«Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: valoración final

El periodista viajero Delibes, que conoció el Chile del segundo gobierno de Carlos Ibáñez del Campo (1952-1958), supo captar en su estancia la idiosincrasia del país y la forma de ser de sus gentes, y así nos lo transmitió en una serie de notas redactadas en un estilo ágil y ameno. En mi opinión, buena parte de lo que escribió hace algo más de cincuenta años sobre el paisaje y el paisanaje, sigue siendo válido a día de hoy. Su objetivo declarado era, precisamente, quintaesenciar lo que veía: «En mis crónicas he intentado rehuir todo aquello que sea transitorio, mudable o impersonal. Descubrir un país es sacar a flote sus cualidades permanentes» (p. 162)[1]. Un novelista descubre América no es una guía de viaje de Chile; tampoco Delibes se detiene a resumirnos la historia del país ni es detallista en muchos aspectos, llenando sus crónicas de datos farragosos, pero sí nos ofrece unas notas, frescas y espontáneas, con sus impresiones de viaje.

Bandera de Chile

Pero, además de posar esa mirada atenta y certera sobre los aspectos más llamativos o esenciales del país, llevó a cabo un fino análisis de lo que vio; en mi opinión, uno de los aspectos más valiosos de este libro —muy poco conocido en Chile, dicho sea de paso— es que Delibes supo proyectarse hacia el futuro, intuyendo las posibilidades de crecimiento y desarrollo del país, algo que, en aquel momento, quizá no era fácil de adivinar. En efecto, nos habla de «un país joven y en formación» (p. 96); un país todavía subdesarrollado, consumido en aquel momento por la deuda externa y la inflación, pero con un prometedor futuro: «Chile brinda a los ojos del forastero un conjunto de conquistas todavía no organizadas ni jerarquizadas; es como una maleta hecha con prisas; parece que está llena, pero aún caben muchas cosas» (p. 97); y poco después añadía: «Chile será un país completo el día que rellene los huecos de la maleta. Hoy por hoy, el alma le queda un poco chica a su cuerpo joven y vigoroso» (p. 99). Y sobre esto abundaba en el último epígrafe, «Cuestión de rascar», del capítulo XVI, que son las palabras finales, a modo de conclusión, de su libro:

Al viajero que abandona Chile le asalta el presentimiento de que deja atrás un país llamado a ser rico. A uno le invade la convicción de que Chile no da más porque de momento no lo necesita. Hace años a Chile le bastaba con los nitratos, pero el mundo empezó a fabricarlos artificiales y entonces Chile hubo de rascar un poco su caparazón y extraer cobre. El cobre era mucho, aunque no todo, y el chileno rascó un poquito más y alumbró petróleo, carbón, hierro, y hasta oro.

Observando la topografía chilena, especialmente la andina, el viajero tiene la impresión de que el país sacará de allí lo que necesite; es decir, que Chile, en apariencia, constituye una fuente inagotable de recursos. Ocurre, sin embargo, que un desarrollo técnico precisa una técnica previa, y esta técnica previa, a su vez, otra técnica aún más rudimentaria. De aquí que Chile, de momento, haya de poner en manos ajenas la explotación de sus riquezas, con mayor razón si consideramos que no sólo el elemento industrial escasea, sino que también escasea el elemento humano. El día que Chile, repito, se capacite técnicamente y su población se adense, el país será rico; tal vez inusitadamente rico. La conciencia de pobre que hoy tiene el chileno carece de fundamento. Nadie puede decir que su país sea pobre mientras ignore lo que oculta cada metro de la tierra que pisa. Con mayor razón un país como Chile donde cada sondeo verificado ha rendido su fruto.

El porvenir de Chile está, pues, en rascar. Cuanto más hondo, mejor (p. 168).

A día de hoy, Chile ha alcanzado una notable estabilidad política en democracia y goza de una economía saneada que atrae abundante inversión extranjera; es decir, ha logrado labrarse ese próspero porvenir intuido por Delibes en 1955. Sus palabras de entonces, lejos de ser meramente descriptivas, resultaron casi proféticas[2].


[1] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

«El Divino Impaciente» (1933) de José María Pemán (2)

El Divino Impaciente[1] se presenta bajo el subtítulo de Poema dramático en verso, dividido en un prólogo, tres actos y un epílogo. Es una pieza bastante extensa y, como se indica en las ediciones impresas, «por necesidades de adaptación escénica, [el texto] se representa con notables abreviaciones». Examinemos someramente la acción. El Prólogo ocurre en el Colegio de Santa Bárbara de París. Varios estudiantes comentan la expansión portuguesa y española por el mundo, lo que da pie para que apunte ya el carácter ambicioso de Javier, quien siente envidia de no haber sido el primero en llegar a las Indias. Después, los estudiantes traman una burla a Javier y al «santón cojitranco de Loyola», introduciendo una mujer en el colegio. Ignacio comenta que espera «milagros de santidad» por parte de Javier si es capaz de domar su vanidad. Asimismo, se anticipan ya aquí los futuros roces entre Javier y Atayde.

La acción del Acto I ocurre en Roma, en la Casa de la Compañía de Jesús. Se decide que Javier irá como misionero con Mascareñas por la enfermedad de Bobadilla. Destaca el famoso romance de los consejos que ofrece Ignacio a Javier antes de partir, parlamento que comienza «Yo te bendigo, Javier…».

San Ignacio y San Francisco Javier

El Cuadro Primero del Acto II nos traslada a Lisboa, al Palacio Real. Atayde también quiere ir a la India, lo que sirve para plasmar la oposición entre los motivos que guían a los misioneros y a los mercaderes. Se da la noticia de que Javier ha sido nombrado Nuncio Apostólico de Su Santidad y se introduce la trama amorosa relacionada con Leonor, la prometida de Atayde (Javier lo obliga a que se case con ella antes de partir). El Cuadro Segundo nos sitúa en Malaca y en él apuntará el carácter seductor del Oriente. Por el diálogo inicial se nos informa de la llegada del santo a la India y de sus primeras misiones, en las que se ayuda de los niños para extender su predicación; más tarde se nos refiere el milagro consistente en la resurrección de un niño. Sigue, por otra parte, su enfrentamiento con Atayde (de nuevo la oposición misioneros/mercaderes, que recorre la obra a modo de leitmotiv), quien planifica una trampa para acabar con el jesuita.

El Cuadro Primero del Acto III ocurre en Macassar: Javier dialoga con el jefe indio encargado de asesinarlo, según el plan ideado por Atayde, y debate también con un brahmán: según enseña, todos los indios, sean parias o brahmanes, son iguales. Tras lograr desenmascarar a Atayde, predica su mensaje evangélico entre los indios. El Cuadro Segundo (que se suprime en la representación) se ambienta en el muelle de Malaca y nos muestra a Javier a punto de marchar hacia Japón, mientras que en el Cuadro Tercero el autor nos lo presenta ya en Funay: los jesuitas se enfrentan a los bonzos japoneses y aparecen dispuestos al martirio.

En fin, el Epílogo traslada la acción al Castillo de Javier, en Navarra, pero el dramaturgo crea a través de la iluminación otro espacio dramático, que es la playa de Sanchón, donde tiene lugar la muerte del santo[2].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

La presencia de la muerte en «Corpus y otros cuentos» de Gabriel Miró (1)

En este apartado incluyo cuatro cuentos: «Los amigos, los amantes y la muerte», «Las hermanas», «El reloj» y «El sepulturero»[1]. Examinaremos hoy los dos primeros.

«Los amigos, los amantes y la muerte» (pp. 72-76) es un cuento fechado en 1900 sin apenas acción, en el que domina por completo el elemento introspectivo. El “argumento” es sencillo: un paralítico recibe la visita de sus amigos, en tanto que su hija charla aparte con su novio. La muerte está presente ya desde el título; queda sugerida en el cuerpo de la narración con la entrada en la habitación de una perra, lo que hace recordar a los amigos la muerte de otros animales; y luego, de forma más patente, cuando llega a la casa un sepulturero cargando un ataúd y preguntando por un difunto. En fin, está explícita en el diálogo último entre el novio y Alma, la hija del tullido, especialmente en las palabras del muchacho, que la niega:

—¡No hay muerte! Mira la noche, mira los mundos; ¡qué les importan los féretros ni las lágrimas! Todo sigue. Mira la vida, bella ahora en sus tristezas de nieblas y silencio; bella mañana en su sol, y hasta en el gusano que se deleita con el jugo de una hierba pisada. Si los hombres lo amasen todo y ennoblecieran la vida, quitarían la idea de la muerte; ¡nunca hay muerte! ¡La alegría prende en las almas cuando se sienten amadas, y aman y son eternas!…

Más adelante será el padre quien insista en esa idea: «¡Oh, hijos, no hay muerte!». Sin embargo, el amante ha sentido la presencia de la muerte en la propia mujer amada:

¡Te vi inmóvil como los muertos; blanca, como los muertos, y ya no me mirabas; y yo me sentí hundir en una muerte eterna!… (p. 76)

En efecto, la identificación de Alma con la muerte es constante (ya al comienzo se había indicado que sus manos son «manos de imagen»), y está subrayada por la presencia constante de la luna, testigo del amor de los jóvenes, y la insistencia en los semas del color blanco[2].

Luna, cuervo, muerte

«Las hermanas» (pp. 84-87), del mismo año que el anterior, también es relato marcado por la presencia de la muerte desde sus palabras iniciales: «Fueron tres hermanas y un hermano. Siempre se vieron vestidos de negro». En efecto, juntos recuerdan los distintos lutos llevados por las muertes de varios familiares; se indica además que Koff, el fiel sirviente polaco rescatado de la condición de siervo por el padre de las muchachas, «Asistió a todos los quebrantos y dolor de las muertes» (p. 86). El dolor y el infortunio parecen acompañar a esta familia desde siempre:

Ellas y los padres pasaban como una larga nube de crespón por lo apartado de la ciudad, por las huertas de la cercanía, dejando en las almas un perfume de flor de desgracia (p. 84).

Una ventana a la felicidad parece abrirse con el matrimonio de Pablo, el hermano varón, que trae a su novia para presentarla a sus hermanas. Pero este hecho, lejos de ser una solución para arreglar ese «hogar roto», sumido en desgracias y tristezas, viene a empeorar las cosas. La llegada de la nueva mujer se traduce en «una mirada fría y enemiga» (p. 87), y de nuevo planea sobre todos los personajes la sombra trágica de ese negro cuervo[3], real y metafórico, que siempre les ha acompañado:

Pablo acercó a las huérfanas. Y la amada las besó levemente. Y al separarse, las amadas se buscaron, y muy juntas otra vez se dijeron con la mirada el angustioso desamparo de sus vidas, mientras Koff se alejaba de su aposento, humillando la cabeza, que parecía huir de la pesadumbre de unas alas abiertas siempre sobre aquella casa (p. 87)[4].


[1] Citaré por Gabriel Miró, Corpus y otros cuentos, en Obras completas, 5.ª ed., Madrid, Biblioteca Nueva, 1969. Hay otras ediciones modernas, por ejemplo: Corpus y otros cuentos, ed. de Gregorio Torres Nebrera, en Obra completa, vol. 7, Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo / Instituto de Estudios Juan Gil-Albert, 1995; Corpus y otros cuentos, ed. de Francisco Javier Díez de Revenga, Madrid, Castalia, 2004; y Corpus y otros cuentos, en Obras completas, vol. II, ed. y prólogo de Miguel Ángel Lozano Marco, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2007.

[2] «Apartados en una vidriera, dos jóvenes contemplan la noche que se pierde en un misterio de luna» (p. 73). «El amante recoge en sus ojos la mirada de la mujer, y la lleva dulcemente a la desolación de la noche; y se miran y se aman dentro del infinito de tristeza, de silencio y de luna» (p. 74). Recordaré el comentario de Hoddie sobre el valor de la palabra implícito en este cuento: «Mediante la palabra el amante parece alterar la naturaleza de la realidad: negar la existencia de la muerte y abolirla. Sin embargo, las últimas palabras del cuento revelan que lo citado era expresión de su deseo a la vez que de su miedo a la posible pérdida de su propio ser…, si él se viera privado de la presencia de la amante, otro yo que refleja y corrobora su ser» (James H. Hoddie, «El tema de la alienación en algunos cuentos», en Unidad y universalidad en la ficción modernista de Gabriel Miró, Madrid, Orígenes, 1992, p. 33).

[3] Cfr.: «¿Y te acuerdas de una tarde que voló un cuervo, muy despacio, encima de nosotras? […] Yo oigo siempre un chirrido de alas viejas de otro cuervo más grande, más negro; sus alas son enormes y hacen noche en la mañana», señala una hermana (p. 85); «Y yo sentí el peso y lo negro de las alas que yo siempre veo», dice Koff (p. 86).

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Corpus y otros cuentos, de Gabriel Miró. Análisis temático y estructural», en Miguel Ángel Lozano y Rosa María Monzó (coords.), Actas del I Simposio Internacional «Gabriel Miró», Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo, 1999, pp. 313-332.

«El Divino Impaciente» (1933) de José María Pemán (1)

El gaditano José María Pemán (1897-1981) fue poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, orador[1]… Para el teatro compuso algunos dramas históricos como Cuando las Cortes de Cádiz (1934), Cisneros (1934), La Santa Virreina (1939) o Metternich (1942), además de la pieza que ahora nos interesa, con la que arrancó su carrera teatral. El Divino Impaciente fue estrenado en el Teatro Beatriz de Madrid el día 22 de septiembre de 1933 y alcanzaría un éxito inmenso de crítica y público, tanto en España como en Europa e Hispanoamérica. En 1934, cuatro compañías lo representaban simultáneamente por toda España y al publicarse como libro las ventas superaron, en un solo año, los cien mil ejemplares. Además, obtuvo el Premio «Espinosa Cortina», que la Real Academia Española concede cada cinco años a la mejor comedia del quinquenio.

JoséMaríaPemán

La génesis de la obra la evoca con detalle el propio escritor en la «Confesión general» que sirvió de Introducción a sus Obras Completas. El Padre benedictino Rafael Alcocer había llegado a Cádiz para dictar una conferencia, y con ese motivo Pemán y él tuvieron ocasión de mantener largas conversaciones:

… la charla recayó sobre el teatro religioso. Hablamos de Claudel, de las ideas de Maritain en Art et Scholastique y, sobre todo, de los «juegos y milagros», tan sabrosos y medievales, de Henri Gheon. Me incitaba él a intentar algo parecido en España, y traía encargo del empresario teatral Manuel Herrera Oria de decirme que estaba a mi disposición para montar cualquier obra que yo hiciese en ese sentido. Yo objetaba la conveniencia de injertar toda esa modernidad en nuestra vieja tradición, puesto que la teníamos tan larga e interesante como es la de nuestras «comedias de santos». Luego repasamos temas. Se habló de San Ignacio, de San Juan de la Cruz, de San Francisco de Borja. Yo me incliné por San Francisco Javier. Le encontraba la ventaja de que la movilidad de su vida aseguraba ya, aun en manos de un inexperto, la movilidad dramática… De este modo nació la primera idea de El Divino Impaciente[2].

Pemán siempre negó que su obra tuviera una intencionalidad ideológico-política, es decir, que fuera deliberadamente oportunista y polémica, aunque es evidente que el tema y la acción que presenta no se podían considerar desligados de las circunstancias de persecución religiosa que se vivían en el país en 1933. Afirma, en efecto, que no nació como un desafío a los enemigos de España y de Dios, sino que estaba escrita «con una ingenua voluntad de arte pacífico y puro»[3], si bien acepta que el ambiente político-religioso de aquel entonces favoreció el enorme éxito que alcanzó. Además, en esa misma «Confesión general» evoca Pemán detalles muy interesantes relacionados con el estreno. Por ejemplo, el consejo que dio a Alfonso Muñoz, el actor que hacía el papel de San Francisco Javier, indicándole que debía recitar los versos como si fueran los de un capitán o hidalgo del Siglo de Oro, como los del Tenorio: «Muñoz dio a su personaje un acento de humanidad, de intrepidez, que ganó al público»[4]. Y también apunta algunas de las razones del éxito de una obra que le salió «inesperadamente teatral», como por ejemplo la versificación, que es «fácil, redonda, fluida»[5]. Graciosa es la confesión de que alguna vez comentó en la intimidad que El Divino Impaciente era de algún modo «el Tenorio de las beatas», y también su comentario de que acudió a ver la obra todo el «público de teatro» y todo el «público de novena»[6].


[1] Sobre el autor pueden verse los trabajos de Gonzalo Álvarez Chillida, José María Pemán. Pensamiento y trayectoria de un monárquico (1897-1941), Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1996 y José María Pemán: un contrarrevolucionario en la crisis española del siglo XX, Madrid, Ediciones de la Universidad Autónoma, 1991; Manuel Bustos Rodríguez (ed.), Pemán en su tiempo (1897-1981), Cádiz, Academia Provincial de Bellas Artes, 1997; Joaquín Calvo Sotelo, «José María Pemán (1897-1981)», Boletín de la Real Academia Española, año LXVIII, tomo LXI, septiembre-diciembre de 1981, pp. 351-363; Marisa Ciriza, Biografía de Pemán, Madrid, Editora Nacional, 1974; Joaquín Entrambasaguas, «José María Pemán», Cuadernos de Literatura Contemporánea, núm. 8, 1943, pp. 153-156; y Eusebio Ferrer Hortet, José María Pemán: 83 años de España, prólogo de Luis María Anson, Madrid, Palabra, 1993, además del volumen colectivo En torno a Pemán, Cádiz, Diputación Provincial de Cádiz, 1974; para su teatro, Nicolás González Ruiz, «El teatro de José María Pemán», Cuadernos de Literatura Contemporánea, 8, 1943, pp. 181-186, y acerca de El Divino Impaciente, Javier Tusell y Gonzalo Álvarez Chillida, «Un éxito teatral: El divino impaciente», en Pemán: un trayecto intelectual desde la extrema derecha hasta la democracia, Barcelona, Planeta, 1998, pp. 33-36, y Mariano de Paco de Moya, «El estreno de El Divino Impaciente de José María Pemán», en Antonio Lara (coord.), Homenaje a Elena Catena, Madrid, Castalia, 2001, pp. 385-394. Citaré por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] Introducción a El Divino Impaciente, en Obras de José María Pemán, tomo IV, Teatro, Madrid, Edibesa, 1997, p. 16.

[3] Introducción a El Divino Impaciente, p. 17.

[4] Introducción a El Divino Impaciente, p. 22.

[5] Introducción a El Divino Impaciente, p. 27.

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

«Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: el habla de Chile

Habla chilenaA lo largo de estas crónicas que terminaría recopilando como libro en Un novelista descubre América, Delibes va recogiendo las palabras, modismos y formas de hablar peculiares que han llamado su atención. Dado que me resulta imposible consignarlas aquí todas, me limitaré a recordar que todas esas expresiones son las que irán tiñendo progresivamente el discurso de su personaje Lorenzo en la novela posterior Diario de un emigrante. Además de remitir a lo escrito por Hernando Cuadrado, Medina-Bocos y Portal[1], destacaré un par de detalles. Por un lado, sus indicaciones sobre el empleo del diminutivo: «La corrección chilena tiene su exteriorización en el uso y abuso del diminutivo. El diminutivo constituye el lubricante de la ejemplar convivencia chilena» (p. 84)[2]. Y luego añade:

El diminutivo imprime suavidad a la expresión que no es tanto indicio de cortesía como de afecto espontáneo. Para el chileno todo el mundo es prójimo, de acuerdo con el Evangelio. Esto no debe interpretarse en el sentido de que la inclinación al diminutivo sea una manifestación envidiable. El chileno llama a su esposa «mi hijita linda», «mi viejita», «mi perrita choca» —rabona. El chileno dice «ahorita» y «hasta lueguito». El chileno le dice al taxista que se detiene prematuramente: «Más allasito, pues». A mí me aconteció en una sala de té:

—¿Tesito?

—Sí.

—¿Solito o con lechesita, «cabayero»?

Incontestablemente, esto es demasiado (p. 85).

En segundo lugar, por lo que tiene de pequeño glosario, merecería la pena copiar íntegro (pero no puedo hacerlo) el epígrafe titulado «Un diccionario de goma», del capítulo final. Veamos un extracto:

El lenguaje chileno abunda en expresiones muy gráficas y características. Por ejemplo, el chileno rara vez dice «sí». El chileno dirá cualquier cosa antes de decir «sí» a secas, tal vez porque él es demasiado expresivo para contentarse con monosílabos. El chileno dirá «cómo no», «ya está», «al tiro» o «claro», pero nunca dirá que «sí». Después que cumpla o que no cumpla ya es harina de otro costal. Desde luego, incumplir una promesa no le cuesta demasiado. De ordinario, el criollo aborrece las ataduras y los compromisos. Pero volvamos a nuestro cuento. Otra expresión no obligada en Chile es la de «gracias» o «muchas gracias». El chileno prefiere decir «muy amable» o «muy gentil», con lo que no sólo agradece, sino que paga la fineza. El chileno inevitablemente da de más.

En otro orden de cosas me han llamado la atención expresiones populares como la de que «el tren anda como las huifas», para resaltar su impuntualidad; una fiesta de «pata y quincha», que equivale a nuestro «tirar la casa por la ventana»; «recién viene llegando» por «acaba de llegar»; «encontrar la Virgen en un trapito», para expresar un golpe de fortuna; «harto encachado» por «buen mozo», y «nos sacamos la cresta» por nuestro «nos rompimos la crisma». Junto a esto, me sorprendió el «dejémoslo no más», mágico talismán chileno para rehuir el trabajo, la discusión, la conversación, etc. El «dejémoslo no más» podemos considerarlo representativo del carácter inhibitorio, indolente, del criollo.

Al lado de estos giros típicos, existen vocablos chilenos sonoros y graciosos, como «guata» (barriga), «pololear» (flirtear), «pichanguita» (cosa insignificante) y «niña de mano» (sirvienta). Entre todos los más usados y, sin duda ninguna, los más gráficos son «tincar», «siútico» y «fome». Decir en Chile «me tinca» equivale a decir en España «me da en la nariz». Al chileno «le tinca» que mañana va a llover o que pasado le tocará la lotería. «Siútico» es más que «cursi». La palabra es muy ambiciosa y por demás expresiva. A mí me resulta una palabra eufónica y que no podía significar otra cosa que lo que significa. Acontece lo mismo que con «fome» (desgarbado, sin gracia, desangelado), que ya en sí porta una falta notable de vida, de sal, de vibración verdaderamente delatora. En suma, el chileno, como es de ley, habla el castellano y, como es de ley, no se resigna a vivir entre los estrechos límites señalados por el Diccionario de la lengua (pp. 164-166)[3].


[1] Ver Luis Alberto Hernando Cuadrado, «El español de América a través de Valle-Inclán, Cela y Delibes», Anales de Literatura Hispanoamericana, 15, 1986, pp. 11-21; Amparo Medina-Bocos, Estudio preliminar a Miguel Delibes, Diario de un emigrante, Barcelona, Destino, 1997, pp. I-LXV; Marta, «Diario de un emigrante, una lectura sobre falsilla», en Estudios sobre Miguel Delibes, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 1983, pp. 203-213.

[2] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

La sociedad chilena en «Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: tipos y costumbres (y 2)

Muchos y variados son los aspectos de la sociedad chilena que, con mayor o menor extensión, son abordados por el periodista viajero: cuestiones económicas, como la inflación (pp. 80 y 162-163)[1], la producción de cobre (p. 78), la constatación de la existencia de una clase media (pp. 72-73, 79…) o el alto nivel de vida de Santiago (pp. 162 y ss.); la generosidad y el sentimiento de solidaridad, ejemplificado en la organización de los bomberos voluntarios (pp. 93-94); aspectos negativos del país como las elevadas tasas de analfabetismo y de mortalidad infantil (p. 97) o la indisciplina, que no se aprecia, sin embargo, en el ejército, la política y la enseñanza (pp. 95-96); las prácticas y creencias supersticiosas (como el culto a las animitas y las capillitas), que se dan sobre todo en las clases bajas; o las predicaciones y cantos de los canutos, que vio en Talagante (pp. 97-99). Su conclusión, en este terreno, es que la espiritualidad chilena pasa por un momento crítico: el catolicismo está adormecido y como falto de vibración, la moral relajada y la institución familiar en situación poco estable, de forma que el protestantismo y el agnosticismo han hecho allí su presa (pp. 98-99). Tampoco faltan algunos comentarios sobre la prensa chilena (p. 99).

En el capítulo X esboza la descripción de algunos tipos populares de Chile, en particular el roto[2] (rufián, persona ordinaria de baja extracción social) y el huaso[3] (el campesino). Del roto escribe:

El ‘roto’, con tener para un trago, para apostar unos pesos en las carreras y para un pedazo de pan, se da por satisfecho. Ni es ambicioso, ni la civilización se traduce para él en un aumento del número de necesidades. La sumisión le irrita; en general rechaza todo aquello que huela a disciplina (p. 94).

Monumento al Roto chileno

Y así caracteriza al huaso:

El «huaso» es el campesino chileno; una especie de «gaucho» de otras latitudes. Tipo apuesto, altanero, de indumenta pintoresca y ademanes de gran señor. Lo más convincente del «huaso» es que no se trata de un hombre disfrazado para asombro y satisfacción de turistas. […] El «huaso» es un tipo fresco, flamante, recién estrenado. Uno se asoma al campo y ve aproximarse un jinete arrogante que se descubrirá ante el forastero con un amplio ademán, muy versallesco, y le dará cortésmente el «buen día» o las buenas tardes. Este hombre, tiene, sin duda, un cierto aire de caballero andaluz. No obstante, su vestimenta es más abigarrada: sombrero alón negro o gris, camisa de colores llameantes, chaquetilla abotonada a un lado, faja ancha, polícroma; pantalón ceñido y zapato de alto tacón («taco lechero» para el criollo), rematado por una espuela del diámetro de una naranja. El «huaso» suele llevar, además, sobre los hombros un poncho o chamanto de tonos ardientes. En suma, el «huaso» es el más apropiado aditamento de la campiña chilena (pp. 110-111).

Huaso chileno

A Delibes le llamó la atención la pureza racial de Chile, cuyos habitantes mantienen características físicas incontaminadas. Al indio aborigen, el araucano, está dedicado el capítulo XIV, y la impresión es muy negativa, como ya anuncia el título: «El ocaso del indio araucano». El periodista visitó Maquehua, la reducción india de Temuco, donde pudo constatar que «el indio chileno no conserva ya otra ambición que la de dejarse morir» (p. 138), para concluir que su extinción es cuestión de años: «la raza languidece, oprimida por el collar asfixiante de la civilización» (p. 139).

Hay muchos otros detalles relacionados con la sociedad, las gentes y sus costumbres que no puedo sino mencionar. Así, en el capítulo XI aborda lo relacionado con la gastronomía, «tan compleja como contradictoria», como los platos típicos (los locos, las humitas, el caldillo de congrio, los erizos, el curanto, las cholgas…), la costumbre de las onces (meriendas) o la afición por las agüitas (infusiones); del capítulo XII, dedicado, también de forma monográfica, a la caza y la pesca, solo me interesa destacar ahora el recuerdo del personaje Lorenzo: «Si de algo me arrepiento es de haberme despedido de mi amigo Lorenzo, protagonista de mi último libro Diario de un cazador, sin haberle traído a darse una vueltecita por estas tierras» (p. 121). Pero la mirada de Delibes desciende en estas crónicas a detalles menores; habla de la abundancia de perros errabundos («en general, en Chile los perros no tienen dueño», p. 166, y ver también la p. 97); en el epígrafe «Los grandes estímulos del criollo» (pp. 85-89) se refiere al vino, el café y los juegos de azar; menciona el tono ceremonioso en los tratamientos entre padres e hijos (p. 166); alude a la situación de la mujer, que tiene abundante presencia en la administración (p. 167), etc.[4]


[1] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[2] Quizá Delibes pudo conocer la novela mundonovista El roto (1920), de Joaquín Edwards Bello.

[3] Al hablar del huaso, añade una mención a la cueca, el baile nacional chileno. Otro personaje mencionado es el cogotero (asaltante, ladrón que emplea la violencia).

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

«Corpus y otros cuentos» de Gabriel Miró: principales temas

Centrándonos ya en el aspecto temático, podría afirmarse que el tema central sobre el que versan los relatos de Corpus y otros cuentos[1] —aunque existan en torno a él otros subtemas asociados— es la alienación humana, en distintos aspectos, cuestión que ha estudiado con detalle James H. Hoddie en un capítulo de su libro Unidad y universalidad en la ficción modernista de Gabriel Miró[2]. Ya en la introducción del mismo escribía que: «Los cuentos de Miró son tal vez la mejor expresión del sentimiento de alienación que comparten personajes, narrador y, según puede suponerse, autor». A continuación indicaba que cada cuento o grupo de cuentos plantea situaciones conflictivas para las cuales se ofrecen algunas posibles soluciones:

Desafortunadamente, tales soluciones nunca resultan adecuadas para satisfacer la sensibilidad del personaje o la del narrador preocupado por la justicia o por armonizar su sentimiento con el de otros seres humanos con quienes quisiera sentirse en solidaridad. […] Aunque los personajes mironianos fracasan y quedan en ridículo, lo que importa por encima de todo es el deseo insatisfecho y el impulso no realizado. Este sentimiento de alienación convertido en expresión lírica, expresión de la nostalgia de lo que hubiera podido ser, es la esencia de la obra, su mensaje clave.

Y en el capítulo dedicado específicamente al tema de la alienación en los cuentos, manifiesta Hoddie que estas narraciones ofrecen la consideración de dos temas relacionados entre sí, a saber, la «la hostilidad del ambiente en que vive el hombre y la alienación que experimentan los personajes al ver sus valores e ideales en un conflicto serio con otros seres humanos»[3]. Tiene también razón el mencionado crítico al afirmar que el personaje principal, el protagonista de cada relato, es «un ser de sensibilidad superior, o por lo menos más aguda que la de la masa de los seres humanos»[4], circunstancia que hace que su conflicto con las realidades del mundo circundante sea todavía más marcado.

Corpus y otros cuentos, de Gabriel Miró

En efecto, el tema general subyacente en Corpus y otros cuentos es esa enajenación, que procede las más de las veces de la incomunicación entre las personas o, en suma, de la falta de amor entre las personas, motivo recurrente en toda la producción mironiana. Ahora bien, para un acercamiento general a esos relatos, cabe distribuirlos en grupos atendiendo a la presencia de distintos subtemas. En lo que sigue, haré un rápido repaso de todos ellos, centrándome en el comentario más detenido de los más interesantes de cada tipo y apuntando —al mismo tiempo que los temas, motivos y símbolos— algunas técnicas estructurales empleadas por el autor. En otra entrada recapitulatoria ofreceré unos someros apuntes sobre el lenguaje y el estilo, aspectos estos importantísimos en el estudio de cualquier obra de Miró, pero que no constituyen en esta ocasión el objeto principal de mi trabajo.

Ya he indicado que la alienación humana, manifestada en sus diversos modos y motivada por variadas causas, es el núcleo temático central de todos o de la mayoría de los trece relatos que forman el libro Corpus y otros cuentos. Alrededor de ese núcleo, existe una constelación de temas y subtemas menores, asociados por lo general entre sí: la muerte, la violencia física y psicológica, la crueldad con los animales, la injusticia social, la crítica de una falsa religiosidad, hipócrita y beatona, etc. Es posible una ordenación de los relatos en cuatro apartados: 1) unos están marcados de forma muy clara por la presencia de la muerte; 2) en otros se manifiesta la incomunicación entre el mundo de los niños y el de los adultos; 3) otro tercer grupo muestra con diversos matices la alienación de personajes adultos o su enfrentamiento con un mundo hostil; y 4) hay otros cuentos de mayor valor simbólico, en los que podemos percibir además un tono más claramente reflexivo por parte del narrador (identificado con el autor). Los examinaré por separado en próximas entradas[5].


[1] Citaré por Gabriel Miró, Corpus y otros cuentos, en Obras completas, 5.ª ed., Madrid, Biblioteca Nueva, 1969. Hay otras ediciones modernas, por ejemplo: Corpus y otros cuentos, ed. de Gregorio Torres Nebrera, en Obra completa, vol. 7, Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo / Instituto de Estudios Juan Gil-Albert, 1995; Corpus y otros cuentos, ed. de Francisco Javier Díez de Revenga, Madrid, Castalia, 2004; y Corpus y otros cuentos, en Obras completas, vol. II, ed. y prólogo de Miguel Ángel Lozano Marco, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2007.

[2] James H. Hoddie, «El tema de la alienación en algunos cuentos», en Unidad y universalidad en la ficción modernista de Gabriel Miró, Madrid, Orígenes, 1992, pp. 23-34.

[3] Hoddie, «El tema de la alienación en algunos cuentos», p. 23.

[4] Hoddie, «El tema de la alienación en algunos cuentos», p. 23.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Corpus y otros cuentos, de Gabriel Miró. Análisis temático y estructural», en Miguel Ángel Lozano y Rosa María Monzó (coords.), Actas del I Simposio Internacional «Gabriel Miró», Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo, 1999, pp. 313-332.