Versionando a Garcilaso («Cuando me paro a contemplar mi estado»)

Supuesto retrato de Garcilaso de la VegaYa en alguna entrada anterior había ofrecido un breve comentario del Soneto I de Garcilaso de la Vega, que comienza «Cuando me paro a contemplar mi estado…». En este poema, el yo lírico analiza su situación anímica, en un ejercicio de introspección que le lleva a conocer, a tener plena consciencia de que el amor le aboca a la muerte: «sé que me acabo» (v. 7), «Yo acabaré» (v. 9). El enamorado presiente, pues, la muerte, pero más que la propia muerte teme que con ella tenga fin su cuidado (palabra que, en el contexto de la poesía petrarquista, hay que entender en el estricto sentido de ‘preocupación amorosa’). Y, si su voluntad lo puede matar —argumenta—, más lo matará la de la bella ingrata amada enemiga, a la que se ha entregado por completo (el sin arte del v. 9 quiere decir ‘sin malicia’), que no es parte suya, y que por eso mismo no tendrá con él piedad alguna:

Cuando me paro a contemplar mi ’stado
y a ver los pasos por do me han traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado;

mas cuando del camino ’stó olvidado,
a tanto mal no sé por dó he venido;
sé que me acabo, y más he yo sentido
ver acabar comigo mi cuidado.

Yo acabaré, que me entregué sin arte
a quien sabrá perderme y acabarme
si quiere, y aun sabrá querello;

que pues mi voluntad puede matarme,
la suya, que no es tanto de mi parte,
pudiendo, ¿qué hará sino hacello?[1]

Pues bien, hoy —aniversario de la muerte de Garcilaso— ofrezco tres textos diferentes que versionan su soneto desde distintas perspectivas[2]. La primera es de Lope de Vega, incluida en sus Rimas sacras (1614), colección poética en la que el Fénix hace balance de su situación personal, se humilla ante Dios y pide compungido perdón por su descarrío vital, del que ahora se da plena cuenta:

Cuando me paro a contemplar mi estado,
y a ver los pasos por donde he venido,
me espanto de que un hombre tan perdido
a conocer su error haya llegado.

Cuando miro los años que he pasado,
la divina razón puesta en olvido,
conozco que piedad del cielo ha sido
no haberme en tanto mal precipitado.

Entré por laberinto tan extraño,
fiando al débil hilo de la vida
el tarde conocido desengaño;

mas de tu luz mi escuridad vencida,
el monstro muerto de mi ciego engaño,
vuelve a la patria, la razón perdida[3].

La segunda corresponde a don Gonzalo de Córdoba, duque de Sessa; se trata de un texto, del que no conocemos su datación, en el que la voz lírica corresponde a un cortesano desengañado ya de sus pretensiones, cuyos enemigos son los privados:

Cuando reparo y miro lo que he andado
y veo los pasos por donde he venido,
yo hallo por mi cuenta que he perdido
el tiempo, la salud y lo gastado.

Y si codicio verme retirado
y vivir en mi casa recogido,
no puedo, porque tengo ya vendido
cuanto mi padre y madre me han dejado.

Yo me perdí por aprender el arte
de cortesano, y he ganado en ello,
pues he salido con desengañarme.

Que, pues mi voluntad pudo dañarme,
privados, que son menos de mi parte,
pudiendo, ¿qué harán sino hacello?[4]

En fin, la tercera es una versión a lo burlesco, una parodia anónima en la que el hablante lírico, un tal Valdés, es un cornudo confeso que juega en su parlamento con diversas alusiones a los cuernos, incluyendo varios juegos de derivación (carnero, venado, toro de Jarama, cornado, Capricornio, Aries, Unicornio, cornucopia):

«Cuando me paro a contemplar mi estado
y a ver los cuernos que en mi frente veo,
sigún tuve de cuernos el deseo,
a tener más pudiera haber llegado.

No soy carnero yo, sino venado,
y aun toro de Jarama, sigún creo;
de cuernos quise hacer un rico empleo,
doblé el caudal, y ansí gané un cornado.

Nací debajo el signo Capricornio,
el cual me influye su figura propia,
y diome el Aries al nacer un toque.

Y ansí quedé en figura de Unicornio,
y ahora soy la misma cornucopia.»
Valdés lo dijo al pie de un alcornoque[5].


[1] Cito, con ligeros retoques, por Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, 6.ª ed, Madrid, Castalia, 1989, p. 37.

[2] Para la fortuna de este texto ver Edward Glaser, «“Cuando me paro a contemplar mi estado”. Trayectoria de un Rechenschaftssonett», en Estudios hispano-portugueses. Relaciones literarias del Siglo de Oro, Valencia, Castalia, 1957, pp. 59-95; y Nadine Ly, «La rescritura del soneto primero de Garcilaso», Criticón, 74, 1998, pp. 9-29.

[3] Cito por Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, núm. 302, p. 621. Ver la pertinente anotación del editor sobre fuentes y motivos temáticos presentes en el soneto lopesco.

[4] Cito por Ly, «La rescritura del soneto primero de Garcilaso», pp. 18-19, modernizando las grafías.

[5] Cito por Ly, «La rescritura del soneto primero de Garcilaso», p. 18, modernizando las grafías.

Dos evocaciones de Garcilaso por Rafael Alberti

(A mis alumnos del Programa Senior de la Universidad de Navarra,
con los que estoy repasando estas semanas algunas «Claves de la
literatura del Renacimiento», empezando por la poesía del príncipe
de los poetas castellanos, Garcilaso de la Vega)

Supuesto retrato de Garcilaso de la VegaLa figura señera de Garcilaso de la Vega, genial introductor en España de los metros y las formas estróficas de origen italiano —tarea en la que estuvo acompañado, aunque con algo menos de talento, por su amigo Juan Boscán—, fue recordada en numerosas ocasiones por los poetas del grupo poético del 27, quienes no solo admiraron su poesía, sino que conocieron su benéfico influjo, y tuvieron ocasión de celebrar, a la altura de 1936, el centenario de la muerte del soldado-poeta[1]. Rafael Alberti, en concreto, le dedicó dos evocaciones: la primera es el famoso poema que comienza «Si Garcilaso volviera…», incluido en Marinero en tierra (1924); la segunda es un texto menos conocido, la «Elegía a Garcilaso (Luna, 1501-1536)», de Sermones y moradas (1929-1930). El primero de los poemas dice así:

Si Garcilaso volviera,
yo sería su escudero;
que buen caballero era.

Mi traje de marinero
se trocaría en guerrera
ante el brillar de su acero;
que buen caballero era.

¡Qué dulce oírle, guerrero,
al borde de su estribera!
En la mano, mi sombrero;
que buen caballero era[2].

Como bien anota su editora, María Asunción Mateo,

La admiración —patente en toda su obra— hacia el poeta toledano le inspira esta canción, en la que rinde vasallaje poético a su figura y su obra. La mar, la vocación marinera, queda relegada —excepcionalmente— a un segundo plano, por seguir a la poesía, representada por el caballero Garcilaso.

Juan Ramón Jiménez elogió mucho este poema al propio Alberti[3].

Por otra parte, en Sermones y moradas (1929-1930) incluye Alberti el citado poema «Elegía a Garcilaso (Luna, 1501-1536)», que va encabezado por un verso garcilasista a modo de lema: «… antes de tiempo y casi en flor cortada». Se trata de un verso de la octava 29 de la Égloga III de Garcilaso, donde hace referencia a la muerte de una ninfa:

Todas, con el cabello desparcido,
lloraban una ninfa delicada
cuya vida mostraba que había sido
antes de tiempo y casi en flor cortada.
Cerca del agua, en un lugar florido,
estaba entre las hierbas degollada,
cual queda el blanco cisne cuando pierde
la dulce vida entre la hierba verde[4].

Rafael AlbertiPero aquí el sentido de ese verso se actualiza al aplicarse ahora —así lo entendemos al leer el contenido del poema— a la temprana muerte del poeta, fallecido como consecuencia de las heridas recibidas en una heroica acción de armas (el asalto a la fortaleza de Le Muy, en Francia, en septiembre de 1636, en el contexto de las guerras del emperador Carlos V con Francisco I de Francia). La muerte temprana, viene a sugerir poéticamente el texto («Vivir poco y llorando es el sino de la nieve que equivoca su ruta»), es el destino reservado a los héroes, que abandonan pronto esta existencia mortal, pero que en compensación están llamados a vivir la inmortalidad de la fama:

… antes de tiempo y casi en flor cortada.
Garcilaso de la Vega

Hubierais visto llorar sangre a las yedras cuando el agua más triste se pasó toda una noche velando a un yelmo ya sin alma,
a un yelmo moribundo sobre una rosa nacida en el vaho que duerme los espejos de los castillos
a esa hora en que los nardos más secos se acuerdan de su vida
al ver que las violetas difuntas abandonan sus cajas y los laúdes se ahogan por arrollarse a sí mismos.

Es verdad que los fosos inventaron el sueño y los fantasmas.
Yo no sé lo que mira en las almenas esa inmóvil armadura vacía.
¿Cómo hay luces que decretan tan pronto la agonía de las espadas
si piensan en que un lirio es vigilado por hojas que duran mucho más tiempo?
Vivir poco y llorando es el sino de la nieve que equivoca su ruta.

En el Sur siempre es cortada casi en flor el ave fría[5].


[1] Ver Francisco Javier Díez de Revenga, Un pasado, un presente: el Siglo de Oro español en nuestros contemporáneos, Madrid, Biblioteca Nueva, 2003. En el capítulo segundo, «Garcilaso de la Vega y la poesía contemporánea», comenta la presencia de Garcilaso en Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Miguel Hernández, Rafael Alberti, etc.

[2] Cito por Rafael Alberti, Antología comentada (Poesía), ed. de María Asunción Mateo, dibujos de Rafael Alberti, Madrid, Ediciones de la Torre, 1990, p. 184. El poema puede escucharse, recitado por el propio Alberti, en el siguiente enlace: http://www.youtube.com/watch?v=M5-MoREx3yI

[3] Antología comentada (Poesía), cit., p. 184, nota.

[4] Cito por Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, 6.ª ed, Madrid, Castalia, 1989, p. 202, con algún ligero retoque en la puntuación.

[5] Cito por Rafael Alberti, Con la luz primera. Antología de verso y prosa (Obra de 1920 a 1996), ed. de María Asunción Mateo, Madrid, EDAF, 2002, p. 202.

Otros dos sonetos de Garcilaso comentados (XXIII y XXXVIII)

En dos entradas anteriores ofrecía unos breves comentarios de varios sonetos de Garcilaso de la Vega, por un lado el I, el V y el VIII, y por otro el X, el XIII y el XV. Comentaré ahora otros dos más, el XXIII y el XXXVIII.

El Soneto XXIII desarrolla dos tópicos clásicos, la descriptio puellae (descripción canónica de los elementos de la belleza de la amada, utilizando una serie de términos de comparación tópicos) y el carpe diem (exhortación a la amada para que goce de su belleza y juventud antes de que sea demasiado tarde).

Retrato de dama, por Ghirlandaio

Ejercicio académico clásico consiste en compararlo con el también famoso «Mientras por competir con tu cabello…», de Góngora: los dos textos tocan el mismo tema y presentan una estructura constructiva similar (basada en la anáfora de En tanto que… y de Mientras…, respectivamente), pero con una actitud muy distinta, más serena y reposada en el poema renacentista, mucho más acuciante por la conciencia del paso del tiempo y su poder destructor («en tierra, en polvo, en humo, en sombra, en nada») en el texto barroco. Esta es la versión de Garcilaso:

En tanto que de rosa y d’azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;

y en tanto que’l cabello, que’n la vena
del oro s’escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello, blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena,

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que’l tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre[1].

Y este otro soneto, el de Góngora, constituye la versión barroca del mismo tópico:

Mientras por competir con tu cabello
oro bruñido al sol relumbra en vano,
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello,

goza cuello, cabello, labio, frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o víola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada[2].

En fin, terminaré este repaso a los más destacados sonetos garcilasistas transcribiendo el XXXVIII, el último de los de atribución segura, que retoma el motivo del llanto y los suspiros eternos del enamorado, a quien ya no le queda luz ni ningún tipo de esperanza para recorrer el «camino estrecho de seguiros» (dificultosa senda ascensional esta del ejercicio del amor, en la que muchos otros antes que él han caído: «a cada paso espántanme en la vía / ejemplos tristes de los que han caído», vv. 10-11). Como en el Soneto I, de nuevo el amante se detiene a analizar su estado anímico, que es de confusión, de caos mental, de total enajenamiento, perdido como se halla en errabundo deambulaje «por la oscura región de vuestro olvido» (¡magnífico verso de remate!):

Estoy contino en lágrimas bañado,
rompiendo siempre el aire con sospiros,
y más me duele el no osar deciros
que he llegado por vos a tal estado;

que viéndome do estoy y en lo que he andado
por el camino estrecho de seguiros,
si me quiero tornar para huïros,
desmayo, viendo atrás lo que he dejado;

y si quiero subir a la alta cumbre,
a cada paso espántanme en la vía
ejemplos tristes de los que han caído;

sobre todo, me falta ya la lumbre
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido[3].


[1] Cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, p. 59; en otras versiones el verso cuarto es «enciende el corazón y lo refrena», lectura preferida por Fernando de Herrera. Ver María Rosso Gallo, La poesía de Garcilaso de la Vega. Análisis filológico y texto crítico, Madrid, Real Academia Española, 1990, pp. 208-212.

[2] Tomo el texto de Antología poética del Renacimiento al Barroco, selección, estudio y notas por Edelmira Martínez Fuertes, Madrid, Suma de Letras, 2001, pp. 136-137.

[3] Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, p. 74.

Tres sonetos más de Garcilaso (X, XIII y XV)

En una entrada anterior ofrecía un breve comentario de tres sonetos de Garcilaso de la Vega, a saber, el I, el V y el VIII. Van ahora otros tres más, el X, el XIII y el XV, también con breves glosas a modo de comento.

El Soneto X es uno de los más famosos y recordados de Garcilaso. Redactado hacia 1535, presenta como ha señalado la crítica claros ecos virgilianos y petrarquistas, además de un marcado tono elegíaco, nostálgico, de doliente melancolía. Todo él constituye un apóstrofe a las prendas de la amada (podría tratarse de un bucle de cabellos, una cinta, un pañuelo…; Rivers anota que bien podrían ser los cabellos de Elisa mencionados en la Égloga I, vv. 352-357), que en el momento actual de dolor tras la muerte de la amada (¿Isabel Freyre, muerta hacia 1533?) le hacen recordar la felicidad pasada. Se trata de un claro eco del motivo presente en la Divina comedia de Dante, Inferno, canto V, vv. 121-123: «Nessùn maggior dolore / che ricordarsi del tempo felice / nella miseria», que sería recreado también por Camoens («Horas breves de meu contentamento…») y por el conde de Villamediana («Horas breves de mi contentamiento…»). Todo lo que antes era alegría se ha transformado en profundo dolor y llanto perpetuo. Aunque en la memoria se mantiene siempre viva la imagen de la amada, es la contemplación del favor amoroso (las «dulces prendas», que son «memorias tristes») lo que desata los recuerdos y da rienda suelta al dolor: y, en efecto, el amante no se limita a contraponer el bien pasado al mal presente, sino que desea y pide la muerte que le vuelva a reunir con su amada:

¡Oh dulces prendas por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería,
juntas estáis en la memoria mía
y con ella en mi muerte conjuradas!

¿Quién me dijera, cuando en las pasadas
horas qu’en tanto bien por vos me vía,
que me habíades de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?

Pues en una hora junto me llevastes
todo el bien que por términos me distes,
llevame junto el mal que me dejastes;

si no, sospecharé que me pusistes
en tantos bienes porque deseastes
verme morir entre memorias tristes[1].

El Soneto XIII nos traslada al terreno de la mitología, que en el Siglo de Oro suele tener siempre una doble función: estética (los mitos son historias bellas, que permiten un tratamiento artístico de la materia) y simbólica (el personaje mitológico es un ejemplo positivo que imitar, o negativo que evitar). Aquí el yo lírico utiliza un argumento mitológico (la fábula de Apolo y Dafne, que Garcilaso evoca también en la Égloga III, vv. 145-168, en el tapiz que teje Dinámene) para expresar el propio sentir amoroso. De nuevo, el recuerdo del amor perdido hace aumentar el dolor del yo lírico, igual que le sucediera a Apolo: enamorado de la ninfa Dafne, hija del río Peneo, la persigue a la carrera para gozarla; cuando la ninfa va a ser alcanzada, su padre (u otra divinidad, según las distintas versiones del mito) se apiada de ella y la transforma en laurel (eso significa dafne en griego); desde entonces, ese árbol —que Apolo hace crecer con sus lágrimas— quedará consagrado al dios y servirá de premio a los poetas más excelsos. El soneto destaca por su plasticidad, por su gran fuerza visual, pues refiere el momento exacto de la metamorfosis de Dafne en laurel (conviene leer el soneto teniendo a la vista una reproducción de la escultura de Bernini que recrea el mismo mito).

Apolo y Dafne de Bernini

En ese sentido, el empleo en los cuartetos de los imperfectos (que indican una acción durativa, no acabada, en proceso…), consiguen aumentar en el lector la impresión del movimiento de la escena y de la transformación del cuerpo de la ninfa en laurel. Luego, el primero de los tercetos se centra en el dolor de Apolo, mientras que el segundo eleva a categoría universal la experiencia particular:

A Dafne ya los brazos le crecían
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que’l oro escurecían;

de áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros que aún bullendo ’staban;
los blancos pies en tierra se hincaban
y en torcidas raíces se volvían.

Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol, que con lágrimas regaba.

¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,
que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba![2]

Recordaré que, varias décadas después, Quevedo nos ofrecería dos versiones burlescas, totalmente degradadoras del mito y de los personajes protagonistas (sus dos sonetos que comienzan «Bermejazo platero de las cumbres…» y «Tras vos un alquimista va corriendo…»).

Siguiendo con la mitología, el Soneto XV de Garcilaso evoca la figura de Orfeo, célebre músico que, apenado tras el fallecimiento de su esposa Eurídice, con su dolorido canto logró enternecer a los animales salvajes y los elementos de la naturaleza (a esto aluden los vv. 1-6), y luego bajó a los infiernos para tratar de rescatarla de la muerte (vv. 7-8). El yo lírico pondera su dolor considerándolo superior al de Orfeo, pues si este lloraba la pérdida de un bien ajeno a su persona (su esposa), él llora la pérdida de sí mismo. Nótese, de paso, la concisa presentación de la desdeñosa amada como «un corazón comigo endurecido» (v. 11):

Si quejas y lamentos pueden tanto
que enfrenaron el curso de los ríos
y en los diversos montes y sombríos
los árboles movieron con su canto;

si convertieron a escuchar su llanto
los fieros tigres y peñascos fríos;
si, en fin, con menos casos que los míos
bajaron a los reinos del espanto,

¿por qué no ablandará mi trabajosa
vida, en miseria y lágrimas pasada,
un corazón comigo endurecido?

Con más piedad debría ser escuchada
la voz del que se llora por perdido
que la del que perdió y llora otra cosa[3].


[1] Cito, con algún ligero retoque, por Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, 6.ª ed., Madrid, Castalia, 1989, p. 46.

[2] Cito por Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, p. 49; pero en el v. 6 edito «aún» en vez de «aun».

[3] Cito por Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, p. 51, transcribiendo «debría» con acento.

Tres sonetos de Garcilaso de la Vega (I, V y VIII)

Dejando de lado sus coplas en octosílabos castellanos, tres son las secciones principales que podemos establecer en el conjunto de la producción lírica de Garcilaso de la Vega: el cancionero petrarquista, formado por treinta y ocho sonetos (más dos de atribución dudosa, incluidos en el manuscrito Gayangos) y cinco canciones; sus ensayos epistolares (dos elegías en tercetos y una epístola en versos sueltos); y, en fin, sus tres églogas. Pero es sobre todo en el corpus de los sonetos donde mejor podemos apreciar lo que Rafael Lapesa, en un estudio clásico (La trayectoria poética de Garcilaso, Madrid, Revista de Occidente, 1968), llamó la «trayectoria» o el aprendizaje poético garcilasiano.

Portada de La trayectoria poética de Garcilaso

Hoy copiaré tres de sus sonetos más conocidos, con unas glosas mínimas a modo de comentario.

En el Soneto I, el yo lírico analiza su situación anímica, en un ejercicio de introspección que le lleva a conocer, a tener plena consciencia de que el amor le aboca a la muerte: «sé que me acabo» (v. 7), «Yo acabaré» (v. 9). El enamorado presiente, pues, la muerte, pero más que la propia muerte teme que con ella tenga fin su cuidado (palabra que, en el contexto de la poesía petrarquista, hay que entender en el estricto sentido de ‘preocupación amorosa’). Y, si su voluntad lo mata —argumenta—, más lo matará la de la bella e ingrata amada enemiga, a la que se ha entregado por completo (el sin arte del v. 9 quiere decir ‘sin malicia’), que no es parte suya, y que por eso mismo no tendrá con él piedad alguna:

Cuando me paro a contemplar mi ’stado
y a ver los pasos por dó me han traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado;

mas cuando del camino ’stó olvidado,
a tanto mal no sé por dó he venido;
sé que me acabo, y más he yo sentido
ver acabar comigo mi cuidado.

Yo acabaré, que me entregué sin arte
a quien sabrá perderme y acabarme
si quiere, y aun sabrá querello;

que pues mi voluntad puede matarme,
la suya, que no es tanto de mi parte,
pudiendo, ¿qué hará sino hacello?[1]

El Soneto V desarrolla un conocido motivo de raigambre neoplatónica: el del rostro (gesto) de la amada grabado (escrito) en el alma del amante. Y no es sólo que en su alma esté impreso el retrato de su enamorada (v. 1), sino que además está también allí todo cuanto va a escribir de ella, de forma que él tan sólo debe leerlo (vv. 2-4). El amante, con su inteligencia, no es capaz de aprehender toda la belleza y bondad de la amada («no cabe en mí cuanto en vos veo», v. 6), pero se fía ciegamente de ella, tiene fe («lo que no entiendo creo», v. 7; no olvidemos que las teorías amorosas vigentes desarrollan la idea de la religio amoris), una fe que, más que misterio religioso, es en este caso confianza plena en la superioridad del objeto amado. Los tercetos finales son, sin duda, espléndidos: la mujer amada es como un vestido (hábito) cortado a la medida del alma del amante quien, en una contradicción muy típica —el amor es una cosa y también la opuesta, el amor es siempre contrario de sí mismo…—, por ella vive y muere igualmente por ella:

Escrito ’stá en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo:
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

En esto estoy y estaré siempre puesto;
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma misma os quiero.

Cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de vivir, y por vos muero[2].

En fin, el Soneto VIII es una explicación del nacimiento del amor según las teorías neoplatónicas: de los ojos de la amada salen unos espíritus que, entrando por los ojos del enamorado, inflaman su corazón (llegan «hasta donde el mal se siente», v. 4). Pero, por desgracia, no existe correspondencia: los espíritus que salen de los ojos de él no encuentran entrada en los de la esquiva mujer objeto de su amor. Así pues, el texto pone de relieve la importancia de la vista, de la mirada, en el surgimiento del amor (motivo del que Lope se burlaría en su soneto «Dice cómo se engendra amor, hablando como filósofo», el que comienza «Espíritus sanguíneos vaporosos…», incluido en sus Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos):

De aquella vista pura y excelente
salen espirtus vivos y encendidos,
y siendo por mis ojos recebidos,
me pasan hasta donde el mal se siente;

éntranse en el camino fácilmente
por do los míos, de tal calor movidos,
salen fuera de mí como perdidos,
llamados d’aquel bien que ’stá presente.

Ausente, en la memoria la imagino;
mis espirtus, pensando que la vían,
se mueven y se encienden sin medida;

mas no hallando fácil el camino,
que los suyos entrando derretían,
revientan por salir do no hay salida[3].


[1] Cito por Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, 6.ª ed., Madrid, Castalia, 1989, p. 37; pero en el v. 11 edito «aun» en vez de «aún». Ver sobre este poema Nadine Ly, «La reescritura del soneto primero de Garcilaso», Criticón, 74, 1998, pp. 9-29.

[2] Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, p. 42; introduzco algunos retoques en la puntuación.

[3] Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, p. 44.

Garcilaso visto por Altolaguirre

Normalmente hablo en las entradas del blog de libros que ya he leído. En esta ocasión, lo hago sobre un libro que recién acabo de empezar a leer en el tren, camino a Madrid para asistir al congreso sobre «Cervantes y sus enemigos» (concretamente en el tramo Guadalajara-Madrid, para más señas). Me refiero al libro de Manuel Altolaguirre Garcilaso de la Vega, Madrid, Espasa Calpe, 1933, núm. 10 de la colección «Vidas extraordinarias».

Manuel Altolaguirre

Nada más comenzar los primeros capítulos ya se adivina la sensibilidad de un poeta interpretando a otro poeta. Valga como muestra el párrafo inicial del capítulo I, «Vida de sus versos»:

Era Garcilaso de la Vega, en la época en que sus hechos y escritos le dieron renombre, un caballero toledano, amante de la guerra, impulsado a ella por desprecio a la muerte y por amor a las grandezas de su patria. Su vida y su obra tienen una relación íntima, a pesar de cuanto se ha escrito en contra, pues a través de la más tierna de sus composiciones se transparenta la fortaleza guerrera de su vida. El amor y la muerte eran sus fines, y en estos dos reposos cifraba sus ansias. El sueño de la muerte y los sueños del amor le aguardaban, y tomando ora la espada, ora la pluma, dibujó una de las vidas más hermosas y atrayentes de su época. Almado y armado, Garcilaso de la Vega enlazó sus versos con sus acciones, de forma que estas eran, respecto de aquellas, hermanas en belleza, y sus versos como grandes victorias. Toda su juventud, es decir, toda su vida pues murió a los treinta y tres años, está esclarecida con la luz del fuego interior que le devoraba (p. 11).

Y ya en unas palabras preliminares el autor advierte a los lectores con esta declaración de intenciones:

Esta biografía no intenta desentrañar nada. Los problemas de la erudición histórica pierden su importancia ante una realidad que perdura. Quisiera presentar dicha realidad amorosa olvidando la sucesión costumbrista de materiales muertos que me sirvieron en un principio. No son memorias. Este libro es una vida.

Dejo aquí la entrada de hoy, y quedo con ganas de seguir leyendo mañana la semblanza del poeta Garcilaso de la Vega trazada por el poeta Altolaguirre, para volver a escribir ya con el libro acabado…

Garcilaso de la Vega, príncipe de los poetas españoles

Como es sabido, la serena y elegante poesía de Garcilaso de la Vega (Toledo, 1501 o 1503-Niza, 1536) vino a renovar profundamente el panorama de la lírica española. Aquel valeroso soldado y poeta genial —prototipo perfecto del caballero renacentista— manejó con igual maestría la pluma y la espada, aunando en su persona las armas y las letras. Y si las heridas que recibió en una de sus acciones bélicas fueron causa de su muerte, su extraordinaria habilidad en el manejo de los metros y formas estróficas de origen italiano le legaron la inmortalidad eterna de la fama. Fama muy notable que alcanzó en fecha temprana.

Sus poesías no fueron publicadas en vida, sino que salieron juntamente con las de su amigo Juan Boscán, unos pocos años después de la muerte de ambos: Las obras de Boscán y algunas de Garcilaso de la Vega, repartidas en cuatro libros (Barcelona, Carles Amorós, 1543). Pronto los editores desligaron del conjunto los poemas de Garcilaso, que de esta forma —en un pequeño volumen dado a las prensas en Salamanca el año 1569— empezaron a correr su suerte en solitario. Perdida la compañía de los versos de Boscán, encontraron la de eruditos comentaristas: en efecto, la poesía garcilasiana mereció en seguida los mismos honores rendidos por los humanistas del Renacimiento a las grandes obras de la Antigüedad greco-latina, al ser editada con comentarios y anotaciones relativas a fuentes y procedimientos estilísticos. Así, debemos recordar las ediciones del catedrático salmantino Francisco Sánchez de las Brozas, el Brocense (1574) y la del poeta sevillano Fernando de Herrera (1580). Unas décadas después, en 1622, se uniría a estas la edición de Tomás Tamayo de Vargas. Así pues, no en vida, pero sí poco tiempo después de su muerte, Garcilaso se había convertido ya en un clásico.

Otra prueba de la fama de Garcilaso y de la extraordinaria difusión de su producción lírica la tenemos en el hecho de que desde fechas tempranas conociera también diversas versiones a lo divino (lo mismo sucedería más adelante con obras de Cervantes, Lope, Góngora o Quevedo). Los autores de estos contrafacta trataban de aprovechar el éxito de la poesía garcilasiana para aumentar la difusión del mensaje didáctico-moralizante que querían transmitir, convirtiendo los inmortales versos de amor profano del modelo en versos de amor divino. El más conocido de entre los contrafactistas de Garcilaso es Sebastián de Córdoba, con su Garcilaso a lo divino (1575); pero también podemos recordar el centón que Miguel de Andosilla y Larramendi —madrileño de ascendencia navarra— compuso y publicó bajo el título Cristo Nuestro Señor en la Cruz, hallado en los versos del príncipe de nuestros poetas, Garcilaso de la Vega, sacados de diferentes partes y unidos con ley de centones (Madrid, por la viuda de Luis Sánchez, 1628).

En sucesivas entradas de esta Ínsula de Letras iremos comentando algunos de los mejores sonetos del «príncipe de los poetas españoles» (así lo denominó su comentarista Fernando de Herrera),  y recordaremos también que Garcilaso fue armado caballero de Santiago… en la ciudad de Pamplona. Por hoy, nos limitamos a remitir, como recomendación para una primera aproximación a su figura, su vida y su obra, a la página web que le dedicó el Centro Virtual Cervantes con motivo del 500 aniversario de su nacimiento, «500 años de Garcilaso de la Vega».