Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (4)

La cuarta sección de Prosa española[1], «El maestro», se refiere a Cristo, cuya Cruz es bellamente interpretada como un signo más frente a tantos signos menos alzados por los hombres; el yo lírico se lamenta de que no se haya entendido su mandato de amor fraterno, «Amaos». Y el siguiente poema, «No (Salmodia pobre por los torturados)» (pp. 69-70), insiste por enésima vez en la necesidad de cultivar el amor entre los hombres, entre hermanos, pues que todos lo somos en Dios, como expresa esta quintilla:

Somos un Todo sagrado
capaz de herirse a sí mismo.
Somos un místico abismo
de fondo nunca explorado.
Eres, somos, soy sagrado.

Luego manifiesta su voluntad de hacer algo por los más desprotegidos: «Quiero querer ofrendarme / por todos los maltratados». Explica que en esta vida todos debemos vernos reflejados en los otros, mirarnos en las caras de los demás como en un espejo, porque todos somos hermanos. Y luego exclama: «Caiga el arma de la mano», «Danos a luz. Abre el día»; tales son las peticiones que hace al Amor, cuyo poder ha proclamado en este poema, y que así, con mayúscula, debemos identificar con Dios.

«Futuro perfecto» (p. 71) expresa la idea de que nuestros nietos se sorprenderán de la violencia de finales del siglo XX, de este «turbio ahora» en el que encuentra «toda esa verdinegra, casi sólida hiel» y «chorros, diluvios de violencia»; pero ellos, en fin, podrán salvar las «turbias tapias» que impedían «este sol que trajimos / salvajemente hasta su paz de entonces». En «Sodoma» (p. 72) el poeta se dirige a un tú que solo sabe hablar de «los míos»[2], recordándole que para salvar las dificultades se precisa «un puente de hombros múltiples» del que cada uno de nosotros es un tramo. Le recuerda asimismo que todos, esclavos o verdugos, somos «de la simiente de Eva / y de Cristo» y que «Lo que peligra es toda la ciudad», apostillando: «Y al cabo, quién te dice que no eres / tú ese justo que faltas / para la cifra que nos salve a todos»[3].

Sodoma

El último poema, «Delitos» (p. 73), empieza recordándonos que: «Toda guerra es civil, toda reyerta, / familiar, / todo pleito injusto, todo / fallo fallido si condena». Todos somos culpables, parece querer decir el poeta, de esa sarta de males que atenazan al mundo: violencias, ofensas, violaciones, ejecuciones, raptos… Incluso los que callan —«la abstención congelada de los indiferentes»— cometen un crimen. Además, todos estos delitos tienen el agravante «de alevosa consanguinidad» por ser cometidos contra nuestros propios hermanos. El poemario se remata con una composición de dura condena, y con un tono que parece negativo o desesperanzado. Sin embargo, no deja de ser significativo que la última palabra sea precisamente consanguinidad, que nos recuerda la idea que Tejada ha defendido en esta tercera parte: que todos los hombres somos una sola sangre, seamos blancos, negros, azules o amarillos[4].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] La misma idea en otros dos poemas anteriores, «Dices tú» y «Si alguien mata a Caín».

[3] El lema es «No destruiré la ciudad en atención a los diez (Yahvéh)» (palabras que corresponden al pasaje bíblico en que Abraham intercede por Sodoma, Génesis, 18, 20-32).

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

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Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (3)

Tras el paréntesis monográfico que supone el «Tríptico de la libertad» (que plantea un tema no ajeno, sino indirectamente relacionado con lo que se ha expuesto antes: sin libertad, sin libertades, será difícil lograr la reconciliación nacional), los doce poemas de la tercera parte de Prosa española[1], «Tierra madre», buscan elevar a categoría universal los temas que preocupan a Tejada: ahora ya no se trata tan solo de una reflexión sobre España y los españoles, sino que el poeta salta por encima de las fronteras de su propio país y entona un exaltado canto a la fraternidad universal. Así sucede desde el primer poema. En efecto, «Dices tú» (p. 55) es un apóstrofe dirigido a todas aquellas personas que solo son capaces de ver la realidad más inmediata, sin darse cuenta de que existen otros problemas verdaderamente sangrantes en el mundo a los que deberíamos poner remedio:

Hay más hijos sin padres que con ellos,
hay más padres con hambre que con pan
y son tu misma sangre, blancos, negros
o amarillos, cual tú, nietos de Adán[2].

Blancos_Negros_Amarillos

Sigue un bello verso que recuerda a todas esas personas: «Tu familia no acaba en tu cancela»; los aludidos deben abrir al prójimo las puertas del hogar, que no son otras que las puertas del corazón. Tejada proclama aquí la hermandad universal de todos los hombres, unidos «en el parentesco en Cristo»[3].

En «Cargos» (p. 56), el yo lírico acusa a todos —incluso a las palomas, al agua clara, al sol, a la voz del viento…—, y, sobre todo, se acusa a sí mismo del horrible «crimen del silencio», entonando el mea culpa con estas palabras: «Debí gritar al ver que amordazaban / al alba, pero tuve pena y miedo». Por su tono, este poema se aproxima más a los de la primera parte que aludían a la situación española (silencios cómplices durante la guerra y la posguerra), aunque la ausencia de expresiones localizadoras concretas[4] podría conferirle también alcance universal. En cambio, «Lo peor» (pp. 57-58) retoma claramente la misma idea expuesta en «Dices tú…», y empieza:

No se trata de extraños; es la misma familia.
Ni animales ni monstruos ni marcianos.

Hombres como vosotros y yo, niños, mujeres,
tan inmortales como el Cristo mismo,
sencillamente pasan hambre.

Tejada da un nuevo aldabonazo en el corazón del lector para recordarle —para recordarnos a todos— los deberes que nos impone la fraternidad universal como hijos de Dios: todos los hombres formamos esa «familia total» de que habla y cada uno de nosotros debe remediar en primer lugar la indigencia más cercana, socorrer a los sujetos de cualquier sangre sea «blanca, negra, amarilla», pues debe ser «sangre unamente sentida». «Luego hablaremos de otras muchas cosas, / todas ellas menores…», añade. Porque no puede haber poesía, en el sentir del poeta, mientras existan injusticias por reparar.

En los textos siguientes irán alternando los poemas que tienen lecturas en referencia específica a la situación española y los que cabe interpretar en clave universal, aunque a veces la diferencia sea difícil de establecer con precisión. A la realidad española parece aludir, con desesperanza, «Abril negro y cerrado» (p. 59), que es, según indica el subtítulo, un «Aborto de soneto», peculiar por la acumulación de encabalgamientos, la introducción de giros coloquiales y la abundancia de juegos de palabras y creaciones léxicas; el texto insiste en los aspectos más negativos, con expresiones como bilis, agrio cuajo del rencor, «un invierno eterno y sin abriles» en el que llueve y no nieva… (que recuerdan las imágenes de «Desde mi punto muerto») para acabar con un resignado «En fin, paciencia», porque nada cambia y todo sigue igual.

«Villancicos para una tregua»[5] (pp. 60-61) insiste en la idea de la deseada unidad fraternal de blancos, negros y amarillos; los grupos rivales son capaces de hacer una tregua para cenar, pero no de salvar «el abismo / entre fiera y fiera humana» y firmar una paz duradera: «Por ahora, todos hermanos; / pero el machete, cercano, / al alcance de la mano». Y acaba con la pregunta desesperada del poeta, que no comprende: «Si hay tregua, ¿por qué no hay paz?».

El comienzo de «Formalidad» (pp. 62-63) recuerda la serie de Miguel d’Ors sobre «La segunda mitad del siglo XX», época en la que siguen imperando en muchos lugares de la tierra el hambre y la miseria, el analfabetismo y las guerras. El poeta constata: «Aún nos sobra miseria en el planeta / y hay tanta boca por saciar…» (p. 62). Las guerras, en concreto, explica el yo lírico, son algo necesario porque constituyen un inmenso negocio y, por tanto, seguirá habiéndolas mientras haya quien se beneficie de ellas (esos banqueros, empresarios, etc. a los que se dirige pidiéndoles irónicamente formalidad). Sin embargo, cabe depositar cierta esperanza en la religión y en los hijos, que son el futuro: «Yo tengo un hijo como un árbol / que está aprendiendo ya a rezar».

En «Tened, hijos» (p. 64), que insiste en que ellos son el «futuro nuestro», el poeta les ofrece la paz que su generación ha vislumbrado, aunque no alcanzado del todo: la generación anterior fue la de la guerra; la suya ha estado a punto de arribar al puerto de la paz, aunque no lo ha logrado todavía; en cambio, «Vosotros ya poseeréis las paces», y entonces:

Hambre, guerra, dolor y otras miserias
serán ya apenas fúnebres recuerdos.
Seréis verdad, la muerte ya bien muerta,
y aún jugaréis con el dogal del tiempo.

«Si alguien mata a Caín» (pp. 65-68) es un poema dividido en cuatro secciones, «La soga», «La cadena», «La casa» y «El maestro»[6]. La primera habla de la familia universal, del «gremio» que todos los hombres constituimos sobre «este hogar-tierra». La segunda nos recuerda que las víctimas de hoy fueron ayer verdugos y viceversa: «Lo urgente es cercenar esta cadena, / esta sarta suicida y sin remedio», pues —insiste el poeta— todos somos iguales, «blancos, negros, azules y amarillos»; tan solo nos pide que «nos descangilonemos / ya mismo» de esta noria, poniendo fin a la «rueda de rencores» en que vivimos inmersos, porque si no «no va a quedar ni quien lo cuente luego». En la tercera sección se lamenta del nacimiento de expresiones como «lo mío» (que es un «no tuyo»[7]), y añade:

 Se olvidó, se ignoró el sabor divino
del compartir del pan, del compañero.
La alegría de dar, de darse, herida,
arrastró su agonía por los suelos (p. 67)[8].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] Y más adelante leemos: «Porque no oyes las voces de hambre y de frío, / de ignorancia, dolor y soledad. / Te hace falta una trompa en el oído / y en el ojo un cristal de claridad».

[3] «El parentesco en Cristo, ¿no te basta? / ¿Es que aún no les has reconocido / tu misma, miserable, condición?».

[4] Salvo, quizá, la alusión final a «nuestros campos».

[5] Empieza con el verso de un célebre villancico tradicional: «Esta noche es nochebuena / porque no suena el cañón… / pero mañana ya suena» (p. 60).

[6] Lleva dos textos preliminares, una cita del Génesis, que proporciona el título, y un apunte entresacado de la prensa diaria sobre el ajusticiamiento de catorce hombres en Bagdad.

[7] Esta idea estaba anticipada en unos versos de «Dices tú…», donde leemos: «Tú dices: “hijo mío…, hermano mío” /hablando torpemente en singular / porque no ves los ojos de otros niños / que acechan desde fuera de tu hogar» (p. 55). Y al comienzo de «Sodoma» acusa a otra persona de decir también «Los míos» y «Cada uno […] a lo suyo» (p. 72).

[8] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (2)

La segunda parte de Prosa española[1], «Tríptico de la libertad», se encabeza con una cita de Paul Eluard, «Yo he nacido para conocerte, para nombrarte, Libertad», y consta de tres sonetos, cada uno presidido a su vez por otra cita sobre este tema[2].

Libertad1

En conjunto, estos textos constituyen, con su entramado de citas, una profunda reflexión del yo lírico: el primero, con sus abruptos encabalgamientos, presenta la libertad como un bien necesario a todos, pero difícil de alcanzar («un espejo ilusorio que molesta / en los ojos del alma y los riñones»); el segundo es una interrogación sobre la libertad personal del hombre frente a Dios[3]; el tercero expresa una entusiasta afirmación de la propia libertad del yo lírico:

Soy libre. Claro que soy libre. Claro
que lo soy, pues que sigo, pues que paro
según me da el amor, según me suda.

Libre y capaz, y tanto, que me fundo
en libertad, y en libertad me hundo
como un dardo en el centro de mi duda[4].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] El primer soneto lleva unas palabras de Ruskin: «… ese fantasma que los hombres llaman libertad»; el segundo figura precedido por una cita de Amado Nervo: «Libertad divina, ¿dónde anidarás?»; el tercero se encabeza con la gozosa afirmación de Cervantes «Libre nací y en libertad me fundo». Este tercer lema es el último verso de un famoso soneto de Gelasia incluido en el Libro IV La Galatea de Cervantes (ver Obras completas, ed. Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 137b), que Tejada recupera haciendo a su vez un juego de palabras: «me fundo / en libertad, y en libertad me hundo».

[3] Al menos, así interpreto los últimos versos: «Suponiendo, que no es suponer poco, / que no sea presa de un pescador loco / que me saque del mar por las agallas».

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (1)

La primera parte de Prosa española[1], «Entre nosotros», se inicia con un breve poema, más bien unos versos preliminares a modo de envío, que resultan harto claros:

Estos versos se quedan solos
pues no halagan rencor ni rabia.

Por un centro vacío van derechos
al corazón dolido de la patria.

De ambos lados silban o tiran,
amenazan o halagan.

Pero ellos, sordos y ciegos
a los miedos y a la esperanza,
van buscando el amor que une,
el olvido que todo lava,
no el perdón, la única que puede
perdonarnos, se llama España,
el respeto a las divergencias
y a otras pocas cosas sagradas
para así preparar las sendas
a un futuro sin más revanchas.

Sin más extremas, diestras, siniestras,
que nuestras manos para enlazarlas (p. 13).

«Desde mi punto muerto» (pp. 14-15) alude ya a la experiencia de la guerra civil («la reyerta / aquella»); el poeta va enlazando imágenes que connotan el mal, la división y el dolor por ella causados: furia, batalla, luces combatidas, sangre, rencor, infectar, emponzoñar, metralla, bilis, llagas…, y también uñas hurgando en las heridas para que no cicatricen; la voz lírica —que cabe identificar en todos estos poemas con el autor— se dirige a un vosotros, a los que aplica el calificativo de caínes, y se lamenta, como Unamuno, con un «a mí también me duele España»; finalmente manifiesta su intención de no callar: «Porque estoy como Cristo, entre dos reos, / entre la tiranía y la venganza, / y es la madre común la que está en juego, / yo puedo y debo gritar: ¡Basta!». En «Hablando en plata» (pp. 16-17), la voz lírica endereza su discurso, «Desde el monte de mi edad plena», a los jóvenes, depositando en ellos la esperanza para superar la situación antes descrita: «os diría que el mundo es vuestro / y aún más vuestro será el mañana»; atrás deben quedar la ignorancia, la muerte, la venganza, la violencia infructífera. Y acaba: «Que aún supuran las cicatrices / de unas tierras acribilladas; / que ya está bien de desgarrones / sobre la pobre piel de España». En conjunto, el poema es una exhortación a los jóvenes españoles, que deben buscar para el futuro las raíces que les unen, no las que les separan.

«Letra para una joven cantante» (p. 18) contrapone los símbolos negativos (los heredados, que hay que dejar atrás) y los positivos (los que deben predominar en el porvenir); así, su voz limpia y sin horas se opone a tugurio de asechanza; la luz fresca de algas a cobacha sorda, oscura. La cantante aporta esa voz que «carece de repliegues»: «Contra el temor, contra la envidia, / contra el rencor, contra la espada, / yo traigo un chorro de voz limpia / para regaros la esperanza». Con su mano tendida y su corazón que no oculta nada, esa cantante se convierte en un símbolo de la reconciliación nacional[2].

Mano y corazón

El siguiente poema, «Cuestión» (pp. 19-20), plantea la pregunta de si fue necesaria la guerra del 36, con su olor a pólvora, las denuncias de unos y otros y los disparos dirigidos «al centro de la vida»; insiste en que la contienda bélica fue «un rencor de dos caras» y comenta que, en el futuro, habrá de ser para los españoles «sermón de escarmiento avergonzado».

«Exules filii Hispaniae» (p. 21), cuyo título parafrasea una expresión de la «Salve», es un emotivo soneto que equipara a España con una «flor añeja / casi marchita ya»; se trata de un apóstrofe a la «descoyuntada patria» para que atienda su queja de reparar la orfandad de esos desterrados hijos de España, de forma que puedan volver a vivir y a morir en el suelo hispano: «Que no le nieguen / los jugos de su cuerpo a tus cosechas», acaba; al mismo tiempo, manifiesta su deseo de que desaparezcan las divisiones «de izquierdas y derechas». La composición que viene después, otro soneto, define «En qué consiste ser español» (p. 22); el primer cuarteto resulta significativo:

Llamamos español a ese agrio modo
de entendernos, de no entendernos, vaya.
De alzarnos cada cual, torre o muralla,
contra nosotros y otros, contra todo.

Esa especie de predisposición española para la disensión, ese querer hacer cada uno las cosas a su modo, es la explicación de que, como dirá luego, no haya solo dos Españas, sino todas cuantas podamos imaginar[3].

Encontramos a continuación la bella «Oración por los españoles sin España» (pp. 23-24), encabezada por una cita de san Lucas: «Porque atardece y el día ya ha declinado», donde el poeta ve a la «madre común España» («madre-abuela», dirá luego) como una rosa y como una fiel viuda. Es, de nuevo, un apóstrofe a la patria puesto en boca de «el menor de tus hijos», que habla por «tantos otros tuyos / enajenados de tu paz». Retomando la idea de «Exules filii Hispaniae», manifiesta su esperanza de que los españoles que están en el exilio podrán regresar a su país, «como que son de casa», y se arrimarán al fuego del hogar común:

Que sí que volverán. Nadie se puede
conformar sin la tierra. Morirse sin la tierra
no es siquiera posible […]
Claro que vuelven…

En «Loco con el mismo tema» (p. 25) se dirige a Antonio Machado, para constatar, en tono semifestivo, que la España mejor que él anhelaba, superadora de viejos conflictos y diferencias, está todavía por construir: «que el porvenir todavía / sigue estando por venir». «Coplas de las aguas turbias» (pp. 26-34) es una composición más larga, a la que sirven de lema los versos tradicionales: «Turbias van las aguas, madre. / Turbias van, / mas ellas aclararán». Está formada por trece estrofas en las que, además de volver sobre la guerra y las diferencias de las dos Españas, se introduce un nuevo tema, la reflexión sobre el arte social. Sin embargo, hacia el final se insiste en el recuerdo de la guerra: a eso aluden las aguas turbias del título, en las que medran, como en todo río revuelto, aquellos «jugadores de ventaja» que se aprovechan de la situación[4] de un país envuelto en sangre y lodo y sin pan. Su deseo vehemente es «¡Que esta sangre no se pierda!» (p. 32); y, de hecho, el poema acaba con la esperanza de que las aguas aclararán.

Sencilla pero muy eficaz, con el efecto sorpresivo que producen los ripios buscados, las rimas internas y las asociaciones humorísticas entre elementos dispares[5], es la «Letanía de las reconciliaciones» (pp. 35-38), basada en la anáfora de bendito, -a, -os, -as, que incluye a unos y otros, a todos, y que podría resumirse en ese «bendito sea mi amigo / y mi enemigo» que leemos en la p. 36. Las «Coplas de la mala racha» (pp. 39-40) vienen a ser un eco de las «Coplas de las aguas turbias», pues también estas sirven para reflexionar sobre la poesía social; el poeta, en cambio, aboga por una poesía sencilla, que se caracterice por su gracia y claridad. En fin, «Cuidemos este son» (pp. 41-44), título tomado para una antología póstuma del autor, expresa la admiración del poeta ante las distintas modalidades del cante popular (el fandango, la soleá, la malagueña, la alboreá, la seguiriya…).

En esta primera parte, el tema predominante ha sido la constatación de las divisiones existentes en España tras la guerra civil y el apunte de algunas soluciones que se deben aportar para recuperar la paz y la concordia, la convivencia pacífica «Entre nosotros»; no obstante, hacia la parte final, ese tema ha dejado paso o, mejor, se ha imbricado con una reflexión sobre el quehacer del poeta, la poesía social y el cante popular[6].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] En otra entrada veremos el importante papel que el cante y la poesía en general desempeñan en el pensamiento de Tejada: si de la Poesía —así, con mayúscula— dice que debe ser «ese pan de cada día» (p. 31), el cante, que es «verbo en pie» (p. 41), será igualmente «eucaristía comunal» (p. 43).

[3] En «Coplas de las aguas turbias» leemos: «—Pero… ¿hay una España o dos? / —Hay todas las que usted quiera» (p. 32).

[4] Luego dirá que «Para ser un malnacido / no hace falta renegar / de la patria. Basta dar / la espalda a un presente urgido» (p. 34).

[5] «Bendito el gozo del borracho / y el picorcillo del gazpacho. / […] Bendita sea la panarria, / tan original ella, y la fanfarria / tan marcial y la miel de la Alcarria. / Bendito el vino tino, el blanco / y el general Francisco Franco»», etc.

[6] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

El poemario «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: estructura y contenido

José Luis Tejada (El Puerto de Santa María, 1927-Cádiz, 1988), escritor y profesor universitario, autor de varias obras de poesía[1], definió sus versos, en su poema «Desgana», como «pocos, pálidos, tímidos, pequeños». Sin embargo, su faceta poética no fue ni tan pequeña ni tan pálida como su modestia nos quiso hacer creer. En sucesivas entradas pretendo realizar un acercamiento temático a su poemario Prosa española, cuyo título es una reminiscencia del verso de Berceo que le sirve de lema: «Quiero fer una prosa en román paladino…». Deseo, pues, el suyo de hablar a las claras, con valentía, de un tema siempre espinoso, la realidad nacional de la posguerra, con una apuesta decidida por la reconciliación de todos los españoles. El propósito del libro coincide con algunas de las inquietudes generales de su producción poética, con una circunstancia especial añadida: la de su fecha de publicación, 1977, en los comienzos de la transición democrática española. El poemario quiere ser una profunda reflexión sobre la convivencia pacífica de los españoles y, en general, sobre el tema de España («tierra madre» común para todos, pero a veces también “madrastra” para con algunos de sus hijos). Además, Tejada lanza un llamamiento a la fraternidad universal entre todos los hombres, habitantes de un mismo hogar-tierra.

TejadaJoseLuis

Como acabo de indicar, José Luis Tejada publica esta obra en 1977, aunque los poemas que la componen son anteriores. En efecto, tras la cita-lema de Berceo ya mencionada y la sentida dedicatoria «A todos los españoles de buena voluntad», el autor explica:

Estos poemas fueron escritos entre 1960 y 1966, algunos están publicados en diversas revistas; en mi apreciación, ahora recobran vigencia, por eso los reúno en este libro.

Acaso hoy, todavía, no lleguen demasiado tarde en su llamada vehemente a la reconciliación nacional.

Tras la «Cita, dedicatoria y aclaración», el poemario se divide en tres secciones, «Entre nosotros» (que consta de doce poemas[2]), «Tríptico de la libertad» (son tres sonetos) y «Tierra madre» (otros doce poemas). Todas las composiciones del libro[3] llevan título propio, salvo los versos iniciales de la sección «Entre nosotros» (empiezan «Estos versos se quedan solos…»), que, más que como un poema propio, pueden ser considerados una declaración de intenciones. Si lo entendemos así, la estructura externa resulta equilibrada y simétrica, con dos partes con igual número de poemas, doce, unidas por un eje de tres sonetos, que sirve de puente entre ambas[4].


[1] Para andar conmigo (Homenaje a Lope de Vega, 1562-1962), Madrid, Rialp, 1962; Villancicos de los oficios, Cádiz, Torre Tavira, 1965; Carta para Aquilino en Inglaterra, Málaga, Publicaciones de la Librería Anticuaria «El Guadalhorce», 1966; Hoy por hoy, ed. de Ángel Caffarena, Málaga, Publicaciones de la Librería Anticuaria «El Guadalhorce», 1966; Razón de ser, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1967 (y una 2.ª ed. abreviada, Málaga, Diputación de Málaga, 1976); El cadáver del alba, Madrid, Editorial Oriens, 1968; Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977; Del río de mi olvido, El Puerto de Santa María, Fundación Municipal de Cultura, 1978; Poemía (Antología de los primeros libros), Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1985, con prólogo de Leopoldo de Luis; Aprendiz de amante, Cádiz, Publicaciones de la Caja de Ahorros de Cádiz, 1986, y el libro póstumo Cuidemos este son (Poesía flamenca), Sevilla, Renacimiento, 1997. Ver también Desde un fracaso escribo. Antología poética, ed. de Jaime Siles, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2006. Sobre el autor y su obra, remito especialmente a Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000; y a Luis Miguel García Jambrina y Mercedes Gómez Blesa (eds.), La poesía amorosa de José Luis Tejada, Madrid, Biblioteca Nueva, 2005.

[2] Serían trece si contamos como tal «Estos versos se quedan solos…», que funcionan más bien, en mi opinión, como palabras preliminares.

[3] Prosa española recoge todos los poemas ya incluidos en Hoy por hoy (1966), libro formado por «Coplas de las aguas turbias», «Lo peor», «Loco con el mismo tema» y «Reconciliaciones». Por otra parte, en Razón de ser (1967) ya se había publicado la «Oración por los españoles sin España».

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

«A un Niño-Jesús que reclinaba su cabeza sobre una calavera», de Carlos Murciano

Hoy, con la fiesta del bautismo del Señor, finaliza el ciclo de la Navidad. Terminaremos también la serie de poemas navideños de estos días con una décima de Carlos Murciano[1] que, aparte de la evocación sanjuanista de los vv. 8-9 (eco de los famosos versos «Tras de un amoroso lance, / y no de esperanza falto, / volé tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance»), reelabora poéticamente una representación iconográfica muy reiterada del Niño Jesús durmiendo sobre una calavera (otras veces, sobre una cruz, y en algunas ocasiones con representación de ambos elementos, la cruz y la calavera, que anticipan ya desde el momento del Nacimiento su futura Pasión y muerte, como en el cuadro de Bartolomé Esteban Murillo «El Niño Jesús dormido sobre la Cruz» conservado en el Museo del Prado)[2]. Este es el poema de Murciano:

El Todo sobre la Nada.
Duermes así, de manera
que finge una calavera
ser tu mullida almohada.
La breve mano apoyada
sobre la mejilla, di,
¿qué estremecer de alhelí
te puso en tan dulce trance
que diste a la caza alcance,
Niño, sin volar de Ti?[3]

NiñoJesusCalavera


[1] Carlos Murciano es autor que se ha acercado con frecuencia al tema navideño en su poesía, ya en solitario (ver, por ejemplo, su poema «De cómo María dice su sorpresa por el nacimiento del Niño y pregunta a José cómo ocurrió», o el «Soneto para la madrugada de un seis de enero»), ya al alimón con su hermano Antonio (como en el «Romance viejo de la madre nueva»).

[2] Ver sobre este tema el trabajo de José Guillermo Rodríguez Escudero, «La iconografía del Niño Jesús dormido sobre la calavera y con los atributos de la Pasión». Varias representaciones pictóricas y escultóricas pueden verse en esta otra entrada de blog: «Theatrum: Niño Jesús dormido sobre la cruz, la conciencia de nacer para morir».

[3] Texto recogido en Tallas y poemas del Niño-Dios, Madrid, Publicaciones Españolas, 1967, s. p.

«Viene el Amor a nuestra arcilla breve…», de Alfredo Díaz de Cerio

Comienza el Año Nuevo y desde este blog insular y barañario seguimos recordando con poesía la esencia de la Navidad, que no es otra que el nacimiento en Belén del Niño-Dios, redentor de toda la humanidad. Transcribo hoy —solemnidad de Santa María, Madre de Dios— un hermoso soneto de Alfredo Díaz de Cerio (Mendavia, Navarra, 1941-Pamplona, 2008), recogido en su libro póstumo De Navidad a Nochevieja (2008). Jesús Mauleón, en el prólogo de la publicación, escribe estas palabras que contextualizan perfectamente al autor y su poemario:

Profesionalmente, diríamos que Alfredo era más pintor que poeta, aunque no sea más que porque a nadie se le ocurre aducir la actividad poética como profesión en documento oficial alguno. Pero hacía versos por la misma razón por la que pintaba o esculpía, o por la misma pasión que le llevaba a plasmar o decir lo que de fuera hería su sensibilidad o lo que le ardía por dentro. Como poeta dejó una decena de libros y obtuvo innumerables distinciones y, entre otros, los premios Antonio Machado, León Felipe, Fray Luis de León, Vicente Aleixandre, Luis Rosales, Martínez Baigorri…

El libro que aquí se presenta no es, seguramente, el más acendrado ni el más difícil de su producción. Buena parte de él se resuelve métricamente en formas tradicionales como el soneto, la décima, las letrillas de diversa factura, sus versos rimados de arte menor. No es quizá la obra más original ni novedosa del poeta, pero sí un poemario cálido y sentido, accesible a un amplio público, con ramalazos líricos del mejor Díaz de Cerio. […] Aquí abundan los poemas donde casi todo es leve, con la levedad de la tradición popular del villancico. Maneja Alfredo todos los datos tradicionales de la Navidad: el portal con Jesús, María y José, Reyes, pastores, estrella, canto en el cielo, luz, nieve y noche invernal. Pero los conjuga y los vive para alcanzar en ocasiones versos y poemillas enteros de renovada belleza[1].

Este soneto en concreto (el número VIII de la sección inaugural del libro, «Sonetos a la Navidad») se articula en torno a la idea de la encarnación de Cristo, que siendo Dios se hace barro mortal («Viene el Amor a nuestra arcilla breve», v. 1); es decir, se pone de relieve su naturaleza humana («se atreve / a ser carne mortal y carne leve», vv. 4-5, con expresivo encabalgamiento estrófico; «herido con la herida / de todo lo que muere por ser vida», vv. 6-7; «se hace el Verbo de carne tan sencilla», v. 10). Ese Jesús, todo Amor, es a la vez Niño y Dios (v. 8); y, siguiendo con otra aparente contradicción (o, por mejor decir, el profundo misterio, la «Maravilla de toda maravilla», v. 9), «El gran Libertador se hace cautivo» (v. 12): porque, en efecto, el Redentor de todo el linaje humano asume por completo las servidumbres de la carne, las ataduras de su condición de hombre. Tal es el «milagro vivo / y tierno de Belén» (vv. 13-14), certera expresión de Díaz de Cerio que se refuerza desde el punto de vista retórico con un nuevo encabalgamiento, en esta ocasión versal. De esta forma, en su rotunda sencillez, «la gloria de Dios luce más pura» (v. 11) y es «limpia hermosura» (v. 14). Cabe destacar, en fin, el buen ritmo de los catorce endecasílabos, que forman un soneto de gran belleza y musicalidad, cuyo texto completo es como sigue:

Viene el Amor a nuestra arcilla breve,
a nuestra soledad tan escondida.
Viene el Amor de forma decidida
y llega de manera que se atreve

a ser carne mortal y carne leve.
Viene el Amor herido con la herida
de todo lo que muere por ser vida;
tan Niño viene Amor que nos conmueve.

Maravilla de toda maravilla:
se hace el Verbo de carne tan sencilla
que la gloria de Dios luce más pura.

El gran Libertador se hace cautivo,
misterio del amor, milagro vivo
y tierno de Belén, limpia hermosura[2].

Natividad, de Sandro Boticelli

Natividad, de Sandro Boticelli.


[1] Jesús Mauleón, prólogo a Alfredo Díaz de Cerio, De Navidad a Nochevieja, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2008, pp. 12-13.

[2] Alfredo Díaz de Cerio, De Navidad a Nochevieja, p. 26.