Cronología de Francisco de Quevedo (1580-1645)

Quevedo

1580 Nace en Madrid, el 17 de septiembre (Lozano Cabezuelo adelanta la fecha a la noche del 13 al 14), en el seno de una familia hidalga oriunda de la Montaña de Santander (es decir, de mediana condición social y económica). Su padre, Pedro Gómez de Quevedo, es escribano real y secretario de la reina Ana de Austria, esposa de Felipe II, y su madre, María de Santibáñez, dama de la reina. Ese mismo año, Portugal se incorpora a España.

1586 Muere su padre, y su madre pasa al servicio de la infanta Isabel Clara Eugenia. Quevedo entra bajo la tutoría de Agustín de Villanueva, miembro del Consejo de Aragón (sigue familiarizándose con el ambiente palaciego en que siempre habría de vivir).

1596 Después de haber estudiado con los jesuitas en el Colegio Imperial de Madrid (1592-1596), ingresa en la Universidad de Alcalá. Se conservan sus inscripciones en Súmulas, Lógica, Física y Matemáticas.

1599 Debió de recibir su título de bachiller el 4 de octubre de ese año, pero no lo recogería hasta el 1 de junio de 1600.

1600 Después de demostrar que había seguido un curso de Filosofía natural y de Metafísica, recibe la licenciatura en Arte. Tiene una gran formación humanística y filosófica; domina las lenguas clásicas y también el francés y el italiano. Se matricula en la Facultad de Teología, pero sus estudios se ven truncados al abandonar la ciudad.

1601 Marcha a Valladolid y reanuda en esa Universidad sus estudios de Teología. Allí inicia su carrera poética y también su larga y feroz enemistad con Góngora. Mantendrá correspondencia con el humanista flamenco Justo Lipsio, hasta la muerte de este en 1606. La estancia de Quevedo en la Corte vallisoletana se prolonga hasta 1605, y en ella obtendrá un empleo por mediación de la duquesa de Lerma. Llegó a recibir las órdenes menores, pero no siguió la carrera sacerdotal.

1603 Figura con dieciocho poemas en la célebre antología de Pedro de Espinosa Flores de poetas ilustres, aprobada ese año, aunque impresa en 1605. Ya ha escrito la Vida de Corte y la Premática que este año de 1600 se ordenó.

1605 Vuelve a Madrid con la Corte. Frecuenta las academias y tertulias literarias. Comienza a redactar los Sueños. Ya ha escrito probablemente El buscón y parte de las obras festivas. Se imprimen algunos romances suyos en la segunda parte del Romancero general de Miguel de Madrigal. Por estas fechas se fragua su enemistad con el famoso maestro de esgrima Luis Pacheco de Narváez, al que ridiculiza en público.

1607 Escribe el Sueño del alguacil endemoniado.

1608 Escribe el Sueño del Infierno.

1609 Envía el 1 de abril una carta a don Pedro Girón, duque de Osuna, junto con el Discurso de la vida y tiempo de Focílides, iniciando así una fiel relación de amistad con el aristócrata. Su situación económica es apurada. Comienza el pleito en torno al censo que había heredado de su madre en la Torre de Juan Abad (Ciudad Real), que no terminaría hasta 1631.

1610 El Padre Antolín Montojo niega el permiso para imprimir el Sueño del Juicio final.

1611 Viaja a Toledo (donde residían Tamayo de Vargas y el Padre Mariana) por el pleito de la Torre de Juan Abad.

1612 En la Torre de Juan Abad dedica a Osuna El Mundo por de dentro.

1613 Son años de intensísima actividad literaria. El 3 de junio envía a su tía Margarita de Espinosa el Heráclito cristiano. El 12 remite al teólogo fray Lucas de Montoya las Lágrimas de Hieremías castellanas. Hacia fines de octubre está en Palermo, al servicio del duque de Osuna, que es virrey de Sicilia. La estancia en Italia supone una clave en su evolución personal (vive las intrigas de la enrevesada política italiana: Italia es uno de los escenarios de la rivalidad entre Francia y España) y, además, mantiene contactos con los poetas e intelectuales del momento.

1615 En verano es elegido embajador por el Parlamento siciliano para traer al rey los donativos ordinarios y extraordinarios, y otro donativo especial para el duque de Uceda.

1616 Recibe el hábito de Santiago y una pensión de cuatrocientos ducados. El duque de Osuna consigue el virreinato de Nápoles y, en septiembre, Quevedo se reúne con él en esa ciudad.

1617 Visita al Papa en Roma, en misión encomendada por Osuna. Viaja a España en mayo.

1618 Defiende al duque de Osuna ante el Consejo de Estado de los cargos de complicidad en la conjuración de Venecia. Regresa a Nápoles, pero no es muy bien recibido por Osuna.

1619 Regreso definitivo a España.

1621 Escribe el Sueño de la Muerte. Proceso contra el duque de Osuna. Destierro de Quevedo a la Torre de Juan Abad. Muere Felipe III: sube al trono Felipe IV y a la privanza Olivares. Quevedo deposita en el nuevo valido sus esperanzas para la regeneración de España y obtiene el favor de la camarilla real.

1622 Se traslada a Villanueva de los Infantes (Ciudad Real). Remite a «doña Mirena Riqueza» el Sueño de la Muerte.

1623 Regresa a la Corte, amistado con el privado, el conde-duque de Olivares, con quien confía que llegarán reformas y proyectos regeneradores.

1624 Muere el duque de Osuna en prisión y le dedica unos famosos sonetos, como el que comienza «Faltar pudo su patria al grande Osuna…». Acompaña al rey en su viaje a Andalucía.

1625 Publica Cartas del caballero de la Tenaza.

1626 Acaba el Cuento de cuentos. Se publican El buscón y la Política de Dios.

1627 Se publican en Barcelona sus Sueños y discursos, y en Zaragoza Desvelos soñolientos.

1629 Dedica al Conde-Duque su edición de las obras de fray Luis de León, que publica como antídoto contra la «pestífera» poesía gongorina.

1630 Escribe El chitón de las tarabillas.

1631 Escribe Marco Bruto y Aguja de navegar cultos. Se publican en Madrid sus Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio. Pacheco de Narváez denuncia a la Inquisición El buscón y otras obras de Quevedo.

1634 Se casa con doña Esperanza de Mendoza, pero el matrimonio fracasará al poco tiempo. Publica la Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales y La cuna y la sepultura.

1635-1639 Vive retirado esos años en la Torre de Juan Abad.

1636 Se separa de su mujer. Trabaja en Virtud militante y dedica a don Álvaro de Monsalve La hora de todos.

1639 Es detenido en casa del duque de Medinaceli en Madrid y, confinado a León, se le encarcela en el convento de San Marcos.

1643 Al producirse la caída del conde-duque de Olivares, es puesto en libertad y puede trasladarse a Madrid, aunque ya muy enfermo y quebrantado.

1644 Dedica la Vida de San Pablo a don Juan Chumacero.

1645 En enero se traslada a Villanueva de los Infantes, y allí muere el 8 de septiembre, en una celda del convento de Santo Domingo[1].


[1] La bibliografía sobre Quevedo es muy abundante. Una magnífica aproximación a su vida y obra puede verse en Ignacio Arellano, Francisco de Quevedo, Madrid, Síntesis, 2006. El Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra edita desde 1997 La Perinola. Revista anual de investigación quevediana (ISSN: 1138-6363), donde el lector interesado encontrará la bibliografía más completa y actualizada sobre el escritor.

«Don Francisco de Quevedo», soneto de Armando Soriano Badani

Armando Soriano BadaniNacido en Cochabamba el año 1923, Armando Soriano Badani es un destacado literato boliviano contemporáneo (poeta, novelista, cuentista…). Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas y en Filosofía y Letras (en la Universidad Mayor de San Andrés), más tarde cursó en París Altos Estudios Sociales. Perteneció al grupo «Gesta Bárbara» (1944). Fue director del suplemento literario del periódico Hoy y miembro del Consejo Nacional de Cultura de Bolivia. Ha trabajado como abogado y catedrático universitario. Como diplomático, ha sido embajador de Bolivia ante la OEA en Washington. Académico de número de la Academia Boliviana de la Lengua, actualmente reside y trabaja en La Paz. Entre otras importantes distinciones, Soriano Badani cuenta en su haber con el Premio de Literatura Pro-Arte, el Premio a la Cultura del Club de La Paz y el Premio de Cultura de la Fundación Manuel Vicente Ballivián.

Armando Soriano Badani es autor de obras ensayísticas y de investigación como El cuento boliviano, 1900-1937 (1964), El cuento boliviano, 1938-1967 (1969), Antología del cuento boliviano (1972 y 1992), El Illimani en la literatura (1976), Poesía boliviana (1977), Pintores bolivianos contemporáneos (1994) o Ensayos sobre cultura boliviana (2007).

Como creador literario, ha escrito tres libros de cuentos, a saber Rumbo de la fatalidad (1989), Visiones de vida (1998) y Unos pasos por el cielo (2003). En el año 2004 publicó su primera novela, titulada Escondida en mis sueños. En cuanto a su trayectoria poética, hasta el año 2000, Raúl Alcázar Velasco la ha resumido con estas palabras:

La caudalosa inspiración de Armando Soriano Badani, el poeta ilustrado y sentimental, se ha cristalizado en siete poemarios, publicados desde 1969 hasta el 2000.

En los cuatro primeros: Alba rota, Perfil del atardecer, Agonía de las viñas y Perennidad de los [en]sueños, los temas y su tratamiento son diversos, con predominio de la poesía amatoria, mientras que en los tres últimos el poeta especifica el motivo y elige la forma. Así, en La huella transparente el núcleo es Bolivia, los poemas históricos y patrióticos; en Rebelión de los anhelos presenta sesenta Décimas al amor y a la ausencia y en Caleidoscopio, treinta sonetos de amor[1].

En la contracubierta del volumen leemos este somero resumen de los temas que abordan los poemas aquí recopilados:

Los seis libros de poesía[2] reunidos en este volumen rescatan treinta años de la prolífica e inspirada consagración de Armando Soriano Badani a la expresión del amor en todas sus manifestaciones: el que profesa por la mujer amada, el que evoca la memoria histórica de su Patria, el que descubre la belleza del paisaje, el que extrae de la música y la pintura alimento para el espíritu. Sus versos, labrados en el rigor de las formas clásicas, son una fervorosa exaltación de la condición humana y un tributo a la sencilla dignidad de la poesía.

Con posterioridad a la recopilación de su Obra poética 1969-2000 (2001), Soriano Badani ha publicado nuevos títulos poéticos, como Fuego incesante (2002) o Lumbre de invierno (2005).

Pues bien, de entre su producción poética, quiero destacar hoy un soneto suyo dedicado a «Don Francisco de Quevedo», que constituye una somera semblanza del genial satírico madrileño, con evocación de su estilo y el recuerdo de alguna de sus obras clave, como El buscón.

Quevedo

Este es el texto de ese poema dedicado a Francisco de Quevedo:

El corrosivo genio de su pluma
trasciende en la nobleza de su estilo
desde el distante ayer color de bruma
hasta el presente diáfano intranquilo.

Atrevido lenguaje cruel exhuma
la picaresca con festivo filo
y su numen satírico es la suma
de invectiva social de refocilo.

Intacta está su imagen, prez y altura,
vivo el retrato del Buscón Don Pablos
vagamundo travieso en la aventura.

Y la gracia picante de vocablos,
brilla en sus ojos de inmortal bravura
que hieren fieros como dos venablos[3].


[1] Ver para más detalles de cada poemario Raúl Alcázar Velasco, «La poesía de Armando Soriano Badani», estudio preliminar a Obra poética 1969-2000, La Paz, Plural Editores, 2001, pp. 7-14. La cita corresponde a la p. 7.

[2] En realidad son siete: Alba rota (1969), Perfil del atardecer (1976), Agonía de las viñas (1985), Perennidad de los ensueños (1991), La huella transparente (1997), Rebelión de los anhelos (1997) y Caleidoscopio (2000).

[3] Tomo el texto de Armando Soriano Badani, Obra poética 1969-2000, La Paz, Plural Editores, 2001, p. 110. Mantengo la puntuación y el uso de las mayúsculas del original.

Lope de Vega y Quevedo

Francisco de QuevedoFrancisco de Quevedo, exigente y mordaz, debió de respetar a Lope, aunque se despachó sin medida contra Montalbán, tan estrechamente ligado al Fénix[1]. De su amistad dan muestra los elogios mutuos que se dirigen. En una carta de enero de 1622 Lope trata a Quevedo de «gran don Francisco de Quevedo» («Oí un romance del gran don Francisco de Quevedo un día en que trataban desta materia con ingenioso estilo, diciendo que los calvos se reían de los teñidos, y los lampiños de los barbados, con otras cosas que fundaban bien las diferencias de las opiniones»). En el Laurel de Apolo la alabanza a Quevedo parece menos formularia que en otros casos:

Al docto don Francisco de Quevedo
llama por luz de tu ribera hermosa,
Lipsio de España en prosa
y Juvenal en verso,
con quien las musas no tuvieron miedo
de cuanto ingenio ilustra el universo
ni en competencia a Píndaro y Petronio
como dan sus escritos testimonio.
Espíritu agudísimo y süave,
dulce en las burlas y en las veras grave,
príncipe de los líricos que él solo
pudiera serlo si faltara Apolo.

Quevedo, por su parte, corresponde con otra serie de ditirambos, entre los que copiamos como ejemplos el soneto laudatorio a El peregrino en su patria y la aprobación a las Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos (otra aprobación la hizo Valvivielso):

Las fuerzas, Peregrino celebrado,
afrentará del tiempo y del olvido
el libro que, por tuyo, ha merecido
ser del uno y del otro respetado.

Con lazos de oro y yedra acompañado,
el laurel con tu frente está corrido
de ver que tus escritos han podido
hacer cortos los premios que te ha dado.

La envidia su verdugo y su tormento
hace del nombre que cantando cobras,
y con tu gloria su martirio crece.

Mas yo disculpo tal atrevimiento,
si con lo que ella muerde de tus obras
la boca, lengua y dientes enriquece.

Aprobación

Por mandado de los señores del Supremo Consejo de Castilla he visto este libro cuyo título es Rimas del Licenciado Tomé de Burguillos, escrito con donaires, sumamente entretenido sin culpar la gracia en malicia, ni mancharla con el asco de palabras viles, hazaña de que hasta agora no he visto que puedan blasonar otras tales sino éstas. El estilo es no solo decente, sino raro, en que la lengua castellana presume vitorias de la latina, bien parecido al que solamente ha florecido sin espinas en los escritos de Frey Lope Félix de Vega Carpio, cuyo nombre ha sido universalmente proverbio de todo lo bueno, prerrogativa que no ha concedido la fama a otro hombre. Son burlas que de tal suerte saben ser doctas y provechosas, que enseñan con el entretenimiento y entretienen con la enseñanza, y tales que he podido lograr la alabanza en ellas, no ejercitar la censura…

Más confusas y problemáticas o francamente negativas son las relaciones que tiene Lope con otros significados ingenios de su tiempo, como iremos viendo en las próximas entradas.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

El soneto de Quevedo «Esta, por ser, ¡oh Lisi!, la primera»

Este soneto quevediano pertenece a su cancionero amoroso Canta sola a Lisi y la amorosa pasión de su amante y se presenta bajo el epígrafe «Ofrece a Lisi la primera flor que se abrió en el año». El texto me interesa especialmente porque supone un planteamiento innovador, en el contexto de la serie que estamos analizando: aparece el tema de la brevedad de la belleza (ver especialmente el primer terceto, con léxico y motivos usuales), pero se renueva al afirmar el yo lírico que la flor podrá superar su destino efímero, podrá eternizarse («adquiera en larga vida eterna aurora», v. 14) prendida en el cabello de la amada. Escriben Lía Schwartz e Ignacio Arellano en nota a su edición:

El ofrecimiento de la primera flor que se abre en la estación se presenta como homenaje a la amada, cuya descripción, con metáforas que comparan sus facciones a rosas, lirios o claveles, es tópica. La imagen de la flor, además, connota la brevedad de la vida y el carácter efímero de la belleza; el soneto, pues, está relacionado, semánticamente, con las recreaciones del carpe diem o del collige, virgo, rosas, sin constituir estrictamente una imitación de estos motivos.

Por lo demás, el soneto destaca por su notable elaboración retórica (hipérbaton en el verso inicial, anáfora del deíctico esta en los vv. 1-5, paronomasia calores / colores en los vv. 2-3, juego de derivación Lógrese / mal logre en los vv. 12-13, etc.).

Niña con flores en el pelo

Esta, por ser, ¡oh Lisi!, la primera
flor que ha osado fiar de los calores
recién nacidas hojas y colores,
aventurando el precio a la ribera;

esta, que estudio fue a la primavera,
y en quien se anticiparon esplendores
de el sol, será primicia de las flores,
y culto con que la alma te venera.

A corta vida nace destinada,
sus edades son horas; en un día
su parto y muerte el cielo ríe y llora.

Lógrese en tu cabello, respetada
de el año; no mal logre lo que cría;
adquiera en larga vida eterna aurora[1].


[1] Es el núm. 108 de Francisco de Quevedo, Un Heráclito cristiano, Canta sola a Lisi y otros poemas, ed. de Lía Schwartz e Ignacio Arellano, Barcelona, Crítica, 1998, p. 175.

La letrilla de Quevedo «A un rosal»

La letrilla lírica de Quevedo «A un rosal» (se construye como un apóstrofe al mismo) reitera los mismos tópicos que venimos examinando en poemas anteriores de distintos autores: la poca duración de la belleza y frescura de sus flores, que no pasa de un día («si aun no acabas de nacer / cuando empiezas a morir», vv. 7-8; «si es tus mantillas la aurora, / es la noche tu mortaja», vv. 21-22). Y, como consecuencia, la enseñanza del desengaño encerrada en el estribillo: de nada sirve vanagloriarse de tan efímera belleza, pues las rosas, perdida su lozanía, pronto quedarán reducidas a espinas.

Rosal

Rosal, menos presunción
donde están las clavellinas,
pues serán mañana espinas
las que agora rosas son.

¿De qué sirve presumir,
rosal, de buen parecer,
si aun no acabas de nacer
cuando empiezas a morir?
Hace llorar y reír
vivo y muerto tu arrebol
en un día o en un sol;
desde el Oriente al ocaso,
va tu hermosura en un paso,
y en menos tu perfección.

Rosal, menos presunción
donde están las clavellinas,
pues serán mañana espinas
las que agora rosas son.

No es muy grande la ventaja
que tu calidad mejora:
si es tus mantillas la aurora,
es la noche tu mortaja.
No hay florecilla tan baja
que no te alcance de días;
y de tus caballerías,
por descendiente de la alba,
se está rïendo la malva,
cabellera de un terrón.

Rosal, menos presunción
donde están las clavellinas,
pues serán mañana espinas
las que agora rosas son[1].

Espinas


[1] Es el núm. 207 de Francisco de Quevedo, Poesía original completa, ed. de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1990, p. 233, donde figura bajo el epígrafe de «Letrilla lírica».

El soneto «A las cenizas de un amante puestas en un reloj» de Quevedo

El mismo tema que veíamos en una entrada anterior en el soneto de Luis de Ulloa y Pereira canta este otro de don Francisco de Quevedo, titulado «A las cenizas de un amante puestas en un reloj». Aquí, la idea de la inmortalidad, de la eternidad del sentimiento amoroso queda reforzada por la repetición de expresiones como «afecto inmortal» (v. 2), «curso eterno» (v. 3), «los días a tus ansias eternizas» (v. 4), «bien que inmortalizas» (v. 8), «eternar su movimiento» (v. 11) y «eternizas tu propio sentimiento» (v. 14). Lo prodigioso del caso (milagro, portento peregrino, v. 9) consiste precisamente en esta paradoja: el reloj, símbolo habitual para expresar el rápido correr del tiempo «por días, por horas, por minutos» (v. 13), es decir, de lo que pasa irremediablemente, se ha convertido aquí en símbolo de lo contrario, de la permanencia eterna del sentimiento. Y por ello el bello verso duodécimo, «Tú mismo constituyes tu destino», y que se pueda calificar de felice (v. 1) al destinatario del poema.

Reloj de arena, de Santiago Caruso

Ostentas, ¡oh felice!, en tus cenizas
el afecto inmortal del alma interno;
que como es del amor el curso eterno,
los días a tus ansias eternizas.

Muerto, del tiempo el orden tiranizas,
pues mides, derogando su gobierno,
las horas al dolor del pecho tierno,
los minutos al bien que inmortalizas.

¡Oh milagro! ¡Oh portento peregrino!,
que de lo natural los estatutos
rompes con eternar su movimiento.

Tú mismo constituyes tu destino,
pues por días, por horas, por minutos,
eternizas tu propio sentimiento[1].


[1] Biblioteca Nacional de España, Ms. 9.636, fol. 140v y Ms. 7.370, fol. 220v. Recogido por Luis Rosales, El sentimiento del desengaño en la poesía barroca, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1966, p. 47. Es el número 380 en Poesía original completa, de Francisco de Quevedo, ed. de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1990, p. 369, de donde lo copio, modificando ligeramente la puntuación.

Literatura de Pasión: el soneto de Quevedo «A la muerte de Cristo, contra la dureza del corazón del hombre»

En fin, Francisco de Quevedo, aunque hoy quizá resulte más conocido para el público general por su faceta de escritor satírico y burlesco, cultivó igualmente diversos temas de la poesía grave (poemas encomiásticos, metafísicos, morales, amorosos…). En ese terreno de su poesía seria podemos encontrar algunos poemas religiosos tan emotivos como este, titulado «A la muerte de Cristo, contra la dureza del corazón del hombre», en el que se recuerdan además (en los cuartetos) las señales ocurridas en aquel momento (eclipse, terremoto, etc.):

Muerte de Cristo

Pues hoy derrama noche el sentimiento
por todo el cerco de la lumbre pura,
y amortecido el sol en sombra obscura
da lágrimas al fuego y voz al viento;

pues de la muerte el negro encerramiento
descubre con temblor la sepultura,
y el monte, que embaraza la llanura,
del más cercano se divide atento;

de piedra es, hombre duro, de diamante
tu corazón, pues muerte tan severa
no anega con tus ojos tu semblante.

Mas no es de piedra, no, que si lo fuera,
de lástima de ver a Dios amante,
entre las otras piedras se rompiera.

Hasta aquí este recorrido panorámico por la literatura del ciclo de la Pasión en los autores españoles de los Siglos de Oro. Por supuesto, este tema se prolonga a lo largo de los siglos XVIII y XIX, y sigue con pujanza en el siglo XX y hasta llegar a nuestros tiempos, con muchos autores que ahora no me detengo a mencionar siquiera. Queda pendiente para otra Semana Santa.