«Las damas del Fin del Mundo», una divertida narración de Ángeles de Irisarri

LasDamasDelFinDelMundo.jpgUna vieja y corajuda señora feudal, doña Uzea; la no menos decidida y anciana doña Andregoto; una caprichosa hada, Golda, que sigue a su hija Nectarina en compañía de su servidor Grimm; Mínimo, un fraile que camina hacia atrás en busca de su pasado; el vikingo Olaf, al que los años han vuelto enamoradizo; la niña Diana, salvaje cazadora; Taleja, meiga y sanadora… tales son los personajes —algunos recuperados de novelas anteriores— que la escritora zaragozana reúne en el castillo-faro de Finisterre, en el año 1016: una amplia galería de «alunados» que protagonizan Las damas del Fin del Mundo (Barcelona, Grijalbo, 1999, prólogo de Rosa Regàs), entretenida narración de Ángeles de Irisarri[1], curiosa mezcla de historia y fantasía.

Destaca la castellana doña Uzea, «muy gallega, muy amante de su propia libertad y orgullosa», «harta de razonar como mujer y tener que actuar como hombre», aplicando las reglas de lo doméstico a los asuntos del reino. Es una de esas mujeres fuertes (Toda, Ermessenda, Urraca…) habituales en las obras de Irisarri. En el trasfondo, la idea de que las mujeres podrían gobernar el mundo (con más acierto que los hombres) si no fuera por las restrictivas leyes que se lo impiden.

La autora hace gala de originalidad y humor (a veces, inteligente ironía), sin olvidar su perfecto dominio de la historia. Y es que el derroche de imaginación y el tratamiento desenfadado, casi grotesco, de los personajes no están reñidos con una cuidada reconstrucción de las costumbres y formas de vida de la lejana época medieval en que se ambienta esta divertida novela.


[1] Para más datos sobre la autora y su producción literaria, remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez (coord.), Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX. I Congreso de narrativa española (en lengua castellana), Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-375.

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«El Camino, el Peregrino y el Diablo» (1978), novela jacobea de Genaro Xavier Vallejos

Genaro Xavier Vallejos Jabala (1897-1991), sacerdote y escritor nacido en Sangüesa (Navarra)[1], cursó la carrera eclesiástica en la Universidad Pontificia de Comillas, donde recibió los grados de Doctor en Filosofía y en Sagrada Teología. Como sacerdote, desarrolló una intensa actividad en el terreno de lo misional: así, fue uno de los fundadores del Secretariado Internacional de Misiones y creo y dirigió durante varios años la revista Catolicismo. En el momento de su fallecimiento, era el decano de los sacerdotes navarros. En cuanto a su producción literaria, sus obras más destacadas son: Volcán de amor (1923), drama sacro sobre San Francisco de Xavier; «Mi paraguas», artículo con el que ganó el Premio «Mariano de Cavia» de periodismo en 1925; Viñetas antiguas (1927), una serie de estampas de la vida de Jesús y de varios santos; Pastoral de Navidad (1942), drama en prosa y verso sobre el nacimiento de Cristo; El Camino, el Peregrino y el Diablo (Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1978; 2.ª ed., Pamplona, Gobierno de Navarra, 1999), bellísima novela histórica de tema jacobeo (que había sido finalista del premio Planeta en 1971 y del Ateneo de Sevilla en 1972), a la que quiero dedicar hoy unas líneas, y Don Vicente (1982), una biografía novelada del santo fundador de la Congregación de los Padres Paúles. También publicó un tomito con catorce sonetos marianos.

El Camino, el Peregrino y el Diablo es una ambiciosa obra en la que se novela un acontecimiento histórico, la peregrinación a Compostela hecha por Carlos III, cuando era todavía infante: el futuro rey de Navarra había hecho voto de recorrer el Camino de Santiago si era liberado de su prisión de Vincennes (en la que permaneció cuatro años, como rehén de su tío Carlos V de Francia), y Vallejos imagina cómo cumplió esa promesa, es decir, cómo fue esa peregrinación iniciada el 4 de octubre de 1381. Y lo hace con un gran rigor documental, logrando una magnífica reconstrucción histórico-arqueológica de los ambientes, lugares y personajes evocados. Su esfuerzo de documentación y consulta de fuentes es muy cuidadoso, si bien el autor aclara que no es el suyo un libro rigurosamente histórico, sino una recreación literaria de lo que pudo haber sido ese viaje.

EL CAMINO, EL PEREGRINO Y EL DIABLO Genaro Xavier Vallejos

El príncipe-peregrino, el propio Camino de Santiago y el mismísimo Diablo (que siempre anda al acecho del hombre) forman, como indica el título, el trío de personajes más importantes. La obra consta igualmente de tres partes: «Tablero infernal», «El voto» y «El Camino». Una vez libre de su prisión, don Carlos visita a San Miguel del Monte, au Peril de la Mer, donde el abad le da una concha con las siglas AMAD, que equivalen a «San Miguel Arcángel, Defiende». Es nombrado Caballero de la Estrella y se dispone a partir, siguiendo las indicaciones de la famosa Guía del peregrino de Aymeric Picaud. Se encamina primero a Santiago del Matadero, donde todos los peregrinos que forman su comitiva toman esclavina y bordón. Atraviesan después los estados del duque de Borgoña: Nevers, Lyon, Valence, Aviñón, donde visitan a Pedro de Luna, valedor de Clemente VII; siguen su camino por Arlés, Comptos de Le Roux, Montpellier, Perpiñán, y de allí pasan a Barcelona.

Siguen haciendo el Camino por tierras catalanas: Pedralbes, Montserrat, Tarragona… Dejan atrás Poblet y arriban a Zaragoza, donde reciben una embajada de Navarra, presidida por don Martín de Zalba, el obispo de Pamplona. Y entran por fin en tierras navarras: Tudela, Ujué, Olite, Sangüesa, Puente la Reina, donde se unen todos los caminos «como se juntan los cabos de un torzal». Tras pasar por Estella, los peregrinos abandonan el reino de Navarra y avanzan con paso firme por tierras castellanas: Burgos, Castrojeriz, Frómista, Villasirga; desde Carrión de los Condes don Carlos da una galopada hasta Valladolid para ver a su esposa Leonor. Alcanzan Medina de Río Seco y Sahagún, lugar de perdición por sus famosas ferias, que hacen correr el oro. Y luego siguen la marcha: León, Astorga, Rabanal del Camino, Ponferrada, el Bierzo, Cacabelos, el monasterio de Carracedo, Villafranca del Bierzo. En la hospedería de Santa María Cluniega escuchan a las sorores un canto maravilloso que es un anticipo de la Gloria eterna.

Entran, por fin, en Galicia y pasan por Piedrafita. Con cada lugar que atraviesan —Santa María de Cebrero, Triacastela, Mellid, Lavacolla— falta menos para la meta; hasta que llegan al Monte del Gozo, desde el que el peregrino contempla por primera vez Compostela. Allí el infante atiende a un leproso, al que monta en su caballo para llevarlo a la ciudad. Visitan iglesias y conventos para ganar «las perdonanzas» y acuden a la catedral, donde abrazan la imagen del Apóstol. El leproso bendice a don Carlos. Con la descripción del famoso Pórtico de la Gloria, creado por el maestro Mateo, peregrinos y lectores alcanzamos el fin del Camino.

El libro de Genaro Xavier Vallejos retrata a la perfección el animado bullicio del Camino de Santiago, con sus verdaderos peregrinos de viva fe y los pícaros y tahúres que se mezclan con ellos en busca de ganancias más materiales. Además de las descripciones de los hermosos parajes recorridos, el autor nos aporta variados datos sobre los personajes históricos y la situación política de la época, noticias sobre diversas leyendas jacobeas, informes sobre las reliquias, los monumentos, la comida, el vestido, las enfermedades y un largo etcétera, todo ello con el plácido y sereno discurrir de su prosa, caracterizada por su pulcritud y la riqueza de vocabulario.


[1] He dedicado atención a este autor en varios trabajos. Así, ver Carlos Mata Induráin, «Genaro Xavier Vallejos (1897-1991). Biografía, semblanza y producción literaria de un sacerdote sangüesino», Zangotzarra, 2, 1998, pp. 9-91; «Cuatro sonetos de Genaro Xavier Vallejos», Río Arga. Revista de poesía, 86, primer trimestre de 1998, pp. 15-20; «Los Sonetos a María Inmaculada (1954) de Genaro Xavier Vallejos», Zangotzarra, 8, 2004, pp. 127-144; «El Camino, el Peregrino y el Diablo (1978), novela jacobea de Genaro Xavier Vallejos», Estafeta Jacobea, 56 (extra Año Jubilar Compostelano 1999), marzo de 1999, p. 77; Dos piezas dramáticas de Genaro Xavier Vallejos sobre San Francisco Javier: «Volcán de amor» (1923) y «Xavier. Estampas escénicas» (1930). Estudio y edición, en San Francisco Xabier desde sus tierras de Navarra. Celebración del V Centenario (1506-2006), Sangüesa, Grupo Cultural Enrique II de Albret, 2006, pp. 147-254; «Una evocación dramático-musical de San Francisco Javier: Xavier. Estampas escénicas (1930), de Genaro Xavier Vallejos», en Navarra: memoria e imagen. Actas del VI Congreso de Historia de Navarra, Pamplona, septiembre 2006, Pamplona, Sociedad de Estudios Históricos de Navarra (SEHN) / Ediciones Eunate, 2006, vol. II, pp. 245-255; y «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

Pío Baroja: formación e ideología

En su juventud, Baroja es un gran lector de autores como Dumas, Dickens, Victor Hugo, Daudet, Zola, Eugene Sue, Montepin, Gaborian, Pérez Escrich, Fernández y González y los rusos Dostoyevsky y Tolstoi. Son autores en los que predominan los tonos sentimentales, exagerados, folletinescos… Todo eso repercute en la obra de Baroja con la presencia de lo pintoresco, de la exageración, del gusto por lo detectivesco y en algunos detalles de técnica. Por ejemplo, en La ciudad de la niebla (1909) abundan los tipos raros: mendigos, seres extravagantes y siniestros; lo exagerado aparece, por ejemplo, en Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901); lo policiaco lo encontramos en La dama errante (1900); y ciertas técnicas novedosas las apreciamos en el arranque de Las noches del Buen Retiro (1934), cuando Fantasio se presenta al autor y le entrega el manuscrito de una novela, que ha escrito por devoción a una mujer, etc.

Baroja vive en San Sebastián, Madrid, Pamplona, Valencia, CestonaViaja además bastante por Europa. Podemos decir que cada descripción o ambientación novelesca corresponde a una experiencia propia; rara vez narra por referencias. Habla así de lugares y calles que conoce y ha visto. Su vida se desarrolla, en genral, en un marco gris y mediocre. Tras pasar su juventud leyendo novelas de aventuras y folletines, desde 1902 decide dedicarse exclusivamente a escribir y en 1934 será elegido miembro de la Real Academia Española. En este sentido, Ricardo Senabre ha calificado la existencia de Baroja como «una vida gris y laboriosa».

PioBaroja

En cuanto a su ideología, Baroja es una especie de iconoclasta, un escéptico disolvente que no está dispuesto a comprometerse con (casi) nada. La lectura de algunas de sus novelas nos deja la impresión de que, en la vida, es mejor no hacer nada, pues el hombre no puede conseguir nada; eso es lo parece querernos decir. Todo es miseria, vanidad, corrupción. «Por instinto y por experiencia creo que el hombre es un animal dañino, envidioso, cruel, pérfido, lleno de malas pasiones», escribe hacia el final de su vida (Memorias de un hombre de acción). En muchos de sus personajes hay un fondo de falta de bondad. El amor, cuando no es pura sexualidad, es un recuento de insatisfacciones (La sensualidad pervertida). No es un sentimiento que llene; al contrario, viene a ser una especie de narcótico que hace débiles a los hombres (Camino de perfección, César o nada…). En cierto modo, Baroja parece ser un hombre sin más ideario que la oposición, la negatividad; con ello estaría reflejando o encarnando el espíritu de una época: la de la generación de principios de siglo tenía esa actitud. Ahora bien, al quedarse simplemente en esa actitud negativa, no consigue penetrar en el espíritu de su época, aportar algún tipo de solución: para él, la historia de la humanidad es una serie de crisis sucesivas. Para algunos críticos, su narrativa está limitada por sus circunstancias, por su «cortedad», por su modo de enfrentarse con esa sociedad (limitándose a reflejarla y lamentarse por ella), y esta es una de las razones que dificulta que el donostiarra sea un novelista universal.

El soneto «Sábado Santo» de Antonio Trujillo Téllez

Este texto pertenece al volumen Diario lírico. Dios y yo (1988) de Antonio Trujillo Téllez, escritor nacido en 1923, autor de otro poemario titulado Belén de barro (Sevilla, Edelce, 1953), en el que las poesías van acompañadas de ilustraciones de José Ángel Ordóñez. El soneto que ahora nos interesa, que es todo él un apóstrofe al «Señor» (vv. 1 y 9), se articula en los dos cuartetos como una enumeración de cuatro elementos del cadáver de Cristo, que van de lo más general a lo particular (cuerpo, rostro, boca, ojos). Los puntos suspensivos al final de los vv. 2, 4, 6 y 8 intensifican la sensación de tristeza y desazón que causa la visión del cuerpo muerto de Jesús, pero al mismo tiempo se anuncia ya su inminente resurrección (los ojos, en concreto, «aguardan el momento / de que un alba, de nuevo, los despierte», vv. 7-8). Los tercetos manifiestan la voluntad del hablante lírico tras contemplar el cuerpo del Salvador: grabar a fuego «esa imagen de paz y de sosiego» (v. 11) que transmite para, a continuación, quedar ciego «por no olvidar los rasgos de tu cara» (v. 14).

Sabado-Santo

El soneto completo es como sigue:

Ese cuerpo, Señor, desnudo e inerte
que aún transpira el perfume del ungüento…
Ese rostro sereno y macilento
como un lirio agostado por la muerte…

Esa oculta tristeza que se advierte
en tu boca sumida y sin aliento…
Esos ojos que aguardan el momento
de que un alba, de nuevo, los despierte…

—Yo quisiera, Señor, grabarme a fuego,
para evitar que el tiempo la borrara,
esa imagen de paz y de sosiego.

Y una vez en mis ojos presa y clara
yo quisiera después quedarme ciego
por no olvidar los rasgos de tu cara[1].


[1] Antonio Trujillo Téllez, Diario lírico. Dios y yo, Mérida, Parroquia de Cristo Rey, 1988, p. 65. Cito por Cantaré tus alabanzas. Selección de poesías para orar, recopilación, presentación y notas de Manuel Casado, Madrid, Ediciones Rialp, 2006, p. 155.

«Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: valoración final

José Luis Tejada propone en Prosa española[1] acabar con las «posturas disyuntivas» de esta «estirpe disyuntiva» española; olvidar el pasado rencor, que no es sino «memoria muerta» de una «hornada belicosa», y mirar al futuro con esperanza, olvidando los viejos maniqueísmos: «Y además, que aquí nadie juega más / a los malos y a los buenos» (p. 31). Plantea una reconciliación nacional sólida y duradera, una paz de la que quizá su generación ya no pueda disfrutar, pero sí sus hijos, que son el futuro y la esperanza.

Monumento_Tejada

De hecho, la voz lírica se sitúa a medio camino entre una generación que vivió activamente la guerra y esa otra generación futura que deberá gozar la paz y el olvido, como indica el poema «Desde mi punto muerto»[2]. A los jóvenes corresponde el abrir «de par en par la palabra» (p. 16) y avanzar todos juntos de consuno, sin más divisiones: «ahora hay que cantar a coro» (p. 34). Ahora, grita el poeta, es el momento de olvidar la «voz armada» (poema «Delitos»), de buscar el «amor que une», el «olvido que lava», el respeto mutuo que garantice la convivencia, para «preparar las sendas / a un futuro sin más revanchas» («Estos versos se quedan solos…»). Pero su deseo ya no se limitará solo a España, sino que abarcará al mundo entero, anhelando una humana vivencia en fraternidad universal. En suma, el mensaje que nos lanza al corazón José Luis Tejada es que nos olvidemos de los diversos «yo» individualistas y que formemos entre todos un «nosotros» colectivo y solidario gracias al cual podamos en el futuro, como decía con bellísima expresión en el poema «Reclamación»[3], hablar siempre «en paz alta»[4].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] «A caballo mi vida entre la vida / de los de ayer y de los de mañana, / con una mano asida a mis recuerdos / y con otra a mi esperanza». También en el primer soneto de «Tríptico de la Libertad» contrapone «lastres de ayer, tirones de mañana» (p. 49).

[3] Perteneciente a Razón de ser.

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

«Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: notas sobre el estilo y la métrica

Apuntaré unas notas mínimas sobre el estilo y la métrica en Prosa española de José Luis Tejada[1], pues mi análisis de este poemario, en entradas anteriores, ha sido fundamentalmente temático. Cabe destacar la abundancia de los juegos de palabras, consistentes en zeugmas dilógicos, paronomasias, figuras derivativas o en la modificación jocosa de los elementos componentes de una frase hecha: da contradiós (p. 14); mucho ruido y pocas… veces (p. 39); dolido de por muerte (p. 41); déjanos ya los ramos y los remos (p. 43); y nada menos real que mi real gana (p. 49); primaverar, grisar (p. 59); Andalucía no anda muy ‘lucía’ (p. 59), Castilla se encastilla (p. 59); Canonizada, la bomba / ya es zambomba (palabra que debemos pronunciar con seseo, para mejor entender el chiste: es San-bomba, p. 60); ámbitos nuevos siemprevírgenes (p. 64); un sol mismo / que nos parió parientes y parejos (p. 66); cadena de ese hierro, de ese yerro (p. 67); del compartir del pan, del compañero (p. 67); la historia / esta del Hambre, hembra del hombre, Universal (p. 72); fallo fallido (p. 73); etc.

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Por lo que toca a la métrica, me interesa destacar que los versos cortos, en especial los quebrados, aportan un tono juguetón, irónico o burlesco, mientras que los versos largos y las formas métricas tradicionales (así, todos los sonetos), con su tono más sobrio y serio, constituyen el vehículo preferente para reflexiones más profundas. Cierto tono festivo proporcionan igualmente las rimas internas (por ejemplo, en las pp. 36, 37, 39). Por lo demás, destaca la presencia, en ocasiones, de pequeñas salidas de tono, en busca de un efecto sorprendente que llame la atención del lector; así, el poema «Si alguien mata a Caín» se remata con el verso «y así nos luce sobre el cráneo el pelo» (p. 68)[2].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

«Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: el poeta y el papel de la poesía

Respecto al sentimiento de fraternidad universal, José Luis Tejada se refiere en reiteradas ocasiones en su poemario Prosa española[1] a «esta única [familia] que somos»; el mundo es un hogar-tierra en el que todos hemos sido paridos «parientes y parejos». Y nos recuerda que solamente «la ganzúa / derecha del amor» puede salvarnos; y que «Sólo se ha dado al Amor / todo el poder en la tierra»[2].

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Unida a estos dos temas, existe también una reflexión sobre el poeta y el papel de la poesía en «Coplas de las aguas turbias», donde comenta que la poesía se ha hecho ética, comprometida en la denuncia del presente, olvidando que debe ser en primer lugar estética[3]; a su vez, en las «Coplas de la mala racha» Tejada aboga por una poesía, más que social, popular[4]. Por último, en «Cuidemos este son», tras expresar su admiración por todas las modalidades del cante popular, tan querido y practicado por Tejada, manifiesta su deseo de que «el varón dolido y pobre» pueda encontrar en él materia diaria «para la rebelión y la esperanza»[5].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] Esta preocupación por la convivencia humana solidaria no es exclusiva de Prosa española, sino constante en la poesía de José Luis Tejada. En el primer terceto de «Amor es la razón» —de Razón de ser (1967), recogido en Poemía, p. 93— escribía: «Estas con los demás aunque no quieras / y los demás en ti y aun Dios con todos // trascendiendo tu nada con su abismo». En el primer poema de Razón de ser, «Misterio doloroso», afirmaba: «Es vivir irse dando restregones / sangrientos contra el quicio / del corazón más prójimo» (p. 11); y en «La peste a bordo», de ese mismo libro, se mostraba convencido de que «Nos perderemos / si no aprendemos a salvarnos juntos» (p. 47).

[3] «Lo social / se imprime, pero no cunde» (p. 29).

[4] «¿Y si al verso se le echara / una mijita de sal / y un chorrito de agua clara? / ¿Eh?… ¿Qué tal? // A lo mejor resultaba / que no resultaba mal / y a la gente le gustaba. // Y al final, / tal poesía / ¿no sería / más social?».

[5] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.