Algunas claves del pensamiento unamuniano

El eminente filólogo Ernst Robert Curtius llamó a Miguel de Unamuno «praeceptor» y «excitator Hispaniae», es decir, maestro y, sobre todo, aguijoneador de España, verdadero despertador de la conciencia nacional. En efecto, él quería sacar del sueño del dormir al sueño del soñar a aquella España que vivía sumida en el marasmo («Sobre el marasmo actual de España», artículo de En torno al casticismo, 1895) y  que pronto conocería el «Desastre» de 1898.

Miguel de Unamuno

Unamuno fue, sin duda, uno de los grandes intelectuales de la España de principios del siglo XX. No cabe duda de que su personalidad es muy rica, no solo compleja sino incluso contradictoria. Suele afirmarse a veces que «Unamuno es todo uno», porque buena parte de su copiosa producción (ahí están los diez volúmenes de sus Obras completas publicadas por Escelicer, al cuidado de García Blanco) supone continuas variaciones sobre unos mismos pocos temas, que podrían resumirse en dos: por un lado, el problema religioso (Dios, la fe, la vida y la muerte, el ansia de inmortalidad…); y por otro, pero muy relacionado con el anterior, el conflicto de la personalidad.

Miguel de Unamuno fue una persona agónica, torturada, apasionada, que arremetió siempre «contra esto y aquello». Una persona, o un personaje agónico, como prefiere Sánchez Barbudo[1], quien ve en el autor bilbaíno una continua pose. En su faceta pública, Unamuno profesó una ideología política progresista, encarnando, en palabras de Gullón, el «espíritu inconformista y heterodoxo del modernismo». En el aspecto religioso íntimo, su vida fue una sucesión de crisis: educado como católico, perdió la fe y luchó duramente por recuperarla, haciendo gala de una férrea voluntad de creer, pero llegando casi siempre a la conclusión de la imposibilidad de concordar razón y fe.

Las principales ideas, las claves del pensamiento unamuniano, pueden resumirse en estos puntos esenciales:

—Es el suyo un pensamiento cuasi-filosófico, que usa la contradicción como método: de ahí los juegos de palabras, las dilogías, las etimologías… tan frecuentes en sus textos.

—Unamuno tuvo «hambre de inmortalidad»: su mayor drama fue que deseaba creer, pero no podía creer. Aunque no ortodoxo, fue un hombre profundamente religioso, como pocos: todos los días leía el Evangelio, marcando los pasajes y anotando comentarios al margen; buena prueba de ellos son las innumerables citas intertextuales que salpican las páginas de todas sus obras. En el fondo, imperaba en él el deseo de rebelarse contra la nada, contra el no ser, contra la muerte. Él solía decir: «Hay que echarse a dormir como quien se echa a morir» y, en efecto, se acostaba en la cama boca arriba, con los dedos entrelazado sobre el pecho, en la misma postura en que se pone a los difuntos. Sin duda don Miguel conocía el aforismo clásico «Somnium imago mortis».

—Unido al conflicto religioso está el problema de la personalidad: la lucha entre el yo externo que perciben los demás y el yo íntimo de cada uno, la dualidad escindida entre el ser y el parecer, entre lo que uno es realmente y la imagen que de uno tienen los demás.

—Con todo lo apuntado, se comprende la angustia existencial de Unamuno, quien defiende la existencia como valor supremo; él aspira a la inmortalidad, pero no en el sentido estrictamente católico, sino como un puro deseo de perpetuarse, de eternizarse de alguna forma.

—Y no hay que olvidar el tema de España, una preocupación constante para él, aspecto en el que recibió el gran influjo de Costa. Como buen regeneracionista, Unamuno fue un agitador de conciencias, tanto en el plano político (su militancia socialista) como en el existencial (para la intimidad de cada persona).

Estas ideas esenciales de su pensamiento se expresan en las obras unamunianas por medio de diferentes temas, siendo los principales los siguientes: la paternidad como sombra de la inmortalidad; el sueño de la vida y de la muerte (nacer es morir y morir es nacer, etc.); el otro; el mito de Caín y el de don Juan…


[1] Ver Antonio Sánchez Barbudo, Miguel de Unamuno, Madrid, Taurus, 1974.

Cronología y semblanza de Miguel de Unamuno (1864-1936)

1864 Nace en Bilbao[1].

1880 Inicia su labor literaria y periodística en España Moderna y Los lunes de El Imparcial.

1891 Catedrático de griego en la Universidad de Salamanca, de la que llegará a ser Rector.

1895 Publica En torno al casticismo, recopilación de ensayos.

1897 Paz en la guerra.

1902 Amor y pedagogía.

1905 Vida de don Quijote y Sancho.

1907 Poesías.

1911 Rosario de sonetos líricos.

1913 Del sentimiento trágico de la vida.

1914 Niebla (nivola).

1916 Aparecen los tres primeros volúmenes de Ensayos, de los siete publicados por la Residencia de Estudiantes entre ese año y 1918.

1917 Abel Sánchez.

1920 El Cristo de Velázquez. Tres novelas ejemplares y un prólogo.

1921 La tía Tula.

1922 Andanzas y visiones españolas.

1923 Rimas de dentro.

1924 Teresa (poesía). Fedra (teatro). Es confinado en Fuerteventura (Canarias) y después desterrado a París y Hendaya por sus críticas a la dictadura del general Primo de Rivera.

1925 De Fuerteventura a París (poesía).

1926 Cómo se hace una novela.

1928 Romancero del destierro (poesía).

1930 Regresa a España.

1931 La agonía del cristianismo. San Manuel Bueno, mártir.

1932 El otro (teatro).

1933 La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez.

1934 El hermano Juan (teatro).

1936 Rompe con el franquismo en la apertura del curso académico 1936-1937 de la Universidad de Salamanca. Acaba su Cancionero el día de los Inocentes, justo tres antes de sobrevenirle la muerte, en Salamanca.

 Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno y Jugo (1864-1936) es uno de los intelectuales más importantes de todo el siglo XX. En su persona se mezclan las facetas de literato, pensador y hombre público, con reiterados intentos de intervención en la vida española desde las columnas periodísticas, la cátedra universitaria y la actividad política. Como literato, cultivó diversos géneros, aunque toda su producción queda unificada por una profunda impronta filosófica que caracteriza aun a sus textos líricos.

Piezas de tono más ensayístico son En torno al casticismo (1895), cinco artículos en los que Unamuno expone sus ideas regeneracionistas para España; Vida de don Quijote y Sancho (1905), una interpretación personal del inmortal libro de Cervantes, con profundas reflexiones sobre «lo español» y el alma de España, entreveradas de un marcado tono poético; Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (1913), donde, haciendo gala de un rico bagaje de lecturas filosóficas, muestra su obsesión por la inmortalidad personal, por eternizarse, y reflexiona sobre la existencia de Dios y la fe, para terminar proclamando desde su agnosticismo un «escepticismo salvador»; Como se hace una novela (1926) está entre el relato y el libro de memorias: es una especie de novela autobiográfica que recoge la experiencia del destierro, a través de un personaje, Jugo de la Raza, que es fiel trasunto del autor; en fin, La agonía del cristianismo (1931) constituye una especie de historia interna del sentimiento cristiano en la que expone su idea de que el cristianismo es una agonía, en el sentido etimológico de esa palabra griega, que significa ‘lucha’.

Sus libros de viajes son Por tierras de Portugal y España (1911) y Andanzas y visiones españolas (1912), dos obras en las que nos transmite la emoción del paisaje castellano, o mejor, hispano-lusitano. Como otros noventayochistas nacidos en la periferia del país, Unamuno descubre en Castilla un paisaje trascendido y trascendente, que no es puramente físico, sino capaz de elevar el espíritu.

La producción narrativa de Unamuno es muy importante, hasta el punto de haber sido considerado el primer narrador existencialista moderno. El escritor bilbaíno es el creador del género que denominó nivola, esto es, algo similar a la novela, pero concebida como un vehículo para exponer sus reflexiones y plasmar la agonía de la vida, que es sueño, sombra, niebla… En estas obras, los personajes son proyecciones del autor, porque para Unamuno toda novela es autobiografía. Más que la peripecia externa, predomina en ellas el diálogo y el monólogo; son obras, por tanto, de acción interior, eminentemente líricas y subjetivas, no exentas de un humor cáustico. Paz en la guerra (1897) recoge sus experiencias del bombardeo de Bilbao por los carlistas en 1874; el personaje Pachico Zabalbide es un alter ego del Unamuno niño. Amor y pedagogía (1902) constituye una cruda burla del cientifismo positivista, mientras que Abel Sánchez. Una historia de pasión (1917) es una revisión del sentimiento cainita (la envidia, la rivalidad, el odio…), tan arraigado en España, una tierra donde la premisa es «odia a tu prójimo como a ti mismo». La tía Tula (1921) narra el drama personal de Gertrudis, mujer que entabla una dura lucha entre su profunda aversión a la sexualidad, al deseo físico, y su exacerbado instinto de maternidad.

Párrafo aparte merecen otras dos novelas, Niebla (1914) y San Manuel Bueno, mártir (1931). La primera describe el despertar de la personalidad de un individuo, Augusto Pérez, que vive en una nebulosa sentimental y llega a dudar de su identidad; el relato alcanza su clímax en la entrevista del personaje con Miguel de Unamuno, en la que descubre que solo es un ente novelesco –nivolesco–, que va a morir porque así lo quiere el autor. La idea fundamental es que tanto los hombres como los personajes literarios son aniquilados en el momento en que alguien (Dios, en un caso, el escritor, en otro) deja de soñarlos. La segunda plantea uno de los grandes temas unamunianos, el de la fe. La historia del sacerdote don Manuel, que no tiene fe, pero que mantiene el engaño para no perjudicar la salud espiritual de sus parroquianos, es un compendio de las preocupaciones de Unamuno. Es una novela breve pero muy enjundiosa, altamente simbólica y perspectivística, con distintos planos de narración.

Unamuno escribió además otras novelas cortas: Tulio Montalbán y Julio Macedo, La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, Un pobre hombre rico, El sentimiento cómico de la vida… Publicó asimismo varios poemarios: Poesías (1907), Rosario de sonetos líricos (1911), El Cristo de Velázquez (1920), Rimas de dentro (1923), Teresa (1924), De Fuerteventura a París (1925), Romancero del destierro (1928) y Cancionero (obra póstuma, 1953). En cuanto a su teatro, ha tenido poco éxito porque son los suyos unos dramas estáticos que nacen, por así decir, muertos para la escena: en efecto, al igual que las novelas, son un mero vehículo para la expresión de conflictos religiosos y existenciales (por eso, en vez de dramas los llamó drumas); en ellos la acción queda reducida a lo esencial, siendo patente la huella del teatro simbólico conceptual de Ibsen (ideas abstractas encarnadas en personajes). Este apartado de su producción incluye dos dramas de la crisis de 1897: La esfinge y La venda, que versan sobre el tema la fe; piezas cortas como La princesa doña Lambra o La difunta, Fedra (1924), versión libre del Hipólito de Eurípides; Soledad (1921), que presenta de nuevo la idea de la maternidad frustrada; Raquel encadenada; y los denominados dramas de la personalidad: El pasado que vuelve, Sombras de sueño (1931), El otro (1932), El hermano Juan o El mundo es teatro (1934). Para completar su producción, a lo anterior habría que sumar sus artículos periodísticos, sus cuentos y otras obras menores.

Es difícil resumir en pocas palabras el rico pensamiento unamuniano, tan complejo como su agónica personalidad. Es un pensamiento cuasi-filosófico, que usa la contradicción como método: de ahí los juegos de palabras y las dilogías tan frecuentes en sus textos. El mayor drama de Unamuno fue que, deseando creer, no podía creer. Tuvo «hambre de inmortalidad»; en el fondo imperaba en él el deseo de rebelarse contra la nada, contra el no ser, contra la muerte. Unido al conflicto religioso está el problema de la personalidad: la lucha entre el yo externo que perciben los demás y el yo íntimo de cada uno, la dualidad escindida entre el ser y el parecer, etc. Se comprende, por tanto, la angustia existencial de Unamuno, quien defiende la existencia como valor supremo. No hay que olvidar tampoco el tema de España, en el que recibió el influjo de Costa. Como buen regeneracionista, fue un agitador de conciencias, tanto en el plano político (su militancia socialista) como en el existencial. Los principales temas unamunianos son la paternidad como sombra de la inmortalidad; el sueño de la vida y de la muerte (nacer es morir y morir es nacer); el otro; el mito de Caín, el de don Juan…


[1] Texto extractado de José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998.

«El maestro de Carrasqueda» y San Manuel Bueno, mártir, de Unamuno

Los puntos de contacto del cuento unamuniano «El maestro de Carrasqueda»[1] con la novela San Manuel Bueno, mártir son varios, tanto es así que su texto podría ser considerado un precedente –lejano, eso sí– del relato de 1931. El primer paralelismo lo tenemos en el tema de fondo: «El maestro de Carrasqueda» nos presenta a una comunidad aldeana que vive espiritualmente animada gracias al esfuerzo de un hombre de valía excepcional, y algo similar ocurrirá en San Manuel. En la novela, el sacerdote tratará de transmitir la fe a sus parroquianos de Valverde de Lucerna; en este relato es sobre todo el progreso material, pero también el espiritual, el que trata de llevarles don Casiano. Don Manuel convierte al pueblo en su monasterio y finge una fe que no tiene para no perjudicar la salud espiritual de sus parroquianos; algo parecido es lo que intenta don Casiano, que también vive solamente para sus vecinos: «He derramado mi espíritu en Carrasqueda […] Carrasqueda es mi mundo […] Me he enterrado en vosotros, en mis discípulos» (pp. 151-152). Además, como sucede en la novela, la evocación del guía ocurre poco después de su muerte y por parte de una persona que llegó a conocerle en vida[2].

A lo largo de todo el cuento el narrador insiste en describir la acción benefactora de don Casiano, que «se vaciaba el corazón ante los alumnos». Él ha sido el auténtico regenerador del pueblo, a cuyos habitantes ha conseguido quitar el pelo de la dehesa, venciendo su suciedad y su ignorancia, es decir, limpiando las impurezas materiales y espirituales. Se dice, en efecto, que «les mondó cuerpos y mentes» y que les enseñó sobre todo «a conservar en el fondo del corazón una niñez perpetua» (p. 150)[3]. En todo momento es consciente de lo sordo de su lucha, pero también del valor de la misma, y así lo reconoce ante Ramonete:

¿Qué prefieres, que tu nombre trasponga el Pirineo y ande en bocas de extraños, o que tu alma se derrame en silencio por España, entre los que piensan con la lengua que piensas tú? […] Sí, se lo que vas a decirme: [en un lugarejo] se embrutece, se envilece y se empobrece. Pero ¿no era mi deber trabajar para que se humanizaran, ennoblecieran y enriquecieran tus hermanos los carrasquedeños? (pp. 151-152).

Si, a la hora de la agonía, don Manuel pide que le lleven junto al altar para morir en el seno de la iglesia –de la iglesia de Valverde de Lucerna–, don Casiano es llevado en el mismo trance a la escuela, que era su púlpito; desde su ventana se ve el paisaje de la montaña (recuérdese la importancia del simbolismo del lago y de la montaña en San Manuel). Todavía se pueden señalar más analogías entre ambos textos. En la novela, el sacerdote se identificaba de forma muy clara con Cristo, con el Cristo agonizante en la Cruz. Pues bien, en «El maestro de Carrasqueda» son varias las alusiones cristológicas referidas a don Casiano: igual que Jesús, nuestro protagonista es «el maestro», tiene algunos discípulos y uno de ellos es su predilecto; como el Nazareno, habla por medio de parábolas: las palabras con que se inicia el relato no son otra cosa que una parábola, y luego, en la p. 150, se afirma explícitamente: «Era en el campo, entre los sembrados, bajo el infinito tornavoz del cielo, donde, rodeado de los chicuelos […] le brotaban las parábolas del corazón».

Más adelante se recuerda otro testimonio suyo: «Me he enterrado en vosotros, en mis discípulos» (p. 152), que enlaza (sobre todo por el empleo del verbo enterrar) con la cita del cuarto Evangelio que hace escribir en el encerado de la escuela a la hora de su muerte: «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, él sólo queda; mas si muriere, lleva mucho fruto» (p. 153). Para algunos de sus convecinos don Casiano ha sido una voz que clamaba en el desierto; sin embargo, sabemos que su semilla ha caído en buena tierra y ha fructificado en su hijo espiritual, don Ramón Quejana, el Rehacedor y, a través de este, en todo el pueblo. Su inmolación personal ha sido necesaria para que su palabra surtiese todo su benéfico efecto: el maestro se ha sacrificado por los demás, entregándose a los vecinos del pueblo de Carrasqueda en una especie de comunión espiritual. En el último consejo dado a don Ramón antes de fallecer le pide que siga transmitiendo sus enseñanzas a los demás, que se convierta en un verdadero espíritu vivificador:

Y calló para siempre. Y Quejana besó aquella boca, sellada para siempre por el supremo silencio, y al besarla cayeron de los ojos vivos del discípulo dos lágrimas a los ojos del maestro, fijos en la eternidad (p. 154).

Esas dos lágrimas pasando de los ojos del vivo a los del muerto simbolizan la continuidad de sus ideas, el trasvase de la savia nutricia del uno a otro, la asimilación del mensaje y de las enseñanzas. Don Casiano y don Ramón, unidos en la eternidad de las ideas, se convierten en los padres espirituales del pueblo de Carrasqueda de Abajo, trasunto a su vez, claro está, de la patria española en decadencia.

Miguel de Unamuno


[1] Cito por Miguel de Unamuno, Cuentos de mí mismo, selección e introducción de Jesús Gálvez Yagüe, Madrid, Libros Clan A. Gráficas, 1997, pp. 147-154.

[2] El narrador, en efecto, ha conocido a don Casiano, como revelan estas palabras suyas: «¡Todo un alma aquel pobre maestro de escuela de Carrasqueda de Abajo! Los que le hemos conocido […] anciano, achacoso, resignado y humilde, a duras penas lograremos figurarnos a aquel joven fogoso, henchido de ambiciones y de ensueños, que llegó hacia 1920 al entonces pobre lugarejo en que acaba de morir, a ese Carrasqueda de Abajo, célebre hoy por haber en él nacido nuestro don Ramón Quejana, a quien muchos llaman el Rehacedor» (p. 148).

[3] En un pasaje reforzado estilísticamente por el polisíndeton de la conjunción copulativa y: «Y cuando aquellos niños se hicieron hombres y padres, don Casiano les hacía leer los domingos, comentándoles lo que leían, y les mondó cuerpos y mentes, y les enseñó a cubrir el estiércol y a aprovecharlo, y, sobre todo, a conservar en el fondo del corazón una niñez perpetua».

Un cuento de Unamuno: «El maestro de Carrasqueda»

Aunque el relato breve no sea uno de los territorios literarios más valorados dentro de la obra unamuniana, no debemos olvidar que lo cultiva con asiduidad desde 1886 y que el número total de sus cuentos suma más de ochenta títulos[1]. Como ha destacado Jesús Gálvez Yagüe en su antología Cuentos de mí mismo, en muchos de ellos se hace presente el yo de Unamuno o, mejor dicho, los distintos yos que Unamuno veía posible deslindar en cada persona: el que uno es, el que uno piensa que es, el que uno quiere ser y el que los demás piensan que uno es. Los cuentos unamunianos, como la mayor parte de su obra literaria, son también reflejo de su pensamiento y de su persona (recuérdese que para el bilbaino todo relato es autobiográfíco).

Miguel de Unamuno

El cuento titulado «El maestro de Carrasqueda», que fue publicado por Unamuno en La Lectura en julio de 1903[2],sintetiza parte de sus ideas regeneracionistas, es decir, nos muestra un reflejo del Unamuno de la historia, del Unamuno de la vida pública, de la actuación política y social. Es un relato que merece ser destacado por los puntos de contacto que mantiene con la novela San Manuel Bueno, mártir. El resumen argumental es muy sencillo: el narrador evoca, poco después de su muerte, a don Casiano, un maestro que llegó a Carrasqueda de Abajo con ideas renovadoras y que consiguió acabar con el retraso del pueblo educando a sus niños y, en particular, a uno de ellos, Ramonete, convertido con el paso del tiempo en un importante político que ha dado fama a su lugar natal.

El relato comienza con la reproducción literal de unas palabras del maestro don Casiano: «Discurrid con el corazón, hijos míos, que ve muy claro, aunque no muy lejos». Esas frases que él dirigía a sus alumnos, recordadas tras su fallecimiento por el narrador, plantean el dilema de si una persona debe dejar de acudir al socorro de todo un pueblo para atender a un individuo en peligro, sabiendo que quizá ese individuo puede llegar a convertirse más adelante en guía salvador de ese pueblo y aun de varios pueblos más. De hecho, estas palabras iniciales constituyen el germen y el resumen anticipado de todo el cuento, pues don Casiano, para salvar al pueblo de Carrasqueda de Abajo al que ha sido destinado, va a formar a un discípulo predilecto, aquel niño en quien ve mejores predisposiciones, Ramonete. Y el apellido de ese Ramonete, Quejana, no deja de ser significativo, pues inmediatamente nos recuerda el del hidalgo don Alonso Quijano el bueno.

Este Ramonete –más tarde, cuando adulto, don Ramón– se convierte en hijo espiritual de don Casiano, igual que sucede con Lázaro y Ángela en San Manuel Bueno, mártir respecto al sacerdote don Manuel:

Dios no le dio hijos de su mujer; pero tenía a Ramonete, y en él al pueblo, a Carrasqueda todo: «Yo te haré hombre –le decía–; tú déjate querer». Y el chico no sólo se dejaba, se hacía querer. Y fue el maestro traspasándole las ambiciones y los altos anhelos, que, sin saber cómo, iban adormeciéndosele en el corazón (p. 149).

Ramonete pasa a ser el portavoz de todas las palabras y los ideales todos de su maestro: «Y en adelante le brindó las lecciones y por él hablaba a los demás» (p. 149), transformándose en una especie de profeta a través del cual don Casiano puede derramar su espíritu en Carrasqueda. Tampoco parece casual que las tres últimas palabras que, justo antes de morir, le dirige sean precisamente: «¡Adiós, hijo mío!» Recordemos, de paso, que la idea de la paternidad espiritual, valorada por encima de la carnal, es idea recurrente en la obra unamuniana, y que encontramos expuesta con detalle, por ejemplo, en varios capítulos de La agonía del cristianismo.

El cuento se articula en cinco secuencias o «momentos»: 1) el primero es la evocación de las palabras, ya comentadas, que solía recordar don Casiano a sus discípulos; 2) esas palabras dan pie a una evocación del momento de la llegada del nuevo maestro al pueblo y del comienzo de su cruzada regeneradora; 3) luego se explica cómo Ramonete se convirtió en su discípulo predilecto; 4) se describe después el triunfo político del muchacho, que es ya don Ramón; aquí se inserta un diálogo con su maestro en el que reprocha a don Casiano que no haya querido salir nunca del pueblo y este responde que su lugar estaba entre los habitantes de Carrasqueda; 5) el quinto momento recoge la muerte ejemplar del maestro, en la escuela, donde transmite su última enseñanza. Hay dos motivos estructurales importantes que articulan el relato: en primer lugar, las alusiones del maestro a la frase hecha «las paredes oyen» (él la interpreta en el sentido de que siempre hay que enseñar, pues aun cuando parezca que los oyentes no pueden entender la enseñanza, siempre queda algo que cala en su interior); en segundo término, su anhelo de pasar de la España terrestre a una España celestial, expuesto al comienzo del relato y retomado al final, en su última lección a Ramonete:

Me voy de esta España, de la terrestre, de la que fluye, a la otra España, a la España celestial… Ya sabes que el cielo envuelve a la tierra… ¡Habla y enseña aunque no te oigan! (p. 153).


[1] Jesús Gálvez Yagüe ha sintetizado con estas palabras algunas de sus principales características: «Los cuentos de Unamuno, breves, fibrosos, de poca ficción, restringidos casi siempre, como sus novelas, a la narración de peripecias interiores, vibran con la luminosidad íntima propia de la poesía» (introducción a Cuentos de mí mismo, selección e introducción de Jesús Gálvez Yagüe, Madrid, Libros Clan A. Gráficas, 1997, p. 13). Para un acercamiento general a esta parte de la producción unamuniana, cfr. Harriet S. Stevens, «Los cuentos de Unamuno», La Torre, 35-36, julio-diciembre de 1961 (estudio reproducido en Antonio Sánchez Barbudo, ed., Miguel de Unamuno, Madrid, Taurus, 1974).

[2] Cito por Miguel de Unamuno, Cuentos de mí mismo, selección e introducción de Jesús Gálvez Yagüe, Madrid, Libros Clan A. Gráficas, 1997, pp. 147-154.