«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: la juventud falangista (glorificación del soldado y muerte heroica)

Aunque en la novela de Rafael García Serrano[1] aparecen también requetés y legionarios, la mayoría de los personajes son falangistas que luchan por la Religión, la Patria y la Revolución, los más de ellos uniformados «sencillamente con el entusiasmo». Son jóvenes decididos, valientes e intransigentes[2]. Esta es una caracterización general de ellos:

Gente joven, altiva, facciosa, acostumbrada a tirar los pies por alto, sin respeto a las mil costumbres aspaventosas del tiempo podrido que combatían, guardaban para sus ceremonias una reconcentrada seriedad de catacumba. Se burlaban de cosas grandes, de enormes ideas declinantes y en cambio una fe elemental y alegre les volvía al viejo lugar de los primeros símbolos. Despreciando al mundo, encontraron la Patria. Eran sencillos, creyentes y pecadores. Adoraban a Dios, servían a lo cesáreo, y porque se dejaban mandar de un solo hombre, desconfiaban de la Humanidad. Pastores armados del tiempo nuevo, sus confusos rebaños se esparcían por distintos pastos, pero en el caos que precede a toda creación una fuerza dominaba, augusta, sobre las demás: la de la unidad rabiosa, la de la revolución implacable por la que morían a miles, cantando (pp. 152-153).

También aparecen poéticamente idealizados en el recuerdo de Ramón:

Cerró los ojos al reciente pasado sin poder llorar. Recordaba a sus camaradas peregrinos por la ciudad y el campo, vivificando con sangre la Patria, despertando la Patria a muertos, entre la risa escocida de los cobardes, hijos de los que fueron a los toros un día de Santiago del 98, y la maligna agresión de los traidores. Solos con su bandera y su César, ellos, enseñando la verdad con el supremo razonamiento de las venas, bautizando a los asesinos con el perdón; ellos, locos sagrados, hijos de Dios, falangistas (pp. 147-148).

FalangistaGarcía Serrano destaca siempre la amistad, el heroísmo y el espíritu de sacrificio de estos jóvenes que se hacen camaradas nada más conocerse; entre ellos nadie es más que nadie, ni siquiera los superiores en el rango: los oficiales hacen enlaces con los soldados rasos o «pelan parapeto» con ellos: «Todos nos dábamos a todos en ofrenda de amistad» (p. 34). Para ellos —«magníficos bisoños», «bisoños imberbes»— ser soldado es la máxima prueba de virilidad. Son los que volverán a rememorar las hazañas de los antiguos soldados españoles —Flandes, Italia, América—: «Otra vez iban juntas las antiguas gentes imperiales» (p.128). Esperaron la guerra «con impaciencia de cita amorosa»; de ahí que, cuando estén lejos del frente, anhelen poder entrar en combate: «Si aquí sonase un tiro, la vida sería más amable» (p. 103). Su primer deber es combatir por España —por la Patria y la Falange— y están dispuestos a darlo todo en generoso sacrificio, incluso su vida recién abierta a la juventud: todos desean partir «hacia donde la Patria reclamase un parapeto de pechos exaltados» porque confían en «morir como los fuertes», en alcanzar, en amorosa entrega, «la bella muerte de los héroes»[3]:

Nunca es el hombre tan generoso como a la hora de partir para la guerra: una vez en ella es posible que se arrepienta de su rasgo y añore la paz sin gloria. A la hora de marcar el paso tras la música, borracho de banderas y de historia —esa historia familiar del abuelo que murió en la otra guerra o del padre que tiene una cruz—, loco de virilidad, el hombre piensa que nada hay comparable a ser soldado y dar la vida por la Patria (p. 37).

Sin embargo, Ramón no podrá obtener esa muerte heroica que tanto anhela, pues tiene que ser evacuado del frente, sin ninguna herida, simplemente por enfermedad, que es precisamente lo que ocurrió con el autor[4]. La gran desgracia de Ramón será morir lejos del frente, en la cama de un hospital, sin las botas puestas:

De tren a tren va la vida y aunque para un soldado partir no es morir un poco, sino vivir del todo, en aquel momento Ramón pensaba que se moría a chorros, generosamente, sin que la muerte le correspondiese con el honor de reservarle una hermosa ocasión de decir adiós al mundo que amaba […]. ¿Es Dios justo al matar así, así, tan pobremente, tan sin gloria, a un varón que lleva con coraje sus armas y soporta con valor las contrarias […]. Nada se reparte equitativamente, menos la muerte que se da a todos. Mentira, mentira: en la muerte hay clases y privilegios. No da igual morir que morirse. Ni da igual morirse a que lo maten a uno. Ni es lo mismo el garrote vil que el fusilamiento, ni el fusilamiento que el paseo canalla, ni éste que la muerte limpia de un buen tiro en la cresta (pp. 199-200).

Todo esto constituye el aspecto idealizado de la guerra y de la muerte. No obstante, en ocasiones, los personajes o el narrador se preguntan por el sentido de todo esto. Así razona Pozo: «Pero si morir en el combate es bello, ha de ser, también, bueno. O eso sirve para engrandecer la vida o es una canallada» (p. 179). Y el narrador corrobora sus palabras: «Tenía razón Pozo: o servía el morir para algo superior y hermoso o era un crimen matarse» (p. 182). La muerte, sin una razón que la explique, sería un absurdo sinsentido:

Era preciso justificar cada día la razón poderosa de la pelea. Sin una realización diaria del ideal agarrado a las banderas, España aparecería como una tierra muerta, sembrada de muertos; de muertos por nada, para los cuervos infames (p. 131; cfr. también las pp. 32, 155, 190 y 198)[5].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] De un tal Navarro se dice: «Si discute de política no admite más razón que la suya, lo cual es una excelente cualidad para andar por el mundo. Siendo él falangista, ¿cómo no han de serlo los demás?» (p. 100).

[3] El título de la tercera parte reza: «Bienaventurados los que mueren con las botas puestas». Para el tema de la muerte heroica, cfr. especialmente las pp. 199-202.

[4] En el prólogo a La fiel infantería, Madrid, Sala, 1973, pp. XCIII-XCIV, escribe García Serrano: «¿Qué más hubiera querido yo que en lugar de atacarme el bacilo del jodido Koch en el frente de Teruel me hubiesen obsequiado mis hermanos rojos con un buen balazo en el pecho?»; recoge la cita José Luis Martín Nogales, Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, p. 98.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: exaltación de la guerra y apología de la violencia

Más que la lucha, lo que aparece reflejado en la novela de Rafael García Serrano[1] es el entramado político que explica las razones de quienes fueron a ella en las escuadras de Falange: «La guerra —opina Antonio Valencia— no se ve mucho: unas estampas del avance navarro, una patrulla en la frontera, unas acciones del batallón de Ramón […]. Pero si no se ve mucho la guerra, se ven los hombres que hacían la guerra hechos borbotón de ideología, discutiendo y rehaciendo todo lo divino y humano»[2]. La guerra está concebida, desde el punto de vista ideológico, como instrumento de convicción[3]. El narrador se refiere al día del Alzamiento como «la mañana en que los españoles decidimos aceptar los tiros como estupenda dialéctica» (p. 68). Estas otras palabras son también muy reveladoras:

Por las cunetas se veía a los falangistas, en hilera, avanzar. Sin darnos cuenta nos quedamos inmóviles mirándolos: todavía no nos acostumbrábamos a ver camaradas con fusil, combatiendo por los campos, fecundando a tiros la Patria. En quince días habíamos pasado de la clandestinidad a la intemperie, de la sorda lucha contra el estado a ser otro Estado, ofensivo, con sus tropas, sus códigos sin escribir, su justicia elemental; de estar fuera de la ley a imponer nuestra ley a tiro limpio. Era hermoso y costaba trabajo creerlo; pero allá estaba la guerra, la más real de las realidades, diciéndonos que sí, que aquello era una verdad ganada a puños (p. 19).

La apología del uso de las armas —o, como dijera José Antonio, «la dialéctica de los puños y las pistolas»— va unida al desprecio de las instituciones democráticas: el sufragio, los partidos políticos, el juego parlamentario, como se aprecia en estas dos citas:

Hace unos meses —cuatro meses contados día por día, noche por noche, asalto por asalto— creíamos haberle dado una patada en las posaderas a un mundo viejo. En sus amplias posaderas de congresista podrido, asqueroso, eternamente sentado. Nuestra intención era fecundar la Patria con la pólvora violenta del Alzamiento y que naciese otro mundo distinto (p. 94).

La guerra devolvía a las gentes hispanas aquel temple antiguo que no llegaron a perder por completo ni con la sucia costumbre de salvar la Patria a papeletazos. Juego de idiotas el sufragio, juego de idiotas este de aguaitar, esperando la muerte, a cara o cruz de la buenaventura (p. 168).

Algunos de los jóvenes falangistas que aparecen en la novela se consideran seres superiores, con un vitalismo que raya en lo nietzscheano: con un arma en las manos y un enemigo delante se consideran más que semidioses. El ejemplo más evidente es el de Ramón, que considera que el mundo sólo es de los más fuertes y se cree «un elegido entre muchos». Suyas son estas palabras:

Nosotros somos superiores a los que nos precedieron porque ellos decían diputado, correligionario y descanso y nosotros decimos capitán, camarada y maniobra. Ellos decían estúpido fanatismo y nosotros fe. Ellos, yo, nosotros, nosotros […]. Nosotros bandera y ellos antorcha, nosotros guardia y ellos incomodidad, nosotros camisa y ellos levita. Ellos rey o roque y nosotros Patria. Ellos cantaban seguidillas canallas los ratos alegres y nosotros marchas. Da gusto sentirse superior (p. 151).

FalangistasEn la primera parte de la novela se describen algunas escenas bélicas correspondientes a los primeros días de la contienda; entonces la lucha estaba vista por estos muchachos casi como un juego o un pasatiempo, y así escribe Miguel: «Recorríamos España en alegre turismo armado» (p. 45). Poco después añade: «La guerra se nos mostraba en deporte, con buen sol, con buen aroma, con buen campo; de no estar preocupados por esa enorme obsesión que era el obedecer, seguro que nos hubiésemos parado a aplaudirnos; tal orgullo nacía de nuestra conducta» (p. 58). Los soldados creen que los combates no se prolongarán demasiado: «Los primeros días de una guerra son los mejores, porque se piensa cada anochecer que la guerra acaba al día siguiente» (p. 52). La victoria está cercana: todo consiste en tomar Madrid, lo que se hará muy pronto. Sin embargo, la capital resistió y de esta circunstancia se hará eco Miguel (cfr. p. 68).

Hay que mencionar también el carácter de guerra santa —Cruzada de Liberación— contra los nuevos infieles que tuvo la lucha para el bando nacional: es un deber religioso combatir la impiedad y el ateísmo achacados a los contrarios; para hacer frente a los nuevos enemigos de Cristo es lícito el empleo de la fuerza: «a tiros eres un perfecto misionero», se lee en la p. 81. Un sacerdote dice a los soldados después de confesarlos: «Los que vais a morir en defensa de la Patria lo hacéis en el Santo Nombre de Dios Padre» (p. 29). Las ideas de Religión y de Patria van, pues, unidas: «La Patria nos une en el inexorable camino de Dios». Ahora bien, esto no quita para que a veces el patriotismo se anteponga al sentimiento religioso; así de contundente se muestra Mario: «Lo primero, España. Y sobre España ni Dios» (p. 82). El sentimiento religioso acompaña siempre a los jóvenes protagonistas de La fiel infantería, que rezan, se confiesan, comulgan y mueren con alguna palabra piadosa en los labios[4].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] Antonio Valencia, «Prólogo» a Rafael García Serrano, La guerra, Madrid, Fermín Uriarte, 1964, p. 17.

[3] Según José Luis Ponce de León, La novela española de la guerra civil, Madrid, Ínsula, 1971, p. 130, la novela «constituye un canto a la fuerza como argumento dialéctico». Como señala José Luis Martín Nogales, este «militarismo literario» contrasta con la escasa participación del autor en acciones bélicas (Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, p. 97).

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

La guerra civil y la ideología falangista en «La fiel infantería» de Rafael García Serrano

La producción novelística de Rafael García Serrano (1917-1988), centrada en el tema de la guerra civil española, se inscribe dentro de una literatura militante, de propaganda y combate, profundamente comprometida con unos valores y con una ideología, la de Falange Española, en la que este escritor navarro, fiel a sus principios, permaneció anclado desde 1934 hasta su muerte en 1988[1]. Lo que pretendo —en esta y en próximas entradas— es un análisis de La fiel infantería, novela publicada en 1943 que, en mi opinión, es entre las del autor la que mejor recoge los dos aspectos indicados en el título de hoy.

García Serrano es uno de los mejores novelistas que han escrito sobre la guerra[2], de la que hizo «su tema». Eugenio o proclamación de la Primavera (1938), La fiel infantería (1943) y Plaza del Castillo (1951) constituyen una trilogía reunida en 1964 bajo el rótulo común de La guerra. Otras tres novelas —Los ojos perdidos (1958), La paz dura quince días (1960) y La ventana daba al río (1963)— fueron agrupadas también posteriormente con el título de Frente Norte. Estas seis novelas constituyen una serie que el autor ha denominado «Ópera Carrasclás, novelas de la gran guerra española (1936-1939)». Él mismo explicaba su obsesión por este tema:

Trato el tema de la guerra porque es el que mejor conozco y porque creo que en una guerra se da la comedia humana mejor que en ninguna otra situación: en ella aparecen más claros los caracteres, lo mismo en la lealtad que en la traición, en el amor que en el odio. Por otra parte, yo me he inclinado a escribir sobre esto porque hay mucha más producción literaria roja que nacional, y yo quiero justificar la actuación de las gentes que fuimos nacionales en la guerra[3].

El valor testimonial de sus novelas será, por tanto, parcial; es más, García Serrano utilizará su pluma como un instrumento propagandístico, casi como un arma: «Yo sirvo en la literatura como serviría en una escuadra. Con la misma intensidad y el mismo objetivo. Cualquier otra cosa me parecería una traición»[4]. García de Nora ha señalado que sus novelas son «un apasionado canto al espíritu de guerra, una especie de apología de la violencia cívica»[5]. Tal afirmación resulta más acertada para su primera novela, Eugenio o proclamación de la Primavera, obra mitificadora del joven protagonista —que elige una muerte heroica «por la Patria, la Falange y el César» en las luchas de la primavera sangrienta de 1936— y que exalta el empleo de las armas —«Pedagogía de la pistola» se titula un capítulo—. García Serrano se nos muestra en esta novela con todo el apasionamiento de sus veinte años, del cual quedará todavía algo en las novelas posteriores, si bien con el paso del tiempo la acritud inicial se irá atenuando un tanto.

La_fiel_infanteria¿Cuál es la intención de García Serrano al escribir La fiel infantería? Unas palabras suyas nos responden: «Trató esta novela de ser el retrato de los mozos de una generación española, aquella que inocente de toda culpa derramó su sangre aquí y allá por la de todos»[6]. Y en otro lugar: «Esta Fiel Infantería es la novela de los muchachos españoles que combatieron por la Patria desde el 36 hasta el 39»[7]. Como señala Fernández-Cañedo, hubo durante la guerra y primeros años de posguerra un deseo de recoger literariamente y perpetuar así ese esfuerzo colectivo de uno de nuestros más recientes episodios nacionales[8]. La fiel infantería, como indica el título[9], responde a ese objetivo: cantar el heroísmo épico de aquellos muchachos-soldados representativos del alma colectiva de toda una generación española —la del autor— que luchó en los campos de España y murió defendiendo sus ideas. La novela es, antes que nada, una obra con gran valor testimonial, reflejo veraz de una época concreta y de aquellos —o una parte de aquellos— que la protagonizaron: la juventud combatiente en el bando nacional[10].

Su construcción es episódica: hay una yuxtaposición de anécdotas autobiográficas, sin otro hilo conductor que la presencia de unos mismos personajes. Aunque algunos de ellos —Mario, Ramón, Miguel, Matías— están algo más perfilados que los demás, no se puede hablar de protagonistas, ya que les falta una caracterización profunda: predomina el personaje colectivo. El autor está muy presente en estos personajes —sobre todo en el joven universitario Ramón— que encarnan en su conjunto un prototipo idealizado del combatiente falangista. Como señala Martín Nogales, «la literatura de García Serrano es la literatura de una sola idea: la Falange»[11]; y es que, en opinión de nuestro autor, «la guerra se hizo con la dialéctica falangista, y fue la Falange la que dio una base popular a la guerra»[12]. Esa carga ideológica —«la pura doctrina de José Antonio»— se consigue por medio de las abundantes digresiones que entorpecen el normal desarrollo narrativo de La fiel infantería. Este aspecto es el que trataré de examinar en las próximas entradas[13].


[1] García Serrano es un autor no demasiado conocido, en parte por razones extraliterarias, ya que él nunca ocultó su adscripción política, más bien al contrario. Esto no debe impedimos valorar en su justa medida la calidad literaria de sus escritos, con independencia de las ideas políticas allí defendidas. En este sentido, resulta innegable que García Serrano sabe moldear la prosa castellana con un estilo sencillo, castizo y directo —que no renuncia a los rasgos coloquiales y hasta vulgares—, poético en muchas ocasiones y casi siempre ameno. Una buena visión del conjunto de su obra literaria puede verse en las páginas que le dedica José Luis Martín Nogales en su estudio Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, pp. 27-102.

[2] Para el tema de la novela de la guerra, cfr. el estudio de José Luis Ponce de León, La novela española de la guerra civil, Madrid, Ínsula, 1971, y los trabajos bibliográficos de M.ª José Montes, La guerra española en la creación literaria. Ensayo bibliográfico, Madrid, Universidad de Madrid, 1970, y de Maryse Bwrtrand de Muñoz, La guerra española en la novela. Bibliografía comentada, Madrid, José Porrúa Turanzas, 1982.

[3] José Luis Martín Nogales, «Rafael García Serrano o los efectos de una guerra», Diario de Navarra, 19 de mayo de 1985, p. 35.

[4] Rafael García Serrano, «Del códice a la ordenanza», La Estafeta Literaria, 15-VII-I944. La cita la recoge Rodríguez Puértolas, op. cit., p. 237.

[5] Eugenio G. de Nora, La novela española contemporánea, vol. III, Madrid, Gredos, 1962, p. 43.

[6] Rafael García Serrano, Prólogo a La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula). En adelante, citaré siempre por esta edición.

[7] Advertencia preliminar de la 1.ª edición, Madrid, Editora Nacional, 1943.

[8] Jesús A. Fernández-Cañedo, «La guerra en la novela española (1936-1939)», Arbor, 37, enero de 1949, pp. 60-68.

[9] Se trata de un intertexto, ya que está tomado del himno de la Infantería: «[…] pues aún te queda la fiel Infantería / que por saber morir sabrá vencer».

[10] Hay que señalar que esta novela fue censurada a los pocos días de recibir el Premio Nacional de Literatura «José Antonio Primo de Rivera» correspondiente al año 1943, no por razones ideológicas, sino de tipo moral.

[11] José Luis Martín Nogales, Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, p. 101. Para la literatura falangista, cfr. José Carlos Mainer, Falange y Literatura, Barcelona, Labor, 1971; Javier Onrubia Rebudia, Escritores falangistas, Madrid, Fondo de Estudios Sociales, 1982; y Julio Rodríguez Puértolas, Literatura fascista española, Madrid, Akal, 1986.

[12] García Serrano, Historia de una esquina, Madrid, Editora Nacional, 1964, p. 116.

[13] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

«Volcán de amor» (1922) de Genaro Xavier Vallejos (y 4)

El Epílogo de Volcán de amor[1] sitúa la acción en la isla de Sanchón, a la que el Padre Francisco ha llegado en un junco de pescadores. Ahora está enfermo en la arena, mientras varios niños chinos rezan por él un «Ave María». Sigue encendido en amor divino (cfr. la p. 131), y se lamenta: «¡Y tener ahora / que rendir la vida / a las mismas puertas!» (p. 132). Llega Duarte, avisando de la venida de Pereira: el Virrey ha desposeído del gobierno a don Álvaro. El Padre Francisco se dirige a Dios: «Soy tu siervo, Señor» (p. 134); desearía más peleas y más labores en su nombre, pero está fatigado, rendido de cansancio; se reclina y queda recostado «en ademán sublime. Su rostro se reanima con misteriosa vida» (acotación en p. 135). Y, mirando a la cercana costa de la China, declama su parlamento final, con el que concluye la obra:

Aún te veo, tierra, esperanza mía…
Allí, mi esperanza… aquí, mi agonía…
Y en medio… la lengua bravía del mar,
en medio, la muerte que viene a llamar.
¡Mis hijos del alma!, a todos os veo…
¡Ay!, mi voz no alcanza cuanto mi deseo…
Me muero… Las olas que vienen y van,
las olas os cuenten mi postrer afán
y os digan que en este desierto paraje,
pensando en vosotros, consumé mi viaje.
No lloréis, mis hijos, porque yo no vaya.
Seguid esperando firmes en la playa.
Otros sembradores, detrás de mis huellas,
vienen ya como una bandada de estrellas.
¿No los veis? Ya se acercan.
¡Qué luz deslumbradora!
¡Se acabó la tiniebla!
¡Ya despierta la aurora…!
¿Cuántos venís?… ¡A cientos!
¡Señor, espera…, espera…!

(Desfalleciendo.)

                        Déjame que los cuente… Déjame antes que muera
que les muestre el camino que me cerraste a mí…
Que ellos lleven allí
estos afanes míos, de mi agonía presos…
Y entre tanto, Señor,
que bajo esta colina que ha de cubrir mis huesos,
hasta mis huesos sean un volcán de tu amor.

                      (Muere.) (pp. 135-136).

MuerteFranciscoJavier

La acción de Volcán de amor es sencilla y se encamina exclusivamente a elogiar la actividad misional del santo navarro, poniendo de relieve, en concreto, su deseo incumplido de predicar la fe de Jesucristo en el inmenso imperio de la China. A lo largo de toda la obra cobra importancia el desarrollo de las metáforas o imágenes implícitas en el título: volcán, fuego, abrasar…, que subrayan esa locura de la cruz, ese amor divino que ardía en el pecho del Apóstol de las Indias y el Japón. Por lo demás, el universo dramático de los personajes se divide maniqueamente en dos bloques, los buenos, muy buenos (el santo, Pereira, Duarte, Visva Mithas, Kadilah…) y los malos, muy malos (don Álvaro, Kanna, Abul-Bemar). Cabe destacar también la búsqueda por parte del autor de cierto exotismo patente no solo en los nombres geográficos, algunos de obligada mención (Triwalaor, Meliapur, Malaca, Sanchón…) o en la onomástica (dioses indios, brahmanes), sino también en la intercalación de algunas palabras originarias de lenguas orientales (pettisa, vaiscías, bakulas, sarong…).

Si nos fijamos en los personajes, en Volcán de amor asistimos, sobre todo, a la contraposición de dos caracteres, San Francisco Javier y don Álvaro de Ataide. En efecto, Javier concibe los territorios por los que pasa (India, Molucas, Japón…) como tierra de misión, mientras que Ataide los considera meramente como un mercado, «tierra de aventura». El santo se muestra en todo momento como padre de sus hijos, llevado siempre por su ansia de conquistar más almas para Dios; en cambio, a Ataide solo le impulsa el ansia de mercadear y queda caracterizado como «un traficante sin alma». Algo muy similar sucederá en la obra de José María Pemán, El Divino Impaciente, que es diez años posterior, que analizaremos próximamente[2].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

«Volcán de amor» (1922) de Genaro Xavier Vallejos (3)

El acto tercero de Volcán de amor[1] se sitúa en Malaca, en una pieza en la factoría de los mercaderes chinos junto a la lonja del puerto. Don Álvaro, que acaba de cerrar un negocio con dos comerciantes, recibe al Padre Francisco, cuyo único pensamiento sigue siendo convertir a los chinos; tan solo falta para poder embarcar el permiso del gobernador, que no es otro que don Álvaro. Pero este, cegado por la codicia, los detiene con la excusa de que debe honrar debidamente al embajador Pereira. Entonces, señalándose el corazón, dice el santo: «aquí […], aquí tengo otro sol que revienta por derramar afuera su luz y su fuego, y, como no le dejan, todo se me revierte desde lo más hondo y no lo puedo resistir» (p. 96). Desde este punto se insistirá en esa imagen de la fiebre —real y metafórica— que le abrasa cuerpo y espíritu.

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A continuación, un grupo de indígenas malayos acude al santo para pedirle que no los abandone; destaca por su originalidad la canción que entonan para encantar las serpientes[2]. Llega don Diego, que trae una carta del Virrey autorizando la embajada; don Álvaro cree que a Pereira le guía tan solo su impulso de mercader, y desea la embajada para él: «Es un traficante sin alma», resume Pereira (p. 104). Mientras, el Padre Francisco sigue soñando con la China y lamentándose de la detención:

Jesús mío, me llamas desde China hace mucho tiempo y la codicia de los hombres me cierra el camino. Y yo entre tanto, preso aquí, me desgarro y me consumo en este afán. Con esta ansia, cada vez más grande, me has traído hasta las puertas de China; y ahora… ¿me vas a dejar aquí, viéndoles morir para que sea mayor mi tormento? No me des castigo tan horrible. No te pido descanso ni galardón. ¡Solo te pido almas! ¡Almas! Oigo sus voces; me traspasan las entrañas; ¡qué angustia, Dios mío! (pp. 104-105).

Se dirige a Pereira, insistiendo en que le abrasa ese intenso fuego misionero; y pide a Dios le quite la vida pues, sabedor de que los chinos no tienen quien les predique, ya no puede soportar tanto dolor. Indica la acotación: «Aunque todo este apóstrofe es muy exaltado, apártese del Santo todo ademán fingido, declamatorio, artificioso; que solo resalte en sus palabras la intensidad del divino amor» (p. 105). Sigue otro monólogo del santo, sobre el fuego que le abrasa, en el que la emoción le hace llorar. Luego le explica a Duarte: «Lloro por mis hijos de China como llorabas Tú, Señor, por los tuyos de Jerusalén» (p. 108). Duarte, ante el vil comportamiento de su amo don Álvaro, le ataca, pero el Padre Francisco lo defiende de nuevo: «No se puede ir allá por caminos torcidos. Si el comienzo de nuestra jornada había de ser un charco de sangre, nunca sea» (p. 112). Para tratar de convencer al gobernador y obtener su permiso, el santo resume su vida (cfr. las pp. 112-113: su nacimiento en el seno de una familia noble, su salida de Navarra, su paso por París, el descubrimiento de su vocación religiosa y misionera…). Ahora un hombre tan solo le detiene, interponiéndose como obstáculo cuando apenas unas pocas millas de mar le separan de la China, y ese hombre, reprocha a don Álvaro, es con su conducta doblemente traidor, a Dios y al rey.

Don Álvaro le dice entonces que puede partir, pero Pereira no; sin embargo, esto no sirve de nada, porque el misionero solamente podría predicar al amparo de la embajada oficial (pues hay decretada pena de muerte para todos los extranjeros que pongan sus pies en la China). El santo se arrepiente ahora de su supuesto orgullo y cree que son sus propios pecados los que le cortan el camino; el brazo que sostiene el crucifijo se le desmaya:

¡Apártate, amor de mi alma! ¡No me atrevo a mirarte…! Pero, ¿adónde iré sin Ti? ¡No puedo vivir más…! Todo lo abandoné, Divino Salvador, por venir a buscarte almas en estas tierras, y ahora… mis pecados me apartan de Ti… ¡Señor… luz de mi alma! ¿También Tú me vas a desamparar? Vete, Señor, pero dime adónde me he de volver y dime qué he de hacer con este fuego que me abrasa el alma… ¡que Tú encendiste para abrasar el mundo…! Estrellas del cielo por donde me miraban sus divinos ojos, ¡apagaos! ¡Ya no le veré más! Voces de las aves y de los vientos y de las olas del mar, ¡ya no me repetiréis más las palabras que Él os decía para mí!… Y pues de nada me sirven ya, quítame, Señor, los ojos, y déjame ciego, sordo, mudo; y quítame esta vida que es un martirio sin Ti (p. 116).

Se le nubla la vista, queda sin fuerzas y, entre visiones, se le aparecen los montes de su tierra, el castillo natal, su capilla, y en ella un Santo Cristo sangriento[3]. Sigue una nueva exhortación lírica, en la que se explicita el título de la obra:

¡Ya voy! ¡Ya voy! ¡Es la China…!

                        (La figura del Santo se ilumina con un nimbo sobrenatural.)

Ya voy, hijos míos, los que Dios me diera.
Ya voy, que no sufre mi alma más espera.

[…]

¡Hijos de mi alma!, hincad las rodillas.
Se acerca al Imperio vuestro Emperador:
la sangre de Cristo, ¡mi volcán de amor…! (pp. 118-119).

Y Vallejos cierra el acto poniendo en boca de San Francisco Javier el tan famoso como bellísimo soneto anónimo «No me mueve, mi Dios, para quererte…», que, en efecto, ha sido atribuido —entre otros muchos posibles autores— al santo navarro[4].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] «Mingaya / Dungaya / Petaya / Lahí, lahí, lahí, / Pengayaré, / Lahí, lahí, lahí, / Perampampuán / Lalaqué, lalaqué, babayé, / Perampampué / Lahí, lahí, lahí, / Perampampuán / Perampampué» (p. 99).

[3] El autor anota al pie: «Recojo en este pasaje la tradición del sudor de sangre que sudó el milagroso Cristo moribundo del Castillo de Xavier, los viernes del último año de la vida del santo» (p. 118).

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

«Volcán de amor» (1922) de Genaro Xavier Vallejos (2)

La acción del segundo acto de Volcán de amor[1] ocurre en Meliapur, ciudad llamada por los cristianos Santo Tomé; en concreto, en el parador de los mercaderes portugueses cerca del puerto. Ha pasado un día desde el final de la jornada anterior. Se nos indica que el gran sacerdote Visva Mithas se ha bautizado y se llama ahora Alfonso; y lo mismo ha hecho Kadilah, con el nombre de Antonio de Santa Fe. Pereira avisa a don Álvaro de que él y el misionero van a embarcar para Goa: van a China en embajada del rey de Portugal don Juan III. Don Álvaro se refiere irónicamente a esa misión: «A él solo la China, los chinas, las almas, la conversión de los pecadores, la vida perdurable…» (p. 68). Habla así porque ha vislumbrado el gran negocio comercial que puede realizarse al amparo de esa embajada oficial a la China (cfr. p. 69) y se siente invadido por la codicia, lo que le lleva a detener a Pereira y encerrarlo en su castillo de Malaca.

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Después don Álvaro recibe la visita de Kanna, quien le ofrece el valioso collar que ambicionaba con la única condición de que ajusticie a los dos brahmanes bautizados, Visva Mithas y Kadilah. En esto llega el Padre Francisco con los dos indios. Duarte, arrepentido ya de los excesos de su amo, previene al santo de los malvados planes de don Álvaro. Pero el Padre, sencillo y confiado, no termina de creer cierta la maldad del gobernador, a quien indica:

Advierto que nuestros oficios se parecen mucho. Vos, buscando siempre la honra del Rey, sin descuidar la de Dios; yo, siempre buscando la honra de Dios, que nunca será en perjuicio de la del Rey (p. 79).

Javier reitera la noticia de que van al imperio de la China: el embajador será Diego Pereira y él, bajo su amparo, podrá predicar la fe católica. Duarte le avisa otra vez del peligro que corren los nuevos bautizados, pero ya es tarde. Don Álvaro, enfadado por las intromisiones de su escudero, se lanza al ataque y hiere de muerte con su espada a Alfonso, aunque Antonio consigue huir. El acto se remata con unas palabras del jesuita: «¡Caín! ¿Qué has hecho de tu hermano?», y la acotación explicita: «La voz del Santo queda vibrando como un anatema» (p. 86)[2].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

«Volcán de amor» (1922) de Genaro Xavier Vallejos (1)

VolcanDeAmor_VallejosGenaro Xavier Vallejos Jabala[1] (Sangüesa, Navarra, 1897-1991) fue sacerdote y escritor. Dejando aparte su importante actividad en el terreno sacerdotal (centrada en el ámbito de la misionología), es autor de obras literarias como Viñetas antiguas (1927), Pastoral de Navidad (1942) o El Camino, el Peregrino y el Diablo (1978). A San Francisco Javier dedicó el drama histórico-misional Volcán de amor (1922) y otra pieza a la que puso música el Padre Antonio Massana, SJ: Xavier. Estampas escénicas en un prólogo, tres cuadros y un epílogo, estrenada en Barcelona en 1930[2]. Volcán de amor obtuvo el primer premio en un certamen nacional celebrado en Burgos y fue estrenado con éxito por Bartolomé Soler en el Teatro Gayarre de Pamplona la noche del 24 de septiembre de 1922. Se publicó en forma de libro al año siguiente, en 1923, con el subtítulo de Escenas de Amor Divino. La obra, que constaba de tres actos y un «Cabo» o epílogo, llevaba en esa edición la siguiente dedicatoria:

A la Diputación del Reyno de Navarra. Este es el varón que despreció al mundo. Este es el que vio nacer el sol de Oriente. Este es el que, saliendo de su patria, la engrandeció por los confines de la tierra. Este es nuestra historia. Este es nuestra raza. Por los siglos de los siglos, Francisco Xavier.

La obra, muy representada en colegios y seminarios, tuvo nuevas ediciones, con ligeros retoques y modificaciones en el texto dramático, y a la altura de 1942 había alcanzado ya la cuarta edición (Bilbao, El Siglo de las Misiones)[3]. Su acción se centra en el último año de la vida de San Francisco Javier (la muerte del santo, a las puertas de China, constituye precisamente la culminación del drama). Alternan en la obra la prosa y el verso. El reparto es bastante extenso, aunque destacan tres personajes fundamentales: en primer plano, la figura del santo navarro; y en un segundo término, su colaborador, el mercader Diego Pereira, y su antagonista, don Álvaro de Ataide. Examinemos el argumento acto por acto.

El primer acto se sitúa en el templo de Triwalaor, en la India. Don Álvaro y su escudero Duarte, disfrazados de indios artesanos, se acercan al templo deseosos de apoderarse de un fabuloso collar de perlas que allí se custodia. El fakir Abul-Bemar y Kanna, un fiero brahmán, hablan de un «cuervo» —en alusión al misionero navarro— que, con su predicación, les roba los indios del templo desde hace tiempo (pp. 39-40); se lamentan además de que Visva Mithas, el gran sacerdote, se haya puesto de su lado; este reconoce explícitamente que los dioses indios están caducos y viejos y que el dios Bramah está aburrido. Los dos malvados trazan su venganza; Kanna afirma: «Si no podemos vengarnos como leones, seremos reptiles. Verás qué buena venganza. Yo te lo prometo» (p. 42), y Abul-Bemar: «¡Como reptiles! ¡Padre Brahma, dame la astucia, dame el veneno de una serpiente!» (p. 42).

Tras la presentación de estos dos personajes negativos, se alza a continuación la figura santa de Francisco de Javier, inflamado de amor divino, tal como nos lo muestra la acotación de las pp. 42-43:

Por los castaños de la izquierda aparece la excelsa figura de San Francisco Javier. Es el Padre Francisco. Lleva ya diez años en la India y está en el postrero de los cuarenta y seis de su vida santa. Su cabellera, que ha sido negra, como su barba y sus ojos, encaneció ya por la fatiga dura del apostolado. Alza de ordinario el rostro encendido de una misteriosa fiebre, y hay en sus pupilas tan extraño resplandor que todos dan por sabido que el Padre Francisco anda en un perpetuo éxtasis.

Lleva una sotana raída, con el cuello alzado y vuelto al estilo de la época, y un ceñidor a la cintura; de una cinta gruesa le pende el crucifijo aquel que le devolvió un cangrejo cuando le lloraba perdido a orillas del mar. Su palabra es fuego. […]

Conviene notar que las maneras y la expresión del semblante de San Francisco han de ser en todo momento, aun en los trances de más apasionada exaltación, contenidos por una interior austeridad. Ningún gesto violento, ni en el deseo, ni en el ademán de esta alma sublime que en todo momento vive anegada en la presencia de Dios.

En su primer monólogo, pronunciado «Con sobreanhelo», muestra ya su deseo de pasar a la China, donde le esperan miles de almas que convertir al catolicismo (este será su mayor deseo, repetido constantemente a lo largo de la obra):

¡Hijos míos, con qué ansia tan divina
sueña en vosotros mi alma enamorada!
(Arrobado.)
¡Hijos míos de China…! (p. 44).

Sin embargo, antes de marchar quiere rescatar a Kadilah y Souka, dos jóvenes brahmines que van a convertirse al catolicismo. Kadilah se niega a participar en los sacrificios paganos y está dispuesto a marchar con el Padre Francisco; en cambio, Souka no se atreve a partir por no dejar sola a su madre. Kanna, que insiste en la imagen de los «cuervos» para aludir a los misioneros y sus negras sotanas, acusa directamente a Javier: «Tú nos robas la gente de las pagodas» (p. 49). El santo, por su parte, proclama la hermandad universal en la religión cristiana: «Sí, hijo mío; en este país y en el universo mundo todos somos iguales, porque todos somos hijos de Dios y llevamos su misma sangre» (p. 50). Su mayor deseo es marchar a Santo Tomé, y desde allí embarcar rumbo a la China:

¡Y pronto, rostro al mar! (Con mucha exaltación.) ¡Tengo un ansia de verme luego en el mar! Es tan descomunal el tesoro que allí llevamos que se me imagina andar tropezando por todas las vías de tierra, y no sosiego hasta verme en medio del mar. Iremos como conquistadores de una nueva cruzada, sin lanza y sin espada, a todos los rigores. Mendigos, harapientos, desafiando a piratas y vientos y furias de la mar. Va con nosotros Cristo, ¿qué nos ha de faltar? Él nos lleva adelante. A nuestra voz de mando, el reino de la Iglesia se ha de ir ensanchando. Ese imperio de China de millones y millones dicen que es. Todo para nosotros tres. ¡Qué divina alegría! Segar y segar mies desde que nazca el día, y otro y otro y otro día después… (p. 53).

El Padre Francisco pone paz entre don Álvaro de Ataide y el mercader Diego Pereira, que han entablado una agria discusión. Después sale el cortejo de sacerdotes indios para realizar el sacrificio humano que establece su rito sagrado, y San Francisco trata de detenerlo. Una acotación nos informa de que Abul-Bemar «Se retuerce como un verdadero reptil» (p. 56; cfr. sus palabras del comienzo). Visva Mithas advierte al misionero del peligro que corre, pues los sacerdotes son fanáticos; pero, «con un empuje sobrenatural», los hace retroceder arrastrándolos «hacia las tinieblas misteriosas del templo» y todos los demás claman: «¡Solo Cristo Dios! ¡Solo Cristo Dios!» (p. 57). Visva Mithas se arranca su collar sagrado y lo arroja a los pies de los brahmanes. El acto se remata con la indicación de que el Padre Francisco «Queda en las tablas con el Cristo en alto, radiante, magnífico, triunfador» (p. 57)[4].


[1] Sobre la vida y obra de Vallejos, ver Carlos Mata Induráin, «Genaro Xavier Vallejos (1897-1991). Biografía, semblanza y producción literaria de un sacerdote sangüesino», Zangotzarra, 2, 1998, pp. 9-91. Citaré el texto de Volcán de amor por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] Ver Ignacio Elizalde, Navarra en las literaturas románicas (española, francesa, italiana y portuguesa), tomo III, Siglos XVIII, XIX y XX, Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1977, pp. 454-455.

[3] Existe también traducción de la obra al euskera, del año 1931, bajo el título Sutan biotza (traducción de Juan Iruretagoyena, Zarautz, Eusko Argitaldaria Zelaya ta Lagunak, 1931)

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.