«San Manuel Bueno, mártir» y «La agonía del cristianismo», de Unamuno: ideas comunes (1)

Además del problema de fondo de la fe, de la agonía del protagonista (valga la redundancia) consistente en querer creer y no poder creer, que he resumido en la entrada anterior, existen otras ideas más concretas comunes a ambos textos. Veamos en primer lugar lo relativo a la paternidad carnal y la paternidad espiritual.

La Resurrección de la Carne, por Luca Signorelli.Una línea de pensamiento fundamental en La agonía del cristianismo[1] es la tensión entre la esperanza escatológica de la resurrección de la carne y el dogma filosófico de la inmortalidad del alma. Una vez desarrollada esa dicotomía, Unamuno afirma que una manera de eternizarse estriba en la paternidad, no tanto carnal como espiritual[2]. En ese ensayo se expresa, en especial en el capítulo IX dedicado a «El padre Jacinto», la posibilidad de buscar la fe en la resurrección de la carne. Don Manuel también tratará de engendrar en medio de su agonía, compatibilizando las nociones de virginidad y «maternidad». Angelina confiesa desde el comienzo de la novela que don Manuel es su padre espiritual (p. 7); se dice de él que entró en el Seminario para poder sustentar a unos sobrinos (p. 12); el sacerdote consigue que Perote se case con la hija de la Rabona y que prohíje a la criatura nacida, fruto de otra relación amorosa (p. 13); Angelina siente crecer su «afecto maternal» hacia su padre espiritual (p. 34), y ese sentimiento también aflora en ella al absolver al cura en nombre del pueblo (p. 51); por el contrario, es una mujer con un complejo de maternidad frustrada (se insiste varias veces en que ha renunciado a casarse) y, en fin, en la p. 75, vuelve a explicar que don Manuel es «padre de mi alma». A su vez, su hermano Lázaro es otro hijo espiritual del sacerdote, lo mismo que todos sus feligreses[3].

Una idea relacionada con el punto anterior es la vida solitaria como ideal para la santidad. La afirmación de que el solitario (monachos) está más cerca de la santidad queda apuntada en las páginas 30 y 62 de San Manuel Bueno, mártir. Y en La agonía del cristianismo había escrito Unamuno: «Sólo el eremita se acerca al ideal de vida individualista» (p. 80), y distinguido dos tipos de cristianos, los civiles (cristianos del mundo o del siglo) y los puros cristianos (los regulares, los del claustro). Pero a continuación reconocía que «cabe llevar el mundo al claustro, el siglo a la regla, y cabe guardar en medio del mundo el espíritu del claustro» (La agonía del cristianismo, p. 80). En la novela, don Manuel —y también, en cierto modo, Ángela— hace del pueblo su monasterio; pero no es un solitario, sino que allí, entregándose a la acción, no a la contemplación, llega a alcanzar en el sentir de todos la condición de santo[4].


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] Otra posibilidad, expuesta por Unamuno en varios lugares, consiste en eternizarse a través de sus obras literarias, a través de la fama.

[3] Cfr. La agonía del cristianismo, p. 32: «El sufrimiento de los monjes y de las monjas, de los solitarios de ambos sexos, no es un sufrimiento de sexualidad, sino de maternidad y paternidad, es decir, de finalidad. Sufren de que su carne, la que lleva al espíritu, no se perpetúe, no se propague. Cerca de la muerte, al fin del mundo, de su mundo, tiemblan ante la esperanza desesperada de la resurrección de la carne»; y el capítulo IX, «El padre Jacinto».

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

«San Manuel Bueno, mártir», de Unamuno: la identificación entre don Manuel y Cristo agonizante

Según las ideas expuestas por Unamuno en su ensayo del año 1931[1], el cristianismo es agonía. Para él, el cristianismo es la religión del Hijo[2], de Cristo, y sobre todo la religión del Cristo que lucha con la muerte y agoniza en la Cruz. En La agonía del cristianismo, p. 30, leemos este párrafo:

Terriblemente trágicos son nuestros crucifijos, nuestros Cristos españoles. Es el culto a Cristo agonizante, no muerto. […] El Cristo al que se adora en la cruz es el Cristo agonizante, el que clama consumatum est! Y a este Cristo, al de “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo, XXVII, 46), es al que rinden culto los creyentes agónicos. Entre los que se cuentan muchos que creen no dudar, que creen que creen.

Unamuno, en efecto, se interesa sobre todo por ese Cristo agónico y agonizante: «Y todo es luchar contra la muerte, o sea agonizar» (La agonía del cristianismo, p. 101). Pues bien, en la novela un aspecto importante es la identificación de don Manuel con ese Cristo sufriente —luchador, agonista— en la Cruz: la lucha interior del cura, a la que asistimos a lo largo de la novela, es la misma que la de Jesús en el Huerto de los Olivos al pedir a su Padre pase sin necesidad de apurarlo el amargo cáliz de sufrimiento que le espera; es la lucha del Cristo que, clavado en el infamante madero, se lamenta del supuesto abandono de su Padre. De hecho, las palabras de JesúsCristo agonizante: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», mencionadas en el ensayo, se repiten en varias ocasiones, como un insistente leitmotiv, en San Manuel Bueno, mártir. La primera vez (p. 16) es durante un sermón de Viernes Santo, cuando la voz de don Manuel suena tan parecida a la del Cristo «como si la brotara de aquel viejo crucifijo a cuyos pies tantas generaciones de madres habían depositado sus congojas»; tan desgarrada es que su madre le responde con un angustiado grito, «¡Hijo, mío!», identificándose a su vez con la Virgen como Mater Dolorosa[3]. Luego la encontramos mencionada en el recuerdo de Ángela (p. 30), en los ecos del bobo Blasillo (este repite la frase que ha escuchado al sacerdote en dos ocasiones, pp. 31 y 45) y en el último sermón de Semana Santa que pudo pronunciar el sacerdote (p. 61)[4].

Pero hay además otros pasajes en los que se opera esa identificación: don Manuel cura a varios endemoniados y poseídos que acuden la noche de San Juan al lago, convirtiéndose él mismo en lago y piscina probática, con tal éxito que las gentes le piden milagros (pp. 14-15); igual que el Buen Pastor, presta más atención «a los desgraciados y a los que aparecían como más díscolos» (p. 15); en cierta boda, manifiesta su deseo de poder convertir el agua del lago en un vino que «alegrara siempre, sin emborrachar nunca», en clara reminiscencia del primer milagro de Jesús, el de las bodas de Caná (p. 23); ya enfermo, don Manuel pide a sus cuidadores que permitan se le acerque Blasillo (p. 67), de la misma forma que Cristo indicó a sus discípulos: «Dejad que los niños se acerquen a mí». Y, en fin, por si quedara algún tipo de duda, la identificación se hace explícita en las propias palabras de Ángela, cuando habla de «nuestros dos Cristos, el de esta Tierra y el de esta aldea» (p. 61)[5].


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] «El cristianismo es la religión del Hijo, no la del Padre, del Hijo virgen» (La agonía del cristianismo, p. 101).

[3] Si don Manuel se identifica con el Cristo agónico, también a Angelina, en tanto en cuanto «madre» de su padre espiritual, le conviene la comparación con la Mater Dolorosa, madre y virgen a la vez.

[4] Comp. con el final de la conclusión de La agonía del cristianismo: «¡Cristo nuestro, Cristo nuestro!, ¿por qué nos has abandonado?»

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

«San Manuel Bueno, mártir», de Unamuno: don Manuel y su agonía del cristianismo

El sentimiento de agonía interior que sufre don Manuel, el torcedor de la duda y la lucha por recuperar una fe que no llega a consolidarse, es el mismo que sintió el escritor y el que impregna de forma angustiosa su ensayo escrito a raíz del destierro parisino del año 1924[1]. Recuérdese que La agonía del cristianismo[2] es, a su vez, una especie de compendio quintaesenciado de Del sentimiento trágico de la vida, donde Miguel de Unamuno expone su idea de que el agonismo es inherente al cristianismo en la modernidad, esto es, de que existe un «abrazo trágico entre la fe cristiana y la cultura»[3].

Mucho se ha escrito sobre la autenticidad de las distintas crisis religiosas de Unamuno, desde la primera de 1897, y de todas sus reflexiones subsiguientes sobre el problema de la fe; sobre si «descreía» sinceramente o si estuvo instalado retóricamente en la duda, en una especie de ejercicio de pose intelectual de cara a la galería. Pedro Cerezo Galán adopta una postura equidistante de ambos extremos:

Ni un Unamuno jugando al cristianismo y escribiendo su falta de fe en literatura, como cree Sánchez Barbudo, ni un Unamuno heterodoxo a priori, sin razones últimas, como sostiene J. Marías, complaciéndose en una duda en la que de veras y radicalmente no se está[4].

En un caso, se trataría de un simulacro de fe; en otro, de un simulacro de duda. Cabría recordar aquí también la opinión de Ángel-Raimundo Fernández González, expuesta en distintos trabajos, para quien Unamuno fue sincero dentro de su inautenticidad: fue un personaje inauténtico en el que sus pensamientos se contradecían con sus sentimientos, de forma que lo que afirmaba con el corazón lo negaba con la inteligencia, y viceversa. Fue la suya una personalidad en la que razón y fe no eran solo aspectos contrarios, sino incluso contradictorios. Y, aunque heterodoxo, fue hombre de una profundísima religiosidad, que anduvo siempre a vueltas con su necesidad de salvarse, de vivir una vida eterna, y de ahí su voluntarismo religioso y su defensa del actuar «como si» realmente se creyera.

Lo que sí está claro es que Unamuno se identifica con aquellos que sufren queriendo creer pero sin llegar a creer, los que sienten anhelo —«hambre»— de Dios, y buscan, y se preguntan, aunque no terminen de encontrar la luz que les ilumine definitivamente, bien porque Dios calla, bien porque ellos no saben o no pueden escucharle; en suma, se identifica con aquellos —como Pascal[5], como su don Manuel— que vivieron una fe agónica o una agonía de la fe. Unamuno sentía la necesidad de creer, necesidad de Dios, y de ahí nace su voluntad de creer, su querer creer. Ese momento volitivo, o virilidad de la fe (cfr. La agonía del cristianismo, cap. V), como puro querer creer, no es todavía la fe verdadera, explica Cerezo Galán, aunque ese querer creer puede acabar en ganas de creer[6]:

¿Creía Pascal? —se pregunta Unamuno— Quería creer. Y la voluntad de creer, la will to believe, como ha dicho William James, […] es la única fe posible en un hombre que tiene la inteligencia de las matemáticas, una razón clara y el sentido de la objetividad (La agonía del cristianismo, p. 88).

Don Manuel, el protagonista de su novela, es un héroe trágico que se debate entre su increencia y su voluntad y necesidad de creer; y la tragedia de don Manuel es la misma tragedia de don Miguel. Su idea es que hay que mantener la ilusión, porque la religión es la única solución contra el sinsentido de la existencia, y la fe la única salvación posible frente a la muerte, el único medio de sobrevivir y sobrevivirse. Don Manuel conoce la falta de sentido de la existencia, cree en la nada, se siente atraído por la eterna quietud del lago (el suicidio, la noluntad o voluntad de no ser). Necesita y quiere creer, pero no puede creer; sin embargo, opina Cerezo Galán, no se trata de un impostor porque no persigue sacar una ventaja o ganancia personal de esa situación; es la suya «una duda que escapa a su voluntad y lo envuelve como un destino trágico»: «Querer y no poder creer es el martirio quijotesco del protagonista de San Manuel Bueno, mártir, tal vez como Unamuno, o como tantos espíritus tocados por el “mal del siglo”»[7]. Su martirio es sentir el abandono de Dios, la agonía de un alma a la que Dios se oculta, y acaba siendo un mártir de esa lucha por la fe.

San Manuel Bueno, mártir, de UnamunoReflexionemos un momento sobre esa palabra, mártir, que figura en el título —San Manuel Bueno, mártir—, y también en el texto de la novela (pp. 68, 73, 79…). ¿Por qué se aplica el calificativo de mártir a don Manuel? Stricto sensu, acudiendo a la definición académica, mártir es la «Persona que padece muerte por amor de Jesucristo y en defensa de la religión cristiana» (DRAE). Don Manuel muere defendiendo, si no su fe, que no la tiene, su anhelo de fe y la fe de los demás. Su —¿cómo denominarlo?— engaño o autoengaño, su ficción, sirve para mantener la ilusión de todos sus feligreses, a los que ha querido siempre transmitir el «contento de vivir» (cfr. especialmente las pp. 23 y 38). Sin embargo, él mismo no tiene esa fe, y su voz calla, en el momento de rezar el Credo, justo al llegar a la frase «creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable» (pp. 17-18), dejando que sea el pueblo quien la recite. No olvidemos que Unamuno perdió la fe precisamente razonando el Símbolo de la fe. La razón y la inteligencia son causa de la agonía religiosa, pues no constituyen medios válidos para alcanzar la deseada fe; y recordemos, por otra parte, que en La agonía del cristianismo dejó escrito: «Fe que no duda es fe muerta» (p. 30). Don Manuel finge creer para dar alegría a los demás (pp. 44-45); pero para Lázaro, conocedor de su secreto, no es un hipócrita (pp. 37-38); es el suyo un bienintencionado fraude para que los demás se sueñen inmortales (p. 46): «que crean lo que yo no he podido creer» (p. 64). El sacerdote responde con evasivas a la pregunta directa de Ángela sobre si cree en la otra vida (p. 50), confiesa taxativamente a Lázaro que no hay más vida eterna que la de este mundo (p. 61) y manifiesta su convencimiento de que muchos grandes santos murieron sin creer en la otra vida (p. 73). Ángela tiene su propia teoría sobre el santo párroco de Valverde de Lucerna:

Y ahora, al escribir esta memoria, esta confesión íntima de mi experiencia de la santidad ajena, creo que don Manuel Bueno, que mi San Manuel y que mi hermano Lázaro se murieron creyendo no creer lo que más nos interesa, pero sin creer creerlo, creyéndolo en una desolación activa y resignada. […] Y es que creía y creo que Dios nuestro Señor, por no sé qué sagrados y no escudriñados designios, les hizo creerse incrédulos. Y que acaso en el acabamiento de su tránsito se les cayó la venda (pp. 76-77).

También se afirma luego del sacerdote que «sin esperar la inmortalidad los mantuvo en la esperanza de ella» (p. 79). Y ese fue su «secreto trágico», su «tragedia», en eso precisamente consistió su «martirio»[8].


[1] Aprovecho aquí ideas del libro de Pedro Cerezo Galán, Las máscaras de lo trágico. Filosofía y tragedia en Miguel de Unamuno, Madrid, Editorial Trotta, 1996, pp. 647-662 (sobre La agonía del cristianismo) y 714-732 (sobre San Manuel Bueno, mártir).

[2] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[3] Cerezo Galán, Las máscaras de lo trágico, p. 651.

[4] Cerezo Galán, Las máscaras de lo trágico, p. 653.

[5] Para Cerezo Galán, Unamuno está más cerca del sentimiento trágico de Pascal que del escepticismo místico de Renan (cfr. La agonía del cristianismo, cap. VIII, «La fe pascaliana»).

[6] «Lo que a lo largo de las páginas de San Manuel encontramos es una defensa apasionada del querer creer sin llegar a la fe. […] Es sostener que, aunque no se crea, el mejor camino para llegar a creer es vivir como si se creyera y rezar siempre, tomar agua bendita» («Morir y sobrevivir. Estructura autobiográfica en San Manuel Bueno, mártir», lección inaugural del curso académico 1968-1969 de la Universidad de Barcelona, sección de Palma de Mallorca, Palma de Mallorca, 1969, p. 14).

[7] Cerezo Galán, Las máscaras de lo trágico, p. 725.

[8] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

«San Manuel Bueno, mártir», de Unamuno, o la agonía de la fe

En el breve prólogo que Miguel de Unamuno antepuso a San Manuel Bueno, mártir[1] en la edición de «La novela de hoy» comentaba:

Esta novelita ha de ser una de mis obras más leídas y gustadas en adelante como una de las más características de mi producción toda novelesca. […] Y quien dice novelesca dice filosófica y teológica. Y así pienso yo, que tengo la conciencia de haber puesto en ella todo mi sentimiento trágico de la vida cotidiana[2].

Se trata, en efecto, de una obra de madurez y de síntesis, en la que el escritor vasco resume algunas de sus más hondas inquietudes. En el análisis que sigue tengo que dejar de lado aspectos interesantes de una novela tan compleja como esta (por ejemplo, la identificación de don Manuel Bueno con don Quijote, Alonso Quijano el bueno; el rico simbolismo del lago y la montaña; el complicado juego de perspectivismo y distanciamiento narrativos, etc.), para centrarme en algunos puntos esenciales.

Unamuno-penagos.jpgComo es bien sabido, San Manuel Bueno, mártir refiere la tragedia de un sacerdote, el párroco de Valverde de Lucerna, que no cree en la vida eterna, pero que finge tener fe —y vive «como si» la tuviera— para no perjudicar la salud espiritual de todos los creyentes que le han sido confiados a su cura de almas. Junto a este personaje agónico, don Manuel, cuyas luchas son trasunto de las que sostuvo el propio Unamuno, Ángela y Lázaro, una pareja de hermanos, creyente ella, descreído él, forman el triángulo principal de personajes. Los tres abordan el problema de la fe desde tres actitudes o perspectivas distintas: la del «profesional» de la religión al que la fe «se le supone»; la de la mujer educada en un colegio religioso y que cree sinceramente, según ella misma confiesa; y la del espíritu escéptico que vuelve del Nuevo Mundo imbuido de ideas progresistas y modernizadoras, y que acaba convertido por el sacerdote, no a la fe (que no la tiene), sino a la religiosidad. Para Ángel-Raimundo Fernández González[3], el autobiografismo de la novela es total y complejo, y en ella están en síntesis los tres yos de Unamuno, retratados en la tríada de personajes principales: don Manuel es el Unamuno de la intrahistoria y encarna los aspectos fundamentales y agónicos de su vivir; Ángela es el Unamuno de la adolescencia, el más auténtico; y Lázaro, el Unamuno de la historia, el Unamuno de la vida política y social. La figura del bobo Blasillo, especie de contrapunto o alter ego del sacerdote —al tiempo que símbolo de su imposible fe, encarnación de una idea de Blas Pascal—, y el lago y la montaña, cuya continua y simbólica presencia los eleva a la categoría de personajes, completan la nómina de los protagonistas principales[4].


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] Podrían citarse muchos pasajes similares; baste este de su artículo «Novelas de actualidad», Nosotros, 1922, p. 453: «Toda novela verdaderamente original es autobiográfica. El autor —poeta más bien, o sea creador— se pone, o mejor se da, en todas y cada una de sus criaturas».

[3] En «Morir y sobrevivir. Estructura autobiográfica en San Manuel Bueno, mártir», lección inaugural del curso académico 1968-1969 de la Universidad de Barcelona (sección de Palma de Mallorca), Palma de Mallorca, 1969.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

Miguel de Unamuno, del ensayo a la novela filosófica

Miguel_de_Unamuno.jpgToda la producción novelística de Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864-Salamanca, 1936) se sitúa en una zona de transición entre la narrativa y el ensayo. En efecto, todas sus novelas —sus nivolas, por emplear el marbete que el escritor acuñó— destacan por su alto contenido ideológico, pues están concebidas como un vehículo para la expresión de conflictos existenciales, para el desarrollo de las inquietudes del autor, que se manifiestan en el conjunto de su producción literaria. Esta circunstancia condiciona sus características y, así, las novelas de Unamuno resultan altamente subjetivas y líricas, plenas de simbolismo; en ellas, la palabra (los diálogos o monólogos de los personajes) predomina de forma notable sobre la acción. Títulos como Amor y pedagogía (1902), Niebla (1914), Abel Sánchez (1917), La tía Tula (1921) o San Manuel Bueno, mártir (1931), además de algunas de sus piezas narrativas cortas, constituyen buenos ejemplos al respecto.

Es más, a veces las novelas retoman ideas que su autor ya había expuesto en sus escritos de contenido y tono filosófico. Por ejemplo, Niebla (1914) es una novela que resume, a través de las vivencias sentimentales y existenciales de su protagonista Augusto Pérez, lo expuesto en Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (1913). De la misma forma, hay también un claro trasvase de ideas de La agonía del cristianismo (ensayo publicado en 1931, pero escrito algunos años antes) a San Manuel Bueno, mártir (1931, fechada en noviembre de 1930). Sería interesante analizar las relaciones entre estas dos parejas de libros, si bien voy a centrarme en los dos últimos títulos citados[1]. Por supuesto, no voy a intentar un análisis exhaustivo de ambas obras —piezas claves las dos en la obra unamuniana y que cuentan con abundante bibliografía—, sino que me limitaré a compararlas, mostrando la relación de la pieza narrativa con el ensayo previo, en dos sentidos:

1) Por un lado, señalaré cómo la idea general de La agonía del cristianismo subyace también en la acción y en el pensamiento de San Manuel Bueno, mártir: la vida, la vida cristiana en concreto, se concibe como agonía (en el sentido etimológico de la palabra, ‘lucha’, que Unamuno pretendía recuperar). Esa agonía se da sobre todo en el protagonista, don Manuel, personaje que sufre en su interior la dura pugna del vivir y del creer o, mejor, del vivir queriendo creer, pero sin poder creer.

2) En segundo término, me fijaré en algunas ideas concretas de la novela que recuperan otras del ensayo, a veces, con notables coincidencias en determinados pasajes o en los intertextos citados[2].

Pero eso será ya en próximas entradas…


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

Algunas claves del pensamiento unamuniano

El eminente filólogo Ernst Robert Curtius llamó a Miguel de Unamuno «praeceptor» y «excitator Hispaniae», es decir, maestro y, sobre todo, aguijoneador de España, verdadero despertador de la conciencia nacional. En efecto, él quería sacar del sueño del dormir al sueño del soñar a aquella España que vivía sumida en el marasmo («Sobre el marasmo actual de España», artículo de En torno al casticismo, 1895) y  que pronto conocería el «Desastre» de 1898.

Miguel de Unamuno

Unamuno fue, sin duda, uno de los grandes intelectuales de la España de principios del siglo XX. No cabe duda de que su personalidad es muy rica, no solo compleja sino incluso contradictoria. Suele afirmarse a veces que «Unamuno es todo uno», porque buena parte de su copiosa producción (ahí están los diez volúmenes de sus Obras completas publicadas por Escelicer, al cuidado de García Blanco) supone continuas variaciones sobre unos mismos pocos temas, que podrían resumirse en dos: por un lado, el problema religioso (Dios, la fe, la vida y la muerte, el ansia de inmortalidad…); y por otro, pero muy relacionado con el anterior, el conflicto de la personalidad.

Miguel de Unamuno fue una persona agónica, torturada, apasionada, que arremetió siempre «contra esto y aquello». Una persona, o un personaje agónico, como prefiere Sánchez Barbudo[1], quien ve en el autor bilbaíno una continua pose. En su faceta pública, Unamuno profesó una ideología política progresista, encarnando, en palabras de Gullón, el «espíritu inconformista y heterodoxo del modernismo». En el aspecto religioso íntimo, su vida fue una sucesión de crisis: educado como católico, perdió la fe y luchó duramente por recuperarla, haciendo gala de una férrea voluntad de creer, pero llegando casi siempre a la conclusión de la imposibilidad de concordar razón y fe.

Las principales ideas, las claves del pensamiento unamuniano, pueden resumirse en estos puntos esenciales:

—Es el suyo un pensamiento cuasi-filosófico, que usa la contradicción como método: de ahí los juegos de palabras, las dilogías, las etimologías… tan frecuentes en sus textos.

—Unamuno tuvo «hambre de inmortalidad»: su mayor drama fue que deseaba creer, pero no podía creer. Aunque no ortodoxo, fue un hombre profundamente religioso, como pocos: todos los días leía el Evangelio, marcando los pasajes y anotando comentarios al margen; buena prueba de ellos son las innumerables citas intertextuales que salpican las páginas de todas sus obras. En el fondo, imperaba en él el deseo de rebelarse contra la nada, contra el no ser, contra la muerte. Él solía decir: «Hay que echarse a dormir como quien se echa a morir» y, en efecto, se acostaba en la cama boca arriba, con los dedos entrelazado sobre el pecho, en la misma postura en que se pone a los difuntos. Sin duda don Miguel conocía el aforismo clásico «Somnium imago mortis».

—Unido al conflicto religioso está el problema de la personalidad: la lucha entre el yo externo que perciben los demás y el yo íntimo de cada uno, la dualidad escindida entre el ser y el parecer, entre lo que uno es realmente y la imagen que de uno tienen los demás.

—Con todo lo apuntado, se comprende la angustia existencial de Unamuno, quien defiende la existencia como valor supremo; él aspira a la inmortalidad, pero no en el sentido estrictamente católico, sino como un puro deseo de perpetuarse, de eternizarse de alguna forma.

—Y no hay que olvidar el tema de España, una preocupación constante para él, aspecto en el que recibió el gran influjo de Costa. Como buen regeneracionista, Unamuno fue un agitador de conciencias, tanto en el plano político (su militancia socialista) como en el existencial (para la intimidad de cada persona).

Estas ideas esenciales de su pensamiento se expresan en las obras unamunianas por medio de diferentes temas, siendo los principales los siguientes: la paternidad como sombra de la inmortalidad; el sueño de la vida y de la muerte (nacer es morir y morir es nacer, etc.); el otro; el mito de Caín y el de don Juan…


[1] Ver Antonio Sánchez Barbudo, Miguel de Unamuno, Madrid, Taurus, 1974.

Cronología y semblanza de Miguel de Unamuno (1864-1936)

1864 Nace en Bilbao[1].

1880 Inicia su labor literaria y periodística en España Moderna y Los lunes de El Imparcial.

1891 Catedrático de griego en la Universidad de Salamanca, de la que llegará a ser Rector.

1895 Publica En torno al casticismo, recopilación de ensayos.

1897 Paz en la guerra.

1902 Amor y pedagogía.

1905 Vida de don Quijote y Sancho.

1907 Poesías.

1911 Rosario de sonetos líricos.

1913 Del sentimiento trágico de la vida.

1914 Niebla (nivola).

1916 Aparecen los tres primeros volúmenes de Ensayos, de los siete publicados por la Residencia de Estudiantes entre ese año y 1918.

1917 Abel Sánchez.

1920 El Cristo de Velázquez. Tres novelas ejemplares y un prólogo.

1921 La tía Tula.

1922 Andanzas y visiones españolas.

1923 Rimas de dentro.

1924 Teresa (poesía). Fedra (teatro). Es confinado en Fuerteventura (Canarias) y después desterrado a París y Hendaya por sus críticas a la dictadura del general Primo de Rivera.

1925 De Fuerteventura a París (poesía).

1926 Cómo se hace una novela.

1928 Romancero del destierro (poesía).

1930 Regresa a España.

1931 La agonía del cristianismo. San Manuel Bueno, mártir.

1932 El otro (teatro).

1933 La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez.

1934 El hermano Juan (teatro).

1936 Rompe con el franquismo en la apertura del curso académico 1936-1937 de la Universidad de Salamanca. Acaba su Cancionero el día de los Inocentes, justo tres antes de sobrevenirle la muerte, en Salamanca.

 Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno y Jugo (1864-1936) es uno de los intelectuales más importantes de todo el siglo XX. En su persona se mezclan las facetas de literato, pensador y hombre público, con reiterados intentos de intervención en la vida española desde las columnas periodísticas, la cátedra universitaria y la actividad política. Como literato, cultivó diversos géneros, aunque toda su producción queda unificada por una profunda impronta filosófica que caracteriza aun a sus textos líricos.

Piezas de tono más ensayístico son En torno al casticismo (1895), cinco artículos en los que Unamuno expone sus ideas regeneracionistas para España; Vida de don Quijote y Sancho (1905), una interpretación personal del inmortal libro de Cervantes, con profundas reflexiones sobre «lo español» y el alma de España, entreveradas de un marcado tono poético; Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (1913), donde, haciendo gala de un rico bagaje de lecturas filosóficas, muestra su obsesión por la inmortalidad personal, por eternizarse, y reflexiona sobre la existencia de Dios y la fe, para terminar proclamando desde su agnosticismo un «escepticismo salvador»; Como se hace una novela (1926) está entre el relato y el libro de memorias: es una especie de novela autobiográfica que recoge la experiencia del destierro, a través de un personaje, Jugo de la Raza, que es fiel trasunto del autor; en fin, La agonía del cristianismo (1931) constituye una especie de historia interna del sentimiento cristiano en la que expone su idea de que el cristianismo es una agonía, en el sentido etimológico de esa palabra griega, que significa ‘lucha’.

Sus libros de viajes son Por tierras de Portugal y España (1911) y Andanzas y visiones españolas (1912), dos obras en las que nos transmite la emoción del paisaje castellano, o mejor, hispano-lusitano. Como otros noventayochistas nacidos en la periferia del país, Unamuno descubre en Castilla un paisaje trascendido y trascendente, que no es puramente físico, sino capaz de elevar el espíritu.

La producción narrativa de Unamuno es muy importante, hasta el punto de haber sido considerado el primer narrador existencialista moderno. El escritor bilbaíno es el creador del género que denominó nivola, esto es, algo similar a la novela, pero concebida como un vehículo para exponer sus reflexiones y plasmar la agonía de la vida, que es sueño, sombra, niebla… En estas obras, los personajes son proyecciones del autor, porque para Unamuno toda novela es autobiografía. Más que la peripecia externa, predomina en ellas el diálogo y el monólogo; son obras, por tanto, de acción interior, eminentemente líricas y subjetivas, no exentas de un humor cáustico. Paz en la guerra (1897) recoge sus experiencias del bombardeo de Bilbao por los carlistas en 1874; el personaje Pachico Zabalbide es un alter ego del Unamuno niño. Amor y pedagogía (1902) constituye una cruda burla del cientifismo positivista, mientras que Abel Sánchez. Una historia de pasión (1917) es una revisión del sentimiento cainita (la envidia, la rivalidad, el odio…), tan arraigado en España, una tierra donde la premisa es «odia a tu prójimo como a ti mismo». La tía Tula (1921) narra el drama personal de Gertrudis, mujer que entabla una dura lucha entre su profunda aversión a la sexualidad, al deseo físico, y su exacerbado instinto de maternidad.

Párrafo aparte merecen otras dos novelas, Niebla (1914) y San Manuel Bueno, mártir (1931). La primera describe el despertar de la personalidad de un individuo, Augusto Pérez, que vive en una nebulosa sentimental y llega a dudar de su identidad; el relato alcanza su clímax en la entrevista del personaje con Miguel de Unamuno, en la que descubre que solo es un ente novelesco –nivolesco–, que va a morir porque así lo quiere el autor. La idea fundamental es que tanto los hombres como los personajes literarios son aniquilados en el momento en que alguien (Dios, en un caso, el escritor, en otro) deja de soñarlos. La segunda plantea uno de los grandes temas unamunianos, el de la fe. La historia del sacerdote don Manuel, que no tiene fe, pero que mantiene el engaño para no perjudicar la salud espiritual de sus parroquianos, es un compendio de las preocupaciones de Unamuno. Es una novela breve pero muy enjundiosa, altamente simbólica y perspectivística, con distintos planos de narración.

Unamuno escribió además otras novelas cortas: Tulio Montalbán y Julio Macedo, La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, Un pobre hombre rico, El sentimiento cómico de la vida… Publicó asimismo varios poemarios: Poesías (1907), Rosario de sonetos líricos (1911), El Cristo de Velázquez (1920), Rimas de dentro (1923), Teresa (1924), De Fuerteventura a París (1925), Romancero del destierro (1928) y Cancionero (obra póstuma, 1953). En cuanto a su teatro, ha tenido poco éxito porque son los suyos unos dramas estáticos que nacen, por así decir, muertos para la escena: en efecto, al igual que las novelas, son un mero vehículo para la expresión de conflictos religiosos y existenciales (por eso, en vez de dramas los llamó drumas); en ellos la acción queda reducida a lo esencial, siendo patente la huella del teatro simbólico conceptual de Ibsen (ideas abstractas encarnadas en personajes). Este apartado de su producción incluye dos dramas de la crisis de 1897: La esfinge y La venda, que versan sobre el tema la fe; piezas cortas como La princesa doña Lambra o La difunta, Fedra (1924), versión libre del Hipólito de Eurípides; Soledad (1921), que presenta de nuevo la idea de la maternidad frustrada; Raquel encadenada; y los denominados dramas de la personalidad: El pasado que vuelve, Sombras de sueño (1931), El otro (1932), El hermano Juan o El mundo es teatro (1934). Para completar su producción, a lo anterior habría que sumar sus artículos periodísticos, sus cuentos y otras obras menores.

Es difícil resumir en pocas palabras el rico pensamiento unamuniano, tan complejo como su agónica personalidad. Es un pensamiento cuasi-filosófico, que usa la contradicción como método: de ahí los juegos de palabras y las dilogías tan frecuentes en sus textos. El mayor drama de Unamuno fue que, deseando creer, no podía creer. Tuvo «hambre de inmortalidad»; en el fondo imperaba en él el deseo de rebelarse contra la nada, contra el no ser, contra la muerte. Unido al conflicto religioso está el problema de la personalidad: la lucha entre el yo externo que perciben los demás y el yo íntimo de cada uno, la dualidad escindida entre el ser y el parecer, etc. Se comprende, por tanto, la angustia existencial de Unamuno, quien defiende la existencia como valor supremo. No hay que olvidar tampoco el tema de España, en el que recibió el influjo de Costa. Como buen regeneracionista, fue un agitador de conciencias, tanto en el plano político (su militancia socialista) como en el existencial. Los principales temas unamunianos son la paternidad como sombra de la inmortalidad; el sueño de la vida y de la muerte (nacer es morir y morir es nacer); el otro; el mito de Caín, el de don Juan…


[1] Texto extractado de José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998.