Francia llora, llora el mundo

Dibujo de Benjamin Regnier.

Dibujo de Benjamin Regnier.

Ante un suceso tan brutal como el de los cobardes atentados terroristas de París, ocurridos la noche del pasado viernes, no se puede permanecer indiferente, nadie debe permanecer indiferente. Frente al vil terrorismo, no caben las medias tintas, ni los paños calientes: hay que mojarse, no vale el querer nadar y a la vez guardar la ropa… A varios colegas cervantistas la dura noticia de lo sucedido en París nos golpeó en nuestra última noche de estancia en Saint-Étienne, en cuya Universidad Jean Monnet habíamos celebrado durante dos días (el jueves 12 y el viernes 13) nuestro Coloquio Internacional «Cervantès et don Quichotte depuis le XXIe siècle / Cervantes y don Quijote desde el siglo XXI», amistosamente coorganizado por los equipos CELEC-EA 3069 (Université Jean Monnet de Saint-Étienne), GRISO (Universidad de Navarra) y CHER-EA 4376 (Université de Strasbourg).

Logo de Jean Jullien

Logo de Jean Jullien.

La locura y la sinrazón, literarias, de nuestro querido don Quijote, bien están; en cambio, la locura y la sinrazón, reales, de estos nuevos bárbaros del siglo XXI, solo sirven para causar un dolor inmenso y sin sentido, y todos nosotros (tanto los políticos como los ciudadanos de a pie) no podemos ni debemos permanecer indiferentes frente a ellas. El poeta Antonio Machado, en otras circunstancias históricas también dramáticas, escribió que «Es más difícil estar a la altura de las circunstancias que au-dessus de la mêlée». Confiemos en que, en esta nueva “contienda” (otros tiempos, otros métodos de combate…), todos sepamos estar “a la altura de las circunstancias”, cada uno en el lugar y desde la responsabilidad que le corresponda ocupar. Entre todos, con firmeza y unidad, con coraje pero sin ira ni deseo de venganza (sí del muy legítimo de justicia), lograremos vencer este terrorismo yihadista, igual que en España el terrorismo de ETA fue afortunadamente derrotado —tras décadas de dolor, sí, y tras décadas de lucha contra él también— por los valores representados por la justicia, la democracia y la libertad. No me cabe duda de que estamos en guerra, y creo que cuanto antes lo asumamos todos, mejor. Una guerra no convencional, esta de la yihad urbana, y una guerra —esto es muy importante destacarlo— que no se libra entre religiones o culturas. Es algo mucho más sencillo que eso, tan sencillo como una guerra entre la civilización y la barbarie, entre las luces de la razón y la ceguedad de la locura; en suma, una guerra —la eterna guerra— entre el Bien y el Mal. A mi parecer, las cosas se presentan aquí con claridad meridiana. De un lado están la paz, el progreso, los valores democráticos y la defensa de los derechos humanos (libertad, igualdad, fraternidad…), valores que no son exclusivos de ninguna religión o cultura, sino que en todas pueden tener cabida y desde todas deben ser defendidos. De otro lado están el odio, el fanatismo, la intolerancia y la opresión, males que también pueden darse, y de hecho se dan, en unas y en otras. Sencillamente, piense cada uno, y decida en conciencia, en qué lado del combate quiere estar en esta guerra…

Anuncios

Balance de dos años en la Ínsula

Isla de Galesnjak (Croacia)Ayer se cumplieron dos años de vida de esta Ínsula Barañaria, que echó a andar, un poco a la buena de Dios y sin saber muy bien qué rumbo exacto iba a tomar, el 19 de agosto de 2012. Durante estos dos años, he contribuido a la GRISOSFERA, la red de blogs de los investigadores y doctorandos del GRISO, entregando a razón de una entrada por día, sin faltar uno solo a la cita. En efecto, a la primera entrada siguió una segunda al día siguiente, y otra más al siguiente, y así sucesivamente, y lo que comenzó siendo una especie de desafío (el reto consistía precisamente en mantener ese ritmo de una entrada al día, como el periodista que tiene el compromiso de entregar una columna diaria…), se fue prolongando en el tiempo y adquiriendo visos de cotidianeidad. De esta forma, se han ido acumulando en el escritorio del blog, una detrás de otra hasta la de ayer, un total de 733 entradas, en las que por lo general he procurado alternar los temas del Siglo de Oro con otros correspondientes a la literatura moderna o contemporánea en el ámbito español (e hispánico, en general).

Y, ciertamente, el balance de estos dos años de vida de la Ínsula Barañaria no puede ser más positivo, con más de 163.000 visitas y cerca de 600 comentarios acumulados. Me alegra saber que muchos de los materiales entregados en esta Ínsula de Letras, la mayoría de los cuales tienen un enfoque eminentemente didáctico, han resultado de interés y utilidad para los lectores, e incluso han sido utilizados para la práctica de la enseñanza en distintos ámbitos educativos. Es algo que, en verdad, resulta sumamente gratificante. ¡Muchas gracias, de corazón, a todos!

Sin embargo, es igualmente cierto que este ritmo de una entrada diaria resulta difícil de mantener indefinidamente. El Gobernador de la Ínsula se cansa pero también, y esto sería sin duda peor, pueden cansarse los señores insulanos, lectores asiduos o visitantes esporádicos del blog. Con las entradas ya existentes hay acumulada una buena cantidad de materiales, a los que sin duda se seguirán sumando en el futuro otros más, pero a partir de ahora de una forma más espaciada en el tiempo.

Pregonero

Así pues, y en conclusión, se hace saber por este bando, para general conocimiento de todos los insulanos, que las próximas entradas irán apareciendo en la Ínsula de forma más esporádica, y sin el compromiso de mantener una determinada periodicidad. Siempre, eso sí, con la esperanza de seguir contando con la amable y necesaria complicidad de tantos lectores y amigos, sin los cuales este blog insular y barañario no tendría ningún sentido.

En la Ínsula Barañaria, a 20 de agosto de 2014

Carlos,
Gobernador

Nostalgia de la calle de mi infancia

(A mi madre, que hoy cumple años…)

El otro día volví a la calle de mi infancia y sentí nostalgia. Tal vez fuese la constatación del paso del tiempo: los años han pasado rápidos, y yo ya no era el niño aquel que, allá por los 70, jugaba en esa calle, sino un padre de cuarenta y cuatro años que iba a buscar a su hijo de nueve a un campamento de baloncesto. El caso es que, el pasar por la parte alta de la calle Goroabe, donde se cruza con la calle Sangüesa, en el barrio de La Milagrosa de Pamplona, me asaltó una repentina, inesperada e intensa nostalgia… Y ahora tengo un grave problema, porque me gustaría mucho escribir una entrada evocativa, nostálgica, a propósito de ello, pero no puedo, porque este un blog académico, y no uno personal.

CalleGoroabe1

Si yo fuera poeta, la cosa se resolvía enseguida, porque bastaba con  improvisar un soneto a la susodicha calle y todo quedaba resuelto en un pis pas. Y mira que no habíamos empezado mal, porque en el título me ha salido casi sin pensarlo un endecasílabo, y no exento del todo de ritmo y gracia. Pero, ay, la de la poesía es, como le pasaba a Cervantes, «la gracia que no quiso darme el cielo» (bueno, en mi caso no «la gracia», sino una de las muchas gracias…), así que ese camino está cerrado, y no seguirán los trece versos restantes («catorce versos dicen que es soneto», como bien sabían el gran Lope y una tal Violante).

No podré, por tanto, recordar aquí aquellos lejanos juegos de la infancia, cuando apenas había coches en las aceras de la calle Goroabe y adyacentes, y se podía jugar a canicas, al gua, o hacer por los bordillos la Vuelta ciclista a España con chapas convenientemente tuneadas con las fotos de los ciclistas de la época (cáscara de naranja, o miga de pan, para rellenar la chapa, la foto del corredor y por encima una lámina de plástico para cubrirlo todo). Tampoco podré evocar los inacabables partidos de fútbol en el hierbín cercano, de los que volvía a casa con los bajos de los pantalones embarrados y desgarros varios en la ropa (¡viejos pantalones con rodilleras, inolvidables jerséis con coderas!, ¿dónde estaréis ahora?), ni las inofensivas batallas con espigas, ni los rudimentarios tirabiques fabricados con una horquilla de madera, goma de neumáticos y un trozo de cuero; ni las horas jugando al bote-bote en el terreno conocido como el gallinero (porque hubo allí antiguamente una granja avícola), o al encierro, para lo cual nos servía de improvisado corralillo de toros la cabina de teléfonos del chaflán con Blas de la Serna. Ni podré traer aquí el recuerdo del parque infantil junto a la plaza de Santa Cecilia (los columpios, la barca, los dos toboganes, la pista de patinaje, que no servía para patinar, sino para jugar al fútbol…), escenario también de las épicas luchas de «Los dos contra el mundo»; ni recordar con nostalgia aquel lejano tiempo de la infancia en que nacieron las primeras grandes amistades (Fernando y Martín, sobre todo) y quizá, quien sabe, los primeros grandes enamoramientos (callo prudentemente los nombres).

CalleGoroabe2

Tampoco podré hablar de mis temores infantiles al pensar que mi madre no pudiera estar esperándome a la salida del cole (Colegio Nacional José Vilá Marqués, en la calle Tajonar); ni de profesores inolvidables como don José María Romera Perugorría (que en 5.º de EGB sacó a más de uno del paraíso de la inocencia al hacernos escribir una carta que comenzaba: «Ya sé que sois vosotros, papás, los que hacéis de Reyes Magos…»); ni de mis primeros trabajillos remunerados (con algunas chucherías) ordenando las botellas de vidrio vacías en Dulces Vicky, la tienda a la vuelta de casa donde tantas horas pasaba (sus amables y educados dueños, Vicky y Antonio, habían estado nada menos que en Australia, y eso, para la calle Goroabe, años 70, resultaba de un exotismo inusitado…); ni de aquella vez que saqué los dineros ahorrados en la hucha y los despilfarré comprando plutones ­y jugando a las máquinas de mandos (pin-ball) del bar La Bombilla…

Por desgracia, de nada de todo eso podré hablar aquí, ni tampoco, claro, de los afectos familiares, porque este es un blog académico, y no uno personal, y mi entrada «Nostalgia de la calle de mi infancia» habrá de quedar sin escribirse, en espera de encontrar un cauce de expresión más adecuado que este blog insular y barañario…

Semblanza de Ángel María Pascual (1911-1947)

Ángel María Pascual[1], nacido en Pamplona en 1911, fallecido en 1947, fue, ante todo, periodista. Como se ha señalado, en sus varios trabajos como articulista, dibujante y diseñador tipográfico en Diario de Navarra, Arriba España de Pamplona y la revista Jerarquía se encuentra la base de su producción literaria. Él mismo escribió a este respecto: «Yo veo la literatura a través de los oficios humildes y gloriosos de la tipografía y del periodismo». En efecto, después de afiliarse a Falange, fue fundador y director de Arriba España, y editor y artífice asimismo de Jerarquía. Desempeñó además otros cargos públicos: Delegado provincial de Educación Nacional de Navarra, Jefe provincial del Sindicato del Papel, Prensa y Artes Gráficas, Presidente de la Asociación de la Prensa de Pamplona, director de la Hoja del Lunes, concejal y teniente de alcalde del Ayuntamiento de Pamplona. Como periodista, mantuvo diversas secciones, por ejemplo en Diario de Navarra «Cymbalum Mundi» y «Tijerefonemas»; otra destacada columna suya fue «Silva curiosa de historias» (de 1931 a 1937). Colaboró en El Español con la sección «Cartas de Cosmosia», que son «breves artículos de actualidad vistos y tratados desde el prisma de una pequeña capital de provincia»[2]. Colaboró además en numerosas publicaciones: Juventud, Estafeta Literaria, Vida Vasca, Vértice, Santo y Seña y La Voz de España de Santiago de Chile.

Ángel María Pascual

Sus principales títulos literarios son Amadís (Madrid, Espasa Calpe, 1943), novela de tendencia anti-realista en la que acomoda el mito literario caballeresco a la historia coetánea (José Antonio Primo de Rivera es equiparado a Amadís); Don Tritonel de España (Bilbao, Departamento de Propaganda. Frente de Juventudes SEU, 1944); Capital de tercer orden. Versos del amor de disgusto (1947, con una segunda edición de 1971 y otra más reciente, en el año 1997, a cargo del Gobierno de Navarra); y ya póstumos: Catilina. Una ficha política (1948, con reedición de Barcelona, Sirmio, 1989); San Jorge o la política del dragón (1949, reeditada hace unos años junto con Eugenio o Proclamación de la primavera de Rafael García Serrano, Madrid, Fundación Editorial San Fernando, 1995); Glosas a la ciudad (Pamplona, Morea, 1963), que es una recopilación de artículos periodísticos de Arriba España escritos entre octubre de 1945 y abril de 1947 con semblanzas, recuerdos, paisajes, evocaciones nostálgicas, etc.; y Silva curiosa de historias (Pamplona, Pamiela, 1987), con introducción y selección de Miguel Sánchez-Ostiz. También es autor de una traducción del tratado De monarchia de Dante (Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1947). En los últimos años el Gobierno de Navarra está publicando —con estudios preliminares de Miguel Sánchez-Ostiz— las obras completas de este interesante, cuanto poco conocido, autor pamplonés, que incluso cuando desciende al terreno del panfleto de propaganda política —caso del Don Tritonel de Españaconserva en su prosa rasgos de buena literatura.

Es esta una curiosa obra de Pascual publicada como número 10 de una colección llamada «Ediciones para el bolsillo de la Camisa Azul». Comienza calcando las técnicas y estructuras narrativas de los viejos libros de caballerías: se refiere en ella la educación del niño Tritonel, que fue encontrado en el agua, dentro de un tonel, por el ermitaño Beltenebros, que antes había sido caballero y ahora vive en una isla deshabitada. Los consejos del anciano se mezclan con diversas reflexiones y evocaciones de la España imperial, cuyo espíritu trata de recuperar la Falange, de forma que el librito pronto degenera en panfleto político. Por su corta extensión podría ser una novela corta, pero es obra difícil de clasificar desde el punto de vista genérico —lo mismo que Amadís—, situada entre la literatura y la política.

De mucha mayor calidad literaria son sus Glosas a la ciudad (1963). Escribe Miguel Sánchez-Ostiz:

Los motivos de los escritos literarios de Pascual son los hechos más anodinos de la realidad cotidiana, los más intrascendentes o los más relevantes, mostrados siempre desde su cara oculta. […] Todo lo que en sus primeros artículos e incluso en su Amadís era una mezcla de clasicismo y barroco, con mayor predominio de este segundo, se transforma en sencillez en las glosas; una sencillez que no renuncia a la riqueza del lenguaje, a la descripción exacta, al detalle minucioso y a un lirismo nada banal, alcanzando la intensidad del poema en prosa. Pecarán a veces, si se quiere, de una nostalgia complaciente hacia un mundo amable, mucho más amable que la época concreta en que estas glosas fueron escritas; pero también expresan el deseo de una ciudad mejor, de una sociedad mejor. Podrá mostrarse irónico, humorístico, mordaz o melancólico o entusiasmado hacia las cosas y las gentes de su ciudad; pero al fondo […] siempre está la «Capital de tercer orden» que Pascual quiso mejorar[3].

En 1987 la editorial Pamiela publicó otra selección de artículos periodísticos de Pascual titulada Silva curiosa de historias, coincidiendo con la celebración de unas Jornadas (los días 14-17 de diciembre de ese año) con motivo del 50 aniversario de su muerte. Estas silvas son, en opinión de nuevo de Sánchez-Ostiz,

historias «inéditas y antiguas» de Pamplona, de los siglos XVI al XIX, que componen un mosaico de los oficios, las devociones, los afanes, las diversiones, los grandes y pequeños acontecimientos que dejaron su huella en los legajos, los personajes de primer y segundo orden, los hechos de armas de la ciudad, unas viñetas escritas en un estilo voluntariamente anacrónico, paródico de un lenguaje arcaico y llenas de humor[4].

Asimismo cabe destacar el interés de la poesía de Ángel María Pascual. Su poemario Capital de tercer orden constituye un retrato de una ciudad provinciana, cuya vida anodina y gris va quedando reflejada en los versos de estos poemas («Consumos», «La calle», «Café», «Melopea parda», «Mercado», «Un balcón», «Urinario», «Novillada», «Hotel», «Pesadilla», «Casas baratas», «Vitrina de fotógrafo», «Soledad», «Casino», «Entierro», «Juerga», «Viático en el suburbio», «Jardín público» y «Estación»). Las composiciones van precedidas de la siguiente indicación: «Cualquier coincidencia con una ciudad existente es siempre casual», y el libro se cierra con un poético —y desengañado— «Envío». El citado Sánchez-Ostiz, en su estudio preliminar a la reedición del poemario, ha señalado que los poemas de Capital de tercer orden son menos formales y culturalistas y más decididamente prosaístas que otros inéditos suyos:

Son distintos a cuanto había publicado Pascual hasta entonces y una vez más, imagino, habrían chocado con toda seguridad en la Pamplona de 1947. Resultaban sobrecogedores por su desesperanza, por su amargura, por su dolor de fondo, por la crudeza con que nombra las cosas en apariencia quietas del mundo entorno, por el desconcierto del poeta que sostiene esos versos[5].

Reproduzco un fragmento de «Melopea parda», que refleja el ambiente de una ciudad —Pamplona o cualquier otra de la primera posguerra— gris y llena de tedio:

Es la hora indecisa. Pronto los gatos pardos
y los cerros pardos
y los tejados pardos
y los mendigos pardos.
Todo es pardo.

Viste de pardo el tardo labriego
y el santero que lleva un Niño milagrero
y el peregrino que canta su «Deogracias»
nocherniego.
Todo es pardo.

[…]

Junto a la última farola crece un cardo.
Color de miseria, nacional tabardo.
Todo es pardo.
pardo, pardo, pardo, pardo, pardo.


[1] Ver para más detalles el trabajo de Juan María Lecea Yábar, «Ángel María Pascual (1911-1947)», Príncipe de Viana, septiembre-diciembre de 1998a, año LIX, núm. 215, pp. 859-874.

[2] Miguel Sánchez-Ostiz, en Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. IX, p. 45.

[3] Sánchez-Ostiz, en Gran Enciclopedia Navarra, vol. IX, pp. 46-47.

[4] Sánchez-Ostiz, en Gran Enciclopedia Navarra, vol. IX, p. 47.

[5] Sánchez-Ostiz, prólogo a Ángel María Pascual, Capital de tercer orden, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, p. 16.

Semblanza de Ignacio Arellano, corellano ilustre y universal

Hoy 29 de septiembre, día de San Miguel, entregaban al Prof. Ignacio Arellano el premio como Corellano del Año 2012 (Corella, ciudad de la Ribera de Navarra, es su localidad natal), y con tal motivo me pidieron que escribiera unas líneas acerca de él. Como fácilmente se comprenderá, no deja de ser un compromiso, y además grande, trazar una semblanza de quien es tu jefe: en primer lugar, porque se corre el riesgo de no acertar; y también, entre otras razones más, porque nunca faltará algún malpensado que, al leer la tal semblanza (donde a la fuerza habré de echarle algunas flores), quiera ver en ello un intento manifiesto y no nada sutil de hacerle la pelota… Y es que, al hablar de Ignacio, los elogios son forzosamente necesarios, pero no por ello espero ver aumentada mi nómina al final de mes… Con estas necesarias advertencias preliminares, paso a reproducir el texto escrito para la ocasión, incluido en el programa de fiestas de la Peña «El Tonel», y que es como sigue:

La verdad es que me ponen en un compromiso cuando me piden que escriba una semblanza de Ignacio Arellano en la que plasme «algún recuerdo que te haya contado de su localidad, de su familia, de su experiencia como profesor, algo entrañable que quieras destacar». Ciertamente, no me causaría demasiado problema trazar el perfil académico del profesor Arellano, Catedrático de Literatura Española, Director del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra, profesor visitante en numerosas universidades de todo el mundo, autor de unos ciento sesenta libros sobre literatura española y de más de trescientos artículos en revistas científicas, miembro de las Academias de la Lengua española de Chile y Bolivia, etc. Eso sería bastante fácil, pero no es eso exactamente lo que se me pide, sino una semblanza más personal, pensada para un público corellano, y eso resulta ya un poco más complicado.

La personalidad de Ignacio Arellano, como el teatro del Siglo de Oro que él tan bien conoce, presenta muchas facetas: está, por supuesto, la figura académica de profesor e investigador, siempre rodeado de libros que se leen por gusto o por obligación (a veces por ambas razones a la vez), y siempre escribiendo sobre aquello que se ha leído (también en su perfil de Facebook o en su blog personal, «El jardín de los clásicos»). Muy ligada a la anterior va la faceta del viajero/aventurero que continuamente se desplaza a los más variados puntos del globo terrestre. No hay que olvidar tampoco su calidad de poeta, aspecto este quizá desconocido para muchos: no es que se prodigue demasiado en este terreno, ni por supuesto él va por la vida ejerciendo de poeta, pero burla burlando ahí están sus tres poemarios ya publicados: Vivir es caminar breve jornada (1991), Canto solo para Lisi (1997) y Los blues del cocodrilo (2006), en los que es fácilmente detectable la influencia de los clásicos. Y luego está, en fin, el aspecto más íntimo del hombre en su entorno familiar y de amistades. Así pues, a la fuerza ha de ser esta la semblanza de un hombre con múltiples perfiles: profesor e investigador infatigable, lector empedernido, viajero y aventurero, poeta, bloguero… y también hombre de su casa y de su familia. Y es que Ignacio Arellano abarca mucho y, contradiciendo el refrán, aprieta también mucho en todo lo que abarca.

De su actividad académica no diré mucho. A sus alumnos de la Universidad puede transmitir quizá la imagen de un profesor serio y reservado. Sin embargo, cuando lo has tratado de cerca, esa impresión cambia por completo. Podría decirse que Arellano gana en las distancias cortas y así, cuando hay confianza, aparece enseguida el hombre cercano, buen amigo de sus amigos, preocupado siempre por los demás, que hace gala de buen humor y de una fina ironía muy quevediana (una tesis doctoral sobre el satírico autor barroco imprime carácter…). Rasgos destacados de su personalidad son su brillante inteligencia, su inagotable capacidad de trabajo (es un verdadero currela del Siglo de Oro), su visión siempre clara y atinada a la hora de analizar las cosas. También eso que ahora llaman capacidad de liderazgo, y que toda la vida se ha dicho saber mandar: en efecto, el profesor Arellano manda, y manda mucho, pero es que para mandar hay que saber hacerlo. Él es, sin duda alguna, el motor central que pone en marcha la compleja maquinaria del GRISO… Pero no me quiero extender más en esto, para que no se diga que la semblanza se sale de unos límites razonables y pasa al terreno del panegírico.

Es Arellano lector insaciable, y con una prodigiosa y envidiable memoria: no es solo que haya leído muchísimo, sin descanso; es que recuerda con detalle los personajes, temas, datos y circunstancias de todas sus lecturas. En las conversaciones de sobremesa, no le gusta hablar de las oposiciones ni de otras batallitas académicas al uso, sino de aquello que verdaderamente le apasiona: los libros, las películas, la música, los viajes, la vida…; y de los libros, no solo los clásicos, sino también la novela negra o el género de la ciencia ficción. En cierta ocasión le preguntaron en una entrevista para Nuestro tiempo: «¿Vd. no sale de casa sin…?», y su sabia respuesta fue: «Sin un libro, por lo que pueda pasar…».

Hablar de aspectos familiares, y sobre todo de su relación con Corella, es más complicado para mí, pero saldré del paso recurriendo a su propio testimonio recogido en un poema dedicado a su amigo Javier Peñas, donde enumera una serie de materiales para elaborar una composición poética, los cuales son recuerdos y vivencias personales: «las campanas de fiesta, el camino del río»; «mi padre, que cantaba la misa de Perossi (yo empujando el fuelle del órgano en el coro)»; «una trilla nocturna, lejana, con mi abuelo Esteban»; «paisaje con mi caballo en el Ontinal, un gran álamo blanco riberas del Alhama»; «los cerezos en flor, sin hojas, con abejas, el pino de la huerta repleto de pájaros, la hierba quemada, aquel olor»; «la trombosis de mi madre, el invierno, las botas coloradas de mi padre, de media caña, de cuero fino». Son instantáneas de la memoria íntima o, como se indica en el propio poema, «una especie de mosaico de motivos, más o menos articulados por la nostalgia». Hombre preocupado por la familia (esposa, cinco hijos…), así lo constata el final de esa misma composición, que se entrevera con un eco quevediano: «y la belleza mortal de tu perfil / y la estatura creciente de nuestros hijos / y las azadas del momento y de la hora / y mi temerosa y frágil felicidad, / etc.».

Recordaré que Ignacio siempre comenta que la India, el país que más le ha atrapado, le gusta tanto porque le recuerda su infancia rural en Corella: la labranza y la cosecha, los aperos y trabajos del campo, los viejos oficios artesanos… No en balde inició la carrera de ingeniero agrónomo, y ahora su huerta en Belascoáin constituye uno de sus lugares predilectos de descanso y desconexión del trabajo, un verdadero locus amoneus. Hombre de gustos sencillos (nada de refinados manjares; de postre, siempre fruta…), su vieja cartera de cuero (la última que fabricó el Cabecilla, el último guarnicionero que hubo en Corella) le ha acompañado, repleta de libros, en sus innumerables viajes, que le han llevado desde Pelechuco o las selvas del Madidi en Bolivia hasta el interior de Senegal, pasando por Cúcuta, Cuzco, Fez o Arunachal Pradesh, entre otros muchos destinos. En todos esos sitios la gente se ha enterado de algunas noticias sobre el Siglo de Oro, y de que el profesor Arellano venía de Corella, una ciudad española en la Ribera de Navarra.

Las líneas precedentes constituyen una de las muchas semblanzas posibles de Ignacio Arellano; alguien que la escribiese desde Corella habría podido aportar un enfoque diferente (más topónimos y apodos, viejas anécdotas de sabor local…). Sea como sea, el profesor Arellano, Ignacio, es sin lugar a dudas un corellano ilustre y universal, y aunque sus viajes lo llevan con frecuencia muy lejos de su ciudad natal, estoy seguro de que, esté donde esté, lleva siempre a Corella en su corazón.

Siniestro Caravinagre, de Jesús Carlos Gómez Martínez

Este año, el kiliki Caravinagre de Pamplona se ha hecho universalmente famoso porque ha protagonizado el cartel de las fiestas de San Fermín, «que son en el mundo entero / unas fiestas sin igual». ¡Riau, riau!

Aquí tienen ustedes a Caravinagre en una foto correspondiente a estas fiestas del 2012, y podrán comprobar que ni siquiera tan honrosa distinción ha logrado dulcificar la expresión de su cara:

Por mi parte, he tenido el placer de prologar el nuevo libro del escritor navarro Jesús Carlos Gómez Martínez, Siniestro Caravinagre (Pamplona, Ediciones Eunate, 2012), una divertida novela en la que el autor nos desvela todos los delitos y maldades del odioso personaje que se oculta bajo la personalidad del tal kiliki.

Reproduzco a continuación ese prólogo, que en el libro se presenta bajo el título «Gómez Martínez versus Caravinagre»:

El despiadado enfrentamiento entre el autor de este libro, Jesús Carlos Gómez Martínez, y el famoso Caravinagre viene de tiempo atrás y, a tenor de esta nueva entrega literaria, su lucha va camino de convertirse en un combate con tintes épicos.

Todo se remonta al año 1997, cuando nuestro amigo Jesús Carlos nos puso sobre aviso. En una columna periodística calificó a este personaje de “plaga”, y atribuyó su rictus a su alimentación (rica en bombillas, clavos, tuercas y alfileres) y a sus antecedentes criminales y carcelarios.

Más tarde, en 2001, Jesús Carlos se atrevió a contarnos La verdadera historia de los kilikis de Pamplona. En ese libro, hoy agotado, a través de seis breves e ingeniosísimas semblanzas, nos revelaba la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad acerca, no solamente de Caravinagre, sino también de Barbas, Patata, Napoleón, Verrugas y Coletas, bajo cuyas deformes cabezotas se ocultan seis desalmados canallas.

De todos estos facinerosos, Caravinagre es, sin el menor asomo de duda, el más avieso y peligroso, un gánster sin escrúpulos, la auténtica bestia negra de Jesús Carlos, que ha dedicado las últimas décadas al cultivo de la literatura y, especialmente, a la investigación sobre la desbordante actividad criminal de este “kiliki”.

Con la publicación de Siniestro Caravinagre, Jesús Carlos Gómez Martínez nos demuestra que durante este tiempo ha seguido jugándose la vida en pos de la verdad y nos brinda pruebas irrefutables y testimonios únicos y sorprendentes que desenmascaran definitivamente al odioso Caravinagre y que convencerán a todos aquellos que todavía pudieran tener alguna duda sobre la auténtica personalidad de este sujeto.

Hoy Jesús Carlos nos ofrece de nuevo la cruda realidad, y con ello pone de relieve que nos hallamos ante un escritor comprometido, todo un héroe, sin duda; un escritor al servicio de la verdad, que no se arruga ante nada ni ante nadie, tampoco frente a Caravinagre, siempre rodeado de adláteres y sicarios de la peor ralea, que sigue dándole gusto al gatillo de su metralleta y haciendo correr ríos de sangre, y al que le molesta de veras (atención) que lo llamen “feo”.

En este nuevo libro, como en otros anteriores del autor, vuelven a enlazarse varios elementos claves en su producción literaria, a saber: la fantasía, la ironía, el suspense y —de manera indirecta, en esta ocasión— el tema sanferminero. Eso sí, la acción del relato no ocurre solo en Pamplona; sucede también en el Nueva York de 1927 —en plena «ley seca»—, donde «el asesino de la micción», nuestro Caravinagre, impone su ley.

El humor está muy presente a lo largo del libro, en la propia concepción hiperbólica y grotesca de los personajes y de la acción, en los disparatados sucesos que se nos presentan (por ejemplo, los gánsters que se entretienen jugando al parchís y con otras diversiones infantiles), y también por medio de algunos guiños navarrizantes (así, el camión que transporta rabos de boinas en plena ciudad de Nueva York) o, en el plano estilístico, a través de juegos de palabras consistentes en la deformación de frases hechas.

Gómez Martínez tiene algunas otras novelas ya escritas, también comprometidas, que pronto verán la luz. Eso, claro, si no le alcanza antes la venganza de Caravinagre. Porque, a día de hoy, nuestro amigo Jesús Carlos sigue siendo un escritor perseguido; un escritor que investiga, narra y huye. Con su enemigo al acecho, no le queda otro remedio…

Mi perro Oker, el Guardián de la Ínsula

El otro día, en la primera entrada del blog, aludía a la Princesa y a los dos Guerreros de la Ínsula. Se me olvidó (¡olvido imperdonable!) mencionar también al «galgo corredor», que en realidad no es galgo, ni tampoco demasiado corredor: me refiero a Oker, un petit grifón vendeano, que es el Guardián de la Ínsula.

Mi perro Oker (palabra que en vascuence significa travieso…, o bien deforme, mal hecho, pero que en cualquier caso constituye un nombre músico, peregrino y significativo para un can) es noble por los cuatro costados. Y no lo digo solo porque haya nacido en León, sino también porque tiene el pedigree que acredita su raza y su afamada ascendencia. No es, pues, chucho callejero, ni quiltro mestizo, ni mucho menos «perro vago». Si por casualidad le fuera concedido el don de la palabra, como a los célebres Cipión y Berganza, él mismo podría hacerse de los godos, contándonos quiénes fueron sus padres y abuelos y trazando, en suma, el cuadro de su ilustre (que no pícara) genealogía.

Mi perro Oker llegó a la Ínsula por voluntad de la Princesa, quien logró vencer mis reticencias iniciales. Eso fue hace ya algunos años, cuando aún era cachorro, y aquí sigue. Siendo noble, como sin duda lo es, se ha convertido en un perro aburguesado, muy señor de su casa: él es quien más ha disfrutado del sofá durante todos estos años; podría decirse que duerme más que las mantas, y sus principales obligaciones se reducen a vigilar la Ínsula en nuestra ausencia. Cuando estamos en casa, disfruta de nuestra compañía y le gusta tumbarse al lado mientras uno ve la tele o lee en el balcón.

Mi perro Oker, seguramente, no sabe hacer demasiadas cosas. Obedece, sí, las órdenes de estarse quieto, de sentarse y de dar la patita. Ladra cuando uno contesta al timbre del portero automático. Nunca conseguí que hiciese aquello de ir a buscar y traer el palito o la pelotita, pero debo decir en su descargo que tampoco lo entrené demasiado en ese ejercicio que tanto gusta a muchos de sus congéneres. Además, ha tomado el mal hábito, cuando te descuidas, de robarse de la mesa la comida que ha quedado olvidada. Una cosa buena tiene, y es que me obliga a hacer un poco de ejercicio todos los días, sacándolo a pasear mañana, tarde y noche por los confines de la Ínsula.

Mi perro Oker es muy tranquilo y tiene buen carácter. Es muy bueno con los niños: se deja acariciar en el parque por la chiquillería y, sobre todo, soporta de buen grado todas las “perrerías” que le hacen los Guerreros de la Ínsula. Nunca se le ha conocido un mal gesto o una protesta.

Mi perro Oker, pese a su comentado aburguesamiento, conserva intacto su innato instinto de cazador: ventea, olfatea la tierra y da gusto ver cómo se para cuando ha localizado una posible presa (aquí me vendría bien haber leído recientemente a Delibes, para introducir algunas palabras más del léxico cinegético, pero no es el caso)… Cuando estamos en la calle, muchas veces oigo con orgullo los elogios que le dedican, del siguiente jaez: «¡Qué bueno tiene que ser este para el jabalí y el conejo!». Sin embargo, ay, hemos hecho de nuestro Oker un perro de casa, y no de caza.

En definitiva, mi perro Oker, el Guardián de la Ínsula, tiene sin duda muchas cosas buenas. Pero lo que más me gusta de él es su mirada leal y, sobre todo, la cara de buena persona que tiene…

Postdata: -Oker, ¿qué me quieres decir con esa miradita que me lanzas ahora? Ah, ¿que si leerá el blog alguna perrita que pueda ver tu foto y quiera ser tu novia? Olvídate, galán, que este es un blog académico y muy serio…