Tiempo y espacio en «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada

En Doña Urraca de Castilla, de Francisco Navarro Villoslada[1], la acción de la novela se sitúa en la primavera, en el mes de abril concretamente, de un año que puede ser 1115 o 1116 (el autor no lo dice expresamente, aunque se puede calcular aproximadamente por algunos datos que ofrece, como la edad del príncipe Alfonso Raimúndez). En cualquier caso, respecto a la cronología interna de la novela, interesa destacar que todos los sucesos se concentran en muy pocos días, diez u once, consiguiéndose de esta forma un efecto de gran dramatismo.

Respecto al espacio, llama la atención la exactitud geográfica de la novela. Aparte de las alusiones a otros lugares (Burgos, León, la Corte del príncipe Alfonso en Mérida…), en Doña Urraca de Castilla se mencionan diversos lugares gallegos (no olvidemos los años de estancia del autor en Santiago): el monte Pedroso, el castillo Honesto en Padrón, Mondoñedo, Lugo (en cuyo alcázar tiene la reina doña Urraca su Corte), la aldea de Noya, el puerto de Iria, Lupario (entre Padrón y Compostela), la ermita de Nuestra Señora de la Esclavitud, el puente de San Payo de Luto, el puente del Sar, etc. Otros muchos topónimos se enumeran cuando se nos habla de las reparaciones llevadas a cabo por Gelmírez y de las nuevas adquisiciones para su diócesis. De la ciudad compostelana, además del templo del Apóstol y el palacio episcopal, Navarro Villoslada menciona la iglesia de San Salvador en el monte de los Potros, el monasterio de San Martín de Pinario, la iglesia de San Fis, el convento de Santa María de Canogio, la ermita de la Santa Cruz (en el monte del Gozo), el monasterio de Mellid, el convento de San Payo, la puerta Fagaria, la del Camino y la del Mercado…

Catedral de Santiago de Compostela

Desde el punto de vista novelesco, dos son los escenarios principales en que se desarrolla la acción: por un lado, la propia ciudad de Compostela (con diversos puntos de interés: en las afueras, casi a las puertas, se produce el ataque a los peregrinos; en casa de maese Sisnando se celebra la reunión de la hermandad; en el palenque del juicio de Dios, don Ataúlfo queda humillado a la vista del pueblo; en el palacio episcopal, la reina y Gelmírez se entrevistan y ultiman sus planes para liberar a Ramiro y don Bermudo; en el templo del Apóstol, el príncipe Alfonso es jurado rey); por otro, el castillo de Altamira (encierro de don Bermudo durante veinte años, boda de don Ataúlfo con doña Elvira, liberación de los prisioneros, asalto final e incendio del mismo).

No son muchas las descripciones del paisaje, aunque hay alguna. Así, tras una breve alusión a Santiago, el narrador contrapone el clima y paisaje de esta ciudad con los de Padrón:

Corta es la distancia que a la villa de Padrón separa de Compostela y, sin embargo, parecen ambas en distintos climas y regiones situadas. Ya hemos visto cuán triste y nebuloso es el cielo de la segunda; la primera, por el contrario, muestra ufana lejanos horizontes y una atmósfera diáfana y azul tendida sobre campiñas llanas sin dejar de ser amenas, perpetuamente verdes y floridas, menos por lo copioso de las lluvias que por los innumerables raudales que de la montaña descienden espumosos y surcan la llanura mansos y cristalinos, hasta perderse en el océano, imagen del sepulcro, donde desaparecen de igual modo los grandes y los pequeños.

La reina contempla desde un mirador de su alcázar de Lugo «el frondoso valle, por el fondo del cual extendíase el Miño, adormecido al parecer en un lecho de flores», embelesada por «las riberas y montañas de Galicia»; otro paisaje se describe en el momento en que don Bermudo de Moscoso sale de la prisión del castillo de Altamira al campo; se trata de un locus amoenus que se corresponde con la idea de libertad recién recuperada. En todas estas descripciones, la impresión de veracidad es muy alta, pues responden a paisajes efectivamente vistos por el novelista[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Anuncios

Los personajes de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: don Ataúlfo de Moscoso

Don Ataúlfo de Moscoso el Terrible, el principal partidario de la reina doña Urraca y enemigo acérrimo del obispo Diego Gelmírez, es el «villano» de la novela de Francisco Navarro Villoslada[1]. Su amor por la bastarda Elvira de Trava explica su malvado comportamiento: segundón de la casa de Altamira, vio como su hermano primogénito, Bermudo, ganaba no solo los estados de su padre, sino también el amor de Elvira. La envidia le llevó a encerrar a don Bermudo en las mazmorras del castillo, haciendo correr el rumor de su muerte, para usurpar sus posesiones.

Altamira

Su único objetivo es casar con doña Elvira; sin embargo, cuando está a punto de conseguirlo, los remordimientos por el crimen cometido no le dejan vivir en paz. Terriblemente orgulloso, su derrota en el juicio de Dios a la vista de todo el pueblo supone para él una profunda humillación. Don Ataúlfo es uno de esos personajes que se distingue por una muletilla lingüística, su afición a los votos y por vidas, mostrando una singular preferencia a jurar «por el alma de mi abuela, que murió en olor de santidad».

A lo largo de la novela se muestra colérico, iracundo y cruel; el amor que siente por Elvira podría haber sido su tabla de salvación: delante de ella, el lobo de Altamira se convierte en manso cordero. Pero pronto el amago de arrepentimiento pasa: vencido por la desesperación y la impotencia al ver sus escasas posibilidades de defensa, ordena inundar los calabozos para ahogar a sus prisioneros y prende fuego al castillo. Finalmente, muere a manos de Ramiro, aunque este ha intentado salvarle la vida. En el último capítulo, en el breve diálogo entre Ramiro y doña Urraca, se nos dirá que don Ataúlfo murió «castigado, no por la mano del hombre, sino por la mano de Dios», como corresponde a la intención moralizante de Navarro Villoslada: igual que en el caso de la reina Leonor en Doña Blanca de Navarra, el malvado criminal muere providencialmente, recibiendo así el justo castigo que le corresponde por sus malas acciones[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Los personajes de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: el paje Ramiro

El protagonista masculino de la novela de Francisco Navarro Villoslada[1] es Ramiro, el joven y tímido pajecillo del obispo de Santiago, que presenta algunas de las características del héroe romántico, como la melancolía. Pero el autor nos lo quiere mostrar como un héroe muy sencillo; cuando el joven es llevado a una habitación, después de recibir el tormento, y se queda dormido nada más acostarse, el narrador explica con ironía:

Ya se ve, Ramiro no era un héroe de novela, sino un hombre de carne y hueso como nosotros, y más que hombre todavía para el caso, pues era chico.

En otro momento se añade esta reflexión para justificar la escasa preocupación del paje: «A los veinte años las cavilaciones no son largas».

MuñozLucena_Un paje y un perro de caza

Ramiro se verá rodeado por el cariño de tres mujeres, el de doña Urraca, el de su vecina Munima y el de Elvira, la hermosa dama que ha conocido en la Corte del príncipe Alfonso y de la que se ha enamoriscado. A pesar de su juventud y de su inexperiencia, Ramiro es valiente, como demuestra al portar el mensaje del obispo a don Alfonso y traer de Mérida la respuesta del príncipe; al recibir el duro tormento que le aplican los partidarios de la reina sin confesar nada acerca de su secreta misión; al derrotar en el juicio de Dios a don Ataúlfo el Terrible, a pesar de la disparidad de fuerzas; o al ser el primero en coronar una de las torres durante el asalto al castillo de Altamira. Su generosidad se pone de manifiesto cuando penetra en la habitación en llamas para salvar a su enemigo don Ataúlfo: cuando este le ataca, no tiene más remedio que matarlo para no perecer los dos en la lucha abrasados por el fuego. Intenta también salvar a la anciana Gontroda, pero lo único que consigue es rescatar su cadáver. Al final, la novela termina con la promesa de la reina de armarlo caballero, una vez conocida su alta cuna[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Los personajes de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: la reina Urraca

ReinaUrraca.jpgUno de los personajes más importantes, como prueba el hecho de dar título a la novela, es la reina de Castilla y León. Francisco Navarro Villoslada[1] presenta a tan controvertido personaje con tres notas dominantes en su carácter: amor, orgullo y ambición; en los primeros capítulos retrata a doña Urraca como una dama de singular belleza, enamorada en su juventud, cuando era infanta, del caballero don Bermudo de Moscoso, quien la rechazó para casarse en secreto con otra dama de Galicia, la bastarda Elvira de Trava. Entonces ella contrajo matrimonio con el conde Raimundo de Borgoña; mientras duró en su interior el recuerdo del amor puro y apasionado que sintió por don Bermudo, doña Urraca fue una mujer virtuosa, espejo de princesas y de esposas; pero al conocerse la muerte del primogénito de Altamira, su carácter fue cambiando poco a poco. Murió también su marido y entonces, aconsejada por sus nobles, casó con el rey de Aragón y de Navarra, don Alfonso el Batallador:

Verificóse entonces una completa transformación en el carácter de la reina; la aspereza y la ambición de su marido la hicieron apreciar por primera vez lo que antes miraba con indiferencia; de abandonada de sus derechos, hízose guardadora y celosa de ellos; de aborrecedora de todo lo que fuesen negocios de Estado, convirtióse en fautora de intrigas políticas; de tenaz en sus propósitos, en mudable y tornadiza; de mujer sin mancilla, en descuidada de su fama, y de inaccesible y severa, en fácil y seductora.

En efecto, desde ese momento se le han conocido dos amantes, los condes de Candespina y de Lara (de este último ha tenido un hijo llamado Fernando Hurtado). Navarro Villoslada mantiene, por tanto, la fama de liviana atribuida por varios historiadores a la reina; pero, al comenzar la acción novelesca, ella intenta cambiar: Ramiro, el joven paje llevado como prisionero ante su presencia, le recuerda poderosamente a su primer amor, don Bermudo, de ahí el cariño con que lo recibe; esta vez no se trata de un nuevo devaneo de doña Urraca, como todos piensan, sino de un sentimiento distinto que le hace desear volver a ser buena y virtuosa:

—¡Ah! —exclamó doña Urraca, con una voz que penetraba como saeta, y cuajados súbitamente de lágrimas los ojos—. Otros me han visto muy más hermosa que tú me ves, y sin embargo me desdeñaron. ¿Qué me importa —prosiguió—, qué me importa parecerte hermosa, si no te parezco buena?

No obstante, la reina sostendrá en su interior una violenta lucha para conservar ese sentimiento dentro de unos límites razonables, para que ese amor maternal no se convierta en pasional; así, cuando se confirman las sospechas de que Ramiro es hijo de don Bermudo, doña Urraca se alegra de poder elevar socialmente al pajecillo, circunstancia que lo acercaría indudablemente a su posición y podría favorecer sus amores; es más, se muestra dispuesta a casarse con él, rompiendo con todo, si ese es su real deseo. Desde que conoce la verdadera identidad del paje, todos sus esfuerzos se encaminarán a liberarlo, lo mismo que a don Bermudo, y a castigar a don Ataúlfo, que les ha usurpado sus estados de Altamira. Finalmente, cuando don Bermudo sea liberado, doña Urraca sentirá vergüenza de aparecer impura ante el que fue su primer y único amor verdadero y decidirá que, si se presenta ante él, será casada con el conde de Lara, el padre de su hijo, para poner freno al escándalo y la murmuración, y habiendo entregado el reino de Galicia a su hijo, tal como disponía el testamento de Alfonso VI.

Por lo demás, el narrador nos retrata a la reina con algunas características de heroína romántica: llora, se desmaya, ofrece melancólicas sonrisas y una «mirada lastimosa». El autor consigue que el personaje nos resulte simpático a pesar de sus defectos y faltas porque a lo largo de la novela se propone enmendar su conducta y finalmente lo consigue; y también por las desgracias y sufrimientos que ha padecido la infeliz soberana, que se pueden resumir con esta frase suya:

—¡Amáronme todos aquellos a quienes yo miraba con indiferencia; hanme aborrecido todos aquellos a quienes he amado![2]


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

«Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: estructura y narrador

DoñaUrracaDeCastilla.jpgEsta novela de Francisco Navarro Villoslada[1] consta de cuatro libros de ocho, once, ocho y siete capítulos; como preliminares figuran una dedicatoria a sus tíos canónigos, don Lucas y don Félix Navarro Villoslada, y un «Prólogo» en el que se explicita que la fuente de inspiración ha sido la Historia Compostelana; tras el texto propiamente dicho siguen tres apéndices en los que el autor añade noticias sobre las peregrinaciones a Santiago y sobre los libros de caballerías y explica sus «Errores, descuidos y erratas». En general, los sucesos siguen un orden cronológico lineal (toda la acción transcurre en unos pocos días), salvo cuando se intercalan algunas historias, relacionadas con el hilo novelesco, que recuperan tiempo pasado: la de los Moscosos, don Bermudo y don Ataúlfo; la de Ramiro y Nuña, en la conversación entre la reina y el obispo; o la de Constanza, contada por la dueña Mauricia a Elvira, con la inclusión de la «Confesión de Constanza».

En la novela encontramos un narrador omnisciente en tercera persona que va controlando todos los resortes de la acción y que continuamente se hace presente en el texto, no solo juzgando a los personajes y los hechos —es decir, que toma partido en lo que cuenta—, sino también con sus continuas llamadas de atención al lector («lo que el lector ha visto y adivinado en el capítulo precedente», «ya sabe el lector lo que sucedió», «el lector está bien enterado»…). El narrador se sitúa en un momento contemporáneo al de la escritura de la novela, contemplando desde fuera la historia que narra; se repiten las expresiones «entonces», «en aquellos tiempos», «en aquella época», «en aquel tiempo», que marcan su lejanía respecto a la época en que se sitúa la acción, la Edad Media; habla del «negro cuadro de las costumbres y carácter del siglo XII» y señala que tratará de reflejar «el espíritu de aquella época, una de las más oscuras y singulares de nuestra historia». De la misma manera, el narrador marca su presencia como organizador del discurso narrativo con distintas fórmulas que ordenan la materia novelesca. Cuando se producen de forma simultánea acontecimientos igualmente interesantes o cuando distintos grupos de personajes requieren su atención, él selecciona el material que entra en cada caso. En fin, es habitual que el narrador introduzca al hilo de los sucesos algunas afirmaciones de carácter general, a veces de tono moralizante, o digresiones sobre temas diversos[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

«Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: fuentes históricas

HistoriaCompostelana.jpgEn cuanto a la documentación empleada por el autor, la principal fuente de información histórica la encontró Francisco Navarro Villoslada[1] en la Historia Compostelana, un Registro de los hechos de Diego Gelmírez redactado en vida del obispo por tres canónigos de la catedral de Santiago, que fue editada a principios del siglo XVIII por el Padre Flórez[2]. Las fuentes mencionadas por Navarro Villoslada en las notas, aparte la Historia Compostelana y la historia anónima del monje de Sahagún, contemporánea de la anterior, son Mariana (Historia de España), Sandoval (Descendencia de la Casa de Castro y Crónica del Emperador Alfonso VII), Salazar y Castro, la Historia genealógica de la casa de Lara, el infante don Pedro de Portugal (Libro de Genealogías); y en el apéndice: la Historia de Santo Domingo de la Calzada, Abrahán de la Rioja, de José González de Tejada, la Historia literaria de la Edad Media, de Eustaquio Fernández Navarrete, y el Centón epistolario, del bachiller Fernán Gómez de Cibdarreal.

También señala en la novela que la mejor fuente para empaparse del espíritu de la época son los romances y los libros de caballerías. De la misma forma, la parte novelesca responde a las tradiciones existentes sobre el incendio del castillo de Altamira. En resumidas cuentas, el novelista utilizó las principales fuentes que le brindaba la historiografía de su época, pero sin desdeñar tampoco el aporte de los documentos literarios y las leyendas de la tradición[3].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver Enrique Flórez, España Sagrada, tomo XIX, Contiene el estado antiguo de la Iglesia Iriense y Compostelana, hasta su primer Arzobispo, Madrid, Antonio Marín, 1765; y España Sagrada, tomo XX, Historia Compostelana, Madrid, Imprenta de la viuda de Eliseo Sánchez, 1765. Remito también a Antonio López Ferreiro, Historia de la Santa A. M. Iglesia de Santiago, vol. III, Santiago, Imprenta y Enc. del Seminario Conciliar Central, 1900; y Manuel Murguía, Don Diego Gelmírez, La Coruña, Imprenta y Librería de Carré, 1898.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

«Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: la reconstrucción arqueológica

La reconstrucción «arqueológica» de la época novelada es muy lograda, porque el autor, Francisco Navarro Villoslada[1], presta mucha atención a la descripción de vestidos, armas, edificios y mobiliario. Cuando la reina visita a Ramiro en su prisión, se nos indica que aparece «en cabellos, sin tocas y sin manto, con una simple túnica blanca de manga larga y recogida en pliegues a la cintura por un ceñidor de hilos de oro». Don Ataúlfo aparece el día de su boda «ricamente vestido de túnica y manto de escarlata recamada de oro con bárbara profusión, si no con gusto delicado»; y su caballo lleva una «gualdrapa de seda recamada de oro». Con detalle se describe asimismo el traje del Conde de Lara:

El vestido, tan airoso como rico, componíase de una túnica de lana blanca con orlas de oro, bajo las cuales se descubrían los elegantes pies calzados de borceguíes puntiagudos, y las espuelas de oro que sonaban a cada paso. En una de sus blancas y femeniles manos, adornada de anillos, tenía un birrete negro con cintillos que, colocado en la cabeza, apenas le llegaría a la frente. Un tahalí rojo, del cual pendía la espada, marcaba el delicado talle de tan apuesto galán.

Más tarde la reina se refiere a su costumbre de vestir al estilo oriental y de bañarse como los infieles, y anota el autor: «Al paso que algunos monarcas y principales caballeros de aquel tiempo vestían públicamente trajes musulmanes, estaban prohibidos los baños». La misma minuciosidad se observa en la descripción del pobre traje de mendigo que viste Pelayo. Cuando el narrador describe el arnés del Conde de Lara explica que «comenzábanse a ver entonces completas armaduras de hojas de hierro que reemplazaban a las de malla». El detallismo del narrador aparece de nuevo en la descripción de las armas de sus soldados:

Entró en la ciudad el Conde de Lara armado de punta en blanco, caballero en un hermoso corcel normando y rodeado de escuderos y pajes, que deslumbraban por el lujo de sus arreos y por las brillantes armaduras que ostentaban. Cotas de hierro bruñido o de escamas y de malla con golpes de plata, garzotas y penachos de todos colores, blancas sobrevestas con franjas doradas, gualdrapas de pesada sedería y paramentos de hierro empavonado con labores y filetes de oro, escudos con las calderas jaqueladas, con serpientes por asas, capacetes brillantes y celadas enteras, lanzas con pendoncillos, formaban un conjunto magnífico, que contrastaba notablemente con el modesto acompañamiento que trajo el Conde de los Notarios cuando algunas horas antes llegó con el mismo objeto de libertar a la Reina.

Caballero medieval

Igualmente se reflejan en la novela algunas instituciones y leyes de la época, las comidas, los usos y costumbres, etc., que transmiten una imagen de la rudeza, la incultura y la crueldad generalizadas en aquel tiempo. Sobre la parte histórica de la novela y la reconstrucción de aquella sociedad medieval ha escrito Zellers:

Navarro Villoslada recita historia verídica. […] Pocos autores de la época moderna se han compenetrado con la Edad Media con mano tan hábil como Navarro Villoslada. Lo abarca todo, costumbres, clérigos, cortesanos, villanos, y los resucita de una manera que hace creer que nos hemos remontado al siglo xii. Además, es sumamente justo con todos estos tipos y enlaza sus acciones con el hilo del cuento de una manera que recuerda el admirable procedimiento de Scott[2].


[1] Para más detalles remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Guillermo Zellers, La novela histórica romántica en España (1828-1850), Nueva York, Instituto de las Españas, 1938, p. 123. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.