Acerca de insulabaranaria

Soy investigador y Secretario del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra (Pamplona), Secretario del Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA, Madrid / Nueva York) y Vocal de la Junta Directiva de la Asociación de Cervantistas. También correspondiente en España de la Academia Boliviana de la Lengua. Mis principales líneas de investigación se centran en la literatura española del Siglo de Oro: comedia burlesca, autos sacramentales de Calderón, Cervantes y las recreaciones quijotescas y cervantinas, piezas teatrales sobre la guerra de Arauco, etc. También me he interesado por la literatura colonial (en especial la de ámbito chileno), la literatura española moderna y contemporánea (drama histórico y novela histórica del Romanticismo español, novela de la guerra civil, cuento español del siglo XX…) y la historia literaria de Navarra.

Cuentos de Rubén Darío de ambientación contemporánea realista

Incluyo bajo este epígrafe nueve títulos, varios de ellos protagonizados por niños o jóvenes y marcados por el tema de la muerte[1]. Así, «Betún y sangre» (pp. 39-50), cuyo tema es el despertar del deseo en Periquín, un joven limpiabotas de doce años, que ya analicé en otra entrada anterior; «El Dios bueno» (pp. 14-21), que plantea el tema de la supuesta crueldad de Dios, al permitir la presencia del mal en el mundo, concretado en el relato en el bombardeo del hospicio que causa la muerte de varios huérfanos y que suscita la exclamación final de la niña Lea: «¡Oh, buen Dios! ¡No seas malo!»; «La Matuschka. Cuento ruso» (pp. 51-59) evoca a la cantinera de ese nombre, que llora la muerte de Nicolasín, el joven tambor del regimiento; «Enriqueta. Página oscura» (pp. 64-65) constituye una reflexión, cercana al poema en prosa, sobre la muerte en plena juventud, ejemplarizada con la de una niña de doce años. Similar es «Rosa enferma. Fugitiva» (pp. 66-68), evocación poética, sin apenas acción, de la soñadora Emma, una joven actriz enferma, malcasada, melancólica, con todas sus ilusiones rotas y en la que el público no logra adivinar «la tristeza de la mujer bajo el disfraz de la actriz» (p. 67). Igualmente, «Jerifaltes de Israel» (pp. 85-87) es un retrato, sin apenas tensión argumental, de cuatro cambistas judíos[2]. En fin, «La miss» (pp. 173-178) condena la hipocresía de ciertas personas que esconden su conducta pecaminosa bajo el velo hipócrita de un falso y exagerado pudor.

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Más interesante es «Sor Filomela. Amor divino» (pp. 96-102), que narra la historia de otra «soñadora del divino país de la armonía» (p. 98), la actriz Eglantina Charmat, que sorprende a todos al entrar en religión tras enterarse de la muerte de su amado. Por último, «La admirable ocurrencia de Farrals» (pp. 69-72) introduce de nuevo la tonalidad humorística al evocar a un peculiar tipo, un catalán que se dedica en París a perseguir el luis, el dinero, y que al final mata a su mujer con unos medicamentos de su invención que le ha hecho probar[3].


[1] Utilizo como corpus de estudio las treinta y seis narraciones reunidas en Rubén Darío, Obras completas, tomo IV, Cuentos y novelas, Madrid, Afrodisio Aguado, 1955, pp. 11-216. Aparte quedan otros importantes relatos, como por ejemplo todos los incluidos en Azul…

[2] Lo más destacable de este relato es la caracterización de los israelitas, con un proceso de animalización que va desde el título (que los asimila a aves de presa) hasta la frase final con que se remata: «Y había en ellos una animalidad maligna y agresiva» (p. 87).

[3] Esta entrada es un breve extracto, con algunas adaptaciones, de un trabajo anterior mío: Carlos Mata Induráin, «De princesas, rosas e historias sobrenaturales. El arte del cuento en Rubén Darío», en Cristóbal Cuevas García (ed.), Rubén Darío y el arte de la prosa. Ensayos, retratos y alegorías, Málaga, Publicaciones del Congreso de Literatura Española Contemporánea, 1998, pp. 359-371.

Cuentos de Rubén Darío inspirados en el mundo bíblico-cristiano

De entre los cuentos del poeta nicaragüense[1], los inspirados en el mundo bíblico-cristiano constituyen el grupo más numeroso: algunos introducen personajes del Nuevo o del Viejo Testamento, otros abordan diversos temas relacionados de una u otra forma con la religión cristiana, que aporta una imaginería brillante y exótica, muy grata a Darío. La entrada de temas y elementos de lo religioso-cristiano (que en ocasiones rozan lo «maravilloso cristiano») desempeña primordialmente una función estética. Son once relatos, que Rubén matiza con diversas tonalidades; en algún caso, la intención principal parece ser meramente humorística, como en «Las pérdidas de Juan Bueno» (pp. 60-63; San José manda al paciente protagonista a buscar a su enfadosa mujer en el infierno). Otras veces acude el autor a la estructura del relato hagiográfico, ya ofreciendo su propia versión de la vida del obispo de Tours y patrono de Buenos Aires («La leyenda de San Martín», pp. 201-208), ya construyendo una narración ficticia (así, «Voz de lejos», pp. 185-194, que evoca las vidas de dos santos olvidados, Santa Judith de Arimatea y San Félix Romano, supuestamente esbozadas por un monje del monte Athos).

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Con la misma técnica de los «papeles hallados», tan frecuente en los libros de caballerías, parodiada genialmente por Cervantes y retomada después en serio en la novela histórica romántica, se construye «Serpiente de oro. La muerte de Salomé»[2] (pp. 82-84), narración que introduce un elemento sobrenatural: se cuenta aquí cómo murió Salomé «en realidad», ahogada por su collar de oro en forma de serpiente, que aprieta su cuello con fuerza tal que secciona su cabeza, la cual rodará hasta donde se halla la del Bautista. El relato aprovecha elementos preciosistas de la imaginería modernista, que también están presentes en «Las tres reinas Magas» (pp. 33-38; un poeta refiere al narrador el cuento de Crista visitada por las reinas de la Pureza, la Gloria y el Amor) y en «Rosa mística. El árbol del rey David» (pp. 88-90, cuyos protagonistas son el monarca israelita y la sulamita Abisag, que plantan juntos el árbol del infinito bien[3]).

«El Salomón negro. Cuento de Simorg» (pp. 91-95) narra la aparición al sabio de un genio negativo, su opuesto en todo, identificado con Nietzsche. «Palimpsesto» (pp. 140-141) presenta a Longinos, que huye tras la muerte de Cristo; su lanza, en cuya punta brilla la Sangre divina, se convierte en instrumento de gracia. «Las razones de Ashavero» recupera la figura del judío errante para reflexionar sobre las mejores formas de gobierno. «Cuento de Nochebuena» (pp. 161-167) refiere un caso milagroso: un día de Navidad desaparece el hermano Longinos de Santa María, el organista de un convento; sin embargo, el órgano que él debería tocar suena durante el oficio religioso, mientras él tiene una visión de la adoración de los Magos. Por último, «La pesadilla de Honorio» (pp. 168-172) presenta la visión de ese personaje atormentado por una horripilante sucesión de Fisonomías, Gestos y Máscaras[4].


[1] Utilizo como corpus de estudio las treinta y seis narraciones reunidas en Rubén Darío, Obras completas, tomo IV, Cuentos y novelas, Madrid, Afrodisio Aguado, 1955, pp. 11-216. Aparte quedan otros importantes relatos, como por ejemplo todos los incluidos en Azul…

[2] Cfr.: «… habrá quien juzgue falsa la corta narración que voy a escribir enseguida, la cual tradujo un sabio sacerdote mi amigo, de un pergamino hallado en Palestina, y en el que el caso estaba escrito en caracteres de la lengua de Caldea» (p. 82).

[3] Árbol «cuya flor es la rosa mística del amor inmortal, al par que el lirio de la fuerza vencedora y sublime» (p. 89), del que más adelante José cortará una vara, que será la Virgen María.

[4] Esta entrada es un breve extracto, con algunas adaptaciones, de un trabajo anterior mío: Carlos Mata Induráin, «De princesas, rosas e historias sobrenaturales. El arte del cuento en Rubén Darío», en Cristóbal Cuevas García (ed.), Rubén Darío y el arte de la prosa. Ensayos, retratos y alegorías, Málaga, Publicaciones del Congreso de Literatura Española Contemporánea, 1998, pp. 359-371.

El poema «Ya toda me entregué y di…» de Santa Teresa de Jesús

El estudio de la faceta poética de Santa Teresa de Jesús fue abordado también por el padre Ángel Custodio Vega, quien a la altura de 1970 escribía:

Que Santa Teresa es poeta y poeta de verdad y en todo, es cosa que nadie niega. Basta leer algún escrito suyo. Cualquiera, pero especialmente sus cartas, en las que su corazón y su mente se explayan y comunican sin trabas ni miramientos, en una efusión cordial e íntima con sus hijas o con sus amigas o amigos. Cartas hay que son verdaderos poemas en prosa, con su gracia inimitable, con sus ocurrencias y observaciones sorprendentes.

[…]

Pero, aparte sus escritos, y concretándonos a sus poesías propiamente dichas, no se puede negar que la santa alcanza en ellas las más altas cumbres de la poesía mística. Y decimos místicas, porque Santa Teresa es poeta en función de mística, o en torno a la mística. Y conviene que recalquemos esto, porque los temas que toca y las ansias de amor que exhala, y los arranques y gemidos que muestra, son todos de amor místico. Pero, como el hombre no tiene más que un corazón para amar a Dios y al hombre, evidentemente los movimientos e ímpetus de amor son también muy semejantes entre poetas y místicos. Los impulsos de amor, las reacciones violentas de éste, el mal de ausencia, el gozo de la presencia, las ansias de muerte y aun cierto odio a la vida, son todos ellos comunes a unos y otros amadores, como son también comunes las expresiones y conceptos. Uno de los temas de los poetas sentimentales, sea por temperamento o sea por condición de ambiente, ha sido en todos los tiempos, pero especialmente en los antiguos, el de vida y muerte, gozo y dolor, esperanza y desesperación. Entronquemos la poesía teresiana con esta tendencia y lucha de amor en trance de vida y muerte, de posesión o ausencia de amor[1].

Traigo hoy al blog el poema que comienza «Ya toda me entregué y di…», que tiene como motivo central el de la herida de amor («Hiriome con una flecha / enherbolada de amor») y muestra la identificación total de los amantes, el alma y Dios[2]. Es una composición que podemos poner en relación con el célebre pasaje de la Vida en que la santa de Ávila describe el episodio de su transverberación:

Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines, que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento[3].

 

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Y este es el texto del poema, donde quien dispara la amorosa flecha enherbolada (las flechas se emponzoñaban con hierba,  ʽvenenoʼ)  es el «dulce Cazador» (Dios):

Ya toda me entregué y di,
y de tal suerte he trocado,
que mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado.

Cuando el dulce Cazador
me tiró y dejó herida,
en los brazos del amor
mi alma quedó rendida;
y, cobrando nueva vida,
de tal manera he trocado,
que mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado.

Hiriome con una flecha
enherbolada de amor,
y mi alma quedó hecha
una con su Criador;
ya yo no quiero otro amor,
pues a mi Dios me he entregado,
y mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado[4].


[1] Ángel Custodio Vega, La poesía de Santa Teresa. Sus fuentes y raíces, Madrid, Artes Gráficas Benzal, 1970, pp. 27-29.

[2] El amor transforma al objeto amado (el alma) y lo iguala con el amante (Dios). Remito para más detalles sobre estas teorías amorosas a la erudita monografía de Guillermo Serés La transformación de los amantes: imágenes del amor de la Antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1996.

[3] Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida, c. 29, 13, en Obras completas, 16.ª ed., preparada por Tomás Álvarez, Burgos, Monte Carmelo, 2011, pp. 294-295.

[4] Cito por Santa Teresa de Jesús, Antología, ed. de María Pilar Manero Sorolla, Barcelona, Ediciones El Albir, 1987, pp. 423-424. El texto presenta algunas variantes en Obras completas, ed. citada de Tomás Álvarez, núm. 3, p. 1361: el v. 3 se lee «que es mi Amado para mí», y en los versos 6 y 8 las palabras en posición de rima son rendida y caída. Ahí figura bajo el epígrafe «Sobre aquellas palabras “dilectus meus mihi”», y con esta nota del editor: «Poema inspirado en la palabra del Cantar bíblico: “Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado” (Cant. 6,2)».

Los cuentos de Rubén Darío

Aunque existe cierta bibliografía sobre los cuentos de Rubén Darío[1], es indudable que esta parte de su obra no ha recibido tanta atención por parte de la crítica como su poesía. Pretendo, pues, ahora un breve acercamiento a los cuentos reunidos bajo ese epígrafe en sus Obras completas, con la idea de ofrecer un intento de agrupación temática.

Tal vez convendría comenzar recordando que los cuentos de Rubén nos sitúan ante la siempre interesante cuestión de los límites entre géneros literarios. En efecto, varias de sus narraciones que se presentan bajo el epígrafe de cuentos apenas están dotadas de acción: su tensión argumental es mínima y están más cercanas al poema en prosa, al artículo periodístico o al retrato —cuando no a la parábola o al apólogo simbólico— que al cuento propiamente dicho[2]. Salvadas las distancias, podría compararse esta circunstancia con la que se da en las narraciones cortas de Gabriel Miró, un escritor que por su sensibilidad y su detallismo estético estaba especialmente cualificado para el cultivo de un género, el cuento, cercano por su brevedad y concisión a la poesía; pero que, al mismo tiempo, y por esas mismas características, desbordó muchas veces las estrictas fronteras del género para practicar otras modalidades narrativas cortas más o menos cercanas.

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Un intento de ordenación de estos cuentos de Rubén Darío podría venir dado por los ambientes en que se desarrollan sus acciones[3]. Según este criterio, se distribuirían en cuatro grandes apartados: 1) los cuentos que se inspiran en el mundo bíblico-cristiano; 2) los localizados en la antigüedad pagana (en ambos casos, se trata de “escenarios” caros al poeta modernista); 3) los cuentos de ambiente contemporáneo que pudiéramos llamar “realista” (varios de los cuales cuentan con protagonistas niños o jóvenes); y 4) los de ambiente contemporáneo que introducen elementos fantásticos o sobrenaturales (si bien, en ocasiones, ese factor misterioso se diluirá al apuntarse en el texto una posible explicación racional de los sucesos narrados). En sucesivas entradas iré examinando brevemente cada uno de estos grupos[4].


[1] Véase, por ejemplo, el prólogo de Rosa Lida a Cuentos completos, México, FCE, 1950; Ernesto Mejía Sánchez, Los primeros cuentos de Rubén Darío, México, Studium, 1951; Mary Ávila, «Principios cristianos en los cuentos de Rubén Darío», Revista iberoamericana, 24, 1959, pp. 29-39; Rudolph Kohler, «La actitud impresionista en los cuentos de Rubén Darío», Eco, 48, abril de 1967, pp. 602-631; Luis Muñoz, «La interioridad en los cuentos de Rubén Darío», Atenea, 415-416, 1967; el prólogo de Iber H. Verdugo a Cuentos de Rubén Darío, Buenos Aires, Kapelusz, 1971, pp. 173-192, etc. Hay también, por supuesto, bibliografía específica sobre algunos cuentos sueltos y se podría recordar la publicación de Verónica y otros cuentos fantásticos, Alianza, Madrid, 1995. Remito también a la edición de José María Martínez, Cuentos, Madrid, Cátedra, 1997, y a su introducción, pp. 9-59.

[2] Otras dos características generales son la brevedad y la división externa en secuencias cortas, por lo general separadas tipográficamente y numeradas.

[3] Utilizaré como corpus de estudio las treinta y seis narraciones reunidas en Rubén Darío, Obras completas, tomo IV, Cuentos y novelas, Madrid, Afrodisio Aguado, 1955, pp. 11-216. Aparte quedan otros importantes relatos, como por ejemplo todos los incluidos en Azul…

[4] Esta entrada es un breve extracto, con algunas adaptaciones, de un trabajo anterior mío: Carlos Mata Induráin, «De princesas, rosas e historias sobrenaturales. El arte del cuento en Rubén Darío», en Cristóbal Cuevas García (ed.), Rubén Darío y el arte de la prosa. Ensayos, retratos y alegorías, Málaga, Publicaciones del Congreso de Literatura Española Contemporánea, 1998, pp. 359-371.

El poema «Coloquio amoroso» de Santa Teresa de Jesús

En una reciente publicación sobre la poesía de la santa de Ávila, escribe Joaquín Benito de Lucas lo siguiente:

La escritura en verso […] no es el vehículo expresivo más idóneo ni el que más utiliza la Santa [para manifestar sus vivencias espirituales]. Por eso no debe extrañarnos la poca atención que han dedicado a su poesía la mayor parte de los críticos en relación con el resto de sus obras. Conviene tener en cuenta que cuando ella escribe, Garcilaso ya ha completado prácticamente su obra de tema y métrica renacentista y que será la lira, estrofa «introducida en España por Garcilaso de la Vega» (Antonio Quilis), con la que Fray Luis de León expresará sus ansias de Dios y la armónica ordenación de las esferas celestes, y san Juan de la Cruz su encendida, mística e insólita visión de[l] mundo y de la divinidad.

Santa Teresa, por el contrario, parece ignorar los logros conseguidos por la poesía renacentista. Y es dentro de lo popular y a través de lo tradicional donde encontramos la mejor explicación para su obra poética[1].

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Pues bien, un bello ejemplo de esa lírica que bebe en lo popular y en lo tradicional lo tenemos en su «Coloquio amoroso», una poesía tan sencilla como emotiva que, como anuncia el epígrafe, presenta una estructura dialogada[2], una conversación de enamorados entre el alma y Dios:

—Si el amor que me tenéis,
Dios mío, es como el que os tengo,
decidme: ¿en qué me detengo?
O Vos, ¿en qué os detenéis?

—Alma, ¿qué quieres de mí?
—Dios mío, no más que verte.
—Y ¿qué temes más de ti?
—Lo que más temo es perderte.

—Un alma en Dios escondida
¿qué tiene que desear
sino amar y más amar,
y en amor toda encendida
tornarle de nuevo a amar?

—Un amor que ocupe os pido,
Dios mío, mi alma os tenga,
para hacer un dulce nido
adonde más la convenga[3].


[1] Joaquín Benito de Lucas, La poesía de santa Teresa. Entre la tradición y lo divino, Madrid, Ediciones Rialp, 2015, p. 13.

[2] Considero que esa estructura dialogada se extiende al conjunto del poema (como sugiere la reiteración del vocativo «Dios mío» en los versos segundo, sexto y decimoquinto), de ahí que añada los guiones indicativos de diálogo al comienzo de las estrofas primera, tercera y cuarta.

[3] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, 16.ª ed., preparada por Tomás Álvarez, Burgos, Monte Carmelo, 2011, núm. 4, pp. 1361-1362, con algunos retoques en la puntuación. Además, en el verso 12 adopto la lectura «encendida» que traen algunas versiones para evitar la repetición de «escondida» en posición de rima; igualmente, en el verso siguiente prefiero «tornarle» a «tornarte» (entendiendo que quien enuncia estos cinco versos es la voz de la divinidad, y no el alma). Anota al pie el padre Álvarez que esta composición «Desarrolla el tema de la “igualdad de amor” entre Dios y el alma, motivo místico que será glosado por san Juan de la Cruz (Cántico 28,1; 38, 3)».

«Al entierro de Cristo», de Lope de Vega

Nos siguen acompañando en estos días de Semana Santa los versos de Lope de Vega, a veces gran pecador y gran arrepentido a veces. Este romance dedicado «Al entierro de Cristo» pertenece, igual que los poemas de días anteriores, a sus Rimas sacras (1614), que acompaño con el «Entierro de Cristo» de Tiziano (Madrid, Museo del Prado).

Entierro de Cristo, de Tiziano

A los brazos de María
y a su divino regazo,
vienen a quitar a Cristo
los que a la Cruz le quitaron.
Porque en entrambas fue cierto
que estuvo crucificado,
en María con dolores
y en la Cruz con fuertes clavos.
Sus camas fueron las dos
al oriente y al ocaso,
la una para la muerte
y la otra para el parto.
Hincáronse de rodillas
los venerables ancianos,
a la Madre muerta en Cristo
y a Cristo muerto en sus brazos.
«Dadnos —le dicen—, Señora,
dadnos el difunto santo,
que ni en la tierra, ni el cielo
hay ojos para miraros.
Dádnosle, pues nos le distes,
que queremos enterrarlo,
para que diga la tierra
que tuvo al cielo enterrado.
Y porque sepan los hombres
que estuvo el cielo tan bajo,
que ya pueden, si ellos quieren,
alcanzarle con las manos.»
«Tomad —responde María,
Madre suya y mar de llanto—
el cuerpo que entre los hombres
pasó mayores trabajos.
Escondelde[1] en el sepulcro,
porque le persiguen tantos,
que aun allí no está seguro
de que vuelvan a buscarlo.
Nueve meses solamente
que estuvo en mi virgen claustro
de la envidia de los hombres
le pude tener guardado.
Que el Bautista, que le vio,
lo dijo con sobresaltos,
y en voz expresa después
pasados treinta y dos años.
Tomad y enterralde, amigos;
las piedras sabrán guardarlo
mejor que el pecho del hombre,
que le vendió como ingrato.»
Mientras para su mortaja
la Virgen está rasgando
las telas del corazón,
velo de su templo casto,
cielo y tierra previnieron
el triste entierro, enlutando
la tierra los edificios
y el cielo los aires claros.
Todas las hachas del cielo
iban delante alumbrando,
pero el luto de la tierra
no dejaba ver sus rayos.
Sol y luna sangre visten,
porque el cielo en tanto agravio
mostró sangre en sus dos ojos
para señal de vengarlo.
Levantáronse los muertos
de los sepulcros helados,
que, como entierran la vida,
la que quisieron tomaron.
Las cajas[2] fueron las piedras,
unas con otras sonando,
que era Cristo capitán
y con cajas le enterraron.
Hízose el velo del templo
no sin causa dos pedazos,
para que hubiese bandera
que llevasen arrastrando.
No vinieron sacerdotes,
aunque estaban consagrados,
que, siendo Dios el difunto,
no eran menester sufragios.
Él se llevaba la ofrenda,
pan y vino soberano,
la Misa y el Sacrificio,
que le consumió expirando.
Iba su Madre detrás,
y un mozo su primo hermano,
que se le dejó por hijo
en su testamento santo[3].
Llegaron con el difunto,
y la ballena de mármol
recibió para tres días
aquel Jonás sacrosanto[4].
Alma, la Virgen se vuelve,
a acompañarla volvamos,
pues con ella volveremos
a verle resucitado[5].


[1] Escondelde: forma de imperativo con metátesis, por escondedle. Y lo mismo más abajo enterralde.

[2] cajas: instrumento militar bélico, especie de tambor.

[3] un mozo … en su testamento santo: alude al apóstol Juan, y a las palabras de Cristo en la Cruz, dejando a Juan como hijo de María y a María como madre de Juan.

[4] Jonás sacrosanto: igual que Jonás fue engullido por un gran pez o ballena, que lo vomitó al tercer día en tierra (Jonás, 1, 1-17), Cristo permanece en la «ballena de mármol» de su sepulcro, para resucitar al tercer día.

[5] Cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, pp. 416-418.

«A Cristo en la Cruz», de Lope de Vega

Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido».
E inclinando la cabeza, entregó el espíritu
 (Juan, 19, 30).

También a las Rimas sacras (1614) pertenece este romance de Lope de Vega dedicado «A Cristo en la Cruz», que ilustro con la pintura de Alberto Altdorfer «Cristo en la Cruz entre María y San Juan» (Museo Staatliche, Kassel, Alemania).

Cristo en la Cruz entre María y San Juan

¿Quién es aquel Caballero
herido por tantas partes,
que está de expiar tan cerca
y no le socorre nadie?
«Jesús Nazareno» dice
aquel rétulo notable.
¡Ay, Dios, que tan dulce nombre
no promete muerte infame!
Después del nombre y la patria
«rey» dice más adelante;
pues si es rey, ¿cuándo de espinas
han usado coronarse?
Dos cetros tiene en la mano,
mas nunca he visto que enclaven
a los reyes con los cetros
los vasallos desleales.
Unos dicen que, si es rey,
de la cruz decienda y baje;
y otros que, salvando a muchos,
a sí no pudo salvarse.
De luto se cubre el cielo
y el sol de sangriento esmalte:
o padece Dios o el mundo
se disuelve y se deshace.
Al pie de la cruz María
está en el dolor constante,
mirando al sol que se pone
entre arreboles de sangre.
Con ella su amado primo
haciendo sus ojos mares;
Cristo los pone en los dos,
más tierno porque se parte.
¡Oh lo que sienten los tres!
Juan, como primo y amante,
como madre la de Dios,
que lo que Dios, Dios lo sabe.
Alma, mirad cómo Cristo,
para partirse a su Padre,
viendo que a su Madre deja,
la dice palabras tales:
«Mujer, ves ahí tu hijo»,
y a Juan: «Ves ahí tu madre».
Juan queda en lugar de Cristo:
¡ay, Dios, qué favor tan grande!
Viendo, pues, Jesús que todo
ya comenzaba a acabarse,
«Sed tengo», dijo, que tiene
sed de que el hombre se salve.
Corrió un hombre y puso luego
a sus labios celestiales
en una caña una esponja
llena de hiel y vinagre.
¿En la boca de Jesús
pones hiel? Hombre, ¿qué haces?
Mira que por ese cielo
de Dios las palabras salen.
Advierte que en ella puso
con sus pechos virginales
un ave su blanca leche,
a cuya dulzura sabe.
Alma, sus labios divinos,
cuando vamos a rogarle,
¿cómo con vinagre y hiel
darán respuesta süave?
Llegad a la Virgen bella
y decilde con el ángel:
«Ave, quitad su amargura,
pues que de gracia sois ave.
Sepa al vientre el fruto santo
y a la dulce palma el dátil;
si tiene el alma a la puerta,
no tengan hiel los umbrales.
Y si dais leche a Bernardo[1]
porque de madre os alabe,
mejor Jesús la merece,
pues Madre de Dios os hace».
Dulcísimo Cristo mío,
aunque esos labios se bañen
en hiel de mis graves culpas,
Dios sois, como Dios habladme.
Habladme, dulce Jesús,
antes que la lengua os falte,
no os deciendan de la cruz
sin hablarme y perdonarme[2].


[1] si dais leche a Bernardo: en cierta ocasión, con motivo de la visita a Cîteaux del obispo de Chalon, Bernardo, que entonces era todavía un joven monje, recibió el encargo de su abad de predicar un sermón. Bernardo se puso a orar delante de una imagen de la Virgen, que se le apareció en sueños y le concedió el don de la elocuencia al poner en su boca leche de su propio pecho. Esta escena de la lactatio Bernardi es un motivo bien conocido en la hagiografía y la iconografía pictórica.

[2] Cito, con algún ligero retoque, por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, pp. 408-410. En el penúltimo verso, corrijo la errata «cru».