Semblanza literaria de Narciso Serra

Para hacernos una idea de la personalidad de Narciso Serra, poeta y dramaturgo romántico, transcribo aquí un párrafo de José Fradejas Lebrero, donde da entrada a sendas citas de Fernández Bremón y Blasco que lo evocan en su juventud y en su madurez, respectivamente:

De joven «era un mozalbete rubio y sonrosado, de ojos muy azules, aunque de corta estatura, airoso y lindo» que [salía] «en los días de gala, envuelto en su coraza… entonces era delgado y esbelto… las actrices o escritoras en embrión y señoritas alegres o modistas… se disputaban su saludo, y decían sonriéndose maliciosamente: —Ahí va Narciso Serra» (Fernández Bremón).

Pero en su prematura vejez nos lo muestran sus retratos así: «Era un hombre de regular estatura, fornido, grueso, rubio, con ojos azules vivos y penetrantes, calvo, descolorido, de rostro carnoso, ancho de hombros, achaparrado… Él aseguraba que de todo tenía figura menos de poeta, y decía verdad. Como Manuel del Palacio, más parecía un hombre de negocios que un escritor. Era, según expresión de Ventura de la Vega, un militarucho que llevaba escondido dentro un gran poeta» (Eusebio Blasco)[1].

El mismo Fradejas Lebrero recoge algunas anécdotas que demuestran que poseía dotes poéticas desde la infancia. En el terreno lírico, se dio a conocer con sus Poesías líricas en 1848; publicó también algunos romances de ciego y La confesión de un muerto (1875), cuento en verso dedicado a Alfonso XII. Así enjuicia el editor de La calle de la Montera la producción poética de Serra:

En su poesía paga tributo al romanticismo con una serie de leyendas: Matador y santo (San Macario), Un castigo por amor (los hermanos Carvajales) y a la poesía amorosa […]. Se distingue en dos facetas: la jocosa y la seria que, a su vez, se subdividen en humana y religiosa. Su carácter alegre e improvisador —lo mismo daba un recado que transmitía una orden militar o solicitaba crear un periódico en verso—, se toma a sí mismo como sujeto poético: Ése soy yo, ¿Con quién me caso? o El buey suelto; o escribe ligeros, irónicos y breves epigramas sobre actores y dramaturgos, quienes, riéndose, nunca se ofendieron[2].

Y recuerda también algunas ocurrencias suyas que dieron pie a las llamadas obras sueltas de Serra. De entre sus poesías, cabe destacar las dedicadas a su madre y a la Virgen María.

NarcisoSerra

Como dramaturgo, Narciso Serra es autor de más de cuarenta piezas teatrales, que escribió él solo o en colaboración con otros autores como Miguel Pastorfido, L. M. de Larra, Pina Domínguez o Juan Dot y Michans. Algunas de ellas fueron compuestas con cierta premura de tiempo, de ahí que sean desiguales en cuanto a su calidad literaria. Algunas de ellas recuerdan el estilo romántico de Zorrilla, como El reló de San Plácido, con la que obtuvo un gran éxito en 1858, o Con el diablo a cuchilladas (1854). También adaptó obras dramáticas del Siglo de Oro, como Amar por señas de Tirso de Molina. Pero fundamentalmente es recordado por sus obras El loco de la guardilla. Paso que pasó en el siglo XVI (1861) y su segunda parte, El bien tardío (1867), ambas sobre con Cervantes como protagonista, La boda de Quevedo (1854), La calle de la Montera (1859), comedia escrita para explicar el origen del nombre de esa calle madrileña, o ¡Don Tomás! (1867). Algunas de estas piezas no son comedias, sino zarzuelas[3], y otras se presentan bajo los marbetes de proverbio, balada, pasillo, sainete, juguete cómico, etc. Rodríguez Sánchez valora así el conjunto de su obra dramática:

Continuador en lo teatral de la fórmula costumbrista de Bretón, aunque también compuso dramas románticos al estilo de Zorrilla, Serra mostró una gran facilidad para el verso y cierta habilidad para componer la trama de sus obras y cargar los argumentos de emotividad. Escribió un buen número de piezas teatrales, que en su época tuvieron mucho éxito, aunque hoy apenas se valoran[4].

El propio Serra, en el prólogo a sus Leyendas, cuentos y poesías originales hace balance en 1876 de sus escritos:

El que traza penosamente hoy estas líneas escribió con pluma fácil en otro tiempo las obras de teatro intituladas La boda de Quevedo, El reló de San Plácido, Don Tomás, Un hombre importante, Luz y sombra, El loco de la guardilla y bastantes más.

Por su parte, Fradejas Lebrero clasifica sus mejores obras en los siguientes apartados:

1) Obras de inspiración barroca: Con el diablo a cuchilladas (1854, comedia romántica), La boda de Quevedo (1854, comedia de capa y espada), El reló de San Plácido (1858, comedia romántica) y La calle de la Montera (1859, comedia de capa y espada).

2) Obras costumbristas: El todo por el todo (1855), El amor y la Gaceta (1863) y Don Tomás (1867).

3) Sainetes y zarzuelas: El último mono (1859, zarzuela), El loco de la guardilla (1861, zarzuela), A la puerta del cuartel (1867), Luz y sombra (1867, zarzuela).

En fin, también nos ayuda a la valoración de su obra dramática este ramillete de opiniones recogido por el mismo crítico[5]:

Sin ser amigo del señor Serra, sin conocerle, y sin que me mueva simpatía, afecto hacia él o esperanza de ganarme el suyo, y de que se me muestre agradecido, voy a corroborar aquí, ex cathedra crítico literaria, la opinión del público que le apellida ingenioso, elegante y discreto poeta cómico… el primer poeta cómico de España, después de Bretón (Juan Valera).

Era Serra un poeta fácil, galano, espontáneo, sencillo… apto para pintar sentimientos delicados y tiernos… aficionado ante todo al chiste, que siempre manejó con soltura y naturalidad. Ser poeta era en Serra tan natural como lo es en los pájaros ser cantores… Era un hombre nacido para hacer versos y decir chistes. Heredero legítimo del autor de Marcela, tan natural y fácil como éste, pero con mayor delicadeza de sentimientos (Revilla).

Fue uno de los escritores más originales de nuestro moderno teatro (Diccionario enciclopédico hispano-americano).

Narciso Serra, aunque volandero y superficial, por más espontáneo y sin pretensiones, sobre todo de algunos esbozos de costumbres, pintorescos, chispeantes, de una jovialidad fresca y viva (José Yxart).

Serra no sólo compartía el sentimentalismo de Eguilaz; tenía también amor a los artificios, extremosidades y sorpresas románticas, y las obras en que intenta un estudio detenido de la vida real son mucho menos numerosas que sus obras más imaginativas, escritas bajo la influencia del Siglo de Oro o del romanticismo de 1833 (Edgar Allison Peers).


[1] José Fradejas Lebrero, Introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, Madrid, Castalia / Comunidad de Madrid, 1997, p. 13.

[2] Fradejas Lebrero, Introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, pp. 14-15.

[3] Algunas de ellas con muy pocas canciones, y con la indicación final del autor de que pueden representarse como comedias suprimiéndose las partes cantadas.

[4] Tomás Rodríguez Sánchez, «Serra, Narciso», en Catálogo de dramaturgos españoles del siglo XIX, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1994, p. 554a.

[5] Todas las opiniones que siguen están recogidas por Fradejas Lebrero, Introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, pp. 20-21.

Narciso Serra, recreador cervantino del siglo XIX

Entre las numerosas recreaciones dramáticas inspiradas por el Quijote o, en un sentido más amplio, por la figura y la obra de Miguel de Cervantes, destacan en el panorama decimonónico dos exitosas piezas debidas al dramaturgo Narciso Serra (1830-1877). Me refiero a El loco de la guardilla. Paso que pasó en el siglo XVII (1861) y su continuación El bien tardío. Segunda parte de «El loco de la guardilla» (1867), que tuvieron ambas, en aquellos años, numerosas representaciones y conocieron diversas ediciones. No se trata en este caso de recreaciones quijotescas, sino cervantinas; es decir, en ellas encontramos a Cervantes convertido en personaje de ficción. La primera, estrenada en el Teatro de la Zarzuela la noche del 9 de octubre de 1861, se inspira en el cuento «La locura contagiosa» (1844) de Juan Eugenio Hartzenbusch. Su acción se sitúa en 1605 y nos presenta a un Cervantes al que su hermana Magdalena y otros personajes creen loco, por los ataques de risa que causa en él la redacción del Quijote. Esta obra se representó durante catorce noches seguidas, entre el 9 y el 22 de octubre de 1861, y tuvo treinta y ocho representaciones más a lo largo del año cómico 1861-1862 (y sumó nueve ediciones entre 1861 y 1888). El éxito alcanzado llevó a Serra a escribir una continuación, El bien tardío, que se representó en el Teatro de la Zarzuela en octubre de 1867, llevando ahora la acción al momento de la muerte de Cervantes. Cabe mencionar que en ambas piezas da entrada Serra a las figuras de otros destacados escritores: Lope de Vega, como familiar del Santo Oficio, en la primera, y Francisco de Quevedo, novel escritor y rendido admirador del autor del Quijote, en la segunda.

Portada de El loco de la guardilla

La calidad literaria de estas dos piezas de Serra no es excesiva: hay, sí, una fácil versificación, y cierta gracia y ligereza en la construcción de las tramas y los personajes; pero no están exentas de errores, anacronismos y ripios. En cualquier caso, más allá de su relativo valor como obras de arte, sí que resultan piezas de alto interés pues reflejan muy bien la imagen que se tenía del escritor y su obra en ese determinado momento decimonónico y todavía post-romántico. Cervantes es el genial escritor maestro de la lengua castellana, creador del personaje inmortal de don Quijote, quintaesencia a su vez —pudiera decirse así— del carácter español. Se le contempla admirativamente como un genio olvidado y no recompensado que murió en pobreza y soledad. Las circunstancias que explican la aparición de la primera obra de Serra en 1861 las ha sintetizado perfectamente Carmen Menéndez Onrubia:

El éxito obtenido por las tropas españolas en la Guerra de Marruecos (1859-1860) y la anexión a la corona de la isla de Santo Domingo (marzo de 1861), produjo en España un ambiente de exaltación patriótica inusitado. Sentido Cervantes por aquel entonces como el mayor representante de la lengua y de la literatura española, y crisol de la esencia nacional, recibió en 1861 sentidos homenajes populares en los escenarios madrileños[1].

Por su parte, Begoña Lolo recuerda el importante detalle de la institucionalización, desde ese mismo año, del 23 de abril como día de homenaje a Cervantes:

El 30 de enero del año 1861 acordaba la Real Academia Española en sesión plenaria que se sufragase un oficio fúnebre por el alma de los académicos fallecidos, además de las 50 misas por cada uno y 100 por el director que eran costumbre y estaban establecidas desde el 14 de febrero de 1736. Fue entonces cuando el Marqués de Molins propuso que este acto se hiciese extensivo al resto de cuantos habían cultivado las letras españolas y que se celebrase el 23 de abril, fecha del fallecimiento de Cervantes. La propuesta fue aceptada unánimemente iniciándose a partir de esa fecha y año la celebración de forma sistematizada del aniversario del fallecimiento de Cervantes[2].

Así pues, el 23 de abril de 1861, además de celebrarse en el monasterio de las Trinitarias Descalzas un funeral por el alma de Cervantes, tuvo lugar un homenaje en el Teatro del Príncipe, que consistió en la representación del drama Don Quijote de la Mancha de Ventura de la Vega[3], precedido por una loa de Hartzenbusch, La hija de Cervantes[4]. Posteriormente, en octubre del mismo año, se sumarían otros homenajes, el del Teatro Novedades y el del Teatro de la Zarzuela[5]. En el primero se puso en escena el drama Cervantes de Joaquín Tomeo y Benedicto, que tuvo seis representaciones entre los días 9 y 14, y a continuación, entre el 15 y el 23, se representó el drama histórico La batalla de Lepanto, de Antonio Mallí y Brignole. Por su parte, el Teatro de la Zarzuela contribuyó al homenaje cervantino con el estreno el 9 de octubre de El loco de la guardilla de Serra[6].

Volveré con más detalle, en próximas entradas, sobre estas dos interesantes piezas dramáticas de Narciso Serra[7].


[1] Carmen Menéndez Onrubia, «Cervantes en escena: El loco de la guardilla, de Narciso Serra», Arbor, núms. 699-700, 2004, p. 665. Más detalles de los homenajes a Cervantes en 1861 en otro trabajo suyo: «Notas sobre la presencia de Cervantes en la obra de Narciso Serra (1830-1877)», Anales Cervantinos, 35, 1999, pp. 325-336; y también en José Luis González Subías, «A los profanadores del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Crítica y algo más (1861)», en El Quijote y el pensamiento teórico-literario. Actas del Congreso Internacional celebrado en Madrid los días del 20 al 24 de junio de 2005, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2008, 1990, pp. 567-572, y Begoña Lolo, «Don Quijote de la Mancha de Francisco Asenjo Barbieri y Ventura de la Vega en las conmemoraciones de la Real Academia de la Lengua de 1861», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas. Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 391-403. Ver también Joaquín Álvarez Barrientos, «“Príncipe de los ingenios”. Acerca de la conversión de Cervantes en “escritor nacional”», en Begoña Lolo (ed.), Cervantes y el Quijote en la música. Estudios sobre la recepción del mito, Madrid-Alcalá de Henares, Ministerio de Educación y Ciencia-Centro de Estudios Cervantinos, 2007, pp. 89-114. Para la recepción del Quijote en el XIX pueden consultarse, entre otros trabajos, Carlos Reyero (ed.), Cervantes y el mundo cervantino en la imaginación romántica, Madrid, Comunidad de Madrid, 1997; Ascensión Rivas Hernández, Lecturas del «Quijote»: siglos XVII-XIX, Salamanca, Ediciones del Colegio de España, 1998; José Montero Reguera, «Aproximación al Quijote decimonónico», en Lectures d’une œuvre. Don Quichotte de Cervantes, ed. de Jean-Pierre Sanchez, Paris, Éditions du Temps, 200l, pp. 1-24; y Leonardo Romero Tobar, «El Cervantes del XIX», Anthropos, núms. 98-99, julio-agosto de 1989, pp. 116-119 y «Siglo XIX: el Quijote de románticos y realistas», en El «Quijote». Biografía de un libro, Madrid, Biblioteca Nacional, 2005, pp. 117-136.

[2] Lolo, «Don Quijote de la Mancha de Francisco Asenjo Barbieri y Ventura de la Vega en las conmemoraciones de la Real Academia de la Lengua de 1861», p. 391. Añade que el acuerdo de la Academia «sirvió para institucionalizar la figura del literato como icono cultural y símbolo de identidad de la nación española y, sin dudarlo, fue el principio de la consolidación de la recepción de Cervantes y de su obra en la música española».

[3] Contamos ahora con una excelente edición del drama de Ventura de la Vega, con su correspondiente estudio preliminar, a cargo de Mariela Insúa, en el volumen colectivo coordinado por Ignacio Arellano, Don Quijote en el teatro español: del Siglo de Oro al siglo XX, Madrid, Visor, 2007.

[4] La obra fue muy exitosa y tuvo nueve representaciones consecutivas. Pero no todo fueron elogios y parabienes. Manuel Fernández y González, bajo el seudónimo El diablo con antiparras, publicó un libelo titulado A los profanadores del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Crítica y algo más, Madrid, Imp. de Manuel Galiano, 1861, en el que arremetía contra Hartzenbusch, Ventura de la Vega y el actor Pedro Delgado, acusándoles de querer lucrarse a costa de la memoria de Cervantes, que pretendían monopolizar. Ver González Subías, «A los profanadores del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Crítica y algo más (1861)», especialmente pp. 570-572.

[5] Para la historia de este teatro, ver Emilio García Carretero, Historia del Teatro de la Zarzuela de Madrid, tomo primero, 1856-1909, Madrid, Fundación de la Zarzuela Española, 2003.

[6] Para más datos acerca de la representación, los actores, la puesta en escena, etc., ver Menéndez Onrubia, «Cervantes en escena: El loco de la guardilla, de Narciso Serra», pp. 670-671. Se conservan en la Biblioteca Nacional de España los manuscritos de las dos obras presentados para solicitar la correspondiente autorización para su representación (signaturas Ms. 15.425 y Ms. 14.114/4).

[7] Remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes, personaje de zarzuela y drama: El loco de la guardilla (1861) y El bien tardío (1867), de Narciso Serra», en Christoph Strosetzki (ed.), Visiones y revisiones cervantinas. Actas selectas del VII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2011, pp. 579-589. Ver también Narciso Serra, La boda de Quevedo, estudio preliminar, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Eunsa, 2002 (Anejos de La Perinola, 10).