Pío Baroja: formación e ideología

En su juventud, Baroja es un gran lector de autores como Dumas, Dickens, Victor Hugo, Daudet, Zola, Eugene Sue, Montepin, Gaborian, Pérez Escrich, Fernández y González y los rusos Dostoyevsky y Tolstoi. Son autores en los que predominan los tonos sentimentales, exagerados, folletinescos… Todo eso repercute en la obra de Baroja con la presencia de lo pintoresco, de la exageración, del gusto por lo detectivesco y en algunos detalles de técnica. Por ejemplo, en La ciudad de la niebla (1909) abundan los tipos raros: mendigos, seres extravagantes y siniestros; lo exagerado aparece, por ejemplo, en Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901); lo policiaco lo encontramos en La dama errante (1900); y ciertas técnicas novedosas las apreciamos en el arranque de Las noches del Buen Retiro (1934), cuando Fantasio se presenta al autor y le entrega el manuscrito de una novela, que ha escrito por devoción a una mujer, etc.

Baroja vive en San Sebastián, Madrid, Pamplona, Valencia, CestonaViaja además bastante por Europa. Podemos decir que cada descripción o ambientación novelesca corresponde a una experiencia propia; rara vez narra por referencias. Habla así de lugares y calles que conoce y ha visto. Su vida se desarrolla, en genral, en un marco gris y mediocre. Tras pasar su juventud leyendo novelas de aventuras y folletines, desde 1902 decide dedicarse exclusivamente a escribir y en 1934 será elegido miembro de la Real Academia Española. En este sentido, Ricardo Senabre ha calificado la existencia de Baroja como «una vida gris y laboriosa».

PioBaroja

En cuanto a su ideología, Baroja es una especie de iconoclasta, un escéptico disolvente que no está dispuesto a comprometerse con (casi) nada. La lectura de algunas de sus novelas nos deja la impresión de que, en la vida, es mejor no hacer nada, pues el hombre no puede conseguir nada; eso es lo parece querernos decir. Todo es miseria, vanidad, corrupción. «Por instinto y por experiencia creo que el hombre es un animal dañino, envidioso, cruel, pérfido, lleno de malas pasiones», escribe hacia el final de su vida (Memorias de un hombre de acción). En muchos de sus personajes hay un fondo de falta de bondad. El amor, cuando no es pura sexualidad, es un recuento de insatisfacciones (La sensualidad pervertida). No es un sentimiento que llene; al contrario, viene a ser una especie de narcótico que hace débiles a los hombres (Camino de perfección, César o nada…). En cierto modo, Baroja parece ser un hombre sin más ideario que la oposición, la negatividad; con ello estaría reflejando o encarnando el espíritu de una época: la de la generación de principios de siglo tenía esa actitud. Ahora bien, al quedarse simplemente en esa actitud negativa, no consigue penetrar en el espíritu de su época, aportar algún tipo de solución: para él, la historia de la humanidad es una serie de crisis sucesivas. Para algunos críticos, su narrativa está limitada por sus circunstancias, por su «cortedad», por su modo de enfrentarse con esa sociedad (limitándose a reflejarla y lamentarse por ella), y esta es una de las razones que dificulta que el donostiarra sea un novelista universal.

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Regionalismo y naturalismo en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión

Tampoco puedo detenerme ahora en el comentario de las bellas descripciones del paisaje navarro que salpican las páginas de la novela[1] de Arturo Campión. El costumbrismo regional se aprecia con nitidez en el capítulo VI, «Maizachuriketa», dedicado a la festiva deshoja del maíz, amenizada por los cuentos del viejo Fralle, que es «costal de historias y relatos» (p. 274); y en las descripciones de los bailes al son del silbo y el tamboril o de las faenas agrícolas, como esta briosa evocación de la siega:

Cuadrillas de segadoras interrumpían el incesante cantar de las cigarras. Envueltas las cabezas por un paño blanco, que no dejaba al descubierto sino la frente, nariz y ojos, en mangas de camisa y con justillo o corsé y enaguas cortas, por el traje blanco y la piel morena parecían árabes. Baja la cabeza, doblada la cintura, recibía su cara el hálito abrasador de la tierra, más aún que el del aire, sofocante. Sus espaldas se recocían al sol, cual si las cubriese una plancha de acero candente desde la nuca a los riñones. Manchas de sudor, especialmente a lo largo de la columna vertebral y en los sobacos, jaspeaban la blancura del lienzo. El trigo iba cayendo; por las heredades serpeaban las hoces de plata entre los tallos de oro. De tanto en tanto, al amontonar los manojos de un haz, interrumpían las segadoras por breves instantes la faena, y sedientas como el caminante del desierto, vaciaban ávidamente medio cántaro, entornando por el placer los ojos bajo los resplandores del cielo. Y allá, a la tardecica, cuando Aralar y Urbasa unían sus aterciopeladas sombras con el broche diamantino del río, y el lucero enviaba sus primeros fulgores entre frescas bocanadas de cierzo, sobre el pandero de las cigarras, el crótalo de los grillos, el cuarreo de las ranas, el gemido del búho y la flauta cristalina del sapo, sobre todos los rumores, susurros y voces de la noche misteriosa y elocuente, resonaba el coro de las segadoras, celebrando la alegría de sus pechos con melancólicas canciones éuskaras, que parecían aumentar la serena majestad del crepúsculo (pp. 466-467).

Segadoras

Dos pasajes con clara influencia naturalista son el de la muerte de Martinico y el de la descripción de la enfermedad de doña María. El jorobado Martinico[2], «triplemente herido por la escrófula, el raquitismo y la miseria» (p. 324), muere como consecuencia de la brutal paliza que le propina el maestro por hablar vascuence (capítulo IX[3]), cuyos efectos —unidos a su mermada constitución física— hacen que su enfermedad degenere en una bronco-neumonía. Así se describe la casa donde vive con su abuela (alcoholizada y también con un horrible bocio[4]):

Cerca ya del anochecer entró doña María en una desvencijada casuca, cuya mayor parte era ruina cubierta de vegetación parietaria, la cual, lejos de vestirla y ennoblecerla como otras ruinas, semejaba horrenda lepra que le royese el grietoso frontis, cuyas paredes húmedas, cubiertas de manchones verduzcos, sobre todo en las combas de la fachada, provocaban el recuerdo de vientres exantematosos. El alero, de mucho vuelo, más agujereado que criba, con los salientes astillosos laciamente inclinados cual las orejas de animal rendido; el trozo de balcón que colgaba sobre la calle, rotos su antepecho y pasamano; sin marcos ni hojas las ventanas, a medio cerrar, con tablones carcomidos, los huecos; las vigas que asomaban las esponjosas cabezas por entre los dislocados ladrillos; los cachos de teja y montones de cascote esparcidos al pie de las paredes: el aspecto y los detalles todos de la casuca parecían vaticinar un derrumbamiento próximo, una súbita barredura, por medio del viento y la lluvia, de aquella inmunda vivienda, orillada en la charca negruzca de lóbrega callejuela, donde el fango hasta la canícula no se secaba (p. 361).

El deterioro de tan sórdida vivienda es trasunto del deterioro físico de sus moradores: la ruina física del edificio es símbolo de la ruina de los cuerpos. Con la misma técnica detallista, con morosa minuciosidad cuasi-científica y sin obviar la mención de aquellos aspectos más desagradables, se describe asimismo la enfermedad de doña María, aquejada de una lesión cardiaca que estalla violentamente tras la discusión con su desnaturalizada hija María Isabel (capítulo XV, «Sombras»). En fin, en la ceguera de la anciana Madalen de Ermitaldea podríamos ver también un símbolo de la turbia historia que oculta su pasado (ceguera física de los ojos / ceguera pasional del entendimiento)[5].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Véase su descripción en las pp. 227-228.

[3] Es el único momento en que Cuadrau aparece caracterizado positivamente; tras ser testigo del maltrato, da una ochena al muchacho para que no llore: «La compasión ennoblecía a sus ojos, de ordinario procaces, y en su voz ruda vibraba la nota tierna de la piedad» (p. 327).

[4] Véase su descripción en la p. 365.

[5] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

Técnicas narrativas en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión (y 2)

Blancos y negros, de Arturo CampiónLas técnicas de contraste en Blancos y negros[1] de Arturo Campión las podemos apreciar igualmente en detalles menores: por ejemplo, al final del capítulo VI, los sonidos del silbo y tamboril que suenan en la gambara de casa de Josepantoñi contrastan con los rugidos de la tempestad que se oye fuera. La tristeza de la escena en que doña María se entera de que no es dueña de ninguna de sus propiedades porque perdió el usufructo foral tiene como contrapunto el júbilo de las canciones de Navidad que se escuchan en la calle. Unas líneas merece también el empleo de técnicas caricaturescas en los retratos de algunos personajes. Caricaturesco es, en efecto, el de don Abdón, el teniente de la parroquia. También carga Campión las tintas en el retrato del maestro, navarro de nacimiento, no de sentimiento, don Bernardino, descrito como un sádico («Me llamo Balda y… baldo», p. 324). Véase asimismo la descripción de doña Sotera (p. 284) o esta nota a propósito de la esposa de Osambela: «La risa sacudía las carnes de doña Gertrudis, asemejándose a un budín de gelatina recién extraído del molde» (p. 298). La carta del fraile Aguinaga que se incluye en el capítulo V, plagada de faltas de ortografía, constituye un acertado retrato caricaturesco de su persona, de su cerrilidad e incultura.

Campión gusta de dotar de estructura circular a algunos capítulos. El capítulo primero comienza con lluvia: «Llueve, llueve, llueve. Quince días de lluvia incesante, inagotable, irrestañable» (p. 189), y acaba con una alusión al murmullo de la lluvia «que se precipitaba a borbotones por las cañerías y canales de hojalata, o libre caía a la calle chorreando desde los tejados» (p. 198). En este capítulo I se indica que el suelo de la plaza de Urgain ha quedado convertido «en papilla de lodo negruzco, espeso, pegajoso y resbaladizo, licuado, a trechos, en agua fangosa» (p. 190), lodo negruzco en el que podemos ver anticipado «el líquido derramado por las eras» (palabras finales de la novela), es decir, la sangre mezclada con el fiemo y la tierra. Estructura circular tiene también el capítulo XIII, que comienza con la imagen papeletas electorales=mariposas:

Si a estos papelitos el viento reinante los hubiese arrancado de las callosas manazas de Loipea, con caprichosos revuelos de blancas mariposas se habrían esparcido por el ámbito de la villa, siendo recreo de los ojos (p. 393).

Y acaba con la de copos de nieve=mariposas=papeletas electorales:

La blanquísima nieve de San Donato, a la luz discontinua de la luna, chispeaba como un diamante. De las pardas nubes, impelidas por el sudeste, escapábanse argentados copos que, con vuelos de mariposa, sumíanse dentro de las chimeneas, extendíanse sobre los tejados y torbellineaban en las fangosas callejuelas, semejantes a las papeletas electorales que invadieron a Urgain, escapándose, no de las callosas manazas de Loipea, sino, realmente, de las negrísimas garras del demonio de la política (p. 411).

Comentario más detenido merecería la abundante utilización de metáforas, imágenes y símiles, aspecto cuyo análisis habrá de quedar para otra ocasión. Haré notar, en fin, la huella de Cervantes, que se aprecia en pequeños detalles de estilo como la forma de comenzar algún capítulo («Las ocho de la mañana serían…» es la expresión que abre el capítulo V) o la predilección por algunos adjetivos (desaforado, descomunal…) de clara raigambre cervantina[2].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

Técnicas narrativas en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión (1)

Muchos de los personajes de la novela[1] de Arturo Campión se construyen como parejas de contrarios (Osambela y doña María, Cuadrau y don Mario, Celedonia y Josepantoñi…). Añadamos ahora algunos detalles más con relación a la presentación antitética de Osambela y doña María. Si la palaciana es generosa y amable con los pobres (cuando entrega unas monedas, ofrece además el consuelo del alma), el odioso cacique es «avaro por naturaleza y cálculo» (p. 385) y su propio hijo Perico se da cuenta de que tan solo pretende hacer un negocio de «usurero desalmado, vengándose, al mismo tiempo, de una familia a quien detesta» (p. 384). Pero la misma consideración negativa se extiende al propio Perico, menospreciado por la mayorazga doña Rosa de Altolaguirre y Zufiaurre:

Doña Rosita consideraba la casa de Ugarte como a templo donde la raída nobleza de Urgain y cinco leguas a la redonda recibía solemne culto, y además, como a ejecutoria donde constaba fehaciente el número de las personas que podían alternar entre sí, sin desdoro. De suerte que, propiamente, a Perico Osambela lo equiparaba a callejero can que se cuela en el archivo, hociquea los papelotes, y cual de ruines piltrafas, se apodera de las más preciosas genealogías y las arrastra por el enfangado suelo (p. 357).

El contraste maniqueo lo observamos asimismo en la presentación de los personajes vascongados (la familia de Juan Bautista Oyarbide, sobre todo[2]), que constituyen acabados modelos de bondad y virtud, frente a los personajes foráneos (sobre todo los hijos de Aquilino Zazpe, Celedonia y Casildo, verdaderos dechados de maldad). Campión idealiza el carácter y las costumbres tradicionales del pueblo vasco y fustiga las novedades venidas de fuera para distorsionar su alma. Desde la ventana del palacio observa don Mario (capítulo IV) el baile que en la plaza consistorial protagoniza la juventud urgainesa, «sana, alegre y ágil», al son del silbo y el tamboril, baile honesto que contrasta con el «agarrao» que tiene lugar junto al portal de la taberna de Aquilino Zazpe, al son de guitarra, bandurria y pandereta, con intervención de la «gente forastera» (carabineros, guardias civiles, mozos de la estación y sus mujeres).

SilboyTamboril

Esa radical oposición de autóctonos y foráneos se personaliza en el enfrentamiento entre Josepantoñi y Celedonia (que culmina en la pelea en el río del capítulo IX). Si las montañesas hablan «la lengua éuskara, formada por Dios para susurrar ternezas y amores» (p. 365), las otras mujeres, las esposas e hijas de guardias civiles, carabineros y empleados del ferrocarril, se expresan en un español plagado de vulgarismos y coloquialismos y con un acento marcadamente ribero-aragonés. El carácter idílico de la vida en la aldea vasca queda subrayado en las visitas que hace Mario al caserío de Ermitaldea:

Mario saboreaba la honradez y la rústica poesía de aquel hogar feliz. Opinaba que las instituciones y costumbres, el lenguaje nativo y las tendencias étnicas naturales que semejantes ejemplares de clase popular producen, se habían de conservar y defender. Su amor a la tierra éuskara templábase en los cuadros familiares que veía. Tomaba cuerpo ante sus ojos la imagen de un pueblo creyente, sencillo, bondadoso, roído por el tiempo y arrojado a las altas cumbres de las montañas, circuido por desbordados mares, cuyas aguas con impasible e ineluctable progresión crecen, avanzan, suben, se extienden, sin retroceder nunca un palmo, ni rebajar su nivel nunca, fatales como el curso de las estrellas y la sucesión de los siglos, hasta anegar, disolver y sumergirlo todo bajo una desolada uniformidad (p. 343).

La misma técnica del contraste y la dualidad sirve para presentar la división política existente en Urgain, que se escenifica en los cafés (el Café de la Paz es el cuartel general del puñadico liberal mientras que la taberna de Aquilino Zazpe constituye el centro popular de los carlistas). Verdaderamente antológico es el capítulo XIII, «El diablo en Urgain» —el diablo llega al pueblo en forma de candidaturas electorales—, donde Campión describe magistralmente la «exaltación furiosa de las pasiones políticas» (p. 439) y cómo los ánimos pacíficos se transforman en pendencieros: «Ardió la pasión política» (p. 393). Unas palabras del abad tratando de convencer a don Mario anticipan de nuevo lo que va a ocurrir más adelante:

«Cada hogar —decía— es copia del infierno; cada hombre, encarnación del demonio. Hay muchas lágrimas, y me temo que hasta sangre ha de correr. Satanás, y no otro, es el inventor de semejantes sistemas políticos.» (p. 439)

Y así sucede en la escena final, cuando las eras estercoladas, bajo el asfixiante sol canicular, quedan empapadas con la sangre de blancos y negros:

Ganchos y muñidores de ambos partidos recorrían las eras, torciendo las voluntades con la promesa, la dádiva y el engaño. Sobre el fiemo de las cuadras, campaba el fiemo, mil veces más pestilente, de la política española. […]

Vacío el cesto de las injurias, exhausto el desaguadero de los insultos, los hombres, enardecidos por el sol que en las venas inyectaba fuego, se lanzaron unos contra otros a puñadas, mordiscos y coces, rodando y revolcándose frenéticos por el suelo.

Y cuando, al cabo, se logró restablecer el orden y llegó el caso de levantar los contusos y heridos, nadie hubiese podido decir quiénes eran los blancos y quiénes los negros, pues a todos les tiznaba y embadurnaba, parificándolos, desde la uña del pie hasta la punta del pelo, el líquido derramado por las eras (p. 469)[3].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Véanse las pp. 341 y ss.

[3] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

«Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión: Juan Miguel Osambela versus doña María de Axpe-Salazar

Algunos datos sobre la personalidad del cacique liberal Osambela han quedado apuntados ya en las entradas precedentes. Es en el capítulo II donde Arturo Campión nos ofrece el retrato de la familia de don Juan Miguel Osambela y Zurutuza, escribano y agente del partido liberal, y resume la historia familiar y las causas de su enriquecimiento. El notario de Urgain es un potentado que tiene dos únicas pasiones, la avaricia y la dominación: «Su bolsillo era de rico; su modo de vivir, no. […] Nada le satisfacía tanto como que le reconociesen y ponderasen su riqueza e influencia. La vanidad constituía su único placer intelectual» (pp. 203-204). Tramará su venganza (apoderarse de la hipoteca de los Ugarte y obligarlos a la boda de doña María Isabel con su hijo Perico), y para ello contará con la colaboración del abogado pamplonés Ignacio Ostiz.

En el capítulo VII, Osambela visita a Ostiz; ambos están unidos por una amistad añeja, pese a militar en distintos bandos políticos: lejos de ser enemigos, estos dos «doctores en cucología» se unen para sacar adelante sus negocios. Osambela expresa ante su compadre sus deseos de «patear a esa bruja de doña María» (p. 280). El capítulo VIII, «Intimación matrimonial», enfrenta por primera vez directamente a ambos personajes rivales. El notario visita a la palaciana y le expone sus propósitos sin rodeos: «El fingimiento y disimulo —apostilla el narrador— no formaban parte del caudal de sus defectos» (p. 306). Le explica que ha comprado la hipoteca que pesa sobre su hacienda y pide la mano de su hija para su Perico. Doña María llama a María Isabel, quien confirma que ella y el hijo de Osambela se quieren. Pero doña María, digna, se niega a autorizar semejante unión: ella es una madre católica y no entregará su hija, por su propia voluntad, a un liberal; herida en su orgullo, despacha a Osambela, pero la amenaza de este queda flotando en la estancia de Jaureguiberri (nueva prolepsis narrativa):

—¡Acaso el que sale despedido como criado, volverá con las ínfulas de dueño! Mis propósitos eran pacíficos, conciliadores: sólo han servido para aumentar la soberbia de quien la derrama por todos su poros como un veneno. ¿Queréis guerra?, pues la habrá sin cuartel. Chocarán el puchero y la olla: el puchero se hará pedazos, que yo, soy de hierro, ¡badajo! (p. 314)

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Osambela visualiza el enfrentamiento de ambas familias (nobleza decadente y burguesía ascendente) con esa expresiva imagen del choque del puchero y la olla. Más adelante hará uso de otras similares:

—¡Cómo acaban los linajes! La coraza del infanzón atravesada por la pluma ruin del curial (p. 263).

—Al diablo lágrimas y sensiblerías: yo, el acreedor, martillo; ellos, el deudor, yunque, y porrazo limpio hasta que se hagan polvo (p. 379[1]).

Don Mario pronto comprende que Osambela tan solo busca arruinar a su familia, que constituye el único «dique de su avasallador caciquismo» (p. 340). Su mayor deseo es buscar dinero a cualquier precio para escapar de las garras del notario. Pero Juan Miguel, que como elector y cacique es ducho «en todo linaje de marrullerías» (p. 397), entabla sus diligencias contra los Ugarte, mostrándose como un acreedor implacable y codicioso:

Sonaba la hora de la ruina, precedida de edictos y subasta. El desahucio de la casa solariega, la caída desde pedestales seculares, la desaparición por la honda sima del pueblo anónimo. Un poco de espuma sobre el verdoso abismo que se cierra, y luego… nada: la inmensa extensión del mar sobre los náufragos (p. 429).

En efecto, cuando llega el verano, Osambela se instala en Jaureguiberri como nuevo dueño. Doña María y su hija María Isabel han de marcharse a Vizcaya. El narrador describe la escena de su partida, que ocurre bajo una intensa lluvia: la insultante felicidad de Juan Miguel contrasta con la pena sincera de los aldeanos, que se duelen del «éxodo lamentable de los últimos Ugartes» (p. 458). Doña Gertrudis, la esposa de Juan Miguel, ve alejarse a doña María, gravemente enferma, montada en un carrito: «Pues, con todo —comenta—, paralítica, muda, semimuerta y pobre, es una señora, una verdadera señora» (p. 459). Su marido Osambela afirma orgulloso que ahora son ellos las personas más importantes e influyentes del pueblo, están «en la punta de la cucaña», porque quien tiene el dinero lo tiene todo: él cree únicamente en el brillo del oro, no en el de los escudos nobiliarios. Sin embargo, su mujer le explica en una especie de apólogo la incómoda situación en que queda:

—Y al oírte hablar de la cucaña, recordé un cuento de mi padre —¡digo cuento, y fue sucedido!— que a ti también te hará gracia, y para desenfadarte, lo voy a contar. «Celebrábanse las fiestas de un pueblo, y acudió muchísima gente, la cual se extendió por la plaza, alrededor de la cucaña. Por entre los grupos, andaba un pobre jorobadito sin que nadie notase su presencia o le hiciese mayor caso. Observando que ninguno de los mozos conseguía llegar a la punta de la cucaña, el jorobadito, muy ágil, se acercó, y en un santiamén se encaramó por el palo. La gente, al principio creyó que era un niño, y le aplaudía. Pero cuando se detuvo el ganancioso para apoderarse de la bolsa y saludar, muy ufano, al público, ¡uu, uu, uy!, entonces le vieron todos la joroba, y le pegaron una silba… ¡una silba!…» (p. 460).

Osambela ha expulsado de su solar nativo a los Ugarte; ha ascendido a lo más alto de la cucaña; pero siempre se le verá la joroba…[2]


[1] Estas parejas de contrarios son muy frecuentes. Celedonia usa la de regadío y secano (noble / campesino) para mostrar a su hermano Cuadrau la diferencia que le separa del que consideran su rival en lides amorosas, don Mario: «—¡Pero igo mal, porra! ¡Ca andará por casarse, como tú y José Martín: quiós, no sus ha salido mala parte contraria! Secano contra regadío» (p. 320).

[2] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

El retrato de don Mario de Ugarte en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión (y 2)

Hasta ahora el lector de Blancos y negros[1] de Arturo Campión solo ha conocido a los Ugarte a través de la mirada de sus enemigos, los Osambela. La presentación de doña María y sus dos hijos, María Isabel y Mario, se produce en el capítulo IV, cuando acude a Jaureguiberri el Padre Aguinaga[2]. Este capítulo sirve para completar el retrato (físico y sobre todo moral) de don Mario. El fraile, apodado por los liberales Padre Trabuco-Urnas dados sus ánimos belicosos y sus continuas ingerencias en los asuntos electorales, trae instrucciones del pretendiente carlista de cara a las elecciones que van a renovar la Diputación provincial: en concreto, pide —ordena— a don Mario que sea el candidato carlista para quitar el distrito a los liberales. Pero don Mario se niega, alegando las deudas contraídas por su casa tras la última guerra civil, pues es consciente de que existe para ellos riesgo verdadero de perder el solar nativo (en una prolepsis narrativa que anticipa lo que, de hecho, va a suceder más adelante):

—¿No sabe usted que la última guerra civil vino a desbaratar los restos de nuestro patrimonio, salvados casi milagrosamente de los estériles sacrificios que mi familia prodigó siempre a la causa? ¡Hoy mismo, si a nuestro principal acreedor se le antojase, podría vendernos el solar nativo, los últimos terrenos de una pingüe hacienda; y mi pobre madre habría de pasar los últimos años de su vida entre paredes extrañas! Vea usted; he renunciado a mis gustos, a mis aficiones, a mis hábitos. ¿Le parece a usted que para un muchacho joven que hizo su carrera en Madrid, gozando de las mejores relaciones de familia y sociedad, con el bolsillo repleto y bastantes ilusiones en la cabeza, no equivale a cambiar palacio por mazmorra venir desde la corte a Urgain, súbitamente, sin transición, como cuando se hunde el suelo que pisamos? Vivo entre estos montañeses, que son dueños de mi afecto por honrados y pobres. Dios se sirvió plantar en un rinconcito de mi corazón cierto amor a la naturaleza, del cual, lo confieso, no me había dado cuenta ni en el Retiro ni en las butacas del Real; hoy se desarrolló, y me consuela. Mis amigos de Pamplona y Madrid, mis primos de Bilbao, me llaman el oso de Andía: bromeando, dicen verdad. Pues mire usted, estoy aclimatado; y maldito si me acuerdo de teatros, casinos, bailes ni ateneos, que hace años me parecían la única razón de vivir. Aquí descubro el fondo de los corazones, como las guijas de los arroyos. Rústicamente, vivo entre los rústicos. Alivio, cuanto puedo, sus trabajos; participo de sus alegrías. Ellos me respetan y quieren; llevo el alta y baja de sus rebaños y conozco la cantidad y calidad de sus cosechas. Las primeras bocanadas de este licor fueron muy amargas. Otro hubiera luchado allí, en Madrid; yo no sirvo para eso. El papel de pobre con frac me horroriza. ¿Es resignación, cobardía, conformidad, orgullo, pereza? No lo sé; de todo habrá, a desiguales dosis. Hasta he renunciado al dulce propósito de casarme; ¿dónde hallar mujer, digna de mí, que no me desdeñe? Rica y de cuna humilde, su vanidad me compraría; pobre y bien nacida, doblaríamos nuestros males. Aquí soy un aldeano más; un García del Castañar. Habito la casa de mis padres y no quiero que de ella me lancen los alguaciles del Juzgado. Aquí nacieron los Ugartes y aquí morirá el último de ellos. En resumidas cuentas, yo y los míos pertenecemos a una sociedad que se desmorona, mejor dicho, a una sociedad que la mano de Dios borra del mundo. Por lo que a mí toca, carezco del orgullo de casta, la honradez es el más valioso pergamino, y la Providencia escribe sobre él nombres, sin acepción de clases: pero quiero ser digno de los míos. Nuestra hacienda montañesa, que es dilatada, vale poco, de suyo, excepto el arbolado, que podrá sacarnos de apuros si lo explotamos con pericia. Mi hermana se casará, debe casarse, y hay que dotarla cuanto sea posible para que haga buena boda. […] ¿Cómo, pues, he de desatender lo mío y meterme a nuevas aventuras, que para mí serán desventuras? (pp. 240-241).

Fray Ramón le espeta que antepone su interés personal al deber e insiste en que los leales han de sacrificarse y dar a la Causa, no solo la sangre, sino también el dinero. Don Mario, tras criticar la «ordenomanía» que en su opinión ha llevado a la ruina al partido carlista, reitera su negativa, lo que lleva al intransigente fray Ramón a concluir que el último de los Ugartes ya no es carlista, sino liberal: un traidor, apóstata, mestizo y renegado, tales son los insultos que dirige a su huésped[3].

Carlismo

Don Mario, en cualquier caso, ha tomado su decisión y renuncia a ser el candidato carlista en la lucha electoral. No obstante, tendrá una intervención decisiva el día de las elecciones: la pasión política ha dividido peligrosamente al pueblo en dos bandos irreconciliables, a la hora de acudir a las urnas la tensión en el ambiente es máxima y una chispa cualquiera puede desatar el incendio de la violencia. Entonces el abad don Javier pide a don Mario que ponga paz entre los grupos rivales y «con su prestigio, influencia y palabra» (p. 449) evite que corra la sangre. El joven hidalgo se niega en principio, argumentando que la pobreza y la calumnia (la lengua viperina de Celedonia se ha encargado de propalar la especie de que ha dejado embarazada a Josepantoñi, una de las mozas campesinas del pueblo) le han arrebatado todo su prestigio. Pero el abad le insiste para que cumpla con su deber, para que sea Ugarte hasta el fin. Espoleado por esas palabras, al recordar que el señor de Jaureguiberri siempre ha ejercido su bienhechora tutela sobre el pueblo de Urgain y sobre todo el valle, don Mario asume valientemente la responsabilidad que por tradición familiar recae sobre su persona: «Una llamarada de generosidad y entusiasmo le enardeció el pecho» (p. 450). Tras besar a su madre, toma las papeletas del fuerista Zubieta y arenga a los vecinos del pueblo instándoles a la paz, representada en esa candidatura que supera la estéril división de carlistas y liberales:

Mario, rodeado de los aldeanos, seguía perorando. La carga nerviosa, durante tantos días acumulada, rompía en afluente y persuasiva frase; hablaba el corazón al corazón, y sus palabras volaban con las alas de oro de la elocuencia. Los aldeanos, atónitos, pronto persuadidos y encantados siempre, bebían el discurso. Nunca les habían dicho cosas semejantes. Lo que en el fondo de su aversión latente a las luchas políticas era egoísmo y desaliento, herido por la varita de virtudes que a los guijarros trueca en diamantes, ahora resultaba nobles sentimientos y patrióticas virtudes. Pasaban, envueltas en luctuosas túnicas, las escenas de la guerra civil, y sobre ellas se cernía, coronada de luceros obscurecidos por vahos de sangre, la imagen de Nabarra. Amarrados a la más alta picota los partidos políticos, recordaba sus promesas, otras tantas mentiras; sus esperanzas, otros tantos fracasos; su ingratitud, su insolencia, sus rapiñas y matanzas, única sinceridad de ellos. Hablaba, no a la opinión, sino a la naturaleza; no al carlista y al liberal, facticios y circunstanciales, sino al nabarro; y ahondando más la peña viva, al éuskaro, recubierto por tantas capas de mentiras políticas, históricas y nacionales, sedimento de los tiempos. Y pasando de lo general a lo particular, les trazó el cuadro de su hermandad y concordia deshechas, de las amistades rotas, de los parentescos encizañados, de los beneficios raídos por la ingratitud: el cuadro repugnante y vivo de los odios de vecindad, de los rencores de campanario. Y terminó incitándoles, con tierna, patética y arrebatadora palabra, que volviesen a ser los de antes y fundiesen sus sentimientos en la urna, causa de tanta desunión, sacando de ella el nombre de don Enrique de Zubieta, único candidato por quien no habría en Urgain vencedores ni vencidos (pp. 451-452).

Don Mario es aclamado por sus vecinos y llevado en volandas. Los ánimos, hasta entonces encrespados, se distienden. Sin embargo, en medio del gentío se alza una mano cobarde y asesina: Casildo Zazpe, alias Cuadrau, cegado por los celos (piensa que Josepantoñi le desdeña a él porque está en relaciones con el señorito de Jaureguiberri), aprovecha la confusión para herir de muerte a don Mario con su descomunal navaja[4]. López Antón ha subrayado el valor simbólico de esta muerte[5], que pone de manifiesto el fracaso del fuerismo y de la unidad navarra por él predicada[6].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Véase su descripción en las pp. 232-233.

[3] Don Mario expresa así sus ideas: «El campo de la vida es demasiado vasto para que en él no quepan sino carlistas y liberales» (p. 244); «Luchemos por perpetuar la fisonomía castiza del pueblo nabarro, que ya empieza a descomponerse y alterarse. Cese el grito de los partidos españoles y resuene el himno de la hermandad nabarra. Nada haré para dividir; cuenten conmigo para unir» (p. 248).

[4] Casildo había jurado «por la hostia» que lo mataría cara a cara, como hombre, pero no cumple su promesa, y más tarde su padre le reprochará su cobardía: cuando el mozo alega que «Vulcar a un hombre, a nadie deshonra» (p. 463), Aquilino le dice que es así cuando se le mata cara a cara, y le acusa de tener las manos manchadas de sangre «¡toíca llaneza de bien y señorío!» (p. 463).

[5] «La muerte de Mario significa la erradicación de la idea euskara de Navarra, eliminada por las sectas ultraibéricas» (José Javier López Antón, «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998, p. 183).

[6] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

El retrato de don Mario de Ugarte en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión (1)

BlancosyNegros_TtarttaloEn la novela de Arturo Campión, la primera alusión a don Mario se produce en un diálogo entre el cacique liberal don Juan Miguel Osambela y el indiano don Santiago Gastaminza; el primero, al verlo pasar por la calle, lo califica despectivamente con el término señorón, en tanto que el narrador predica de él que es «un joven de arrogante aspecto […] a quien los aldeanos cedían la acera, saludándole respetuosamente» (p. 195)[1]. Este respeto que los campesinos sienten por el linaje de Ugarte —respeto que va acompañado de cariño sincero— será una de las notas repetidas a lo largo de la novela. Don Santiago, por su parte, es quien hace notar la pobreza que acecha a la familia, al comentar que a don Mario se lo comen las ratas. La distancia que separa a Osambelas y Ugartes —y la inquina de Juan Miguel contra el linaje hidalgo— se pone de manifiesto en el capítulo III, cuando su hija Robustiana le explica el proyecto de boda entre su hermano Perico y doña María Isabel de Ugarte, hermana de don Mario. En primera instancia, la idea aparece completamente disparatada a los ojos de Osambela, precisamente por la distancia que separa a las dos familias (comienza aquí el empleo de esa técnica de contraste o polarización, que seguirá utilizando el autor a lo largo de toda la novela):

—¡Badajo! ¿Has olvidado quiénes son los Ugartes, o qué? ¿Ignoras que son hidalguillos raídos, aristócratas ratonados, con más fachenda, pretensiones y orgullo de sangre azul y armas parlantes que deudas, que es cuanto hay que decir? ¿Olvidas que esa damisela es prima de condes, sobrina de marqueses, tía de duques, descendiente por línea recta y no interrumpida del mismísimo sobaco de Cristo? ¿Que es hija de doña María de Axpe-Salazar, descendiente, por lo menos, del gran Tamerlán? ¿Que esa maldita bruja tiene más humo en la cabeza que todos los bizcaínos, sus paisanos, juntos? ¿Que esa familia ugarteña es más antigua que la sarna y más limpia que el sol? ¿Que era casa armera y del brazo militar, ricos-hombres en Nabarra —¡más les valdría ser hombres ricos!—, infanzones en Bizcaya, de los parientes mayores en Guipúzcoa, obispos en Roma y calamidad en todas partes? ¿Que tienen sobre la puerta un escudo con más fieras y animalazos que muchú Bidel? ¿Se te ha ido de la sesera que Perico es hijo de Juan Miguel de Osambela, notario y villano por los cuatro abolorios, nieto de Lucas y bisnieto de Chaparro, el más insigne esquilador de toda esta barranca? ¿Que sus abuelas paterna y materna eran labradorazas de tomo y lomo, más cerriles, si cabe, que las de ahora, layaterruños y rascaboñigas? ¿Que si miran a nuestro linaje no encuentran asa señoril por donde agarrarnos? ¿Que don Mario es un carlistón fanático y yo un gran liberal? (pp. 218-219).

Como vemos, al resentimiento por la diferencia de clase se une en Juan Miguel Osambela la animadversión derivada de la militancia en bandos políticos irreconciliables. Sin embargo, los Ugartes están arruinados y tienen sus bienes hipotecados en 15.000 duros a don Juan Leoz. Este, un buen amigo de la familia, nunca hubiese cedido la hipoteca a una tercera persona; pero Leoz ha fallecido recientemente y a su hermano don Timoteo, que está entrampado, no resultará complicado comprarle la hipoteca. El maquiavélico plan de venganza ideado por Robustiana inmediatamente encandila a su padre: acuciados por la deuda, los orgullosos Ugartes habrán de acceder a la desigual boda. El narrador, adoptando aquí el punto de vista de Osambela (estilo indirecto libre), glosa así el plan maquinado:

¡Dónde mayor venganza, ni más completa y sonada, que injertar en el noble cedro del Líbano un tosco chaparro! Lograrlo por la fuerza y violencia, bien vistas las cosas, era recibir nuevos desaires. El precioso mueble se había de abrir con su llave propia. Descerrajarlo de un puñetazo, era confesarse ladrón de él: ¡hazaña digna de rufianes, en resumidas cuentas! ¡Pero contemplarse aceptado, ya que las circunstancias lo imponían, por el predominio de la razón sobre el sentimiento, aunque fuese a regañadientes, de igual modo que el enfermo consiente una amputación para no morirse, ¡qué triunfo, qué gloria, qué encumbramiento! ¡Cuánta consideración personal le tocaría a él, que en mil diversas ocasiones, a pesar de su dinero e influjo, había tenido envidia a la mayor veneración, al más cumplido afecto y al menos temeroso respeto que las gentes del país profesaban a los Ugartes, con quienes estaban unidos por esos invisibles lazos que la historia anuda silenciosamente! (p. 223).

En las líneas siguientes, se añaden nuevos datos que explicitan todo lo que separa a las dos familias, representante una de la tradición y otra de la modernidad:

Don Juan Miguel era «el escribano»; su familia «los del escribano»; don Mario era «el señor» (jauna); las personas de su casa «los del señor» (jaunenak). ¿Y cómo no, si todo hablaba a las gentes de la comarca de los Ugartes, y nada de los Osambelas? El puente de soberbia fábrica, tendido sobre el Arakil a costa de los antecesores de don Mario; la ruina de la torre, vestida de yedra y musgo, a cuyo amparo los progenitores de don Mario, allá en tiempos de Mari Castaña, rechazaban las incursiones de los guipuzcoanos, que se derramaban por el valle, saqueando y talando, desde las gargantas de Elkorre; la inscripción de la iglesia, reconstruida, así como dos manzanas de casas que formaban la calle denominada Eliza-kalea, con dinero de los abuelos de don Mario, después del voraz incendio del año 1604. Los Ugartes eran patronos de la iglesia, y el cabeza de la familia todavía se sentaba, durante las ceremonias religiosas, en puesto preferente, ocupando el majestuoso banco de roble tallado, con las armas de la casa y de la villa entrelazadas, aunque cuando asistía de oficio la corporación municipal, por cortesía dejaba el asiento al alcalde. Durante siglos y siglos los Ugartes fueron los cabos, los conductores, los guiones, el ejemplo, el sostén de aquellos montañeses, cuyas vidas y haciendas mil veces defendieron, de cuyas aspiraciones mil veces fueron portavoz y enseña. Ni aun la época moderna, letal para las tradiciones, había conseguido romper las que unían a esa familia con sus conterráneos, pues siempre los corazones de éstos y aquélla al unísono latieron. Ugartes fueron los capitanes del valle en la guerra contra la República francesa, y en la de la Independencia y en la de los realistas del año 22 y en las civiles de 1833 y 1872, y junta corrió su sangre, vertida por el plomo francés y el liberal. Los Ugartes eran el bosque centenario; los Osambelas el hongo efímero sin raíces, que nace de la corrupción de la tierra. Representaban éstos, en vez de servicios históricos, la improvisación social, los caprichos del acaso, la inmoralidad del éxito, la conquista de la influencia por medios ilícitos y mantenida por procedimientos torpes y artimañas repugnantes, el endiosamiento plebeyo, el poder envilecedor del dinero (pp. 223-224)[2].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.