«Viene el Amor a nuestra arcilla breve…», de Alfredo Díaz de Cerio

Comienza el Año Nuevo y desde este blog insular y barañario seguimos recordando con poesía la esencia de la Navidad, que no es otra que el nacimiento en Belén del Niño-Dios, redentor de toda la humanidad. Transcribo hoy —solemnidad de Santa María, Madre de Dios— un hermoso soneto de Alfredo Díaz de Cerio (Mendavia, Navarra, 1941-Pamplona, 2008), recogido en su libro póstumo De Navidad a Nochevieja (2008). Jesús Mauleón, en el prólogo de la publicación, escribe estas palabras que contextualizan perfectamente al autor y su poemario:

Profesionalmente, diríamos que Alfredo era más pintor que poeta, aunque no sea más que porque a nadie se le ocurre aducir la actividad poética como profesión en documento oficial alguno. Pero hacía versos por la misma razón por la que pintaba o esculpía, o por la misma pasión que le llevaba a plasmar o decir lo que de fuera hería su sensibilidad o lo que le ardía por dentro. Como poeta dejó una decena de libros y obtuvo innumerables distinciones y, entre otros, los premios Antonio Machado, León Felipe, Fray Luis de León, Vicente Aleixandre, Luis Rosales, Martínez Baigorri…

El libro que aquí se presenta no es, seguramente, el más acendrado ni el más difícil de su producción. Buena parte de él se resuelve métricamente en formas tradicionales como el soneto, la décima, las letrillas de diversa factura, sus versos rimados de arte menor. No es quizá la obra más original ni novedosa del poeta, pero sí un poemario cálido y sentido, accesible a un amplio público, con ramalazos líricos del mejor Díaz de Cerio. […] Aquí abundan los poemas donde casi todo es leve, con la levedad de la tradición popular del villancico. Maneja Alfredo todos los datos tradicionales de la Navidad: el portal con Jesús, María y José, Reyes, pastores, estrella, canto en el cielo, luz, nieve y noche invernal. Pero los conjuga y los vive para alcanzar en ocasiones versos y poemillas enteros de renovada belleza[1].

Este soneto en concreto (el número VIII de la sección inaugural del libro, «Sonetos a la Navidad») se articula en torno a la idea de la encarnación de Cristo, que siendo Dios se hace barro mortal («Viene el Amor a nuestra arcilla breve», v. 1); es decir, se pone de relieve su naturaleza humana («se atreve / a ser carne mortal y carne leve», vv. 4-5, con expresivo encabalgamiento estrófico; «herido con la herida / de todo lo que muere por ser vida», vv. 6-7; «se hace el Verbo de carne tan sencilla», v. 10). Ese Jesús, todo Amor, es a la vez Niño y Dios (v. 8); y, siguiendo con otra aparente contradicción (o, por mejor decir, el profundo misterio, la «Maravilla de toda maravilla», v. 9), «El gran Libertador se hace cautivo» (v. 12): porque, en efecto, el Redentor de todo el linaje humano asume por completo las servidumbres de la carne, las ataduras de su condición de hombre. Tal es el «milagro vivo / y tierno de Belén» (vv. 13-14), certera expresión de Díaz de Cerio que se refuerza desde el punto de vista retórico con un nuevo encabalgamiento, en esta ocasión versal. De esta forma, en su rotunda sencillez, «la gloria de Dios luce más pura» (v. 11) y es «limpia hermosura» (v. 14). Cabe destacar, en fin, el buen ritmo de los catorce endecasílabos, que forman un soneto de gran belleza y musicalidad, cuyo texto completo es como sigue:

Viene el Amor a nuestra arcilla breve,
a nuestra soledad tan escondida.
Viene el Amor de forma decidida
y llega de manera que se atreve

a ser carne mortal y carne leve.
Viene el Amor herido con la herida
de todo lo que muere por ser vida;
tan Niño viene Amor que nos conmueve.

Maravilla de toda maravilla:
se hace el Verbo de carne tan sencilla
que la gloria de Dios luce más pura.

El gran Libertador se hace cautivo,
misterio del amor, milagro vivo
y tierno de Belén, limpia hermosura[2].

Natividad, de Sandro Boticelli

Natividad, de Sandro Boticelli.


[1] Jesús Mauleón, prólogo a Alfredo Díaz de Cerio, De Navidad a Nochevieja, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2008, pp. 12-13.

[2] Alfredo Díaz de Cerio, De Navidad a Nochevieja, p. 26.

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«De Nazaret a Belén», de Manuel Martínez Fdez. de Bobadilla

Vaya para este día último del año, que coincide con la festividad de la Sagrada Familia, esta hermosa décima del poeta navarro (de Murchante) Manuel Martínez Fdez. de Bobadilla, que es la segunda composición de su poemario Fuegos de la Navidad (1997). El poema pone de relieve el vínculo amoroso de María y José reforzado con la llegada de su hijo Jesús, «trigo en flor» (v. 1) y «carne de amor» (v. 4). En el último verso se recuerda la etimología de Belén, lugar donde vino al mundo el Salvador, que en hebreo significa ʽcasa de panʼ[1]:

Nazaret, el trigo en flor.
María, de nieve fue.
En su vientre San José
sintió el divino calor
del hijo en carne de amor.
Tan llenos de gracia están
y tanto en amor se dan,
que un corazón de mujer
supo con el trigo hacer
de Belén, Casa de Pan[2].

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Sagrada Familia, de Giorgione.

 


[1] Ver Ignacio Arellano, Repertorio de motivos de los autos sacramentales de Calderón, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra (Publicaciones digitales del GRISO), 2011, p. 96, s. v. Belén, quien cita, entre otras autoridades, a San Juan de Ávila en sus Sermones: «en aquella casa de pan está el Hijo de Dios consagrado, envuelto en pañales de pobres accidentes». Es, en efecto, etimología muy reiterada en los autos sacramentales de Calderón y en otros textos áureos.

[2] Manuel Martínez Fdez. de Bobadilla, Fuegos de la Navidad, prólogo de Enrique Banús, Pamplona, Medialuna Ediciones, 1997, p. 21.

«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: valoración

El principal valor de La fiel infantería[1] de Rafael García Serrano es el testimonial: su lectura sirve para conocer las causas por las que pelearon los soldados del bando nacional —en particular, los jóvenes miembros de la Falange Española—, y para dar fe de su heroísmo, camaradería y espíritu de sacrificio: «Lo mejor de la guerra —para siempre— seríamos nosotros». Al mismo tiempo, a lo largo de sus páginas va apareciendo toda la ideología falangista, que es la del autor. El carácter autobiográfico y la fuerte carga emocional son algo normal en este tipo de novelas, así como el sentido de inmediatez, la falta de perspectiva para juzgar imparcialmente los hechos narrados.

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Desde el punto de vista literario, los principales defectos serían la escasa caracterización psicológica de los personajes —lo colectivo se sobrepone a lo individual—, el maniqueísmo al retratar los personajes de uno y otro bando, la ausencia de una estructura novelesca clara y, sobre todo, las abundantes digresiones que entorpecen el desarrollo de la acción y que convierten la obra en vehículo propagandístico de una ideología. En novelas posteriores, el apasionamiento del autor irá disminuyendo conforme se vayan alejando los hechos que dan pie al relato; de esta forma, la calidad literaria aumentará a la par que la objetividad. Es tan sólo una cuestión de tiempo: a mayor distancia de los acontecimientos que se cuentan, menos carga política y, en definitiva, más literatura[2].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: el bando enemigo y los indiferentes ante la guerra

En La fiel infantería[1], de Rafael García Serrano, los combatientes del lado republicano a veces están vistos muy hostilmente. El odio y el deseo de venganza se transparentan en estas palabras de Ramón, cuando se refiere a la situación padecida por los falangistas en Madrid, de donde él consiguió escapar:

Nos cercaron como a bichos peligrosos, como a alimañas. No teníamos derecho a morir limpiamente; para nosotros el balazo en la nuca, el paseo, la mutilación, el suplicio. Tú los has tenido siempre enfrente, no alrededor, como yo, en Madrid. Ya no son ni fieras, porque no se hartan; son otra vez hombres enfurecidos, bebedores de sangre. Hombres, mierda, eso son. —Escupió—. Y ahora yo también odio y me paso el amor por el arco de triunfo. Para ellos y para los de fuera mi odio, mi venganza (p. 148).

En ocasiones se les niega a los enemigos —«borrachos de barbarie»— su valentía e incluso su condición de soldados; pero lo más frecuente es que se reconozca su valor en la lucha: «Benditos los de enfrente, que también saben manejar las armas» (p. 208). La comprensión del autor aparece asimismo cuando la muerte iguala a unos y otros: «Acabamos con un responso por todos los muertos de la campaña, por sus muertos también» (p. 21). Todos los críticos coinciden en destacar ese carácter abierto de García Serrano, pese a que ni por un momento ceja en sus ideas[2]. El dolor provocado por la lucha entre los compatriotas españoles se expresa claramente en estas bellas palabras:

Entender el idioma del enemigo, hablar la misma lengua de los que matan, de los que tienes que matar, es un suplicio que deprime como si una montaña cayese en los hombros o un grano de arena en la conciencia…. Disparar sobre un hombre que dice madre igual que tú. Como tú lo dirías en su trance de muerte. O que repicaría la palabra igual que tú al ir de permiso o al escribir una carta luego de quebrar un peligro, cuando se desea contar que se vive. Un hombre que dice como nosotros, novia y amigo, árbol y camarada. Que se alegra con las mismas palabras y jura también con las palabras que juras tú. Que iría a tu lado bajo tú bandera, cargando sobre gentes extrañas. Al principio, todo esto me hacía cerrar los ojos y orar de noche, aislado, por el pecado sin perdón: más tarde aprendí a encoger los hombros por necesidad (p. 65).

Combatientes

Toda guerra es triste. Pero mucho más triste, si cabe, una guerra entre hermanos. Los republicanos tuvieron al menos el valor y el coraje de defender con las armas sus ideas: «[…] entonces combatíamos los fanáticos de los dos bandos, los que sólo podíamos luchar sin cuartel. Los que forzosamente teníamos que ser eliminados con el triunfo del adversario. La gente de caricruz, los generosos» (p. 65). Frente a los hombres «voz y voto», ellos —todos los que pelearon— fueron hombres «voz y fusil» que se echaron al campo para «garantizar el vítor con la bayoneta». García Serrano critica duramente la cobarde pasividad burguesa de quienes se quedaron tranquilamente en sus casas mientras se resolvía a tiros el futuro de España[3] y lo mejor del país, de uno y otro bando, moría en el empeño: «Cuando la Patria se parte en dos, son pocos los indiferentes, los del tercer estado, que deberían de ahorcar, puestos de acuerdo, los bandos combatientes» (p. 175). Las posiciones de unos y otros quedan claramente perfiladas al estallar la guerra:

El 19 de julio calibró a las gentes: unos salimos y otros no. Aquel día se jugaba España definitivamente y mientras nosotros marchábamos al choque cubiertos de rosas, ellos nos lanzaban las rosas desde el cielo de su indiferencia o de su cobardía. Bien limpia la chaqueta, entonada la corbata y lustrosos los zapatos, veían pasar la Patria en mangas de camisa, ronca y brava, un poco callejera para su británica elegancia. Sin los que entonces salimos a dar un paseo militar, como después han dicho los rencorosos, los mariquitas y los tacaños, nada hubiera sido posible. En las primeras semanas, minuto a minuto, hora a hora, día a día, íbamos ganando España para nosotros, para los que nos amaban, para nuestros enemigos y hasta para los miserables que, por ocultar su pánico, fingían ignorar cómo muchas veces se nos secaba la boca en los peligros de un divertido paseo militar (p. 62).

Para ellos, para los indiferentes ante la tragedia patria, se reserva un odio mayor que para el enemigo combatiente: «Porque aun gustando la miel que nos brindaban al pasar los caciques y los cobardes, estábamos todos seguros —todos— de que un día habríamos de volver los fusiles contra sus aplausos, que tenían voluntad de asqueroso dinero con que hacernos mercenarios» (pp. 62-63)[4].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] En el Prólogo de la edición manejada señala García Serrano que «cuando se escribió la novela de Ramón, Miguel y Matías los vencedores ya habían firmado la reconciliación con sus hermanos vencidos simplemente por su manera de comportarse en los campos de la guerra».

[3] También se ataca la actitud de algunos países extranjeros, en particular de Francia, donde en los caseríos y villas cercanas a la frontera se anunciaba «café con vistas a la guerra de España», como si de un espectáculo se tratara (cfr. las pp. 107 y 110). Este será el tema central de otra novela de García Serrano, La ventana daba al río.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: la Patria y la Revolución para la posguerra

Los jóvenes falangistas de la novela[1] de Rafael García Serrano intuyen que su sacrificio y sus muertes no son estériles: «Sabían que estaban celebrando, eso sí, unas míticas bodas con su Patria y que toda aquella sangre —inmensa sangre— era nupcial. Después vendría el fruto. Ahora tocaban dolor y gozo de conquista» (p. 123). Son conscientes de que para después de la victoria quedará todavía una tarea, reconstruir la Patria, y viven esperanzados porque confían en que entonces podrán llevar a cabo su Revolución Nacional-Sindicalista:

Presentíamos que la guerra —corta o larga— no nos iba a servir para que los árboles diesen monedas de oro, ni para que en la Patria deshecha que nos legaba la experiencia de nuestros padres las cosas caminasen por un camino de fina yerba, con la carrera cubierta de sombras propicias y aguas tranquilas. Precisamente lo mejor de los primeros momentos era la claridad con que veíamos la revolución como una tarea de la posguerra y a los árboles con fruto y al campo con mies y al agua en el verso inmejorable de los canales (pp. 62-63).

Los objetivos de su revolución se expresan en los tópicos falangistas que Ramón emplea en sus alocuciones a obreros y campesinos:

Una paz hermosa e igual para todos. Una vida nueva, un afán superior a la minucia. Un plantarse en el mundo con los brazos en jarras y decir aquí estamos. Un imperialismo, el imperialismo de las gentes humildes. La grandeza de la Patria es la única finca para la felicidad de los desheredados. Esas doctrinas que aprendió en los mítines, en las conversaciones universitarias, en los versos generalmente inéditos y en las acciones callejeras, le parecían en plenitud. O ellas o nada. O la vida o la muerte, ahora o nunca. Había surgido, en limpio salto, el momento, sin abuelos y sin hijos. Ganarían en la guerra el deber de la revolución —los deberes se cumplen, los derechos se reclaman— y el hombre predestinado que guardaba la cárcel de Alicante vendría a ordenar el tiempo nuevo. Os lo prometo, les decía, profeta armado, la revolución y él (p. 176).

Cartel de Falange Española

A esta idea de una Patria fuerte y unida va ligada la idea de imperialismo español: España como «unidad de destino en lo universal», como «comunidad total de destino». Otra vez es Ramón quien expresa el ideario falangista: «Al chirrión los imperios espirituales. Nosotros queremos tierra de todos los colores […]. El dominio sobre los demás y en la cima el Emperador» (p. 154)[2].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

La figura de José Antonio en «La fiel infantería» de Rafael García Serrano

La figura del César Joven aparece, como es lógico, idealizada en La fiel infantería[1] de Rafael García Serrano: «Ahí lo tenéis, hombres, él os guiará, él es un don de Dios para vosotros, encenagados en la disputa» (p. 178).

José Antonio Primo de Rivera

También son claras estas otras palabras:

Los campesinos creían ya en el hombre lejano como en Dios; el milagro era fácil de aceptar entre los que esperan la cosecha. Los obreros aguardaban en el hombre la claridad para sus confusas ideas, la armonía entre su valor de soldados y su antiguo valor de huelguistas. Querían la cruz y el sindicalismo […]. En los pueblos del norte y del sur, del relativo este y del oeste, se bautizaba a los recién nacidos con su nombre amado; los de la tercera escuadra del segundo pelotón […] clavaban el retrato como una bandera en cada alojamiento y el retrato bendecía aquella piña increíble. Hombres y mujeres oraban por él y el pueblo lo llamaba por su nombre, como a un hermano, como a un césar, como a Dios, José Antonio, José Antonio… Era la vida y la esperanza (pp. 176-177).

Esa esperanza puesta en el fundador de Falange Española se expresa en esta copla: «Con dos puñados de sal / y uno de canela en rama / hizo Dios a José Antonio / para que salvara a España». Igualmente, los rumores sobre su fusilamiento se manifiestan también en forma de canción popular: «Échale amargura al vino / y tristeza a la guitarra: / compañero, nos mataron / al mejor hombre de España». Aunque en algún momento se pone en duda la veracidad de esta noticia (pp. 176-178), sin embargo no llega a desarrollarse en La fiel infantería la leyenda del Ausente[2].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: la juventud falangista (glorificación del soldado y muerte heroica)

Aunque en la novela de Rafael García Serrano[1] aparecen también requetés y legionarios, la mayoría de los personajes son falangistas que luchan por la Religión, la Patria y la Revolución, los más de ellos uniformados «sencillamente con el entusiasmo». Son jóvenes decididos, valientes e intransigentes[2]. Esta es una caracterización general de ellos:

Gente joven, altiva, facciosa, acostumbrada a tirar los pies por alto, sin respeto a las mil costumbres aspaventosas del tiempo podrido que combatían, guardaban para sus ceremonias una reconcentrada seriedad de catacumba. Se burlaban de cosas grandes, de enormes ideas declinantes y en cambio una fe elemental y alegre les volvía al viejo lugar de los primeros símbolos. Despreciando al mundo, encontraron la Patria. Eran sencillos, creyentes y pecadores. Adoraban a Dios, servían a lo cesáreo, y porque se dejaban mandar de un solo hombre, desconfiaban de la Humanidad. Pastores armados del tiempo nuevo, sus confusos rebaños se esparcían por distintos pastos, pero en el caos que precede a toda creación una fuerza dominaba, augusta, sobre las demás: la de la unidad rabiosa, la de la revolución implacable por la que morían a miles, cantando (pp. 152-153).

También aparecen poéticamente idealizados en el recuerdo de Ramón:

Cerró los ojos al reciente pasado sin poder llorar. Recordaba a sus camaradas peregrinos por la ciudad y el campo, vivificando con sangre la Patria, despertando la Patria a muertos, entre la risa escocida de los cobardes, hijos de los que fueron a los toros un día de Santiago del 98, y la maligna agresión de los traidores. Solos con su bandera y su César, ellos, enseñando la verdad con el supremo razonamiento de las venas, bautizando a los asesinos con el perdón; ellos, locos sagrados, hijos de Dios, falangistas (pp. 147-148).

FalangistaGarcía Serrano destaca siempre la amistad, el heroísmo y el espíritu de sacrificio de estos jóvenes que se hacen camaradas nada más conocerse; entre ellos nadie es más que nadie, ni siquiera los superiores en el rango: los oficiales hacen enlaces con los soldados rasos o «pelan parapeto» con ellos: «Todos nos dábamos a todos en ofrenda de amistad» (p. 34). Para ellos —«magníficos bisoños», «bisoños imberbes»— ser soldado es la máxima prueba de virilidad. Son los que volverán a rememorar las hazañas de los antiguos soldados españoles —Flandes, Italia, América—: «Otra vez iban juntas las antiguas gentes imperiales» (p.128). Esperaron la guerra «con impaciencia de cita amorosa»; de ahí que, cuando estén lejos del frente, anhelen poder entrar en combate: «Si aquí sonase un tiro, la vida sería más amable» (p. 103). Su primer deber es combatir por España —por la Patria y la Falange— y están dispuestos a darlo todo en generoso sacrificio, incluso su vida recién abierta a la juventud: todos desean partir «hacia donde la Patria reclamase un parapeto de pechos exaltados» porque confían en «morir como los fuertes», en alcanzar, en amorosa entrega, «la bella muerte de los héroes»[3]:

Nunca es el hombre tan generoso como a la hora de partir para la guerra: una vez en ella es posible que se arrepienta de su rasgo y añore la paz sin gloria. A la hora de marcar el paso tras la música, borracho de banderas y de historia —esa historia familiar del abuelo que murió en la otra guerra o del padre que tiene una cruz—, loco de virilidad, el hombre piensa que nada hay comparable a ser soldado y dar la vida por la Patria (p. 37).

Sin embargo, Ramón no podrá obtener esa muerte heroica que tanto anhela, pues tiene que ser evacuado del frente, sin ninguna herida, simplemente por enfermedad, que es precisamente lo que ocurrió con el autor[4]. La gran desgracia de Ramón será morir lejos del frente, en la cama de un hospital, sin las botas puestas:

De tren a tren va la vida y aunque para un soldado partir no es morir un poco, sino vivir del todo, en aquel momento Ramón pensaba que se moría a chorros, generosamente, sin que la muerte le correspondiese con el honor de reservarle una hermosa ocasión de decir adiós al mundo que amaba […]. ¿Es Dios justo al matar así, así, tan pobremente, tan sin gloria, a un varón que lleva con coraje sus armas y soporta con valor las contrarias […]. Nada se reparte equitativamente, menos la muerte que se da a todos. Mentira, mentira: en la muerte hay clases y privilegios. No da igual morir que morirse. Ni da igual morirse a que lo maten a uno. Ni es lo mismo el garrote vil que el fusilamiento, ni el fusilamiento que el paseo canalla, ni éste que la muerte limpia de un buen tiro en la cresta (pp. 199-200).

Todo esto constituye el aspecto idealizado de la guerra y de la muerte. No obstante, en ocasiones, los personajes o el narrador se preguntan por el sentido de todo esto. Así razona Pozo: «Pero si morir en el combate es bello, ha de ser, también, bueno. O eso sirve para engrandecer la vida o es una canallada» (p. 179). Y el narrador corrobora sus palabras: «Tenía razón Pozo: o servía el morir para algo superior y hermoso o era un crimen matarse» (p. 182). La muerte, sin una razón que la explique, sería un absurdo sinsentido:

Era preciso justificar cada día la razón poderosa de la pelea. Sin una realización diaria del ideal agarrado a las banderas, España aparecería como una tierra muerta, sembrada de muertos; de muertos por nada, para los cuervos infames (p. 131; cfr. también las pp. 32, 155, 190 y 198)[5].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] De un tal Navarro se dice: «Si discute de política no admite más razón que la suya, lo cual es una excelente cualidad para andar por el mundo. Siendo él falangista, ¿cómo no han de serlo los demás?» (p. 100).

[3] El título de la tercera parte reza: «Bienaventurados los que mueren con las botas puestas». Para el tema de la muerte heroica, cfr. especialmente las pp. 199-202.

[4] En el prólogo a La fiel infantería, Madrid, Sala, 1973, pp. XCIII-XCIV, escribe García Serrano: «¿Qué más hubiera querido yo que en lugar de atacarme el bacilo del jodido Koch en el frente de Teruel me hubiesen obsequiado mis hermanos rojos con un buen balazo en el pecho?»; recoge la cita José Luis Martín Nogales, Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, p. 98.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.