Cronología de Miguel Hernández (1910-1942)

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Infancia y juventud (1910-1929)

Los comienzos de Miguel Hernández están marcados por la pobreza (relativa) de su familia y sus incipientes capacidades literarias, que chocan de pleno con sus obligaciones en el hogar familiar.

1910 El 30 de octubre nace en Orihuela (Alicante), hijo de un modesto tratante de cabras.

1914 Su padre decide trasladar el hogar familiar a una casa más amplia, situada en la calle de Arriba (actualmente Casa Museo), lugar de inspiración de algunos de sus poemas.

1918 Acude a las Escuelas del Ave María, anexas al Colegio Santo Domingo, regentado por los jesuitas. Poco después, por su valía como estudiante, ingresa al colegio pese a ser este de pago.

1925 Deja de ir al Colegio, dedicándose a cuidar el rebaño de cabras familiar mientras escribe versos. Su formación inicial es totalmente autodidacta.

Miguel Hernández se ve obligado a tomar la decisión más trascendental de su vida: dedicarse a la poesía o continuar siendo pastor.

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Años de publicaciones (1930-1938)

Afortunadamente, la vida de Miguel Hernández termina por encaminarse hacia la poesía. Sus primeras obras son acogidas con expectación por las altas clases literarias contemporáneas, con quienes se rodea durante su estancia en Madrid antes y durante el transcurso de la Guerra Civil.

1930 Toma contacto con la generación oriolana de 1930, especialmente con Ramón Sijé. Aparece su primer poema en un diario local.

1931 Se libra de quintas. El 30 de noviembre emprende su primer viaje a Madrid.

1932 Reportaje sobre Miguel Hernández en la Gaceta Literaria (14 de enero) y Estampa (22 de febrero). En agosto conoce ligeramente a Josefina Manresa, que luego será su mujer. Comienza Perito en lunas, cuyo contrato firma el 1 de diciembre. Conoce a García Lorca.

1933 El 20 de enero aparece Perito en lunas en Murcia. Comienza su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras.

1934 En marzo tiene lugar su segundo viaje a Madrid. Aparece El Gallo Crisis. En el verano se publica su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y Sombra de lo que eras en Cruz y Raya. Comienza a escribir El silbo vulnerado e Imagen de tu huella (versiones previas de El rayo que no cesa). El 27 de septiembre formaliza su noviazgo con Josefina Manresa. Inicia Los hijos de la piedra, sobre la revolución de los mineros asturianos. Conoce a Pablo Neruda.

1935 Conoce a Vicente Aleixandre. Sale el último número de El Gallo Crisis. Colabora en Caballo verde para la poesía (octubre). El 24 de diciembre muere Ramón Sijé en Orihuela (Miguel Hernández seguía en Madrid trabajando como secretario de José María de Cossío). La Revista de Occidente publica la «Elegía a Ramón Sijé» y varios sonetos de El rayo que no cesa. Reanuda más activamente sus relaciones con Josefina Manresa, que se habían enfriado temporalmente (relación con la pintora Maruja Mallo).

1936 El 2 de enero los folletones de El Sol recogen su reseña de Residencia en la tierra, de Neruda. El 24 de enero se edita El rayo que no cesa en la «Colección Héroe» de Manuel Altolaguirre. Escribe El labrador de más aire. En junio aparecen nuevos poemas suyos en Revista de Occidente. Al estallar la Guerra civil ingresa en el Ejército Popular de la República como miliciano voluntario. Va naciendo su poemario Viento del pueblo.

1937 El 9 de marzo se casa con Josefina Manresa en Orihuela. Escribe Teatro en la guerra. En julio participa en el II Congreso Internacional de Intelectuales en Defensa de la Cultura, en Madrid y Valencia. De agosto a octubre es su viaje a Rusia, para asistir al V Festival de Teatro Soviético, pasando por varias capitales europeas. Aparecen Viento del pueblo, Teatro en la guerra y El labrador de más aire en Valencia. El 19 de diciembre nace su primer hijo.

1938 El 19 de octubre muere su hijo. Escribe Pastor a la muerte y se imprime en Valencia El hombre acecha, libro que queda sin encuadernar al entrar las tropas nacionales en la ciudad.

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Encarcelamiento y muerte (1939-1942)

1939 El 4 de enero nace su segundo hijo, que sobrevivirá. Al acabar la guerra, intenta llegar a Portugal a mediados de abril, pero la policía de este país le detiene en Rosal de la Frontera y lo entrega a la española. De mayo al 17 de septiembre pasa por las cárceles de Huelva, Sevilla y Torrijos (Madrid), hasta ser puesto en libertad provisional. Al regresar a su ciudad natal en busca de su familia es reconocido y detenido el 29 de septiembre. A finales de noviembre es trasladado a la Prisión del Conde de Toreno (Madrid).

1940 En enero es juzgado y condenado a muerte, conmutándosele la sentencia por treinta años de cárcel.

1941 Tras pasar por otras prisiones, es trasladado a Alicante en junio. A finales del año enferma de tifus, que degenerará en tuberculosis.

1942 El 28 de marzo muere en la cárcel a consecuencia de la enfermedad contraída[1].


[1] Ver la biografía, ahora revisada y actualizada, de José Luis Ferris, Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta, Madrid, Fundación José Manuel Lara, 2016.

Cronología de Francisco de Quevedo (1580-1645)

Quevedo

1580 Nace en Madrid, el 17 de septiembre (Lozano Cabezuelo adelanta la fecha a la noche del 13 al 14), en el seno de una familia hidalga oriunda de la Montaña de Santander (es decir, de mediana condición social y económica). Su padre, Pedro Gómez de Quevedo, es escribano real y secretario de la reina Ana de Austria, esposa de Felipe II, y su madre, María de Santibáñez, dama de la reina. Ese mismo año, Portugal se incorpora a España.

1586 Muere su padre, y su madre pasa al servicio de la infanta Isabel Clara Eugenia. Quevedo entra bajo la tutoría de Agustín de Villanueva, miembro del Consejo de Aragón (sigue familiarizándose con el ambiente palaciego en que siempre habría de vivir).

1596 Después de haber estudiado con los jesuitas en el Colegio Imperial de Madrid (1592-1596), ingresa en la Universidad de Alcalá. Se conservan sus inscripciones en Súmulas, Lógica, Física y Matemáticas.

1599 Debió de recibir su título de bachiller el 4 de octubre de ese año, pero no lo recogería hasta el 1 de junio de 1600.

1600 Después de demostrar que había seguido un curso de Filosofía natural y de Metafísica, recibe la licenciatura en Arte. Tiene una gran formación humanística y filosófica; domina las lenguas clásicas y también el francés y el italiano. Se matricula en la Facultad de Teología, pero sus estudios se ven truncados al abandonar la ciudad.

1601 Marcha a Valladolid y reanuda en esa Universidad sus estudios de Teología. Allí inicia su carrera poética y también su larga y feroz enemistad con Góngora. Mantendrá correspondencia con el humanista flamenco Justo Lipsio, hasta la muerte de este en 1606. La estancia de Quevedo en la Corte vallisoletana se prolonga hasta 1605, y en ella obtendrá un empleo por mediación de la duquesa de Lerma. Llegó a recibir las órdenes menores, pero no siguió la carrera sacerdotal.

1603 Figura con dieciocho poemas en la célebre antología de Pedro de Espinosa Flores de poetas ilustres, aprobada ese año, aunque impresa en 1605. Ya ha escrito la Vida de Corte y la Premática que este año de 1600 se ordenó.

1605 Vuelve a Madrid con la Corte. Frecuenta las academias y tertulias literarias. Comienza a redactar los Sueños. Ya ha escrito probablemente El buscón y parte de las obras festivas. Se imprimen algunos romances suyos en la segunda parte del Romancero general de Miguel de Madrigal. Por estas fechas se fragua su enemistad con el famoso maestro de esgrima Luis Pacheco de Narváez, al que ridiculiza en público.

1607 Escribe el Sueño del alguacil endemoniado.

1608 Escribe el Sueño del Infierno.

1609 Envía el 1 de abril una carta a don Pedro Girón, duque de Osuna, junto con el Discurso de la vida y tiempo de Focílides, iniciando así una fiel relación de amistad con el aristócrata. Su situación económica es apurada. Comienza el pleito en torno al censo que había heredado de su madre en la Torre de Juan Abad (Ciudad Real), que no terminaría hasta 1631.

1610 El Padre Antolín Montojo niega el permiso para imprimir el Sueño del Juicio final.

1611 Viaja a Toledo (donde residían Tamayo de Vargas y el Padre Mariana) por el pleito de la Torre de Juan Abad.

1612 En la Torre de Juan Abad dedica a Osuna El Mundo por de dentro.

1613 Son años de intensísima actividad literaria. El 3 de junio envía a su tía Margarita de Espinosa el Heráclito cristiano. El 12 remite al teólogo fray Lucas de Montoya las Lágrimas de Hieremías castellanas. Hacia fines de octubre está en Palermo, al servicio del duque de Osuna, que es virrey de Sicilia. La estancia en Italia supone una clave en su evolución personal (vive las intrigas de la enrevesada política italiana: Italia es uno de los escenarios de la rivalidad entre Francia y España) y, además, mantiene contactos con los poetas e intelectuales del momento.

1615 En verano es elegido embajador por el Parlamento siciliano para traer al rey los donativos ordinarios y extraordinarios, y otro donativo especial para el duque de Uceda.

1616 Recibe el hábito de Santiago y una pensión de cuatrocientos ducados. El duque de Osuna consigue el virreinato de Nápoles y, en septiembre, Quevedo se reúne con él en esa ciudad.

1617 Visita al Papa en Roma, en misión encomendada por Osuna. Viaja a España en mayo.

1618 Defiende al duque de Osuna ante el Consejo de Estado de los cargos de complicidad en la conjuración de Venecia. Regresa a Nápoles, pero no es muy bien recibido por Osuna.

1619 Regreso definitivo a España.

1621 Escribe el Sueño de la Muerte. Proceso contra el duque de Osuna. Destierro de Quevedo a la Torre de Juan Abad. Muere Felipe III: sube al trono Felipe IV y a la privanza Olivares. Quevedo deposita en el nuevo valido sus esperanzas para la regeneración de España y obtiene el favor de la camarilla real.

1622 Se traslada a Villanueva de los Infantes (Ciudad Real). Remite a «doña Mirena Riqueza» el Sueño de la Muerte.

1623 Regresa a la Corte, amistado con el privado, el conde-duque de Olivares, con quien confía que llegarán reformas y proyectos regeneradores.

1624 Muere el duque de Osuna en prisión y le dedica unos famosos sonetos, como el que comienza «Faltar pudo su patria al grande Osuna…». Acompaña al rey en su viaje a Andalucía.

1625 Publica Cartas del caballero de la Tenaza.

1626 Acaba el Cuento de cuentos. Se publican El buscón y la Política de Dios.

1627 Se publican en Barcelona sus Sueños y discursos, y en Zaragoza Desvelos soñolientos.

1629 Dedica al Conde-Duque su edición de las obras de fray Luis de León, que publica como antídoto contra la «pestífera» poesía gongorina.

1630 Escribe El chitón de las tarabillas.

1631 Escribe Marco Bruto y Aguja de navegar cultos. Se publican en Madrid sus Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio. Pacheco de Narváez denuncia a la Inquisición El buscón y otras obras de Quevedo.

1634 Se casa con doña Esperanza de Mendoza, pero el matrimonio fracasará al poco tiempo. Publica la Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales y La cuna y la sepultura.

1635-1639 Vive retirado esos años en la Torre de Juan Abad.

1636 Se separa de su mujer. Trabaja en Virtud militante y dedica a don Álvaro de Monsalve La hora de todos.

1639 Es detenido en casa del duque de Medinaceli en Madrid y, confinado a León, se le encarcela en el convento de San Marcos.

1643 Al producirse la caída del conde-duque de Olivares, es puesto en libertad y puede trasladarse a Madrid, aunque ya muy enfermo y quebrantado.

1644 Dedica la Vida de San Pablo a don Juan Chumacero.

1645 En enero se traslada a Villanueva de los Infantes, y allí muere el 8 de septiembre, en una celda del convento de Santo Domingo[1].


[1] La bibliografía sobre Quevedo es muy abundante. Una magnífica aproximación a su vida y obra puede verse en Ignacio Arellano, Francisco de Quevedo, Madrid, Síntesis, 2006. El Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra edita desde 1997 La Perinola. Revista anual de investigación quevediana (ISSN: 1138-6363), donde el lector interesado encontrará la bibliografía más completa y actualizada sobre el escritor.

Breve biografía de Santa Teresa de Jesús (1515-1582)

Nacida en Ávila el 28 de marzo de 1515, su nombre en el siglo fue Teresa de Cepeda y Ahumada. «Es un tópico ya consagrado, y no menos necesario, hablar del influjo que la amurallada ciudad natal —símbolo de vida religiosa y caballeresca— y la austera llanura en que se asienta (tierra de santos y de cantos) pudieron ejercer sobre la conformación espiritual de la escritora», escribe Juan Luis Alborg[1]. No menos tópico —y no menos necesario— resulta recordar el origen converso de la familia por línea paterna: su abuelo Juan Sánchez de Toledo, un rico mercader, fue procesado por la Inquisición en 1485; y muchos elementos de la cultura y religiosidad interior de Santa Teresa tienen que ver con esa condición suya de judeoconversa (ella firmaría —antes de hacerlo con su nombre religioso, Teresa de Jesús— como Teresa de Ahumada, eliminando el apellido paterno, que era el negativamente connotado).

A los seis años, influida por las lecturas de las vidas de santos (recogidas en el célebre Flos Sanctorum, versión traducida al español de la Legenda Sanctorum o Legenda Aurea de Jacobo de Vorágine), quiere escapar de casa con su hermano Rodrigo para ir a tierra de infieles en busca del martirio… aunque la aventura no llega muy lejos, al ser descubiertos en su huida por un tío antes de haber atravesado las murallas de la ciudad. Con su hermano también pasaba las tardes jugando a ermitaños en el huerto de la casa. Más tarde, de joven, Teresa fue gran aficionada a la lectura de los libros de caballerías (su padre,  Alonso Sánchez de Cepeda, era muy aficionado a la lectura y en la casa abundaban los libros), e incluso habría empezado a escribir uno, a lo que parece. En 1528, tras la muere de su madre, doña Beatriz de Ahumada, la joven se aficiona en exceso a las galas y vanidades de la vida mundana; y en 1531 es internada por su padre en el colegio de monjas agustinas de Santa María de Gracia de Ávila, que abandonaría en 1533 debido a su mala salud. Pero en 1535, con diecinueve años, movida seguramente por la lectura de las Confesiones de San Agustín y por el recuerdo de una monja carmelita que había conocido, Sor María Briceño, ingresa como novicia en el convento de las carmelitas de la Encarnación de Ávila, donde profesaría como religiosa dos años más tarde.

Entre 1537 y 1542 padece una grave enfermedad, que empeora debido a sus frecuentes y rigurosas penitencias y le dejaría secuelas de por vida:

Los extremados ejercicios ascéticos a que se sometió entonces quebrantaron su salud poniéndola al borde de la muerte; con su peculiar fuerza de voluntad pudo reponerse, pero siempre le quedaron huellas de aquella enfermedad en su propensión a la fiebre, los dolores de cabeza y el insomnio. Durante largos años de intensa vida interior pasó por épocas de vacilaciones y sequedades de espíritu, pero gozó también los más delicados regalos de la experiencia mística; a esta época corresponde el episodio de la transverberación, tan vivamente descrito por la Santa en su Vida[2].

Santa Teresa de JesúsEn cualquier caso, impulsada por una visión que tuvo de las penas del infierno, pasaría a la vida de acción, acometiendo con actividad infatigable la reforma de su orden, para devolverle la severidad y pureza primitivas, y la fundación de nuevos conventos reformados. En efecto, en 1562 fundó el primer convento con arreglo a la nueva regla, el de San José de Ávila, llamado de los Carmelitas Descalzos. Sus reglas difieren de la antigua observancia en estos puntos: vida de clausura, oración en la celda, abstinencia de carne, ayuno desde la fiesta de la Exaltación de la Cruz (14 de septiembre) hasta Pascua de Resurrección, carencia absoluta de bienes, silencio total desde el rezo de completas al de prima más el acto de descalzarse, de donde procede esa denominación de «carmelitas descalzos». Como se ha escrito, su vida es un continuo ir y venir por tierras españolas. Fundaría otros diecisiete conventos, sobre todo en Castilla y Andalucía (Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas, Sevilla, Caravaca, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria, Burgos… ) y reformó otros muchos más. Colaboró igualmente en la reforma de la rama masculina de la orden, encabezada por fray Juan de la Cruz.

Este largo proceso, del que Santa Teresa da testimonio en el Libro de las Fundaciones, no estuvo exento de tensiones y hostilidades, que no fueron pocas, en especial por parte de los carmelitas de la antigua observancia, molestos con las reformas introducidas. En palabras de Alborg, «Comienza entonces la época de su incesante actividad, y con ella la de sus trabajos, sufrimientos y persecuciones de todo género»[3]. En efecto, Teresa fue confinada en Toledo por orden del P. General Rubeo, para evitar que la reforma que había emprendido se extendiera. Además el Libro de la Vida fue denunciado a la Inquisición y su autora fue procesada, aunque no llegó a ser condenada. Sea como sea, Teresa logró vencer la oposición gracias a la ayuda de fray Domingo Báñez, su nuevo confesor, de fray Juan de la Cruz, y de otras personas. Así, el conde de Tendilla logró interesar en el asunto al propio rey Felipe II, quien consiguió a su vez que el papa concediese la organización de los carmelitas descalzos como provincia independiente, con lo que la reforma quedaba asegurada. Y años después de su muerte, en 1588, fray Luis de León se encargaría de sacar la edición príncipe de sus obras: Obras de la Madre Teresa de Jesús, fundadora de los monasterios de monjas y frailes carmelitas descalzos de la primera regla (Salamanca, por Guillelmo Foquel, 1588)

En 1582, regresando a Ávila tras un viaje a Burgos, Teresa enferma y debe ser atendida en el convento de Alba de Tormes (Salamanca), donde moriría el 4 de octubre, con 67 años. Pero el encuentro con la muerte no asusta a una persona que tiene una visión trascendente del humano vivir; como ella misma escribiera: «Me da consuelo oír el reloj, porque me parece que me acerco un poquito más al momento de ver a Dios, cuando veo que ha pasado otra hora de la vida» (Vida, cap. 40, 20). Sería beatificada el 23 de abril de 1614 por el Papa Pablo V y canonizada el 12 de marzo de 1622 por Gregorio XV. El 27 de septiembre de 1970 Pablo VI la nombró Doctora de la Iglesia, siendo la primera de las cuatro actuales (las otras tres son Santa Catalina de Siena; Santa Teresita del Niño Jesús, otra carmelita descalza; y Santa Hildegarda de Bingen)[4].


[1] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, I, Edad Media y Renacimiento, 2.ª ed. ampliada, 6.ª reimpr., Madrid, Gredos, 1986, p. 897.

[2] Alborg, Historia de la literatura española, I, Edad Media y Renacimiento, pp. 896-897.

[3] Alborg, Historia de la literatura española, I, Edad Media y Renacimiento, p. 897.

[4] Existen numerosas biografías de la santa, y varias más van a ir apareciendo ahora con motivo del centenario. Pueden verse, entre otras muchas, estas obras: Padre Crisógono de Jesús Sacramentado (O.C.D.), Santa Teresa de Jesús. Su vida y su doctrina, Barcelona, Labor, 1936; 2.ª ed., Barcelona, Labor, 1942; Marcelle Auclair, Vida de Santa Teresa de Jesús, Madrid, Cultura Hispánica, 1970; o Joseph Pérez, Teresa de Ávila y la España de su tiempo, Madrid, Algaba, 2007. Puede consultarse también la web de la Fundación V Centenario de Santa Teresa de Jesús <www.stj500.es>. Agradezco muy sinceramente los valiosos comentarios de la hermana María José Pérez González, O.C.D., del Carmelo de Puzol (Valencia), que han contribuido a mejorar algunos detalles de la redacción de esta entrada, y aprovecho para recomendar su blog Teresa, de la rueca a la pluma, donde el lector interesado encontrará abundantes noticias y comentarios, bibliografía sobre las obras de la santa, etc.

Pablo Neruda, «En el fondo de América sin nombre…»

Como lectura para conmemorar este 18 de septiembre, Fiestas Patrias en Chile, selecciono un fragmento del Canto general de Neruda. Corresponde al pasaje final de la parte I del poemario, «La lámpara en la tierra»:

En el fondo de América sin nombre
estaba Arauco entre las aguas
vertiginosas, apartado
por todo el frío del planeta.
Mirad el gran Sur  solitario.
No se ve humo en la altura.
Sólo se ven los ventisqueros
y el vendaval rechazado
por las ásperas araucarias.
No busques bajo  el verde espeso
el canto de la alfarería.

Todo es silencio de agua  y viento.

Pero en las hojas mira el guerrero.
Entre los alerces  un grito.
Unos ojos de tigre en medio
de las alturas de la  nieve.

Mira las lanzas descansando.
Escucha el susurro del aire
atravesado por las flechas.
Mira los pechos y las piernas
y las  cabelleras sombrías
brillando a la luz de la luna.

Mira el vacío de  los guerreros.

No hay nadie. Trina la diuca
como el agua en la noche  pura.

Cruza el cóndor su vuelo negro.

No hay nadie. Escuchas? Es el paso
del puma en el aire y las hojas.

No hay nadie. Escucha. Escucha  el árbol,
escucha el árbol araucano.

No hay nadie. Mira las  piedras.

Mira las piedras de Arauco.

No hay nadie, sólo son los  árboles.

Sólo son las piedras, Arauco.

(Cito por Pablo Neruda, Canto general, edición y notas de Hernán Loyola, prólogo de Julio Ortega, Barcelona, Random House Mondadori, 2003, pp. 38-39.)

Felicidades, Chile

Breve semblanza de Mariano Azuela (1873-1952)

Mariano AzuelaMariano Azuela nació en Lagos de Moreno (estado de Jalisco, México) en 1873. Hijo de un modesto comerciante rural, inició sus estudios en el Liceo de Varones del Padre Guerra, en Guadalajara. Su vocación literaria comenzó muy pronto, y en 1903 su cuento «De mi tierra» resultaba premiado en los Juegos Florales de Lagos. Obtuvo el título de licenciado en la Escuela de Medicina de Guadalajara, donde se doctoró en 1908. Al estallar la Revolución (1910) se le persigue por adversario del general Porfirio Díaz (por su espíritu liberal, Azuela sintonizó pronto con los revolucionarios); pero al triunfar Madero, se le nombra Jefe Político de Lagos. En la lucha entre las fuerzas de la Convención y los carrancistas, actúa como teniente coronel médico en las filas del general villista Julián Medina, muchos de cuyos rasgos se incorporarán al retrato del personaje de Demetrio Macías de su novela Los de abajo. Desempeña altos cargos públicos (fue Director de Instrucción Pública del estado de Guadalajara en 1914-1915), pero con la llegada al poder de Carranza se ve obligado a refugiarse en Texas. Vuelve a México en 1917 y se une de nuevo a su familia. Apartado de la política, dedica los últimos treinta años de su vida a la práctica de la medicina y a la literatura. Fue conferenciante del Colegio Nacional de México y, propuesta su candidatura para el ingreso en la Academia mexicana, la rechazó. Obtuvo en 1949 el Premio Nacional de Literatura. Falleció Mariano Azuela en 1952.

Publicaciones póstumas de Lope de Vega

Al año siguiente de la muerte del Fénix, en 1636, el doctor Juan Pérez de Montalbán, da a las prensas su Fama póstuma a la vida y muerte del doctor frey Lope de Vega Carpio, breve biografía y recopilación de numerosos «elogios panegíricos» de muy diversos autores[1].

La vega del Parnaso, de Lope de VegaEn fin, en 1637 aparecen póstumas su égloga Filis y La vega del Parnaso. Este libro sale con la autorización de Luis de Usátegui, marido de Feliciana (la hija de Lope), quien lo dedicará al duque de Sessa, aludiendo a «la afición que Vuestra Excelencia ha mostrado siempre a los escritos de Frey Lope Félix de Vega Carpio, mi señor, y las mercedes que en su vida recibió de esas generosas manos». De carácter recopilatorio (además de algunas comedias incluye sus últimos poemas), Lope había estado trabajando en esta obra los últimos años de su vida, y ya en 1633 había anunciado su preparación. Por ello, puede considerarse La vega del Parnaso como su testamento literario.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

El entierro de Lope de Vega

Al funeral de Lope de Vega acude todo Madrid[1]. La procesión da un rodeo para pasar por el convento de Sor Marcela, su hija, que así lo ha solicitado. El Fénix es enterrado solemnemente en la parroquia de San Sebastián.

Iglesia de San Sebastián de Madrid

El fervor popular es inmenso. El testimonio de un contemporáneo, Francisco Ximénez de Urrea, indica que «hubo muchas mujeres. Acabaron [el entierro] a las dos de la tarde, y a las cinco de la mañana no se podía entrar en la iglesia». De nuevo es Pérez de Montalbán quien ofrece en su relato detalles muy puntuales, tanto del entierro como de las honras fúnebres celebradas en los días posteriores:

Tratose de su entierro, de que se encargó el señor Duque de Sessa, como su dueño y albacea, y como tan magnánimo príncipe, y determinose para el martes siguiente a las once. Repartiéronse muchas limosnas de misas, que es la más importante honra para el que yace. Convocose todo el pueblo sin convidar a ninguno; vinieron cofradías, luces, religiosos y clérigos en cantidad, la Orden de los Caballeros del hábito de San Juan, la de los Terceros de San Francisco, la Congregación de los Familiares [del Santo Oficio] y la de los Sacerdotes de Madrid, compitiendo piadosamente sobre quién había de honrar sus hombros con llevar su cuerpo, y consiguiolo la Venerable Congregación de los Sacerdotes. Empezose el entierro según estaba prevenido, y fue tan dilatado, que estaba la cruz de la parroquia en San Sebastián y no había salido el cuerpo de su casa, con ser tanto el distrito y haber rodeado una calle a petición de Soror Marcela de Jesús, religiosa de la Trinidad descalza y muy cercana deuda del difunto, que gustó de verle. Las calles estaban tan pobladas de gente, que casi se embarazaba el paso al entierro, sin haber balcón ocioso, ventana desocupada ni coche vacío. Y así, viendo una mujer tanta grandeza, dijo con mucho donaire: «Sin duda este entierro es de Lope, pues es tan bueno.» Iban con luto al remate del acompañamiento don Luis de Usátigui, yerno de Lope, y un sobrino suyo en medio del señor Duque de Sessa y de otros grandes señores, títulos y caballeros. Llegaron a la iglesia, recibioles la Capilla Real con música. Díjose la misa con mucha solemnidad, y al último responso, viéndole quitar del túmulo para llevarle a la bóveda, clamó la gente con gemidos afectuosos. Depositose en el tercero nicho por orden del señor Duque de Sessa, con permisión del doctor Baltasar Carrillo de Aguilera, cura propio de la parroquia de San Sebastián, y con declaración de la justicia por el secretario Juan de Piña. Vaciole en cera la cabeza Antonio de Herrera, excelentísimo escultor de Su Majestad, y despidiéronse los amigos, llorando la soledad que les hacía Lope, como quien echa menos una joya que le han hurtado.

Prosiguiéronse las honras hasta el novenario, con la misma costa y autoridad de música y cera que el primer día, y dilatose el funeral último ocho días porque estaba ausente el Padre Fray Ignacio de Vitoria y era el elegido para el sermón, con mucho gozo suyo y de todos los discretos, que a una voz dijeron que tal orador merecía tal difunto, y tal difunto era digno de tal orador. Entretanto que se esperaba este gran día, quiso la Venerable Congregación de los Sacerdotes cumplir con los honores de su hermano amantísimo. Aderezose la iglesia de San Miguel lo mejor que se pudo, sin exceder las órdenes limitadas en la premática. Cubriéronse de luto los bancales del coro, donde asistían los congregantes con sobrepellices, en compañía del licenciado Josef de las Cuevas, su capellán mayor. Acudió gran número de gente, hasta no caber más en la iglesia, con muchos señores que, a lisonja del señor Duque de Sessa y a devoción de Lope, se convidaron ellos mismos. Dijo la misa de pontifical don Fray Gaspar Prieto, obispo de Alguer y electo en Elna. Y predicó el sermón el doctor Francisco de Quintana, de quien me holgara, si fuera posible en mi amor, ser hoy su mayor enemigo, para ponderar sin sospecha de pasión alguna la pureza en el lenguaje, la cordura en el asumpto, la profundidad en los pensamientos, la ternura en las admiraciones, y sobre todo el hablar a propósito, cumpliendo siempre con su entendimiento y su voluntad, que cuando se juntan, todo se acierta.

El lunes siguiente, a las ocho de la mañana, con el deseo de oír al Padre Ignacio de Vitoria, estaba ocupada toda la iglesia, sin que faltase príncipe grande, caballero entendido, cortesano curioso y hombre de buenas letras, unos llevados de la obligación y otros traídos de la curiosidad. Vino la Capilla, cantó el introito. Salió a decir la misa el doctor don Cristóbal de la Cámara y Murga, obispo de Salamanca, si bien el tumulto de la gente ni dejó atender a la misa ni dio lugar a escuchar la música. Púsose en el púlpito el sutilísimo agustino de nuestros tiempos, con muy buena gana de hacer alarde, como lo hizo, de su voluntad en alabanza de un varón tan famoso y en lisonja de un auditorio tan lucido. Mas fue tanto el ruido de los mal acomodados, la inquietud de los que llegaron tarde, el cansancio de los que fueron temprano, el aprieto de algunos y el calor de todos, que no dejó gozar universalmente de la doctísima oración, si bien los que la oyeron bastaron a informar a los demás de lo agudo de sus conceptos, de lo extraño de sus novedades, de lo noticioso de sus letras, de lo gallardo de sus acciones y de lo eminente de sus idiomas, y después lo harán a mejor luz los caracteres de plomo vaciado en la inmortalidad de la estampa.

Al siguiente día dispuso la piadosa Cofradía de los Representantes los honores funerales, con tanto lucimiento como gasto. Vistiose de pontifical para celebrar el mayor sacrificio don Fray Micael de Abellán, obispo de Siria. Cantó la Capilla Real como siempre, sin faltar ninguno de los mejores, con que hicieron la iglesia cielo, y predicó el muy reverendo Padre Fray Francisco de Peralta, antorcha angélica de su sagrada religión de predicadores, y predicador tan felice en esta ocasión, que aun la muda retórica del silencio no basta a ponderarle, porque oró tan a propósito de los méritos del sujeto, tan a medida del gusto de los señores, tan conforme al talento de los doctos, tan bastante al melindre de los entendidos, tan copioso al afecto de los apasionados y tan ajustado al genio de los vulgares, que no pudiendo los unos y los otros sufrir tanto género de sutilezas sin pagárselas de contado, introdujeron en el templo un género de ruido devoto y un linaje de rumor ponderativo, cuyas inquietas admiraciones empezaron en aplausos públicos y acabaron en vítores disimulados. Con que se dio fin a sus exequias, pero no a sus honras, pues ahora las harán eternas con sus elogios panegíricos los divinos Apolos de Manzanares, a imitación del tracio Orfeo, que a pie llevaba tras sí los montes con la dulcísima consonancia de sus himnos.

Sin embargo, el Consejo de Castilla prohibió el homenaje previsto por el Ayuntamiento de Madrid, por la razón que apunta Felipe Pedraza:

Sin duda, las altas esferas no perdonaron al poeta, ni aun después de muerto, la vida irregular que había llevado.

El duque de Sessa, que había costeado las honras fúnebres, incumple en cambio su promesa de edificarle un mausoleo en sus estados, y en alguna de las muchas revueltas del tumultuoso siglo XIX sus restos desaparecen, mezclados con otros en el osario de la parroquia de San Sebastián.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.