La «niña de nuef años»: del «Cantar de mío Cid» a Manuel Machado y María Teresa León

En medio del dolor de la partida de Rodrigo Díaz de Vivar y su mesnada al destierro, la ternura se hace presente, en forma de compasión mutua, en el célebre episodio de la «niña de nuef años»:

El Campeador     adeliñó a su posada
así commo llegó a la puorta,     fallóla bien çerrada,
por miedo del rey Alfons,     que assí lo pararan:
que si no la quebrantás,     que non gela abriessen por nada.
Los de mio Cid     a altas vozes llaman,
los de dentro     non les querién tornar palabra.
Aguijó mio Çid,     a la puerta se llegaua,
sacó el pie del estribera,     una ferídal’ dava;
non se abre la puerta,     ca bien era çerrada.
Una niña de nuef años     a ojo se parava:
«¡Ya Campeador,     en buena çinxiestes espada!
El rey lo ha vedado,     anoch dél entró su carta,
con grant recabdo     e fuertemientre seellada.
Non vos osariemos     abrir nin coger por nada;
si non, perderiemos     los averes e las casas,
e aun demás     los ojos de las caras.
Çid, en el nuestro mal     vos non ganades nada;
mas el Criador vos vala     con todas sus vertudes santas.»
Esto la niña dixo     e tornós’ pora su casa.
Ya lo vede el Çid     que del rey non avié graçia.
Partios’ dela puerta,     por Burgos aguijaba,
llegó a Santa María,     luego descavalga;
fincó los inojos,     de coraçón rogava (vv. 31-53)[1].

El Cid con la niña de nueve años

La versión prosificada de Alfonso Reyes dice así:

El Campeador se dirigió a su posada; llegó a la puerta, pero se encontró con que la habían cerrado en acatamiento al rey Alfonso, y habían dispuesto primero dejarla romper que abrirla. La gente del Cid comenzó a llamar a voces; y los de adentro, que no querían responder. El Cid aguijó su caballo y, sacando el pie del estribo, golpeó la puerta; pero la puerta, bien remachada, no cedía.

A esto se acerca una niña de unos nueve años:

—¡Oh, Campeador, que en buena hora ceñiste espada! Sábete que el rey lo ha vedado, y que anoche llegó su orden con prevenciones muy severas y autorizadas por sello real. Por nada en el mundo osaremos abriros nuestras puertas ni daros acogida, porque perderíamos nuestros bienes y casa, amén de los ojos de la cara. ¡Oh, Cid: nada ganarías en nuestro mal! Sigue, pues, tu camino, y válgate el Creador con todos sus santos.

Así dijo la niña, y se entró en su casa. Comprende el Cid que no puede esperar gracia del rey y, alejándose de la puerta, cabalga por Burgos hasta la iglesia de Santa María, donde se apea del caballo y, de hinojos, comienza a orar.

Es este un pasaje en que el primitivo autor supo condensar a la perfección el dolor de la partida en los desterrados y el dolor también de los burgaleses, que no pueden ayudarles, so pena de recibir graves castigos. El contraste magnífico entre el aspecto aguerrido de los recios hombres de armas castellanos y el carácter delicado y desvalido de la niña, lo supo evocar magistralmente Manuel Machado en su poema «Castilla», de Alma (1900). Los versos son de sobra conocidos, pero merece la pena copiarlos aquí de nuevo:

El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
—polvo, sudor y hierro— el Cid cabalga.

Cerrado está el mesón a piedra y lodo…
Nadie responde. Al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder… ¡Quema el sol, el aire abrasa!

A los terribles golpes,
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde… Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules y en los ojos lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.

—Buen Cid, pasad… El rey nos dará muerte,
arruinará la casa
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja…
Idos. El cielo os colme de venturas…
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!

Calla la niña y llora sin gemido…
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: «¡En marcha!»

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
—polvo, sudor y hierro— el Cid cabalga[2].

Menos conocida es, quizá, la recreación que del mismo episodio hace María Teresa León en una breve biografía novelada de Rodrigo Díaz de Vivar:

La ciudad de Burgos los recibe con todas las ventanas ciegas. No hay un alma por las calles de hielo. Parecen las casas más chicas, más pobres con sus puertas vencidas de miseria y sus techos de paja. A todas ellas ha llamado el miedo para que no se abra ninguna. Y ninguna se abre porque el pregón del rey ha sido leído cada cuatro esquinas y parece que aún tiembla en el aire:

«Prohibimos…»

El Cid y sus caballeros cruzan la ciudad. Pero se han detenido ante una puerta. Rodrigo golpea con la empuñadura de su espada. Ante el asombro de todos, se abre dando paso a una niña. Es de tan poca estatura que al acercarse al estribo del Campeador ninguno puede calcular qué edad tiene. Su cara menuda levanta hacia el Cid unos ojos oscuros, y su voz, algo temblona, comienza.

—Buen Cid, pasad de largo. No nos atrevemos a daros asilo. El rey ha pregonado que perderemos vidas y haciendas si tal hiciésemos. Marchad, buen Cid; en nuestro mal no ganáis nada.

Se le queda el Cid mirándola tan frágil, tan pequeña, tan valiente. Lleva sobre su cuerpecillo una saya desteñida; por la espalda le cae el pelo suelto; a la cintura, una escarcelilla con un trozo de pan. Sus caballeros y soldados tienen hambre. El viento sopla; viento norte helado. El Cid mira a la niña, a las casas de Burgos y, levantando su mano oculta en el guantelete de hierro, ordena:

—¡En marcha!

La niña los mira pasar desde su infancia valiente y a su vez levanta la mano para despedirlos.

El tropel de guerreros y caballos se dirige al arenal de Arlanzón[3].

Tal es la recreación que se hace en el capítulo VIII, pero lo que resulta más interesante, en mi opinión, es que, en el capítulo final, el XXI, titulado «Muere el Cid Campeador», el moribundo Rodrigo, en diálogo con su esposa Jimena, se acuerda emotivamente de aquella «niña de nuef años» de Burgos:

—¿Ves, Jimena, cuántas riquezas conquistó mi brazo? Pues me gusta recrearme en el recuerdo de los tiempos aquellos cuando te dejé pobre en Cardeña. Hoy todos tienen miedo ante mí. Éramos entonces infanzones sin fortuna. Yo me iba desterrado. Estaban cerradas las puertas y ventanas de Burgos. Sólo una niña se atrevió a rogarme que no les hiciese mal… ¿Qué pensará ahora de mí aquella niña? No sólo no hice mal sino que por mi tuvieron bien todos los reinos cristianos[4].


[1] Cito por Cantar de mio Cid, texto antiguo de Ramón Menéndez Pidal, prosificación moderna de Alfonso Reyes, prólogo de Martín de Riquer, edición y guía de lectura de Juan Carlos Conde, Madrid, Espasa Calpe, 2006.

[2] Cito por Manuel Machado, Alma. Apolo, estudio y edición de Alfredo Carballo Picazo, Madrid, Ediciones Alcalá, 1967, pp. 150-151.

[3] Cito por El Cid Campeador, aclaración y vocabulario de María Teresa León, 5.ª ed., Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1978, pp. 43-44.

[4] El Cid Campeador, aclaración y vocabulario de María Teresa León, pp. 119-120.

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«Como la uña de la carne»: dolor y ternura en el «Cantar de mio Cid»

En el Cantar de mio Cid, un episodio que rezuma ternura, y a la vez hondo dolor, es el de la separación de Rodrigo Díaz de Vivar de su esposa doña Jimena y sus hijas, a las que deja en el monasterio de San Pedro de Cardeña cuando, tras haber sido desterrado por el rey Alfonso VI, se dispone a partir a la frontera a pelear con los moros. Sabemos que la despedida del guerrero y su esposa constituye un topos de la épica (baste recordar la despedida de Héctor y Andrómaca en La Ilíada), pero aquí ese momento está transido de una especial delicadeza poética, que humaniza notablemente al héroe castellano:

Afevos doña Ximena     con sus fijas dó va llegando;
señas dueñas las traen     e adúzenlas en los braços.
Ant’el Campeador doña Ximena     fincó los inojos amos,
llorava de los ojos,     quísol besar las manos:
«¡Merced, Campeador,     en ora buena fostes nado!
Por malos mestureros     de tierra sodes echado.
¡Merced, ya Çid,     barba tan complida!
Fem’ ante vós     yo e vuestras ffijas,
iffantes son     e de días chicas,
con aquestas mis dueñas     de quien so yo servida.
Yo lo veo     que estades vós en ida
e nós de vos     partir nos hemos en vida.
¡Dandnos consejo     por amor de santa María!»
Enclinó las manos     la barba vellida,
a las sues fijas     en braço’ las prendía,
llególas al coraçón,     ca mucho las quería.
Llora de los ojos, tan fuerte mientre sospira:
«¡Ya doña Ximena,     la mi mugier complida,
commo a la mie alma     yo tanto vos quería!
Ya lo veedes     que partir nos emos en vida,
yo iré y vós     fincaredes remanida.
¡Plega a Dios     e a santa María,
que aun con mis manos     case estas mis fijas,
o que dé ventura     y algunos días vida,
e vós, mugier ondrada,     de mí seades servida!» (vv. 262-284)[1].

El Cid se despide de su esposa y sus hijas

Y poco más adelante, cuando ya es inminente la partida, el dolor de la separación —expresa bellamente el anónimo poeta— es como el que se produce cuando la uña se desprende de la carne:

La oraçión fecha,     la missa acabada la an,
salieron de la eglesia,     ya quieren cavalgar.
El Çid a doña Ximena     ívala abraçar;
doña Ximena al Çid     la manol’ va besar,
llorando de los ojos,     que non sabe qué se far.
E él a las niñas     tornólas a catar:
«A Dios vos acomiendo     e al Padre spirital;
agora nos partimos,     ¡Dios sabe el ajuntar!»
Llorando de los ojos,     que non vidiestes atal,
assís’ parten unos d’otros     commo la uña de la carne (vv. 366-375).

Rodrigo parte rumbo a la incertidumbre de la guerra, sin tener seguridad del regreso, sin saber si volverá a encontrarse con su familia en este mundo. No es de extrañar la cordial identificación que con el personaje del Cid sintieron muchos de los poetas del 27 y otros exiliados republicanos tras la Guerra Civil: igual que Rodrigo, ellos hubieron de marcharse para ganar el pan lejos de una patria a la que amaban profundamente y a la que no sabían si alguna vez podrían regresar…

En el Cantar de mio Cid, como es normal que suceda, ocupa un lugar destacado la descripción de hechos de armas (batalla de Alcocer, conquista de Valencia…), pues Rodrigo es un señor de la guerra, y aparece lógicamente caracterizado como valiente guerrero y buen estratega; pero, como he tratado de mostrar con un ejemplo ilustrativo, también hay lugar para abordar la dimensión humana del personaje, un hombre maduro y cabal, un héroe mesurado, incluso en los momentos de mayor dolor. Y es que don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, queda retratado como un héroe perfecto: es el perfecto vasallo y hombre de armas, pero también el perfecto esposo y padre. En el proceso de mitificación del héroe castellano, el primitivo autor no deja de lado esos otros aspectos correspondientes al ámbito de su vida familiar. De esta forma, con la inclusión de algunas escenas particularmente emotivas, poesía y ternura, sensibilidad literaria y sensibilidad humana, se dan la mano en el Cantar.


[1] Cito por Cantar de mio Cid, texto antiguo de Ramón Menéndez Pidal, prosificación moderna de Alfonso Reyes, prólogo de Martín de Riquer, edición y guía de lectura de Juan Carlos Conde, Madrid, Espasa Calpe, 2006.

«El caballero del Cid», de José Luis Olaizola: valoración final

El caballero del Cid, de José Luis OlaizolaEn otro orden de cosas, hay que destacar que el autor sabe imbricar con acierto los dos planos de la narración, los elementos históricos y los de ficción. No es solo que el Cid, en medio de sus campañas en el Levante, halle tiempo para interesarse por las cuitas amorosas de Efrén; también doña Jimena y sus damas siguen con interés la hermosa historia de amor que viven, con muchas dificultades, Efrén y Rucayya. En fin, cuando el muchacho logra encontrar el famoso tesoro que buscaba, los hombres del Cid lo venden y con el dinero obtenido compran armas para el ejército, que servirán para la conquista definitiva de Valencia. Por medio de pequeños detalles como estos se fusionan ambos planos de la obra.

La novela, en la que no han faltado las aventuras y los amores, termina con un desafío, un duelo caballeresco en el que van a estar en juego el honor de un caballero cristiano y el alma de una delicada doncella. En efecto, al final, Efrén desafía a Abid Muzzafar por felón y traidor; este ordena a un sayón que le rompa al joven dos dedos de la mano derecha y dos costillas (para asegurarse de combatir con ventaja), pero cuando pelean el tercer viernes de junio de 1089, el joven logra vencer y, en lugar de perdonar a su enemigo, lo degüella, dejándose llevar por el odio. Entonces Rucayya le dice que no puede ser su esposa, por haber matado a su hermano, que le pedía clemencia. Efrén se da cuenta de que va a perder para siempre el único amor de su vida y decide profesar en Cardeña, de la misma forma que su amada va a hacerlo en las benedictinas de Estella. La melancolía tiñe su alma y siente un total despego por la vida, de forma que ahora pelea temerariamente en las luchas del Cid. Pero será el propio don Rodrigo quien facilite a Efrén la solución para un final feliz, al ordenarle que saque a Rucayya del convento y se case con ella. Los vendedores de noticias —nos dicen las últimas líneas del relato— hablan de un caballero indomable que combate con una sola mano y que marcha con el ánimo muy alegre hacia Navarra…

El final es abierto, pero esperanzado: no se cuenta el desenlace definitivo, pero se adivina la posibilidad real (facilitada por el Cid) de la unión feliz de Efrén y Rucayya. Es a lo que apuntan las palabras que leemos en la contracubierta del libro: «El caballero del Cid, novela con toda la frescura de los romances fronterizos y de las primeras novelas artúricas, transportará al lector a aquel tiempo en que Europa era aún tan joven que el más grande de los héroes épicos hacía un alto en su guerrear para propiciar que la historia de amor del más gentil de sus caballeros tuviera un alegre final». Es esta, en suma, una novela amena y fácil de leer, con buenas dosis de amores y aventuras, que puede contribuir a acercar, de forma indirecta, al conocimiento del personaje del Cid entre un público amplio.

La ambientación histórica en «El caballero del Cid» de José Luis Olaizola

Aunque la novela no resulta farragosa en la inclusión de datos históricos, sí que transmite al lector los necesarios para que se haga cargo de la situación en aquel momento: se ofrece, por ejemplo, una explicación de la enemistad del Cid con el conde García Ordóñez (p. 73), que es «el más feroz enemigo que tuvo nunca el Campeador»; se dan datos, también, sobre la relación entre el Cid y el rey Alfonso VI.

La jura en Santa Gadea

Así, fue la derrota de don Alfonso en Sagrajas lo que le hizo pensar en la necesidad de recurrir al Cid en su lucha contra los almorávides, dispensando al vasallo de la ira regia; se alude a la posterior reconciliación en Toledo, cuando el Cid muerde la hierba del prado (acto de sumisión vasallática que recoge el Cantar de mio Cid); se pone de manifiesto la división de Al-Andalus en reinos de taifas, con reyes enfrentados entre sí, que han de pagar parias al Cid para que sea su protector; se alude al relajo de la corte de Toledo (pp. 88-89) y, en el otro lado, a la ola puritana que supuso la llegada de los almorávides, encabezados por el emir Ben Yussuf; se incluyen datos sobre la mesnada del Cid, que alcanza primero la cantidad de mil hombres, para aumentar luego hasta los siete mil; y, en fin, se introducen otras alusiones al conde Berenguer de Barcelona (una de las hijas del Cid, María, terminará casando con un sobrino suyo), al proyecto de conquista del Levante peninsular, etc.

Como en otras novelas ambientadas en la Edad Media, abundan las referencias a creencias supersticiosas: la Paciana es aficionada a los sueños y la astrología y, de hecho, traza la carta astral de Efrén, que armoniza a Venus y Júpiter; cierta importancia alcanza un sueño que ha tenido Efrén, en el que vio un caballo zaino (es el que monta el Cid cuando se conocen y el que aquel terminará regalándole) y una doncella con una cruz al cuello (es Rucayya, la muchacha de la que se va a enamorar): el sueño se hace realidad en el momento en que sale a cabalgar llevando a la joven a la grupa. También podemos mencionar el personaje de Ermelinda la gallega, una sanadora que ha fijado el centro de gravitación del Cid de forma tal, que nunca le puede alcanzar el hierro de sus enemigos (pp. 67 y 94). También se recogen otros augurios y profecías: así, el judío Elifaz vaticinó al Cid un futuro prometedor por donde se levanta el sol; o, cuando Efrén parte con otros caballeros a enfrentarse en duelo con Abid Muzzafar, una bandada de cuervos les cruza por el lado izquierdo, algo interpretado como un mal agüero.

Rodrigo y Jimena en «El caballero del Cid», de José Luis Olaizola

La novela de Olaizola nos va retratando a un Cid buen guerrero y buen estratega, que es un cumplido caballero, «el más notable caballero del orbe conocido» (p. 70), que está llamado a ser modelo de caballero cristiano por los siglos de los siglos. En una época en la que abundan los caballeros iletrados, el Cid es una excepción, pues sabe escribir en romance, latín y árabe (pp. 89-90). Además, su autoridad de mando militar se ve reforzada en los consejos con sus conocimientos de Derecho, en los que está muy versado.

Es, claro, una persona que se debe al honor: para él, se afirma, el honor de cualquiera de sus caballeros vale más que todos los reinos de España juntos, «pues el honor era patrimonio del alma y el alma era de Dios» (p. 129), según había aprendido del abad de Cardeña (se adelantó, pues, unos siglos con esta formulación el buen dom Sisebuto a Pedro Crespo, el famoso personaje calderoniano de El alcalde de Zalamea). Igualmente, «en lo que afectaba a la palabra dada, el Campeador era irreductible» (p. 126). Sin embargo, don Rodrigo es sensible ante el dolor ajeno y se interesa por personajes desventurados como el joven Efrén: «Cuentan las crónicas que, aun siendo tan aguerrido para la vida, era muy tierno en lo que atañía a determinados aspectos de las personas» (p. 128). En definitiva, tanto para sus amigos como para sus enemigos, el Cid era un guerrero sin igual, el más famoso y cumplido adalid de la cristiandad.

Hay también algunas referencias al personaje de Jimena. La sanadora Ermelinda le cuenta a Efrén cómo el Cid conoció a la joven Eximina y cómo se hicieron sus desposorios (pp. 96-97).

El Cid y doña Jimena

Después de casados, doña Jimena aconseja sabiamente al Cid acerca de los matrimonios de sus hijas, sobre la necesidad de conquistar Valencia… y es por ello muy respetada entre los caballeros de su mesnada. Se la describe como una mujer con señorío y atractiva en su madurez (p. 118), y se introduce algún detalle humorístico, a propósito de su afición a tomar baños, al afirmarse que

obligaba a hacer otro tanto a su egregio esposo, y sobre este extremo los otros caballeros, pese al respeto que debían a su señor, se permitían algunas chanzas, pues resultaba insólito que quien tanto poderío tenía sobre tantas gentes hubiera de plegarse al capricho de tomar aguas como si fuera un doncel en vísperas de sus nupcias (pp. 118-119).

La galería de personajes de la novela no es demasiado amplia, pero incluye varios otros interesantes: la Lince, pérfida y astuta mujer cuya actuación perjudicará seriamente a Efrén; el ermitaño Juan, que también acabará formando parte de las mesnadas del Cid; la viuda Zaynab y su bella hija Aisa, con la que casa Maksan (ambas están interesadas en que el viejo confiese dónde se encuentra el tesoro); Abid Muzzafar, el malvado de la novela, que asesina vilmente a Maksan y la Paciana y da tormento a Efrén (en su mirada, se nos dice, se percibe la pasión por la muerte y la destrucción); el judío Ben Elifaz, que administra sabiamente los bienes del Cid; algunos de los hombres del Cid como Minaya, el conde Pedro Peláez, Martín Antolínez, o el abad de Cardeña dom Sisebuto.

Rodrigo Díaz de Vivar en «El caballero del Cid», de José Luis Olaizola

Aunque el Cid no ocupa el lugar protagónico de la novela de Olaizola, sí que es un personaje con una intervención destacada, sobre todo en la resolución del conflicto amoroso de Efrén. En las pp. 61-62 el novelista nos ofrece su descripción física:

Contaba a la sazón el Cid Campeador algo más de cuarenta años y la figura la seguía teniendo muy hermosa, siempre erguida, como quien está más acostumbrado a la silla de montar que al regalo de más cómodos asientos; los ojos los tenía garzos y la barba rubia, con no pocas canas blancas. En el vestir poco se diferenciaba del resto de los caballeros, salvo en las espuelas de plata muy repujada, regalo de un judío llamado Elifaz, que fue gran devoto de su persona. Ben Elifaz, hijo de Elifaz y continuador de sus negocios, fue quien le regaló el caballo Babieca, con su silla de montar y sus arzones de plata y oro, y su pedrería incrustada e hiladas de la misma especie en la cabezada del freno.

Luego, de forma concisa, se resumen los principales datos históricos sobre el personaje (mezclados, eso sí, con algunas concesiones a la fantasía literaria), comenzando por sus orígenes y sus primeros hechos de armas:

El Campeador había nacido en Vivar, aldea de Burgos, hijo de un infanzón de segunda nobleza que le había dejado por toda herencia dos molinos en las márgenes del río Ubierna, a su paso por Vivar. Pero de tal modo estaba dotado por la naturaleza para el oficio de guerrear, y para la vida en general, que el infante don Sancho, primogénito de Fernando I, emperador de León, Castilla y Galicia, le nombró alférez, y como tal hubo de combatir en lid singular de caballeros armados contra el conde de Lizarra, tenido por el más invencible de los caballeros cristianos, por la posesión del castillo de Pazuengos, en la frontera con Navarra. Rodrigo Díaz, que apenas contaba veinte años de edad, le dejó tendido sobre el palenque al segundo envite, y fue tan sonado el duelo, al que asistieron hasta nobles de la parte de Cataluña, que desde ese día comenzaron a llamarlo el Campeador, que quería decir vencedor en las armas y en la vida.

Poco después hubo de desafiar al moro Hariz, famoso por su estatura, por la plaza de Medinaceli. El duelo tuvo lugar en los prados de Barahona el 27 de septiembre del año 1067, y en esta ocasión el castellano le cortó la cabeza de un solo mandoble, con tal limpieza que el caballero siguió trotando sobre su corcel, erguido y con la cabeza fuera de su sitio. A partir de ese día comenzaron a llamarle «Cidi», en hebreo, que en árabe y castellano quería decir Mio Cid, o mi Señor.

El Campeador era fidelísimo al rey Sancho, que de tal modo le había distinguido, y por obedecerle se empeñaba en estos duelos singulares, pese a que la Iglesia los tenía prohibidos, y el abad dom Sisebuto, del monasterio de Cardeña, de quien el Cid era muy devoto, le había advertido que, de continuar por ese camino, acabaría siendo excomulgado. El Campeador daba muestras de contrición, pero cuando se presentaba la ocasión de lidiar en el palenque acababa cediendo.

Como alférez real mandó las tropas castellanas del rey Sancho que en Golpejera derrotaron a las de su hermano Alfonso; y como pareciera milagro que estando siempre en la primera línea, combatiendo contra varios caballeros a la vez, no recibiera nunca heridas de consideración, comenzóse a correr la voz de que una gallega, de nombre Ermelinda, santera en el monasterio de Cardeña, muy diestra en el arreglo de los huesos del cuerpo humano, le había colocado su centro de equilibrio de tal manera que nunca pudiera ser herido por arma enemiga (pp. 65-67).

Los éxitos militares prosiguen, pero, tras la muerte del rey Sancho, comienzan las desavenencias con su nuevo monarca, Alfonso VI, y las intrigas cortesanas que culminarían con el destierro:

Las batallas se sucedían y de todas ellas salía vencedor el Campeador, excepto de la más principal, la de Zamora, en la que no supo defender la vida de su señor, el rey Sancho, que murió a manos del caballero italiano Vellido Dolfos. Cuentan que fue la única derrota que había de conocer en su vida, pero no por eso menos dolorosa, pues no sólo perdió a un amigo bienamado sino que a éste le sucedió su hermano Alfonso VI, a quien, en su condición de alférez real, hubo de tomar juramento en la iglesia de Santa Gadea de Burgos de no haber participado en la muerte de su hermano, y desde aquel día fue apartado de la corte. Y más tarde, por intrigas del valido del rey Alfonso, el conde de García Ordóñez, conocido como el Boquituerto por traer la boca torcida, incurrió en la ira regia, siendo castigado con la pena de destierro.

Mucho dolió tal injusticia al Campeador y, por el contrario, no menos contentó a sus caballeros, sobre todo a los más jóvenes, ya que, conforme al Fuero Viejo, el caballero desterrado tenía derecho a ganarse el pan en tierra de moros, y soñaban que, dada la estrella de la fortuna de su señor, todos habían de volver ricos a Castilla. Y no les faltó razón porque encontraron gran provecho a la sombra del Campeador, unas veces guerreando por cuenta propia y otras poniéndose al servicio de un gran señor. El más principal de éstos fue el rey moro de Zaragoza, Mutamín, que le nombró jefe de todos sus ejércitos y le hizo construir un palacio a orillas del Ebro que no desmerecía del suyo de la Aljafería. Amigos entre los moros tuvo muchos el Cid Campeador, y hasta le tomó afición a su habla, que la manejaba con tanta soltura que era la admiración de los cadíes y los faquíes musulmanes, que le respetaban y tenían en mucho su amistad. Eran tan evidentes sus dotes en todos los órdenes de la vida que el más grande de los escritores árabes de la época, Ibn Bassam, lo calificó de «maravilla del Creador».

La malevolencia le venía más bien de los cortesanos de León, encabezados por el Boquituerto, de los que el Campeador procuraba estar distante, sin querer combatirlos, por fidelidad al rey Alfonso, a quien había besado la mano en Santa Gadea (pp. 67-68).

El rey Alfonso VI

Los tributos cobrados a los reinos moros permiten al Cid armar un ejército cada vez más poderoso, con el que poder emprender nuevas acciones bélicas en el levante peninsular:

Cuando Efrén conoció al Campeador andaba barruntando la conquista del Levante hispánico porque el judío Elifaz, antes de morir, le había profetizado que su destino estaba por donde se levantaba el sol. Y el Campeador, aunque buen cristiano, tenía en mucho esa clase de augurios, mayormente viniendo de personas que le querían bien, hasta el extremo de brindarle dineros y empréstitos para armar un ejército que, bajo su mando, había de resultar invencible. Pero el Cid no gustaba de esa clase de compromisos y prefería ir combatiendo a los reyes y reyezuelos que se extendían desde León hasta el Levante y, según los vencía, brindarles su protección, cobrándoles las correspondientes parias conforme a las costumbres de la época (p. 68).

«El caballero del Cid», de José Luis Olaizola, novela de aventuras y de aprendizaje

Como hemos podido apreciar por el apretado resumen del argumento de la entrada anterior, es el joven Efrén, y no el Cid, el verdadero protagonista de la obra de Olaizola, que es, no tanto una novela histórica, sino más bien una novela de aventuras ambientada en un determinado momento histórico, y que maneja los ingredientes tradicionales de la novela de aventuras (lo que, dicho sea de paso, puede hacerla atractiva también para un público juvenil). Así, no falta la pareja de héroes jóvenes, Efrén y Rucayya, que viven unos amores puros pero contrariados, ni el villano de turno, el citado Abid Muzzafar, que los persigue sin compasión.

Por otra parte, también podemos calificar El caballero del Cid como una novela de aprendizaje, en tanto en cuanto nos describe la formación progresiva de Efrén: su primer maestro es Maksan, el hombre anciano y sabio con el que permanece en la sierra hasta los dieciséis años y que, además de lo relativo a la caza, le transmite otras enseñanzas (por ejemplo, el conocimiento de que todas las glorias humanas son perecederas); esa formación «para la vida» la completa Efrén con un ermitaño que encuentra en el monte cuando se dedica a cuidar una piara de cerdos; el arte militar se lo enseña Alvar Háñez Minaya (pasa a su lado los años 1086-1089), mientras que las letras las aprende en el monasterio de Cardeña.

Minaya Álvar Fáñez

El carácter de Efrén se va formando con el paso del tiempo; al principio, como no ha llegado a conocer a sus padres y ha pasado sus primeros años en una tierra fronteriza, no sabe muy bien a qué mundo pertenece, ni siquiera si es moro o cristiano: «Soy de Naciados, y allí somos de unos y de otros» (p. 18), le explica a Maksan cuando este le pregunta por su religión; y poco después apostilla el narrador: «como tantos otros de los naturales de Naciados, no estaba seguro de si era moro o cristiano, ni si le convenía ser lo uno o lo otro, en el caso de que se decidiera a seguir el oficio de vendedor de noticias» (p. 21).