Cuentos de Rubén Darío de ambientación contemporánea y corte fantástico

Otros cuentos de ambientación contemporánea[1], tal vez los más originales de Rubén Darío, introducen elementos fantásticos o sobrenaturales: «El caso de la señorita Amelia. Cuento de Año Nuevo»  (pp. 108-116) destaca tanto por lo sorprendente del suceso —el de Alicia Revall, que ha visto detenido su proceso vital en la niñez— como por la pericia del narrador secundario, el doctor Z[2]). En «Cuento de Pascua» (pp. 117-129) el misterio que rodea a la mujer del galón rojo, como una herida, que se parece a María Antonieta y la visión prodigiosa que se le ofrece al narrador —una multitud de cabezas cortadas que anuncian la resurrección de Cristo— queda diluido: una posible explicación está en las pastillas alucinógenas que Mr. Wolfhart le ha dado, aunque el comentario final hace pensar que se ha tratado de una simple pesadilla: «Nunca es bueno dormir inmediatamente después de comer —concluyó mi buen amigo el doctor» (p. 129). En fin, «Verónica» (pp. 179-184), y su reelaboración, «La extraña muerte de Fray Pedro» (pp. 130-136), nos presentan a Fray Pedro de la Pasión, un monje dominado por el ansia de saber —vencido por el demonio moderno que se esconde en la Ciencia, se dice—; con un aparato de rayos X saca una radiografía de una Forma Consagrada, persigue ver el alma; él muere, pero en la placa ha quedado impreso el rostro de Cristo.

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Aparte quedarían unos pocos cuentos que escapan a la clasificación que he establecido: «El nacimiento de la col» (p. 146) es una fábula sobre la necesidad o no de que la belleza sea útil (la rosa, tentada por el demonio, pide a Dios ser útil y es convertida en col).  «La resurrección de la rosa» (pp. 106-107) tiene un claro valor simbólico[3]. Otros recrean el mundo de las hadas y la literatura caballeresca, o se inspiran en personajes literarios: así, «Este es el cuento de la sonrisa de la princesa Diamantina» (pp. 142-145; el poeta Heliodoro, adornado con un cisne de plata, gana su sonrisa de perlas); «Un cuento para Jeannette» (pp. 195-200, que describe la belleza dulcemente fantasmal de esa princesa astral, de carne impalpable y beso imposible); «El linchamiento de Puck» (pp. 137-139; el personaje es salvado de la muerte por un hada buena) y «Luz de luna. Pierrot» (pp. 103-105; la primera persona narradora se identifica con Pierrot, «el silencioso enamorado de la luna»)[4].


[1] Utilizo como corpus de estudio las treinta y seis narraciones reunidas en Rubén Darío, Obras completas, tomo IV, Cuentos y novelas, Madrid, Afrodisio Aguado, 1955, pp. 11-216. Aparte quedan otros importantes relatos, como por ejemplo todos los incluidos en Azul…

[2] Se trata de un «relato dentro del relato», y el doctor Z dosifica la información, retrasando el desenlace del caso por medio de la introducción de eruditas digresiones.

[3] El hombre pide al Padre que no muera la rosa que ha brotado en su corazón; cuando llega Azrael, ángel mensajero de la muerte, el Padre le indica que tome, en cambio, una rosa de su jardín azul, apagándose entonces una estrella en el cielo.

[4] Esta entrada es un breve extracto, con algunas adaptaciones, de un trabajo anterior mío: Carlos Mata Induráin, «De princesas, rosas e historias sobrenaturales. El arte del cuento en Rubén Darío», en Cristóbal Cuevas García (ed.), Rubén Darío y el arte de la prosa. Ensayos, retratos y alegorías, Málaga, Publicaciones del Congreso de Literatura Española Contemporánea, 1998, pp. 359-371.

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Cuentos de Rubén Darío de ambientación contemporánea realista

Incluyo bajo este epígrafe nueve títulos de Rubén Darío, varios de ellos protagonizados por niños o jóvenes y marcados por el tema de la muerte[1]. Así, «Betún y sangre» (pp. 39-50), cuyo tema es el despertar del deseo en Periquín, un joven limpiabotas de doce años, que ya analicé en otra entrada anterior; «El Dios bueno» (pp. 14-21), que plantea el tema de la supuesta crueldad de Dios, al permitir la presencia del mal en el mundo, concretado en el relato en el bombardeo del hospicio que causa la muerte de varios huérfanos y que suscita la exclamación final de la niña Lea: «¡Oh, buen Dios! ¡No seas malo!»; «La Matuschka. Cuento ruso» (pp. 51-59) evoca a la cantinera de ese nombre, que llora la muerte de Nicolasín, el joven tambor del regimiento; «Enriqueta. Página oscura» (pp. 64-65) constituye una reflexión, cercana al poema en prosa, sobre la muerte en plena juventud, ejemplarizada con la de una niña de doce años. Similar es «Rosa enferma. Fugitiva» (pp. 66-68), evocación poética, sin apenas acción, de la soñadora Emma, una joven actriz enferma, malcasada, melancólica, con todas sus ilusiones rotas y en la que el público no logra adivinar «la tristeza de la mujer bajo el disfraz de la actriz» (p. 67). Igualmente, «Jerifaltes de Israel» (pp. 85-87) es un retrato, sin apenas tensión argumental, de cuatro cambistas judíos[2]. En fin, «La miss» (pp. 173-178) condena la hipocresía de ciertas personas que esconden su conducta pecaminosa bajo el velo hipócrita de un falso y exagerado pudor.

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Más interesante es «Sor Filomela. Amor divino» (pp. 96-102), que narra la historia de otra «soñadora del divino país de la armonía» (p. 98), la actriz Eglantina Charmat, que sorprende a todos al entrar en religión tras enterarse de la muerte de su amado. Por último, «La admirable ocurrencia de Farrals» (pp. 69-72) introduce de nuevo la tonalidad humorística al evocar a un peculiar tipo, un catalán que se dedica en París a perseguir el luis, el dinero, y que al final mata a su mujer con unos medicamentos de su invención que le ha hecho probar[3].


[1] Utilizo como corpus de estudio las treinta y seis narraciones reunidas en Rubén Darío, Obras completas, tomo IV, Cuentos y novelas, Madrid, Afrodisio Aguado, 1955, pp. 11-216. Aparte quedan otros importantes relatos, como por ejemplo todos los incluidos en Azul…

[2] Lo más destacable de este relato es la caracterización de los israelitas, con un proceso de animalización que va desde el título (que los asimila a aves de presa) hasta la frase final con que se remata: «Y había en ellos una animalidad maligna y agresiva» (p. 87).

[3] Esta entrada es un breve extracto, con algunas adaptaciones, de un trabajo anterior mío: Carlos Mata Induráin, «De princesas, rosas e historias sobrenaturales. El arte del cuento en Rubén Darío», en Cristóbal Cuevas García (ed.), Rubén Darío y el arte de la prosa. Ensayos, retratos y alegorías, Málaga, Publicaciones del Congreso de Literatura Española Contemporánea, 1998, pp. 359-371.

Los «Cuentos de vacaciones» de Ramón y Cajal: valoración final

Cuentos de vacaciones, de Ramón y CajalEn todos los relatos de Ramón y Cajal incluidos en Cuentos de vacaciones (Madrid, Imprenta de Fortanet, 1905[1]), que he ido examinando en sucesivas entradas, apenas hay acción. Con frecuencia la narración se convierte en mero vehículo para la exposición de ideas y temas próximos al ensayo, con notas que consiguen literaturizarla vagamente. Los personajes encarnan ideas, son portavoces de una tesis y, a veces, encuentran la antítesis encarnada en otro personaje. Los contenidos se expresan a través de continuas digresiones y largos parlamentos, que entorpecen el normal desarrollo de la acción narrativa. El común denominador de los pensamientos del autor así transmitidos es una visión optimista de la ciencia y una defensa de lo racional (frente a creencias irracionales y supercherías religiosas), que debe iluminar y hacer avanzar al hombre y a la sociedad. Ese objetivo quizá no se logre en un plazo de tiempo corto, pero Ramón y Cajal manifiesta su confianza de que se alcanzará en el porvenir.

El rasgo estilístico más destacado sería el empleo de una onomástica y toponimia elocuentes: el conflictivo pueblo donde el fabricante de honradez quiere experimentar su vacuna moral es Villabronca; ese hipnólogo, que tiene grandes proyectos, se llama Alejandro Mirahonda (y es Mirahonda, también, por ser hipnólogo); las localidades donde vive el hidalgo padre de Inés, en «La casa maldita», son Rivalta y Villaencumbrada; el hombre natural del último relato, con grandes ideales, se apellida Miralta, en tanto que su amigo tradicionalista tiene el pomposo y significativo nombre de don Esperaindeo Carcabuey; un sacerdote que escudriña en las conciencias de sus parroquianos se llama Padre Zahorí, etc.

Ciertamente, la calidad de estas cinco narraciones no es demasiado alta, pero sin duda ofrecen un considerable interés: estos relatos, además de ser las distracciones literarias de un excepcional hombre de ciencia, nos revelan algunas de las ideas nucleares de su pensamiento, manifestadas a través de la expresión literaria, que —una vez más— mezcla «lo útil» de la enseñanza (contenido) con «lo dulce» del envoltorio (forma), según el desideratum clásico del «deleitar aprovechando» (el horaciano delectare et prodesse). Y es que, como tantos otros médicos humanistas, don Santiago Ramón y Cajal también sintió la seductora atracción de la literatura y quiso utilizarla ancilarmente como vehículo de su ideario.Ciencia yCienci


[1] Hay varias ediciones modernas. Manejo la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

Ramón y Cajal, cuentista: «El hombre natural y el hombre artificial»

El quinto y último relato de los Cuentos de vacaciones (1905)[1] de Santiago Ramón y Cajal es «El hombre natural y el hombre artificial» (pp. 207-289), que refiere en su primera parte el encuentro en París de Jaime Miralta, ingeniero español, y don Esperaindeo Carcabuey, barón del Vellocino, que ha sido educado en «el veneno de la intransigencia religiosa» (p. 209). Nótese la onomástica elocuente al nombrar a los personajes, como sucede en otros relatos del volumen. Carcabuey pide ayuda a su amigo, porque se considera un «no yo», «una pobre víctima de la mala educación» (p. 209), un hombre artificial, sumamente dócil, que execra la razón: «católico por sugestión y costumbre, ultramontano por imposición, procaz e intemperante por imitación y orador retórico y florido por recetas» (p. 217).

Santiago Ramón y CajalPara ayudarle a salir del error y el parasitismo, en la segunda parte Jaime le resume su vida —con claras reminiscencias autobiográficas del autor—, que le servirá como lección y camino: hijo de campesinos, trabajó desde joven como zagal, en el campo. «Desde entonces —explica— mi vida y mi pensamiento se modelaron con la bravía Naturaleza» (p. 237). Ya de niño sintió el afán de la ciencia, de la búsqueda de la verdad. El maestro, que vio sus buenas disposiciones, le enseñó a explorar la realidad, inculcándole el gusto por la Naturaleza; con su observación, la memoria organizada y el espíritu crítico se fueron desarrollando en él. El maestro le da varios consejos: «Sé, no los demás»; «Jamás olvides que tus talentos no valen sino por la sociedad y para la sociedad»; «Esculpe tu cerebro, el único tesoro que posees». Aunque ello le supone renunciar a la pensión que cobra, abandona sus estudios en el Seminario, dominados por «las tinieblas de la teología dogmática», y se convierte en un self made man: cursa la carrera de Ingeniero y la de Ciencias; emprende trabajos científicos e inventa varias máquinas eléctricas y radiográficas (en España no le harán caso, pero sí en París, aunque no por ello dejará de amar a su patria). Jaime cree en la inmortalidad a través de las ideas y desea «ensanchar la geografía moral de la raza» (p. 286). Esperaindeo acepta el cargo de secretario que le ofrece Jaime, quien vive recogido «en la tranquila playa de la ciencia y de la industria». Y concluye el relato con un mensaje esperanzador para el futuro:

Laboremos, pues, en él [el mundo de la ciencia], puesto que en él se nos permite discurrir libremente. Los apóstoles de la justicia serán oídos más adelante, cuando la ciencia omnipotente haya iluminado todos los antros y sinuosidades de la Naturaleza y del espíritu (p. 289).


[1] Cito por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

Ramón y Cajal, cuentista: «El pesimista corregido»

Santiago Ramón y CajalEl protagonista del cuarto de los Cuentos de vacaciones (1905)[1] de Santiago Ramón y Cajal, «El pesimista corregido» (pp. 152-206), es el doctor Juan Fernández, un pesimista y misántropo incorregible, de veintiocho años, que vive solo con su ama de llaves. Juan siente asco de la vida y despego de la sociedad; lee a Nietzsche, Schopenhauer y Gracián; para él la vida es «una broma pesada y sin gracia dada por la Naturaleza sin saber por qué ni para qué» (p. 153); tiene pocos amigos y pocas ilusiones. En realidad, hay varios motivos para su pesimismo: es huérfano, está enfermo de tifoidea, ha fracasado en las oposiciones a varias cátedras de Madrid. Además, ahora su novia Elvira se muestra esquiva con él. En suma, Juan se siente derrotado en cuerpo y alma.

Un día se le aparece un anciano, un genio, que es el numen de la ciencia; más que dialogar, los dos intercambian largas tiradas de prosa, disertando sobre Dios, la naturaleza, el hombre…: el dolor y la muerte impulsan la evolución; la ciencia no puede agotar los dominios de la vida; el cerebro y la retina son «las dos más valiosas joyas de la creación» (p. 169). El genio le concede ver todo amplificado, como si sus ojos fuesen potentes microscopios, durante un año. Merced a esta curiosa experiencia, que le ayuda a relativizar todos los hechos y circunstancias, Juan queda curado de su pesimismo y se convence de que la vida es digna de ser vivida. Pasan dos años más y es un hombre distinto, al lado de Elvira. «Y se casaron, siendo felices. Y cuentan las crónicas que el genio de la especie no tuvo motivo de arrepentirse al contemplar, años después, la hermosa y robusta prole» (p. 206).


[1] Citaré por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

Ramón y Cajal, cuentista: «La casa maldita»

Ocupa el tercer lugar entre los Cuentos de vacaciones (1905)[1] de Santiago Ramón y Cajal el titulado «La casa maldita», un relato algo más largo que los dos anteriores (pp. 90-151), y en mi opinión el mejor de los cinco que forman el libro. Se divide externamente en diez secuencias. Inés y su padre don Tomás, el hidalgo de Rivalta, comentan la próxima llegada de Julián, primo de la muchacha, que vuelve de América rico. Inés, mujer fuerte y muy femenina, dotada de una gran belleza interior, fue educada «inculcándola la ciencia y el arte sin pedantería, la moral y la religión sin supersticiones, la virtud y la dignidad sin orgullo, la benevolencia y la ternura sin histerismos ni gazmoñerías» (p. 91). Julián, por su parte, es un médico con ideas socialistas y escéptico en materias religiosas, que se enamoró de su prima cuando el alma le estaba cambiando de niña a mujer. Inés también se enamoró de él, pero su padre se opuso al matrimonio porque Julián no tenía fortuna, y tuvo que marchar a hacerla. Ocurre que el barco en que regresa Julián naufraga: salva la vida, pero pierde todo su dinero, de forma que vuelve a ser rechazado por el padre de Inés, cuyos sueños de amor y ventura se esfuman nuevamente.

Retrato de Ramón y Cajal, por Joaquín SorollaJulián solo tiene fe en dos realidades: luchar para vivir y vivir para amar. Para volver a hacerse rico en poco tiempo, decide comprar y explotar una finca abandonada, que es conocida como «la casa maldita»: en efecto, corre la leyenda de que todas las personas que la ocupan mueren o enferman antes de un año, desde que la habitó un «perro protestante». Julián instala en la finca un completo laboratorio bacteriológico y detecta un alto grado de insalubridad: la malaria y el paludismo, y no ninguna maldición, son la explicación racional de que todos sus habitantes anteriores enfermasen. Julián sanea la finca, que llama «Villa Inés», y la explota con fortuna. Pasan varios años. Julián ha emprendido campañas de higienización por toda la comarca, convirtiéndose en un apóstol abnegado de la ciencia. Además de su finca, explota unas minas con pingües beneficios que le hacen millonario. Todos ven en él un cacique científico y patriota. Julián e Inés se casan; son felices y tienen varios hijos; ya viejos, muere ella, y Julián, cuando se siente abatido, mira una foto que se tomaron juntos. El relato acaba con esta exclamación: «¡Sí, la vida es buena y la felicidad existe…, sólo que… dura tan poco!» (p. 151).

Desde el punto de vista estilístico, es interesante la descripción de uno de los encuentros amorosos de Julián e Inés (las palabras, el tacto, el beso que se dan…) visto como un proceso bioquímico:

En aquel enajenamiento de la carne exasperada de amor había algo así como ebulliciones de protoplasma fecundo, clamores sordos de células vírgenes de actividad, impulsos centrífugos irresistibles… (p. 121).

El autor introduce varias digresiones, como el «paréntesis lírico-biológico» sobre la Naturaleza creadora de la vida, con una exaltación del amor: «¡Sólo mueren los que no aman!» (p. 125); o el extenso episodio (ocupa las pp. 129-146) de la tertulia de la rebotica de don José, donde se discute sobre el progreso y la civilización, contraponiéndose las luces de la ciencia y los conocimientos racionales a las sombrías leyendas y supersticiones oscurantistas.


[1] Citaré por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

Ramón y Cajal, cuentista: «El fabricante de honradez»

Santiago Ramón y CajalEl segundo de los Cuentos de vacaciones (1905)[1] de Ramón y Cajal es «El fabricante de honradez» (pp. 54-89), narración dividida en ocho secuencias. Alejandro Mirahonda, doctor en Medicina y Filosofía, es un eminente hipnólogo que acude a Villabronca —nótese el valor simbólico de los nombres—, donde prepara una experiencia psicológica con un suero antipasional de su invención que modera las pasiones negativas de las personas; con su aplicación busca «la purificación ética de la raza humana y la conversión de los viciosos y criminales en personas probas, decentes y correctísimas» (p. 60). Se aplica la vacuna moral en Villabronca y, en efecto, el vicio huye, viviéndose en el pueblo una verdadera edad de oro.

Pero con esa vida uniforme y aburrida, comienzan a surgir protestas, todos piden que se vuelva a la situación anterior y Mirahonda les aplica la contratoxina pasional, el licor del mal, que no es sino agua. Sin embargo, la contrasugestión surte su efecto y estallan las pasiones reprimidas durante todo un año. Ante la locura agresiva y amenazadora que se desata en Villabronca, el doctor huye, redactando una memoria del experimento en la que concluye:

Todo hace creer que el dolor, la pobreza y la injusticia son leyes inexorables de la vida, íntimos resortes de la ascensión progresiva del espíritu a las cimas del ideal» (p. 87).

Y poco después se explicita la moraleja: quizá en lo porvenir se consiga una convivencia pacífica y honrada de los ciudadanos sin presiones exteriores, pero mientras llega ese momento resulta necesaria la sugestión de la autoridad, la religión y la disciplina.


[1] Citaré por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.