Elementos de intriga en «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: disfraces e identidades ocultas

También en Doña Urraca de Castilla de Francisco Navarro Villoslada[1] encontramos el recurso folletinesco de la ocultación de la personalidad o la vuelta de personajes a los que se daba por muertos. Como sabemos, el cliché del personaje supuestamente plebeyo que termina siendo de origen noble es un recurso muy tópico. Ese es el caso, en esta novela, del joven protagonista, Ramiro, que pasa por ser hijo de un pequeño hidalgo de Santiago, y a quien conocemos en los primeros capítulos como simple pajecillo del obispo Gelmírez. Pero es en realidad hijo de don Bermudo de Moscoso y de doña Elvira de Trava, y el heredero de todos los estados de Altamira.

El suyo es un caso más de niño expósito. Podemos reconstruir brevemente su historia: el nacimiento de Gonzalo (que es su nombre verdadero) suponía un obstáculo más para la ambición de su tío don Ataúlfo de hacerse con las posesiones de Altamira; dado que no puede matar a nadie —por su creencia en la superstición comentada en una entrada anterior—, encierra a don Bermudo, el hermano primogénito, en un calabozo de Altamira, y entrega el niño a Gontroda para que lo abandone, de forma que las fieras acaben con su vida, al tiempo que hace circular el rumor de que ambos han muerto durante el ataque de unos piratas normandos; Gontroda lo abandona en un bosque, pero no sin antes asegurarse de que por allí pasaría Nuña, desesperada porque acababa de perder a su hijo recién nacido. Poco antes de morir, Nuña ha confesado a Gelmírez que Ramiro no es su hijo, y que ignora quiénes pueden ser sus padres. A partir de ahí comienzan las averiguaciones del obispo y de la reina doña Urraca. Los personajes que disponen de más datos son Gontroda y Pelayo, el fiel escudero de Bermudo, al que don Ataúlfo cortó la lengua para que no hablase; sin embargo, ha aprendido a escribir y sus revelaciones serán de vital importancia para resolver el caso.

Como es habitual en estas novelas, se van dando aquí y allá algunas pistas que adelantan el descubrimiento de la verdadera identidad del personaje en cuestión. La reina insiste constantemente en la semejanza de Ramiro con su antiguo amado, don Bermudo, en la voz, en la fisonomía y en el carácter. Además, Gonzalo tenía «una mancha a modo de lunar grande en la espalda», y Pelayo se encarga de comprobar que Ramiro conserva esa señal de nacimiento. Al final se producirá la anagnórisis entre los padres y el hijo, y Gonzalo-Ramiro queda reconocido por todos como hijo legítimo de don Bermudo y doña Elvira.

Como reaparición de personajes supuestamente muertos podemos mencionar el caso de doña Constanza de Monforte (Elvira finge que la ha visto viva); y el de don Bermudo, encerrado durante veinte años por su hermano en las mazmorras de Altamira (don Ataúlfo, además de hacer circular el rumor de que murió en el ataque de los piratas normandos, presentó el cadáver de un soldado con el arnés de su hermano para dar mayor verosimilitud a su historia). Como sucede siempre, el grado de información de los lectores y de los diversos personajes es distinto; el lector conoce pronto que don Bermudo vive; Elvira se entera a través de la lectura de un pergamino; Ramiro lo descubre en la torre de las prisiones; la reina, el obispo y don Gutierre conocen la noticia más tarde, cuando unos mensajeros traen una carta de Elvira. Munima, en fin, se encarga de decir a los soldados de Altamira que vive encerrado su legítimo señor, para que depongan las armas y cesen en su defensa de don Ataúlfo.

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Por lo que toca al empleo de disfraces, en Doña Urraca se utiliza este recurso desde el principio, pues se nos comenta que los mensajeros que han comunicado a Gelmírez con el príncipe iban disfrazados de peregrinos para correr menos peligro, aunque eso no les ha evitado sufrir varios ataques. Don Ataúlfo viste las ropas de Rui Pérez para ir a combatir con Gundesindo Gelmírez sin dar a conocer su identidad. Don Pedro Froilaz visita a don Ataúlfo como si fuera un simple mensajero; en otra ocasión, escucha con la visera calada para que Ramiro no le pueda reconocer cuando habla con el obispo. Maese Sisnando usa siempre una gorra de piel de nutria, dato que nos permite reconocer sus apariciones en la novela aun cuando aparezca embozado y el narrador no mencione expresamente su nombre. Aparte de los conjurados de la hermandad, que siempre aparecen embozados, Sisnando se disfraza de religioso de la orden de San Benito, y se hace llamar Padre Prudencio. Más adelante, Munima se disfraza de varón (es el «villano barbilampiño» que trata de sublevar a la guarnición de Altamira), y la reina doña Urraca se viste de enlutada y se tapa para ver a don Bermudo sin que este pueda reconocerla[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

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Disfraces, prendas y objetos simbólicos en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada

El empleo de disfraces en esta obra de Francisco Navarro Villoslada[1] es un recurso relacionado con lo visto en la entrada anterior relativo a la ocultación de la verdadera identidad de algunos personajes. Aparte del disfraz de villana que viste doña Blanca en Mendavia, podemos mencionar los siguientes casos: Jimeno se apropia del traje de Chafarote para entrar en las filas de los bandidos de las Bardenas; los beamonteses atacan al ejército de don Gastón de Foix disfrazados de bandidos; doña Blanca es llevada al castillo de Orthez en hábito de religiosa de la orden de San Benito; el Conde de Lerín acude al Bearn disfrazado de montañés para tratar de salvar a la princesa; y Chafarote se disfraza de guardia para poder hablar con Jimeno, prisionero en Estella.

DagaEntre las prendas y objetos simbólicos, cabe mencionar el anillo que doña Leonor da a Jimeno, confundiéndolo con uno de sus soldados, Garcés; la sortija es importante porque permite a su portador entrar y salir sin impedimentos del castillo de Orthez. Otro objeto destacado, a este respecto, es la daga con que se mató al padre de don Felipe; al cometerse el asesinato, el arma quedó partida en dos mitades, y el hijo de la víctima conservó la parte de la hoja; finalmente, y tras muchas vicisitudes, la parte de la empuñadura llega a su poder: las dos partes encajan y, gracias al escudo grabado en el puño, don Felipe puede identificar al agresor, que es el Conde de Lerín.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Disfraces y cambios de nombres en la novela histórica romántica

Para ocultar la personalidad de los personajes se recurre frecuentemente al empleo de disfraces[1], lo que les permite escapar de alguna prisión o entrar sin peligro en terreno enemigo. Estas novelas están pobladas de «incógnitos», caballeros las más de las veces a los que, por distintas razones, no interesa darse a conocer en un torneo, en una batalla o en la corte, hasta que se produzca la anagnórisis, que tendrá lugar en el último momento —pues como señala un personaje de Walter Scott en El corazón de Mid-Lothian, «el final de la incertidumbre es la muerte del interés»—. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el noble Pedro Martínez de Oyan-Ederra, que vive como un proscrito bajo el nombre de Azeari (en Don García Almorabid).

En algunas obras, hay verdaderos especialistas en el arte de trocar un disfraz por otro (así, el criado Chato en El golpe en vago); ni siquiera los reyes escapan a la tentación de vestirse un disfraz (en La campana de Huesca, el rey Ramiro se disfraza de monje para visitar al abad sin ser reconocido). No son frecuentes, aunque alguno hay, los casos de mujeres disfrazadas de varón (en Amor y rencor, Juana viste unas armas negras para pelear, al lado de su amado, contra sus propios hermanos, en el combate en que se va a decidir su suerte).

Amaya o los vascos en el siglo VIIIEn ocasiones, no es el uso de disfraces, sino la utilización de nombres distintos para un mismo personaje lo que produce la identificación tardía del mismo (en Amaya, de Navarro Villoslada, el vasco Asier, el judío Aser y el godo Eudón resultan al fin la misma persona). En general, cuanto más folletinesca es la novela, más se abusa de esos recursos de ocultación de la personalidad. Es lo que ocurre, entre las novelas examinadas, con Bernardo del Carpio y Edissa; en esta última la trama se complica de forma exagerada: el malvado Eliasib, también llamado Aialah, y que después responderá por el nombre de Pablo, mata a Teonila, que en realidad no es Teonila, sino su hija Miriam; Eliasib tiene otra hija llamada Judit, pero en la novela utiliza el nombre de Edissa; todo esto nos lo cuenta un ermitaño, que al final no es tal, sino una mujer llamada Maliba, esposa de Eliasib y madre de las dichas Miriam y Judit. En fin, todo un enredo[2].


[1] En Ivanhoe, los soldados normandos se disfrazan de sajones para raptar a lady Rowena; Wamba entra al castillo disfrazado de abad y cambia el hábito por las ropas de su señor Cedric para que este pueda escapar.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.