«El Pelayo» y «El diablo mundo» de Espronceda

Comentábamos[1] que José de Espronceda es autor de tres poemas extensos: El Pelayo, El diablo mundo y El estudiante de Salamanca. En esta entrada ofreceré algunas notas de los dos primeros, que quedaron inconclusos, dejando para más adelante lo relativo a El estudiante de Salamanca.

El fragmento de El Pelayo es un poema épico juvenil en octavas reales corregido por Alberto Lista (similar a Florinda del duque de Rivas). Como ha señalado la crítica, contiene formas e imágenes neoclásicas, aunque apunta ya en él una nueva intención expresiva.

El diablo mundo es un poema disperso, que quedó sin terminar porque al autor le sorprendió la muerte. Fue publicado en cuadernillos desde 1840. Lo forman más de 8.000 versos polimétricos, distribuidos en una introducción y siete cantos. Se trata de un ambicioso poema lírico, filosófico y social, de tono alegórico-simbólico, una epopeya de la vida humana. Espronceda intenta reflejar toda la existencia del hombre a través de las aventuras del protagonista, que simbólicamente se llama Adán ‘el hombre’, como resume esta estrofa:

Nada menos te ofrezco que un poema
con lance raro y revuelto asunto,
de nuestro mundo y sociedad emblema,
que hemos de recorrer punto por punto
si logro yo desenvolver mi tema;
fiel traslado ha de ser, cierto trasunto,
de la vida del hombre y la quimera
tras de que va la humanidad entera.

El diablo mundo, de José de Espronceda

A Adán se le permite elegir entre la muerte (que supone el conocimiento de la verdad y la esencia de todo) y la vida eterna. Elige esto último y enseguida comprende que ha cometido un error, porque se ve rodeado de amarguras, tristezas y dolores. El poema es un tapiz complejo: se compone de trozos narrativos, de fragmentos corales, etc. Canta aspectos diversos de la condición humana, con una actitud pesimista. El segundo fragmento es el famoso Canto a Teresa (elegía que mezcla la ternura amorosa y el satanismo), transposición lírica de su desgraciada relación amorosa con Teresa Mancha: el amor intenta llenar el vacío que dejan la fe, la religión o la razón, pero está abocado al fracaso.


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Anuncios

Espronceda, novelista histórico: «Sancho Saldaña» (1834)

José de Espronceda (1808-1842) es autor de una sola novela que ha merecido —creo— la atención de la crítica más por el nombre de su autor que por su calidad literaria intrínseca. Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar. Novela histórica original del siglo XIII[1] fue redactada durante su destierro en aquel lugar y quizá de esta circunstancia de no poder trabajar con la calma y el detenimiento deseables se resienta en el plano estructural; en efecto, la novela no es sino una sucesión de cuadros sueltos, de distintos lances y aventuras, hilvanados únicamente por la presencia de los mismos personajes protagonistas.

Sancho Saldaña, de Espronceda

Además, Espronceda no es novelista, de forma que los principales valores de su creación hay que buscarlos en el hecho de que Sancho Saldaña sea posiblemente un trasunto de su autor. Si ello es así, si ese personaje atormentado y embriagado por la melancolía refleja el carácter de Espronceda, podemos considerar que su obra enriquece la novela histórica, al introducir en ella el planteamiento de los problemas personales del autor. Habría que señalar, además, otras coincidencias con sus poesías: el tono lírico y pesimista general; un amor que pudo ser salvador pero que, al hacerse imposible, termina por destruir a quien lo siente; la presencia de la naturaleza agitada o en calma en paralelismo o contraste con el estado de ánimo de los personajes; la aparición de personajes «fuera de la ley», como el bandido generoso apodado el Velludo, etc.[2]


[1] Se escribió para la famosa colección de Repullés y Delgado y se publicó, junto con El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra, el año 1834; existe una edición ampliada de 1870, debida quizá a Julio Nombela, que ha creado ciertos problemas a la crítica sobre la autoría de lo añadido. Cfr. Ricardo Navas Ruiz, El Romanticismo español, Salamanca, Anaya, 1970, p. 167 y el «Estudio preliminar» de Ángel Antón Andrés a Espronceda, Sancho Saldaña, Madrid, Taurus, 1983, quien dedica un apartado a «La novela y sus dos versiones».

[2] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Espronceda, poeta romántico: «Sólo en la paz de los sepulcros creo»

Ante todo y sobre todo, José de Espronceda es poeta lírico[1]. En efecto, el grueso de su obra lo componen sus poesías. Son unos cincuenta poemas líricos y tres textos narrativos, dos de ellos incompletos. El autor parte de unos comienzos neoclásicos y acaba con un tono plenamente romántico: hay ya un abismo entre él y Martínez de la Rosa o el duque de Rivas (entre las dos generaciones de románticos). En Espronceda, lo que queda de neoclásico es ya un mero residuo marginal correspondiente a su época de juventud. Es notable su traducción juvenil del «Beatus ille» de Horacio y se recuerda su sátira anticlasicista «El pastor Clasiquino» (1835).

José de Espronceda

Su poesía circuló en copias manuscritas, se difundió a través de lecturas públicas y se imprimió en periódicos y revistas. Luego fue recopilada en volumen en 1840. El libro Poesías de don José de Espronceda, publicado por sus amigos, reúne composiciones juveniles de aire neoclásico y otras románticas. Junto a la originalidad de algunos asuntos y la experimentación poética, destaca el tratamiento de algunos temas típicamente románticos, como el dolor o el desengaño. Sus composiciones se pueden separar en varios grupos:

1) Poemas políticos y patrióticos: «Canción patriótica», «A la muerte de don Joaquín de Pablo», «A la muerte de Torrijos», «¡Guerra!», «A la patria. Elegía», «El dos de mayo», «A la traslación de las cenizas de Napoleón», «El desterrado», «Muerte a los carlistas». Son composiciones cívicas y de militancia.

2) Poesías amorosas: en piezas como «Serenata», «A una dama burlada», «El pescador», «Soneto» o «A Matilde» encontramos motivos neoclásicos, que a veces sirven para expresar circunstancias y sentimientos personales. Tras la ruptura con Teresa, aparece una nueva interpretación del amor, considerado como «mentida ilusión» (hastío, desengaño, muerte…). En opinión de Casalduero, en este grupo de poesías subjetivas, «Espronceda no analiza su yo, pone al descubierto su dolor»[2].

3) Las canciones: la «Canción del pirata», «El canto del cosaco», «El mendigo», «El reo de muerte» y «El verdugo» constituyen el grupo de poemas más famosos y significativos de Espronceda. En ellos presenta a personajes marginales, aislados de la sociedad, que muestran una actitud de rebeldía frente a toda norma de conducta; son símbolos de la lucha por la libertad absoluta o contra las convenciones sociales. Cabe destacar el magnífico manejo del ritmo en estas cinco composiciones, como ha puesto de relieve Casalduero:

Espronceda ha reducido el mundo a sentimiento y el sentimiento a ritmo, un ritmo ágil, sonoro, lleno de color que se pliega a la emoción, a la mirada y al gesto. Ritmo incorporado a una figura[3].

4) Poemas filosóficos: destaca entre ellos el «Himno al sol» (el único exclusivamente filosófico). Trata del anhelo de todo lo eterno y durable, en contraste con la inutilidad y fugacidad del hombre (el poeta viene a decirnos que nada es eterno, ni siquiera el sol). Otro poema, «Óscar y Malvina», es con el anterior uno de los raros ejemplos de la imitación de Ossian en España.

Los poemas de Espronceda constituyen lo más logrado de la poesía romántica española (antes de Bécquer). La visión pesimista que se aprecia en su novela Sancho Saldaña apunta de forma muy clara en estos poemas:

A mí tan sólo penas y amarguras
me quedan en el valle de la vida;
como un sueño pasó mi infancia pura,
se agosta ya mi juventud florida.

(«A una estrella»)

Y encontré mi ilusión desvanecida
y eterno e insaciable mi deseo:
palpé la realidad y odié la vida.
Sólo en la paz de los sepulcros creo.

(«A Jarifa en una orgía»)

Como apuntaba en una entrada anterior, se ha exagerado bastante la deuda de la poesía de Espronceda con Byron y otros modelos extranjeros. En general, no cabe duda de que estamos ante un poeta muy original. Una valoración de conjunto nos la ofrecen Felipe Pedraza y Milagros Rodríguez:

En los versos de Espronceda encontramos ramplonerías, martilleos rítmicos, textos carentes de expresividad…; pero junto a esto, momentos felicísimos, densos, reveladores de la compleja estructura de la realidad humana. Las piezas capitales, junto a bisutería barata que puede aportar cualquier poetastro, contienen sugerencias, intensos matices que sólo un gran poeta nos puede ofrecer[4].

Espronceda es autor también de tres poemas extensos, dos de ellos inconclusos: El Pelayo y El diablo mundo; el tercero es El estudiante de Salamanca. Pero estas piezas merecen comentario aparte.


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

[2] Joaquín Casalduero, Espronceda, Madrid, Gredos, 1961, p. 219.

[3] Casalduero, Espronceda, p. 171.

[4] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. VI, Época romántica, Tafalla, Cénlit, 1982, p. 518.

Obras de Espronceda: teatro, narrativa y artículos periodísticos

José de Espronceda cultivó muy variados géneros literarios: el poema épico, la novela histórica, el periodismo, el teatro, pero destaca sin duda alguna como poeta. En esta entrada repasaré brevemente sus principales aportaciones en teatro, narrativa y artículos, dejando para otra próxima su poesía.

Su acercamiento al teatro fue de forma ocasional. Podemos recordar tres piezas[1]. La primera es Ni el tío ni el sobrino (1834), comedia redactada con Antonio Ros de Olano, de tono moratiniano (presenta semejanzas notables con El sí de las niñas). La segunda, Amor venga sus agravios (1838), escrita en colaboración con Eugenio Moreno López, apareció bajo el seudónimo Luis Senra Palomares y es un drama histórico en prosa ambientado en tiempos de Felipe IV. En fin, Blanca de Borbón (redactada hacia 1831-1833) es la pieza más valiosa, anterior a las otras dos, aunque no llegó a estrenarse y se publicó en 1870 por iniciativa de la hija del poeta. Marrast la cree compuesta hacia 1831; sería por tanto una obra de juventud escrita en el exilio. En cuanto al tema, la obra cuenta la relación amorosa de Pedro I el Cruel y doña María de Padilla, que lleva al monarca a encerrar y más tarde asesinar a su esposa Blanca de Borbón.

Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar (1834) es una novela histórica protagoPortada de Sancho Saldañanizada por Sancho Saldaña, el típico héroe romántico desesperado y pesimista: ante el vacío de su alma, pretende recuperar la fe en el amor: Sancho aspira, en efecto, a hacer suyo el corazón de Leonor de Iscar, y ese sentimiento se le presenta como una posible salvación vital, pero al final se revela como un imposible. Está, por un lado, la rivalidad existente entre la mora Zoraida y Leonor. Por otra parte, Sancho es enemigo del padre de Leonor, pues pertenecen a familias enfrentadas en el contexto de las luchas nobiliarias castellanas. El autor juega con abundantes recursos de intriga: la supuesta Zoraida resulta ser Elvira Saldaña, hermana del protagonista; al final, Leonor y Sancho se casan, pero Zoraida clava un puñal a la joven esposa y Saldaña ingresa como religioso en La Trapa.

De entre su producción narrativa podemos destacar también un cuento fantástico titulado «La pata de palo» (1835). Espronceda es autor asimismo de varios artículos periodísticos como «Destrucción de nuestros antiguos monumentos artísticos» o «El ministerio Mendizábal» (1836)[2].


[1] Sin embargo, hay que concluir con Ricardo Navas Ruiz que «Ninguna de las tres obras dramáticas de Espronceda supera lo mediocre» (El Romanticismo español, 4.ª ed. renovada, Madrid, Cátedra, 1990, p. 226).

[2] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Sobre la originalidad literaria de José de Espronceda

La entrada de hoy[1] será muy breve, en torno a la muy debatida originalidad de la producción literaria de José de Espronceda. Antonio Ferrer del Río, en su Galería de la literatura española, recoge una curiosa anécdota: en cierta ocasión le preguntaron al conde de Toreno si había leído a Espronceda: «No —respondió—, pero he leído a Byron».

Lord Byron

También Enrique Gil y Carrasco, Patricio de la Escosura y Juan Valera señalaron esa influencia como rasgo notable. El tema ha dado lugar a abundante bibliografía, pero unas palabras de Ricardo Navas Ruiz me servirán para resumir —por hoy— la cuestión:

En principio, cabe estar de acuerdo con las conclusiones generales de Churchman, completadas parcialmente por Pujals. Byron y Espronceda coinciden en una serie de actitudes: ambos se muestran escépticos ante la explicación cristiana de la vida; pero Espronceda resulta menos intelectual y con menos interés en cuestiones teológicas. Ambos son pesimistas ante la vida, que desprecian: todo es mentira, todo es nada. Ambos son liberales, pero Espronceda más sinceramente. Ambos adoptan un tono filosófico y moral en oposición a los dogmas vigentes, lleno a veces de sutil humorismo. Ambos ofrecen algunas técnicas semejantes: expresión del yo, digresiones en poemas extensos, plan desordenado.

Tales coincidencias no suponen influencia de Byron en el poeta español, a pesar de que éste supiera inglés y conociera y admirara la obra del autor de Don Juan. El byronismo es una constante romántica, que pudo llegar a Espronceda del puro ambiente. Por lo demás, hay entre los dos diversas diferencias: Espronceda es un ardiente patriota; Byron critica a su país. Espronceda tiene un sentido social, que le lleva a reivindicar tipos populares y marginales; Byron es un aristócrata. A Espronceda no le interesan los asuntos históricos ni Grecia como a Byron; Espronceda vence a Byron en armonía y lirismo, y Byron supera a Espronceda en profundidad de pensamiento y fuerza narrativa[2].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

[2] Ricardo Navas Ruiz, El Romanticismo español, 4.ª ed. renovada, Madrid, Cátedra, 1990, pp. 229-230.

José de Espronceda: retrato físico y carácter

Un buen retrato físico de José de Espronceda, el célebre poeta romántico, es el que nos dejó el dramaturgo José Zorrilla, que viene a coincidir con el de los pintores Manuel Arroyo y Antonio María Esquivel:

La cabeza de Espronceda rebosaba carácter y originalidad. Su cara pálida por la enfermedad, estaba coronada por una cabellera negra, rizada y sedosa, dividida por una raya en medio de la cabeza y ahuecada por ambos lados sobre las orejas, pequeñas y finas, cuyos lóbulos inferiores asomaban en rizos. Sus cejas, negras, finas y rectas, doselaban sus ojos límpidos e inquietos, resguardados por riquísimas pestañas; el perfil de su nariz no era muy correcto… Su mirada era franca, y su risa, pronta y frecuente, no rompía jamás en descompuesta carcajada[1].

Retrato de José de Espronceda

Por lo que toca a su carácter, recordaré esta opinión de Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres:

La sucinta relación biográfica que antecede pone de relieve el espíritu inquieto, aventurero, movedizo y bullidor del poeta. Una imagen mítica, pero algo alejada de la realidad, ha hecho de Espronceda el símbolo de comportamiento antiburgués, de la ruptura con los valores de la clase media. Creemos que es sacar las cosas de quicio. Su personalidad y su obra son, sin duda, el más fiel reflejo de la burguesía española de su tiempo[2].

En efecto, se creó en su época la leyenda de un personaje aventurero, tarambana y calavera; hay en ello algo de autenticidad, pero parece que se trata más bien de una pose romántica y bohemia. Esa falsa leyenda es debida en parte a las opiniones de Antonio Ferrer del Río, quien trazó la semblanza del poeta en su Galería de la literatura española (1846):

Impetuoso el cantor de Pelayo y sin cauce natural a su inmenso raudal de vida, se desbordó con furia gastando su ardor bizarro en desenfrenados placeres y crapulosos festines: a haber poseído inmensos caudales, fuera el Don Juan Tenorio del siglo XIX […]. Gallardo de apostura, airoso de porte y dotado de varonil belleza, le hacía aún más interesante la tinta melancólica que empañaba su rostro: cediendo a los impulsos de su corazón, centro de generosidad y nobleza, pudiera haber figurado como rey de la moda entre la juventud de toda ciudad donde fijara su residencia; mas, abrumado por sus ideas de hastío y desengaño, pervertía a los que se doblaban a su vasallaje. Hacía gala de mofarse insolente de la sociedad en públicas reuniones, y a escondidas gozaba en aliviar los padecimientos de sus semejantes; renegaba en la mesa de un café de todo sentimiento caritativo, y al retirarse solo, se quedaría sin un real por socorrer la miseria de un pobre. Cuando Madrid gemía desolado y afligido por el cólera morbo, se metía en casas ajenas a cuidar los enfermos y consolar los moribundos. Espronceda en su tiempo venía a ser una joya caída en un lodazal donde había perdido todo su esmalte y trocádose en escoria. Se hacía querer de cuantos le trataban y a todos sus vicios sabía poner cierto sello de grandeza: hace tres años y medio que le lloramos sus amigos; desde entonces luce de continuo sobre su sepulcro una guirnalda de siemprevivas[3].

También tuvo Espronceda fama de impío, de cínico (quizá por transposición a su persona de las características, acciones y palabras de algunos de sus personajes, como el don Félix de Montemar de El estudiante de Salamanca). El marqués de la Pezuela afirmó de él que fue un buscarruidos[4] y, de hecho, se recuerdan algunas travesuras proverbiales, como las protagonizadas por la célebre «Partida del Trueno». Pero, como ha escrito Alonso Cortés,

Patricio de la Escosura, íntimo amigo de Espronceda, conocedor perfecto de su persona y hechos, se encargó de desmentir en cuatro palabras la fama de impiedad, cinismo y vida desenfrenada que siguió al autor de El diablo mundo después de su muerte, y que fue originada en parte por los convencionales alardes románticos del mismo poeta, y en parte por la nociva admiración de algunos de sus amigos, románticos de tumba y hachero, que de ese modo creyeron darle una aureola más gloriosa. Con amplitud habló de este asunto José Cascales. De la bondad, generosidad y nobleza que encerraba el alma de Espronceda, están convencidos cuantos le conocieron[5].

Aunque extensa, merece la pena reproducir asimismo esta cita del propio Escosura:

Hubo una época de su vida en que el desdichado Espronceda, porque en amor se había engañado, y a más de una Jarifa después trató acaso duramente, aunque no tan mal como todas ellas lo merecían, llegó, no diré a creerse, pero sí a desear que el mundo le creyese un segundo Don Juan Tenorio; pero yo debo aquí declarar en voz muy alta, porque así me consta, porque así lo creo en conciencia, porque así cumple a la justicia a los muertos debida, porque, en fin, así lo exige la honra de un nombre que me interesa mucho como literato, más como español, y, más todavía que por todo eso, porque los nietos del autor de El estudiante llevan juntamente, y antes que el apellido de Espronceda, el de Escosura; debo declarar, repito, que no conozco, que no hay, que es imposible citar en la vida de mi caro amigo una sola circunstancia que le haga capaz del dictado de segundo Don Juan Tenorio, excepción hecha de su varonil apostura y de las muchas dotes que para ser amado tenía. Caballero a toda ley con hombres y mujeres, buen hijo, tierno padre, entrañable amigo, ¿dónde están los varones por él engañados?, ¿dónde las doncellas por él seducidas y burladas?, ¿cuáles son sus sacrílegas tropelías? —No se confundan, no, porque son cosas muy distintas, las pasiones ardientes, las calaveradas excéntricas, las frases tan temerarias como se quiera, y hasta las inconveniencias mismas de un mozo, por comunes infortunios amorosos excepcionalmente conducido a un estado de febril exaltación, con las perfidias galantes y las no envidiables hazañas de El Burlador de Sevilla. —Espronceda fue, y no me cansaré de repetirlo, más hipócrita del vicio y de la impiedad, que impío y vicioso realmente[6].

En fin, podríamos recordar igualmente el juicio de Robert Marrast[7], uno de los mejores conocedores del autor y su obra:

Hoy, a la luz de los documentos, y aclarados muchos hechos de la vida del poeta, sabemos que fue un hombre recto, honrado, siempre dispuesto a defender las ideas más generosas. No sólo fue el más auténtico representante en España de lo que se llama el romanticismo; también comparte con Larra la gloria envidiable de haber sido uno de los testigos más lúcidos de su tiempo[8].


[1] Citado por Ricardo Navas Ruiz, El Romanticismo español, 4.ª ed. renovada, Madrid, Cátedra, 1990, p. 225.

[2] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. VI, Época romántica, Tafalla, Cénlit, 1982, p. 513.

[3] Citado por Narciso Alonso Cortés, Espronceda: ilustraciones biográficas y críticas, 2.ª ed., Valladolid, Librería Santarén, 1945, pp. 67-68.

[4] Citado por Alonso Cortés, Espronceda: ilustraciones biográficas y críticas, p. 55.

[5] Alonso Cortés, Espronceda: ilustraciones biográficas y críticas, p. 55.

[6] Citado por Alonso Cortés, Espronceda: ilustraciones biográficas y críticas, pp. 68-71.

[7] Citado por Pedraza Jiménez y Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. VI, Época romántica, p. 515. Robert Marrast es autor de una importante monografía, que puede leerse en español: José de Espronceda y su tiempo. Literatura, sociedad y política en tiempos del Romanticismo, trad. de Laura Roca, Barcelona, Crítica, 1989.

[8] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Breve biografía de José de Espronceda (1808-1842)

José de Espronceda, el máximo poeta del Romanticismo español, nace en Pajares de la Vega (cerca de Almendralejo, en Extremadura) el 25 de marzo de 1808, cuando sus padres estaban de paso hacia Badajoz. Su padre, Juan de Espronceda, teniente coronel del regimiento Borbón, era de ascendencia navarra, y su madre, María del Carmen Delgado y Lara, andaluza. En sus primeros años de vida, el futuro escritor es educado por su madre, una mujer de carácter dominante y posesivo.

A partir de los años veinte vive con su familia en Madrid; obtiene plaza de cadete en el Colegio de Artillería de Segovia y en 1821 ingresa como alumno interno en el colegio de San Mateo, la casa de educación fundada por Alberto Lista, José Gómez Hermosilla y Juan Manuel Calleja. Pronto se interesa por la literatura y la política. Alberto Lista, que era su maestro, lo introduce en la Academia del Mirto, de inspiración neoclásica, donde lee sus primeros poemas. Con quince años, tras haber visto ahorcar al general liberal Riego, pasa a formar parte, con sus amigos Escosura, Miguel Ortiz, Ventura de la Vega y Núñez de Arenas, de la sociedad revolucionaria secreta «Los Numantinos», que se propone acabar con el absolutismo. Descubierta la maquinación, es juzgado y recluido unos meses en el convento de San Francisco de Guadalajara. Allí empieza a escribir un poema épico, El Pelayo, que quedaría inconcluso.

Con dieciocho años, en agosto de 1827, huye a Lisboa para unirse a los exiliados liberales. Suele recordarse la anécdota —que es a la vez un gesto romántico— de que el joven Espronceda arrojó las pocas monedas que constituían todo su caudal tras el pago de los derechos de aduana: «Yo saqué un duro, y me devolvieron dos pesetas, que arrojé al río Tajo, porque no quería entrar en tan gran capital con tan poco dinero». Al parecer, es allí donde conoce a Teresa Mancha, joven de la que se enamora perdidamente, y a la que sigue a Inglaterra (septiembre de 1827). Para otros biógrafos, es en Londres donde entra en relación con esta mujer, casada con el comerciante vasco Gregorio del Bayo. Sea como sea, estos amores darán lugar al nacimiento de un mito romántico, el «rapto» de Teresa: en realidad, ella deja a su marido para huir con el poeta.

En 1829 pasa a Bélgica y Francia. Está en París durante la Revolución de 1830 (actúa como agente de Torrijos y participa en la revolución, viviendo el ambiente de las barricadas). Se suma luego a una expedición de los liberales contra el gobierno absolutista español, la de Joaquín de Pablo Chapalangarra. En 1832 reside de nuevo en Inglaterra y en 1833 regresa a España merced a la amnistía concedida tras la muerte de Fernando VII: entonces es designado benemérito de la patria y oficial de la Milicia Nacional. Se instala con Teresa en Madrid y se dedica plenamente a la política activa (dentro de la facción exaltada del liberalismo), siendo desterrado a Cuéllar (donde redactaría su novela Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar). Funda con otros jóvenes como Ventura de la Vega y Ros de Olano el periódico progresista El Siglo (ante las continuas censuras, decide publicar un número en blanco, hecho al que dedicaría un artículo Mariano José de Larra) y el Nuevo Ateneo de Madrid. Interviene en una campaña de prensa contra el ministro Mendizábal. Es miembro de la junta directiva del Liceo y catedrático de literatura moderna comparada en esa institución. En política, avanza hacia posiciones republicanas, mientras que, en el terreno literario, se convierte en el adalid del Romanticismo español. Gracias al éxito obtenido por algunos de sus poemas, por ejemplo «La canción del pirata» (publicada en El Artista), adquiere fama nacional y se convierte en el poeta romántico español más importante.

Fruto de la relación con Teresa ha nacido una hija, Blanca, en 1834, pero años más adelante la pareja terminará separándose: Teresa lo abandona en 1837 por su vida anárquica y desordenada. No obstante, cuando muera Teresa, en septiembre de 1839, Espronceda le dedicará su célebre canto II de El diablo mundo. De nuevo la biografía de Espronceda se adorna con visos de leyenda, pues al parecer quedó hondamente impresionado al ver su cadáver a través de una ventana.

El poeta se halla entonces sumido en una profunda desesperación. Pero la vida de Espronceda es una tempestad y pronto aparece una nueva mujer en su vida, Carmen de Osorio, apodada la generala, famosa en Madrid por su conducta frívola y atrevida (quizá sea la misteriosa Jarifa que canta en sus poemas). Sabemos también que a comienzos de 1840 se bate en duelo, aunque se ignoran las circunstancias que lo motivaron. Espronceda milita ahora en la extrema izquierda del partido liberal, y en ese mismo año de 1840 es fundador del Partido Republicano. Tras ocupar un cargo diplomático en La Haya (secretario de la legación española en los Países Bajos), en 1842 es elegido diputado por Almería, y en aquellas Cortes demuestra su sólida formación; al decir de Navas Ruiz, su pensamiento político se resume en estos puntos: «predominio de lo social sobre lo individual, necesidad de un gobierno capaz de dirigir al pueblo, moralidad administrativa, expansión del espíritu mercantil, protección ante el libre cambio, defensa del pueblo y los trabajadores»[1].

Espronceda muere el 23 de mayo de 1842 de una repentina enfermedad, una afección en las vías respiratorias, cuando iba a casarse con una joven de la burguesía llamada Bernarda de Beruete, con la que se había comprometido a su regreso de los Países Bajos. Su entierro fue multitudinario[2].

Doblamos aquí la hoja, pero en próximas entradas seguiremos hablando de Espronceda: su carácter, el contexto del Romanticismo español, el conjunto de su obra literaria y su originalidad, los temas presentes en su poesía, su estilo, etc.


[1] Ricardo Navas Ruiz, El Romanticismo español, 4.ª ed. renovada, Madrid, Cátedra, 1990, pp. 224-225.

[2] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.