El «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha» de Francisco de Ávila: panorama textual

Francisco de Ávila es un ingenio secundario dentro del panorama literario del siglo XVII. Él mismo, al final del entremés que nos ocupa, se declara «natural y vecino de Madrid»[1]. Es autor, entre otras obras, de Villancicos y coplas curiosas (1606), Loa en alabanza de las mujeres feas (1615) y el Entremés famoso del mortero y chistes del sacristán. Fue recopilador de la Flor de las comedias de España de diferentes autores (1615), y se le concedió el privilegio para imprimir la VII y VIII parte de las Comedias de Lope de Vega[2]. Según declara La Barrera, el Entremés «bastó para dar nombradía» al autor y, ciertamente, si Ávila ocupa hoy un lugar en las historias de la literatura es, sin duda, por esta obrita que toma como punto de partida el Quijote.

En cuanto al panorama textual del entremés, tras publicarse en 1617 fue reimpreso en Verdores del Parnaso por Gil de Armesto y Castro (Pamplona, 1697), donde se presentaba como mojiganga. Se publicó suelto en 1846 (Madrid, imprenta de la Viuda de Calero). Fue reeditado en 1905, con motivo del III Centenario del Quijote, por Felipe Pérez Capo, quien indicaba que lo ponía en circulación como documento histórico o curiosidad bibliográfica. Está incluido en la Colección de entremeses… de Emilio Cotarelo y Mori (1911). En fin, más recientemente lo publicó, en 1978, Luciano García Lorenzo en la sección «Scripta rediviva» de Anales Cervantinos[3]; y hay también una edición del año 2005 a cargo de Carlos Mata Induráin[4].

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Por lo que toca a su datación, Pérez Capo escribe:

Lógico es suponer que el entremés de Francisco de Ávila sería escrito mucho antes [de su publicación en 1617], aunque tampoco pueda determinarse con exactitud su antigüedad, porque en el mencionado tomo hay comedias de Lope escritas en distintos años, y algunas anteriores a la publicación de la primera parte de Don Quijote. La índole de la obrilla permite creer, sin embargo, que sería escrita a raíz de aquella publicación y aprovechando el grandísimo éxito que, desde luego, tuvo la novela de Cervantes[5].

Pérez Capo parece referirse a la publicación de la Primera parte en 1605. Por lo que a mí respecta, me inclino a creer que es posterior a 1615. Los tres detalles que apuntaba en una entrada anterior revelan, en mi opinión, la influencia clara de la Segunda parte[6].


[1] A título de curiosidad, recordaré que el entremés se ha representado en Pozuelo de Alarcón (Madrid), en abril de 2005, a cargo de la Compañía «Grupo Ateneo de Pozuelo», bajo la dirección de Alberto López Gimeno, con motivo de la entrega de premios del II Concurso de Cuento Corto del Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón.

[2] Ver Emilio Cotarelo y Mori, Colección de entremeses, loas, bailes, jácaras y mojigangas, Madrid, Bailly-Baillière (BAE, tomo XVII), 1911, p. LXIX; y María Francisca Vilches de Frutos, «Don Quijote y el Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, de Francisco de Ávila: dos exponentes del paso de la novela al entremés a través de la parodia», Criticón, 30, 1985, p. 185, nota 4.

[3] Luciano García Lorenzo, «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha de don Francisco de Ávila», Anales Cervantinos, XVII, 1978.

[4] Carlos Mata Induráin, «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha», en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre 2005, pp. 935-945. Cito el entremés por esta edición, con algunos ligeros retoques. Las citas del Quijote son por: Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998, 2 vols.

[5] Felipe Pérez Capo, El «Quijote» en el teatro. Repertorio cronológico de 290 producciones escénicas relacionadas con la inmortal obra de Cervantes, Barcelona, Editorial Millá, 1947, p. 12 habla del «extraño e injustificado título de Los invencibles (¡!) hechos de Don Quijote de la Mancha». En el texto del entremés encontramos reiterado ese mismo adjetivo: «reales y invencibles ceremonias» (v. 280), con el significado de ‘insuperables, prodigiosas’.

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Don Quijote salta al teatro breve: el Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, de Francisco de Ávila», en Germán Vega García-Luengos y Rafael González Cañal (eds.), Locos, figurones y quijotes en el teatro de los Siglos de Oro. Actas selectas del XII Congreso de la Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro, Almagro 15, 16 y 17 de julio de 2005, Almagro, Festival de Almagro / Universidad de Castilla-La Mancha, 2007, pp. 299-313.

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Los personajes de «El amor hace milagros» de Pedro Benito Gómez Labrador: Camacho, Bernardo y Ginesillo

Amor-InteresEn cuanto al retrato de Camacho el rico en El amor hace milagros de Pedro Benito Gómez Labrador, así es visto por Basilio: «este que en tener bienes / me excede, mas no me iguala / ni en nobleza, ni en persona» (vv. 329-331)[1]. Recordemos que el binomio amor vs. interés es una de las claves de interpretación de la comedia, y así le responde el criado:

GINESILLO.- ¡Y lo dice usted, señor,
como quien no dice nada!:
si tiene muchos escudos,
¿qué falta le hacen las armas?
Él siendo rico será
cuanto le diere la gana (vv. 333-338).

Bernardo no puede menos que ensalzarlo ante Quiteria, y lo hace con estas palabras:

tienes novio noble y rico,
con donaire y gentileza,
afable, urbano, discreto,
persona en todo completa (vv. 533-536).

Por lo que toca a la caracterización de Bernardo es la de un padre interesado, condición que él mismo reconoce paladinamente en el momento del desenlace, cuando le dice a Basilio:

BERNARDO.- Dame tú los tuyos, hijo, [se refiere a sus brazos]
y olvida cosas pasadas,
que aunque ingenuo te confieso
que el interés me cegaba,
no dejaba de advertir
que, según tus prendas raras,
con ningún otro Quiteria
iría mejor empleada (vv. 1883-1890).

En cuanto a Ginesillo[2], ya he señalado en una entrada anterior que usurpa la función de criado gracioso, robando de alguna manera el protagonismo cómico a Sancho. Es caracterizado por Basilio como «parlanchín sin sustancia» (v. 122), como «hablador maldito, / mentecato y majadero» (vv. 959-960). Juana dice de él:

JUANA.- Eres tan grande hablador
que, por hacerlo a tus anchas,
te pones contigo a solas
a decir extravagancias (vv. 1198-1201).

Se caracteriza además por sus continuos juegos de palabras y chanzas: «Serio jamás estarás» (v. 1151), le reprocha Basilio; y, por lo general, se muestra en exceso confianzudo con su amo, casi deslenguado en ocasiones. Él es quien pone el contrapunto chancero al sentimiento de Basilio, con un discurso desmitificador de los parlamentos lírico-amorosos de aquel. A ello hay que sumar, como en cualquier buen gracioso que se precie, la afición por la comida y la bebida, la cobardía[3]


[1] Pedro Benito Gómez Labrador, El amor hace milagros. Comedia nueva, tomada del capítulo veinte del Libro II de la historia de don Quijote de la Mancha, Salamanca, en la imprenta de la viuda de Nicolás Villargordo, 1784. Las referencias a los versos remiten a la edición que estoy preparando en la actualidad.

[2] La información de que este Ginesillo es Ginés de Pasamonte se da en la acotación inicial de la tercera jornada («Ginesillo, que se supone ser aquel famoso galeote a quien libró don Quijote en Sierra Morena»).

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «“¿Por qué me has tirado, Amor, / todo el metal de tu aljaba?”: el episodio de las bodas de Camacho en El amor hace milagros (1784), de José Benito Gómez Labrador», eHumanista/Cervantes, 1, 2012, pp. 103-119.

Los personajes de «El amor hace milagros» de Pedro Benito Gómez Labrador: Quiteria

En cuanto a Quiteria la bella, así queda descrita por Sancho en la comedia El amor hace milagros de Pedro Benito Gómez Labrador:

Van saliendo los novios y acompañamiento, y Sancho mirando a Quiteria dice.

SANCHO.- ¡Santo Dios, qué gentileza!
¡En los días de mi vida
no he visto mujer más bella!
Pues nada digo del traje:
de terciopelo de Cuenca
de más de cuarenta pelos
viene de pies a cabeza;
tomadme, si no, las manos
con tanto anillo de piedras
blancas como una cuajada,
que diz que cada cual de ellas
cuesta un ojo de la cara;
andad y ved tal belleza,
y no la comparéis luego
con una palma que, llena
de dátiles, a los lados
con el aire se menea (vv. 1626-1642)[1].

Para Basilio, es una mujer cruel e ingrata para con él, aunque luego sabemos que le ama sinceramente. Aparentemente, de palabra, Quiteria muestra sumisión a su padre, al que da dos excusas falsas para explicar por qué no se muestra cariñosa con Camacho: estar indispuesta y no parecerle demasiado desenvuelta. La realidad es otra, y se trata, sencillamente, de que ama a Basilio:

QUITERIA.- ¿Olvidarte? Antes la oveja
a su tierno corderillo. […]

¡Ay de mí!, ¿qué es lo que dices?
Yo traidora no te he sido:
culpa, Basilio, a los hados,
no a mi corazón, que es fino (vv. 693-702)[2].

Al mismo tiempo, se muestra siempre obediente a su padre: «pues tu gusto se cifraba / en darme ciega obediencia» (vv. 561-562), dice Bernardo; «siempre con diligencia / me esmero por darle gusto / con la obediencia más ciega» (vv. 580-582), apostilla ella calcando las mismas palabras (ver también los vv. 595-598 y 637-638); en otra ocasión señala que «el respeto paternal / contrastando mi albedrío» (vv. 747-748) es lo que le impide seguir su inclinación por Basilio. Y así le explica a este:

QUITERIA.- Yo soy Quiteria, yo, es cierto,
soy aquella que, obligada
de los ruegos importunos,
invenciones y amenazas
de mi padre y juntamente
de la gente de mi casa,
viéndome sin ti, bien mío,
cual tortolilla que clama
sin hallar remedio alguno
en sus dolorosas ansias,
he venido a consentir… (vv. 853-863).

Cuando le pide a Basilio que invente una traza que les saque de la situación en que se encuentran, matiza y puntualiza que no debe ir contra el decoro, contra el respeto debido a la autoridad paterna:

… si acaso te ocurre
alguna invención o traza
para que pueda ser tuya
sin dejar de ser guardada
la veneración que debo
a quien debo la sustancia,
contando con mi firmeza
no temas ponerla en planta (vv. 881-888).

BodasdeCamacho

Y aunque se muestra dispuesta a dejarse morir o matarse antes que verse separada de Basilio, ese respeto debido a la autoridad paterna pone de relieve que nos hallamos lejos todavía de lo que será, décadas más adelante, la rebeldía romántica. Escribe Caro[3] a este respecto:

En la solución que las comedias dieciochescas dan a las mal avenidas bodas de Camacho hay puntos de ambigüedad que no se pueden soslayar, que enriquecen su planteamiento, pero que no son concluyentes, pues es cierto que se ha derrotado el cálculo interesado, pero ha sido con otro tipo de cálculo, la intriga de los enamorados a espaldas del padre de la chica y del novio. La misma actitud de calcular y planear acciones para conseguir sus fines es la de los enamorados en la comedia de Gómez Labrador, pero con la ambigüedad que aparece ahora por otras consideraciones muy notables. […] ¿Ambigüedad o contradicción? Con la demostración de su triunfo Basilio y Quiteria demuestran que el amor verdadero es más fuerte que el interés, se va configurando ya como la fuerza arrolladora que será en el Romanticismo, pero la salvedad de la veneración debida a la autoridad paterna es una consideración más bien burguesa y muy poco apasionada. Es decir, que el planteamiento dieciochesco de las Bodas de Camacho oscila entre un incipiente arrojo rompedor novedoso y una muy sentimental moderación[4].


[1] Pedro Benito Gómez Labrador, El amor hace milagros. Comedia nueva, tomada del capítulo veinte del Libro II de la historia de don Quijote de la Mancha, Salamanca, en la imprenta de la viuda de Nicolás Villargordo, 1784. Las referencias a los versos remiten a la edición que estoy preparando en la actualidad.

[2] Como vemos, Quiteria, al igual que Basilio, alude a la persecución de los hados: «¿Y si prosiguen con saña / en perseguirnos los hados?» (vv. 892-893). Recuérdese que, andando el tiempo, una de las piezas más significativas del periodo romántico será Don Álvaro o la fuerza del sino, pero ya en las décadas de 1770-1780 comenzaban a percibirse en el ambiente ciertas notas de pre-Romanticismo empezaba (pensemos en las Noches lúgubres de Cadalso, El delincuente honrado de Jovellanos, etc.). Cabe destacar de paso que a Quiteria se le aplicarán metáforas de animales para resaltar su ingenuidad o indefensión: oveja, tortolilla, paloma acosada por el milano

[3] Ceferino Caro, «Amor contra interés, hijos contra padres: Las bodas de Camacho en el siglo XVIII», Anales cervantinos, XXXVIII, 2006, p. 186. Y más adelante (p. 191) añade que «se está poniendo en escena un anuncio de lo que sería de allí a poco el amor romántico en sus manifestaciones más extremadas. Un amor corregido sin embargo por grandes dosis de sentido práctico y de realismo en los consejos de Camilo a su desventurado amigo».

[4] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «“¿Por qué me has tirado, Amor, / todo el metal de tu aljaba?”: el episodio de las bodas de Camacho en El amor hace milagros (1784), de José Benito Gómez Labrador», eHumanista/Cervantes, 1, 2012, pp. 103-119.

El «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha» (1617), recreación quijotesca de Francisco de Ávila

El Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, de Francisco de Ávila[1], y la comedia Don Quijote de la Mancha, de Guillén de Castro, constituyen las primeras adaptaciones teatrales de la novela cervantina. Si en su publicación el entremés se adelantó un año a la comedia (aquel apareció en 1617 en la Octava Parte de las comedias de Lope de Vega, mientras que esta saldría en 1618 en la Primera Parte de las comedias de Guillén de Castro)[2], en cuanto a su redacción la obra de Guillén es anterior, pues sus estudiosos la sitúan en torno a 1606-1608. Por lo que respecta a la génesis del entremés, hay tres detalles que me inclinan a pensar que, aunque dramatiza sobre todo un pasaje de la Primera parte del Quijote, debe de ser posterior a 1615:

1) las varias alusiones al encantamiento de Dulcinea que, como sabemos, es un motivo muy importante en el Quijote de 1615, desarrollado a partir del capítulo 10;

2) la burla final del entremés, en la que la moza de la venta representa el papel de Dulcinea, que recuerda la situación similar en el palacio de los duques;

y 3) un detalle textual, el chiste con superlativos en –ísimo, que evoca —claramente en mi opinión— un pasaje muy concreto de ese bloque en el palacio de los duques, concretamente del capítulo II, 38 (más adelante en una próxima entrada volveré sobre esta cuestión). Sea como sea, estas dos obras, la comedia de Guillén y el entremés de Ávila en el teatro breve, vienen a iniciar un camino de recreaciones dramáticas del Quijote que resultará muy productivo en esa misma centuria del XVII (baste recordar El curioso impertinente, también de Guillén de Castro; El hidalgo de la Mancha, de Matos Fragoso, Diamante y Juan Vélez de Guevara; La fingida Arcadia, de Tirso; la perdida Don Quijote de la Mancha de Calderón…) y también en las siguientes.

En las próximas entradas me propongo estudiar la comicidad escénica y verbal del entremés, además de apuntar algunos datos acerca de la construcción dramática del personaje de don Quijote. El entremés, obvio es decirlo, incide en la interpretación cómica habitual en el siglo XVII, cuando la novela cervantina es leída mayoritariamente como una obra paródica «provocante a risa»[3] y don Quijote es entendido como una figura ridícula[4].


[1] Citaré por la edición de Carlos Mata Induráin, «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha», en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre 2005, pp. 935-945, con algún ligero retoque. Las citas del Quijote serán por: Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998, 2 vols.

[2] Hubo dos emisiones, Madrid y Barcelona: Francisco de Ávila, Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, en El Fénix de España, Lope de Vega Carpio, familiar del Santo Oficio. Octava parte de sus Comedias. Con loas, entremeses y bailes…, Madrid, por la viuda de Alonso Martín, a costa de Miguel de Siles, mercader de libros, 1617; y Barcelona, Sebastián de Cormellas, 1617. Ver Agapita Jurado Santos, Obras teatrales derivadas de las novelas cervantinas (siglo XVII). Para una bibliografía, Kassel, Edition Reichenberger, 2005, pp. 53-57.

[3] Para la relación con el modelo cervantino, ver Gregory Gough La Grone, The Imitations of «Don Quixote» in the Spanish Drama, Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 1937 (tesis doctoral, Publications of the Series in Romanic Languages and Literatures, 27), pp. 8, 20 y 114; Felipe Pérez Capo, El «Quijote» en el teatro. Repertorio cronológico de 290 producciones escénicas relacionadas con la inmortal obra de Cervantes, Barcelona, Editorial Millá, 1947, pp. 12-14; Luciano García Lorenzo, «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha de don Francisco de Ávila», Anales Cervantinos, XVII, 1978, pp. 259-260; y Manuel García Martín, Cervantes y la comedia española en el siglo XVII, Salamanca, Ed. Universidad de Salamanca, 1980, pp. 43-47.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Don Quijote salta al teatro breve: el Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, de Francisco de Ávila», en Germán Vega García-Luengos y Rafael González Cañal (eds.), Locos, figurones y quijotes en el teatro de los Siglos de Oro. Actas selectas del XII Congreso de la Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro, Almagro 15, 16 y 17 de julio de 2005, Almagro, Festival de Almagro / Universidad de Castilla-La Mancha, 2007, pp. 299-313.

«Notas sobre “literatura asnal”: un curioso libro de Primo Feliciano Martínez»

En el último tercio del siglo XVIII vio la luz una curiosa obra burlesca, que se presentaba bajo el título de Memorias de la insigne Academia Asnal, por el Doctor de Ballesteros, tomo primero, en Bi-Tonto, en la imprenta de Blas Antón, el año 3192 de la Era Asnal. Y se hallará en Bayona de Francia.

Memorias

El seudónimo Doctor de Ballesteros encubre a un tal Primo Feliciano Martínez, exjesuita riojano. El pie de imprenta, obvio es decirlo, es falso y claramente humorístico. Pérez Goyena escribe al respecto: «En la exposición del Antiguo Pamplona, por el Sr. Olivier, se nota que “es apócrifo el pie de imprenta. Se cree fue impreso este libro en Pamplona en 1788»[1]. Tanto Palau[2] como Aguilar Piñal[3] dan por buenos esos datos (Pamplona, 1788) en sus respectivas obras de referencia. En cambio, Rogers y Lapuente indican como lugar y fecha de publicación «Bayona, s. a. (s. XVIII, entre 1765 y 1770)»[4]. La posibilidad de que el libro fuese editado en Bayona, y no en Pamplona, se refuerza por otra alusión a las «librerías de Bayona de Francia» que figura en una nota de la pagina 95, además de por lo que conocemos de la biografía del autor, un revolucionario asentado en esa ciudad francesa desde el año 1780, aproximadamente. En cualquier caso, no disponemos de más datos que permitan resolver definitivamente la cuestión. Palau menciona un «supuesto manuscrito original, adornado de 10 bellas acuarelas», así como una segunda edición de la obra (Pamplona, en la Imprenta de los herederos de Martínez, 1945), que no he podido localizar[5].


[1] Véase Antonio Pérez Goyena, «Ballesteros (Doctor de)», en Ensayo de bibliografía navarra desde la creación de la imprenta en Pamplona hasta el año 1910, tomo cuarto, Madrid / Pamplona, CSIC / Institución Príncipe de Viana, 1951, pp. 593-95 (la cita en p. 594).

[2] Antonio Palau y Dulcet, «Ballesteros (Doctor de)», en Manual del librero hispanoamericano, tomo II, Barcelona, Librería Anticuaria de A. Palau, 1949, p. 40b.

[3] Véase Francisco Aguilar Piñal, «Martínez (Primo Feliciano)», en Bibliografía de autores españoles del siglo XVIII, tomo V, Madrid, CSIC, 1989, pp. 486b-487a.

[4] Paul Patrick Rogers y Felipe Antonio Lapuente, Diccionario de seudónimos literarios españoles, con algunas iniciales, Madrid, Gredos, 1977, pp. 81a-81b.

[5] De la obra se conservan ejemplares en la Biblioteca General de Navarra, en la Biblioteca Nacional de España (Madrid), en la de la Real Academia Española y en la Biblioteca Pública del Estado en Ciudad Real.

«Los cinco libros del consuelo de la Filosofía»: Boecio, Agustín López de Reta y Vicente Rodríguez de Arellano

Tres autores intervinieron, de manera distinta, en la obra que vamos a comentar: Los cinco libros del consuelo de la Filosofía de Anicio Manlio Severino Boecio, traducidos en prosa y verso por don Agustín López de Reta, caballero navarro, natural de la villa de Artajona. Publícalos don Vicente Rodríguez de Arellano, Madrid, por Gómez Fuentenebro y C.ª, 1805. Se hallará en su librería, calle de Carretas[1]. El primero, Boecio, quien en el siglo V escribió, en latín, su tratado De consolatione philosophiae; en segundo lugar, el navarro Agustín López de Reta, que la tradujo al español en el XVII; y, finalmente, el también navarro Vicente Rodríguez de Arellano, que publicó esa traducción, hasta entonces inédita, a comienzos del XIX. Bueno será, por tanto, recordar algunos datos esenciales acerca de estos tres personajes, antes de centrarme —en próximas entradas— en el comentario de la traducción de López de Reta.

Boecio (Ancius Manlius Torquatus Severinus Boetius), nacido en Roma hacia 480 y muerto en 524, fue un filósofo neoplatónico cristiano. Cónsul de su ciudad natal (510), estuvo al servicio del rey ostrogodo Teodorico. Acusado de realizar prácticas mágicas y de concomitancias con los bizantinos, fue encarcelado y ejecutado en Pavía. Su obra principal, De consolatione philosophiae, escrita en la prisión, intenta conciliar el platonismo y el aristotelismo desde una postura cristiana. En ella argumenta que la felicidad sólo se logra a través de la contemplación del Bien y de la práctica de la virtud. Son importantes, además, sus escritos sobre aritmética, geometría, música, y sus traducciones y comentarios a cerca de los tratados lógicos de Aristóteles, los Tópicos de Cicerón y la Isagoge de Porfirio[2].

Boecio

Agustín López de Reta (Artajona, Navarra, 1631-1705), sacerdote, fue miembro de la veintena y procurador en las Cortes de Olite de 1688. Como escritor, tradujo Los cinco libros del consuelo de la Filosofía de Anicio Manlio Severino Boecio y acabó la Vida de Nuestra Señora de Antonio Hurtado de Mendoza, escrita en verso, añadiendo al final tres composiciones líricas propias, según indica el título completo del libro, que es como sigue: Vida de Nuestra Señora. Escribíala don Antonio Hurtado de Mendoza. Continuábala don Agustín López de Reta. Y añade dos romances, a Cristo en el Sacramento y a Cristo en la Cruz. Y una paráfrasis del Padre Nuestro. Dedícala a la muy ilustre señora doña Leonor de Arbizu y Ayanz (Pamplona, por Martín Gregorio de Zabala, 1688). Estos poemas nos hablan de un escritor con gran facilidad versificatoria; por lo demás, profunda erudición y amplio manejo de recursos estilísticos y retóricos son dos de las notas características de las obras de López de Reta, así en prosa como en verso[3].

Vicente Rodríguez de Arellano y del Arco (Cadreita, Navarra, ?-Madrid, 1815) fue un abogado y escritor que se hizo muy popular como autor dramático y poeta. En el ámbito de la lírica, dedicó una silva a la muerte de Carlos III, bajo el título Navarra festiva en la aclamación de su católico monarca el señor D. Carlos IV (Pamplona, Imprenta de Benito Cosculluela, 1789); ese mismo año dio a las prensas, también en Pamplona, Extremos de lealtad y valor heroico navarro; y años después publicó un tomo de Poesías varias (1806). Como dramaturgo, desarrolló una intensa actividad en Madrid entre 1790 y 1806, aunque su mérito literario no sea excesivamente alto. Compuso, tradujo y refundió numerosas obras dramáticas: El atolondrado, El celoso don Lesmes, El domingo o el cochero, El esplín, Jerusalén conquistada por Godofredo de Bullon, La mujer de dos maridos, Las tardes de la Granja, etc. En prosa escribió El Decamerón español o Colección de varios hechos históricos raros y divertidos (1805). Se le debe también una traducción de Estela, novela pastoral de Florian (1797), y cuenta igualmente con varias traducciones de Ducray-Dumenil[4].


[1] Manejo copia del ejemplar existente en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla, sign. Yraña 1/4/4.

[2] Para más detalles, remito a Anicio Manlio Boecio, La consolación de la Filosofía, trad. del latín por Pablo Masa, prólogo y notas de Alfonso Castaño Piñán, 5.ª ed., Buenos Aires, Aguilar, 1977; y Boecio, La «Consolaçión natural»: traducción castellana medieval, con glosas, de la «Consolatio philosophiae» de Boecio, ed. crítica con introducción y notas de Pablo A. Cavallero, Buenos Aires, Instituto de Estudios Grecolatinos Francisco Novoa, 1994.

[3] Para el autor, véase Antonio Pérez Goyena, Contribución de Navarra y de sus hijos a la historia de la Sagrada Escritura. Notas históricas y bio-bibliográficas, Pamplona, Imprenta de Jesús García, 1944, pp. 73-75; Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Editorial Gómez, 1970, p. 141; y Fernando Pérez Ollo, Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, CAN, 1990, vol. VII, p. 123. Por mi parte, le he dedicado atención en mi libro Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2004, p. 100b, y en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 181-92.

[4] Pueden verse más datos y bibliografía en Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2004, pp. 110a-111a.

Aspectos de oralidad en «Amaya» de Navarro Villoslada: la conciencia idiomática del narrador

El narrador de esta novela de Navarro Villoslada[1] es consciente de que sus personajes pertenecen a tres pueblos bien distintos, el vasco, el godo y el judío, con las correspondientes consecuencias lingüísticas que ello acarrea, dado que no todos hablan el mismo idioma. Pues bien, el narrador tiene mucho cuidado en ir señalando cuál es el idioma en que se expresa un personaje o en que se desarrolla un diálogo: vasco, latín vulgar, latín sin corromper o hebreo. El hecho es importante, porque a veces se derivan consecuencias de que un oyente conozca o no el idioma que emplean sus interlocutores.

Puede considerarse un indicador de oralidad, si bien muy indirecto, el hecho de que algunos personajes empleen el vasco, dado que este idioma no conoce manifestaciones escritas hasta varios siglos después de aquel en que se sitúa la acción de esta novela[2]. Aparte de las indicaciones del narrador señalando qué personajes o cuándo lo utilizan, algunas palabras y aun expresiones vascas tiñen sus réplicas e incluso el discurso del narrador. Son palabras como ezpata, irrintzina, sagardua, lauburu, batzarre, Jaungoicoa, echecojaun, etc.

Euskara

Sea como sea, el vasco es el vehículo oral transmisor de toda la tradición y cultura de los vascones, como dice Amagoya a Asier: «Esa sabiduría que tú dices no es mía; es de nuestros antepasados, y yo no he hecho más que conservar el depósito con la debida pureza. Los conocimientos de nuestros padres eran sencillos, pero claros, y en el idioma éuscaro brillan aún como rastros de luz» (p. 435). Como señala la misma Amagoya en otro lugar, gracias a su idioma y sus cantares heredados puede hablar «la antigüedad por boca de la tradición» (p. 228). Lo vemos también en este diálogo entre Amaya y Amagoya:

—Estoy admirada de vuestra sabiduría.

—No tiene por qué extrañarte; en la casa de Aitor se conserva, como archivada, la ciencia y doctrina de nuestros mayores.

—¿Por ventura se conserva en algún escrito?

—Nada; todo se fía a la tradición y a las canciones (p. 693).


[1] Las citas serán por esta edición: Francisco Navarro Villoslada, Amaya o los vascos en el siglo VIII, Madrid, Giner, 1979 (col. «La Novela Histórica Española», 23). Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Aspectos de oralidad y literalidad en Amaya de Navarro Villoslada», TK. Boletín de la Asociación Navarra de Bibliotecarios, 16, diciembre de 2004, pp. 171-181. Sobre el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución «Príncipe de Viana»), 1995.

[2] El primer libro impreso en lengua vasca, Linguae vasconum primitiae, de Bernart Echapare, es del año 1545.