«Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: valoración final

José Luis Tejada propone en Prosa española[1] acabar con las «posturas disyuntivas» de esta «estirpe disyuntiva» española; olvidar el pasado rencor, que no es sino «memoria muerta» de una «hornada belicosa», y mirar al futuro con esperanza, olvidando los viejos maniqueísmos: «Y además, que aquí nadie juega más / a los malos y a los buenos» (p. 31). Plantea una reconciliación nacional sólida y duradera, una paz de la que quizá su generación ya no pueda disfrutar, pero sí sus hijos, que son el futuro y la esperanza.

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De hecho, la voz lírica se sitúa a medio camino entre una generación que vivió activamente la guerra y esa otra generación futura que deberá gozar la paz y el olvido, como indica el poema «Desde mi punto muerto»[2]. A los jóvenes corresponde el abrir «de par en par la palabra» (p. 16) y avanzar todos juntos de consuno, sin más divisiones: «ahora hay que cantar a coro» (p. 34). Ahora, grita el poeta, es el momento de olvidar la «voz armada» (poema «Delitos»), de buscar el «amor que une», el «olvido que lava», el respeto mutuo que garantice la convivencia, para «preparar las sendas / a un futuro sin más revanchas» («Estos versos se quedan solos…»). Pero su deseo ya no se limitará solo a España, sino que abarcará al mundo entero, anhelando una humana vivencia en fraternidad universal. En suma, el mensaje que nos lanza al corazón José Luis Tejada es que nos olvidemos de los diversos «yo» individualistas y que formemos entre todos un «nosotros» colectivo y solidario gracias al cual podamos en el futuro, como decía con bellísima expresión en el poema «Reclamación»[3], hablar siempre «en paz alta»[4].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] «A caballo mi vida entre la vida / de los de ayer y de los de mañana, / con una mano asida a mis recuerdos / y con otra a mi esperanza». También en el primer soneto de «Tríptico de la Libertad» contrapone «lastres de ayer, tirones de mañana» (p. 49).

[3] Perteneciente a Razón de ser.

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

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«Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: notas sobre el estilo y la métrica

Apuntaré unas notas mínimas sobre el estilo y la métrica en Prosa española de José Luis Tejada[1], pues mi análisis de este poemario, en entradas anteriores, ha sido fundamentalmente temático. Cabe destacar la abundancia de los juegos de palabras, consistentes en zeugmas dilógicos, paronomasias, figuras derivativas o en la modificación jocosa de los elementos componentes de una frase hecha: da contradiós (p. 14); mucho ruido y pocas… veces (p. 39); dolido de por muerte (p. 41); déjanos ya los ramos y los remos (p. 43); y nada menos real que mi real gana (p. 49); primaverar, grisar (p. 59); Andalucía no anda muy ‘lucía’ (p. 59), Castilla se encastilla (p. 59); Canonizada, la bomba / ya es zambomba (palabra que debemos pronunciar con seseo, para mejor entender el chiste: es San-bomba, p. 60); ámbitos nuevos siemprevírgenes (p. 64); un sol mismo / que nos parió parientes y parejos (p. 66); cadena de ese hierro, de ese yerro (p. 67); del compartir del pan, del compañero (p. 67); la historia / esta del Hambre, hembra del hombre, Universal (p. 72); fallo fallido (p. 73); etc.

JoseLuisTejada

Por lo que toca a la métrica, me interesa destacar que los versos cortos, en especial los quebrados, aportan un tono juguetón, irónico o burlesco, mientras que los versos largos y las formas métricas tradicionales (así, todos los sonetos), con su tono más sobrio y serio, constituyen el vehículo preferente para reflexiones más profundas. Cierto tono festivo proporcionan igualmente las rimas internas (por ejemplo, en las pp. 36, 37, 39). Por lo demás, destaca la presencia, en ocasiones, de pequeñas salidas de tono, en busca de un efecto sorprendente que llame la atención del lector; así, el poema «Si alguien mata a Caín» se remata con el verso «y así nos luce sobre el cráneo el pelo» (p. 68)[2].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

«Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: el poeta y el papel de la poesía

Respecto al sentimiento de fraternidad universal, José Luis Tejada se refiere en reiteradas ocasiones en su poemario Prosa española[1] a «esta única [familia] que somos»; el mundo es un hogar-tierra en el que todos hemos sido paridos «parientes y parejos». Y nos recuerda que solamente «la ganzúa / derecha del amor» puede salvarnos; y que «Sólo se ha dado al Amor / todo el poder en la tierra»[2].

Hogar-Tierra

Unida a estos dos temas, existe también una reflexión sobre el poeta y el papel de la poesía en «Coplas de las aguas turbias», donde comenta que la poesía se ha hecho ética, comprometida en la denuncia del presente, olvidando que debe ser en primer lugar estética[3]; a su vez, en las «Coplas de la mala racha» Tejada aboga por una poesía, más que social, popular[4]. Por último, en «Cuidemos este son», tras expresar su admiración por todas las modalidades del cante popular, tan querido y practicado por Tejada, manifiesta su deseo de que «el varón dolido y pobre» pueda encontrar en él materia diaria «para la rebelión y la esperanza»[5].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] Esta preocupación por la convivencia humana solidaria no es exclusiva de Prosa española, sino constante en la poesía de José Luis Tejada. En el primer terceto de «Amor es la razón» —de Razón de ser (1967), recogido en Poemía, p. 93— escribía: «Estas con los demás aunque no quieras / y los demás en ti y aun Dios con todos // trascendiendo tu nada con su abismo». En el primer poema de Razón de ser, «Misterio doloroso», afirmaba: «Es vivir irse dando restregones / sangrientos contra el quicio / del corazón más prójimo» (p. 11); y en «La peste a bordo», de ese mismo libro, se mostraba convencido de que «Nos perderemos / si no aprendemos a salvarnos juntos» (p. 47).

[3] «Lo social / se imprime, pero no cunde» (p. 29).

[4] «¿Y si al verso se le echara / una mijita de sal / y un chorrito de agua clara? / ¿Eh?… ¿Qué tal? // A lo mejor resultaba / que no resultaba mal / y a la gente le gustaba. // Y al final, / tal poesía / ¿no sería / más social?».

[5] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

«Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: el símbolo de la casa

Como hemos podido comprobar en las entradas anteriores, los principales temas del poemario Prosa española[1] de José Luis Tejada son dos: 1) una reflexión sobre la situación de España tras la guerra civil: el autor ve necesaria en el presente una reconciliación nacional, superadora del pasado, que garantice a todos los españoles un futuro libre y esperanzado[2]; y 2) una llamada a vivir la fraternidad universal de todos los seres humanos, hermanos en Cristo[3].

Para aludir a la situación española, José Luis Tejada recurre en distintas ocasiones a un símbolo claro, el de la casa común. Así, en el poema «Desde mi punto muerto» leemos los versos: «Rencor, memoria muerta, ¿hasta qué día / seguirás infectándonos la casa, / cegando los resquicios al olvido, / emponzoñando incluso la nostalgia?» (p. 14). La imagen reaparece en «Letra para una joven cantante»: «Parece ser —no me lo han dicho— que algo anda mal dentro de casa» (p. 18). Y también en «Cuestión», que empieza con la pregunta: «¿Fue necesario edificar la casa / esta, sobre tamaño monte de escombros vivos» (p. 19). En «Oración por los españoles sin España» se habla de «esta lágrima / que desborda la casa»; y más adelante se desarrolla la idea; el símbolo, teñido hasta ahora con tintes negativos, se carga de matices positivos al augurar que los exiliados, cuando vuelvan a España, se acercarán al calor del fuego de la casa: «Y cuando asomen por la puerta inmensa / de tus lindes […] / que nadie les pregunte […], / que sólo quieren / arrimar más la silla a tu candela» (p. 24). España será para ellos no solo el fuego, sino también el pan y el agua que necesitan para vivir[4]. En suma, ahora el poeta defiende con sus versos la construcción de una España diferente, vista como una casa cómoda y habitable en la que todos tengan cabida.

Casa

En la tercera parte, esa imagen de la casa no se referirá solo a España, sino que se extenderá a todo el mundo. Así, «Dices tú…» es una invitación a no cerrar la cancela del hogar, para que los demás no queden fuera, «privados de tu mesa y tu calor». En cambio, en la sección tercera, «La casa», de «Si alguien mata a Caín», se reitera este símbolo en su lectura negativa: «La casa fue una resta, no una suma»[5].

Volviendo a España, es interesante otra imagen que nos la presenta como un vestido desgarrado: en «Hablando en plata», el poeta protesta: «que ya está bien de desgarrones / sobre la pobre piel de España» (p. 17, tomando la imagen de la superficie de la península como una piel de toro extendida); en el soneto «Exules filii Hispaniae» leemos: «Que ya no más desgarren tus costuras» (p. 21); y en «Oración por los españoles sin España» se dirige a ella como «remendadora de tu propio cuero» (p. 23). En «Desde mi punto muerto» Tejada llama a España «madre común» («y es la madre común la que está en juego», p. 15); y lo mismo en «Oración por los españoles sin España», donde se habla de «Madre común España», y luego de «madre abuela» (pp. 23 y 24); en fin, hay que recordar que el título de la tercera parte del poemario es «Tierra madre», que puede aludir tanto a España como al mundo. Otras imágenes interesantes, aunque menos repetidas, con alusiones únicas, nos presentan a España como una novia con varios pretendientes, cada uno de los cuales quiere que sea de una forma distinta (en «En qué consiste ser español», donde afirma que solo sabemos «matarnos y morir» por sus pedazos, p. 22); también como flor marchita (en «Exules filii Hispaniae», p. 21) y como rosa y viuda fiel (en «Oración por los españoles sin España», p. 23)[6].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] Es preocupación presente en otros libros poéticos de Tejada; por ejemplo, en la «Evocación final» de Para andar conmigo señalaba que era necesario ventilar los campos de Castilla (podemos leer España) «de los rastrojos cárdenos del odio / y de un rencor de brozas amarillas».

[3] Aunque en este poemario no se tocan temas religiosos, esa fraternidad universal que proclama Tejada está basada, se insiste, en que todos somos hijos de Dios.

[4] Tejada no evita alusiones que pudieran resultar sangrantes, como los elevados precios de la vivienda (p. 33) o la referencia a los estraperlistas (p. 36).

[5] Y sigue así: «“Lo mío” fue un “no tuyo”. Signos “menos” / dibujaban la tranca de una puerta, / la lanza, la alambrada del lindero. // Y le crecieron dientes como almenas / a la casa por cima de los techos / y los duros portales se estrellaron / contra las frentes de los más pequeños» (p. 57).

[6] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (4)

La cuarta sección de Prosa española[1], «El maestro», se refiere a Cristo, cuya Cruz es bellamente interpretada como un signo más frente a tantos signos menos alzados por los hombres; el yo lírico se lamenta de que no se haya entendido su mandato de amor fraterno, «Amaos». Y el siguiente poema, «No (Salmodia pobre por los torturados)» (pp. 69-70), insiste por enésima vez en la necesidad de cultivar el amor entre los hombres, entre hermanos, pues que todos lo somos en Dios, como expresa esta quintilla:

Somos un Todo sagrado
capaz de herirse a sí mismo.
Somos un místico abismo
de fondo nunca explorado.
Eres, somos, soy sagrado.

Luego manifiesta su voluntad de hacer algo por los más desprotegidos: «Quiero querer ofrendarme / por todos los maltratados». Explica que en esta vida todos debemos vernos reflejados en los otros, mirarnos en las caras de los demás como en un espejo, porque todos somos hermanos. Y luego exclama: «Caiga el arma de la mano», «Danos a luz. Abre el día»; tales son las peticiones que hace al Amor, cuyo poder ha proclamado en este poema, y que así, con mayúscula, debemos identificar con Dios.

«Futuro perfecto» (p. 71) expresa la idea de que nuestros nietos se sorprenderán de la violencia de finales del siglo XX, de este «turbio ahora» en el que encuentra «toda esa verdinegra, casi sólida hiel» y «chorros, diluvios de violencia»; pero ellos, en fin, podrán salvar las «turbias tapias» que impedían «este sol que trajimos / salvajemente hasta su paz de entonces». En «Sodoma» (p. 72) el poeta se dirige a un tú que solo sabe hablar de «los míos»[2], recordándole que para salvar las dificultades se precisa «un puente de hombros múltiples» del que cada uno de nosotros es un tramo. Le recuerda asimismo que todos, esclavos o verdugos, somos «de la simiente de Eva / y de Cristo» y que «Lo que peligra es toda la ciudad», apostillando: «Y al cabo, quién te dice que no eres / tú ese justo que faltas / para la cifra que nos salve a todos»[3].

Sodoma

El último poema, «Delitos» (p. 73), empieza recordándonos que: «Toda guerra es civil, toda reyerta, / familiar, / todo pleito injusto, todo / fallo fallido si condena». Todos somos culpables, parece querer decir el poeta, de esa sarta de males que atenazan al mundo: violencias, ofensas, violaciones, ejecuciones, raptos… Incluso los que callan —«la abstención congelada de los indiferentes»— cometen un crimen. Además, todos estos delitos tienen el agravante «de alevosa consanguinidad» por ser cometidos contra nuestros propios hermanos. El poemario se remata con una composición de dura condena, y con un tono que parece negativo o desesperanzado. Sin embargo, no deja de ser significativo que la última palabra sea precisamente consanguinidad, que nos recuerda la idea que Tejada ha defendido en esta tercera parte: que todos los hombres somos una sola sangre, seamos blancos, negros, azules o amarillos[4].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] La misma idea en otros dos poemas anteriores, «Dices tú» y «Si alguien mata a Caín».

[3] El lema es «No destruiré la ciudad en atención a los diez (Yahvéh)» (palabras que corresponden al pasaje bíblico en que Abraham intercede por Sodoma, Génesis, 18, 20-32).

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (3)

Tras el paréntesis monográfico que supone el «Tríptico de la libertad» (que plantea un tema no ajeno, sino indirectamente relacionado con lo que se ha expuesto antes: sin libertad, sin libertades, será difícil lograr la reconciliación nacional), los doce poemas de la tercera parte de Prosa española[1], «Tierra madre», buscan elevar a categoría universal los temas que preocupan a Tejada: ahora ya no se trata tan solo de una reflexión sobre España y los españoles, sino que el poeta salta por encima de las fronteras de su propio país y entona un exaltado canto a la fraternidad universal. Así sucede desde el primer poema. En efecto, «Dices tú» (p. 55) es un apóstrofe dirigido a todas aquellas personas que solo son capaces de ver la realidad más inmediata, sin darse cuenta de que existen otros problemas verdaderamente sangrantes en el mundo a los que deberíamos poner remedio:

Hay más hijos sin padres que con ellos,
hay más padres con hambre que con pan
y son tu misma sangre, blancos, negros
o amarillos, cual tú, nietos de Adán[2].

Blancos_Negros_Amarillos

Sigue un bello verso que recuerda a todas esas personas: «Tu familia no acaba en tu cancela»; los aludidos deben abrir al prójimo las puertas del hogar, que no son otras que las puertas del corazón. Tejada proclama aquí la hermandad universal de todos los hombres, unidos «en el parentesco en Cristo»[3].

En «Cargos» (p. 56), el yo lírico acusa a todos —incluso a las palomas, al agua clara, al sol, a la voz del viento…—, y, sobre todo, se acusa a sí mismo del horrible «crimen del silencio», entonando el mea culpa con estas palabras: «Debí gritar al ver que amordazaban / al alba, pero tuve pena y miedo». Por su tono, este poema se aproxima más a los de la primera parte que aludían a la situación española (silencios cómplices durante la guerra y la posguerra), aunque la ausencia de expresiones localizadoras concretas[4] podría conferirle también alcance universal. En cambio, «Lo peor» (pp. 57-58) retoma claramente la misma idea expuesta en «Dices tú…», y empieza:

No se trata de extraños; es la misma familia.
Ni animales ni monstruos ni marcianos.

Hombres como vosotros y yo, niños, mujeres,
tan inmortales como el Cristo mismo,
sencillamente pasan hambre.

Tejada da un nuevo aldabonazo en el corazón del lector para recordarle —para recordarnos a todos— los deberes que nos impone la fraternidad universal como hijos de Dios: todos los hombres formamos esa «familia total» de que habla y cada uno de nosotros debe remediar en primer lugar la indigencia más cercana, socorrer a los sujetos de cualquier sangre sea «blanca, negra, amarilla», pues debe ser «sangre unamente sentida». «Luego hablaremos de otras muchas cosas, / todas ellas menores…», añade. Porque no puede haber poesía, en el sentir del poeta, mientras existan injusticias por reparar.

En los textos siguientes irán alternando los poemas que tienen lecturas en referencia específica a la situación española y los que cabe interpretar en clave universal, aunque a veces la diferencia sea difícil de establecer con precisión. A la realidad española parece aludir, con desesperanza, «Abril negro y cerrado» (p. 59), que es, según indica el subtítulo, un «Aborto de soneto», peculiar por la acumulación de encabalgamientos, la introducción de giros coloquiales y la abundancia de juegos de palabras y creaciones léxicas; el texto insiste en los aspectos más negativos, con expresiones como bilis, agrio cuajo del rencor, «un invierno eterno y sin abriles» en el que llueve y no nieva… (que recuerdan las imágenes de «Desde mi punto muerto») para acabar con un resignado «En fin, paciencia», porque nada cambia y todo sigue igual.

«Villancicos para una tregua»[5] (pp. 60-61) insiste en la idea de la deseada unidad fraternal de blancos, negros y amarillos; los grupos rivales son capaces de hacer una tregua para cenar, pero no de salvar «el abismo / entre fiera y fiera humana» y firmar una paz duradera: «Por ahora, todos hermanos; / pero el machete, cercano, / al alcance de la mano». Y acaba con la pregunta desesperada del poeta, que no comprende: «Si hay tregua, ¿por qué no hay paz?».

El comienzo de «Formalidad» (pp. 62-63) recuerda la serie de Miguel d’Ors sobre «La segunda mitad del siglo XX», época en la que siguen imperando en muchos lugares de la tierra el hambre y la miseria, el analfabetismo y las guerras. El poeta constata: «Aún nos sobra miseria en el planeta / y hay tanta boca por saciar…» (p. 62). Las guerras, en concreto, explica el yo lírico, son algo necesario porque constituyen un inmenso negocio y, por tanto, seguirá habiéndolas mientras haya quien se beneficie de ellas (esos banqueros, empresarios, etc. a los que se dirige pidiéndoles irónicamente formalidad). Sin embargo, cabe depositar cierta esperanza en la religión y en los hijos, que son el futuro: «Yo tengo un hijo como un árbol / que está aprendiendo ya a rezar».

En «Tened, hijos» (p. 64), que insiste en que ellos son el «futuro nuestro», el poeta les ofrece la paz que su generación ha vislumbrado, aunque no alcanzado del todo: la generación anterior fue la de la guerra; la suya ha estado a punto de arribar al puerto de la paz, aunque no lo ha logrado todavía; en cambio, «Vosotros ya poseeréis las paces», y entonces:

Hambre, guerra, dolor y otras miserias
serán ya apenas fúnebres recuerdos.
Seréis verdad, la muerte ya bien muerta,
y aún jugaréis con el dogal del tiempo.

«Si alguien mata a Caín» (pp. 65-68) es un poema dividido en cuatro secciones, «La soga», «La cadena», «La casa» y «El maestro»[6]. La primera habla de la familia universal, del «gremio» que todos los hombres constituimos sobre «este hogar-tierra». La segunda nos recuerda que las víctimas de hoy fueron ayer verdugos y viceversa: «Lo urgente es cercenar esta cadena, / esta sarta suicida y sin remedio», pues —insiste el poeta— todos somos iguales, «blancos, negros, azules y amarillos»; tan solo nos pide que «nos descangilonemos / ya mismo» de esta noria, poniendo fin a la «rueda de rencores» en que vivimos inmersos, porque si no «no va a quedar ni quien lo cuente luego». En la tercera sección se lamenta del nacimiento de expresiones como «lo mío» (que es un «no tuyo»[7]), y añade:

 Se olvidó, se ignoró el sabor divino
del compartir del pan, del compañero.
La alegría de dar, de darse, herida,
arrastró su agonía por los suelos (p. 67)[8].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] Y más adelante leemos: «Porque no oyes las voces de hambre y de frío, / de ignorancia, dolor y soledad. / Te hace falta una trompa en el oído / y en el ojo un cristal de claridad».

[3] «El parentesco en Cristo, ¿no te basta? / ¿Es que aún no les has reconocido / tu misma, miserable, condición?».

[4] Salvo, quizá, la alusión final a «nuestros campos».

[5] Empieza con el verso de un célebre villancico tradicional: «Esta noche es nochebuena / porque no suena el cañón… / pero mañana ya suena» (p. 60).

[6] Lleva dos textos preliminares, una cita del Génesis, que proporciona el título, y un apunte entresacado de la prensa diaria sobre el ajusticiamiento de catorce hombres en Bagdad.

[7] Esta idea estaba anticipada en unos versos de «Dices tú…», donde leemos: «Tú dices: “hijo mío…, hermano mío” /hablando torpemente en singular / porque no ves los ojos de otros niños / que acechan desde fuera de tu hogar» (p. 55). Y al comienzo de «Sodoma» acusa a otra persona de decir también «Los míos» y «Cada uno […] a lo suyo» (p. 72).

[8] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (2)

La segunda parte de Prosa española[1], «Tríptico de la libertad», se encabeza con una cita de Paul Eluard, «Yo he nacido para conocerte, para nombrarte, Libertad», y consta de tres sonetos, cada uno presidido a su vez por otra cita sobre este tema[2].

Libertad1

En conjunto, estos textos constituyen, con su entramado de citas, una profunda reflexión del yo lírico: el primero, con sus abruptos encabalgamientos, presenta la libertad como un bien necesario a todos, pero difícil de alcanzar («un espejo ilusorio que molesta / en los ojos del alma y los riñones»); el segundo es una interrogación sobre la libertad personal del hombre frente a Dios[3]; el tercero expresa una entusiasta afirmación de la propia libertad del yo lírico:

Soy libre. Claro que soy libre. Claro
que lo soy, pues que sigo, pues que paro
según me da el amor, según me suda.

Libre y capaz, y tanto, que me fundo
en libertad, y en libertad me hundo
como un dardo en el centro de mi duda[4].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] El primer soneto lleva unas palabras de Ruskin: «… ese fantasma que los hombres llaman libertad»; el segundo figura precedido por una cita de Amado Nervo: «Libertad divina, ¿dónde anidarás?»; el tercero se encabeza con la gozosa afirmación de Cervantes «Libre nací y en libertad me fundo». Este tercer lema es el último verso de un famoso soneto de Gelasia incluido en el Libro IV La Galatea de Cervantes (ver Obras completas, ed. Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 137b), que Tejada recupera haciendo a su vez un juego de palabras: «me fundo / en libertad, y en libertad me hundo».

[3] Al menos, así interpreto los últimos versos: «Suponiendo, que no es suponer poco, / que no sea presa de un pescador loco / que me saque del mar por las agallas».

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.