«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: la relación entre historia y ficción (y 2)

Los cuatro viajes de ColónEn estas dos obras[1] Blasco Ibáñez evoca con notable exactitud los cuatro viajes a América de Cristóbal Colón, contados con minuciosidad y rigor (de forma especial el primero, al que se dedica toda una novela). No es posible resumir de forma puntual todos los sucesos históricos en ellas recogidos: los preparativos y las incidencias del primer viaje, el descubrimiento de Guanahaní y las islas cercanas, la llegada a Cuba, el hallazgo y exploración de la Tierra Firme, etc. Tampoco resulta fácil deslindar las fuentes concretas en las que bebió el novelista para narrar cada suceso particular. Es indudable que utilizó, además del Diario de Colón y las crónicas de Indias contemporáneas[2], las principales obras historiográficas modernas dedicadas al primer Almirante de la mar océana y al Descubrimiento de América, en general. Él mismo afirma, en el epílogo de En busca del Gran Kan, que desde 1910 investiga la figura de Colón y se jacta de haber leído todo lo que acerca de él se ha escrito.

Pero además de la verdad de los sucesos históricos narrados, que no son aquí un mero telón de fondo, sino que constituyen el primer plano de la acción novelesca, las dos obras muestran su carácter histórico a través de las numerosas alusiones que van salpicando sus páginas: datos sobre la situación de los judíos en España (p. 1214a-b[3]), la Santa Hermandad (p. 1217b), el matrimonio de los Reyes Católicos, los saberes latinos de doña Isabel y sus damas (p. 1256b), las amadas del cardenal Mendoza (p. 1260a), noticias de los diversos atentados sufridos por los reyes[4], etc. Lograda es también lo que podemos llamar «reconstrucción arqueológica» de la época novelada, que se consigue merced a la descripción de las costumbres y prácticas sociales, los vestidos, las armas, las comidas, los edificios, el mobiliario, etc. La misma exactitud se refleja en los tratamientos, por ejemplo al aplicar a los reyes el de Alteza, pues el de Majestad no empezó a usarse en España hasta los monarcas de la casa de Austria. A todo esto hay que añadir la introducción, si bien en pasajes muy concretos, de algunos arcaísmos, que suelen ir destacados en cursiva; en algunos casos se trata de meros rasgos fonéticos: ferir, fagamos, fallamos, agora…, aunque también hay arcaísmos léxicos: sabidor, cuentos ‘millones’, golfines ‘bandidos’, marranos ‘judíos’… A veces esas expresiones desusadas que aluden a costumbres de la época quedan explicadas por el narrador: hacer sala (p. 1223a), poner mesa (p. 1282b), hacer la salva (p. 1391a). La presencia de estos arcaísmos no es abusiva, pero su incrustación en determinados pasajes contribuye a aumentar el «sabor de época» y la verosimilitud de estas novelas[5].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Me refiero a los relatos de Fernando Colón, Américo Vespucio, Mártir de Anglería, Fernández de Oviedo, Las Casas, etc. Alberto Sánchez, «Curiosa fuente de un pasaje de Blasco Ibáñez», Revista Valenciana de Filología, I, 1, 1951, pp. 73-88 señala algunas deudas de En busca del Gran Kan con la obra de Francisco Maldonado de Guevara El primer contacto de blancos y gentes de color en América (libro que recoge sus conferencias pronunciadas en la Universidad de Valladolid en 1924 y que remitió al novelista).

[3] En el capítulo segundo de En busca del Gran Kan encontramos una valoración positiva de los judíos como fuente de riqueza nacional y por su papel de intermediarios del saber árabe en su transmisión a Occidente (esto mismo en A los pies de Venus, p. 1125b).

[4] Blasco Ibáñez es tan detallista que nos transmite, por ejemplo, el nombre de los cuatro presos a los que se concedió el indulto para que formaran parte de la tripulación del primer viaje: Bartolomé Torres, Alfonso Clavijo, Juan de Moguer y Pedro Izquierdo.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: la relación entre historia y ficción (1)

En estas dos novelas[1] esa relación entre historia y ficción queda descompensada en claro beneficio de la primera[2]. En efecto, es tal predominio de la parte histórica que ha llegado a afirmarse que en estas obras Blasco Ibáñez es más historiador que literato. Esta consideración nos sitúa ante uno de los grandes “secretos” de la novela histórica: la mezcla equilibrada de los ingredientes históricos y los ficticios. En principio, todos estamos de acuerdo en que una novela histórica ha de ser ante todo novela (pues novela es lo sustantivo en ese sintagma), y después y solo después ha de ser histórica (que es la parte adjetiva). Sin embargo, el andamiaje histórico que Blasco Ibáñez levanta y los materiales del mismo tipo que acarrea para su construcción son tan importantes que En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen casi podrían leerse como historias anoveladas.

El caballero de la Virgen, de Vicente Blasco IbáñezEn descargo del autor se podría argumentar que la gran aventura americana constituía en sí misma una novela, o por mejor decir, una grandiosa epopeya cuyos protagonistas reales adquirieron la categoría de héroes. Y, al situar en primer plano a personajes tan conocidos como Cristóbal Colón, el resultado tenía que privilegiar a la fuerza la parte histórica. De hecho, este tipo de novela histórica que coloca en primer término a personajes reales importantes es el más difícil para el escritor, porque ha de ajustarse en mayor grado a ese pie forzado de la historia. En estos casos, sus posibilidades de invención quedan reducidas, pues no puede fantasear libremente acerca de unos personajes cuyos hechos y caracteres resultan bien conocidos por las fuentes historiográficas; si así lo hiciera, sus novelas perderían en buena medida el derecho a apellidarse históricas. Otra posibilidad es colocar en primer plano a personajes ficticios y construir la peripecia en torno a ellos, si bien entonces se corre el riesgo de que la obra se convierta en una novela de aventuras históricas. El predominio de la materia histórica en estas dos novelas se refleja estructuralmente en la alta proporción de la parte relatada por el narrador: muchos pasajes se asemejan al relato de las crónicas, quedando muy poco lugar para el diálogo y la descripción externa[3].

Observamos aquí una diferencia fundamental respecto a las dos novelas históricas precedentes: El Papa del mar y A los pies de Venus son novelas de ambiente contemporáneo, con una serie de personajes que se mueven en el mundo de los lujosos hoteles de la Costa Azul francesa o en las recepciones diplomáticas de Roma y el Vaticano (Claudio Borja, Rosaura Salcedo, Arístides Bustamante y su hija Estela, Baltasar Figueras, Enciso de las Casas, etc.). En ellas, el plano histórico está formado por las evocaciones, los pensamientos, las lecturas o las conversaciones que esos personajes contemporáneos mantienen acerca de épocas pretéritas. En El Papa del mar, Claudio desea escribir un poema en prosa dedicado a don Pedro de Luna y cuenta su historia a Rosaura mientras visitan Aviñón y otros escenarios. En la continuación, el tío canónigo de Claudio le encarga la reivindicación histórica de los Borgias, que en su opinión son «los grandes calumniados» de la historia. En las dos novelas americanas hay también dos planos de acción distintos, el real y el ficticio, pero no se trata de uno contemporáneo y otro alejado en el tiempo, sino que los dos responden a un mismo momento histórico pasado[4].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Es aspecto que ya fue apuntado en reseñas cercanas a su primera publicación: cfr. F. Baget, «Colón, según Blasco Ibáñez», El Diluvio, 28 de marzo de 1929; Luis Benavente, «Blasco Ibáñez, historiador», La Época, 22 de abril de 1929; Guy Blandin Colburn, «En busca del Gran Kan», Hispania (EE.UU.), XII, 4, 1929, pp. 533-534. Para la parte histórica, me han sido de utilidad los trabajos de Francisco Morales Padrón, Historia del descubrimiento y conquista de América, 5.ª ed. revisada y aumentada, Madrid, Gredos, 1990 y de Samuel Eliot Morison, El Almirante de la mar océano. Vida de Cristóbal Colón, 2.ª ed. española, corregida, trad. de Luis A. Arocena, México, Fondo de Cultura Económica, 1993.

[3] Por ejemplo, es bastante escasa la presencia del paisaje, si exceptuamos algunas notas sueltas sobre la tierra andaluza o las islas americanas (cfr. pp. 1211b y 1327a).

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: estructura externa

Ambas piezas forman un díptico sobre el Descubrimiento y los primeros años de conquista y colonización del Nuevo Mundo[1]. En busca del Gran Kan se divide en tres partes[2], formada cada una por seis capítulos: «El hombre de la capa raída» (título que hace referencia a Colón, cuando todavía es un personaje pobre y misterioso), «El señor Martín Alonso» (alude al mayor de los hermanos Pinzón) y «El paraíso pobre» (marbete que designa a las regiones recién halladas)[3]. La novela se cierra con un epílogo donde Blasco Ibáñez explica su interés por la figura del Almirante y amplifica algunas ideas ya apuntadas en las páginas precedentes.

En busca del Gran , de Blasco IbáñezLa acción comienza en mayo de 1492, cuando Fernando y Lucero (personajes de ficción) se dirigen a Córdoba. En el primer capítulo el joven Fernando Cuevas hace balance de los últimos acontecimientos de su vida. Sus recuerdos nos ponen en antecedentes sobre su historia y la de su acompañante, Lucero, hija del judío don Isaac Cohen, que viaja disfrazada de varón para escapar de la persecución religiosa (acaba de proclamarse el decreto de expulsión de los judíos). El flash-back de Fernando acaba cuando pide ayuda a la Virgen de Guadalupe, momento en que aparece en el camino un caballero y el muchacho presiente que este personaje a cuyo servicio se pone —Colón— influirá poderosamente en su vida futura. El capítulo segundo completa el panorama histórico-político de Castilla. El tercero refiere los progresos en la navegación de Portugal, convertida en la primera potencia marítima. En el capítulo cuarto, titulado «De cómo el amor se fue abriendo paso a través de la geografía delirante», Colón entra en contacto con las personas influyentes de la Corte de los Reyes Católicos y conoce a Beatriz Enríquez de Arana, mujer pobre y virtuosa por la que pronto se siente atraído. El resto de la novela —es imposible resumir el argumento en pocas líneas— lo constituyen las andanzas del desconocido Colón en pos de la Corte mientras se prolonga la guerra de Granada y la ejecución de su proyecto se va aplazando, la organización del primer viaje y los sucesos del mismo, hasta el descubrimiento de las islas caribeñas. Todo ello siguiendo muy de cerca los sucesos reales de ese primer viaje trasatlántico.

La segunda novela, El caballero de la Virgen, también se divide externamente en tres partes, «La reina de Flor de Oro», «El oro del rey Salomón» y «El ocaso del héroe», de cinco, seis y cinco capítulos respectivamente. El título de la primera alude a la princesa Anacaona, que no es personaje con demasiada importancia en la novela, pero que el autor privilegia por su exotismo; el segundo recuerda una de las obsesiones quiméricas del Almirante; y el tercero hace referencia a los últimos años de Alonso de Ojeda (y nótese que para Blasco Ibáñez el héroe es Ojeda, no Colón). Su arranque es muy similar al de la otra novela, con un primer capítulo de estructura circular (enmarcado por el sonido de unas campanas) en el que Fernando vuelve a hacer balance de los últimos sucesos de su vida: estamos ahora a la altura de enero de 1494, y el antiguo paje de Colón tiene casa propia en la ciudad de Isabela, en la Española; se ha casado con Lucero (que se convirtió al cristianismo) y ha tenido lugar el bautizo de su hijo Alonsico. Ahora su principal protector es Alonso de Ojeda, de forma que ya desde el primer capítulo quedan imbricados los dos planos del relato: la peripecia ficticia (los hechos de Lucero y Fernando) y la materia histórica (se incluyen aquí los otros tres viajes del Almirante, más otras expediciones de descubrimiento y conquista de Ojeda y otros).

Algunas características generales de estas dos obras las emparientan con la novela histórica romántica del siglo anterior[4]. Así, una de esas viejas técnicas que recupera Blasco Ibáñez es la ocultación de la verdadera personalidad de un personaje (Lucero viste de hombre y finge ser hermano de Fernando). Por otra parte, el empleo de largos epígrafes para encabezar los capítulos recuerda una forma de titular que fue habitual en el Romanticismo. Por último, puede mencionarse la frecuente intromisión del narrador para señalar parecidos o diferencias entre la época histórica evocada y el tiempo contemporáneo del autor: por ejemplo, cuando compara los monasterios de entonces con los hoteles de nuestros días (p. 1266a) o la velocidad de las naves del Descubrimiento con la de los modernos buques de vapor (pp. 1311a y 1314b), o bien cuando habla de «nuestro criterio de hombres modernos» (p. 1266b)[5].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Esta división tripartita se repite en las cuatro novelas históricas mencionadas.

[3] «Habían descubierto, tal vez, un paraíso, pero un paraíso pobre» (p. 1371b).

[4] Cabría recordar aquí que Blasco Ibáñez sirvió como secretario a Manuel Fernández y González, verdadero maestro del género histórico-folletinesco.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

Las novelas históricas de Vicente Blasco Ibáñez

Vicente Blasco IbáñezVicente Blasco Ibáñez (Valencia, 1867-Menton, Francia, 1928) se acercó con cierta frecuencia al género de la novela histórica. Dejando aparte Sónnica la cortesana (1901), en la que la crítica ha visto un intento de novela arqueológica a la manera de Salambó de Flaubert, hay otras cuatro novelas históricas del escritor valenciano que pueden agruparse por su proximidad cronológica y por su intención. Me refiero a El Papa del mar (1925), A los pies de Venus (1926), En busca del Gran Kan (1929) y El caballero de la Virgen (1929). Estas cuatro obras se agrupan por parejas, en dos series: una está centrada en la Italia de los siglos XIV y XV (la historia de los Papas de Aviñón, el Gran Cisma de Occidente y el pontificado de Pedro de Luna, más una semblanza de la familia Borgia); la otra tiene como referencia histórica el Descubrimiento de América. Además, ambos dípticos mantienen relación entre sí porque algunos personajes históricos del primero, como Alejandro VI, son aludidos en el otro, y viceversa, la persona de Colón, que unifica a las dos últimas novelas, ya se mencionaba en las anteriores[1].

Al abordar la temática histórica en estas novelas, Blasco Ibáñez no se muestra neutral, sino que toma claro partido, bien para procurar la vindicación histórica de algunos personajes denostados (el Papa Luna, los Borgia), bien para lo contrario, para desmitificar a un héroe ensalzado a su juicio en exceso (Cristóbal Colón). Desde un punto de vista ideológico, esa revisión histórica le sirve para lanzar algunas pullas contra la monarquía y las autoridades eclesiásticas —se complace, por ejemplo, en recordar los hijos naturales de reyes como Fernando el Católico, de Papas como Alejandro VI y de otros cargos eclesiásticos, como el cardenal Mendoza[2]—. Por otra parte, en todo momento queda manifiesto su profundo españolismo: en la primera serie se destaca la importante actuación de personajes españoles al frente de la Iglesia y en la segunda se presenta la magna aventura americana como una empresa popular y española.

De estas cuatro novelas, las dos primeras, El Papa del mar y A los pies de Venus (los Borgia), resultan más conocidas y han recibido mayor atención por parte de la crítica[3], así que me centraré en las próximas entradas en las de tema americano, En busca del Gran Kan (Cristóbal Colón) y El caballero de la Virgen (Alonso de Ojeda)[4].


[1] En El Papa del mar se menciona a Colón en la p. 957b, y en A los pies de Venus en las pp. 1094a, 1105b, 1124b-1126a, 1163b, 1209a y 1210ab. En En busca del Gran Kan hay referencias a Rodrigo de Borja en las pp. 1220b y 1284a. Las citas de estas cuatro novelas históricas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] También deja caer algún comentario irónico contra los gobiernos, en general: cuando se comenta que en la Junta que ha de juzgar los planes de Colón hay algunos miembros designados por la dignidad de su persona, no por sus saberes y estudios, el narrador apostilla: «como ocurre en toda reunión organizada por un Gobierno» (p. 1246b).

[3] Pienso en el trabajo de Rodolfo Cortina Gómez, Blasco Ibáñez y la novela evocativa: «El Papa del mar» y «A los pies de Venus», Madrid, Maisal, 1974. Sobre la novela histórica en general, pueden verse, entre otros muchos, estos trabajos: Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica, Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942; George Lukács, La novela histórica, 3.ª ed., trad. de Jasmin Reuter, México, Era, 1977; y Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, 2.ª ed, Pamplona, Eunsa, 1998.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

«El cautivo de Argel» de Ezequiel Endériz: notas sobre el estilo

Seguramente el rasgo estilístico más notable de la novela corta de Ezequiel Endériz[1] es la abundancia de símiles e imágenes: la mañana como una rosa de mar abierta (p. 7a); el agua del mar como esmeralda líquida (p. 8b), que enciende las islas Tres Marías «como tres rubíes» (p. 8b), las cuales se equiparan además con oasis y estrellas (p. 9); las naves corsarias de Arnaute aparecen «ligeras como centellas» (p. 10a); en la descripción de la ciudad de Argel, «blanca y marítima, con rumores de caracola» (p. 13a), la torre de la mezquita se alza «como una flecha dorada» (p. 13a); las estrellas son «novias blancas / que viajan por el cielo en un coche / de pedrerías» (p. 26b), etc. Encontramos alguna metáfora I de R: «el dulce caramelo de su vida» (p. 9), alguna serie trimembre: «Yo soy blando, generoso, magnánimo…» (p. 11b); y algún recurso de oralidad, del tipo: «Ved… y ved…» (p. 11b).

Algunos breves pasajes, sobre todo descriptivos de paisajes o ambientes, presentan cierto tono poético: «Y las estrellas, líricas y movedizas, iban colocándose en el amplio terciopelo de la noche argelina que recogía la canción aquella como en una ancha copa de brisa y ensueño…» (p. 26a-b); «La noche era clara, demasiado clara. Sobre Argel dormida, la plata de la luna sacaba metálicos reflejos de la blancura de las casas. Todo era silencio y misterio» (p. 28a). Ya he comentado, además, que en el relato se intercalan algunos poemas, atribuidos a Cervantes, pero compuestos en realidad por Endériz.

El humor y la ironía se hacen presentes por medio de breves comentarios puestos en boca de Cervantes: por ejemplo, la referencia antisemita al hablar de los mercaderes judíos que van en la Mendoza (dice que se jugarían la vida, pero no la mercancía, p. 8a)[2]. Cuando el corsario que los apresa comenta que los prisioneros que no tengan dinero serán convertidos en esclavos o servirán como alimento para sus tigres, Cervantes comenta irónico: «Tanto honor, señor capitán…» (p. 12a). Luego el rey de Argel le explica que ha pedido como rescate su peso en plata, y Cervantes le replica que le pese pronto o le den más de comer, porque si no perderá dinero. En un determinado momento, Juan afirma que Zulima es la mujer de su vida, a lo que responde Cervantes: «Cuidado, porque estas mujeres de nuestra vida suelen ser las mujeres de nuestra muerte» (p. 22b)[3].

En fin, llamaré la atención sobre algunos deliciosos anacronismos o errores (no los considero voluntarios) que incluye la novela: ya en la primera línea, el narrador habla de las fragatas españolas (p. 7a); poco después alude a las piraguas corsarias de Arnaute (p. 10a); en los baños, la corneta del presidio toca diana (p. 21a); Zulima es «tostada como un nardo» (sic, p. 22a)…

Ciertamente, no estamos ante una novela de excepcional calidad literaria que evoque narrativamente el cautiverio de Cervantes en Argel. Sí ante una pieza curiosa e interesante, sin mayores pretensiones literarias, en la que lo esencial es la caracterización de Cervantes, como escritor y como cautivo anheloso de libertad. O, mejor: la identificación personal e íntima que se adivina ­—aunque no se explicita— entre el protagonista del relato, Cervantes, el cautivo de Argel, y el autor, Ezequiel Endériz, republicano español exiliado en Francia[4].

Busto de Ezequiel Endériz, por Fructuoso Orduna


[1] Cito por Ezequiel Endériz, El cautivo de Argel. Novela corta inédita, Toulouse, [Imprimerie Portes et San Jose], s. a. [D. L., 1949].

[2] También en el capítulo III gasta bromas a un judío.

[3] Se trata de un comentario humorístico, pero acabará convirtiéndose en trágica realidad.

[4] Jesús Arana Palacios, «Más noticias sobre Ezequiel Endériz», Príncipe de Viana, año 54, núm. 199, mayo-agosto de 1993, p. 498. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El cautivo de Argel, de Ezequiel Endériz o de cómo “la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma”», en Emilio Martínez Mata y María Fernández Ferreiro (eds.), Comentarios a Cervantes. Actas selectas del VIII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas. Oviedo, 11-15 de junio de 2012, Madrid, Fundación M.ª Cristina Masaveu Peterson, 2014, pp. 288-299.

El retrato de Cervantes en «El cautivo de Argel» de Ezequiel Endériz (y 3)

En fin, el capítulo IV y último de El cautivo de Argel de Ezequiel Endériz[1] insiste en esa leal amistad que se ha entablado entre el jardinero Juan y Cervantes, y también en el deseo de libertad del escritor. Cervantes, en efecto, se siente libre escondido en el pozo del jardín:

Dura y penosa era la existencia del pobre Miguel de Cervantes en aquel miserable pozo del jardín de Azán Bajá que Juan de Valtierra le había proporcionado como escondite, hasta esperar su liberación. Pero con todo, no pasaba día sin que Cervantes diera gracias a Dios por tan tremendo beneficio, pues entre vivir la esclavitud de los baños y sin esperanza, y aquella relativa libertad y la creencia de poder escapar un día, no cabe duda que existía un beneficio. Además había conocido a Valtierra, un hombre completo, un amigo leal, una de esas almas que confirman lo que el hombre tiene de buena levadura cuando no de mala (p. 24a).

En esas largas horas de inactividad y reflexión, Cervantes sigue soñando con la libertad: «y soñaba con la libertad. Y la veía siempre en forma de paloma. Llegaba hasta él, revoloteaba sobre su cabeza, se posaba sobre sus hombros y cuando se alargaba su mano para conseguirla, se le escapaba siempre» (pp. 24a-24b). Cuando se acerca el momento de la fuga, Juan le anima diciéndole: «Es que hace falta valor», a lo que responde Cervantes: «Para huir de Argel, no me falta… No tanto para huir de ti puesto que, para mí, ya eres como un hermano…» (p. 24b). Juan, que también le ha cobrado gran afecto, vaticina ahora: «Tengo para mí que, andando el tiempo, tú serás una gloria de nuestra patria» (p. 25a). Ambos hombres se dan mano y se abrazan, ya totalmente identificados.

CervantesCautivo

Nos acercamos al desenlace. La impaciencia devora a Cervantes: «Dios había atendido su ruego… A España, a la patria otra vez…» (p. 26a). Y se despide del buen jardinero con estas palabras: «¡Adiós, amigo mío, hermano! ¡Suceda lo que suceda, no te olvidaré nunca!» (p. 28b). Todo está preparado, un bajel cristiano espera cerca… Sin embargo, la llegada de El Dorador con gente armada desbarata el plan; indica que busca a Juan, y que no tiene nada contra Cervantes; es más, se ofrece a protegerlo, pero este dignamente rechaza su protección. El escritor es devuelto a su prisión:

La policía del Baxí, que ya se llevaba a Valtierra por delante, ató fuertemente a Cervantes, después, y lo trasladó de nuevo a los baños, donde se le sujetó con una cadena. El sueño de su libertad se ha esfumado otra vez. Ya, de nuevo en la cárcel, sólo piensa en la suerte que correrá su amigo, el leal Juan de Valtierra, el amante de Zulima, la hija del rey Azán, el hombre apasionado y bueno (pp. 28b-29a).

Juan es ahorcado al día siguiente en los jardines reales. La princesa ha tratado de interceder por él, pero no ha servido de nada. Estas son las líneas finales de la novela:

Cervantes llora amargamente. Y no aquel día solamente, sino cuantos le quedaban todavía por estar en prisión en aquel cautiverio que duró más de cinco años y del que él solía decir, ya libre y en España:

—Ni me salvaron los frailes dedicados a rescatar cautivos, ni el Estado de la Monarquía que defendí y por la que perdí mi mano izquierda. Me salvaron los amigos, que son los únicos que existen, cuando existen (p. 29b).

Un aspecto que no he comentado todavía, pero que resulta bastante evidente, es el paralelismo que existe entre la situación del protagonista del relato y la del autor, un exiliado republicano español, también escritor; entre la falta de libertad que padecen los cristianos en Argel y la situación en la España de los primeros años de posguerra, paralelismo que se explicita, por ejemplo, cuando el autor equipara los baños con los campos de concentración de su presente histórico («aquella prisión, que hoy llamaríamos campo de concentración», p. 18b). Es un detalle que ya notó Jesús Arana Palacios: «Hace decir Ezequiel Endériz a Cervantes en esta obra frases que podrían aplicarse sin mucha dificultad a la propia situación del novelista»[2].


[1] Cito por Ezequiel Endériz, El cautivo de Argel. Novela corta inédita, Toulouse, [Imprimerie Portes et San Jose], s. a. [D. L., 1949].

[2] Jesús Arana Palacios, «Más noticias sobre Ezequiel Endériz», Príncipe de Viana, año 54, núm. 199, mayo-agosto de 1993, p. 498. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El cautivo de Argel, de Ezequiel Endériz o de cómo “la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma”», en Emilio Martínez Mata y María Fernández Ferreiro (eds.), Comentarios a Cervantes. Actas selectas del VIII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas. Oviedo, 11-15 de junio de 2012, Madrid, Fundación M.ª Cristina Masaveu Peterson, 2014, pp. 288-299.

El retrato de Cervantes en «El cautivo de Argel» de Ezequiel Endériz (2)

Otro pasaje interesante del capítulo segundo de El cautivo de Argel de Ezequiel Endériz[1] lo constituye su diálogo en los baños con los alféreces Ríos y Castañeda. Ambos están felices porque confían en que llegará pronto su rescate; «Cervantes, en cambio, pobre soldado confundido con un príncipe, tenía sobre él la amenaza de que aquello durara una eternidad» (p. 17b). Pero, pese a todo, se muestra «animoso y jovial». Les dice que ellos no le hacen daño con su alegría, y asegura que será libre escribiendo:

—No lo creáis… No soy tan necio ni tan egoísta que piense que el mal de todos alivia el mío… Sed libres y felices… Es lo que yo os deseo… En cuanto a los días amargos que me esperan, estad seguros que sabré aliviarlos si tengo herramientas con que escribir, que la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma; puede, en fin, más que el más bárbaro verdugo y la más dura prisión (p. 17b).

Y comenta el narrador para cerrar el capítulo: «El espíritu de Cervantes se plasmaba en aquellas sus dulces palabras de consolación, volaba hacia las luces de la tarde que declinaba; tenía catorce alas como un soneto…» (p. 17b).

CervantesCautivoenArgel

El comienzo del capítulo tercero nos retrata a Cervantes como hombre curioso: se insiste en que no cree cercana su liberación, por el mucho dinero que piden por ella. ¿Qué hacer, entonces? «Paciencia; mirar a este cielo turquesa de Argel y estudiar a este mundo nuevo en que hemos caído, procurando sacar provecho de la lección» (p. 18b). Por su parte, el narrador comenta: «ya hemos visto que tomó con resignación su triste suerte» (p. 19b)[2]. Y lo retrata también como hombre decidido a la libertad; cuando El Dorador le propone la fuga, le responde así:

—Un brazo me falta, y si no me faltara, diéralo con gusto por la libertad, que, sin libertad, la vida es mil veces peor que la muerte misma. Así pues, a aquel que lograrme pueda esa libertad y lo haga con el desinterés que tú me manifiestas, no sólo le deberé la vida, sino más que la vida, aunque ya dije lo que entre la libertad y la vida existe (p. 20b)[3].

Cervantes insiste en proclamar su valor: «Nada me asusta» (p. 20b). Y el narrador explicita que era un «hombre extraordinariamente valeroso» (p. 20b). Igualmente, queda caracterizado aquí como hombre piadoso:

—Señor mío Jesucristo… Grande es tu nombre y tu poder y benditos y alabados sean el uno y el otro… Mas si te apiadaras de este pobre esclavo tuyo y quisieras consentir en arrancarle de este sitio en que me hallo, reintegrándome a mi patria y a los míos, donde aún puedo ser útil en mi inutilidad, tu misericordia sería infinita y mi agradecimiento sería eterno… Padre nuestro que estás en los cielos… (p. 21b)[4].

A su vez, Cervantes no olvida en su cautiverio que es escritor, y así compone una poesía dedicada a la princesa Zulima, la hija del rey de Argel, de la que está enamorada el jardinero Juan: «Princesa, princesa, que en los jardines del rey…» (ver los versos en las pp. 23a-23b). Un aspecto muy importante lo va a constituir su amistad con el jardinero Juan, con quien Cervantes comparte el protagonismo en la parte final de la novela. El Dorador le ha presentado a Juan de Valtierra como cristiano y navarro: «¿Cristiano y navarro?… Las dos, para mí, prendas de calidad» (p. 21a), comenta Cervantes. Juan organizará la fuga de Cervantes, para lo cual este habrá de pasar un tiempo encerrado en un pozo del jardín del rey. En esos tres meses que comparten, los dos españoles se convierten en amigos inseparables, hasta el punto de formar un solo corazón: «Entre aquellos dos hombres, enamorado el uno y el otro poeta, se hizo una enorme pausa entrañable que los abrazaba de corazón a corazón en su propia quietud» (p. 23b). El amor (Juan y Zulima) y la amistad (Cervantes y Juan) serán los dos temas nucleares en este tramo final del relato[5].


[1] Cito por Ezequiel Endériz, El cautivo de Argel. Novela corta inédita, Toulouse, [Imprimerie Portes et San Jose], s. a. [D. L., 1949].

[2] Recordemos las célebres palabras en el prólogo de las Novelas ejemplares, donde en tercera persona dice Cervantes de sí mismo: «Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades». Y sabemos que sacó buen partido literario de la experiencia biográfica del cautiverio para varias de sus obras.

[3] Estas palabras recuerdan las célebres de Quijote, II, 58: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida».

[4] Y tras la oración, se indica, queda como en éxtasis. Poco antes había jurado por la Santísima Trinidad (p. 20b).

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El cautivo de Argel, de Ezequiel Endériz o de cómo “la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma”», en Emilio Martínez Mata y María Fernández Ferreiro (eds.), Comentarios a Cervantes. Actas selectas del VIII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas. Oviedo, 11-15 de junio de 2012, Madrid, Fundación M.ª Cristina Masaveu Peterson, 2014, pp. 288-299.