Una poesía de José María Pemán dedicada a Irache

José María Pemán (Cádiz, 1897-Cádiz, 1981) formó parte del grupo de literatos (Fermín Yzurdiaga, Eugenio d’Ors, Ángel María Pascual, Manuel Iribarren…) que, en tiempos de la guerra civil, se reunió en Pamplona en torno a Jerarquía. Revista negra de la Falange, publicada entre comienzos de 1937 y el otoño de 1938)[1]. En esta ficha que le dedica Andrés Amorós tenemos recogidos los datos esenciales relativos a su obra:

PEMÁN, José María (Cádiz, 1897-1981). Escritor de amplio registro: poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, orador, etc. Sin embargo, su clara adscripción ideológica le ha valido que suela aparecer, en los manuales, como una figura más monolítica de lo que en realidad fue. En la inmediata posguerra ocupó el puesto de director de la Real Academia Española, que luego cedió caballerosamente. Alcanzó gran éxito, antes de la guerra, con el drama histórico El divino impaciente (1933), sobre la figura de San Francisco Javier. Las derechas lo convirtieron en bandera frente al A.M.D.G. de Pérez de Ayala, y la polémica fue muy grande. Otro motivo de escándalo: su obra poética Poema de la Bestia y el Ángel (1938) suele citarse como ejemplo máximo de la adhesión triunfal al régimen de Franco, en lo que algunos califican de «literatura fascista». Se reveló como novelista de humor en Romance del fantasma y doña Juanita (1927). A esta obra siguieron: Volaterías (1932), De Madrid a Oviedo (1933) y Señor de su ánimo (1943). Pemán fue también uno de los más grandes oradores de su tiempo, dentro de una elocuencia florida de escuela tradicional.

En el teatro siguió fiel al drama histórico: Cuando las Cortes de Cádiz (1934) y Cisneros (1934). Comedias costumbristas son La casa (1946) y Callados como muertos (1952). Farsas castizas, con enredo y humor andaluz, son Los tres etcéteras de don Simón (1958) y La viudita naviera (1960). Después de la guerra se convirtió en el autor favorito de la alta burguesía, con sus comedias suaves, ingeniosas, que triunfaban en el madrileño Teatro Lara. Pemán siguió fiel siempre a sus ideas patrióticas, católicas y tradicionalistas: «¡Soy cristiano y español, que es ser dos veces cristiano…!» Suele confundírsele con la fidelidad absoluta al régimen de Franco. No es justo. Pemán fue siempre monárquico, eso sí, y eso le colocó no pocas veces frente a la Falange y al Movimiento Nacional. Su origen gaditano le inclinaba hacia un liberalismo nada revolucionario, pero poco acorde con el generalísimo. La finura innata de su espíritu andaluz se expresaba mejor que nunca, quizá, en muchos de sus artículos, que solía publicar en el diario ABC[2].

De su relación con Navarra quedan algunas huellas literarias. La más importante es, sin duda alguna, su drama El divino impaciente (1933), sobre la figura universal de San Francisco de Javier. Pero ahora nos interesa mencionar que, entre sus composiciones líricas, hay una dedicada a Irache (podemos imaginar que inspirada por alguna visita al monasterio con sus amigos navarros).

Monasterio_de_Irache

La reproduzco a continuación:

IRACHE

In Irache once were hanging
Chains that Sancho broke…
 

Muros de Irache, colgaban
fuertes cadenas al sol.
En las Navas de Tolosa
el rey Sancho las rompió.

Muros de Irache, a los pies
cabalgaba, puesto el sol.
Un madrigal suspirante
cantaba una tierna voz.

Muros de Irache, colgaban
ayer cadenas al sol:
cuando el rey Sancho hacía
señales de su valor,
y Juan de Yepes hablaba
sabias palabras de Dios.

Muros de Irache, a los pies,
cuando iba de vuelta yo,
en la flor de un madrigal
prendieron mi corazón[3].


[1] Este texto se publicó originalmente, con el mismo título, en Amigos de Irache. Boletín de la Asociación de Amigos del Monasterio de Irache, año IX, núm. 7, septiembre de 2004, pp. 12-13.

[2] Andrés Amorós, en Diccionario de literatura española e hispanoamericana, dirigido por Ricardo Gullón, Madrid, Alianza Editorial, 1993, p. 1230. En fin, para más información sobre la vida y la obra de José María Pemán, remito a estos trabajos: Gonzalo Álvarez Chillida, José María Pemán. Pensamiento y trayectoria de un monárquico (1897-1941), Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1996 y José María Pemán: un contrarrevolucionario en la crisis española del siglo XX, Madrid, Ediciones de la Universidad Autónoma, 1991; Marisa Ciriza, Biografía de Pemán, Madrid, Editora Nacional, 1974; Eusebio Ferrer Hortet, José María Pemán: 83 años de España, prólogo de Luis María Ansón, Madrid, Palabra, 1993; Fernando Sánchez García, La narrativa de José María Pemán, Sevilla, Alfar, 1999; y Javier Tusell y Gonzalo Álvarez Chillida, Pemán: un trayecto intelectual desde la extrema derecha hasta la democracia, Barcelona, Planeta, 1998.

[3] Cito por José María Pemán, Obras completas, tomo I, Poesía, Madrid, Escelicer, 1947, pp. 554-555.

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El Compendio de toda la Filosofía natural de Aristóteles (Estella, Adrián de Amberes, 1547)

(Va dedicada la entrada de hoy a dos buenos amigos: Joaquín Ansorena, amante de la cultura e impulsor del proyecto de reedición facsimilar del Compendio…, y a Luis Artica, cuidadoso maestro en el noble arte de la edición artesanal de libros.)

Un magnífico ejemplo de la actividad de la imprenta en Navarra al servicio de la difusión de los saberes humanísticos lo tenemos en el Compendio de toda la Filosofía natural de Aristóteles (Estella, Adrián de Amberes, 1547), preparado por Fray Diego de Canales (su nombre no figura en la portada, junto al título, sino que se declara su apellido al final de unos versos latinos preliminares: «O decus, o generi decus immortale Canales, / me precor accipias in tua iussa. Vale»).

Compendio de toda la Filosofía natural de Aristóteles (1547)

La génesis del libro la explica el propio autor al final de la dedicatoria «Al Muy Reverendísimo Padre Fray Diego de Sahagún»:

En el ocio de las lecciones (aunque ha sido harto poco) yo había intentado de hacer en metro castellano un breve epílogo de la Filosofía natural que había oído, a fin que mejor en la memoria me quedase; y sabido por algunas memorias de entendimiento y doctrina, fueles tan acepto, que cuasi me le hurtaban a pedazos. Ofrecióseme aquel precepto del Levítico que al principio dije [se refiere a las primicias de la cosecha entregadas al sacerdote]; y considerando ser decente, que pues yo había cogido esta poca de mies, dándome aparejo V. R. P., la ponga en sus manos, para que, haciendo a Dios gracias, debajo de sus alas sea levantado y favorecido, como son hoy por él encumbradas y autorizadas las letras. Suplico a V. R. P. no deje de advertir que, dado yo no ofrezca profundidad de misterios esmaltados en oro, ni elocuencia labrada en plata, deseo a lo menos ofrecer los pelos de cabra en la labor que el príncipe de los filósofos nos enseñó en las cosas naturales; y admitida esta de V. R. P. con benigno favor, no dejaré de intentar adelante lo que el mesmo labró de las costumbres con maravilloso artificio. Vale.

Como vemos, la idea es redactar un resumen de las lecciones de Filosofía natural aprendidas en Aristóteles, recurriendo al verso como técnica nemotécnica, es decir, como instrumento didáctico que facilitase el trabajo de la memoria. Por otra parte, Canales —sin abandonar el tono tópico de la humilitas propio de estos textos preliminares— señala en la octava 7 del «Prohemio» cuál ha sido su método de trabajo y pide se disculpen sus posibles faltas:

El texto pretiendo de recopilar
según los doctores nos han declarado;
porné mi trabajo con todo cuidado
por tus documentos la obra guiar.
Suplico humilmente lo quieras limar
en faltas y sobras frecuentes halladas,
las cuales seyendo por ti limitadas
ningún estropiezo pretienden hallar.

El autor nos habla, asimismo, de la utilidad del libro en las coplas 11 y 12, que se presentan bajo el epígrafe «De utilitate libri»:

Para mí tengo será provechosa
la filosofía en vulgar traductión,
no solo a aquellos de su profesión,
empero a los otros será deleitosa;
porque seyendo su frasis sabrosa
y la materia muy dulce y subida,
pienso será sin duda leída
antes que otra leyenda jocosa.

Los doctos y sabios podrán descansar
después que el studio les tenga cansados
leyendo sus mesmos trabajos pasados,
los cuales por tiempo se van a olvidar.
Los otros sin duda podrán levantar
sus almas, notando la gran compostura,
a su Dios eterno, que es suma holgura,
el cual sin subjecto la quiso criar.

 Al revisar la forma métrica en que está compuesto el Compendio, nos damos cuenta de que su autor ha utilizado para su redacción la copla de arte mayor castellano. Pero si además hacemos el ejercicio de contar el número total de octavas empleadas, descubriremos que alcanzan el número exacto de 300 (sumadas las 22 correspondientes al «Prohemio del autor», las 277 del tratado propiamente dicho y una última de envío al General de su Orden), circunstancia que no parece sea fruto de la mera causalidad. Más bien obedece a un objetivo previo, y no resulta demasiado complicado descubrir que el modelo ha sido Juan de Mena, uno de los escritores más destacados (junto con el Marqués de Santillana y Jorge Manrique) de la literatura peninsular del siglo XV. Por si nos quedase alguna sombra de duda, el propio Canales menciona expresamente a Mena (en las octavas 9 y 10) entre los ilustres precedentes que justifican lo que para algunos podría ser un atrevimiento, es decir, «traer [‘trasladar, traducir’] al filósofo en verso vulgar»:

Traer al filósofo en verso vulgar
ser cosa indecente podrían decir,
mas puédese esto muy bien impedir
pues otros lo mismo quisieron usar (octava 9, vv. 1-4).

No creo pensaban hacer poquedades
el gran Joan de Mena, Petrarca y el Dante,
los cuales dejaron dechado bastante
por clara reseña de sus dignidades (octava 10, vv. 5-8).

 Los tres insignes escritores citados, el español y los dos italianos, sirven a nuestro autor para justificar el empleo de una lengua romance como vehículo apto, a la par del latín, para difundir la cultura. Como antes indiqué, este hecho se inserta en el contexto de la difusión de los valores del Humanismo.

Algunas cuestiones interesantes al abordar el estudio del Compendio tienen que ver, por tanto, con la métrica y la retórica. Señalaba que, a la hora de escribir su Compendio, Canales toma como modelo a Juan de Mena, autor, entre otros títulos, del Laberinto de Fortuna. Esta obra de Mena es un precedente claro en dos aspectos: por un lado, su Compendio aristotélico está redactado en coplas de arte mayor castellano; pero, además, suma un total de trescientas octavas, de forma similar a lo que sucede con el Laberinto de Fortuna, obra también conocida como Las trescientas por ser ese el número aproximado de coplas de que consta (en realidad, son doscientas noventa y siete). En unas palabras «Al mesmo lector» se refiere precisamente Canales a la dificultad técnica del metro elegido, la octava de arte mayor castellano; la necesidad de ajustarse a ese rígido esquema de versificación basado en la distribución de los acentos y el hecho, además, de tener que introducir tecnicismos propios del lenguaje filosófico, puede dar como resultado algunos «vocablos sin vida» o algunos «versos compuestos sin orden medida»:

Si en la corteza acaso hallados
fueren algunos vocablos sin vida
o versos compuestos sin orden medida
suplico al leyente no sean notados;
porque verán los considerados
sus términos proprios tener esta sciencia,
los cuales en verso no forman sentencia
si no se pusiesen del todo mudados (octava 17).

Esta es, precisamente, una de las dificultades que puede encontrar el lector moderno en una obra como el Compendio de toda la Filosofía natural de Aristóteles: la cadencia del verso, los tecnicismos filosóficos, el escaso ornato retórico (no olvidemos que no estamos ante una obra literaria, sino ante una pieza con un objetivo eminentemente didáctico). Sin embargo, se trata de un libro especialmente interesante porque resume la manera en que se enseñaba y se aprendía la filosofía natural de Aristóteles en un centro difusor de cultura como fue el Monasterio de Irache[1].


[1] Ver ahora Compendio de toda la Filosofía Natural de Aristóteles (Estella, Adrián de Amberes, 1547), edición facsímil patrocinada por la Asociación de Amigos del Monasterio de Irache, introito de Joaquín Ansorena Casaús, estudios preliminares de Roberto San Martín Casi, M.ª Idoya Zorroza y Carlos Mata Induráin, epílogo de Luis Artica Asurmendi, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2004.