Francisco Navarro Villoslada, poeta

ObraPoeticaAdemás de otros variados géneros literarios, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) cultivó también la poesía lírica. Sin embargo, esta actividad poética de este escritor nacido en Viana (Navarra) es, sin duda alguna, una faceta prácticamente desconocida, para el público en general y para la crítica especializada en particular. Hace unos años la intenté recuperar en un libro dedicado a editar su Obra poética[1], en el que ofrecía el corpus completo de sus poesías (todas las que publicó en vida y varias más que dejó inéditas). Además, dado que apenas se había comentado nada de la faceta de Navarro Villoslada como poeta, quise que el análisis que precedía a los textos de sus composiciones líricas fuese bastante detallado, dando un comentario temático, métrico y estilístico de sus poemas. Este año 2018 en que conmemoramos el Bicentenario del nacimiento de Navarro Villoslada es una buena ocasión para volver a ocuparnos de esta olvidada faceta suya  como poeta.

En el número de Pregón de 1968 José María Corella ofrecía un artículo titulado «Navarro Villoslada, autor dramático», queriendo resaltar con ese epígrafe que el de Viana también había escrito piezas dramáticas. Pues bien, podemos calcar ese título para destacar ahora la actividad poética de nuestro escritor: Navarro Villoslada también fue poeta, aunque en las historias de la literatura española casi nunca se suele mencionar esta faceta. Igualmente, en las antologías de poesía española, en general, o específicas del siglo xix[2], ni es mencionado ni se incluye ninguno de sus poemas. Es más, ni siquiera todos los críticos que han estudiado la historia literaria de Navarra y que, por tanto, han dedicado unas líneas al escritor vianés, dicen algo al respecto (así sucede, por ejemplo, en la antología realizada bajo la dirección de Ignacio Elizalde). Por supuesto, no es que Navarro Villoslada sea el primer poeta del momento en que vivió, eso es evidente; pero cuando menos debería conocerse que escribió poesía y que, si no todas, algunas de sus composiciones poseen cierta calidad y algunos aciertos notables.

Así pues, esta parte de su producción no había sido estudiada hasta ahora. Todo lo más, se pueden espigar algunas breves opiniones de quienes han hablado de él: Ferrer del Río, en 1849, ya señaló que había escrito «varios ensayos dramáticos y algunas poesías notables»[3]; Laurentino María Herrán[4] indica que fue «menos poeta que novelista», pero «sin embargo, también escribió versos aceptables»; Manuel Iribarren indica que «fue un correcto y entonado poeta» y añade: «Su “Oda a la Virgen del Perpetuo Socorro” es buena prueba de su inspiración y capacidad poética»[5]; Celia López Sainz señala: «Como poeta cultivó con fortuna la oda heroica y la sagrada; también la sátira, que lanzó contra sus enemigos»[6]; en fin, José Ramón de Andrés Soraluce afirma que «la poesía es consustancial al arte de Villoslada»[7]. Así es, si tenemos en cuenta las numerosas poesías que esbozó, especialmente en sus años de juventud, y que se conservan entre los papeles de su Archivo[8] (son, sobre todo, anacreónticas que siguen el modelo de Meléndez Valdés, o versos de entonación patriótica, cuyo modelo sería Quintana). El Padre Juan Nepomuceno Goy, que pudo manejar esa documentación, fue el primero en llamar la atención al respecto:

De Navarro Villoslada poco o casi nada se ha escrito hasta ahora. Pero aun entre los que le conocen por orales referencias serán contados los que se hayan formado de él una idea justa como poeta. […] Villoslada fue poeta, y poeta fecundísimo, y poeta verdaderamente inspirado. Hasta cierta época, muy cerca del 50, escribió versos, iba a decir a granel[9].

Mi trabajo del 2007 pretendía, por tanto: 1) dar el corpus completo de las poesías líricas publicadas de Navarro Villoslada[10] (que se encuentran dispersas en diversas revistas, algunas de carácter local como La Avalancha, la Revista Euskara o Euskal Erria, y otras cuya consulta solo es posible en hemerotecas: Boletín del Instituto Español, El Arpa del Creyente; al final, en la Bibliografía, doy las referencias completas de dónde se localizan); 2) añadir algunos textos inéditos especialmente interesantes por su calidad o por su valor documental; y 3) ofrecer un intento de ordenación temática del conjunto de su poesía, con una breve glosa o comentario de cada composición. Son contenidos que iré recuperando en sucesivas entradas.


[1] Ver Francisco Navarro Villoslada, Obra poética, estudio preliminar y edición de Carlos Mata Induráin, presentación por Kurt Spang, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997.

[2] Así sucede con el libro Poesía española del siglo xix, ed. de Jorge Urrutia, Madrid, Cátedra, 1995, que incluye sin embargo poesías de otros autores mucho menos conocidos.

[3] Álbum biográfico, Madrid, Oficinas del Semanario Pintoresco Español, 1849, p. 87.

[4] Laurentino María Herrán, «La Inmaculada en la literatura de los siglos xviii-xix», Estudios Marianos, año XIV, vol. XVI, Madrid, 1955, p. 382. Reproduce algunos versos «Las ermitas», indicando que es una composición «curiosa por su tono polemista frente a la concepción inglesa de la vida, en que hace la apología de las ermitas marianas que siembran el suelo de España».

[5] Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Gómez, 1970, pp. 157-158.

[6] Celia López Sainz, «Francisco Navarro Villoslada, autor de Amaya, la Ilíada de los vascos (1818-1895)», en Cien vascos de proyección universal, Bilbao, Editorial La Gran Enciclopedia Vasca, 1977, p. 383.

[7] Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. VII, p. 110.

[8] El Archivo de Navarro Villoslada, conservado hasta fecha reciente por sus bisnietos, los Sres. Sendín Pérez-Villamil, en Madrid y Burgos, fue cedido a la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Navarra —con motivo del Centenario de 1995—, donde actualmente me ocupo de su estudio y catalogación. Una vez más debo recordar la generosidad de los descendientes del escritor, que me han dado todo tipo de facilidades para cuantas investigaciones he emprendido sobre su ilustre antepasado.

[9] Padre Juan Nepomuceno Goy, «Flores del cielo. Don Francisco Navarro Villoslada», La Avalancha, 1914, pp. 113-114. Comenta además: «¿Quién dirá que no era poeta el autor del “Himno a Calderón”, de una contextura tan recia, tan viril, tan limpia de ripios banales, que recuerda las más lapidarias estrofas de Núñez de Arce?». Y añade más tarde (p. 246) que en los años 40 Navarro Villoslada escribió «un lujoso tren de poesías, algunas de ellas dignas de asomarse a la posteridad sin sonrojo, antes con mucha ufanía».

[10] Excluyo su ensayo épico Luchana, que es poesía narrativa: un largo poema en endecasílabos heroicos, distribuidos en tres cantos.

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«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: fuentes históricas

Las mencionadas por el propio Francisco Navarro Villoslada[1] en su novela[2] son las siguientes: Rodríguez Ferrer, Los vascongados, con introducción de Cánovas del Castillo; Padre Fita, La ciudad de Dios; Juan Venancio de Araquistáin, Tradiciones vasco-cántabras; Joseph Augustin Chaho, Leyenda de Aitor; la colección de tradiciones titulada Ajbar Machmua (una crónica musulmana del siglo XII traducida y anotada, con un apéndice final, por Emilio Lafuente Alcántara); Al-Makkari; Ebn-Ado-I-Haquem; Aben Adzari, citado en su discurso de recepción en la Real Academia de la Historia por don Francisco Codera; el discurso de Aureliano Fernández Guerra en contestación al de Rada y Delgado, leídos ambos en la Academia de la Historia; la Historia General de España, de Modesto Lafuente; el continuador del Biclarense; Isidoro Pacense; el Cronicón Albedense; el Cronicón Moissaciense; Masdeu, Historia crítica de España y de la cultura española; Pedro Fontecha Salazar, Escudo de la más constante fe y lealtad[3]; Tomás Burgui, San Miguel de Excelsis representado como Príncipe Supremo del reino de Dios en el cielo y en la tierra; Martín José de Marcotegui, Compendio de la historia de la aparición de San Miguel de Excelsis; José Yanguas y Miranda, Diccionario de Antigüedades del Reino de Navarra; Moret y Aleson, Anales del reino de Navarra; y el Libro de los Fueros[4].

Moret

En cuanto a los documentos utilizados por Villoslada para Amaya conservados por sus descendientes, hay, en primer lugar, varias cartas interesantes: tres de ellas, de enero-febrero de 1877, son de Emilio Echániz y responden a algunas consultas del novelista acerca de la expresión vascuence «Amaia da asiera», repetida en la obra, sobre su pronunciación en los distintos dialectos, su significado preciso, etc. Otras cartas, de Luis Echevarría a Villoslada, le proporcionan datos sobre las Dos Hermanas y el monte Aralar[5]. Encuentro numerosas cuartillas que se refieren a diversos aspectos históricos o arqueológicos: «Tradiciones» (sobre la lucha de los vascos con los romanos, sin ser jamás vencidos); «Trajes vizcaínos»; «Costumbres» de los vascongados relativas a la casa, el traje, los saludos, los entierros, las armas, la mujer o las bebidas (recoge las famosas palabras de Estrabón sobre los vascones y cita a Mariana); «Cristianismo» (defiende Villoslada que si los vascos no se cristianizaron hasta el siglo X serían los de la vertiente francesa de los Pirineos); «Escrituras antiguas vascongadas» (la letra es distinta de la de Villoslada); datos sobre la invasión musulmana, desde julio de 710 (expedición exploratoria de Tarif) hasta la batalla de Covadonga, tomados del apéndice de Lafuente Alcántara; datos cronológicos de los últimos reyes godos (Ervigio, Égica, Witiza y Rodrigo); apuntes sobre los cántabros, extractados de la Historia de España de Lafuente; sobre el «Carácter» y la «Religión primitiva» de los vascongados. Y notas diversas sobre: la invasión musulmana y la conducta de los vascos; las razas e idiomas primitivos de la península (extracto de Lafuente); el origen de la raza vasca; la presencia de Tarik en España; el idioma vascongado; la idolatría; la precaria conquista del territorio vascongado por los reyes visigodos; las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya; Teodosio de Goñi; la catedral de Pamplona; el imperio bizantino y la presencia de los griegos en España; San Miguel de Excelsis (extracto del libro San Miguel de Excelsis representado…); Teodomiro y don Julián (datos tomados de Aureliano Fernández Guerra[6]); el ducado de Cantabria (Masdeu, Anales); la ropa, el adorno y el peinado en el siglo V; Iruña; los celtas; Aitor y la ceremonia matrimonial vasca; la arquitectura en el siglo VIII; adivinos y magos; la leyenda de la dama de Amboto. Hay también noticias sacadas de Prudencio de Sandoval, Catálogo de los Obispos de Pamplona, y una lámina que representa a un guerrero del siglo VIII o IX acompañado de sus vasallos (probablemente la tuvo presente Navarro Villoslada a la hora de describir vestidos y armas). Son muy interesantes unas cuartillas en las que anota datos sobre varios personajes: Constanza, Ranimiro, Eudón, Amagoya, García, Rodrigo, Pelayo (en el caso de estos tres últimos, en una cara resume los datos conocidos por la historia y, a la vuelta, los describe tal como aparecen en su novela).

Por último, aparte de otros materiales de tipo literario (el argumento de Don Teodosio de Goñi. Leyenda épica; el borrador de un capítulo de Amaya; la «Historia de Eudón»; unos apuntes en los que señala dónde se encuentran sus personajes en diversos días, para no perderse en la maraña de acontecimientos; el plan de la novela Amagoya; o un apunte titulado El Ermitaño), hay ejemplares de dos libros que indudablemente utilizó para documentarse sobre los vascos: la Histoire primitive des Euskariens-Basques. Langue, poésie, moeurs et caractère de ce peuple. Introduction a son histoire ancienne, par Augustin Chaho, Bayonne, Chez Mme. Bonzom, libraire, Rue Pont-Mayou, nº 18, 1847; y su continuación, en dos tomos: la Histoire des Basques. Depuis leur établissement dans les Pyrénées occidentales jusqu´a nos jours, par Le Vicomte de Belsunce, Bayonne, Imprimerie et Lithographie de P. Lespés, Rue Bourg-Neuf, nº 1, 1847.


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[3] Jon Juaristi, El linaje de Aitor. La invención de la tradición vasca, Madrid, Taurus, 1987, p. 124, señala que son en su mayoría fuentes tradicionales y legendarias; apunta que la obra de Fontecha Salazar es una historia apologética foral del siglo XVIII; y añade: «Aunque no las menciona, es indudable que recurrió también al Voyage en Navarre y a la Histoire primitive de Chaho. En ningún caso recoge tradiciones folklóricas auténticas».

[4] Navarro Villoslada introduce otras indicaciones de tipo genérico: «los historiadores árabes», «las crónicas árabes», «nuestros modernos arabistas»; menciona a Estrabón, Flavio Josefo y Lucano (pp. 176 y 429), y se refiere al «decimotercio Concilio toledano» (p. 328). Hay una alusión humorística a las crónicas: «la puertecilla secreta que las antiguas crónicas mencionan» (p. 551), pero no se explota en esta novela el recurso a fuentes ficticias.

[5] Hay bastantes más materiales sobre los escenarios de la novela que menciono luego, en el capítulo dedicado al tiempo y el espacio.

[6] Después de extractar los datos añade: «Dudas mías. Si en el otoño de 709 pasa Julián a la península y roba, mata y cautiva a los cristianos, ¿cómo Witiza no le destituye del condado de Ceuta? ¿Quién era a la sazón Duque de la provincia Tingitana de la que Ceuta formaba parte? ¿Se perdió la Tingitana antes de estos sucesos? Y si estaba perdida, ¿cómo Rodrigo tiene calma en 711 para ir a debelar a los navarros con la Tingitana perdida, Tarif en Tarifa, Julián en Ceuta y los árabes y africanos en la costa de enfrente como una ola gigantesca que se levanta para caer e inundar toda España?».

La reconstrucción arqueológica en «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada (y 2)

Lo arqueológico cobra también importancia, en Amaya[1] de Francisco Navarro Villoslada[2], en la descripción del mobiliario y del vestido. Amaya maneja un «salterio con trípode de vaqueta» que pulsa con «dediles de oro con púas de marfil»; el rey don Rodrigo se sienta sobre «cojines festoneados de oro, perlas y piedras preciosas» y hace quemar ámbar gris en un pebetero (p. 302); hay otras referencias eruditas al lujo de los godos, que acostumbran a beber en «copas y garrafas de oro» (ver pp. 26-27, 64, 235, 246). El narrador matiza que unos candelabros son de plata y un vaso de asta de buey; los caballos llevan frenos de plata y oro; las gualdrapas están recamadas de perlas; un personaje calza botines adornados con oro, perlas y rubíes; las guecias de los vascos tienen el asta de fresno; la silla de manos de Amaya lleva unas «cortinas de labrado cuero»; un armario es «de ébano con embutidos de marfil y bronce»… y así sucesivamente[3]. En cuanto a los vestidos, se describen los de Rodrigo, Amaya, los bucelarios, García y sus hombres, Amagoya, Pelayo, los médicos judíos, los musulmanes y Teodosio (cfr. pp. 19, 114, 144, 210, 229, 284, 347, 354-355 y 629). El detallismo de Navarro Villoslada llega hasta el punto de indicar la forma en que se abrochaban el manto los nobles, distinta de como lo hacían los plebeyos (p. 365). Solo citaré como ejemplo de esta minuciosidad la descripción de los arreos militares y del peinado de Ranimiro:

Llevaba el prócer casco circular de hierro con fajas de oro que remataba en punta, y en vez de coselete romano de correcto dibujo, coraza de escamas con vuelos de tosca malla, género de armadura que estaba entonces como en ensayo. De la cintura al pie, las famosas bragas o pantalones germánicos, con fajas cruzadas que descendían hasta la planta. / Pendíale de los hombros capa de púrpura que, sujeta al pecho con broches de oro, más que el manto consular de la República, semejaba el caracala que empezó a usarse en tiempo del emperador a quien dio nombre. Brillaba también el oro en los brazaletes con que terminaban las mangas del sayo de lino, y en las groseras figuras y tachones del peto y escudo. Las armas ofensivas eran espada pendiente del cinturón de cuero, la cateya teutónica, lanza corta que servía también de dardo arrojadizo, y en contrapeso del redondo escudo, colgado de la silla, iba al opuesto lado el hacha terrible de dos filos llamada francisca, por haberla usado los francos. / […] Largo el cabello, le colgaba en doradas guedejas sobre los hombros, formando los granos, pequeños rizos, entonces a la moda; pero traía la barba esmeradamente afeitada a navaja, según estilo de los ricos, pues los siervos y gente pobre se la cortaba a tijera (pp. 26-27).

Hay dos pasajes concretos que destacan por lo que tienen de arqueológico. Uno es el relativo a la decalvación de Ranimiro: seguramente se inspiró Villoslada en el conocido episodio con el que terminó el reinado de Wamba el año 680: el monarca quedó privado de sentido y sus magnates, creyéndole gravemente enfermo, procedieron al rito de la penitencia pública (le tonsuraron y le colocaron el cilicio), tal como era costumbre entre los godos a la hora de la muerte; después de esta ceremonia, el decalvado quedaba velut mortuus huic mundo y se consideraba que no podía volver a la vida activa; en efecto, Wamba volvió en sí y recuperó todas las facultades, pero se encontró con que estaba incapacitado para ocuparse de los asuntos públicos; se sospecha que todo fue un manejo de su sucesor, Ervigio, quien proporcionó al rey alguna sustancia narcótica para que, creyéndole en peligro de muerte, se procediera a la decalvación.

Wamba_Decalvacion

En la novela ocurre algo similar, pues Amaya llega a sospechar que los médicos judíos mandados por Munio han agravado la enfermedad de su padre, hasta el punto de hacerse necesaria la decalvación. El otro es la ceremonia por la que el legendario García Jiménez se convierte en el primer rey de los navarros: es alzado sobre el pavés, a los gritos de «Real, real, real»; desde ese momento queda como costumbre y también que el rey se ciña él mismo la corona, jurando al mismo tiempo sobre los Evangelios (p. 673; es la misma ceremonia que describía en Doña Blanca de Navarra).

Quizá no todos los detalles que menciona Navarro Villoslada en su reconstrucción sean exactos, pero en cualquier caso, tras la lectura de la novela queda la impresión de que el autor ha hecho un impresionante esfuerzo de documentación para conseguir el denominado «color local» incluso en lo relativo a estos aspectos mínimos de la vida cotidiana de aquella lejana época. Es característica que ya destacó Arturo Campión:

En Amaya tenemos, pues, en primer lugar, una pintura de la sociedad gótica, hecha escrupulosamente en vista de cuantas publicaciones de la ciencia histórica contemporánea pueden ilustrar el asunto. Armas, trajes, viviendas, mobiliario, iglesias, fortificaciones, organización militar y política, usos, costumbres y preocupaciones, es decir, lo que caracteriza al hombre moral y físico, figura en las páginas de Amaya sin pedantería, sin digresiones molestas, sin tono docente que delate la presencia de la ciencia, de una manera natural, adecuada a las situaciones, íntimamente ligada a ellas con carácter perpetuo de accesoria, reemplazando y sustituyendo las descripciones vagas y meramente imaginativas de otras obras del mismo género[4].


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ocurre igual con los tipos de vivienda y las edificaciones; véanse, entre otras descripciones, la casa de Miguel de Goñi (p. 58) con su mobiliario (p. 245), Gasteluzar (p. 103), la cocina de Jaureguía (p. 109), la de Echeverría (p. 124), el burgo de Pamplona, con sus tres barrios, su dominio o castro, la judería y el Sanedrín (p. 368), la casa de Ranimiro (pp. 374-375 y 381), la basílica de Pamplona (pp. 437-438) y la habitación del Obispo Marciano (pp. 445-446).

[4] Arturo Campión, «Amaya. Estudio crítico», La Avalancha, 1902, p. 101. Señala Antonio Regalado García, Benito Pérez Galdós y la novela histórica española (1868-1912), Madrid, Ínsula, 1966, p. 184, que «hace Villoslada enormes esfuerzos para la reconstrucción arqueológica de un pasado tan remoto, pero ante la falta de documentación fidedigna deja volar su fantasía». Y añade en nota: «Hay que reconocer, no obstante, que dentro de las limitaciones de la ciencia española de la época, el autor lleva a su novela un andamiaje documental que resalta por su erudición y por el sentido histórico con que sabe usarlo, cuando no se lanza por la vertiente de la fantasía».

La reconstrucción arqueológica en «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada (1)

Pese a la escasez de noticias sobre aquella época, de nuevo encontramos numerosos datos dispersos a lo largo de la novela[1] de Francisco Navarro Villoslada[2] relativas a las armas, el vestido, usos y costumbres, mobiliario, arquitectura, etc. Esto tiene, como ya he señalado en las otras novelas, una repercusión en el vocabulario manejado: pretorio, dominium, domus, impluvium, ínsula, senado romano, triclinio, curia, peristilo, annonarios, ostiario, portario, vacaciones mesivas, vílicos, condes, vicario, tiufado, tiufadía, milenario, quingentario, centenario, decano, prepósito general, conmilitones, espatharios, conde de los notarios, conde de las largiciones, conde del tesoro, cateya, francisca, peto, estringe civil, bucena, bucelarios, priores, pretores, próceres, seniores, gardingos, magnates, patronos, libertos, liberto atriense, ecónomo… son palabras y expresiones que responden a diversas realidades de la civilización goda; en menor medida aparecen otras relativas a los vascos[3], judíos y musulmanes: ezpata, guecia, rabanimes, alquiceles… Igualmente, se conserva una toponimia antigua: Varia, Lucronio (Logroño), Victoriaco (Vitoria), Ologitum (Olite), Erriberri, Iruña. El autor también busca el sabor de época en los nombres de los personajes de ficción: en la novela el obispo de Pamplona recibe el nombre de Marciano, y Marciano hubo un obispo de Pamplona en el año 688, durante el reinado de Égica. Lo mismo sucede con el de Ranimiro, nombre documentado entre los godos. En algunos casos se conserva la fechación y los horarios del calendario latino (los «idus de julio», la hora «cuarta feria»).

Hay noticias sueltas sobre varios aspectos de la vida goda: la descomposición de su imperio por el lujo y la corrupción (p. 384); la organización de su ejército (pp. 17-18); la división administrativa del territorio peninsular (p. 18); la pena de la ceguera (p. 25); las comidas y el uso de las servilletas (p. 91); la moneda (p. 112); la descripción de la tienda del rey Rodrigo (p. 235); las carreras de caballos como espectáculo favorito de los godos (p. 349); las puertas de Pamplona mandadas construir por Wamba (p. 267); o la extensión del uso de campanas en aquellos tiempos (p. 205).

Y otras relativas a los vascos: su hábito de pelear sin armadura, con la cabellera derramada sobre los hombros, sin otra protección para la cabeza (pp. 19 y 135); su costumbre de montar dos jinetes en un caballo (p. 116); sus tácticas guerrilleras (p. 132; se indica que los romanos tomaron de ellos la espada corta); sus míticas paces con Roma (paces que se vieron obligados a firmar por haberse separado de la primitiva confederación de siete las tres tribus del norte; de haber permanecido juntas, habrían derrotado a los romanos); el gobierno de las cuatro tribus del sur en una confederación cuyo emblema es el lauburu (‘cuatro cabezas’; pp. 57 y 131); la comida y la bebida en Goñi (p. 106); la fiesta del plenilunio (p. 199); el consejo de los doce ancianos reunido bajo el secular roble de Goñi, trasunto aquí del «árbol santo de Guernica» (p. 530; los doce ancianos, unidos luego al obispo de Pamplona y su cónclave, constituirán las primeras Cortes del nuevo reino); la gau-illa o noche de la muerte (p. 604); la ceremonia de alzamiento sobre el pavés de sus primeros reyes (pp. 530, 532 y 674), etc.

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[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Dejando aparte ahora las palabras y expresiones específicamente vascas también recogidas en la novela.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: los personajes judíos

En cuanto a los judíos, aparecen en esta novela[1] de Francisco Navarro Villoslada[2] como avarientos, pérfidos, hipócritas, ruines y cobardes (pp. 69, 93, 93, 161); son «mercaderes sin conciencia y honor» que suplen su falta de fuerza con la astucia, la intriga y el dinero (pp. 417-418). Ya en el reinado de Égica hicieron pactos con los musulmanes, hecho histórico cierto (p. 369). En la novela, son los principales artífices de la conjuración encaminada a vender a España (son traidores entregados a los árabes; pp. 52, 88-89, 181, 233, 239, 268, 279, 301, 306-307, 358, 416, 422, 585, 605, etc.). No está tan desencaminado Navarro Villoslada al afirmar esto, pues parece probado que los judíos andaluces apoyaron a los invasores musulmanes, quedando como guarnición de las ciudades ocupadas a los godos en la Bética y aun en Toledo, lo que dio una amplia libertad de movimientos a Tarik y Muza y facilitó la rápida conquista de todo el territorio peninsular, en solo tres años. En la novela, es su oro el que provoca la sublevación de Pamplona, que distrae al rey Rodrigo y a sus tropas del sur; luego ellos niegan el dinero a los godos para que no puedan acudir con celeridad desde el norte a la Bética a detener la invasión (pp. 334-335); ellos dirigen, en fin, el motín de Pamplona y son los que piden la muerte de García y los demás vascos encerrados en la ciudad.

Es cierto, como menciona Navarro Villoslada, que los judíos fueron perseguidos por los godos en distintos reinados (planteaba un grave problema la cuestión de los falsos conversos; hay que tener en cuenta que los judíos constituían la única minoría religiosa consentida en territorio peninsular después de la unidad católica conseguida con Recaredo).

Maurycy_Gottlieb_-_Jews_Praying_in_the_Synagogue_on_Yom_Kippur

También está comprobado que entre los judíos del siglo VII estaba muy extendida la creencia en la inmediata venida de un Mesías redentor de su pueblo, sojuzgado por las razas enemigas (tal es el papel que se atribuye en la novela el misterioso Eudón). Hay pequeños detalles relativos a los judíos que responden a la realidad: la mayoría de los médicos y abogados pertenecían a este pueblo (p. 345); y solían usar nombres cristianos (pp. 370-371).

Como ha señalado Jon Juaristi, hay en Amaya cierto antisemitismo que, por otra parte, es tópico en la novela histórica romántica española. Se refleja en varias reacciones de los personajes; García se niega a pactar con ellos, porque le produce repugnancia: «Nada con los enemigos de Cristo». Amaya ni siquiera quiere hablar con los conjurados si no se retiran antes los judíos (p. 481); Ranimiro siente asco de tener que tocar al judío para registrarlo y apoderarse de una carta (p. 275). También en las intervenciones del narrador (cfr. la negativa descripción de la judería de Pamplona en la p. 366); se les moteja de «perros rabiosos», de «inmundos reptiles»; es la suya una raza que inspira «universal desprecio». De hecho, los personajes más odiosos de la novela son Pacomio, el avariento rabino, y Respha, la hipócrita sacerdotisa, que finge interés por convertirse al cristianismo para poder espiar a Lorea. Como dice Eudón, parece pesar una maldición sobre el pueblo deicida: «Es una fatalidad que raza tan noble se deje arrastrar por pasiones tan ruines» (p. 365). Pacomio es también el jefe de los astrólogos; Menéndez Pelayo atribuye a invención del novelista la existencia de esta secta:

El Sr. Navarro Villoslada, en la linda novela que con el título de Amaya o los vascos en el siglo VIII publicó en La Ciencia Cristiana, habla de una sociedad secreta de astrólogos vascos, enemigos jurados del cristianismo, al paso que muy tolerantes con las demás religiones. Tengo este hecho por ficción del novelista; a lo menos en las fuentes por mí consultadas no hay memoria de tales asociaciones. Ni creo que la astrología llegara a organizarse entre nosotros como colegio sacerdotal o sociedad secreta, si prescindimos de los priscilianistas, que no penetraron en tierra éuskara[3].

En cuanto a los musulmanes, no los vemos intervenir directamente en la novela, pero aparecen caracterizados negativamente en los relatos de diversos personajes: vienen a esclavizar y a acabar con la Cruz. Munio, por ejemplo, habla de «la rapiña y brutales instintos del musulmán» (p. 360). Justamente famosa es la descripción de su arremetida y de su imparable avance en el relato de Eudón a Munio (pp. 354-355); otro párrafo significativo es el dedicado a atestiguar las crueldades de Muza (p. 671).


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, I, Madrid, CSIC, 1963, p. 427.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: los personajes godos

Vayamos ahora con la presentación de los personajes godos en Amaya[1]. Exceptuados los personajes principales (Ranimiro, Favila, Pelayo), nobles y generosos, Francisco Navarro Villoslada[2] pinta a los godos enervados por el lujo y la molicie; la rápida caída de su imperio se explica por la degradación a que había llegado aquella sociedad; a lo largo de toda la novela se va contrastando el lujo de los godos con la sencillez de los vascos (cfr. especialmente las pp. 291-292 y 294). Sin embargo, el autor se encarga de presentar a los godos como los unificadores de España, no tanto por la unidad territorial como por la religiosa, tal como explica Ranimiro a García:

¿Pero no veis que España no ha sido nación hasta que Recaredo la hizo toda católica? ¿Qué fue antes? Hormiguero de tribus, razas y pueblos; montón de piedras mal labradas, que no formaban muros ni edificios; pedazos sin zurcir, que no componían una vestimenta; y cuando eso no, vasta provincia del romano Imperio. Los godos mismos, ¿qué fuimos hasta Leovigildo, y sobre todo hasta Recaredo, sino súbditos del cetro de Occidente? España es España por los godos; España es pueblo independiente y libre por la fe católica. Perdidos los godos, perdida España, perdida en ella la religión, si vos no la salváis, García (p. 279).

ConversiondeRecaredo

La misma idea se expresa en el lamento por la pérdida de la España gótica entonado por Ranimiro, «el más godo de los godos»:

¡Adiós, reino visigodo, a quien tantos beneficios debe el mundo! ¡Bárbaros vinimos a la Iberia; pero menos bárbaros que los vándalos, suevos, hunos y alanos, a quienes dominamos, haciéndoles entrar en la civilización! Encontramos una España partida entre la verdad y la herejía, y dejamos un pueblo completamente iluminado con la luz de la fe. Tardamos en ser verdaderos reyes; pero hemos sido al fin los primeros monarcas españoles (p. 384).

Dejando aparte la discusión de si los godos eran españoles o no —pese a que Villoslada hable ya de España en su novela como de una entidad constituida, está claro que no nace como nación hasta siete siglos después—, uno de los principales defectos que se puede atribuir a Amaya es el hecho de que los personajes hagan gala de una conciencia histórica que, evidentemente, no podían tener; me refiero a que personajes como Ranimiro o García Jiménez son perfectamente conscientes de que están viviendo un momento de trascendental importancia histórica, no solo para el presente, sino para lo futuro (ver pp. 133, 234, 258), pues disponen de una visión casi profética —es, por supuesto, la del autor— de lo que sería la Reconquista.


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

«El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González: rasgos de estilo

Otro rasgo de estilo que apreciamos en la novela de Manuel Fernández y González es el abuso, en ciertos pasajes, de la copulativa y. Veamos, por ejemplo, estas dos citas correspondientes ambas al capítulo VIII (sigue la descripción del entierro aludida en una entrada anterior):

y así, los cuatro hermanos conduciendo en paso lento el cuerpo muerto, y la mujer sin cesar en sus dolientes ayes detrás, y luego el perro, y a buena distancia Cervantes, siguieron hasta llegar a la puerta de la iglesia de San Salvador, cuya campana tañía a misa de alba, y en la cancela del templo detuviéronse los cofrades, dejando el medio ataúd en tierra, y la mujer doliente se arrodilló en las gradas del pórtico, y el perro se allegó a la difunta y la lamió el semblante; en tanto uno de los cofrades entrose por uno de los lados de la cancela, y a poco se abrieron las dos hojas de en medio, y el cofrade que las había abierto volvió a su sitio y a los pies del ataúd, y él y los otros tres le alzaron de nuevo, y ellos y la mujer y el perro en la iglesia entraron, y Cervantes también… (pp. 100-101, cursivas mías)[1].

y allí pareció de nuevo el sacerdote, y asistían los sepultureros, y se cantó el último responso, y quitada la difunta del medio ataúd, lo que decía harto claro la gran pobreza de la mujer superviviente, que hasta el borde de la hoya había llegado, en ella fue puesta por los cofrades; y acreciendo entonces los ayes dolorosos de la mujer, dio a los hermanos un pañizuelo para que sobre el rostro de la finada le pusiesen, y habiéndola dado la pala con algo de tierra un sepulturero, la arrojó sobre el cadáver temblorosa, y en el mismo punto de las desfallecidas manos fuésele la pala, y dando una gran voz de dolor desmayose, y por tierra cayera… (pp. 102-103, cursivas mías).

MancoLepanto

Termino ya esta serie de entradas dedicadas a El manco de Lepanto. Puede afirmarse, como conclusión, que este relato de Manuel Fernández y González no atesora, ni mucho menos, una calidad literaria de subidos quilates, pero es sin duda una obra muy interesante para comprender el camino seguido por las recreaciones cervantinas en un momento —el Romanticismo, o más bien ya el periodo post-romántico: años setenta del siglo XIX— en que Cervantes se estaba convirtiendo en el escritor canónico[2], el autor por excelencia de la lengua y la literatura españolas[3].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Ver, entre otros trabajos, Leonardo Romero Tobar, «El Cervantes del XIX», Anthropos, núms. 98-99, julio-agosto de 1989, pp. 116-119, y «Siglo XIX: el Quijote de románticos y realistas», en El «Quijote». Biografía de un libro, Madrid, Biblioteca Nacional de España, 2005, pp. 117-136; Carlos Reyero (ed.), Cervantes y el mundo cervantino en la imaginación romántica, Madrid, Comunidad de Madrid, 1997; Ascensión Rivas Hernández, Lecturas del «Quijote»: siglos XVII-XIX, Salamanca, Ediciones del Colegio de España, 1998; José Montero Reguera, «Aproximación al Quijote decimonónico», en Jean-Pierre Sánchez (ed.), Lectures d’une œuvre. Don Quichotte de Cervantes, Paris, Éditions du Temps, 2001, pp. 1-24; María Ángeles Varela Olea, Don Quijote, mitologema nacional, Alcalá de Henares, Centro Estudios Cervantinos, 2003; y Joaquín Álvarez Barrientos, «“Príncipe de los ingenios”. Acerca de la conversión de Cervantes en “escritor nacional”», en Begoña Lolo (ed.), Cervantes y el Quijote en la música. Estudios sobre la recepción del mito, Madrid / Alcalá de Henares, Ministerio de Educación y Ciencia / Centro de Estudios Cervantinos, 2007, pp. 89-114.

[3] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.