Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (y 8)

Mientras los araucanos debaten si seguir la guerra o pactar la paz, a los españoles les llega la noticia de que Carlos V se ha retirado a Yuste y es ahora rey don Felipe[1]. Don García decide que se haga una fiesta para jurar al nuevo monarca (que contrasta con la borrachera y orgía de sangre de los araucanos). El general muestra su resolución con estas palabras: «No pienso envainar la espada / hasta morir o vencer» (p. 831)[2]. Saben que Caupolicán ha juntado en Purén a todos sus caciques y dispone que el capitán Avendaño vaya a cercar la quebrada; en ese punto explica por qué sus enemigos lo denominan san García:

GARCÍA.-  No me llaman san García
los indios porque soy santo,
pero porque en profecía
adivino y digo cuanto
intenta su rebeldía (p. 832)[3].

Muy importante resulta la escena final con el bautizo y la muerte de Caupolicán, que ha sido capturado. Los cargos contra él son que se opuso al cielo y al rey; es traidor porque cuando se rebeló era ya vasallo del rey de España, circunstancia que el indio niega, haciendo una bella defensa de su libertad e independencia. Don García le confiesa que no puede perdonarlo, aunque le pesa. Caupolicán se muestra agradecido: sabe el indio que, si el español le conservara la vida, mantendría viva la rebeldía de Arauco. Por un momento parece arrepentirse de vivir para morir sin honra (p. 842), pero don García le argumenta en favor de la vida del alma, mucho más valiosa. Caupolicán tiene a su adversario por noble y por entendido, y don García reconoce en el indio valor y entendimiento (véase el interesante diálogo de ambos en las pp. 843-844). Don García se ofrece para ser su padrino, lo que los une en parentesco espiritual (que supone, dicho sea de paso, la asimilación total del otro).

Muerte de Caupolicán

La obra finaliza con el ofrecimiento de su hazaña de pacificación lograda en solo dos años (victorias vencidas, ciudades fundadas…) a Felipe II, rey español y rey indiano, representado allí en estatua (pp. 847-848).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

[3] Y más adelante el propio Caupolicán lo denominará también san García (ver las pp. 836-837).

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Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (7)

Otra escena interesante en la caracterización del marqués de Cañete en Arauco domado de Lope de Vega es el castigo ejercido sobre Galvarino, que reviste carácter de justicia[1]. La acusación es que mató a traición al español Juan Guillén; el indio se justifica diciendo que «Todo es guerra» (p. 818)[2], pero don García decide cortarle las manos y enviarlo a Caupolicán, como escarmiento para los rebeldes y muestra de su firme determinación. Pues bien, hasta el propio condenado a tan cruel castigo, Galvarino, reconoce el gran nombre de Mendoza.

Galvarino

Después lo vemos preocuparse por el hecho de que la presencia de Gualeva junto a don Felipe en el campamento español pueda dar mal ejemplo a los soldados (p. 819), pero su hermano lo tranquiliza diciendo que ha enviado a la india con Rebolledo de vuelta con Tucapel. Es más, se pone de manifiesto que Gualeva ha sido honrada mientras ha permanecido con los españoles (más en calidad de invitada que de prisionera), y por ello ha quedado obligada por don García. Así se lo explica la propia Gualeva a Tucapel, añadiendo nuevos elogios (p. 821).

Tucapel se mostrará pronto partidario de la paz al ver las victorias del español y que sigue fundando fuertes y ciudades (p. 824). Llega Galvarino al consejo y también él elogia a don García: «este mancebo cristiano / os vence en tantas batallas, / os rinde en tantos asaltos» (p. 827); clama por la libertad, los exhorta al combate, y su ejemplo los inflama, de forma que los araucanos deciden ir a la guerra, para lo cual se juntarán en las quebradas de Purén. Rengo cuenta que don García ha ido a Ancud y ha fundado la ciudad de Osorno «por un abuelo que tiene, / conde de Osorno» (p. 830).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (6)

Sigue avanzando la acción de la comedia[1]. Una conversación entre Gualeva y Rebolledo pone de relieve una vez más que Hurtado de Mendoza perdona y trata bien a los indios de paz; ella no ha tenido ocasión de verlo nunca, pero Rebolledo le hace la siguiente presentación de su persona:

REBOLLEDO.- Si le vas a ver y hablar,
pues ningún temor lo veda,
de cuanto en España queda
no tienes qué desear:
persona, virtud, valor,
gracia, ingenio, autoridad
y una real majestad
vestida de resplandor
verás en aqueste Hurtado,
tan suya, en honor del suelo,
que de algún jirón del cielo
dirás que fue hurtado Hurtado.
Ven, y vendrás de sus manos
cargada de ricos dones (p. 802)[2].

Nadie se resiste a las buenas prendas de don García. Engol, joven hijo de Caupolicán y Fresia, le cuenta a su madre que salió mal el ataque sorpresa a los españoles; y aunque achaca el resultado a la suerte (habla de «ese español capitán, / que con tal dicha nació», p. 811), también él elogia «la valentía / del heroico don García» (p. 812). Al final del acto segundo, Caupolicán, herido y vencido, y arrepentido de su anterior arrogancia, añade nuevos elogios:

CAUPOLICÁN.- ¡Oh, valor invencible de españoles!
¡Oh, generoso mozo don García,
sol que das resplandor a tantos soles! (p. 814).

Cañete (Chile)En ese momento se le aparece Lautaro como una sombra y le informa de que don García camina al cerro de Tucapel, y que en las ruinas de lo que fue la casa de Pedro de Valdivia ha fundado la ciudad de Cañete, «del nombre insigne / del Estado de su padre» (p. 815). Sigue, pues, adelante la labor fundadora del gobernador español. Ese detalle de que convertirá las ruinas de la casa de Valdivia en una ciudad se reitera más adelante (p. 821). Se trata de volver en victoria o vengar, de alguna manera, la suerte del anterior gobernador.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (5)

Si el acto primero termina mostrando la determinación de don García[1]: «¡Chile, yo he de sujetarte, / o tú quitarme la vida!» (p. 784)[2], el segundo comienza con nuevos elogios de su destreza militar, pues ha salido vencedor con muy pocos soldados (600 españoles para 40.000 araucanos), tal como apreciamos a través de un diálogo entre don Felipe y Alarcón (p. 785). Don Felipe relata que don García salió del fuerte de Penco y entró en la tierra rebelada, para llegar a orillas del río Bío-Bío; sigue una nueva comparación con Julio César, en concreto por su resolución; el paso de sus soldados con barcas a la otra orilla del río se equipara al paso del Rubicón (p. 786).

Cesar cruzando el Rubicón

Esta arriesgada maniobra, que le ha permitido marchar al cerro de Andalicán, arranca nuevos elogios:

FELIPE.- Alabarte al general,
encarecerte su espada,
lo que hizo, lo que dijo,
era mi propia alabanza,
porque soy hermano suyo,
mas solo decirte basta
que tembló Arauco su nombre
y le llamó sol de España (p. 788).

La escena de la junta de caciques araucanos reunidos por Caupolicán para ver si interesa seguir la guerra o pactar la paz sirve para resumir algunos de los hechos históricos anteriores a la llegada de don García a Chile (la rebelión de Lautaro, la muerte de Valdivia, la victoria de los indios sobre Villagra…). Para vencerlos, les dice Caupolicán, el virrey del Perú

a su hijo don García,
ese que llaman Hurtado
de Mendoza, envía a Chile;
él dice a pacificarnos,
y aunque es verdad que lo ha hecho
con piedad e ingenio tanto,
yo no sé determinarme
si a su valor nos rindamos.
Proseguir la guerra es cosa
de gran duda, imaginando
el valor deste mancebo
y sus principios extraños,
las batallas que ha vencido,
los ardides, los reparos
que a nuestras ofensas hace,
venciendo, hiriendo, matando (p. 794).

Los elogios del caudillo español están puestos en boca de su mayor enemigo: Caupolicán sabe que es noble y generoso en el perdón: «es verdad que el Mendoza / lo ha de ser perdonarnos» (p. 795, donde Mendoza vale ‘noble’). También Rengo pondera la nobleza y las virtudes de los españoles, y lo mismo hace Orompello, que se suma a los partidarios de la paz con estas palabras:

OROMPELLO.- Rengo propone muy bien,
que no es hombre don García,
aunque es mancebo, con quien
burlarse Arauco podría,
sino perderse también.
Si habéis visto tanta hazaña,
¿por qué no se han de rendir
por él a Carlos de España? (p. 797)


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (4)

Cuando se produce el asalto de los araucanos, don García lucha cuerpo a cuerpo con Caupolicán: si el araucano es hijo del sol, el español es hijo del gran virrey don Andrés[1]. Sale a relucir de nuevo su mocedad, cuando el toqui se lamenta:

CAUPOLICÁN.- ¡Lástima a tus años tengo!

GARCÍA.- Tenla, bárbaro, de ti,
que yo Mendoza nací
y he de hacer a lo que vengo (p. 773)[2].

Caupolicán

Don García resulta herido por una pedrada, pero conserva la vida y tiene fuerzas para repeler el ataque. Las acotaciones de este pasaje indican hasta en tres ocasiones que se ve a don García «en lo alto» (pp. 771, 776 y 779): se trata, en principio, de una indicación física (los españoles se defienden desde lo alto del fuerte en el que están sitiados), pero esa visualización espacial no deja de tener un valor simbólico: don García domina la situación, está por encima de los indios, que atacan desde abajo y que terminarán siendo sojuzgados por él. En el transcurso del asalto, también Caupolicán resultará herido: le hirió, dice Tucapel, «el gran español, / el gallardo don García» (p. 778), «el Mendoza famoso» (p. 778), como señala Rengo.

Esta escena añade otro detalle importante desde el punto de vista de las cualidades militares de don García: vemos que es un capitán previsor y responsable pues, robando horas al descanso y el sueño, pasea por el fuerte para supervisar que los vigías cumplen bien con su obligación (ver las pp. 780 y 782). En este momento, remate del acto primero, dará muestras de su generosidad al perdonar la vida al soldado que por dos veces ha incumplido su deber quedándose dormido en su turno de guardia. Rebolledo se salva por su ingenio, y apelando a que «Mendoza eres» (p. 783) y «gran señor» (p. 784). También, ciertamente, porque el general español tiene pocos soldados y no puede desperdiciar ni siquiera a uno solo de ellos, aunque haya cometido una falta tan grave que les ha puesto en peligro a todos: «De virrey y reyes vienes» (p. 784), reconoce Rebolledo.

Esta escena final de la primera jornada todavía añade un dato más al retrato de don García: las palabras de Rebolledo hablando consigo mismo en su guardia, intentando no dormirse, señalan que don García no es codicioso. Se trata de un detalle importante, porque la codicia de los españoles es acusación que los indios dejan caer aquí y allá a lo largo de la comedia. Ciertamente, Arauco no da muchas riquezas (Rebolledo se refiere a la «estéril campaña», p. 781; en la p. 823 Tucapel le explicará al mismo soldado que Arauco produce pocas joyas). Pero, sea como sea, su general no viene en busca de plata, sino para aplastar la rebelión de los araucanos, que no son, ni mucho menos, indios pacíficos como los que encontró Colón en el momento del Descubrimiento:

REBOLLEDO.- Los que las Indias hallaron
vinieron por oro y plata;
halláronla tan barata,
que por vidrios la compraron.
No viene así don García,
ni plata intenta buscar,
que viene a pacificar
su bárbara rebeldía.
¡Pues es verdad que estos son
de los indios desarmados
que hallaba en selvas y prados
como corderos Colón,
sino los hombres más fieros,
más valientes, más extraños
que vio este polo en mil años! (pp. 781-782)

Más adelante, en el acto segundo, sí encontraremos una acusación de codicia por parte de Tucapel, cuando se refiere a don García como «un hombre, y hombre extraño, / que enriquecerse del sudor pretende / de nuestra mina de oro y fértil año» (pp. 795-796). Pero se trata de una frase exaltada, que Rengo contrarresta al decir: «del Mendoza adviertas / las grandezas que hay en él» (p. 796).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (3)

Una segunda tanda de elogios de don García la vamos a encontrar en labios de sus enemigos, los araucanos[1]. Se trata de la escena en que deciden consultar a su divinidad, Pillán, a través de Pillalonco, especie de sacerdote. Su presagio es completamente negativo para ellos: les dice que el famoso capitán que viene de Perú a Chile causará miedo a los fieros araucanos; y que, aunque lo vean mozo, los someterá en menos de dos años; vencerá nueve batallas y fundará siete ciudades, y llegará a ser tan querido que lo llamarán «san García»[2] (p. 763)[3].

Pillán

Poco después será Caupolicán quien relate a los suyos el vaticinio que le ha hecho Pillán tras abrasarse en el agua del baño: don García ha llegado a Concepción y ha formado un fuerte en Penco. Pillán le ha pedido a Caupolicán que ataque el fuerte y mate a los españoles, antes que vayan al valle de Engol. Frente a las bravatas de los principales capitanes (Tucapel, Rengo, Talguén, Orompello…), dispuestos a matar al «español cruel» (p. 768), Pillalonco les avisa de que pronto conocerán el valor del «español don García».

El siguiente bloque de acción nos muestra a don García supervisando personalmente, junto con su hermano don Felipe, los trabajos de construcción del fuerte de Penco: se preparan para la defensa mientras llegan refuerzos por mar. La condición noble y generosa que ha mostrado don García ha hecho que los indios de la zona hayan bajado en son de paz y que él les haya dado el perdón. Dice don Felipe:

FELIPE.- Tu persona excelente, y la nobleza
alta y real grandeza con que has dado
perdón al rebelado, los incita
y a venir solicita, reducidos
a la paz y movidos de tus dones (p. 768).

Don García pondera su «honesto celo» para «esta imposible hazaña», así como el valor y la sangre de su familia; don Felipe dice que sus conquistas le harán exceder la fama de Alejandro Magno, jugando de nuevo con las expresiones Hurtado / hurtar (p. 769).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Esta denominación de san García estaba ya en el exordio del Arauco domado de Pedro de Oña («¡oh, sublime garza Sant García!»).

[3] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (2)

La imagen de don García Hurtado de Mendoza que transmite la comedia es la de un militar intachable, fiel a su monarca y obediente a su padre, el virrey del Perú, que lo ha mandado a sujetar Chile[1]. El primer elogio estará en boca del soldado español Rebolledo. Se trata de la escena inicial, de los primeros versos de la comedia:

Salen Rebolledo, soldado, y Tipalco, indio yanacona.

TIPALCO.- ¿Que este soldado, amigo, es don García?

REBOLLEDO.- Este es aquel Hurtado de Mendoza
que a gobernar su padre a Chile envía.

TIPALCO.- La libertad que el rebelado goza
en el gobierno de la gente anciana
aumentarase con la gente moza (p. 753)[2].

Don García es todavía mozo y el indio Tipalco argumenta que, si los araucanos se rebelaron teniendo enfrente a dos capitanes maduros y experimentados como Aguirre y Villagrán, más lo harán «viendo que aqueste ejército acompaña / un mancebo tan tierno» (p. 753; este sustantivo mancebo se repetirá varias veces referido a él). A lo que responde Rebolledo:

REBOLLEDO.- Este mancebo
el César ha de ser de aquesta hazaña;
este Mendoza, este Alejandro nuevo,
este Hurtado que hurtó la excelsa llama
no solamente a Júpiter y a Febo,
sino a todos los nueve de la Fama,
viene a domar a Chile y a la gente
bárbara que en Arauco se derrama (p. 753).

Estos versos establecen las primeras identificaciones laudatorias con personajes de la mitología y la antigüedad greco-romana (César, Alejandro, los nueve de la Fama, Júpiter y Febo), así como el juego de palabras entre el apellido Hurtado y el verbo hurtar, aspectos ambos que se reiterarán con bastante frecuencia en la obra.

Los nueve de la Fama

Su valor —sigue exponiendo el soldado— se puede apreciar en su propia persona, y «por solo lo que ha hecho en La Serena, / de capitán merece la corona» (p. 754). Don García, en efecto, había desembarcado allí el 23 de abril de 1557 y mandado detener a Francisco de Aguirre y Francisco de Villagra, que litigaban por la gobernación de Chile. Las palabras del yanacona Tipalco ponderan lo bien que trata a los indios de paz e introducen el rico simbolismo de las palabras sangre y sol[3]:

TIPALCO.- Mucho me agrada el ver que en todo ordena
nuestra justicia y paz, pues nos alivia
a los indios de paz de tanta pena.
Allá, a los que mataron a Valdivia
y con Caupolicán y Tucapelo
están más fieros que áspides en Libia,
podrá mostrar la sangre de su abuelo;
que, pues su padre a tanto sol le envía,
ya habrá probado este águila al del cielo (p. 754).

Por su parte, en esta misma escena inicial, su hermano don Felipe pondera su valor, demostrado en sus hazañas anteriores en Europa («en Rentín, en Sena, en Flandes», p. 757). Don García da prueba de su prudencia ordenando embarcar a Aguirre y Villagrán para Perú, para que desde allí los manden a España; y manifiesta su intención de ir a la ciudad despoblada de Concepción, junto con su férreo deseo de sujetar la rebelión de Chile (véanse las pp. 757-758).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

[3] Tema que no puedo desarrollar aquí, pues daría materia para un exhaustivo análisis.