Cervantes en «El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González (1)

En el caso de la novela que ahora me ocupa[1] tenemos a un Cervantes espadachín, pendenciero y reñidor, galán y enamoradizo, que acabará loco y enfermo de amor, consumido por unas ardientes fiebres derivadas de la pasión que siente por doña Guiomar. Ciertamente, la obra de Manuel Fernández y González bien podría ser calificada de novela ígnea, pues todo son llamas, volcanes y fuegos diversos en los que abrasarse, consumirse y, casi, terminar pereciendo de amor. Por ejemplo, en el capítulo VIII, leemos que «íbase embraveciendo Miguel, y crecía tanto en su pecho su amorosa llama, que harto claros indicios de ello daban la brava y siniestra mirada de sus ojos, y el ardoroso aliento que de su pecho salía» (p. 98). Y así, por el estilo, en muchos otros lugares.

Antes, en el capítulo III, titulado «De cómo, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor que tan acongojada la tenía», se nos había mostrado a doña Guiomar enamorada, primero preocupada por las cuchilladas que se sentían fuera de su casa, y luego hablando apasionadamente con el enamorado galán que la ronda. Veamos esta descripción de la dama:

Saliose Florela, y doña Guiomar fue a sentarse a su tocador, y contemplose al espejo, y hallose más hermosa que nunca; que el amor hace hermosos aun a los ojos feos, y a los hermosos los sublima, haciendo de ellos un cielo; y un cielo veía en sus ojos doña Guiomar, porque en el amor que en sus ojos hallaba, la parecía como que veía la imagen de aquel por quien el amor acongojaba su alma; y la sucedía que cuanto más se contemplaba, más la parecía ver en sus ojos la fugitiva sombra de su deseo; y a tal llegó su amorosa ilusión, que creyó que no en sus ojos, sino detrás de ella, sobre las rubias trenzas de sus cabellos, aparecía la imagen de su anhelado, mirándola ansioso, copiado por el espejo, y como si detrás de ella hubiese estado de rodillas. Pareciola asimismo que una mano trémula asía una mano suya que pendía descuidada, y que en ella unos labios ardientes posaban un amoroso beso (pp. 32-33).

Ocurre, en efecto, que su anónimo rondador ha logrado entrar en la casa huyendo de la riña y ahora, al encontrarla, le besa la mano y se dirige a ella con estas palabras:

—Hermosa señora —dijo levantándose aquel hombre—, no mi voluntad, sino los no sé si para mí crueles o propicios hados son los que, cuando yo pensaba solo en libertarme de ser preso, aquí me han traído, para que postrado a vuestros pies pueda deciros que vos sois mi vida, sin la cual vivir no puedo, ni quiero; y que si en vos no hallo esperanza a mi pena, alivio a mi enfermedad, alegría a mi tristeza, luz a mis ojos, a mi pecho aliento y gloria a mi deseo, por condenado me doy y sin vislumbre de redención que me salve (p. 34).

Este es otro ejemplo de los dulces coloquios que mantienen ambos:

—¿Y quién os ha dicho —exclamó ella— que yo os amo, ni en amaros piense, ni para vos me haya criado, ni al cabo la dureza mía para el amor por vos se haya deshecho?

—Dícenmelo —respondió él— vuestros divinos ojos, que en vano de mí se apartan para no verme, porque con más afición y más encendidos rayos de amor, ¿qué digo?, de gloria, a mirarme tornan; dícemelo vuestro hermoso seno, que los amantes latidos de vuestro corazón mueven; dícemelo vuestra voz enamorada, que en vano pretende remedar al enojo; dícemelo, en fin, mi deseo, señora mía, porque si vos no me amarais, tormento insoportable sería para mí la desesperada memoria de vuestra adorada imagen, muerte mi vida, infierno mi esperanza (pp. 47-48).

CervantesGalante

Y aunque el avisado lector podría imaginar de quién se trata, no es hasta el capítulo IV, «En que se sabe quién era el incógnito amante de doña Guiomar», cuando averiguamos que ese valiente y constante enamorado que ronda con músicas a la bella viuda indiana es Cervantes, que se presenta a sí mismo con estas palabras:

—De buenos y honrados padres vengo, señora —respondió él—; hidalgo soy; Alcalá es mi patria; cursé en las aulas de su famosa universidad; tirome la afición a las armas, y muy más el amor a las letras; soldado soy, y a poeta aspiro por mi desgracia, porque la poesía es sueño que devora el alma y la finge lo que no existe, y en los espacios imaginarios la pierde: Miguel de Cervantes Saavedra me llamo, y vuestro esclavo soy.

—¿Miguel de Cervantes Saavedra sois vos? —exclamó con encarecimiento doña Guiomar—; pues por ahí andan en unos papeles impresos los versos que se recitan en casa de Arquijo [sic] por todos los buenos ingenios de Sevilla, y entre ellos haylos, y no de los peores, que según el papel han sido compuestos por vos.

—Si yo hubiera podido creer —dijo Cervantes— que los pobres versos míos habían de llegar a tan hermosas manos, puede ser bien que el deseo de contentaros hubiera sido inspiración que los hiciese dignos de Píndaro; ¿pero qué poesía queréis que haya sin amor, y cuando solo se escribe para ejercitar el ingenio?

—¿Y sin amor vivíais cuando esos versos compusisteis? Pues o no me amáis como decís, o me amáis desde muy poco tiempo, que ha ocho días se vendía el papel nuevo, y versos vuestros había en él (pp. 49-50).

Como vemos, Cervantes se muestra apasionado, y confiesa galante que prefiere el amor de ella al propio laurel de Apolo:

—Enjugáraos yo, hermosa señora mía, esas lágrimas que por vuestras alabastrinas mejillas corren con mis labios, si tan bienaventurado fuera que ya me llamara vuestro esposo; y tal procuraría que fuese para vos mi amor, que no lágrimas de amargura, sino de contento del alma enamorada vertieseis, si es que mi amor podía enamoraros, cosa en la que no espero, porque si la esperara, ya en la sola esperanza encontraría la ventura milagrosa de este amor que por vos me abrasa las entrañas, y es mi vida en mi muerte y mi contento en mi tristeza (pp. 54-55).

Esto sucede ya en el capítulo V, «En que doña Guiomar comienza a contar su historia a Miguel de Cervantes». Asistimos ahora, casi, a una escena propia de un libro de caballerías, con Cervantes asimilado, de alguna manera, a un caballero andante protector de mujeres desvalidas, esto es, parangonable con su futura creación, don Quijote:

—No digo yo —respondió Miguel de Cervantes— por el temor de un viejo, que tal debe serlo quien, teniendo vos veintidós años, pretendió a vuestra madre antes que vos nacierais, sino por el de todos los trasgos, gigantes, enanos y vestiglos de los libros de caballería, y aun por el de los doce de la Tabla Redonda que vinieran a reñiros con toda la cohorte de magos y de encantadores que en los tales libros se nombran, dejara yo de venir a daros música y a hablar con vos, si era que vos me concedíais esta merced venturosa (pp. 57-58)[2].

Y en esta línea continúa el relato de Fernández y González, que nos muestra a un Cervantes galante y enamorado, pero también pendenciero, aficionado a las bravatas y presto a las riñas, que es un soldado pobre, pero al mismo tiempo un escritor que asiste, ahí en Sevilla, a la tertulia literaria de Juan de Arguijo, etc. No parece necesario seguir acumulando más ejemplos y citas similares…[3]


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Y en otro pasaje, en diálogo ahora con Margarita, se dirige a ella de esta caballeresca manera: «—Aunque yo no tuviera más valor que el que el encanto de vuestra hermosura y el amor que me mostráis me infunden, dígoos que no ya ese capitán que de tal modo os espanta, sino el mismísimo Orlando con toda una cohorte de encantadores y vestiglos, no bastaría para contrarrestar el poder de mi brazo, que vengada ha de haceros, mal que le pese al brío y a la fama de vuestro enemigo; y tened más confianza en el aliento de quien bien os ama, y no tembléis ni empalidezcáis, mi dulce señora, que en verdad os digo que para vos y para mí han empezado ya días más bonancibles de amor, de ventura y de esperanza. Y en esto no porfiemos, porque ved que yo no he de dejaros por todos los hombres del mundo, así sean gigantones de los que por los libros de caballería se encuentran , y que si no os dejo, él sobre mí vendrá y provocarame, y en trance me pondrá de que yo le ponga de manera que más mal que el que ha hecho no pueda hacer a nadie en este mundo; y otrosí, señora mía, que a doña Guiomar tengo prometido castigar a ese su contumaz y peligroso contrario» (pp. 183-184).

[3] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

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El fondo histórico de «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada (y 2)

Como es habitual en las novelas de Francisco Navarro Villoslada[1], aparecen en Amaya[2] algunos personajes históricos de gran relevancia: unos, como Pelayo y Favila, en primer plano, íntimamente entrelazados con los de ficción; otros, sin intervención directa en la acción, en un puesto secundario (el rey don Rodrigo) o simplemente mencionados por el narrador o en el relato de otros personajes (el duque Teodomiro). Sin embargo, la mayoría de los personajes pertenecen a la leyenda (Miguel y Teodosio de Goñi, García Jiménez, Andeca) o a la pura ficción (Ranimiro, Amaya, Eudón, Amagoya, Petronila, Echeverría, Pacomio y muchos otros más, hasta completar un censo numerosísimo).

Como siempre, los datos históricos, aunque aquí sean menos, se ofrecen al principio de la obra para orientar al lector. Así, al comienzo del primer capítulo se nos presenta la situación del reino visigodo a finales del año 710, cuando Rodrigo ha sustituido a Witiza en el trono; en la historia, Rodrigo fue elegido por el Senado visigodo tras la muerte del monarca anterior; en la novela, Navarro Villoslada supone a Witiza derribado por una revolución encabezada por un tal Eudón (cfr. las pp. 15-17), porque así le interesa para la acción novelesca: el hecho de que Rodrigo deba la corona a Eudón es una circunstancia que será aprovechada para hacer más verosímil la enorme influencia de este último personaje. A lo largo de la novela encontramos otras alusiones históricas: Villoslada se refiere a la traición de los hijos de Witiza, a los que da el nombre de Sisebuto y Ebbas (está probada la defección de los hermanos de Witiza, don Oppas, arzobispo de Sevilla, y Sisberto, y los tres hijos de aquel); alude también a la traición del conde Juliano (don Julián) de Ceuta[3], a la deserción de los nobles godos en la batalla del Guadalete (p. 355), a la batalla de Covadonga, a las campañas de Tarik y Muza o a la resistencia de Teodomiro en el ducado de Aurariola[4].

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Un hecho histórico importante que recoge la novela es la presencia del rey Rodrigo en el norte de la península en el momento de producirse la invasión musulmana; en efecto, don Rodrigo se encontraba sujetando a la ciudad de Pamplona, que se había alzado en armas (o, por lo menos, estaba guerreando por las riberas del Ebro); esto se aprovecha en la novela, ya que la rebelión de Pamplona forma parte de una trama bien urdida por los judíos y los witizianos para mantener alejado al rey, con lo más granado de su ejército, de la zona de la Bética. Por otra parte, en el primer capítulo del libro cuarto, «De como principió la Reconquista en España», se dan también algunas noticias históricas de los primeros años de lucha contra los musulmanes; el autor, muy escrupuloso siempre en lo relativo a la veracidad de lo narrado, anota en la p. 644: «Hay en lo que sigue algún pequeño, insignificante, anacronismo que, cuanto más entendido sea el lector más fácilmente lo perdonará en interés del relato» (cursiva mía). El libro termina con estas palabras:

De muy avanzada edad murió Teodomiro, sucediéndole por elección, en el reino de Aurariola, el opulento y pródigo magnate Atanagildo. También a Pelayo sucedió su hijo Favila en Asturias, e Íñigo Arista a su padre García Jiménez en el reino de Vasconia. / No tuvo este nombre en los principios. Dedúcese de algunas palabras del libro de los Fueros que se llamaba reyno de España. Igual denominación debió de tener el de Pelayo, como en señal de que entrambos iban encaminados a la unidad católica, pensamiento dominante, espíritu vivificador y sello perpetuamente característico de la monarquía española (p. 677).


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[3] En cambio, Navarro Villoslada no menciona en ningún momento, al hablar de la pérdida de España, la tradición literaria de los amores de don Rodrigo con la Cava.

[4] Se ofrecen además otros datos muy concretos sobre la celebración por la Iglesia visigoda del misterio de la Inmaculada Concepción de María desde el siglo VII (p. 443); sobre Prisciliano (p.278); sobre el vicario Unicomalo (p. 450); sobre los avances de Tarik y Muza; sobre los judíos españoles (pp. 269-270 y nota), etc.

«El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González, novela folletinesca

Como es bien sabido, Cervantes no quiso perderse «la más alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros». Pues bien, ocurre que en esta novela de Manuel Fernández y González[1] Cervantes está afiebrado en el momento del combate como consecuencia de una calentura de amor, porque no ha logrado alcanzar el amor imposible que siente por una dama, doña Guiomar:

Y como, aunque era noble y altivo, no era santo, y de tal manera le apretaban el amor y el deseo por doña Guiomar, y hasta tal punto doña Guiomar iba acreciendo para él en lo preciosa e incomparable, ganándole la fiebre, apoderándose de su pensamiento la locura, atormentado ya de tal manera por las ansias que le acongojaban que resistirlas no pudo, como si una potencia invencible de él hubiese tirado y atraídole a doña Guiomar, con las bascas casi mortales de su pasión, determinose; y diciéndose que su vida era doña Guiomar y que Dios hiciese lo que fuese servido de Margarita, levantose del sillón… (pp. 223-224).

Estamos ante una novela muy mala, ¿por qué no decirlo?, en lo que se refiere a calidad literaria… pero también ante una novela buenísima… en su género, el de la novela de capa y espada (el de la novela de aventuras históricas, según la taxonomía de Juan Ignacio Ferreras mencionada en una entrada anterior), de la que presenta todos los clichés y rasgos característicos[2]. Tenemos, en efecto, una dama bellísima, celestial, la rica indiana doña Guiomar, perseguida incansablemente por el villano de turno; una huérfana, Margarita, también perseguida por el correspondiente villano; y un Cervantes espadachín y pendenciero, súbitamente enamoradísimo de doña Guiomar, pero atraído igualmente por la huérfana Margarita. Añádase a ello una Sevilla descrita como ciudad especialmente hecha para el amor; su porción de duelos, cuchilladas y rondas de alguaciles; un familiar del Santo Oficio de la Inquisición encaprichado él también de la bella y tentadora indiana; unas gotas de superstición (la casa donde vive la dama, supuestamente encantada con duendes), etc., etc. Si mezclamos todos esos ingredientes en la coctelera de la novela folletinesca (o, mejor, si los mezcla a su manera el ínclito Manuel Fernández y González), obtenemos entonces como resultado un relato como El manco de Lepanto: desestructurado y falto de coherencia narrativa, donde lo esencial es la yuxtaposición mal hilvanada de aventuras, lances y peripecias, que, eso sí, no faltan; más bien al contrario, el autor las prodiga generosamente.

Duelo

Para empezar, no existe profundidad psicológica en el trazado de los personajes —tampoco hay que engañarse: esperarla en este tipo de relatos sería pedir cotufas en el golfo—. Por ejemplo, este Cervantes espadachín se parece muchísimo al Quevedo espadachín que encontramos en otras novelas de Fernández y González, como por ejemplo la titulada Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo. El Cervantes de una y el Quevedo de otra son personajes que, haciendo abstracción de los datos biográficos y las circunstancias propias de cada uno, resultarían prácticamente intercambiables en esos relatos. Ignacio Arellano, refiriéndose a la citada recreación quevediana del novelista sevillano, comenta lo siguiente:

Leonardo Romero, con amable generosidad, le concede [a Fernández y González] una gran capacidad para inventar tramas y saberlas contar de modo atractivo. En la novela que pergeña con don Francisco de Quevedo hay sin duda trama, pero tan deshilachada que el lector ha de adoptar una perspectiva lúdica para tomarse con buen humor las vicisitudes de un relato que en ciertos momentos parece parodia de su mismo género. Resulta, sin embargo, un curioso documento que revela muchos tics de este tipo de obras poco elaboradas artísticamente, pero útiles para averiguar cuál es la imagen que de una época o personaje (como Quevedo) se ha ido sucediendo a lo largo del tiempo[3].

Pues bien, insisto: lo que se indica a propósito de Quevedo en Amores y estocadas sirve igualmente para Cervantes en El manco de Lepanto. Tan solo haría falta cambiar el nombre del escritor convertido en personaje de ficción protagonista de cada novela, y lo predicado para uno se acomodaría perfectamente al otro[4].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ignacio Arellano, «Amores y estocadas, de Manuel Fernández y González, o la novela histórica grotesca», introducción a Manuel Fernández y González, Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo, Pamplona, Eurograf Navarra, 2002, p. 5a. Las principales características relacionadas con la trama y estructura, el retrato de los personajes, el estilo lingüístico para lograr el color de época, etc., que menciona Arellano para Amores y estocadas son aplicables a El manco de Lepanto y, en general, al conjunto de las novelas históricas de Fernández y González ambientadas en el Siglo de Oro español.

[4] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

El fondo histórico de «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada (1)

La última novela de Francisco Navarro Villoslada[1] ofrece una peculiaridad en cuanto a la presentación de elementos históricos[2]; aquí, a diferencia de las dos novelas anteriores, junto a lo histórico entra en buena medida lo legendario. Pero hay una explicación: la acción se remonta a un pasado muy lejano, el siglo VIII, del que no existen tantas noticias fidedignas como para la Edad Media; la historiografía romántica no estaba muy avanzada y, menos para una época tan remota como la de Amaya[3], la de la conquista de España por los musulmanes y la caída del imperio visigodo[4]. Hemos de recordar también lo dicho en entradas anteriores al hablar de la literatura fuerista: diversas novelas y leyendas pseudohistóricas románticas vinieron a suplir la carencia de una historiografía del pueblo vasco[5]; en este sentido, Amaya se convirtió en la «historia», hasta entonces no escrita, de los primitivos vascos[6]. Los huecos dejados por la historia son suplidos con leyendas y tradiciones, cuando no con la fantasía del autor. El propio Navarro Villoslada lo explica en las palabras finales de la «Introducción»:

Al transportarnos en alas de la fantasía a tan remotas edades, sentimos en el alma la grata frescura de la virtud sencilla, del heroísmo espontáneo y modesto, del vigoroso amor patrio. […] ¡Gloria a Dios, y lancémonos a las tinieblas de lo pasado por entre selvas seculares y monumentos megalíticos, sin más guía que frases de la historia, fragmentos de cantares, leyendas y tradiciones, a sorprender a dos grandes pueblos en el supremo momento de su implacable lucha, para ver cómo acaban unas edades y cómo empiezan otras (p. 12; las cursivas son mías).

Más adelante, en nota en página 278, alude a la «oscuridad histórica del siglo VIII» y en la página 572 habla de «los tiempos de nuestra historia, dentro de cuya oscuridad solo confusamente vislumbramos algunos personajes legendarios». Ahora bien, esto no quiere decir que los datos históricos estén por completo ausentes en esta narración; los hay, solo que en menor cantidad y, como ya dije, entremezclados con elementos legendarios y tradicionales. Podría decirse que lo histórico de la novela, más que en detalles y noticias concretas, está en la reconstrucción general de aquella época: el secular enfrentamiento de dos pueblos, godos y vascos, la descomposición interna del imperio visigótico, las asechanzas de los judíos peninsulares y, finalmente, la invasión agarena del año 711.

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Como ya señaló Arturo Campión, la historia y la leyenda se dan la mano en Amaya:

No es Amaya […] libro que deba la existencia a la imaginación pura. Al contrario, la leyenda y la historia son sus fuentes principales: una y otra han proporcionado los elementos primordiales que después sirvieron al autor para levantar el gallardo edificio que actualmente embelesa nuestros ojos: la erudición y la fantasía marchan juntas en la obra, venciendo la primera la torpeza natural de su paso, gracias a las brillantes alas que la segunda le presta. De esta manera, cuando acabamos de leer la obra, en nuestra memoria quedan, hábilmente grabados por el estilo magistral del autor, los rasgos fundamentales de dos pueblos diversos[7].


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Utilizo los siguientes trabajos para comprobar los aspectos histórico-arqueológicos de la novela: Ángeles Alonso Ávila (et alii), Hispania visigoda. Bibliografía sistemática y síntesis histórica, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1985; Julio Caro Baroja, Los vascos, Madrid, Istmo, 1971; Luis A. García Moreno, Historia de España visigoda, Madrid, Cátedra, 1989; José Orlandis, Historia del reino visigodo español, Madrid, Rialp, 1988; E. A. Thompson, Los godos en España, Madrid, Alianza Editorial, 1971.

[3] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[4] Todavía en nuestros días no se conoce bien esa época; un estudioso de la misma escribe: «Nuestra información sobre la España visigótica se empobrece notoriamente desde que falta una fuente tan valiosa como las actas conciliares. Este vacío, imposible de suplir por otros cauces, determina que tan sólo dispongamos de noticias muy fragmentarias sobre los tres últimos lustros del Reino de Toledo» (José Orlandis, Historia de España. La España visigótica, Madrid, Gredos, 1977, p. 287). Si esto ocurre hoy, es lógico que en la época de Villoslada la carencia fuese todavía mayor. De hecho, hay muy pocas novelas históricas románticas ambientadas en ese momento, no sólo porque los románticos prefirieron la idealizada Edad Media, sino también por esa dificultad para encontrar noticias fiables.

[5] Recuérdese la célebre frase de Cánovas del Castillo: «Si los pueblos sin historia son felices, felicísimos han sido los vascongados durante siglos».

[6] «El propio autor define Amaya como “un centón de tradiciones éuskaras”. Y, efectivamente, eso es, al menos en parte, Amaya: un compendio de tradiciones apócrifas, un híbrido de leyenda y novela histórica» (Jon Juaristi, El linaje de Aitor. La invención de la tradición vasca, Madrid, Taurus, 1987, p. 124).

[7] Arturo Campión, «Amaya. Estudio crítico», La Avalancha, 1902, p. 101. En la página siguiente añade: «En la pintura de la sociedad gótica predomina, como es natural, el elemento histórico; en cambio, en la pintura de la sociedad éuskara y a causa de la penuria de documentos, el elemento legendario. Los mitos y las consejas, las tradiciones y los cantos, los recuerdos y las supersticiones que de aquellos oscuros tiempos y pueblo, poco menos que ignorado hasta nuestros días, se conservan, más o menos confusos y alterados, están reunidos en Amaya por Villoslada, con la solicitud del anticuario y la piedad filial de un buen hijo».

«El manco de Lepanto» (1874) de Manuel Fernández y González: estructura y contenido

Esta novela de Manuel Fernández y González, de 271 páginas, incluida en la «Biblioteca Universal Ilustrada» de Muñoz y Reig, se presenta bajo el subtítulo de Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra[1]. Consta de 23 capítulos —a los que se sumará un «Post scriptum»—, cuyos epígrafes son:

I. En que se trata de un percance que le sobrevino a un barbero de Sevilla por meterse a afeitar a oscuras

II. En que se trata de una música de enamorado, acabada no muy amorosamente a tajos y reveses

III. De cómo, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor que tan acongojada la tenía

IV. En que se sabe quién era el incógnito amante de doña Guiomar

V. En que doña Guiomar comienza a contar su historia a Miguel de Cervantes

VI. En que se contiene una carta de Cervantes para doña Guiomar, y se sabe a lo que Florela se aventuró por servir a su señora

VII. En que se suspende la historia para decir algo de Miguel de Cervantes

VIII. En que se relata una aventura que le salió al paso a Cervantes, cuando a las aventuras de sus amores iba

IX. De cómo lo que no podía amparar Cervantes, vino a ampararlo doña Guiomar

X. De cómo Cervantes encontró casa de la tía Zarandaja más de lo que había querido buscar

XI. En que doña Guiomar prosigue el relato de su historia

XII. De cómo se iban cruzando los amores y apercibiéndose a una ruda batalla los celos

XIII. En que se ve que doña Guiomar hubiera hecho muy bien en no contar tan presto su historia a Cervantes, y en no amparar a Margarita

XIV. De cómo hubiera hecho muy bien doña Guiomar en no acudir a la visita que le hizo el señor Ginés de Sepúlveda

XV. De cómo Cervantes oyó el fin de la historia de Margarita entre las cavilaciones que le causaba el no saber adónde le llevaría la historia de sus amores

XVI. En que se ve cuán dura tenía la Inquisición la mano, aun para sus familiares, y cuánta fuerza, cuánta virtud y cuánta prudencia doña Guiomar para encubrir sus amarguras

XVII. De cómo Miguel de Cervantes supo lo que le bastó para meterse en una aventura de más empeño que la más atrevida en que osó meterse cualquiera de los Doce Pares

XVIII. De cómo puede enamorarse una mujer hasta el punto de morir de amor

XIX. De cómo, enloquecido Cervantes por el amor, creyó que la mano de Dios le apartaba de los efectos de su locura

XX. De la horrenda tragedia con que se encontró sorprendido y espantado Miguel de Cervantes

XXI. En que se ve que nada ve la justicia relativamente a Cervantes, y se sabe que Cervantes se había perdido

XXII. En que se sabe lo que fue de Cervantes

XXIII. En que se habla algo de la jornada de Lepanto, y de cómo fue la manquedad de Cervantes

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Como se desprende de la mera lectura de estos títulos de los capítulos, El manco de Lepanto es una novela de capa y espada, una novela repleta de aventuras, protagonizadas por nuestro Miguel de Cervantes, y solo en el último capítulo encontramos lo que anuncia el título, a saber, su participación en la batalla de Lepanto y la famosa manquedad del escritor, cuando combatió heroicamente, pese a estar ese día enfermo de fiebres[2], en uno de los esquifes al mando de doce hombres[3].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Y en una novela muy reciente, Quijote Z (Madrid, Dolmen Books, 2010), de Házael G. [González], la calentura de Cervantes en Lepanto se debe a que le ha mordido un zombi…

[3] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193. En su más reciente biografía de Cervantes (La juventud de Cervantes. Una vida en construcción, Madrid, Edaf, 2016), José Manuel Lucía Megías matiza el heroísmo de Cervantes en Lepanto que nos ha transmitido la tradición, formando esa imagen idealizada, casi mítica, que tenemos del escritor: para Lucía Megías, Cervantes fue un héroe, sí, en el sentido de que combatió con valor y denuedo, como lo hicieron millares de soldados cristianos, con la suerte añadida de haber vivido para contarlo.

La recepción de «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada

Es una cuestión que merece comentario; ya lo he mencionado en entradas anteriores: Amaya[1], la mejor obra de Francisco Navarro Villoslada[2], llegaba tarde, muy tarde. El romanticismo era ya historia: Pereda, Valera y, en cierto modo, Alarcón escriben sus obras con un nuevo estilo, el del realismo. La novela histórica con características románticas (pese a los intentos serios de Cánovas del Castillo, Castelar y Amós de Escalante) había cedido terreno frente a otra manera, más moderna y verosímil, de entender la novelización de la historia: los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Aparte estaban, claro, todos los folletinistas y entreguistas cultivadores también del género histórico. Como señala Peers, entre 1861 y 1870 el panorama de la novela española está dominado por Fernández y González, que produce nada menos que veintinueve novelas. Es en este nuevo contexto literario cuando Navarro Villoslada da a la prensa «su canto de cisne»[3]. Amaya, en acertada expresión de Jorge Campos, vino a ser «una bella flor tardía». La misma opinión fue expresada por Cejador:

Llegaba ya muy retrasada y a destiempo: había pasado el gusto por la novela histórica y la novela española estaba en su mayor esplendor con Pereda y Galdós. Además, los dos bandos de avanzados y reaccionarios andaban ya muy apartados entre sí, como lo andan hoy, no leyendo los del uno las obras del otro o fingiendo no leerlas. Leyeron y ensalzaron, pues, esta magnífica novela los del partido neocatólico y calláronse como muertos los contrarios. Y, sin embargo, para las grandes obras de arte no hay modas que valgan[4].

Estas palabras nos indican que la novela fue silenciada, al menos por una parte de la crítica, la de tono liberal, debido a la posición ideológica del autor[5], destacado neo y carlista. Por las dos razones, la tardía aparición, fuera de moda, y la «conjura de silencio» en torno a ella, Amaya no tuvo toda la repercusión que podría haber alcanzado de aparecer años antes[6]. De hecho, no hubo una nueva edición hasta el año 1909, al menos en forma de libro[7]. Sin embargo, el éxito local (en Navarra y Provincias Vascongadas) hubo de ser extraordinario si atendemos a los encendidos elogios que se le tributaron. Recordemos lo que dije en una entrada previa al hablar de la literatura fuerista: la novela de Navarro Villoslada aparecía en un momento de gran efervescencia: en 1876 se habían abolido los fueros vascos; un año después empezaba a salir Amaya en La Ciencia Cristiana; fácil es imaginar el calor con que sería recibida en los ambientes conservadores, en general, y por los fueristas de las cuatro provincias, en particular, una obra que exaltaba de forma tan extraordinaria los valores tradicionalistas y el carácter y las costumbres vascongadas[8]. Amaya fue calificada como la «Ilíada del pueblo vasco» y Navarro Villoslada se convirtió, al decir del Padre Blanco García, en «el Walter Scott de las tradiciones vascas»[9]. Y Amaya hizo de Villoslada, nacido en Viana de Navarra, el «cantor de la raza vasca», según reza la placa colocada en la fachada de su casa natal. El profundo amor de Villoslada a la tierra de sus antepasados, los vascones, su respeto por las tradiciones de su patria[10] y, en suma, el sentimiento vascófilo demostrado en su última novela, es lo que permite incluirle hoy entre los escritores vascos o entre los «vascos que escribieron en castellano».

Amaya_PeliculaYa en el siglo XX la novela se ha reeditado muchas veces. Ya he dicho en otra ocasión que la fama y el prestigio de Navarro Villoslada se deben fundamentalmente a Amaya. José María Arroita-Jáuregui escribió el libreto para el drama lírico de Jesús Guridi que, con el mismo título, fue estrenado en Bilbao en 1920. Más tarde, cuando en España se puso de moda el género histórico en el cine, inspiró una película que se estrenó en 1952[11]. En 1956 y 1969 se han publicado ediciones con el texto de la novela abreviado, y en 1981 aparecieron sendas versiones, en castellano y en euskera, en forma de cómic, con el loable propósito de acercar la obra de Villoslada a los jóvenes. Nuestro autor es, en fin, «culpable» de que hoy lleven en esta tierra el nombre de su heroína no ya solo una calle de Pamplona —por no mencionar multitud de empresas, establecimientos comerciales y asociaciones deportivas—, sino también un considerable número de mujeres: una consulta al Registro Civil de las últimas décadas bastaría para comprobarlo.


[1] Utilizaré esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Cfr. E. Allison Peers, Historia del movimiento romántico español, traducción de José María Gimeno, Madrid, Gredos, 1954, II, pp. 508-509.

[4] Julio Cejador, Historia de la Lengua y Literatura Castellana, VII, Madrid, Gredos, 1972, p. 313. Califica a Amaya como «la mejor de sus novelas» y añade a continuación que es un grandioso «poema en prosa».

[5] Amaya podría ser considerada como «novela católica», por las ideas que presenta, en la línea de otras obras populares como Los últimos días de Pompeya, de Bullver-Lytton, Fabiola, del Cardenal Wiseman, Ben-Hur, de Lewis Wallace, o Quo vadis?, de Sienkiewicz. Dentro de España, Navarro Villoslada podría incluirse junto a Pastor Díaz, Fernán Caballero, Antonio Flores, Alarcón, Pereda o el Padre Coloma entre los autores antiliberales de «propaganda católica» (cfr. Leonardo Romero Tobar, La novela popular española del siglo XIX, Madrid, Ariel / Fundación Juan March, 1976, p. 73, nota).

[6] «Cuando Galdós cerró muy oportunamente en 1879 la segunda serie de los Episodios Nacionales, la novela histórica había pasado de moda, siendo indicio del cambio de gusto la indiferencia con que eran recibidas obras muy estimables de este género, por ejemplo, Amaya, de Navarro Villoslada, último representante de la escuela de Walter Scott en España» (Marcelino Menéndez Pelayo, Estudios sobre la prosa del siglo XIX, Madrid, CSIC, 1956, p. 254).

[7] Amaya no era una obra que pudiese tener, ni por su contenido ni por su estilo, problemas de censura (véase el elogioso juicio que le merece a Pablo Ladrón de Guevara, en su obra Novelistas malos y buenos, 4.ª ed. completa, Barcelona, El Mensajero del Corazón de Jesús, 1932). Sin embargo, el Padre Goy refiere cómo estaba expurgada la edición que él vio cuando era alumno, a principios de siglo, en el Colegio Jovenado de Nuestra Señora del Espino (Juan Nepomuceno Goy, «Flores del cielo. Don Francisco Navarro Villoslada», La Avalancha, 1914, p. 8).

[8] Véanse estas palabras que transcribo de una carta que Luis Echevarría escribe a Navarro Villoslada desde Pamplona el 26 de abril de 1877: «No soy seguramente de los que menos sienten la lentitud con que se publica Amaya. He escrito a Ortí con el pretexto de decirle que me considere como suscritor [sic] indefinido, pero en realidad con el fin de darle a entender que los suscritores que aquí tiene La Ciencia Cristiana —que son algunos y han de aumentar con la recomendación que ha hecho el Boletín Eclesiástico de esta diócesis— verían con mucho gusto que en cada número de los que esperan con verdadera ansiedad no se publicaran menos páginas de la novela que en el último y que no se cortaran los capítulos. La revista va gustando, y quiera Dios que no la mate su propio director a quien considero, como V., no muy hábil para tal cargo; pero aparte de los artículos que publica, es lo cierto que aquí interesa muy especialmente por Amaya».

[9]Amaya entusiasmó a Juan Iturralde y Suit, el promotor, junto con Arturo Campión, de la Asociación Euskara de Navarra, de la que Villoslada fue nombrado miembro honorífico. Campión dedicó a la novela un interesante estudio crítico aparecido en 1880 en la Revista Euskara. Según confesión de Unamuno, fue una de las obras que en su juventud le llenaron de romanticismo el alma. En cambio, no fue tan benévola la opinión de Baroja quien, en El cura de Monleón, señaló que Amaya era un «libro bastante pesado de un Walter Scott de poca monta».

[10] En la dedicatoria a los hermanos Echevarría escribe: «Identificados siempre por acendrado amor a la tierra vascónica, era natural mi deseo de unir también nuestros nombres en obra que reflejase nuestro común apego al suelo en que nacimos y el cariño a las leyes, costumbres y gloriosas tradiciones de la patria».

[11] Dirigida por Luis Marquina e interpretada, en los principales papeles, por Susana Canales, Julio Peña, José Bódalo y Rafael Luis Calvo.

Obras de Manuel Fernández y González relacionadas con Cervantes

Las obras escritas por Manuel Fernández y González que guardan relación con Cervantes son varias, al menos las tres que consignaba en una entrada anterior: La batalla de Lepanto, poema del año 1850 compuesto en 87 octavas reales[1]; El manco de Lepanto (Madrid, 1874), una novela no demasiado larga que se centra en un episodio concreto (ciertos amoríos de Cervantes, que finalizan con su alistamiento como soldado y su participación en la célebre batalla naval de 1571 contra los turcos); y El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (Barcelona, s. a., c. 1878), novela muchísimo más extensa, pues supera con creces el millar de páginas. Las circunstancias de composición de la primera de tales obras, La batalla de Lepanto, las ha resumido recientemente Francisco Cuevas Cervera:

El liceo de Granada arregló una justa poética el 7 de julio [de 1850] sobre el tema de la batalla de Lepanto. Los primeros premios se imprimieron ese mismo año en Granada (José Salvador de Salvador, José García, Manuel Fernández y González, todas con el mismo título). El de Manuel Fernández y González aparece en los catálogos cervantinos por hacer alusión, aunque muy breve, a la participación de Miguel de Cervantes Saavedra en aquel acontecimiento histórico. Como en la obra de Mallí de Brignole [La batalla de Lepanto, drama histórico de gran espectáculo en seis actos y en verso], la presencia de Cervantes en la obra es simplemente un detalle de un cuadro mayor. Fernández y González publicará años más tarde una obra inspirada enteramente en noticias del autor del Quijote, con más fabulación que verdad histórica: El manco de Lepanto: episodio de la vida del príncipe de los ingenios (Madrid, 1874)[2].

MancodeLepanto1

En efecto, esa novela de 1874 —que analizaré con más detalle en próximas entradas— es un relato de 271 páginas, pero con tipos de letra más bien gruesos. Su lectura sugiere, y las propias palabras de Fernández y González en su «Post scriptum» final lo explicitan claramente, que se trata de un primer tanteo de las posibilidades narrativas que le brindaban la vida y hechos del autor del Quijote:

Paréceme oírte decir, bondadoso lector que hasta aquí hayas llegado:

—¿Cómo, señor autor, y así nos deja vuesa merced a media miel, sin decirnos lo que fue de Cervantes, de Margarita y aun de Florela?

A lo cual el autor responde:

—Lector benévolo, si este episodio de la vida de Miguel de Cervantes te hubiere agradado, y a otros muchos, lo que yo veré por la venta de los ejemplares, prométote contarte otros episodios de la vida del mismo héroe, y entonces tal vez salga a luz lo que fue de Margarita, y aun lo que fue de Florela. Entre tanto, VALE (p. 267, cursiva mía)[3].

Pues bien, parece que las expectativas de buenas ventas se debieron de cumplir, pues la tercera incursión narrativa del sevillano por los terrenos de la biografía cervantina —desde el plano de la ficción— es El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a., pero datable c. 1878)[4]. Se trata de una larguísima novela en dos tomos: mil trescientas páginas de letra apretada, y en este momento me resulta imposible dar acabada cuenta de su trama argumental, que se va alargando merced a la desbordada fantasía de Fernández y González, quien hace correr la pluma inventando mil peripecias, subtramas y personajes secundarios. Tan torrencial materia narrativa bien merece un estudio más detenido que, sin embargo, habrá de quedar pendiente para otra ocasión. Baste ahora con dejar consignados los títulos de los siete libros que conforman su estructura externa, lo que servirá al menos para dar una idea aproximada del contenido que incluye tan folletinesca novela: Libro I, «El Cardenal Aquaviva»; Libro II, «De Roma a Lepanto»; Libro III, «Lepanto» (con 60, 47 y 12 capítulos respectivamente, que conforman el tomo primero); Libro IV, «El cautiverio en Argel»; Libro V, «Esquivias»; Libro VI, «El alcalde de Argamasilla»; y Libro VII, «La hija de Cervantes» (con 59, 21, 13 y 35 nuevos capítulos, más una «Conclusión», todo lo cual constituye el tomo segundo). Las últimas líneas de tan copioso relato, abarcador de toda la vida de Cervantes, hasta su muerte y la publicación póstuma del Persiles, son estas:

¿Qué fue de la familia de Cervantes?

Ninguna noticia se tiene de ella.

¡La miseria!, ¡el dolor!…

¿Qué fue de las cenizas de nuestro grande hombre?

En el año de 1633 se trasladaron las monjas Trinitarias del mal convento que tenían en el Humilladero al nuevo que se las había construido en la calle de Cantarranas.

Trajeron consigo los huesos de los que en su antigua iglesia se habían enterrado.

Entre ellos debían ir los de Cervantes.

¿Dónde está ahora su polvo?

Dios lo sabe (p. 1300).

En fin, para completar el panorama, a las tres obras citadas podríamos añadir la pieza titulada A los profanadores del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Crítica y algo más (Madrid, Imprenta de Manuel Galiano, 1861), que fue publicada bajo el pseudónimo de El Diablo con antiparras. Dado que esta pieza escapa del terreno de la ficción para pasar al de la crítica literaria, me limitaré a reproducir aquí lo que acerca de esta pieza ha dejado escrito Cuevas Cervera[5]:

Manuel Fernández y González protestó contra la avalancha de obras de raigambre cervantina que no estaban a la altura de su objeto con esta obrita en verso, centrada fundamentalmente en la censura a la obra de Ventura de la Vega anterior [Don Quijote de la Mancha en Sierra Morena], aunque también la crítica abarca a la de Hartzenbusch, La hija de Cervantes […], a la que siguen unas «Notas o más bien Buscapié de los anteriores versos» (pp. 17-31), en que se explica, como en el pretendido Buscapié cervantino, las alusiones del texto objeto de la sátira[6].


[1] Se reproducirá en el capítulo XII del Libro tercero, «Lepanto», de la novela El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, pp. 659-667.

[2] Francisco Cuevas Cervera, Del Quijote de Ibarra (1780) al Quijote de Hartzenbusch (1863). El Cervantismo en el siglo XIX. Catálogo comentado y estudio, tesis doctoral, Cádiz, Universidad de Cádiz, 2012, p. 1144, núm. 989.

[3] Todas las citas de El manco de Lepanto son por la edición de 1874 (El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874). Hay otras ediciones posteriores, incluso en formato ePub (disponible en <http://www.epubgratis.net/el-manco-de-lepanto-manuel-fernandez-y-gonzalez/>). En la actualidad, preparo una edición anotada de la novela.

[4] Forma parte de la «Biblioteca Ilustrada de Espasa Hermanos, Editores», en su «Sección moral-recreativa».

[5] Francisco Cuevas Cervera, Del Quijote de Ibarra (1780) al Quijote de Hartzenbusch (1863). El Cervantismo en el siglo XIX. Catálogo comentado y estudio, tesis doctoral, Cádiz, Universidad de Cádiz, 2012, p. 1329, núm. 1169. Ver José Luis González Subías, «A los profanadores del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Crítica y algo más (1861)», en Miguel Ángel Garrido Gallardo y Luis Alburquerque García (coords.), El «Quijote» y el pensamiento teórico literario, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2008, pp. 567-572.

[6] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.