«Las afueras» de Luis Goytisolo: valoración final

(A la memoria de los fallecidos en el accidente ferroviario de Santiago, con mis mejores deseos para la recuperación de todos los heridos y el afecto solidario para tantas familias afectadas. Con mi felicitación también al pueblo gallego, por su ejemplar reacción frente a esta desgracia, en un día que era de fiesta y acabó convertido en tragedia.)

Por lo que se refiere al estilo, se suele señalar que Las afueras de Luis Goytisolo es una obra bien escrita, sobre todo si tenemos en cuenta que se trata de una novela redactada a muy temprana edad, la primera de su autor. Cada capítulo es independiente de los demás en cuanto al contenido y también en lo concerniente a la elaboración técnica. Por ejemplo, el 4.º y el 7.º son exclusivamente narrativos, sin casi diálogos, en tanto que otros (por ejemplo el 3.º) son, por el contrario, todo diálogo. Este episodio reproduce el habla coloquial, vulgar (recordemos que la acción tiene lugar en bares frecuentados por personajes de baja condición social). En cualquier caso, siempre nos encontramos con un narrador tradicional, omnisciente en tercera persona.

García de Nora habla de un estilo «tenso, sobrio, con algunos finos y acerados filos poéticos, que nunca llegan a desviar la bien encauzada fluencia del relato»[1]. Notemos que se trata de una novela perteneciente al realismo social, y ya sabemos que en aquel momento importaba más la intención (compromiso, denuncia) que el primor estético, el qué se decía más que el cómo se decía, el fondo (temas, contenido) antes que la forma o expresión, según la dicotomía clásica. En suma, interesaba más la claridad y la sencillez en lo que se exponía que el mero placer estético o el arte de jugar bellamente con las palabras (lo que no implica, ni mucho menos, que esto último no tenga cabida en Las afueras y en otras obras de esta corriente).

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Puede decirse que en esta primera novela de Luis Goytisolo, escrita a sus veintitrés años, está en germen lo que será buena parte de su producción posterior, el ámbito literario que le será luego propio, tal como señalara el autor:

La evolución de su obra es la evolución del aprendizaje de un oficio, por llamarlo de alguna forma. De hecho, como en pocos casos, está muy claro que estoy escribiendo siempre el mismo libro y mis dos primeras novelas (Las afueras y Las mismas palabras) son intuiciones de lo que yo pretendía decir, que se desarrollan plenamente y cristalizan, en un momento determinado, en Antagonía[2].

En fin, Las afueras resultaba a la altura de 1958 una obra renovadora formalmente, hasta cierto punto, pero no fue un capricho o un experimento gratuito el que Luis Goytisolo hubiese ordenado así su libro. En entradas precedentes he pretendido mostrar que, aunque para varios críticos se trata de un libro de relatos (y es posible que la intención inicial del autor fuera precisamente esa, escribir siete relatos independientes), no obstante, la obra tiene una unidad (de espacio, de tiempo y de personajes o, mejor, de los nombres de los personajes, así como una unidad temática) y que, considerada en conjunto, adquiere una amplitud, una intensidad y una intencionalidad mayores. Tiene, pues, una razón de ser el que Goytisolo haya estructurado así su, digámoslo ya definitivamente, novela, pues como tal novela puede ser leída y considerada. Sea como sea, como punto de partida en la trayectoria literaria de Luis Goytisolo, no se trató de ningún mal principio[3].


[1] Eugenio García de Nora, La novela española contemporánea, Madrid, Gredos, 1962, vol. III, p. 319.

[2] Entrevista con el autor, publicada en Ínsula, 146, enero de 1959, p. 4: «Las letras en Barcelona. Entrevista con Luis Goytisolo».

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras (1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

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La soledad, la rutina y el recuerdo de la guerra en «Las afueras» de Luis Goytisolo

La incomprensión que refleja Las afueras (1958) de Luis Goytisolo no existe únicamente entre las distintas clases sociales, sino que afecta por igual a los seres individuales. Esto resulta patente en el caso del matrimonio de ancianos del segundo capítulo (en todas estas entradas vengo utilizando indistintamente los términos relato y capítulo para referirme a cada una de las partes del libro). En lugar de hablar entre sí, contarse sus problemas y tratar de solucionarlos juntos, cada uno de los cónyuges se dirige por separado a su nieto, quien nada puede hacer para ayudarles, dada su corta edad. Además de la soledad, muchas páginas de Las afueras nos hablan de vidas grises, monótonas, de días repetidos, iguales los unos a los otros:

La mañana había empezado igual que cualquier otra. […] Nunca invertían el orden ni cambiaban las horas. El plan era estricto y a él se atenían rigurosamente e incluso se diría que cualquier variación les fastidiaba y dolía como una falta contra el deber: la costumbre se había convertido en religión (pp. 132-133; cito por la ed. de Barcelona, Seix Baral, 1969).

Se acostaban inmediatamente [después de cenar] y sin hablar, como si lo hicieran a solas, cada uno por su lado. […] Normalmente los viejos se hablaban muy poco y discutían menos… Apenas cambiaban alguna frase, fuera de las necesarias para pedir, ofrecer o proponer algo, para contar alguna cosa chocante que habían visto u oído. Con los extraños todavía eran más callados. El cartero no los conocía. Nunca recibieron visitas de parientes o amigos (p. 134).

Aquel fue un día de primavera como cualquier otro (p. 142).

Para Sanz Villanueva, la estructura que Goytisolo ha querido dar a Las afueras puede tener que ver con esta doble incomunicación, entre las distintas clases y, de igual manera, entre las personas:

Si la realidad para Luis Goytisolo se muestra como no unívoca […] y carente de articulación real, la estructura rota y fragmentada de su libro puede muy bien representar la fragmentación social [y la existente entre los distintos individuos, podemos añadir] que trata de alcanzar de manera simbólica[1].

Y García de Nora apunta también esa misma explicación:

De este modo comprendemos que la fragmentación argumental del libro no quiere decir que nos hallemos ante una colección de relatos vagamente afines ni, menos, obedece a una supuesta incapacidad constructiva, sino que viene impuesta por la plena conciencia que el novelista ha adquirido de la importancia de su núcleo temático[2].

En definitiva, Las afueras presenta una estructura rota y fragmentada porque fragmentadas y rotas son las relaciones sociales y personales que nos presenta. En este caso, la temática nos ayuda a comprender mejor la estructura del libro que, como queda ya dicho en entradas anteriores, puede ser considerado perfectamente como una novela.

Ya he mencionado también que la guerra es un factor determinante en la situación del momento en que se viven las siete historias y, por tanto, determinante también de los hombres y mujeres que las protagonizan.

Guerra entre hermanos

A la Guerra Civil aluden en última instancia, sin duda alguna, estas palabras que voy a copiar, aunque se refieran a dos hermanos concretos, Víctor y Julio, hijos de don Augusto y doña Magdalena:

Yo los quería mucho a los dos, cada uno en su estilo, y se me partía el corazón cuando les veía pelearse. No hay nada peor que una lucha entre hermanos, Bernardo. Para una madre no hay nada peor que ver a sus hijos golpeándose como Abel y Caín (p. 88).

La mayoría de las veces la guerra aparece como hecho que frustra los sueños, las ilusiones, las esperanzas de los personajes. Así, Víctor había empezado la carrera de ingeniería,

pero la guerra interrumpió sus estudios y, al acabar, ya no volvió a reanudarlos, tenía que casarse. Llevaba aprobados tres cursos cuando dejó la carrera para pasar a Francia. Luego, la escuela de adiestramiento, el tedio de un frente estabilizado en la otra parte del Ebro, las interminables detonaciones entre los algarrobos, las humaredas, el zumbar de los aviones en el cielo despejado (p. 213).

Algo semejante le ocurre a otro Víctor, como nos refiere su padre:

Lo recuerdo a tu edad, con tus mismas ambiciones. Quiero ser médico, como tú, papá, me decía. Quería estudiar en Alemania, ser uno de los mejores médicos de Barcelona… Sólo que no pudo, las circunstancias no se lo permitieron, la guerra… Tuvo mala suerte el chico, muy mala suerte (p. 56)[3].


[1] Santos Sanz Villanueva, Historia de la novela social española (1942-1975), Madrid, Alhambra, 1980, p. 477.

[2] Eugenio García de Nora, La novela española contemporánea, Madrid, Gredos, 1962, vol. III, p. 318.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

«Las afueras» de Luis Goytisolo, retrato de la ociosidad burguesa

En su primera novela, Luis Goytisolo critica a la burguesía, enriquecida al calor de la posguerra, sobre todo a la juventud burguesa que deja pasar sus días en medio de la abulia y las diversiones de la ociosidad, sin trabajar en nada. Veamos estas citas[1]:

¿Y el coche? ¿Y el trabajo? Alguna se reía bajito. ¿Pero tú crees que esta gente trabaja? Mirar cómo se trabaja, esto es lo que hacen (pp. 14-15).

Mi señora está en Sitges con su señorito hijo desde hace una semana. Mi Alvarito lo pasa muy bien allá en Sitges… Lleva el camino de ser un tonto muy fino, mi Alvarito (p. 105).

Sitges

Alvarito siempre disponía del dinero que necesitaba para estas salidas. Le pedía al abuelo y el abuelo se lo daba, el abuelo tenía mala memoria para los números (p. 213).

La obra refleja también la incomprensión entre las clases sociales. Consideremos para comenzar estas reflexiones de García de Nora:

Cada relato de Las afueras converge en mostrar la incomunicación, la injusticia o el rencor sordo de los seres humanos entre sí: los ricos engreídos, enfatuados, acolchonados en su privilegio (la progresiva ­­—y corrosiva— «educación sentimental» de y para señorito del relato último viene en este sentido a iluminar todos los acontecimientos descritos antes), los pobres, empujados por la ignorancia y la estrechez a formas de obstinación cerril, a una deshumanización estúpida (vivencia levemente teñida de sentimentalismo en el fragmento menos logrado, a mi juicio, del libro —el cuarto—, pero cruel y admirablemente plasmada en el quinto, con la testaruda, berroqueña y lamentable figura del viejo Mingo Cabot)[2].

Este personaje se niega a participar en la compra de un tractor que piensan realizar entre varios vecinos del pueblo; y así se hace: lo pagan entre todos y el tractor trabaja cada día las tierras de cada uno.

Tractor

Mingo Cabot, con su individualismo a ultranza (individualismo mal entendido), tiene que ver luego cómo sus amigos apenas tienen que esforzarse en las tareas agrícolas mientras que él ha de matarse, trabajando de sol a sol, para obtener un beneficio menor que el de los otros. Su frase preferida es «Cada uno a lo suyo». Cuando intentan convencerlo para que participe en el proyecto común, responde:

—No, joven, no soy amigo de meter las narices en este tipo de cosas. Mi padre me repetía siempre: Ocúpate de tus asuntos, que de los suyos ya lo hace el vecino. Y así pienso yo (p. 153).

Las personas de posición acomodada no comprenden a los más necesitados. Así, cuando la viuda se queja de su aparcero porque los frutos de la cosecha han sido inferiores a lo que esperaba y él trata de defenderse diciendo que, sin ninguna ayuda, no había podido hacer más, ella le reprende con estas palabras: «No había tenido tiempo, no había tenido tiempo, bien lo encontraba para descansar» (p. 163). Sin embargo, sabemos que el campesino no había podido tomarse ni un minuto de descanso. De esa incomprensión da fe también el siguiente testimonio de don Ignacio, el médico del primer relato:

¡Qué gente! ¡Qué país. Y encima siempre quejándose, que si llueve mucho, que si llueve poco, que si esto, que si aquello… ¡Pero si viven mejor que un hombre de carrera! Trabaja toda la familia, apenas tienen gastos… (p. 34)[3].


[1] Cito por la edición de Barcelona, Seix Barral, 1979.

[2] Eugenio García de Nora, La novela española contemporánea, Madrid, Gredos, 1962, vol. III, p. 319.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

El realismo social de «Las afueras» de Luis Goytisolo: el mundo del trabajo

Recordemos que Las afueras de Luis Goytisolo se inscribe en la corriente de realismo social de los años 50 y que tiene un afán de denuncia (literatura testimonial, comprometida). Los personajes sufren un condicionamiento histórico-social, como muy bien hizo notar Juan Ignacio Ferreras:

El autor nos muestra un universo sociológicamente incapaz de permitir una solución racional a los seres humanos que lo componen. […] La situación social española, determinada por la guerra civil, determina negativamente a todos sus personajes: estos han sido todos marcados por la contienda, ninguno ha podido realizar sus deseos. […] En Las afueras, pese a la aparente variedad de sus siete relatos, existe una sola problemática que viene de la guerra, problemática que no sólo determina la acción de los protagonistas sino que informa todo el universo novelesco.

Y afirma a continuación que

solamente al final del libro, en la última página, existe una solución esperanzada para uno de los protagonistas (el joven Álvaro que va a empezar la carrera de Medicina). Esta última página, según mi modo de ver, resulta incoherente con el resto de la obra. […] La última página sigue siendo una excepción artísticamente dudosa, ya que Álvaro parece escapar a la problemática de la novela sin que el lector sepa muy bien por qué[1].

Sin embargo, hemos de pensar que es uno de esos niños «bien» quien dispone de la oportunidad de mejorar su situación; en él se centran las posibilidades de cambio (quizá quiera ello significar el deseo, la esperanza del autor para un mañana mejor), y no en el hijo de un obrero, por ejemplo.

Intentaré ordenar de forma esquemática los principales temas que se hacen presentes en la novela, comenzando por la dura vida en el campo o en la fábrica. Son, en efecto, numerosas las citas que podríamos traer aquí para ejemplificar este aspecto[2]; esto es, la pobreza en que viven los campesinos y los trabajadores, así como sus familias, a pesar de permanecer en su puesto durante largas horas. Señalaré únicamente algunas de las más significativas:

¿Quién lo haría si no? [se refiere al trabajo que tiene que hacer Dina, ella sola]. Me ocupo del huerto, llevo la casa, guiso, hago limpieza y, de vez en cuando, aún tengo que trabajar a jornal para otros. No se puede vivir de lechuga y en el huerto no crecen panes, bacalao, sardinas… Ya no hablo de carne (p. 21).

¿Y el trabajo? [pregunta Víctor a un conocido]. Ah, dijo Fredo, de eso lo que queremos: todo queda para nosotros. Lo único que repartimos son las cosechas (p. 30).

¿Adivina los años que tengo? No, ¿verdad? Pues bastantes menos de los que aparento. ¿Y sabe usted por qué? Pues porque desde pequeña he tenido que trabajar al sol y al aire igual que un hombre. Por eso (p. 39).

Una vez abajo, lo de todos los días. Se dispone el arado, se suelta un grito y adelante. […] Luego el sol se agranda y quema y el primer riego que la tierra recibe es de sudor… así de un bancal a otro, vertiente abajo. […] Luego Dineta gritaba ¡El almuerzo!, y él podía dejar todo aquello por un rato, sólo por un rato porque el trabajo nada más acaba con el sol (p. 156).

Campesinos arando

Pronto habría que volver a empezar, solo frente a los surcos como el año pasado, más solo que el año anterior, más cansado. Labrar y sembrar y mirar el cielo despejado un mes y otro, hasta nueve, y luego cosechar y partir la cosecha con la viuda. Cuatro sacos de grano, lo justo para no morirse y poder sembrar otra vez y mirar el cielo otros nueve meses y cosechar cuatro meses más (pp. 173-174).

¿Recuerdas al abuelo?, dijo Antonio. Se pasaba el día diciendo: ¡Ah, cuando era joven! ¡Ah, si fuese joven! Bien, pues ahora soy joven y ya ves, de mi casa a la fábrica, de la fábrica a mi casa. Trabajar para comer, comer para seguir trabajando y así hasta que ya no eres joven, hasta que te haces viejo como el abuelo y no sirves para nada, toda la vida tirando como un caballo. Algún día… En fin, ¿para qué hablar? Mañana nos veremos (p. 198).

El campo no da vacaciones, le decían. Aquí acaba una cosa nada más que para empezar otra (p. 209).

El Patacano decía que iba a ver si conseguía trabajo en la fábrica del pueblo. Los demás aprobaban con la cabeza, decían que en la fábrica se ganaba más dinero. Un trozo de tierra va bien para trabajarlo a horas libres y sacarte unas pesetas de más, pero no para depender de lo que te rinda. Te tiras una vida de perro a cambio de casi nada (p. 210).

Manos de trabajador

Luego jugaban al subastado, apostando con alubias. Nosotros no podemos arriesgarnos a perder en cinco minutos el trabajo de toda una jornada (p. 210)[3].


[1] Juan Ignacio Ferreras, Tendencias de la novela española actual (1931-1969), París, Ediciones Hispanoamericanas, 1970, pp. 174-175.

[2] Todas las citas serán por la edición de Barcelona, Seix Barral, 1979.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

«Las afueras», de Luis Goytisolo, novela colectiva

Las afueras (1958) de Luis Goytisolo es una novela colectiva: en sus páginas el individuo cede el papel de protagonista a la sociedad. En los relatos que la componen se va tejiendo una complicada red onomástica, ya que en todos ellos aparecen repetidos los mismos nombres, pero en cada caso corresponden a distintos personajes.

Novela colectiva

Corrales Egea habla de «mezcla confusa de personajes (pues cada uno de ellos desempeña papeles distintos aunque bajo un mismo nombre, lo que resulta a veces difícil de seguir por el lector)»[1]. Veamos otras opiniones que explican mejor esta peculiar característica de la obra:

Cada uno de los relatos —dice Sanz Villanueva— ofrece una historia distinta, sin vinculación con las restantes excepto en el hecho de que los personajes coinciden en el nombre (Augusto, Víctor, Ciriaco, Domingo, Antonio, Alvarito, Bernardo, Magdalena, Claudina, Amelia…), pero la coincidencia es onomástica, no de personalidad, aunque sí exista vinculación en su sentido. Estos nombres corresponden a diversos grupos generacionales y sociales: Augusto (y sus esposas, Magdalena) representan una clase acomodada y vacía, correspondiente con la generación mayor. Víctor indica la generación siguiente, participante en la guerra y, pese a su posición acomodada, carente de sentido vital, frustrada o con mala conciencia que lleva a un aparencial acercamiento al pobre. Domingo (y sus correspondientes Amelia) es la generación mayor de tipo servil y doméstico. Ciriaco es la generación siguiente, clase modesta, trabajadora. Quedan, finalmente, los jóvenes o niños (Álvaro, Antonio, Dina y Bernardo). Todos estos nombres resultan protagonistas de una historia colectiva que, situada en este año concreto de 1957, mediante una recuperación del pasado, nos ofrece una panorámica reciente de Barcelona. Esta panorámica se hace realidad literaria, sin embargo, a través de argumentos singulares y de historias particulares[2].

Y estas son palabras de García de Nora:

[Luis Goytisolo] ha introducido hasta diez u once series de personajes que no se relacionan ni se parecen, pero que llevan todos el mismo nombre. (Si no recordamos mal, hay cuatro señores que se llaman Augusto, cuatro damas que son doña Magdalena, otros cuatro Víctor y Diana, Dinetas o Claudinas. Tres Ciriacos, Domingos y Tonios o Antonios. Dos Alvaritos, dos Amelias, dos Patacanos y Bernardos —si es que el Nacho del tercer cuento y el Nap del quinto no deben tomarse por Bernardos también—). [ …] La pluralidad de circunstancias, la diferencia de condiciones personales, la intervención misma del azar no anulan ni tuercen, en lo fundamental, el carácter y el sentido de esas vidas entramadas, condicionadas por su particular situación histórico-sociológica; la reiteración de los nombres propios, a esta luz, resulta, en efecto, un artificio —deliberado y transparente—, pero no caprichoso, sino buscado precisamente para subrayar la identidad de los destinos más allá de las innumerables variaciones circunstanciales y anecdóticas. Así, los don Augusto y doña Magdalena son uniformemente ejemplos de la burguesía adinerada de la preguerra (implícitamente se va dejando constancia de cómo la «posición» y la riqueza encubrían su vacuidad, su sórdida miseria moral; por si quedaran dudas, ahí está la abrumadora pareja de abuelos supervivientes del segundo relato); los Víctor son los hijos de tales padres: ex-combatientes todos ellos, radicalmente frustrados unos, como en el primer relato, triunfadores deshechos por dentro algunos (tercero), atenidos a una escéptica medianía otros (séptimo); paralelamente, los Domingos y Amelias, viejos aparceros y antiguas sirvientas, y la generación siguiente (contemporánea de los Víctor): el Ciriaco aparcero, el Ciriaco limpiabotas, el Ciriaco peón de albañil; vienen luego los más jóvenes, los Alvaritos —niños «bien»— o los Antonios, pobres pero animosos, endurecidos y conscientes; y, en fin, los niños (Dina en el primer cuento, Bernardo en el segundo y sexto), que van adquiriendo conciencia, en silencio, mudos o casi mudos y enigmáticos, frente al no menos extraño mundo de los mayores[3].

En definitiva, ahora en expresión de Sanz Villanueva,

diversas clases y diferentes ocupaciones y oficios son los protagonistas, por lo tanto, de Las afueras, relato colectivo que aventaja a las novelas de la ciudad (al estilo de La colmena, La noria) en que la limitación argumental produce una más ceñida verdad novelesca. Luis Goytisolo no pretende hablarnos de la ciudad toda, sino que plasma el retrato de unas cuantas gentes representativas y de las que podemos deducir un estado social general[4].

Esta abundancia de personajes implica que no todos pueden ser caracterizados con la necesaria profundidad psicológica; y ese es el principal inconveniente que, según García de Nora, puede señalársele a la novela:

El reproche más justo entre cuantos pudieran formularse a Las afueras es el de su insuficiencia respecto a los tipos abordados: en efecto, querríamos, necesitaríamos saber más de muchos de los personajes que en ella se perfilan o se dejan entrever (en especial, esos Tonios y Bernardos tan marginales aquí…). […] Ahora bien, ese reproche, aunque justo, resulta prematuro. Las afueras, dada su ambición temática, no puede ser otra cosa que la iniciación, la obertura cuyos motivos han de desarrollarse luego cumplidamente[5].


[1] José Corrales Egea, La novela española actual (Ensayo de ordenación), Madrid, EDICUSA, 1971, p. 93.

[2] Santos Sanz Villanueva, Historia de la novela social española (1942-1975), Madrid, Alhambra, 1980, pp. 475-476.

[3] Eugenio García de Nora, La novela española contemporánea, Madrid, Gredos, 1962, vol. III, pp. 318-319.

[4] Sanz Villanueva, Historia de la novela social española (1942-1975), p. 477.

[5] García de Nora, La novela española contemporánea, vol. III, p. 320. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

Tiempo y espacio en «Las afueras» de Luis Goytisolo

El macro-espacio en el que se desarrollan todas las historias de Las afueras (1958) de Luis Goytisolo está constituido por la ciudad de Barcelona y sus alrededores, las afueras a las que se refiere el título. Mundo de pobreza y marginación que condiciona a los personajes (aunque en sentido estricto no se puede hablar de determinismo).

Chabolas

Además de los núcleos urbanos y del ambiente ciudadano (Las afueras se relaciona, en lo relativo a esta cuestión, con otras novelas como La piqueta, de Antonio Ferres, o La resaca, de Juan Goytisolo, en las que el espacio es más bien la zona fronteriza con la gran ciudad, el suburbio[1]), aparece también el mundo rural. Existe cierta oposición entre ambos espacios: el campo es sinónimo de trabajo; la ciudad, de ocio (para los personajes burgueses, no para los obreros). Cuando aquellos acuden al campo es para descansar en sus villas de recreo o para verificar los trabajos realizados por los aparceros.

Los espacios concretos en los que transcurren los hechos narrados son: una masía de los alrededores de Barcelona, una casa en un barrio de la metrópolis, los bares y tascas de la Rambla, otro barrio, antiguo pueblo autónomo, ahora convertido en suburbio de la ciudad, un pueblo en el campo, de nuevo la urbe y, por último, otro pueblo de las cercanías.

En una entrada anterior ya he indicado algo acerca de la unidad temporal: las historias se fechan a los dieciocho años de acabada la guerra, es decir, en el momento contemporáneo de la redacción de la novela. Aquí y hoy son las coordenadas en que se mueven los protagonistas de esta novela colectiva. Novela de adolescencia (la del autor), «en la que tanta importancia tiene la vejez, el paso del tiempo». No hay una datación exacta, no se señalan los días concretos (salvo en el capítulo 2.º, en el que se especifica claramente que son seis días de octubre). Lo más frecuente es que se nos indique solo el mes o la estación del año (dos relatos ocurren en otoño, con lo que esta estación puede connotar simbólicamente de decadencia, rutina y apatía). Cuando estamos en el campo, el transcurso del tiempo se indica por el vuelo de las aves (la llegada o la marcha de las golondrinas, por ejemplo), por la mención de los trabajos del momento (época de la siembra, de la siega, de la vendimia) o según se produzca antes o después la salida y el ocaso del sol.

Hay, por supuesto, un tiempo recuperado en los recuerdos (muy claro en el caso de Víctor, cuando sube al desván y contempla los objetos antiguos). Más importante sería señalar la estructura «circular» de algunos relatos (el 4.º, el 6.º). Quiero decir que al principio del relato se nos plantea una situación, se vuelve a continuación atrás, a un punto del pasado, se narra lo ocurrido en ese pasado (o se sugiere sin contarse expresamente) para acabar llegando de nuevo al punto inicial de partida, allí donde la acción había comenzado[2].


[1] Ver Juan José López Cabrales, «Las entrañas de la ciudad: de Las afueras, de Luis Goytisolo, a Si te dicen que caí, de Juan Marsé», en Miguel Espinosa, Juan Marsé, Luis Goytisolo. Tres autores claves en la renovación de la novela española contemporánea, ed. Fernando Valls, Monserrat Amores, David Roas y Enrique Turpin, El Puerto de Santa María, Fundación Luis Goytisolo, 1999, pp. 193-202. Señala que en esta novela, como en Si te dicen que caí, de Juan Marsé, «las entrañas de la ciudad encierran el germen de una degeneración que puede acabar contaminando a quien, desde su periferia, se acerque demasiado» (p. 200).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

«Las afueras» de Luis Goytisolo: fragmentación y perspectivismo

En otro lugar explica José Corrales Egea las razones del fragmentarismo que caracteriza a Las afueras, e incluye a Luis Goytisolo, junto con García Hortelano, Marsé y Fernández Santos, entre los autores que siguen una línea de objetivismo puro y escueto. Estas son sus palabras:

Para los autores que siguen ortodoxamente la línea del realismo objetivo, la realidad aparece compuesta por una serie de hechos y sucesos que ellos tratan de presentar tal y como se nos pueden aparecen en una primera fase de percepción, tal y como serían aprehendidos por los seres vivos, o sea, por el propio lector. Es decir, inarticulados, sueltos, fragmentarios. Al negarse a dar cualquier clase de síntesis explicativa, la novela objetivista se atiene a presentar fenómenos desligados a simple vista entre sí: sucesos, objetos, cosas que se exponen como en una gran vitrina. Estas cosas así expuestas son realidades, pero de tales realidades sólo sabemos que están ahí, que existen. El autor considera cumplida su misión una vez presentadas, lo cual significaba ya mucho en el ambiente literario enrarecido todavía por la proximidad de la guerra[1].

Sumamente esclarecedoras me parecen estas otras reflexiones de José María Castellet (y quizá convendría no olvidar el título de una importante obra suya, La hora del lector):

Luis Goytisolo Gay ha escrito su obra por el procedimiento que podríamos llamar «adjetivo», es decir, que busca su sentido, como una suma, en el resultado final. Considerados aisladamente los siete sumandos que son los capítulos, son partes que no adquieren su significación completa sino en la suma final que se opera en el lector al terminar la lectura del libro. Si las cantidades a sumar son homogéneas, es posible la suma; si son heterogéneas, no. En Las afueras, los sumandos (capítulos) son, evidentemente, homogéneos, luego la suma (novela) es posible. Realizar la operación es el trabajo del lector, y ese es el trabajo que se le pide, a cambio del cual accede al proceso de creación por derecho propio[2].

Así pues, el autor muestra una serie de datos, no demuestra sus ideas. Es el lector quien, con esos datos, debe hacer la síntesis y extraer sus propias conclusiones. Tal vez esta fragmentación o perspectivismo tenga algo que ver con la influencia del cine que reconocía el propio Goytisolo: cada capítulo sería como un plano o escena cinematográfica suelta. Por otra parte, se puede señalar la semejanza estructural de Las afueras con La noria, novela de Luis Romero, unos años anterior a la de Goytisolo, que tiene también personaje colectivo y que engloba, al igual que la obra de Cela La colmena, un amplio panorama urbano.

La noria, de Luis Romero

Sea como sea, el hecho de que se debatiera tanto esta cuestión estructural de Las afueras (la discusión sobre si era novela o libro de relatos) supuso una publicidad importante para la obra, tal como reconoció su autor, y también la crítica:

Las afueras había provocado una viva polémica entre los críticos que veían en ella una novela renovadora y los que la consideraban pura y simplemente un camelo, polémica que sin duda despertó el interés del público y facilitó la buena acogida que tuvo[3].


[1] José Corrales Egea, La novela española actual (Ensayo de ordenación), Madrid, EDICUSA, 1971, pp. 85-86.

[2] José María Castellet, «Técnicas narrativas: tiempo histórico, novela colectiva», Índice, 173, junio de 1967, p. 6.

[3] Corrales Egea, La novela española actual (Ensayo de ordenación), p. 93. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.