl poemario de Sagrario Torres bien merece una atención más detenida. Mientras llega el momento de dedicarle ese análisis de mayor profundidad[1], me limitaré a copiar aquí el hermoso soneto final, que sintetiza el mensaje de todo el poemario, el cual constituye una interesante recreación poética quijotesca. Aquí la locura amorosa se ha contagiado por completo a la voz lírica femenina. Especialmente hermoso resulta el segundo terceto, en el que la mujer promete una compañía fiel («Contigo irá mi sombra») al caballero ideal que —más allá de su muerte física– seguirá peleando eternamente contra la injusticia («Cuando cruces / de nuevo un mundo de dolor y queja»), pero contando siempre con el apoyo de su enamorada, compañera puesta en pie a su lado («me alzaré como un monte hacia tu vida») para ayudarlo incondicionalmente en la defensa de la libertad y de todos los valores positivos que encarnaron —y seguirán encarnando— la lucha y los anhelos todos de don Quijote. Este es el texto completo del poema:

Bajo mi rostro a tu perfil yacente
que alumbra el lecho de tu alcoba oscura.
Un escarchado arroyo es tu figura
y en ríos van mis ojos a tu frente.

Yo caliento tu helor inútilmente.
Párpados tuyos besa mi locura,
pómulos, labios de tu boca pura.
En fuego y frío estamos solamente.

Vienen tinieblas a envolver las luces
de tu cuerpo que asciende y que me deja
para siempre olvidada y confundida.

Contigo irá mi sombra. Cuando cruces
de nuevo un mundo de dolor y queja,
me alzaré como un monte hacia tu vida[2].


[1] Puede verse la reseña de Francisco Mena Cantero, «Sobre Íntima a Quijote», Cuadernos de Nueva Poesía (Asociación Prometeo de Poesía), abril de 1987, s. p.; y, con más detalle, el estudio de José María Balcells, «Sagrario Torres y su poema de amor al Quijote», en Jesús-María Nieto Ibáñez (coord.), Lógos Hellenikós. Homenaje al Profesor Gaspar Morocho, León, Universidad de León, 2003, pp. 903-911.

[2] Sagrario Torres, Íntima a Quijote, Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986, p. 65.

El poemario «Íntima a Quijote» (1986) de Sagrario Torres

"Oda a Dulcinea", acuarela de José Luis SamperEn el año 1986 se publicó[1], como número 5 de la colección «Julio Nombela» de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, el poemario de Sagrario Torres titulado Íntima a Quijote, que constituye una bella recreación quijotesca desde el territorio de la lírica. Para entender plenamente el significado del título ha de sobrentenderse la palabra carta o respuesta, pues eso es el libro en su conjunto: una carta íntima en respuesta a la dirigida por don Quijote a su amada Dulcinea del Toboso desde Sierra Morena.

Estos son algunos datos acerca de la autora[2]: Sagrario Torres Calderón Montiel nació en Valdepeñas (Ciudad Real), de donde salió, a la edad de cinco años, para ingresar en un internado estatal, el de «Nuestra Señora de la Paloma» de Madrid, donde permaneció hasta el año 1936. Antes de Íntima a Quijote había publicado varios otros títulos poéticos: Catorce bocas me alimentan (sonetos), Madrid, Editora Nacional, 1968; Hormigón traslúcido, Salamanca, Colección Álamo, 1970; Carta a Dios, Madrid, Colección Ágora, 1971; Esta espina dorsal estremecida (sonetos) Madrid, Colección Arbolé, 1973; Los ojos nunca crecen, Salamanca, Colección Álamo, 1975 (poema autobiográfico que describe su vida en el colegio, escrito con una beca de la Fundación Juan March del año 1973; la edición del libro estuvo patrocinada por la Delegación Nacional de Cultura); y Regreso al corazón, Madrid, Colección Adonais, 1981.

En 1982 le fue concedida una beca de Creación literaria del Ministerio de Cultura para escribir el libro Íntima a Quijote, el cual saldría publicado cuatro años después, en 1986. Las palabras que dedica Luis López Anglada al poemario (reproducidas en sus solapas) sintetizan bien su contenido y la intención de Sagrario Torres al componerlo:

A pesar de los siglos transcurridos, a pesar de los innumerables trabajos que se han escrito sobre la obra inmortal de Cervantes, nunca, hasta ahora, fue capaz una mujer de responder al mensaje de infinito amor que constituyen la vida y la muerte de Alonso Quijano, el Bueno.

Tuvo que ser una mujer manchega, iluminada desde su niñez por la luz de oro de la Poesía, la llamada a responder —y a corresponder— al inmortal amor de Don Quijote. Dulcinea de todos los tiempos, es ya, como en los versos de Antonio Machado, «… la cerca y lejos, por el inmenso llano eterna compañera y estrella de Quijano».

Tal vez nunca mujer enamorada alguna respondió con tanta hondura, con tanta belleza de expresión, con tanta altura de espíritu a la total entrega del enloquecido amador. Y nunca la inspiración de Sagrario Torres alcanzó tantas y tan altas cimas de belleza y de poesía. Aquí, Sagrario-Aldonza-Dulcinea idealiza a su vez la figura egregia de Quijote, alcanza a comprender —como solo pueden comprenderlo las enamoradas— el alma quijotesca, justifica su pasión y da la razón al ingenioso caballero, que sabía que Dulcinea no era una invención, sino una realidad que algún día —ahora— aparecería ante los ojos del mundo para dar fe de su existencia.

No, esta Dulcinea no es aquella que Gastón Baty alzó a los escenarios, protagonista artificiosa en su ideal, personaje ideal de quimera. Sagrario es, ella misma, la respuesta de Aldonza a Quijote; es, ella misma, el sueño ideal que Cervantes intuyera. Su libro Íntima a Quijote es uno de los más bellos poemas de amor que se han escrito en nuestro tiempo. Aquí, como en el libro inmortal en el que no importa que Dulcinea existiera o no, tampoco importa que Quijote haya sido una realidad o un sueño. Lo que importa es que una mujer haya respondido por fin a un inmortal mensaje de amor de un hombre por ella enloquecido.

Tras las diversas dedicatorias (entre otras, a Valdepeñas y a todos los manchegos), en unas palabras dirigidas «Al lector» (pp. 9-10) explica con detalle la autora las razones que le llevaron a escribir esta carta de respuesta Íntima a Quijote:

En ella le digo cómo veo yo su persona. De qué modo, procedente de las regiones sin nombre ni figura que sólo Dios conoce, fue concebido en la mente de su padre y madre Miguel. Cuál fue, según yo lo veo, el destino de su esforzada y desgraciada vida. Cómo le vi morir, más arrepentido de su aventura de lo que yo hubiese querido, y cómo ante su cadáver juré fidelidad inquebrantable a su espíritu y a su fama.

Añade que «Por mí y para mí, por él y para él escribí esta arrebatada carta» (p. 10), y remata sus palabras de prohemio con esta interesante indicación:

Puesto que él no podrá leerla, a ti, lector, encomiendo esta carta a mi Quijote, a nuestro Don Quijote. Mírala con buena voluntad. Es seguro que no te faltará, por malamente que cumplas el común deber español de ser amigo suyo[3].


[1] En el colofón se indica que el libro sale publicado con motivo de los 370 años de la muerte de Cervantes.

[2] Los extracto de entre los que figuran en las solapas del propio libro. Puede verse la reseña de Francisco Mena Cantero, «Sobre Íntima a Quijote», Cuadernos de Nueva Poesía (Asociación Prometeo de Poesía), abril de 1987, s. p.; y el estudio de José María Balcells, «Sagrario Torres y su poema de amor al Quijote», en Jesús-María Nieto Ibáñez (coord.), Lógos Hellenikós. Homenaje al Profesor Gaspar Morocho, León, Universidad de León, 2003, pp. 903-911.

[3] Sagrario Torres, Íntima a Quijote, Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986, p. 10; el destacado es mío.

 

«Don Quijote», poesía de Francisco A. de Icaza

Durante los meses de abril y mayo de 1905, con ocasión del III Centenario de la publicación de la Primera parte del Quijote, la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid organizó un amplio ciclo de conferencias en el que intervinieron Rafael Salillas, Julio Cejador y Frauca, Cecilio de Roda, Antonio Palomero, Andrés Ovejero, Francisco Navarro Ledesma, Ramón Pérez de Ayala, Enrique de Mesa, Ricardo Royo Villanova, Alfredo Vicenti, José Ibáñez Marín, José Martínez Ruiz (Azorín), Adolfo Bonilla y San Martín, José Nogales, Juan José Morato, Rafael Urbano, Mariano Miguel de Val, José Canalejas, entre otros[1].

DonQuijote_EduardoBarcia

El día 13 de mayo, en la velada-resumen de las conferencias celebrada en el Paraninfo de la Universidad, el destacado actor Ricardo Calvo recitó las «Letanías de nuestro señor don Quijote», de Rubén Darío, y la poesía de Francisco A. de Icaza titulada «Don Quijote». El texto rubeniano es bastante famoso, pero el de Icaza creo que no resulta tan conocido, y bien merece la pena copiarlo aquí. El texto dice así:

¡Oh, famoso caballero,
el de la Triste Figura!,
ha reído el mundo entero
tu locura.

Sin pensar que en el abismo,
término de las edades,
locuras y vanidades
son lo mismo.

Que por diversos engaños,
cubiertos con altos nombres,
van a matarse los hombres
en rebaños.

Y en aventuras andantes,
piensan por encantamento
que los molinos de viento
son gigantes.

Se ríen de que trastornes
lo real en tus empresas;
se olvidan de las princesas
maritornes.

De que siempre habrá quien fíe
en la bella Altisidora,
si de amor dice que llora
cuando ríe.

Y que, triste o venturoso,
es el amador, quien crea
para amar, su Dulcinea
del Toboso.

Se liberta a galeotes,
se combate con yangüeses,
se dan tajos y reveses
por azotes.

Y en los mundos del ensueño
se va a ciegas y al acaso,
sustituyendo a Pegaso,
Clavileño.

Y ni fieras ni titanes
habrá que la marcha impidan,
¡del mismo a quien intimidan
los batanes!

¡Oh, famoso caballero,
el de la Triste Figura!,
ha reído el mundo entero
tu locura.

Sin mirar que en el abismo,
término de las edades,
todas nuestras vanidades
son lo mismo[2].


[1] Tales conferencias se reprodujeron hace unos años en el libro Don Quijote en el Ateneo de Madrid, ed. de Nuria Martínez de Castilla Muñoz, Madrid, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, 2008.

[2] El autor la incluyó en su libro La canción del camino, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1905. Cito por Don Quijote en el Ateneo de Madrid, ed. de Nuria Martínez de Castilla Muñoz, pp. 367-368, con algún ligero retoque en la puntuación.

«Vivo sin vivir en mí», de santa Teresa de Jesús

Continuaremos hoy el examen de las poesías de santa Teresa de Jesús recordando una de sus composiciones más famosas y conocidas, la que glosa «Vivo sin vivir en mí…». Pero antes recordaremos lo que sobre su producción poética en general han escrito Felipe Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres:

Tiene, además, algunas composiciones en verso. Son, casi siempre, cancioncillas hechas con motivo de alguna festividad religiosa o para alegrar a sus monjas. Existen testimonios coetáneos de la gran facilidad y gracia que tenía la santa para improvisar este tipo de versos.

En realidad son muy pocas; se llegan a computar unas cuarenta pero la atribución de la mayor parte de ellas es más que dudosa. El motivo de esta inseguridad hay que buscarlo en que no estaban destinadas a la impresión sino que circulaban por tradición oral entre los conventos de la orden. No se recopilaron hasta el siglo XVIII.

Son glosas, canciones y villancicos escritos en metros tradicionales. Muchas veces aprovecha estribillos religiosos o profanos trasladados a lo divino. En ellas aparecen todos los temas tópicos de los cancioneros de los siglos XV y XVI: el cazador, el alba y la vela de amor, el servicio amoroso…, así como las antítesis de las que tanto gusta el género.

La más celebre es una glosa de «Vivo sin vivir en mí» y el villancico «Véante mis ojos», pero tanto una como otro son de dudosa atribución. En cualquier caso, las poesías que se le atribuyen, aunque algunas no sean suyas, responden perfectamente a su estilo personal[1].

Santa Teresa de Jesús

Sobre el «Vivo sin vivir en mí» explica el padre Tomás Álvarez que es

Poema compuesto sobre la base de una letrilla vuelta a lo divino. Las estrofas glosan varios pensamientos o sentimientos «paulinos» que la Autora vive intensamente como propios. El poema es probablemente coetáneo del que compuso san Juan de la Cruz, inspirado en la misma letrilla (hacia 1572)[2].

Su texto dice así:

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puso en él este letrero:
que muero porque no muero.

Esta divina prisión,
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Solo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga;
quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.

Solo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza;
muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte;
vida, no me seas molesta,
mira que solo me resta
para ganarte perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba,
que es la vida verdadera,
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva;
muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero[3].


[1] Felipe Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. II, Renacimiento, Tafalla, Cénlit, 1980, p. 485.

[2] En Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, 16.ª ed., Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1356, nota.

[3] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, núm. 1, pp. 1356-1357, con ligeros retoques en la puntuación.

«Oda a Cristo resucitado», de Antonio López Baeza

¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?
(Lucas, 24, 5)

Resurrezione, de Piero della Francesca

Para este Domingo de Resurrección reproduzco aquí la «Oda a Cristo resucitado» del sacerdote y poeta archenero Antonio López Baeza. Corresponde a su libro Canciones del hombre nuevo (1983-85), que, al igual que su anterior poemario, Poemas para la utopía (1983), recoge diversas composiciones inspiradas en los Salmos bíblicos. Tal como indica el autor en el prefacio de Canciones del hombre nuevo, la finalidad de estos poemas «no puede ser otra que la de manifestar —y alentar en otros— el testimonio vivo de la Fe cristina» (p. 7).

Mi corazón se agita con un hermoso canto;
las fibras de mi ser se templan de alegría
para decir la gloria de tu inmensa belleza.

Eres toda la luz que el mundo necesita;
eres todo el amor que el corazón reclama;
eres toda la paz que estalla en armonías.

Avanza victorioso sembrando la justicia
que sólo de ti esperan los pobres y abatidos:
¡destierra para siempre la opresión y el escarnio!

Un pueblo libre surge vitoreando tu paso,
reconociendo, oh Rey, que has vencido a la muerte
y a todos nos conduces a los eternos pastos.

El favor de tu Dios te ensalza y te corona
con la pura alegría de saberte el primero
entre muchos hermanos en tu victoria ungidos.

Eres el que fecunda todas nuestras tristezas;
eres el Nuevo Esposo, portador de ternuras,
que convierte en vergel los más adustos paramos.

En ti toda la verdad nos aguarda y trasciende;
en ti toda bondad nos acoge y eleva;
en ti toda belleza en Dios nos introduce.

Mi corazón se agita con un canto de fiesta:
has tocado mi lengua con tu inasible gracia
y mi carne rebosa de admiración y asombro.

(Salmo 45, 1-10)[1]


[1] Antonio López Baeza, Canciones del hombre nuevo (1983-85), Burgos, Sal Terrae, 1986, núm. 28, p. 76.