Estilo y peculiaridades de «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (y 2)

Además, existe otra característica que singulariza las novelas del escritor de Viana, y es el fino humor —a veces lindante con la ironía— de que sabe hacer gala en distintas ocasiones; por ejemplo, a la hora de titular, de forma cervantina, muchos de los capítulos («Que está entre el sexto y el octavo, y no sirve para otra cosa», se titula el cap. VII de la primera parte). Inolvidable resulta la graciosa figura del escudero Juan Marín, Chafarote, o la del supersticioso Padre Abarca; sobre las dos he apuntado ya algunos detalles en entradas anteriores. El humor salpica muchas de las páginas de la novela, contribuyendo también a que la lectura resulte sin duda más amena.

Francisco Navarro VillosladaPor último, para terminar de perfilar las peculiaridades del novelar de Francisco Navarro Villoslada[1], cabría destacar otras tres características: una sería el afán de verosimilitud, que le lleva, como vimos, a una rigurosa documentación histórica, aspecto que no está reñido en él con la desbordada imaginación de su fantasía; otra, el tono moralizante, que se aprecia aquí como en muchos otros escritos de este escritor católico; y, en fin, relacionado con lo anterior, la visión providencialista de la historia (Dios interviene tanto en su curso general como en los hechos humanos particulares para guiar adecuadamente todos los acontecimientos hacia un fin último).


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Estilo y peculiaridades de «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (1)

Francisco Navarro Villoslada y sus novelas históricas, de Carlos Mata InduráinA la hora de establecer una valoración del estilo de Doña Blanca de Navarra, de Francisco Navarro Villoslada[1], debemos tener presente que esta obra —lo mismo que Doña Urraca de Castilla y Amayadebe ser juzgada en el marco de su contexto literario, que es, como ya sabemos, el de la novela histórica romántica española. Hoy en día, acostumbrados como estamos a mayores audacias narrativas, las tramas de estas novelas pueden resultarnos quizá muy ingenuas, demasiado esquemáticos sus personajes y harto sencillas sus estructuras técnicas. Y, por lo que toca al estilo, podemos encontrar algo farragosa la abundancia de unos periodos sintácticos excesivamente amplios, característicos de la redacción decimonónica. En este sentido, el estilo de Doña Blanca de Navarra sí ha envejecido notablemente. En cualquier caso, se trata de un estilo sencillo, pulcro y cuidado, con una marcada preferencia por el empleo de símiles, frases hechas y refranes (tanto en el discurso del narrador como en las palabras de los personajes).

Por otra parte, el rapidísimo «tempo» de la novela, es decir, la rapidez con que se suceden lances y peripecias sin cuento, con un ritmo casi cinematográfico, y la especial habilidad que manifiesta Navarro Villoslada en el manejo del diálogo, hacen que la lectura resulte mucho más ágil e interesante que la de muchas otras obras del mismo género y de la misma época. De hecho, hay algunos capítulos que están constituidos en su práctica totalidad por las conversaciones de los personajes, en las que se suceden vivaces réplicas.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Otros recursos dramáticos en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada

FlechaTodos los recursos de intriga mencionados en entradas anteriores los encontramos repetidos, con escasas variaciones, en otras novelas del Romanticismo español. No obstante, existen algunos peculiares de Doña Blanca de Navarra. Por ejemplo, el incidente dramático con que Francisco Navarro Villoslada[1] da comienzo al relato: al intentar escapar de sus raptores, la princesa doña Blanca es acosada por un novillo, pero se salva gracias a la acción combinada de Jimeno, que aferra al animal por la testuz, y de Sancho de Erviti, que dispara un certero ballestazo al corazón del bruto. Otro es el que podríamos denominar «la confusión de los Sanchos»: Jimeno solo sabe que uno de los raptores de Jimena se llama Sancho y que disputa mucho, por lo que se dedica a despachar a todos los Sanchos testarudos que hay en Navarra, incluyendo a Sancho de Rota, hasta que finalmente localiza al verdadero responsable, Sancho de Erviti.

Otro elemento importante es el del emplazamiento que sufre la reina doña Leonor el día de la coronación; durante el besamanos, una mujer, Inés, se le acerca y le dice: «¡Acordaos del día 12 de febrero! […] ¡Quince años hace! ¡Quince días faltan! […] ¡Quince días tenéis para disponeros a morir!». Y, en efecto, toda la segunda parte no es más que la crónica de esa muerte anunciada para el 12 de febrero (recuérdese el título de esta segunda parte de la novela: Quince días de reinado). Las palabras que en la primera parte dijera doña Leonor a su hijo Gastón tras asegurarle que él sería rey: «Déjame reinar siquiera quince días», resultarán ahora proféticas. La circunstancia histórica, real, de tan breve reinado fue aprovechada por Navarro Villoslada para introducir este recurso novelesco.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Incidentes dramáticos relacionados con el fuego en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada

De gran interés novelesco es el incendio del castillo de Lerín, que pone en peligro la vida de la joven Catalina; su habitación cae justamente encima de la leñera, como sucede con la de Frente de Buey en el incendio del castillo de Torquilstone, en Ivanhoe de Walter Scott. Las novelas de Scott, como es sabido, tuvieron legión de imitadores, y este tipo de incidentes dramáticos causados por el fuego se repiten, como tuvimos ocasión de comprobar al hablar de la novela histórica romántica española en general, en numerosas obras.

Escudo de Lerín

Aquí, en la novela de Francisco Navarro Villoslada[1]se desconoce la identidad del autor del incendio y, sobre todo, de la persona que ha rescatado a la joven: se duda si ha sido don Felipe o don Alfonso, circunstancia que despertará los celos de doña Leonor; en realidad, los dos contribuyeron a su salvación: uno, sacándola de la habitación que ya estaba envuelta en llamas; y el otro, dándole los primeros auxilios gracias a sus conocimientos médicos.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Historia y ficción en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (y 2)

Leonor de Trastámara, Condesa de FoixAl comenzar la segunda parte de la novela de Francisco Navarro Villoslada[1], se ha producido un salto temporal, y la acción se sitúa en el año 1479. Doña Leonor es reina gobernadora, pues su padre se sigue titulando rey de Aragón y de Navarra. La situación de guerra civil se mantiene: el Conde de Lerín continúa siendo el caudillo del bando beamontés, en tanto que mosén Pierres de Peralta y don Felipe de Navarra, mariscal del reino, encabezan el de los agramonteses. El segmento histórico más importante de esta segunda parte se corresponde con la coronación de la reina doña Leonor de Navarra, verificada el 28 de enero de 1479, tras la muerte en Barcelona de don Juan II, y su corto reinado, pues murió el 12 de febrero. Navarro Villoslada respeta esas dos fechas históricas, pero cambia el lugar de la coronación, que no se verificó en Estella, sino en Tudela; además, hace coincidir la muerte de doña Leonor con el aniversario de la muerte de la Princesa de Viana, cosa que no se corresponde exactamente con la realidad histórica si damos por buena la fecha de 2 de diciembre de 1464 para el fallecimiento de doña Blanca.

Existen alusiones a muchos otros sucesos y personajes históricos que van salpicando las páginas de la novela: el matrimonio de doña Blanca con don Enrique de Castilla, Príncipe de Asturias (el futuro Enrique IV); la boda de doña Magdalena, hermana del rey francés Luis XI, con el joven Gastón de Foix, y la muerte de este en un torneo celebrado en Liburne; la paz alcanzada en Cataluña, con el nombramiento del hijo de don Juan II, Fernando (con el tiempo el Católico) como Príncipe de Gerona; la sorpresa de Pamplona, ocurrida en 1471; el matrimonio del Conde de Lerín con una hija natural de don Juan II; la excomunión de mosén Pierres de Peralta por haber dado muerte al obispo de Pamplona don Nicolás de Chávarri; el asesinato de Felipe de Navarra a manos del Conde de Lerín, etc. Son datos que refuerzan el fondo histórico de la novela, aun sin ser la parte principal de la misma, pequeñas noticias que van esmaltando la narración y que contribuyen a dar al conjunto un aire de verosimilitud.

Por otra parte, al final de la obra, en unas páginas que funcionan como epílogo, se mencionan los sucesos históricos posteriores relativos al reino de Navarra, que culminarían con la pérdida de su secular independencia: la muerte de Francisco Febo, el reinado de Catalina de Foix y Juan de Albret y la conquista del reino por las tropas de Fernando el Católico al mando del Duque de Alba, con la consiguiente incorporación a la Corona de Castilla[2].


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Las últimas palabras de la novela son: «Pero de estos sucesos hablaremos, con el favor de Dios, en otra obra». Navarro Villoslada quiso, en efecto, redactar otra novela histórica sobre la conquista de Navarra, que no llegó a culminar, pero de la que se conservan distintas versiones en su archivo bajó el epígrafe común de Pedro Ramírez.

Historia y ficción en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (1)

Una novela histórica se construye con una mezcla de elementos ficticios y de elementos históricos: las proporciones serán en cada caso distintas, pero en todas ellas cierto segmento de la historia novelesca se identificará con cierto segmento de la historia real. Por supuesto, el resultado final de esa mezcla será siempre una obra perteneciente a la Literatura, no a la Historia; en consecuencia, al novelista histórico no se le ha de pedir el mismo rigor científico que al historiador. Ahora bien, si el novelista es mínimamente riguroso —y Navarro Villoslada lo es en alto grado—, puede llegar a transmitir con sus novelas, no solo el placer estético de una obra de ficción, sino además una visión acertada de aquella época en la que ha situado su acción. Es decir, puede proporcionar al lector ciertos conocimientos históricos (la historia es maestra de la vida, según acuñación clásica), y animarle quizá a un mejor conocimiento de los hechos del pasado, sirviéndole de acicate para acudir a fuentes historiográficas.

Carlos d´Evreux y Trastámara, Príncipe de VianaComo suele ser habitual, en esta novela de Francisco Navarro Villoslada[1] los datos históricos esenciales se acumulan en los primeros capítulos, donde se ofrece un cuadro panorámico de la época para que el lector pueda hacerse una idea general de la misma y situar correctamente a los personajes. El marco histórico es aquí la guerra entre los bandos navarros de beamonteses (partidarios del Príncipe de Viana, Carlos, y luego de su hermana doña Blanca) y agramonteses (que apoyaron a Juan II, rey de Aragón), y ya desde la primera página del libro se alude a «las guerras intestinas en que estaba ardiendo a la sazón el reino de Navarra». Carlos, nieto de Carlos III el Noble, era el legítimo heredero al trono navarro al morir su madre doña Blanca; pero esta, en una cláusula de su testamento, dejó estipulado que no se proclamase rey sin contar con el permiso de su padre; en vista de que don Juan II retuvo injustamente en su poder el reino, incluso después de sus segundas nupcias con Juana Enríquez, el joven Príncipe de Viana hubo de debatirse entre el respeto filial y sus evidentes derechos, optando finalmente por el alzamiento armado. Carlos contó con el apoyo de los castellanos, interesados en el enfrentamiento entre padre e hijo, lo que contribuyó a que las discordias se prolongasen en Navarra durante cuarenta años.

Los beamonteses, que proclamaron rey a don Carlos, estaban encabezados por don Luis de Beaumont, Conde de Lerín. Su gran rival, cabeza del bando agramontés, era mosén Pierres de Peralta (el Joven), Condestable de Navarra, vasallo del rey don Juan. En la novela, se menciona la muerte del Príncipe de Viana, envenenado por orden de su madrastra y de su hermana doña Leonor. Todo esto es, más o menos, histórico: hoy en día parece probado que don Carlos murió de muerte natural, enfermo de tuberculosis; pero su muerte fue cuando menos sospechosa y durante mucho tiempo se especuló con su posible envenenamiento; algunos historiadores acogieron la idea y, por tanto, no tiene nada de extraño que Navarro Villoslada aprovechase para su obra la versión más dramática y novelesca.

Carlos, Príncipe de VianaLa muerte del Príncipe de Viana aparece aludida varias veces en la novela, pero el núcleo central del argumento lo constituye el fin de su hermana doña Blanca, heredera del título, de los derechos a la Corona navarra y también de las desgracias de don Carlos. La princesa doña Blanca fue enviada por su padre, Juan II, al castillo de Orthez, en el Bearn, en abril de 1462 con la excusa de que allí se concertaría su boda con el Duque de Berry, hermano del rey de Francia. Se trataba en realidad de todo lo contrario: de que permaneciese en poder de los Condes de Foix, don Gastón IV y doña Leonor, para que no pudiese contraer matrimonio, pues, siendo entonces ella la legítima heredera del trono, la descendencia que hubiese podido tener sería un obstáculo para los planes de don Juan. En la realidad, antes de su traslado a Francia doña Blanca permaneció recluida en varios castillos; en la novela, Navarro Villoslada finge la poco verosímil circunstancia de que la princesa ha decidido vivir en Mendavia disfrazada de labradora. También añade el autor el lance novelesco que supone su liberación temporal por parte de Jimeno. Doña Blanca vivió dos años encerrada en Orthez, para morir el 2 de diciembre de 1464; en cambio, el novelista sitúa su muerte a los pocos días de su llegada, concentrando temporalmente todos los acontecimientos de la novela, lo que sin duda proporciona mayor dramatismo a la acción.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Argumento de «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (segunda parte)

Blanca II de NavarraVeamos ahora el argumento de la segunda parte de esta novela de Francisco Navarro Villoslada[1], Quince días de reinado. Han pasado quince años desde 1464, pero las guerras civiles siguen siendo el azote del menguado reino de Navarra. Doña Leonor de Foix, una vez eliminados los dos «obstáculos» que se interponían en su camino hacia el trono (sus dos hermanos mayores, don Carlos y doña Blanca), es ya la heredera, aunque mientras vive su padre Juan II solamente puede ostentar el cargo de gobernadora general o lugarteniente del rey. Al morir este en 1479, doña Leonor es coronada, pero durante la ceremonia una mujer le vaticina que su reinado durará únicamente quince días. Se trata de Inés, que reaparece ahora como la penitente de Nuestra Señora de Rocamador, extramuros de Estella: sigue enamorada de Jimeno, aunque sabe que es el suyo un amor sin esperanza, y se limita a procurarle toda la ayuda que necesita allí donde se encuentre por mediación de sus amigos, los judíos. Jimeno se presenta en esta segunda parte haciéndose llamar don Alfonso de Castilla, misterioso personaje que se ha convertido en el favorito de la reina (que, por supuesto, no le reconoce); tiene trazado un plan de venganza contra doña Leonor que consiste en suministrarle un veneno en dosis tal que venga a fallecer precisamente el día del aniversario de la muerte de doña Blanca. Sin embargo, Inés le convence para que desista de esta idea, dejando el castigo en manos de la Providencia, por lo que Jimeno se limita a hacer sufrir a doña Leonor con sus continuos desdenes.

En efecto, la reina siente agudísimos celos de Catalina de Beaumont, una bella joven a la que don Alfonso ha salvado del incendio de su castillo, y por la que siente un cariño especial ya que posee la misma belleza e inocencia que doña Blanca. Doña Leonor, que no tiene inconveniente en eliminar a sus enemigos haciendo uso del veneno, proporciona uno de efecto lento a Catalina. Esta, que es hija del Conde de Lerín, caudillo de los beamonteses, no ama a Jimeno, sino a don Felipe de Navarra, mariscal del reino y cabeza del bando contrario, el agramontés. La rivalidad entre ambas familias parece disminuir, merced a la tregua firmada para la coronación de la reina, hasta el punto de prepararse la boda de ambos jóvenes (que supondría la paz definitiva), pero una confusión —relativa a la entrega de unos castillos— hace que se enconen los viejos odios, y el padre de Catalina mata a don Felipe. Entonces Catalina, que no desea ya vivir, arroja al suelo el frasco que le traen con el contraveneno; no obstante, logra salvarse gracias a un nuevo antídoto que le da Inés. Mientras tanto, van pasando los quince días de reinado vaticinados a doña Leonor y esta, sintiéndose cada vez peor, fallece, de muerte natural —castigada por Dios—, en la fecha para la que había sido emplazada. Inés y Catalina ingresan en un convento y Jimeno parte a pelear en la guerra de Granada.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.