Lope de Vega y Calderón

Es más comprensible el recelo que Lope debió de sentir hacia Calderón, que venía renovando la escena con empuje y cuya genialidad no se le ocultaría al Fénix, que sin duda lo vio como un rival peligroso[1].

Calderón y Lope

No le gustó tampoco el episodio de enero de 1629, cuando el actor Pedro de Villegas hiere a un hermano de Calderón, y este allana el convento de las Trinitarias, donde se había refugiado el cómico, y donde estaba de monja una hija de Lope, el cual escribe al duque de Sessa quejándose del abuso:

Amo y señor mío, yo había querido suplicar a Vuestra Excelencia fuese servido de conducirme al señor don Rafael Ortiz, para que conociese un novicio de su orden y criado de su casa y de la de sus padres, y veníame a pedir de boca verle esta noche. Pero la revolución de nuestras monjas, la molestia de los alcaldes, la prisión de nuestro sacristán y las diligencias para librarle no me dan lugar a cumplir este deseo, porque tengo que andar de señor en señor, como de viga en viga. Grande ha sido el rigor buscando a Pedro de Villegas: el monasterio roto, la clausura y aun las imágines, que hay alcalde que se traga más excomuniones que un oidor memoriales. Ana de Villegas con guardas, el mozo en Osuna y la justicia buscándole entre las monjas, a quien sacrílegamente han dado los golpes que pudieran a Cristo, si le hallaran en la defensa de sus esposas. Yo estoy lastimado, tanto por todas como por mi hija. El delito es grande, pero ¿qué culpa tienen los inocentes? Mas ¿cuándo no la tuvieron los corderos de la hambre de los lobos? Nuestro Señor guarde a Vuestra Excelencia más que a mis hijos y a mí, que es lo que yo deseo y desearé mientras tuviere vida.

El elogio correspondiente a Calderón en el Laurel de Apolo no puede ser más lacónico («en estilo poético y dulzura / sube del monte a la suprema altura», silva VII), sobre todo si se compara con los que acaba de hacer unos pocos versos antes a un poeta tan desconocido como Pedro Milián (silva VIII, versos 429-451) o a otros muchos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

El soneto de Calderón «Estas que fueron pompa y alegría»

Este soneto, editado a veces bajo el marbete «A las flores», lo recita don Fernando en El príncipe constante, delante de Fénix, al tiempo que le muestra un ramillete de flores. Haciendo ahora abstracción de la situación dramática en que tal texto se inserta, y de la función que cumple en esa comedia calderoniana,podemos leerlo como texto lírico independiente, uno más de la serie que conforma el tema de la brevedad de la rosa que venimos examinando en las últimas entradas. Encontramos repetidos motivos y expresiones que ya nos aparecían en textos anteriores, como por ejemplo la bella formulación del verso 11, «cuna y sepulcro en un botón hallaron». Al final, toda esa belleza de las flores «será escarmiento de la vida humana» (v. 7). En esta ocasión, los dos cuartetos y el primer terceto desarrollan los motivos relacionados con las flores, en tanto que el segundo terceto explicita la enseñanza moral.

Rosas marchitas

Estas, que fueron pompa y alegría
despertando al albor de la mañana,
a la tarde serán lástima vana,
durmiendo en brazos de la noche fría.

Este matiz, que al cielo desafía,
iris listado de oro, nieve y grana,
será escarmiento de la vida humana:
¡tanto se emprende en término de un día!

A florecer las rosas madrugaron,
y para envejecerse florecieron:
cuna y sepulcro en un botón hallaron.

Tales los hombres sus fortunas vieron:
en un día nacieron y expiraron,
que, pasados los siglos, horas fueron[1].


[1] Puede verse un comentario de este texto en Rafael Osuna, Los sonetos de Calderón en sus obras dramáticas. Estudio y edición, Chapel Hill, University of North Carolina-Publications of the Department of Romance Languages, 1974, p. 51. En algunas versiones, en el v. 8, en vez de «emprende» se lee «aprende».

Clavileño y la burla a Otáñez: la relación entre ambos episodios y su función

Las coincidencias entre ambos episodios no se refieren solo a la estructura general (persona o personas engañadas para realizar un falso vuelo mágico en un caballo de madera), sino también a pequeños detalles, como por ejemplo el hecho de que ambas escenas ocurran en un jardín —el de los Duques, el de Leonardo— en la oscuridad de la noche (o de la tarde-noche). En ambas obras, el episodio del vuelo mágico se inserta en un contexto general de burla (burlas en el palacio ducal, burlas constantes en El astrólogo fingido). La función de ambos pasajes es parecida, aunque con matices.

En el caso del Quijote, los agentes de la burla son los Duques y sus acompañantes, guiados por el insano afán de reírse a costa de sus curiosos huéspedes, don Quijote y Sancho. En la obra de Calderón, la burla a Otáñez prepara el desenmascaramiento del falso astrólogo don Diego; la credulidad del montañés, corto de mollera y de genio —puede decirse que es el único personaje que no engaña a nadie; Sancho, también rústico, le aventaja sin embargo por su clarividente sentido común—, es total y queda absolutamente convencido de que ha volado hasta su región natal aunque no se haya movido un centímetro del banco donde lo atara Morón (nótese que aquí la burla ocurre entre dos criados, entre dos agentes primarios de la comicidad). En cambio en el Quijote Sancho no se traga el anzuelo de la engañifa, en modo alguno se cree la linda patraña de Clavileño, y al final se burlará socarronamente de quienes quisieron burlarlo; el episodio sirve para desenmascarar el cruel juego de los Duques, quienes no pueden revelar la verdad: que el vuelo mágico ha sido en realidad una farsa bien orquestada. También don Diego, el falso astrólogo, es de alguna manera un burlador burlado, porque al final de la obra sus embelecos resultan castigados.

Clavileño

La reminiscencia del episodio de Clavileño de El astrólogo fingido es, sin duda alguna, un guiño y un homenaje a Cervantes por parte de Calderón, que aprovecha magníficamente las posibilidades dramáticas y espectaculares que le brindaba el episodio narrativo. Los dos autores supieron plasmar genialmente en sus respectivas creaciones el gran problema barroco —y universal— del choque entre el mundo de la realidad y el de la ficción, la verdad y la mentira, lo que es y lo que parece ser (lo que Oppenheimer llamó «el tema de la realidad oscilante»[1]). El juego, el fingimiento, los equívocos y la burla son en ambos casos los ejes fundamentales del enredo, y así, no extrañará que uno de los personajes calderonianos, Quiteria, advierta a doña Violante: «Tus desengaños verán / que todo es mentira y juego» (p. 145b)[2].


[1] Ver Max Oppenheimer, «The Burla in Calderón’s El astrólogo fingido», Philological Quarterly, vol. XXVII, number 3, 1948, pp. 246.

[2] Cito por Pedro Calderón de la Barca, El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, ed. de Ángel Valbuena Briones, Madrid, Aguilar, 1956, pp. 127-162. Ahora contamos con la edición crítica de las dos versiones de El astrólogo fingido por Fernando Rodríguez-Gallego, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

La burla a Otáñez en «El astrólogo fingido»: el desenlace

BancoY llegamos por fin al desenlace: don Antonio descubre a Otáñez atado y Leonardo se sorprende de este «encanto» (se pregunta si es su jardín el de Falerina). Morón dice que el hombre atado es Otáñez, y por lo bajo añade: «Mi burla / vino a salir excelente» (p. 161b[1]; aunque ninguna acotación lo explicita, seguramente ha aprovechado el rato en que Otáñez permanecía con los ojos vendados para robarle el dinero). El rústico montañés, feliz, cree que se halla en su patria: «Ya he llegado. ¡Oh patria mía, / deja que tu tierra bese / agradecido! ¡Qué bien / conozco yo estas paredes! / En fin, nací aquí» (p. 161b). Acto seguido se sorprende de ver en las Montañas a su señor Leonardo, quien le replica: «Muy a propósito ofreces / una burla a tantas veras» (p. 161b). Morón, motejándolo de tonto («figurilla de bufete»), le explica que está en Madrid, y el criado queda corrido: «Por Dios / que es verdad. ¡Jesús mil veces!» (p. 161b).

La culminación de esta burla precede, en fin, a la resolución de todas las demás, es el colofón final a una obra presidida por completo por la burla y el engaño, y pone de manifiesto que es hora de dejar definitivamente las burlas para pasar, en el desenlace, a las veras.


[1] Cito por Pedro Calderón de la Barca, El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, ed. de Ángel Valbuena Briones, Madrid, Aguilar, 1956, pp. 127-162. Ahora contamos con la edición crítica de las dos versiones de El astrólogo fingido por Fernando Rodríguez-Gallego, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

La burla a Otáñez en «El astrólogo fingido»: el vuelo mágico

Ya en la escena final, «Sale Otáñez, muy galán, con botas y espuelas» (se trata, por supuesto, de una galanura ridícula), muy ufano y muy impaciente, como muestra su parlamento:

¡Adiós, Madrid! Desta vez
no pienso volver a verte,
que va a buscar buena muerte
quien tuvo mala vejez.
¿Habrá cosa más extraña
que, viéndome anochecer
en Madrid, amanecer
en medio de la Montaña?
Este fuera buen estilo,
aunque costara dineros,
por no tratar con venteros.
¿Si serán las ocho en hilo?
¿Cómo no viene Morón?» (p. 160a) [1].

Llega, sí, Morón y pondera: «¡Qué cabalgadura os tengo!», al tiempo que se introduce una broma sobre los «mozos de diablos», que existen igual que los «mozos de mulas». Entonces Morón le da las últimas instrucciones:

                          Prevengo
que aunque mucho ruido oigáis
de voces muy lastimosas,
confusiones u otras cosas,
ni os turbéis ni lo temáis.
En llegando, os quitarán
los cordeles con extraña
presteza, y en la Montaña
muy contento os dejarán,
muy alegre y descansado (p. 160a).

Otáñez le pregunta qué mula tendrá y Morón responde, con nuevas bromas, que es «un sastre / antiguo, que ha profesado / ya de demonio» (p. 160a; la mala fama de los sastres era proverbial). Le pide que se tape con la capa y se arreboce (él le vendará los ojos) y que salte sobre «el diablo»; indica la acotación: «Morón hace a Otáñez ponerse a caballo en un banco, en el fondo del jardín»[2]; le da una cuerda a modo de rienda y lo ata contra la silla. Otáñez pide que no lo sujete tan fuerte. Y comienza el supuesto vuelo mágico:

MORÓN   [Apartándose] Escudero
que por esos aires vas…

OTÁÑEZ   Ya siento que voy volando;
que la voz se va quedando.

MORÓN   Camina con Barrabás (p. 160b).

Silla voladoraOtáñez se queda solo y a partir de ese momento oirá las distintas conversaciones del jardín; al escuchar a don Juan y doña María, cree que pasa por un primer núcleo de población: «Que paso sin duda ahora / por algún lugar parece, / porque en el aire he escuchado / hablar a diversas gentes» (p. 160). Salen otros personajes y comenta: «Ya es otro lugar aqueste, / pues, de las que oí no ha mucho, / son las voces diferentes. / O están los lugares cerca, / o yo ando mucho» (p. 161a). Más tarde se quejan doña Violante y el viejo Leonardo, y él comenta: «Las voces son lastimosas, / que prevenidas me tiene / Morón; no hay de qué espantarme» (p. 161a-b).


[1] Cito por Pedro Calderón de la Barca, El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, ed. de Ángel Valbuena Briones, Madrid, Aguilar, 1956, pp. 127-162. Ahora contamos con la edición crítica de las dos versiones de El astrólogo fingido por Fernando Rodríguez-Gallego, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

[2] Esta montura preparada por Morón contrasta con el brioso corcel que monta don Diego para pasear la calle de doña María, según el relato de Beatriz a su ama al comienzo de la comedia: «Al tiempo que ya dejaba / la calle don Juan, entró / en ella don Diego; y yo, / como en la ventana estaba, / le vi en un caballo tal, / que, informado dél el viento, / dejó de ser elemento / por ser tan bello animal. / Con el freno conformaba / los pies con tanta armonía, / que el son con la boca hacía, / a cuyo compás danzaba. / Saltaron centellas puras / de las piedras; que el castizo / bruto, por llamarte, hizo / aldabas las herraduras. / Cuando don Diego el sombrero / quitó, sus pies se doblaron; / que tu puerta respetaron / el caballo y caballero» (p. 128a).

La burla a Otáñez en «El astrólogo fingido»: los preparativos

Vuelo mágicoEn la primera jornada, Otáñez tiene tan solo una breve réplica de dos versos y medio, con la que se limita a pedir licencia para que entre don Juan de Medrano. En la segunda jornada, cuenta con dos intervenciones, una para subrayar un comentario de doña María sobre los males que se derivan a quien se fía de criadas (p. 139a[1]; Otáñez será luego engañado por un criado) y otra que lo muestra deslumbrado, dada su ridícula credulidad, por el saber del falso astrólogo («¡No he visto, por San Crispín, / hombre más sabio en mi vida!», p. 141a)[2]. Es avanzada la tercera jornada cuando sale Otáñez y pide:

Don Diego, por quien se dijo
lo de «¡oh, qué lindo Don Diego!»
pues sois el Don Diego lindo,
a suplicaros me atrevo
un poco, por haber sido
criado de una señora
que vos amáis y yo sirvo. […]

                               Yo he vivido
mucho tiempo muy reglado,
con cuya cuenta he podido,
para pasar mi vejez,
juntar algún dinerillo.
Quisiera irme a la Montaña,
y por temer los peligros
que a un hombre, y más con dineros,
suceden en los caminos,
y por ahorrarme la costa,
humildemente os suplico
que me enviéis a mi tierra
por encanto; pues yo he oído
que llegaré, si queréis,
en un instante muy chico (p. 157a).

El criado Morón le pide a don Diego que le deje ocuparse personalmente de este asunto: «Este encanto o este hechizo / a mí me toca, señor; / y así por merced te pido / me le remitáis a mí» (p. 157a). Don Diego acepta y dice a Otáñez que esté prevenido para la noche. El montañés protesta, porque no se fía de «este Morón», pero don Diego le tranquiliza afirmando que su criado no hará otra cosa sino lo que él le diga. Acepta, pues, Otáñez, y Morón le explica cómo ha de prepararse para el mágico viaje:

¡Ea, pues, seamos amigos!
Y lo que ahora habéis de hacer
es poneros de camino
botas y espuelas. Si acaso
tenéis algún papahígo,
ponéosle; que es menester
que llevéis muy grande abrigo,
porque en las sierras de Aspa
hace temerario frío;
aunque vos en esta vida
más veces habréis temido
aspa y fuego que aspa y nieve (p. 157b)[3].

Morón lo cita para «las ocho en hilo» en la puerta del jardín de sus amos, y en un aparte se regocija ante la treta que ya trama: «¡Por Cristo, / viejo del gato encerrado, / que en la trampa habéis caído!» (p. 157; lo de gato encerrado alude sin duda a la bolsa de dinero que guarda el avaro vejete, y que más adelante le va a arrebatar).


[1] Cito por Pedro Calderón de la Barca, El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, ed. de Ángel Valbuena Briones, Madrid, Aguilar, 1956, pp. 127-162. Ahora contamos con la edición crítica de las dos versiones de El astrólogo fingido por Fernando Rodríguez-Gallego, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

[2] Su personaje contrasta con el de Quiteria, criada de doña Violante, que destaca por su agudeza: ella sí se da cuenta de lo que ocurre realmente y trata de prevenir a su ama.

[3] Esta parte final de la réplica alude a una supuesta falta de limpieza de sangre de Otáñez (Morón lo acusa de judío, acusación que rebate con un mentís); más tarde se alegrará de que lo vean en la Montaña, allí donde pueden comprobar su hidalguía.

La burla a Otáñez y su integración en «El astrólogo fingido»

OtáñezComo hemos podido apreciar por el apretado resumen de las entradas anteriores, todo en la comedia de El astrólogo fingido es burla. Pero examinemos ahora la burla concreta que sufre Otáñez, que es un rústico montañés (los montañeses pasaban en la época por ser cortos de ingenio, crédulos y fáciles de engañar[1]). Para Wilson, este episodio cervantino «se presenta de forma algo precipitada en la última escena, sin haber sido anticipado», si bien luego concede:

Aunque la idea de la obra proviene de Cervantes, el marco es original de Calderón, y el incidente burlesco encaja perfectamente dentro de las mixtificaciones de la trama que preceden al desenlace. Lo que Calderón toma prestado de Cervantes resulta efectivo dramáticamente, y contrasta con las dificultades de carácter más serio a las que se enfrentan los desconcertados personajes masculinos y femeninos (incluyendo al mismo Don Diego), los cuales están igualmente equivocados en sus suposiciones[2].

Sin embargo, como muy bien ha explicado Arellano, el episodio del vuelo mágico que constituye la burla a Otáñez está perfectamente trabado en el conjunto de la obra:

Se trata de un episodio que Wilson analiza con cierto descuido, considerándolo presentado «en forma algo precipitada en la última escena, sin haber sido anticipado», pero que en realidad Calderón adapta de manera espléndida a la trama y objetivos de su comedia. Por una serie de enredos, muchos personajes de la comedia se empeñan en considerar a don Diego astrólogo eminente. Hacia el final de la obra, que construye sus máquinas en progresión creciente, varios personajes acuden a don Diego para hacerle sucesivas peticiones absurdas confiadas en su supuesta capacidad mágica: Violante le pide ayuda en sus amores, don Carlos lo mismo, el viejo Leonardo quiere que le encuentre una joya perdida, y por fin Otáñez, escudero montañés, le pide que lo traslade a la Montaña por vía mágica, para ahorrarse la costa del viaje. El criado Morón pide a su amo que le deje ocuparse del asunto y empieza la trama de la burla de que el escudero será objeto. Es, pues, una burla provocada por una de las peticiones absurdas con que los personajes acuden al astrólogo: refleja en clave más grotesca la misma sátira ejercida sobre los demás crédulos. La misma burla se construye cuidadosamente en varios tiempos: momento de la petición, en que Morón, por medio de apartes, indica al público que se propone burlar al vejete, al tiempo que da instrucciones a este para que vaya ridículamente vestido con botas, espuelas y papahígo; momento de ejecución, en que ata a Otáñez con los ojos vendados a un banco del jardín y le hace creer que va volando sobre un sastre demonio, y momento de la revelación de la burla, que se coloca en el desenlace de la comedia, donde se revelan el resto de las burlas. No es, pues, una escena que Calderón ponga al final de manera fortuita, como si no quisiera perder una oportunidad cómica, sino que está perfectamente pensada como culminación jocosa de una trama de credulidades ridículas objeto de sátira, concebida en modo especular al trasladar a los dos personajes subalternos, en clave más ridícula aún, la relación establecida entre los otros peticionarios y el astrólogo fingido[3].

En efecto, todo el episodio está muy bien preparado y desarrollado, y su inclusión al final de la comedia en modo alguno resulta gratuito: ese guiño calderoniano a Cervantes no es un mero añadido artificial que pueda suprimirse sin más contemplaciones.


[1] «Finally, Otáñez, the page and rube, is a truly clever creation on Calderón’s part and contributes one of the funniest episodies in the play» (Oppenheimer, Introducción a Pedro Calderón de la Barca, The Fake Astrologer. A Critical Spanish Text and English Translation, New York, Peter Lang, 1994, p. 26).

[2] Edward M. Wilson, «Calderón y Cervantes», en Hans Flasche y Robert D. F. Pring-Mill (eds.), Hacia Calderón. Quinto Coloquio Anglogermano Oxford 1978, Wiesbaden, Franz Steiner Verlag, 1982, pp. 10-11. Alberto Sánchez se limitaba a recordar: «El astrólogo fingido contiene una imitación del episodio de Clavileño» («Reminiscencias cervantinas en el teatro de Calderón», Anales cervantinos, tomo VI, 1957, pp. 266-267).

[3] Ignacio Arellano, «Cervantes en Calderón», Anales cervantinos, XXXV, 1999, p. 19. Luego añade: «La conexión con la aventura de Clavileño es evidente, pero los elementos de la adaptación dramática son muy notables, y conviene subrayar la explotación del conflicto cómico entre dos personajes graciosos, el criado Morón y el escudero Otáñez, tipo figura, montañés orgulloso de su hidalguía, que protagonizan un conato de duelo de pullas con acusaciones de judaísmo y mentís» (p. 20).