«Volcán de amor» (1922) de Genaro Xavier Vallejos (1)

VolcanDeAmor_VallejosGenaro Xavier Vallejos Jabala[1] (Sangüesa, Navarra, 1897-1991) fue sacerdote y escritor. Dejando aparte su importante actividad en el terreno sacerdotal (centrada en el ámbito de la misionología), es autor de obras literarias como Viñetas antiguas (1927), Pastoral de Navidad (1942) o El Camino, el Peregrino y el Diablo (1978). A San Francisco Javier dedicó el drama histórico-misional Volcán de amor (1922) y otra pieza a la que puso música el Padre Antonio Massana, SJ: Xavier. Estampas escénicas en un prólogo, tres cuadros y un epílogo, estrenada en Barcelona en 1930[2]. Volcán de amor obtuvo el primer premio en un certamen nacional celebrado en Burgos y fue estrenado con éxito por Bartolomé Soler en el Teatro Gayarre de Pamplona la noche del 24 de septiembre de 1922. Se publicó en forma de libro al año siguiente, en 1923, con el subtítulo de Escenas de Amor Divino. La obra, que constaba de tres actos y un «Cabo» o epílogo, llevaba en esa edición la siguiente dedicatoria:

A la Diputación del Reyno de Navarra. Este es el varón que despreció al mundo. Este es el que vio nacer el sol de Oriente. Este es el que, saliendo de su patria, la engrandeció por los confines de la tierra. Este es nuestra historia. Este es nuestra raza. Por los siglos de los siglos, Francisco Xavier.

La obra, muy representada en colegios y seminarios, tuvo nuevas ediciones, con ligeros retoques y modificaciones en el texto dramático, y a la altura de 1942 había alcanzado ya la cuarta edición (Bilbao, El Siglo de las Misiones)[3]. Su acción se centra en el último año de la vida de San Francisco Javier (la muerte del santo, a las puertas de China, constituye precisamente la culminación del drama). Alternan en la obra la prosa y el verso. El reparto es bastante extenso, aunque destacan tres personajes fundamentales: en primer plano, la figura del santo navarro; y en un segundo término, su colaborador, el mercader Diego Pereira, y su antagonista, don Álvaro de Ataide. Examinemos el argumento acto por acto.

El primer acto se sitúa en el templo de Triwalaor, en la India. Don Álvaro y su escudero Duarte, disfrazados de indios artesanos, se acercan al templo deseosos de apoderarse de un fabuloso collar de perlas que allí se custodia. El fakir Abul-Bemar y Kanna, un fiero brahmán, hablan de un «cuervo» —en alusión al misionero navarro— que, con su predicación, les roba los indios del templo desde hace tiempo (pp. 39-40); se lamentan además de que Visva Mithas, el gran sacerdote, se haya puesto de su lado; este reconoce explícitamente que los dioses indios están caducos y viejos y que el dios Bramah está aburrido. Los dos malvados trazan su venganza; Kanna afirma: «Si no podemos vengarnos como leones, seremos reptiles. Verás qué buena venganza. Yo te lo prometo» (p. 42), y Abul-Bemar: «¡Como reptiles! ¡Padre Brahma, dame la astucia, dame el veneno de una serpiente!» (p. 42).

Tras la presentación de estos dos personajes negativos, se alza a continuación la figura santa de Francisco de Javier, inflamado de amor divino, tal como nos lo muestra la acotación de las pp. 42-43:

Por los castaños de la izquierda aparece la excelsa figura de San Francisco Javier. Es el Padre Francisco. Lleva ya diez años en la India y está en el postrero de los cuarenta y seis de su vida santa. Su cabellera, que ha sido negra, como su barba y sus ojos, encaneció ya por la fatiga dura del apostolado. Alza de ordinario el rostro encendido de una misteriosa fiebre, y hay en sus pupilas tan extraño resplandor que todos dan por sabido que el Padre Francisco anda en un perpetuo éxtasis.

Lleva una sotana raída, con el cuello alzado y vuelto al estilo de la época, y un ceñidor a la cintura; de una cinta gruesa le pende el crucifijo aquel que le devolvió un cangrejo cuando le lloraba perdido a orillas del mar. Su palabra es fuego. […]

Conviene notar que las maneras y la expresión del semblante de San Francisco han de ser en todo momento, aun en los trances de más apasionada exaltación, contenidos por una interior austeridad. Ningún gesto violento, ni en el deseo, ni en el ademán de esta alma sublime que en todo momento vive anegada en la presencia de Dios.

En su primer monólogo, pronunciado «Con sobreanhelo», muestra ya su deseo de pasar a la China, donde le esperan miles de almas que convertir al catolicismo (este será su mayor deseo, repetido constantemente a lo largo de la obra):

¡Hijos míos, con qué ansia tan divina
sueña en vosotros mi alma enamorada!
(Arrobado.)
¡Hijos míos de China…! (p. 44).

Sin embargo, antes de marchar quiere rescatar a Kadilah y Souka, dos jóvenes brahmines que van a convertirse al catolicismo. Kadilah se niega a participar en los sacrificios paganos y está dispuesto a marchar con el Padre Francisco; en cambio, Souka no se atreve a partir por no dejar sola a su madre. Kanna, que insiste en la imagen de los «cuervos» para aludir a los misioneros y sus negras sotanas, acusa directamente a Javier: «Tú nos robas la gente de las pagodas» (p. 49). El santo, por su parte, proclama la hermandad universal en la religión cristiana: «Sí, hijo mío; en este país y en el universo mundo todos somos iguales, porque todos somos hijos de Dios y llevamos su misma sangre» (p. 50). Su mayor deseo es marchar a Santo Tomé, y desde allí embarcar rumbo a la China:

¡Y pronto, rostro al mar! (Con mucha exaltación.) ¡Tengo un ansia de verme luego en el mar! Es tan descomunal el tesoro que allí llevamos que se me imagina andar tropezando por todas las vías de tierra, y no sosiego hasta verme en medio del mar. Iremos como conquistadores de una nueva cruzada, sin lanza y sin espada, a todos los rigores. Mendigos, harapientos, desafiando a piratas y vientos y furias de la mar. Va con nosotros Cristo, ¿qué nos ha de faltar? Él nos lleva adelante. A nuestra voz de mando, el reino de la Iglesia se ha de ir ensanchando. Ese imperio de China de millones y millones dicen que es. Todo para nosotros tres. ¡Qué divina alegría! Segar y segar mies desde que nazca el día, y otro y otro y otro día después… (p. 53).

El Padre Francisco pone paz entre don Álvaro de Ataide y el mercader Diego Pereira, que han entablado una agria discusión. Después sale el cortejo de sacerdotes indios para realizar el sacrificio humano que establece su rito sagrado, y San Francisco trata de detenerlo. Una acotación nos informa de que Abul-Bemar «Se retuerce como un verdadero reptil» (p. 56; cfr. sus palabras del comienzo). Visva Mithas advierte al misionero del peligro que corre, pues los sacerdotes son fanáticos; pero, «con un empuje sobrenatural», los hace retroceder arrastrándolos «hacia las tinieblas misteriosas del templo» y todos los demás claman: «¡Solo Cristo Dios! ¡Solo Cristo Dios!» (p. 57). Visva Mithas se arranca su collar sagrado y lo arroja a los pies de los brahmanes. El acto se remata con la indicación de que el Padre Francisco «Queda en las tablas con el Cristo en alto, radiante, magnífico, triunfador» (p. 57)[4].


[1] Sobre la vida y obra de Vallejos, ver Carlos Mata Induráin, «Genaro Xavier Vallejos (1897-1991). Biografía, semblanza y producción literaria de un sacerdote sangüesino», Zangotzarra, 2, 1998, pp. 9-91. Citaré el texto de Volcán de amor por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] Ver Ignacio Elizalde, Navarra en las literaturas románicas (española, francesa, italiana y portuguesa), tomo III, Siglos XVIII, XIX y XX, Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1977, pp. 454-455.

[3] Existe también traducción de la obra al euskera, del año 1931, bajo el título Sutan biotza (traducción de Juan Iruretagoyena, Zarautz, Eusko Argitaldaria Zelaya ta Lagunak, 1931)

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

«El cautivo de Argel» de Ezequiel Endériz: notas sobre el estilo

Seguramente el rasgo estilístico más notable de la novela corta de Ezequiel Endériz[1] es la abundancia de símiles e imágenes: la mañana como una rosa de mar abierta (p. 7a); el agua del mar como esmeralda líquida (p. 8b), que enciende las islas Tres Marías «como tres rubíes» (p. 8b), las cuales se equiparan además con oasis y estrellas (p. 9); las naves corsarias de Arnaute aparecen «ligeras como centellas» (p. 10a); en la descripción de la ciudad de Argel, «blanca y marítima, con rumores de caracola» (p. 13a), la torre de la mezquita se alza «como una flecha dorada» (p. 13a); las estrellas son «novias blancas / que viajan por el cielo en un coche / de pedrerías» (p. 26b), etc. Encontramos alguna metáfora I de R: «el dulce caramelo de su vida» (p. 9), alguna serie trimembre: «Yo soy blando, generoso, magnánimo…» (p. 11b); y algún recurso de oralidad, del tipo: «Ved… y ved…» (p. 11b).

Algunos breves pasajes, sobre todo descriptivos de paisajes o ambientes, presentan cierto tono poético: «Y las estrellas, líricas y movedizas, iban colocándose en el amplio terciopelo de la noche argelina que recogía la canción aquella como en una ancha copa de brisa y ensueño…» (p. 26a-b); «La noche era clara, demasiado clara. Sobre Argel dormida, la plata de la luna sacaba metálicos reflejos de la blancura de las casas. Todo era silencio y misterio» (p. 28a). Ya he comentado, además, que en el relato se intercalan algunos poemas, atribuidos a Cervantes, pero compuestos en realidad por Endériz.

El humor y la ironía se hacen presentes por medio de breves comentarios puestos en boca de Cervantes: por ejemplo, la referencia antisemita al hablar de los mercaderes judíos que van en la Mendoza (dice que se jugarían la vida, pero no la mercancía, p. 8a)[2]. Cuando el corsario que los apresa comenta que los prisioneros que no tengan dinero serán convertidos en esclavos o servirán como alimento para sus tigres, Cervantes comenta irónico: «Tanto honor, señor capitán…» (p. 12a). Luego el rey de Argel le explica que ha pedido como rescate su peso en plata, y Cervantes le replica que le pese pronto o le den más de comer, porque si no perderá dinero. En un determinado momento, Juan afirma que Zulima es la mujer de su vida, a lo que responde Cervantes: «Cuidado, porque estas mujeres de nuestra vida suelen ser las mujeres de nuestra muerte» (p. 22b)[3].

En fin, llamaré la atención sobre algunos deliciosos anacronismos o errores (no los considero voluntarios) que incluye la novela: ya en la primera línea, el narrador habla de las fragatas españolas (p. 7a); poco después alude a las piraguas corsarias de Arnaute (p. 10a); en los baños, la corneta del presidio toca diana (p. 21a); Zulima es «tostada como un nardo» (sic, p. 22a)…

Ciertamente, no estamos ante una novela de excepcional calidad literaria que evoque narrativamente el cautiverio de Cervantes en Argel. Sí ante una pieza curiosa e interesante, sin mayores pretensiones literarias, en la que lo esencial es la caracterización de Cervantes, como escritor y como cautivo anheloso de libertad. O, mejor: la identificación personal e íntima que se adivina ­—aunque no se explicita— entre el protagonista del relato, Cervantes, el cautivo de Argel, y el autor, Ezequiel Endériz, republicano español exiliado en Francia[4].

Busto de Ezequiel Endériz, por Fructuoso Orduna


[1] Cito por Ezequiel Endériz, El cautivo de Argel. Novela corta inédita, Toulouse, [Imprimerie Portes et San Jose], s. a. [D. L., 1949].

[2] También en el capítulo III gasta bromas a un judío.

[3] Se trata de un comentario humorístico, pero acabará convirtiéndose en trágica realidad.

[4] Jesús Arana Palacios, «Más noticias sobre Ezequiel Endériz», Príncipe de Viana, año 54, núm. 199, mayo-agosto de 1993, p. 498. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El cautivo de Argel, de Ezequiel Endériz o de cómo “la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma”», en Emilio Martínez Mata y María Fernández Ferreiro (eds.), Comentarios a Cervantes. Actas selectas del VIII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas. Oviedo, 11-15 de junio de 2012, Madrid, Fundación M.ª Cristina Masaveu Peterson, 2014, pp. 288-299.

El retrato de Cervantes en «El cautivo de Argel» de Ezequiel Endériz (y 3)

En fin, el capítulo IV y último de El cautivo de Argel de Ezequiel Endériz[1] insiste en esa leal amistad que se ha entablado entre el jardinero Juan y Cervantes, y también en el deseo de libertad del escritor. Cervantes, en efecto, se siente libre escondido en el pozo del jardín:

Dura y penosa era la existencia del pobre Miguel de Cervantes en aquel miserable pozo del jardín de Azán Bajá que Juan de Valtierra le había proporcionado como escondite, hasta esperar su liberación. Pero con todo, no pasaba día sin que Cervantes diera gracias a Dios por tan tremendo beneficio, pues entre vivir la esclavitud de los baños y sin esperanza, y aquella relativa libertad y la creencia de poder escapar un día, no cabe duda que existía un beneficio. Además había conocido a Valtierra, un hombre completo, un amigo leal, una de esas almas que confirman lo que el hombre tiene de buena levadura cuando no de mala (p. 24a).

En esas largas horas de inactividad y reflexión, Cervantes sigue soñando con la libertad: «y soñaba con la libertad. Y la veía siempre en forma de paloma. Llegaba hasta él, revoloteaba sobre su cabeza, se posaba sobre sus hombros y cuando se alargaba su mano para conseguirla, se le escapaba siempre» (pp. 24a-24b). Cuando se acerca el momento de la fuga, Juan le anima diciéndole: «Es que hace falta valor», a lo que responde Cervantes: «Para huir de Argel, no me falta… No tanto para huir de ti puesto que, para mí, ya eres como un hermano…» (p. 24b). Juan, que también le ha cobrado gran afecto, vaticina ahora: «Tengo para mí que, andando el tiempo, tú serás una gloria de nuestra patria» (p. 25a). Ambos hombres se dan mano y se abrazan, ya totalmente identificados.

CervantesCautivo

Nos acercamos al desenlace. La impaciencia devora a Cervantes: «Dios había atendido su ruego… A España, a la patria otra vez…» (p. 26a). Y se despide del buen jardinero con estas palabras: «¡Adiós, amigo mío, hermano! ¡Suceda lo que suceda, no te olvidaré nunca!» (p. 28b). Todo está preparado, un bajel cristiano espera cerca… Sin embargo, la llegada de El Dorador con gente armada desbarata el plan; indica que busca a Juan, y que no tiene nada contra Cervantes; es más, se ofrece a protegerlo, pero este dignamente rechaza su protección. El escritor es devuelto a su prisión:

La policía del Baxí, que ya se llevaba a Valtierra por delante, ató fuertemente a Cervantes, después, y lo trasladó de nuevo a los baños, donde se le sujetó con una cadena. El sueño de su libertad se ha esfumado otra vez. Ya, de nuevo en la cárcel, sólo piensa en la suerte que correrá su amigo, el leal Juan de Valtierra, el amante de Zulima, la hija del rey Azán, el hombre apasionado y bueno (pp. 28b-29a).

Juan es ahorcado al día siguiente en los jardines reales. La princesa ha tratado de interceder por él, pero no ha servido de nada. Estas son las líneas finales de la novela:

Cervantes llora amargamente. Y no aquel día solamente, sino cuantos le quedaban todavía por estar en prisión en aquel cautiverio que duró más de cinco años y del que él solía decir, ya libre y en España:

—Ni me salvaron los frailes dedicados a rescatar cautivos, ni el Estado de la Monarquía que defendí y por la que perdí mi mano izquierda. Me salvaron los amigos, que son los únicos que existen, cuando existen (p. 29b).

Un aspecto que no he comentado todavía, pero que resulta bastante evidente, es el paralelismo que existe entre la situación del protagonista del relato y la del autor, un exiliado republicano español, también escritor; entre la falta de libertad que padecen los cristianos en Argel y la situación en la España de los primeros años de posguerra, paralelismo que se explicita, por ejemplo, cuando el autor equipara los baños con los campos de concentración de su presente histórico («aquella prisión, que hoy llamaríamos campo de concentración», p. 18b). Es un detalle que ya notó Jesús Arana Palacios: «Hace decir Ezequiel Endériz a Cervantes en esta obra frases que podrían aplicarse sin mucha dificultad a la propia situación del novelista»[2].


[1] Cito por Ezequiel Endériz, El cautivo de Argel. Novela corta inédita, Toulouse, [Imprimerie Portes et San Jose], s. a. [D. L., 1949].

[2] Jesús Arana Palacios, «Más noticias sobre Ezequiel Endériz», Príncipe de Viana, año 54, núm. 199, mayo-agosto de 1993, p. 498. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El cautivo de Argel, de Ezequiel Endériz o de cómo “la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma”», en Emilio Martínez Mata y María Fernández Ferreiro (eds.), Comentarios a Cervantes. Actas selectas del VIII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas. Oviedo, 11-15 de junio de 2012, Madrid, Fundación M.ª Cristina Masaveu Peterson, 2014, pp. 288-299.

El retrato de Cervantes en «El cautivo de Argel» de Ezequiel Endériz (2)

Otro pasaje interesante del capítulo segundo de El cautivo de Argel de Ezequiel Endériz[1] lo constituye su diálogo en los baños con los alféreces Ríos y Castañeda. Ambos están felices porque confían en que llegará pronto su rescate; «Cervantes, en cambio, pobre soldado confundido con un príncipe, tenía sobre él la amenaza de que aquello durara una eternidad» (p. 17b). Pero, pese a todo, se muestra «animoso y jovial». Les dice que ellos no le hacen daño con su alegría, y asegura que será libre escribiendo:

—No lo creáis… No soy tan necio ni tan egoísta que piense que el mal de todos alivia el mío… Sed libres y felices… Es lo que yo os deseo… En cuanto a los días amargos que me esperan, estad seguros que sabré aliviarlos si tengo herramientas con que escribir, que la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma; puede, en fin, más que el más bárbaro verdugo y la más dura prisión (p. 17b).

Y comenta el narrador para cerrar el capítulo: «El espíritu de Cervantes se plasmaba en aquellas sus dulces palabras de consolación, volaba hacia las luces de la tarde que declinaba; tenía catorce alas como un soneto…» (p. 17b).

CervantesCautivoenArgel

El comienzo del capítulo tercero nos retrata a Cervantes como hombre curioso: se insiste en que no cree cercana su liberación, por el mucho dinero que piden por ella. ¿Qué hacer, entonces? «Paciencia; mirar a este cielo turquesa de Argel y estudiar a este mundo nuevo en que hemos caído, procurando sacar provecho de la lección» (p. 18b). Por su parte, el narrador comenta: «ya hemos visto que tomó con resignación su triste suerte» (p. 19b)[2]. Y lo retrata también como hombre decidido a la libertad; cuando El Dorador le propone la fuga, le responde así:

—Un brazo me falta, y si no me faltara, diéralo con gusto por la libertad, que, sin libertad, la vida es mil veces peor que la muerte misma. Así pues, a aquel que lograrme pueda esa libertad y lo haga con el desinterés que tú me manifiestas, no sólo le deberé la vida, sino más que la vida, aunque ya dije lo que entre la libertad y la vida existe (p. 20b)[3].

Cervantes insiste en proclamar su valor: «Nada me asusta» (p. 20b). Y el narrador explicita que era un «hombre extraordinariamente valeroso» (p. 20b). Igualmente, queda caracterizado aquí como hombre piadoso:

—Señor mío Jesucristo… Grande es tu nombre y tu poder y benditos y alabados sean el uno y el otro… Mas si te apiadaras de este pobre esclavo tuyo y quisieras consentir en arrancarle de este sitio en que me hallo, reintegrándome a mi patria y a los míos, donde aún puedo ser útil en mi inutilidad, tu misericordia sería infinita y mi agradecimiento sería eterno… Padre nuestro que estás en los cielos… (p. 21b)[4].

A su vez, Cervantes no olvida en su cautiverio que es escritor, y así compone una poesía dedicada a la princesa Zulima, la hija del rey de Argel, de la que está enamorada el jardinero Juan: «Princesa, princesa, que en los jardines del rey…» (ver los versos en las pp. 23a-23b). Un aspecto muy importante lo va a constituir su amistad con el jardinero Juan, con quien Cervantes comparte el protagonismo en la parte final de la novela. El Dorador le ha presentado a Juan de Valtierra como cristiano y navarro: «¿Cristiano y navarro?… Las dos, para mí, prendas de calidad» (p. 21a), comenta Cervantes. Juan organizará la fuga de Cervantes, para lo cual este habrá de pasar un tiempo encerrado en un pozo del jardín del rey. En esos tres meses que comparten, los dos españoles se convierten en amigos inseparables, hasta el punto de formar un solo corazón: «Entre aquellos dos hombres, enamorado el uno y el otro poeta, se hizo una enorme pausa entrañable que los abrazaba de corazón a corazón en su propia quietud» (p. 23b). El amor (Juan y Zulima) y la amistad (Cervantes y Juan) serán los dos temas nucleares en este tramo final del relato[5].


[1] Cito por Ezequiel Endériz, El cautivo de Argel. Novela corta inédita, Toulouse, [Imprimerie Portes et San Jose], s. a. [D. L., 1949].

[2] Recordemos las célebres palabras en el prólogo de las Novelas ejemplares, donde en tercera persona dice Cervantes de sí mismo: «Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades». Y sabemos que sacó buen partido literario de la experiencia biográfica del cautiverio para varias de sus obras.

[3] Estas palabras recuerdan las célebres de Quijote, II, 58: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida».

[4] Y tras la oración, se indica, queda como en éxtasis. Poco antes había jurado por la Santísima Trinidad (p. 20b).

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El cautivo de Argel, de Ezequiel Endériz o de cómo “la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma”», en Emilio Martínez Mata y María Fernández Ferreiro (eds.), Comentarios a Cervantes. Actas selectas del VIII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas. Oviedo, 11-15 de junio de 2012, Madrid, Fundación M.ª Cristina Masaveu Peterson, 2014, pp. 288-299.

El retrato de Cervantes en «El cautivo de Argel» de Ezequiel Endériz (1)

ElCautivodeArgelEl cautivo de Argel, de Ezequiel Endériz, es una narración publicada en Toulouse en 1949 como número 17 de la colección «La Novela Española», que dirigía el propio escritor[1]. Se trata de una novela corta (23 páginas de texto a doble columna, repartidas en cuatro capítulos) que aborda el cautiverio de Cervantes en Argel. El argumento abarca desde el apresamiento del escritor hasta su malogrado intento de fuga auspiciado por el jardinero navarro Juan de Valtierra. De su vida anterior, se menciona tan solo que ha sido soldado, que quedó manco en Lepanto y que es poeta; en cuanto a los hechos posteriores, hay una alusión a su deseo de escribir un gran libro, más la mención anticipatoria final de que sería liberado tras cinco años de prisión, así como el vaticinio, a través de unas palabras de Juan, de que Cervantes dará mucha gloria a España.

Los datos históricos incluidos por Endériz en su relato son mínimos: el dominio de los corsarios argelinos en el Mediterráneo; el apresamiento de Cervantes a bordo de la galera Sol; los personajes de Arnaute Mamí y Azán Bajá; el hecho de que sus captores lo crean un gran personaje por el que se puede pedir un alto rescate (pero sin que se aluda a las cartas que portaba Cervantes y que dieron lugar a esa confusión)… y poco más. Los cuatro intentos de fuga de la realidad histórica se ven reducidos aquí a uno solo, en el que adquiere un destacado papel protagónico el jardinero navarro llamado Juan, sin que falte la traición del renegado conocido como El Dorador. Se incluyen además algunas ligeras pinceladas de color local sobre la vida en Argel: así, una breve descripción de la ciudad y de los baños o una alusión a los tormentos que se daban a los cristianos rebeldes[2]. Por otra parte, hay que tener en cuenta que las reducidas dimensiones de la novelita no permiten mucho más. En definitiva, si alguien busca en El cautivo de Argel una novela histórica erudita y documentada, no la encontrará[3]. Tampoco existe una intriga especialmente significativa, en el sentido de que el lector conoce a priori que Cervantes no logró huir de su cautiverio en sus sucesivos intentos de fuga. Así las cosas, la etopeya, el retrato interior del escritor, constituye lo esencial del relato de Endériz.

¿Cómo aparece, pues, caracterizado Miguel de Cervantes en esta novelita? Los principales rasgos que se destacan son: la valentía (demuestra con sus palabras y sus hechos que no le falta valor); la resignación en su prisión (se muestra alegre y jovial pese a todas sus penalidades); su piedad religiosa (continuamente reza, pide ayuda a Dios o le agradece algún favor, etc.); el ingenio (da agudas respuestas a sus captores, tiene ocasión de escribir versos…); el humor y la ironía (da muestra de ello en varias de sus intervenciones; luego comentaré este detalle); pero, sobre todo, Cervantes queda caracterizado por su inmenso anhelo de libertad: la libertad de espíritu y, por añadidura, la libertad que le otorga el ejercicio de la escritura. Examinaré a continuación los pasajes más significativos a este respecto.

En el capítulo I, se nos presenta a bordo de la galera —el autor escribe fragataSol un soldado «con el brazo izquierdo cercenado, nariz aguileña, ojos claros y vivos y barbita rubia» (p. 7b). No hacen falta más datos para que el lector sepa que se trata de Cervantes. Contemplando las islas Marías, encendidas como rubíes, el soldado piensa un poema dedicado a ellas en las que las contempla como jardines del mar (este poema es uno de los primeros textos líricos intercalados en las breves páginas de la novela). Al ser apresada la galera por los corsarios, el soldado manco comenta: «Tras la guerra, la pobreza; tras la pobreza, el cautiverio. ¡Señor, Señor! ¿Podré, algún día, escribir tranquilo?» (p. 11b). No se pone de relieve su carácter heroico en el asalto, pues es consciente de que la lucha es desigual y no se puede hacer nada por evitar la captura (además, apenas hay descripción en este pasaje del combate).

Enseguida da muestras de su prudencia cuando intercede en favor de un pobre hombre que ha insultado a Arnaute Mamí; cuando este ordena que lo ahorquen, Cervantes argumenta que se trata de un loco y le pide que dé una prueba de su magnificencia perdonándolo, cosa que logra. Después, todos los prisioneros van indicando su nombre para el registro; el último de todos es «Miguel Cervantes Saavedra, de profesión soldado» (p. 13b). En suma, este primer capítulo nos muestra a un Cervantes condenado a la guerra, la pobreza y el cautiverio, pero con un capital grande de prudencia e ingenio que le permite, por ejemplo, salvar la vida a un hombre en una situación crítica.

El capítulo segundo resulta muy interesante para la caracterización del escritor. Arnaute Mamí sospecha que Cervantes es un alto personaje disfrazado de soldado; por ello, se presenta con él ante el rey de Argel. Este lo considera un cautivo más, pero aquel replica: «No, no, no… En él hay algún misterio, algún poder oculto, alguna extraña cualidad que no acabo de comprender… ¡Si vieras cómo habla! ¡Qué juicios hace sobre las cosas más vulgares!…» (p. 15b). En esta entrevista Cervantes da muestras de su nobleza de alma: «Ya está el soldado Miguel de Cervantes en presencia del rey de Argel. Su mirada es tranquila y clara. Su frente luminosa. Sus movimientos naturales y con un aire de nobleza innegable» (pp. 15b-16a). Poco a poco, el rey se va interesando por él. Citaré el diálogo que se establece entre ambos:

­—Es que ya dije que, además de soldado, era poeta.

—¿Pero tan pobre que no te crees digno del rescate?

—Pobre de dineros y rico de orgullo. Sin embargo, de ti, señor, dependerá que escriba o no un libro que sea asombro de la gente venidera.

­—¿Un nuevo Al-Korán, acaso?

—Sí y no. Sí, porque podrá servir de libro de virtudes para todo aquel que necesite ver en él notables ejemplos de virtud. No, porque con él quiero inaugurar como una especie de religión que no tenga nada que ver con el cielo, sino con la tierra, dando a la fuerza del espíritu una nueva interpretación.

—De verdad que no te entiendo, poeta, y no sé si hablo con un loco o si el loco soy yo, pues que no se concibe para un mahometano, ni supongo que para un cristiano tampoco, que pueda haber virtudes separadas de la religión.

—Así es, en efecto, en nuestros días; y no me atrevería yo a sostener la tesis contraria en mi patria, donde todo es sospechoso de herejía. Pero me hago cuenta de que aquí, hablando contigo, ya que no tengo libre el cuerpo, tengo libre el pensamiento y trueco la libertad de éste a cambio de la prisión de la carne, para compensar lo amargo de lo uno con lo dulce de lo otro (pp. 16a-16b).

Ante estas reflexiones, el rey de Argel se ve obligado a reconocer: «bien se ve que eres maestro en enredos» (p. 16b). Aparte de la alusión a la futura redacción del Quijote, la idea que transmiten las palabras de Cervantes es bien clara: en Argel está cautivo de cuerpo, pero goza de una libertad de pensamiento que en España seguramente no tendría[4].


[1] Ezequiel Endériz, El cautivo de Argel. Novela corta inédita, Toulouse, [Imprimerie Portes et San Jose], s. a. [D. L., 1949].

[2] «Una música suave de chirimía y guzla, los aromas artificiales de los pebeteros y la molicie de tapices y cojines envolvía todo en pereza» (p. 14b); la descripción del vestido de Arnaute (p. 14b), etc.

[3] No es mi objetivo comparar lo que cuenta la novela con los hechos históricos reales (ver María Antonia Garcés, Cervantes en Argel. Historia de un cautivo, Gredos, Madrid, 2005), ni tampoco analizar las posibles reminiscencias con el relato del capitán cautivo en el Quijote, sino ver el tratamiento que se da del personaje Cervantes.

[4] No menciona Endériz a la Inquisición, aunque sí podemos adivinar una alusión indirecta al decir Cervantes «mi patria, donde todo es sospechoso de herejía». Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El cautivo de Argel, de Ezequiel Endériz o de cómo “la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma”», en Emilio Martínez Mata y María Fernández Ferreiro (eds.), Comentarios a Cervantes. Actas selectas del VIII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas. Oviedo, 11-15 de junio de 2012, Madrid, Fundación M.ª Cristina Masaveu Peterson, 2014, pp. 288-299.

Las novelas de Arturo Campión

Arturo Campión[1] (Pamplona, 1854-San Sebastián, 1937) tiene una faceta de novelista histórico, representada por Don García Almorabid. Crónica del siglo XIII (Tolosa, Casa Editorial de Eusebio López, 1889). Sobre el telón de fondo de la guerra de los burgos de Pamplona, que culminaría con la destrucción de la Navarrería, se teje la trágica historia amorosa de Blanca Almorabid y Raúl Cruzat. Pese a su tardía fecha de publicación, la obra presenta las mismas características técnicas y estilísticas de la novela histórica romántica española, cuya gran década fue la de 1834 a 1844: el amor imposible entre personas pertenecientes a familias rivales, la escasa profundidad psicológica de los personajes, la ocultación de la personalidad de alguno de ellos (Azeari Sumakilla es en realidad Pero Martíniz de Oyan-Ederra), etc. El autor introduce algunas notas explicativas del significado de las palabras vascuences que incorpora al texto o sobre las instituciones del reino de Navarra en aquella época[2].

Otra novela de Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz (Pamplona, Imprenta de Erice y García, 1899)[3], sin ser una novela histórica (se indica que la acción ocurre en 188…), describe perfectamente la división política entre carlistas y liberales en Urgain, un pueblo de la Burunda (especialmente verista es el capítulo dedicado a la celebración de las elecciones)[4].

Blancos y negros, de Arturo Campión

Por último, la tercera novela del polígrafo pamplonés, quizá la menos interesante, es La bella Easo (1909), donde se contrapone la vida austera y sacrificada de los habitantes del caserío (Martín y Joshepa) con la frívola de Jayápolis, ciudad «alegre, coqueta, elegante» (trasunto de la San Sebastián más mundana), en la que sin embargo empiezan a difundirse las doctrinas socialistas y apuntan ya las luchas obreras.


[1] Sobre Campión, véanse los trabajos de José Javier López Antón, Arturo Campión, entre la historia y la cultura, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1998; «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998; «El imaginario pesimista de Vasconia en Arturo Campión», Vasconia, 27, 1998, pp. 177-194; y Escritores carlistas en la cultura vasca. Sustrato lingüístico y etnográfico en la vascología carlista, Pamplona, Pamiela, 1999. Remito también a Elías Amézaga, «Ficha bio-bibliográfica de Arturo Campión», Letras de Deusto, núm. 44, vol. 19, mayo-agosto 1989, número extraordinario de Homenaje al Profesor Ignacio Elizalde, pp. 29-37; José de Cruchaga y Purroy, «Arturo Campión», prólogo a Obras completas, vol. I, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 19-83; Santiago Cunchillos y Manterola, prólogo a Blancos y negros. Guerra en la paz, San Sebastián, Ttarttalo, 1998, pp. 11-18; Carmelo de Echegaray, «Arturo Campión», prólogo a Blancos y negros. Guerra en la paz, San Sebastián, Beñat Idaztiak, 1934, pp. 5-14; y Vicente Huici Urmeneta, «Arturo Campión. Aproximación a un vasco desconocido», Muga, núm. 9, 1980, pp. 56-65; para su contexto cultural y literario, a los de Iñaki Iriarte López, Tramas de identidad. Literatura y regionalismo en Navarra (1870-1960), Madrid, Biblioteca Nueva, 2000; y José Luis Nieva Zardoya, La idea euskara de Navarra, 1864-1902, Bilbao, Fundación Sabino Arana / Euskara Kultur Elkargoa, 1999. Sus Obras completas fueron publicadas en quince volúmenes por Segundo Otatzu Jaurrieta (Pamplona, Mintzoa, 1983-1985).

[2] Para un análisis detallado de la novela remito a Enrique Miralles, «Don García Almorabid, de Arturo Campión, y la novela histórica de fin de siglo», en Luis F. Larios y Enrique Miralles (eds.), Sociedad de Literatura Española del siglo XIX. Actas del I Coloquio. Del Romanticismo al Realismo (Barcelona, 24-26 de octubre de 1996), Barcelona, Publicacions de la Universitat de Barcelona, 1998, pp. 317-29.

[3] Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[4] Ver José Javier López Antón, «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998, pp. 165-199; y Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

Los relatos de Arturo Campión

Muchos de los relatos cortos de Arturo Campión[1] (Pamplona, 1854-San Sebastián, 1937) pertenecen a sus sucesivas colecciones de Euskarianas, divulgadas a partir de 1896. Distintas selecciones de sus relatos se han publicado con el título de Narraciones baskas, por ejemplo, la edición de Madrid, Calpe, 1923 o la de San Sebastián, Beñat Idaztiak, 1934. Un lugar importante en ese conjunto lo ocupan las leyendas y tradiciones históricas, muchas de ellas redactadas por los años de 1877-1883: «Los hermanos Gamio», «El coronel Villalba (tradición nabarra)», «Agintza. La promesa», «Orreaga. Roncesvalles», «Gastón de Belzunce (leyenda histórica)», «La visión de don Carlos, Príncipe de Viana», «La muerte de Oquendo», «Denbora anchiñakoen ondo esanak. Los consejos de los tiempos pasados», «El último tamborilero de Erraondo» y «El bardo de Izaltzu». La leyenda histórica es un subgénero narrativo al que se acercaron también Francisco Navarro Villoslada y Juan Iturralde y Suit, ya que les permitía presentar personajes simbólicos, hechos gloriosos o épocas emblemáticas de la historia de Navarra o de Vasconia (Roncesvalles, el Príncipe de Viana, las guerras de beaumonteses y agramonteses, la anexión a Castilla, Amayur…) que cuadraban a la perfección con sus presupuestos e intereses ideológicos. Campión, en concreto, defiende a ultranza en estas leyendas la identidad vasco-navarra, que ha sufrido a lo largo de los siglos constantes agresiones exteriores y que en su época se ve de nuevo amenazada y en peligro de desaparecer por completo. De hecho, en sus relatos no retrocede necesariamente al pasado lejano (siglo VIII, Alta y Baja Edad Media…), sino que en algunos la ambientación es casi contemporánea, como en «Pedro Mari» (escrito el año 1895 y centrado en tiempos de la Revolución francesa y las luchas de España contra el Imperio).

Obras completas de Arturo Campión

Un segundo grupo en importancia numérica lo forman aquellos relatos que son cuentos, de ambiente contemporáneo, y que pueden agruparse por sus semejanzas temáticas o de intención. Así, varios responden al deseo de mostrar el deterioro que han sufrido y siguen sufriendo las seculares costumbres de la ancestral raza vasca, a punto ahora de ser borradas: «Roedores del mar» (aquí el peligro exterior está personalizado en el carabinero Ruperto, que trata de seducir a la linda chirlera guipuzcoana Lupita); «Contrastes. Cuadro de costumbres buenas y malas» (el enemigo es el progreso moderno, simbolizado en ese tren que vomita sobre las Vascongadas todo lo peor de España); «Yan-Pierr» (alegato contra la guerra europea o, mejor, contra el hecho de que sangre baska —empleo la grafía utilizada habitualmente por Campión— se derrame en guerras que no son baskas); o esa bella alegoría que es «El último tamborilero de Erraondo» (el vasco que regresa de América para vivir sus últimos años y morir en el solar nativo y encuentra que el país soñado en la distancia ha perdido, quizá definitivamente, sus señas de identidad y su idioma).

Otros relatos nos presentan historias trágicas: «Ramonica» (la segadora de pueblo que acude a la Cuenca de Pamplona y muere asfixiada en el campo); o «La cieguecita del puente (Historia vulgar)», truculenta narración sobre la ciega Teresha, un homenaje al Naturalismo (está dedicada a Emilia Pardo Bazán). «Popachu» y «Los dos gatos» son dos breves narraciones, sin mayor trascendencia, que forman la sección «Cuentos a mis sobrinos». «El ojo del Doctor Faust» (1879) y su continuación varios años posterior «La resurreción de la carne» (1915) aparecen agrupadas bajo el epígrafe «Historias del manicomio». En fin, «¡Bartolo, anticlerical!» presenta el caso de un tradicionalista que participa en una manifestación contra la Iglesia, hecho sorprendente que se explica por su deseo de recuperar a una hija que ha profesado como religiosa.

Como «fantasías» podemos considerar «Una noche en Zugarramurdi» y «Grachina (tradición nabarra)», que guardan relación por tratar ambas el tema de la brujería, en concreto, por presentar escenas de akelarre. Junto a todas estas piezas se suelen editar otras tituladas «Gau-illa de Julián Gayarre» y «Olite en Ujué» (que son «Cosas vistas», es decir, relatos o impresiones de viaje) y los poemas dramáticos Sancho Garcés y La flor de Larralde.

Si en los relatos de Iturralde y Suit existe una nota poética y nostálgica, melancólica, con un tono narrativo remansado, los de Campión constituyen un grito más angustiado, un intento más directo de sacudir la adormecida conciencia de sus paisanos: Iturralde muestra las ruinas físicas como símbolo de la ruina moral de un pueblo; Campión presenta directamente la ruina moral de ese pueblo, centrada en la pérdida de su identidad cultural.


[1] Sobre Campión, véanse los trabajos de José Javier López Antón, Arturo Campión, entre la historia y la cultura, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1998; «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998; «El imaginario pesimista de Vasconia en Arturo Campión», Vasconia, 27, 1998, pp. 177-194; y Escritores carlistas en la cultura vasca. Sustrato lingüístico y etnográfico en la vascología carlista, Pamplona, Pamiela, 1999. Remito también a Elías Amézaga, «Ficha bio-bibliográfica de Arturo Campión», Letras de Deusto, núm. 44, vol. 19, mayo-agosto 1989, número extraordinario de Homenaje al Profesor Ignacio Elizalde, pp. 29-37; José de Cruchaga y Purroy, «Arturo Campión», prólogo a Obras completas, vol. I, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 19-83; Santiago Cunchillos y Manterola, prólogo a Blancos y negros. Guerra en la paz, San Sebastián, Ttarttalo, 1998, pp. 11-18; Carmelo de Echegaray, «Arturo Campión», prólogo a Blancos y negros. Guerra en la paz, San Sebastián, Beñat Idaztiak, 1934, pp. 5-14; y Vicente Huici Urmeneta, «Arturo Campión. Aproximación a un vasco desconocido», Muga, núm. 9, 1980, pp. 56-65; para su contexto cultural y literario, a los de Iñaki Iriarte López, Tramas de identidad. Literatura y regionalismo en Navarra (1870-1960), Madrid, Biblioteca Nueva, 2000; y José Luis Nieva Zardoya, La idea euskara de Navarra, 1864-1902, Bilbao, Fundación Sabino Arana / Euskara Kultur Elkargoa, 1999. Sus Obras completas fueron publicadas en quince volúmenes por Segundo Otatzu Jaurrieta (Pamplona, Mintzoa, 1983-1985).