«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: fuentes históricas

Las mencionadas por el propio Francisco Navarro Villoslada[1] en su novela[2] son las siguientes: Rodríguez Ferrer, Los vascongados, con introducción de Cánovas del Castillo; Padre Fita, La ciudad de Dios; Juan Venancio de Araquistáin, Tradiciones vasco-cántabras; Joseph Augustin Chaho, Leyenda de Aitor; la colección de tradiciones titulada Ajbar Machmua (una crónica musulmana del siglo XII traducida y anotada, con un apéndice final, por Emilio Lafuente Alcántara); Al-Makkari; Ebn-Ado-I-Haquem; Aben Adzari, citado en su discurso de recepción en la Real Academia de la Historia por don Francisco Codera; el discurso de Aureliano Fernández Guerra en contestación al de Rada y Delgado, leídos ambos en la Academia de la Historia; la Historia General de España, de Modesto Lafuente; el continuador del Biclarense; Isidoro Pacense; el Cronicón Albedense; el Cronicón Moissaciense; Masdeu, Historia crítica de España y de la cultura española; Pedro Fontecha Salazar, Escudo de la más constante fe y lealtad[3]; Tomás Burgui, San Miguel de Excelsis representado como Príncipe Supremo del reino de Dios en el cielo y en la tierra; Martín José de Marcotegui, Compendio de la historia de la aparición de San Miguel de Excelsis; José Yanguas y Miranda, Diccionario de Antigüedades del Reino de Navarra; Moret y Aleson, Anales del reino de Navarra; y el Libro de los Fueros[4].

Moret

En cuanto a los documentos utilizados por Villoslada para Amaya conservados por sus descendientes, hay, en primer lugar, varias cartas interesantes: tres de ellas, de enero-febrero de 1877, son de Emilio Echániz y responden a algunas consultas del novelista acerca de la expresión vascuence «Amaia da asiera», repetida en la obra, sobre su pronunciación en los distintos dialectos, su significado preciso, etc. Otras cartas, de Luis Echevarría a Villoslada, le proporcionan datos sobre las Dos Hermanas y el monte Aralar[5]. Encuentro numerosas cuartillas que se refieren a diversos aspectos históricos o arqueológicos: «Tradiciones» (sobre la lucha de los vascos con los romanos, sin ser jamás vencidos); «Trajes vizcaínos»; «Costumbres» de los vascongados relativas a la casa, el traje, los saludos, los entierros, las armas, la mujer o las bebidas (recoge las famosas palabras de Estrabón sobre los vascones y cita a Mariana); «Cristianismo» (defiende Villoslada que si los vascos no se cristianizaron hasta el siglo X serían los de la vertiente francesa de los Pirineos); «Escrituras antiguas vascongadas» (la letra es distinta de la de Villoslada); datos sobre la invasión musulmana, desde julio de 710 (expedición exploratoria de Tarif) hasta la batalla de Covadonga, tomados del apéndice de Lafuente Alcántara; datos cronológicos de los últimos reyes godos (Ervigio, Égica, Witiza y Rodrigo); apuntes sobre los cántabros, extractados de la Historia de España de Lafuente; sobre el «Carácter» y la «Religión primitiva» de los vascongados. Y notas diversas sobre: la invasión musulmana y la conducta de los vascos; las razas e idiomas primitivos de la península (extracto de Lafuente); el origen de la raza vasca; la presencia de Tarik en España; el idioma vascongado; la idolatría; la precaria conquista del territorio vascongado por los reyes visigodos; las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya; Teodosio de Goñi; la catedral de Pamplona; el imperio bizantino y la presencia de los griegos en España; San Miguel de Excelsis (extracto del libro San Miguel de Excelsis representado…); Teodomiro y don Julián (datos tomados de Aureliano Fernández Guerra[6]); el ducado de Cantabria (Masdeu, Anales); la ropa, el adorno y el peinado en el siglo V; Iruña; los celtas; Aitor y la ceremonia matrimonial vasca; la arquitectura en el siglo VIII; adivinos y magos; la leyenda de la dama de Amboto. Hay también noticias sacadas de Prudencio de Sandoval, Catálogo de los Obispos de Pamplona, y una lámina que representa a un guerrero del siglo VIII o IX acompañado de sus vasallos (probablemente la tuvo presente Navarro Villoslada a la hora de describir vestidos y armas). Son muy interesantes unas cuartillas en las que anota datos sobre varios personajes: Constanza, Ranimiro, Eudón, Amagoya, García, Rodrigo, Pelayo (en el caso de estos tres últimos, en una cara resume los datos conocidos por la historia y, a la vuelta, los describe tal como aparecen en su novela).

Por último, aparte de otros materiales de tipo literario (el argumento de Don Teodosio de Goñi. Leyenda épica; el borrador de un capítulo de Amaya; la «Historia de Eudón»; unos apuntes en los que señala dónde se encuentran sus personajes en diversos días, para no perderse en la maraña de acontecimientos; el plan de la novela Amagoya; o un apunte titulado El Ermitaño), hay ejemplares de dos libros que indudablemente utilizó para documentarse sobre los vascos: la Histoire primitive des Euskariens-Basques. Langue, poésie, moeurs et caractère de ce peuple. Introduction a son histoire ancienne, par Augustin Chaho, Bayonne, Chez Mme. Bonzom, libraire, Rue Pont-Mayou, nº 18, 1847; y su continuación, en dos tomos: la Histoire des Basques. Depuis leur établissement dans les Pyrénées occidentales jusqu´a nos jours, par Le Vicomte de Belsunce, Bayonne, Imprimerie et Lithographie de P. Lespés, Rue Bourg-Neuf, nº 1, 1847.


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[3] Jon Juaristi, El linaje de Aitor. La invención de la tradición vasca, Madrid, Taurus, 1987, p. 124, señala que son en su mayoría fuentes tradicionales y legendarias; apunta que la obra de Fontecha Salazar es una historia apologética foral del siglo XVIII; y añade: «Aunque no las menciona, es indudable que recurrió también al Voyage en Navarre y a la Histoire primitive de Chaho. En ningún caso recoge tradiciones folklóricas auténticas».

[4] Navarro Villoslada introduce otras indicaciones de tipo genérico: «los historiadores árabes», «las crónicas árabes», «nuestros modernos arabistas»; menciona a Estrabón, Flavio Josefo y Lucano (pp. 176 y 429), y se refiere al «decimotercio Concilio toledano» (p. 328). Hay una alusión humorística a las crónicas: «la puertecilla secreta que las antiguas crónicas mencionan» (p. 551), pero no se explota en esta novela el recurso a fuentes ficticias.

[5] Hay bastantes más materiales sobre los escenarios de la novela que menciono luego, en el capítulo dedicado al tiempo y el espacio.

[6] Después de extractar los datos añade: «Dudas mías. Si en el otoño de 709 pasa Julián a la península y roba, mata y cautiva a los cristianos, ¿cómo Witiza no le destituye del condado de Ceuta? ¿Quién era a la sazón Duque de la provincia Tingitana de la que Ceuta formaba parte? ¿Se perdió la Tingitana antes de estos sucesos? Y si estaba perdida, ¿cómo Rodrigo tiene calma en 711 para ir a debelar a los navarros con la Tingitana perdida, Tarif en Tarifa, Julián en Ceuta y los árabes y africanos en la costa de enfrente como una ola gigantesca que se levanta para caer e inundar toda España?».

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«El Camino, el Peregrino y el Diablo» (1978), novela jacobea de Genaro Xavier Vallejos

Genaro Xavier Vallejos Jabala (1897-1991), sacerdote y escritor nacido en Sangüesa (Navarra)[1], cursó la carrera eclesiástica en la Universidad Pontificia de Comillas, donde recibió los grados de Doctor en Filosofía y en Sagrada Teología. Como sacerdote, desarrolló una intensa actividad en el terreno de lo misional: así, fue uno de los fundadores del Secretariado Internacional de Misiones y creo y dirigió durante varios años la revista Catolicismo. En el momento de su fallecimiento, era el decano de los sacerdotes navarros. En cuanto a su producción literaria, sus obras más destacadas son: Volcán de amor (1923), drama sacro sobre San Francisco de Xavier; «Mi paraguas», artículo con el que ganó el Premio «Mariano de Cavia» de periodismo en 1925; Viñetas antiguas (1927), una serie de estampas de la vida de Jesús y de varios santos; Pastoral de Navidad (1942), drama en prosa y verso sobre el nacimiento de Cristo; El Camino, el Peregrino y el Diablo (Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1978; 2.ª ed., Pamplona, Gobierno de Navarra, 1999), bellísima novela histórica de tema jacobeo (que había sido finalista del premio Planeta en 1971 y del Ateneo de Sevilla en 1972), a la que quiero dedicar hoy unas líneas, y Don Vicente (1982), una biografía novelada del santo fundador de la Congregación de los Padres Paúles. También publicó un tomito con catorce sonetos marianos.

El Camino, el Peregrino y el Diablo es una ambiciosa obra en la que se novela un acontecimiento histórico, la peregrinación a Compostela hecha por Carlos III, cuando era todavía infante: el futuro rey de Navarra había hecho voto de recorrer el Camino de Santiago si era liberado de su prisión de Vincennes (en la que permaneció cuatro años, como rehén de su tío Carlos V de Francia), y Vallejos imagina cómo cumplió esa promesa, es decir, cómo fue esa peregrinación iniciada el 4 de octubre de 1381. Y lo hace con un gran rigor documental, logrando una magnífica reconstrucción histórico-arqueológica de los ambientes, lugares y personajes evocados. Su esfuerzo de documentación y consulta de fuentes es muy cuidadoso, si bien el autor aclara que no es el suyo un libro rigurosamente histórico, sino una recreación literaria de lo que pudo haber sido ese viaje.

EL CAMINO, EL PEREGRINO Y EL DIABLO Genaro Xavier Vallejos

El príncipe-peregrino, el propio Camino de Santiago y el mismísimo Diablo (que siempre anda al acecho del hombre) forman, como indica el título, el trío de personajes más importantes. La obra consta igualmente de tres partes: «Tablero infernal», «El voto» y «El Camino». Una vez libre de su prisión, don Carlos visita a San Miguel del Monte, au Peril de la Mer, donde el abad le da una concha con las siglas AMAD, que equivalen a «San Miguel Arcángel, Defiende». Es nombrado Caballero de la Estrella y se dispone a partir, siguiendo las indicaciones de la famosa Guía del peregrino de Aymeric Picaud. Se encamina primero a Santiago del Matadero, donde todos los peregrinos que forman su comitiva toman esclavina y bordón. Atraviesan después los estados del duque de Borgoña: Nevers, Lyon, Valence, Aviñón, donde visitan a Pedro de Luna, valedor de Clemente VII; siguen su camino por Arlés, Comptos de Le Roux, Montpellier, Perpiñán, y de allí pasan a Barcelona.

Siguen haciendo el Camino por tierras catalanas: Pedralbes, Montserrat, Tarragona… Dejan atrás Poblet y arriban a Zaragoza, donde reciben una embajada de Navarra, presidida por don Martín de Zalba, el obispo de Pamplona. Y entran por fin en tierras navarras: Tudela, Ujué, Olite, Sangüesa, Puente la Reina, donde se unen todos los caminos «como se juntan los cabos de un torzal». Tras pasar por Estella, los peregrinos abandonan el reino de Navarra y avanzan con paso firme por tierras castellanas: Burgos, Castrojeriz, Frómista, Villasirga; desde Carrión de los Condes don Carlos da una galopada hasta Valladolid para ver a su esposa Leonor. Alcanzan Medina de Río Seco y Sahagún, lugar de perdición por sus famosas ferias, que hacen correr el oro. Y luego siguen la marcha: León, Astorga, Rabanal del Camino, Ponferrada, el Bierzo, Cacabelos, el monasterio de Carracedo, Villafranca del Bierzo. En la hospedería de Santa María Cluniega escuchan a las sorores un canto maravilloso que es un anticipo de la Gloria eterna.

Entran, por fin, en Galicia y pasan por Piedrafita. Con cada lugar que atraviesan —Santa María de Cebrero, Triacastela, Mellid, Lavacolla— falta menos para la meta; hasta que llegan al Monte del Gozo, desde el que el peregrino contempla por primera vez Compostela. Allí el infante atiende a un leproso, al que monta en su caballo para llevarlo a la ciudad. Visitan iglesias y conventos para ganar «las perdonanzas» y acuden a la catedral, donde abrazan la imagen del Apóstol. El leproso bendice a don Carlos. Con la descripción del famoso Pórtico de la Gloria, creado por el maestro Mateo, peregrinos y lectores alcanzamos el fin del Camino.

El libro de Genaro Xavier Vallejos retrata a la perfección el animado bullicio del Camino de Santiago, con sus verdaderos peregrinos de viva fe y los pícaros y tahúres que se mezclan con ellos en busca de ganancias más materiales. Además de las descripciones de los hermosos parajes recorridos, el autor nos aporta variados datos sobre los personajes históricos y la situación política de la época, noticias sobre diversas leyendas jacobeas, informes sobre las reliquias, los monumentos, la comida, el vestido, las enfermedades y un largo etcétera, todo ello con el plácido y sereno discurrir de su prosa, caracterizada por su pulcritud y la riqueza de vocabulario.


[1] He dedicado atención a este autor en varios trabajos. Así, ver Carlos Mata Induráin, «Genaro Xavier Vallejos (1897-1991). Biografía, semblanza y producción literaria de un sacerdote sangüesino», Zangotzarra, 2, 1998, pp. 9-91; «Cuatro sonetos de Genaro Xavier Vallejos», Río Arga. Revista de poesía, 86, primer trimestre de 1998, pp. 15-20; «Los Sonetos a María Inmaculada (1954) de Genaro Xavier Vallejos», Zangotzarra, 8, 2004, pp. 127-144; «El Camino, el Peregrino y el Diablo (1978), novela jacobea de Genaro Xavier Vallejos», Estafeta Jacobea, 56 (extra Año Jubilar Compostelano 1999), marzo de 1999, p. 77; Dos piezas dramáticas de Genaro Xavier Vallejos sobre San Francisco Javier: «Volcán de amor» (1923) y «Xavier. Estampas escénicas» (1930). Estudio y edición, en San Francisco Xabier desde sus tierras de Navarra. Celebración del V Centenario (1506-2006), Sangüesa, Grupo Cultural Enrique II de Albret, 2006, pp. 147-254; «Una evocación dramático-musical de San Francisco Javier: Xavier. Estampas escénicas (1930), de Genaro Xavier Vallejos», en Navarra: memoria e imagen. Actas del VI Congreso de Historia de Navarra, Pamplona, septiembre 2006, Pamplona, Sociedad de Estudios Históricos de Navarra (SEHN) / Ediciones Eunate, 2006, vol. II, pp. 245-255; y «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

La reconstrucción arqueológica en «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada (y 2)

Lo arqueológico cobra también importancia, en Amaya[1] de Francisco Navarro Villoslada[2], en la descripción del mobiliario y del vestido. Amaya maneja un «salterio con trípode de vaqueta» que pulsa con «dediles de oro con púas de marfil»; el rey don Rodrigo se sienta sobre «cojines festoneados de oro, perlas y piedras preciosas» y hace quemar ámbar gris en un pebetero (p. 302); hay otras referencias eruditas al lujo de los godos, que acostumbran a beber en «copas y garrafas de oro» (ver pp. 26-27, 64, 235, 246). El narrador matiza que unos candelabros son de plata y un vaso de asta de buey; los caballos llevan frenos de plata y oro; las gualdrapas están recamadas de perlas; un personaje calza botines adornados con oro, perlas y rubíes; las guecias de los vascos tienen el asta de fresno; la silla de manos de Amaya lleva unas «cortinas de labrado cuero»; un armario es «de ébano con embutidos de marfil y bronce»… y así sucesivamente[3]. En cuanto a los vestidos, se describen los de Rodrigo, Amaya, los bucelarios, García y sus hombres, Amagoya, Pelayo, los médicos judíos, los musulmanes y Teodosio (cfr. pp. 19, 114, 144, 210, 229, 284, 347, 354-355 y 629). El detallismo de Navarro Villoslada llega hasta el punto de indicar la forma en que se abrochaban el manto los nobles, distinta de como lo hacían los plebeyos (p. 365). Solo citaré como ejemplo de esta minuciosidad la descripción de los arreos militares y del peinado de Ranimiro:

Llevaba el prócer casco circular de hierro con fajas de oro que remataba en punta, y en vez de coselete romano de correcto dibujo, coraza de escamas con vuelos de tosca malla, género de armadura que estaba entonces como en ensayo. De la cintura al pie, las famosas bragas o pantalones germánicos, con fajas cruzadas que descendían hasta la planta. / Pendíale de los hombros capa de púrpura que, sujeta al pecho con broches de oro, más que el manto consular de la República, semejaba el caracala que empezó a usarse en tiempo del emperador a quien dio nombre. Brillaba también el oro en los brazaletes con que terminaban las mangas del sayo de lino, y en las groseras figuras y tachones del peto y escudo. Las armas ofensivas eran espada pendiente del cinturón de cuero, la cateya teutónica, lanza corta que servía también de dardo arrojadizo, y en contrapeso del redondo escudo, colgado de la silla, iba al opuesto lado el hacha terrible de dos filos llamada francisca, por haberla usado los francos. / […] Largo el cabello, le colgaba en doradas guedejas sobre los hombros, formando los granos, pequeños rizos, entonces a la moda; pero traía la barba esmeradamente afeitada a navaja, según estilo de los ricos, pues los siervos y gente pobre se la cortaba a tijera (pp. 26-27).

Hay dos pasajes concretos que destacan por lo que tienen de arqueológico. Uno es el relativo a la decalvación de Ranimiro: seguramente se inspiró Villoslada en el conocido episodio con el que terminó el reinado de Wamba el año 680: el monarca quedó privado de sentido y sus magnates, creyéndole gravemente enfermo, procedieron al rito de la penitencia pública (le tonsuraron y le colocaron el cilicio), tal como era costumbre entre los godos a la hora de la muerte; después de esta ceremonia, el decalvado quedaba velut mortuus huic mundo y se consideraba que no podía volver a la vida activa; en efecto, Wamba volvió en sí y recuperó todas las facultades, pero se encontró con que estaba incapacitado para ocuparse de los asuntos públicos; se sospecha que todo fue un manejo de su sucesor, Ervigio, quien proporcionó al rey alguna sustancia narcótica para que, creyéndole en peligro de muerte, se procediera a la decalvación.

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En la novela ocurre algo similar, pues Amaya llega a sospechar que los médicos judíos mandados por Munio han agravado la enfermedad de su padre, hasta el punto de hacerse necesaria la decalvación. El otro es la ceremonia por la que el legendario García Jiménez se convierte en el primer rey de los navarros: es alzado sobre el pavés, a los gritos de «Real, real, real»; desde ese momento queda como costumbre y también que el rey se ciña él mismo la corona, jurando al mismo tiempo sobre los Evangelios (p. 673; es la misma ceremonia que describía en Doña Blanca de Navarra).

Quizá no todos los detalles que menciona Navarro Villoslada en su reconstrucción sean exactos, pero en cualquier caso, tras la lectura de la novela queda la impresión de que el autor ha hecho un impresionante esfuerzo de documentación para conseguir el denominado «color local» incluso en lo relativo a estos aspectos mínimos de la vida cotidiana de aquella lejana época. Es característica que ya destacó Arturo Campión:

En Amaya tenemos, pues, en primer lugar, una pintura de la sociedad gótica, hecha escrupulosamente en vista de cuantas publicaciones de la ciencia histórica contemporánea pueden ilustrar el asunto. Armas, trajes, viviendas, mobiliario, iglesias, fortificaciones, organización militar y política, usos, costumbres y preocupaciones, es decir, lo que caracteriza al hombre moral y físico, figura en las páginas de Amaya sin pedantería, sin digresiones molestas, sin tono docente que delate la presencia de la ciencia, de una manera natural, adecuada a las situaciones, íntimamente ligada a ellas con carácter perpetuo de accesoria, reemplazando y sustituyendo las descripciones vagas y meramente imaginativas de otras obras del mismo género[4].


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ocurre igual con los tipos de vivienda y las edificaciones; véanse, entre otras descripciones, la casa de Miguel de Goñi (p. 58) con su mobiliario (p. 245), Gasteluzar (p. 103), la cocina de Jaureguía (p. 109), la de Echeverría (p. 124), el burgo de Pamplona, con sus tres barrios, su dominio o castro, la judería y el Sanedrín (p. 368), la casa de Ranimiro (pp. 374-375 y 381), la basílica de Pamplona (pp. 437-438) y la habitación del Obispo Marciano (pp. 445-446).

[4] Arturo Campión, «Amaya. Estudio crítico», La Avalancha, 1902, p. 101. Señala Antonio Regalado García, Benito Pérez Galdós y la novela histórica española (1868-1912), Madrid, Ínsula, 1966, p. 184, que «hace Villoslada enormes esfuerzos para la reconstrucción arqueológica de un pasado tan remoto, pero ante la falta de documentación fidedigna deja volar su fantasía». Y añade en nota: «Hay que reconocer, no obstante, que dentro de las limitaciones de la ciencia española de la época, el autor lleva a su novela un andamiaje documental que resalta por su erudición y por el sentido histórico con que sabe usarlo, cuando no se lanza por la vertiente de la fantasía».

La reconstrucción arqueológica en «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada (1)

Pese a la escasez de noticias sobre aquella época, de nuevo encontramos numerosos datos dispersos a lo largo de la novela[1] de Francisco Navarro Villoslada[2] relativas a las armas, el vestido, usos y costumbres, mobiliario, arquitectura, etc. Esto tiene, como ya he señalado en las otras novelas, una repercusión en el vocabulario manejado: pretorio, dominium, domus, impluvium, ínsula, senado romano, triclinio, curia, peristilo, annonarios, ostiario, portario, vacaciones mesivas, vílicos, condes, vicario, tiufado, tiufadía, milenario, quingentario, centenario, decano, prepósito general, conmilitones, espatharios, conde de los notarios, conde de las largiciones, conde del tesoro, cateya, francisca, peto, estringe civil, bucena, bucelarios, priores, pretores, próceres, seniores, gardingos, magnates, patronos, libertos, liberto atriense, ecónomo… son palabras y expresiones que responden a diversas realidades de la civilización goda; en menor medida aparecen otras relativas a los vascos[3], judíos y musulmanes: ezpata, guecia, rabanimes, alquiceles… Igualmente, se conserva una toponimia antigua: Varia, Lucronio (Logroño), Victoriaco (Vitoria), Ologitum (Olite), Erriberri, Iruña. El autor también busca el sabor de época en los nombres de los personajes de ficción: en la novela el obispo de Pamplona recibe el nombre de Marciano, y Marciano hubo un obispo de Pamplona en el año 688, durante el reinado de Égica. Lo mismo sucede con el de Ranimiro, nombre documentado entre los godos. En algunos casos se conserva la fechación y los horarios del calendario latino (los «idus de julio», la hora «cuarta feria»).

Hay noticias sueltas sobre varios aspectos de la vida goda: la descomposición de su imperio por el lujo y la corrupción (p. 384); la organización de su ejército (pp. 17-18); la división administrativa del territorio peninsular (p. 18); la pena de la ceguera (p. 25); las comidas y el uso de las servilletas (p. 91); la moneda (p. 112); la descripción de la tienda del rey Rodrigo (p. 235); las carreras de caballos como espectáculo favorito de los godos (p. 349); las puertas de Pamplona mandadas construir por Wamba (p. 267); o la extensión del uso de campanas en aquellos tiempos (p. 205).

Y otras relativas a los vascos: su hábito de pelear sin armadura, con la cabellera derramada sobre los hombros, sin otra protección para la cabeza (pp. 19 y 135); su costumbre de montar dos jinetes en un caballo (p. 116); sus tácticas guerrilleras (p. 132; se indica que los romanos tomaron de ellos la espada corta); sus míticas paces con Roma (paces que se vieron obligados a firmar por haberse separado de la primitiva confederación de siete las tres tribus del norte; de haber permanecido juntas, habrían derrotado a los romanos); el gobierno de las cuatro tribus del sur en una confederación cuyo emblema es el lauburu (‘cuatro cabezas’; pp. 57 y 131); la comida y la bebida en Goñi (p. 106); la fiesta del plenilunio (p. 199); el consejo de los doce ancianos reunido bajo el secular roble de Goñi, trasunto aquí del «árbol santo de Guernica» (p. 530; los doce ancianos, unidos luego al obispo de Pamplona y su cónclave, constituirán las primeras Cortes del nuevo reino); la gau-illa o noche de la muerte (p. 604); la ceremonia de alzamiento sobre el pavés de sus primeros reyes (pp. 530, 532 y 674), etc.

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[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Dejando aparte ahora las palabras y expresiones específicamente vascas también recogidas en la novela.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: los personajes judíos

En cuanto a los judíos, aparecen en esta novela[1] de Francisco Navarro Villoslada[2] como avarientos, pérfidos, hipócritas, ruines y cobardes (pp. 69, 93, 93, 161); son «mercaderes sin conciencia y honor» que suplen su falta de fuerza con la astucia, la intriga y el dinero (pp. 417-418). Ya en el reinado de Égica hicieron pactos con los musulmanes, hecho histórico cierto (p. 369). En la novela, son los principales artífices de la conjuración encaminada a vender a España (son traidores entregados a los árabes; pp. 52, 88-89, 181, 233, 239, 268, 279, 301, 306-307, 358, 416, 422, 585, 605, etc.). No está tan desencaminado Navarro Villoslada al afirmar esto, pues parece probado que los judíos andaluces apoyaron a los invasores musulmanes, quedando como guarnición de las ciudades ocupadas a los godos en la Bética y aun en Toledo, lo que dio una amplia libertad de movimientos a Tarik y Muza y facilitó la rápida conquista de todo el territorio peninsular, en solo tres años. En la novela, es su oro el que provoca la sublevación de Pamplona, que distrae al rey Rodrigo y a sus tropas del sur; luego ellos niegan el dinero a los godos para que no puedan acudir con celeridad desde el norte a la Bética a detener la invasión (pp. 334-335); ellos dirigen, en fin, el motín de Pamplona y son los que piden la muerte de García y los demás vascos encerrados en la ciudad.

Es cierto, como menciona Navarro Villoslada, que los judíos fueron perseguidos por los godos en distintos reinados (planteaba un grave problema la cuestión de los falsos conversos; hay que tener en cuenta que los judíos constituían la única minoría religiosa consentida en territorio peninsular después de la unidad católica conseguida con Recaredo).

Maurycy_Gottlieb_-_Jews_Praying_in_the_Synagogue_on_Yom_Kippur

También está comprobado que entre los judíos del siglo VII estaba muy extendida la creencia en la inmediata venida de un Mesías redentor de su pueblo, sojuzgado por las razas enemigas (tal es el papel que se atribuye en la novela el misterioso Eudón). Hay pequeños detalles relativos a los judíos que responden a la realidad: la mayoría de los médicos y abogados pertenecían a este pueblo (p. 345); y solían usar nombres cristianos (pp. 370-371).

Como ha señalado Jon Juaristi, hay en Amaya cierto antisemitismo que, por otra parte, es tópico en la novela histórica romántica española. Se refleja en varias reacciones de los personajes; García se niega a pactar con ellos, porque le produce repugnancia: «Nada con los enemigos de Cristo». Amaya ni siquiera quiere hablar con los conjurados si no se retiran antes los judíos (p. 481); Ranimiro siente asco de tener que tocar al judío para registrarlo y apoderarse de una carta (p. 275). También en las intervenciones del narrador (cfr. la negativa descripción de la judería de Pamplona en la p. 366); se les moteja de «perros rabiosos», de «inmundos reptiles»; es la suya una raza que inspira «universal desprecio». De hecho, los personajes más odiosos de la novela son Pacomio, el avariento rabino, y Respha, la hipócrita sacerdotisa, que finge interés por convertirse al cristianismo para poder espiar a Lorea. Como dice Eudón, parece pesar una maldición sobre el pueblo deicida: «Es una fatalidad que raza tan noble se deje arrastrar por pasiones tan ruines» (p. 365). Pacomio es también el jefe de los astrólogos; Menéndez Pelayo atribuye a invención del novelista la existencia de esta secta:

El Sr. Navarro Villoslada, en la linda novela que con el título de Amaya o los vascos en el siglo VIII publicó en La Ciencia Cristiana, habla de una sociedad secreta de astrólogos vascos, enemigos jurados del cristianismo, al paso que muy tolerantes con las demás religiones. Tengo este hecho por ficción del novelista; a lo menos en las fuentes por mí consultadas no hay memoria de tales asociaciones. Ni creo que la astrología llegara a organizarse entre nosotros como colegio sacerdotal o sociedad secreta, si prescindimos de los priscilianistas, que no penetraron en tierra éuskara[3].

En cuanto a los musulmanes, no los vemos intervenir directamente en la novela, pero aparecen caracterizados negativamente en los relatos de diversos personajes: vienen a esclavizar y a acabar con la Cruz. Munio, por ejemplo, habla de «la rapiña y brutales instintos del musulmán» (p. 360). Justamente famosa es la descripción de su arremetida y de su imparable avance en el relato de Eudón a Munio (pp. 354-355); otro párrafo significativo es el dedicado a atestiguar las crueldades de Muza (p. 671).


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, I, Madrid, CSIC, 1963, p. 427.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada: los personajes godos

Vayamos ahora con la presentación de los personajes godos en Amaya[1]. Exceptuados los personajes principales (Ranimiro, Favila, Pelayo), nobles y generosos, Francisco Navarro Villoslada[2] pinta a los godos enervados por el lujo y la molicie; la rápida caída de su imperio se explica por la degradación a que había llegado aquella sociedad; a lo largo de toda la novela se va contrastando el lujo de los godos con la sencillez de los vascos (cfr. especialmente las pp. 291-292 y 294). Sin embargo, el autor se encarga de presentar a los godos como los unificadores de España, no tanto por la unidad territorial como por la religiosa, tal como explica Ranimiro a García:

¿Pero no veis que España no ha sido nación hasta que Recaredo la hizo toda católica? ¿Qué fue antes? Hormiguero de tribus, razas y pueblos; montón de piedras mal labradas, que no formaban muros ni edificios; pedazos sin zurcir, que no componían una vestimenta; y cuando eso no, vasta provincia del romano Imperio. Los godos mismos, ¿qué fuimos hasta Leovigildo, y sobre todo hasta Recaredo, sino súbditos del cetro de Occidente? España es España por los godos; España es pueblo independiente y libre por la fe católica. Perdidos los godos, perdida España, perdida en ella la religión, si vos no la salváis, García (p. 279).

ConversiondeRecaredo

La misma idea se expresa en el lamento por la pérdida de la España gótica entonado por Ranimiro, «el más godo de los godos»:

¡Adiós, reino visigodo, a quien tantos beneficios debe el mundo! ¡Bárbaros vinimos a la Iberia; pero menos bárbaros que los vándalos, suevos, hunos y alanos, a quienes dominamos, haciéndoles entrar en la civilización! Encontramos una España partida entre la verdad y la herejía, y dejamos un pueblo completamente iluminado con la luz de la fe. Tardamos en ser verdaderos reyes; pero hemos sido al fin los primeros monarcas españoles (p. 384).

Dejando aparte la discusión de si los godos eran españoles o no —pese a que Villoslada hable ya de España en su novela como de una entidad constituida, está claro que no nace como nación hasta siete siglos después—, uno de los principales defectos que se puede atribuir a Amaya es el hecho de que los personajes hagan gala de una conciencia histórica que, evidentemente, no podían tener; me refiero a que personajes como Ranimiro o García Jiménez son perfectamente conscientes de que están viviendo un momento de trascendental importancia histórica, no solo para el presente, sino para lo futuro (ver pp. 133, 234, 258), pues disponen de una visión casi profética —es, por supuesto, la del autor— de lo que sería la Reconquista.


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

«El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González: rasgos de estilo

Otro rasgo de estilo que apreciamos en la novela de Manuel Fernández y González es el abuso, en ciertos pasajes, de la copulativa y. Veamos, por ejemplo, estas dos citas correspondientes ambas al capítulo VIII (sigue la descripción del entierro aludida en una entrada anterior):

y así, los cuatro hermanos conduciendo en paso lento el cuerpo muerto, y la mujer sin cesar en sus dolientes ayes detrás, y luego el perro, y a buena distancia Cervantes, siguieron hasta llegar a la puerta de la iglesia de San Salvador, cuya campana tañía a misa de alba, y en la cancela del templo detuviéronse los cofrades, dejando el medio ataúd en tierra, y la mujer doliente se arrodilló en las gradas del pórtico, y el perro se allegó a la difunta y la lamió el semblante; en tanto uno de los cofrades entrose por uno de los lados de la cancela, y a poco se abrieron las dos hojas de en medio, y el cofrade que las había abierto volvió a su sitio y a los pies del ataúd, y él y los otros tres le alzaron de nuevo, y ellos y la mujer y el perro en la iglesia entraron, y Cervantes también… (pp. 100-101, cursivas mías)[1].

y allí pareció de nuevo el sacerdote, y asistían los sepultureros, y se cantó el último responso, y quitada la difunta del medio ataúd, lo que decía harto claro la gran pobreza de la mujer superviviente, que hasta el borde de la hoya había llegado, en ella fue puesta por los cofrades; y acreciendo entonces los ayes dolorosos de la mujer, dio a los hermanos un pañizuelo para que sobre el rostro de la finada le pusiesen, y habiéndola dado la pala con algo de tierra un sepulturero, la arrojó sobre el cadáver temblorosa, y en el mismo punto de las desfallecidas manos fuésele la pala, y dando una gran voz de dolor desmayose, y por tierra cayera… (pp. 102-103, cursivas mías).

MancoLepanto

Termino ya esta serie de entradas dedicadas a El manco de Lepanto. Puede afirmarse, como conclusión, que este relato de Manuel Fernández y González no atesora, ni mucho menos, una calidad literaria de subidos quilates, pero es sin duda una obra muy interesante para comprender el camino seguido por las recreaciones cervantinas en un momento —el Romanticismo, o más bien ya el periodo post-romántico: años setenta del siglo XIX— en que Cervantes se estaba convirtiendo en el escritor canónico[2], el autor por excelencia de la lengua y la literatura españolas[3].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Ver, entre otros trabajos, Leonardo Romero Tobar, «El Cervantes del XIX», Anthropos, núms. 98-99, julio-agosto de 1989, pp. 116-119, y «Siglo XIX: el Quijote de románticos y realistas», en El «Quijote». Biografía de un libro, Madrid, Biblioteca Nacional de España, 2005, pp. 117-136; Carlos Reyero (ed.), Cervantes y el mundo cervantino en la imaginación romántica, Madrid, Comunidad de Madrid, 1997; Ascensión Rivas Hernández, Lecturas del «Quijote»: siglos XVII-XIX, Salamanca, Ediciones del Colegio de España, 1998; José Montero Reguera, «Aproximación al Quijote decimonónico», en Jean-Pierre Sánchez (ed.), Lectures d’une œuvre. Don Quichotte de Cervantes, Paris, Éditions du Temps, 2001, pp. 1-24; María Ángeles Varela Olea, Don Quijote, mitologema nacional, Alcalá de Henares, Centro Estudios Cervantinos, 2003; y Joaquín Álvarez Barrientos, «“Príncipe de los ingenios”. Acerca de la conversión de Cervantes en “escritor nacional”», en Begoña Lolo (ed.), Cervantes y el Quijote en la música. Estudios sobre la recepción del mito, Madrid / Alcalá de Henares, Ministerio de Educación y Ciencia / Centro de Estudios Cervantinos, 2007, pp. 89-114.

[3] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.