La Navidad en las letras españolas: siglo XVI

(«Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en la tierra.» Esta noche es Nochebuena, y el Gobernador de la Ínsula Barañaria quiere desear a todos los insulanos, lectores y amigos, una muy feliz y literaria Navidad. Muchas gracias a todos por vuestra fidelidad a este blog de Letras…)

Siguiendo con el siglo XVI, entre la poesía de Santa Teresa de Jesús encontramos varias composiciones pertenecientes al ciclo de Navidad, por ejemplo dos glosas «Al Nacimiento de Jesús». La primera de ellas glosa el estribillo:

¡Ah, pastores que veláis
por guardar vuestro rebaño,
mirá que os nace un Cordero,
Hijo de Dios soberano!

El poema se construye con diversos juegos inspirados en los nombres de Cristo como Cordero y, a la vez, Pastor. La segunda glosa parte de estos versos:

Hoy nos viene a redimir
un Zagal, nuestro pariente,
Gil, que es Dios onipotente.

Y en la composición aparecen los nombres pastoriles tradicionales de Gil, Bras, Menga o Llorente. Otra composición de la santa «Al Nacimiento del Niño Dios» repite:

—Mi gallejo, mira quién llama.
—Ángeles son, que ya viene el alba.

Otro poema «para Navidad» canta:

Pues el amor
nos ha dado Dios,
ya no hay que temer,
muramos los dos.

Y otro más, «En la festividad de los Santos Reyes», anuncia gozoso:

Pues que la Estrella
es ya llegada,
vaya con los Reyes
la mi manada.

En fin, Santa Teresa cuenta además en su haber poético con varios poemas dedicados «A la circuncisión» de Jesús.

Nacimiento de Cristo

Por su parte, fray Ambrosio de Morales, otro autor del siglo XVI, redactó unas coplas para ser cantadas, dedicadas a ensalzar la dignidad de la Virgen María, que repiten como estribillo:

Aquella Estrella del norte,
tan sobida,
esperanza es y conhorte[1]
de mi vida.


[1] conhorte: consuelo.

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La Navidad en las letras españolas: introducción y orígenes medievales

El tema de la Navidad en las letras españolas constituye una materia muy amplia, ya que son muchos los escritores que a través de los siglos han querido cantar el Nacimiento de Dios, y lo han hecho en los tres grandes géneros literarios: el narrativo, el lírico y el dramático. En sucesivas entradas iré trazando un largo (pero a la fuerza selectivo) recorrido panorámico. Pero, antes que nada, tal vez convendría comenzar recordando la etimología de la palabra Navidad, que es un semicultismo derivado del latín nativitas, -atis y significa ‘nacimiento’. La poesía de Navidad canta, en efecto, el Nacimiento de Jesús, del Niño-Dios Salvador.

Ese sería el significado stricto sensu, aunque tradicionalmente el ciclo de Navidad ha estado asociado al ciclo de Epifanía (literalmente ‘manifestación’), es decir, el relativo a la Adoración de los Reyes Magos. Por ello, en todas estas entradas del blog hablaré de la Navidad en sentido lato, tanto para referirme a los poemas dedicados al nacimiento como a los relativos a la adoración, o a otros aspectos relacionados con las fechas y fiestas navideñas[1], porque —como certeramente ha escrito Miguel Zugasti—, «desde los primeros tiempos de la literatura española se observa una estrecha vinculación y fuertes relaciones de dependencia entre ambos ciclos: el de Navidad y el de Epifanía»[2]. Según indicaba al comienzo, han sido muy numerosos los poetas —navarros, españoles, hispanos, y de otras latitudes— que a lo largo del tiempo se han inspirado en la fiesta de la Navidad, circunstancia puesta también de relieve por Zugasti:

Muchos son los autores antiguos y modernos que nos han embargado alguna vez con la magia de estos temas. Ni que decir tiene que el paso de los años y los cambios de estética, mentalidad o género literario acarrean notables variaciones en su tratamiento artístico, pero siempre se detecta en estas composiciones decembrinas un pulso uniforme, una homogeneidad anímica que late en la globalidad de textos y autores. Unos inciden más en la propagación de la buena nueva, otros en lo que ésta tiene de prodigioso, otros ahondan en el misterio de la Encarnación, otros buscan una adecuación a la problemática actual enlazando el nacimiento de Jesús con la vida de los marginados y desamparados, otros, en fin, se valen de la Navidad para plantear un conflicto humano entre los personajes[1].

Examinaremos, pues, cómo ha sido tratado poéticamente el tema de la Navidad, primero en la literatura española en general, luego específicamente en los autores navarros.

Nacimiento de Cristo

Tenemos, pues, que la Navidad ha estado siempre muy presente en la literatura y han sido muchos los autores que nos han dejado sus peculiares pregones navideños en forma de versos (y también de cuentos, narraciones o piezas dramáticas). Como ha escrito Víctor Manuel Arbeloa: «Para todos los poetas la Navidad es un reto. Que puede ser, de nuevo, poéticamente afrontado»[4]. Reto, ciertamente, porque el tema navideño viene impuesto, es un pie poético forzado, y la originalidad debe estar, más que en el contenido del poema, en el enfoque o el tratamiento que se dé a ese tema.

Para empezar nuestro recorrido histórico, debemos remontarnos hasta la literatura de la época medieval y renacentista. De hecho, algunas de las piezas teatrales más antiguas que conservamos son precisamente autos de Navidad (el anónimo Auto de los Reyes Magos, de hacia 1200[5], o —unos siglos después— las piezas de Gómez Manrique, Juan del Encina o Gil Vicente). En estas un ángel suele anunciar el nacimiento de Cristo a unos rústicos pastores, que expresan su sorpresa y su alegría en un convencional dialecto literario denominado sayagués. De Gómez Manrique, primer autor dramático castellano (siglo XV), debemos mencionar la pieza titulada La representación del nacimiento de Nuestro Señor, donde, además del misterio de la Encarnación, se anticipa la Pasión de Cristo —algo que será muy habitual en este tipo de poesía— a través de los distintos martirios que presentan al Niño: cáliz, astelo ‘columna’ y soga, azotes, corona de espinas, cruz, clavos y lanza. Junto a los pasajes propiamente dramáticos, hay otros de subido lirismo, como la «Canción para callar al Niño», que comienza así:

Callad vos, Señor,
nuestro Redentor,
que vuestro dolor
durará poquito.
Ángeles del cielo,
venid, dad consuelo
a este mozuelo
Jesús tan bonito.

Dejando aparte otros textos (algunos villancicos de Juan Álvarez Gato, poeta también del siglo XV), de Gil Vicente podemos recordar su famoso «Villancete», que presenta estructura de nana:

Ro, ro, ro…
nuestro Dios y Redentor,
¡no lloréis, que dais dolor
a la Virgen que os parió!

Ro, ro, ro…
Niño, hijo de Dios Padre,
Padre de todas las cosas,
cesen las lágrimas vuesas:
no llorara vuesa Madre,
pues sin dolor os parió;
ro, ro, ro…
¡no le deis vos pena, no!

Ora, Niño, ro, ro, ro…
nuestro Dios y Redentor,
¡no lloréis, que dais dolor
a la Virgen que os parió!
Ro, ro, ro…


[1] El Diccionario de la Real Academia Española recoge como tercera acepción de navidad: «Tiempo inmediato [al día en que se celebra la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo], hasta la festividad de Reyes».

[2] Miguel Zugasti, «La poesía de Navidad en la literatura española», conferencia dictada en Pamplona, Universidad de Navarra, el 17 de diciembre de 1997. Agradezco al Prof. Zugasti su generosa amabilidad al facilitarme el texto, inédito, de su conferencia.

[3] Miguel Zugasti, «La poesía de Navidad en la literatura española», conferencia dictada en Pamplona, Universidad de Navarra, el 17 de diciembre de 1997.

[4] Víctor Manuel Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, Pamplona, edición del autor, 1987, p. 90.

[5] Se ha conservado incompleto. En la escena inicial, según el texto que ha llegado hasta nosotros, Gaspar, solo, exclama al descubrir la estrella en el cielo: «Dios criador; ¡cuál maravilla! / ¡No sé cuál es aquesta estrella! / Agora primas la he veída, / poco tiempo ha que es nacida. / ¿Nacido es el Criador / que es de las gentes señor?» (Antología de la literatura española de los siglos XI al XVI, selección y notas de Germán Bleiberg, Madrid, Alianza Editorial, 1976, p. 759).

Otros dos sonetos de Garcilaso comentados (XXIII y XXXVIII)

En dos entradas anteriores ofrecía unos breves comentarios de varios sonetos de Garcilaso de la Vega, por un lado el I, el V y el VIII, y por otro el X, el XIII y el XV. Comentaré ahora otros dos más, el XXIII y el XXXVIII.

El Soneto XXIII desarrolla dos tópicos clásicos, la descriptio puellae (descripción canónica de los elementos de la belleza de la amada, utilizando una serie de términos de comparación tópicos) y el carpe diem (exhortación a la amada para que goce de su belleza y juventud antes de que sea demasiado tarde).

Retrato de dama, por Ghirlandaio

Ejercicio académico clásico consiste en compararlo con el también famoso «Mientras por competir con tu cabello…», de Góngora: los dos textos tocan el mismo tema y presentan una estructura constructiva similar (basada en la anáfora de En tanto que… y de Mientras…, respectivamente), pero con una actitud muy distinta, más serena y reposada en el poema renacentista, mucho más acuciante por la conciencia del paso del tiempo y su poder destructor («en tierra, en polvo, en humo, en sombra, en nada») en el texto barroco. Esta es la versión de Garcilaso:

En tanto que de rosa y d’azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;

y en tanto que’l cabello, que’n la vena
del oro s’escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello, blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena,

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que’l tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre[1].

Y este otro soneto, el de Góngora, constituye la versión barroca del mismo tópico:

Mientras por competir con tu cabello
oro bruñido al sol relumbra en vano,
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello,

goza cuello, cabello, labio, frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o víola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada[2].

En fin, terminaré este repaso a los más destacados sonetos garcilasistas transcribiendo el XXXVIII, el último de los de atribución segura, que retoma el motivo del llanto y los suspiros eternos del enamorado, a quien ya no le queda luz ni ningún tipo de esperanza para recorrer el «camino estrecho de seguiros» (dificultosa senda ascensional esta del ejercicio del amor, en la que muchos otros antes que él han caído: «a cada paso espántanme en la vía / ejemplos tristes de los que han caído», vv. 10-11). Como en el Soneto I, de nuevo el amante se detiene a analizar su estado anímico, que es de confusión, de caos mental, de total enajenamiento, perdido como se halla en errabundo deambulaje «por la oscura región de vuestro olvido» (¡magnífico verso de remate!):

Estoy contino en lágrimas bañado,
rompiendo siempre el aire con sospiros,
y más me duele el no osar deciros
que he llegado por vos a tal estado;

que viéndome do estoy y en lo que he andado
por el camino estrecho de seguiros,
si me quiero tornar para huïros,
desmayo, viendo atrás lo que he dejado;

y si quiero subir a la alta cumbre,
a cada paso espántanme en la vía
ejemplos tristes de los que han caído;

sobre todo, me falta ya la lumbre
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido[3].


[1] Cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, p. 59; en otras versiones el verso cuarto es «enciende el corazón y lo refrena», lectura preferida por Fernando de Herrera. Ver María Rosso Gallo, La poesía de Garcilaso de la Vega. Análisis filológico y texto crítico, Madrid, Real Academia Española, 1990, pp. 208-212.

[2] Tomo el texto de Antología poética del Renacimiento al Barroco, selección, estudio y notas por Edelmira Martínez Fuertes, Madrid, Suma de Letras, 2001, pp. 136-137.

[3] Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, p. 74.

Breve apunte sobre Juan Huarte de San Juan (1529-1588)

De entre los autores navarros del siglo XVI cuyas obras presentan un carácter más didáctico que literario, destaca Juan Huarte de San Juan, natural de la merindad de Ultrapuertos (nació en San Juan de Pie de Puerto en 1529, y moriría en Linares, Jaén, en 1588). Cursó estudios de Humanidades en Huesca y de Medicina en la Universidad de Alcalá entre 1553 y 1559. Vivió en varias ciudades españoles: Huesca, Granada, Baeza (de la que fue nombrado médico vitalicio el año 1566 por Felipe II) y Linares. Contrajo matrimonio con Águeda de Villalba, con la que tuvo siete hijos.

Juan Huarte de San Juan

Juan Huarte de San Juan es autor de una obra que pronto se hizo famosa, el Examen de ingenios para las sciencias (Baeza, Juan Bautista de Montoya, 1575). El libro, cuyo título completo es Examen de ingenios para las sciencias. Donde se muestra la diferencia de habilidades que hay en los hombres, y el género de letras que a cada uno responde en particular, contó con varias reediciones en pocos años: Pamplona, 1578; Bilbao, 1580; Valencia, 1580; Huesca, 1581, etc. y con traducciones a varias lenguas europeas.

Portada de Examen de ingenios para las sciencias

Esteban Torre Serrano, uno de los editores modernos del Examen[1], ha destacado la actualidad de la obra de Huarte de San Juan:

Al cabo de cuatro siglos, la lectura de este libro extraordinario ofrece poco que perdonar y mucho que agradecer. Sus páginas son, ante todo, un regalo para los oídos que saben disfrutar con las palabras sencillas y claras, portadoras de un pensamiento transparente. El objetivo principal de Juan Huarte es el establecimiento de un principio de justicia distributiva, según el cual cada uno debe ocuparse solo de aquellas tareas para las que está realmente capacitado. De una distribución racional de los trabajos […] se seguirían los mayores beneficios para el individuo y para el conjunto de la sociedad. La verdadera orientación profesional habría de partir del examen previo de las capacidades naturales, que para Juan Huarte dimanan de la constitución del cerebro, es decir, de su «naturaleza», que no es otra cosa sino el «temperamento de las cuatro calidades primeras».

Esas cuatro calidades primeras son calor, frialdad, humedad y sequedad, que dan origen a los cuatro elementos (aire, fuego, tierra, agua) y a los cuatro humores (sangre, cólera, melancolía, flema). Según se encuentren mezclados en cada individuo, tendremos los distintos temperamentos. Respecto al género del Examen, copio estas esclarecedoras palabras del mencionado crítico:

Dada la complejidad de los elementos —filosóficos, científicos, literarios— que intervienen en la obra de Juan Huarte, no resulta fácil su clasificación en el conjunto de las manifestaciones del espíritu humano. Se le suele aplicar una fórmula de compromiso, «prosa didáctica» o «literatura ideológica», que trata de soslayar, entre otros, el debatido problema de los géneros literarios. Lo cierto es que el Examen de ingenios para las ciencias se inscribe, por derecho propio, en la gran Historia de la Cultura española. El admitir, o no, la «literariedad» de este hermoso libro depende del concepto mismo que se tenga de literatura.

El estilo de Huarte de San Juan es claro y sencillo, siendo la suya una prosa que busca la concisión y el equilibrio, una naturalidad típicamente renacentista. Torre Serrano recuerda todavía un elemento más, la inclusión de rasgos de finísimo y contenido humor, que «dan una nota de auténtica y castiza galanura a los temas —tan serios— que se estudian en el Examen». Y evoca el elogioso juicio que le mereciera a Rufino J. Cuervo: «Fuera del valor científico de Huarte, que todos han reconocido, me parece que este escritor es modelo acabado de estilo y lenguaje didáctico, claro, preciso, sencillamente elegante».

La posible influencia ejercida por la obra de Huarte de San Juan en el Quijote ha dado lugar a algunas entradas bibliográficas. Es posible que Cervantes pudiera inspirarse en la lectura del Examen para determinados pasajes de su inmortal novela y para trazar el carácter del cuerdo-loco hidalgo manchego. Fue sobre todo Rafael Salillas, en su obra de 1905 Un gran inspirador de Cervantes. El doctor Juan Huarte y su «Examen de ingenios», quien más insistió en las deudas contraídas por el alcalaíno con el tratado del navarro de Ultrapuertos.

Una última cuestión que cabe recordar al referirnos a Juan Huarte de San Juan es la «apasionada defensa» de la lengua castellana que realiza en el capítulo VIII del Examen:

De ser las lenguas un plácito y antojo de los hombres, y no más, se infiere claramente que en todas se pueden enseñar las ciencias, y en cualquiera se dice y declara lo que la otra quiso sentir. Y así, ninguno de los graves autores fue a buscar lengua extranjera para dar a entender sus conceptos; antes los griegos escribieron en griego, los romanos en latín, los hebreos en hebraico y los moros en arábigo; y así hago yo en mi español, por saber mejor esta lengua que otra ninguna.


[1] Esteban Torre, que editó el Examen en los años 1976 y 1988, es autor de un estudio titulado  Ideas lingüísticas y literarias del doctor Huarte de San Juan (1977). Ahora puede consultarse además la excelente edición a cargo de Guillermo Serés (Madrid, Cátedra, 1989).

Joanes Leizarraga y su traducción al euskera del Nuevo Testamento (1571)

La figura de Joanes Leizarraga y su traducción al euskera del Nuevo Testamento la debemos recordar en relación con la de la reina Juana III de Navarra, también conocida como Juana de Albret (Saint-Germain-en-Laye, 1528-París, 1572), y en el contexto de los conflictos de religión que conoció Europa en el momento de la Reforma católica y la Contrarreforma protestante. Juana de Albret, hija única de Enrique II de Navarra y de Margarita de Francia (cuya aportación a la literatura hemos abordado antes), se crió en París, en la Corte de su tío el rey Francisco I de Francia. A la muerte de su padre, ocurrida en 1555, heredó el reino de Navarra y las demás posesiones familiares (además de reina de Navarra fue Duquesa de Albret, Condesa de Foix y Bigorra y Vizcondesa de Bearne, Marsan y Tartás). En 1560 se convirtió al protestantismo, introdujo la Reforma en la Baja Navarra y Bearne, y, por una orden promulgada el 19 de julio de 1561, impuso el calvinismo en sus Estados.

Algunas de las medidas destinadas a implantar la Reforma en sus territorios fueron la publicación de un catecismo de Juan Calvino en bearnés (1563); la fundación de una academia protestante en Rotes (1566); la redacción de nuevas Ordenanzas eclesiásticas (1566-1571); la traducción al bearnés del Psautier de Marot, realizada por Arnaud de Salette (1568); y la traducción del Nuevo Testamento al vasco hecha por Joanes Leizarraga y publicada el mismo año de 1571 en que la fe reformada (calvinista) quedó oficializada como religión estatal en Bearn y la Baja Navarra. No puedo detenerme ahora en un análisis más detallado de las complejas implicaciones políticas y religiosas del reinado de Juana III, pero sí interesa dejar constancia del impulso que su actuación supuso para el empleo del vascuence en las instituciones de la Corte y en la Iglesia[1].

Así pues, la traducción al euskera del Nuevo Testamento fue obra de Joanes Leizarraga o Juan de Leizarraga (Briscous, Labort, 1506-La Bastide-Clairence, 1601), quien se había ordenado sacerdote en el seno de la Iglesia católica, pero que en 1559 se hizo partidario de la Reforma protestante. Frente a las persecuciones sufridas, encontró la protección de la reina Juana. Laizarraga fue pastor de la Iglesia reformada durante tres décadas en La Bastide-Clairence (Baja Navarra). Por iniciativa del Sínodo de Pau celebrado en 1564, tradujo la primera versión al euskera del Nuevo Testamento, que se imprimiría en 1571 por Pierre Hautin en La Rochelle. La labor de Leizarraga no se redujo a la traducción del Nuevo Testamento, con el título Iesus Christ Gure Iaunaren Testamentu Berria[2], sino que se completó con un calendario de festividades religiosas (Kalendrera) y unas lecciones rudimentarias para aprender a leer y la doctrina (ABC edo Kristinoen instrukzionea). Esta obra de Leizarraga se considera la segunda publicación impresa en euskera.

Portada de Iesus Christ Gure Iaunaren Testamentu Berria

La labor traductora desarrollada por Leizarraga ha sido considerada por la crítica como un gran éxito, sobre todo si tenemos en cuenta la escasa tradición literaria con que contaba el euskera. El vascuence por él utilizado toma elementos de los tres dialectos del País Vasco francés (labortano, bajonavarro y suletino), y se ha sugerido la posibilidad de que Leizarraga decidiera crear una especie de koiné de los tres dialectos para poder llegar a un público lo más amplio posible. Se ha destacado que, por un lado, su trabajo resulta innovador en el empleo de léxico culto pero, por otro, es muy arcaizante en lo que se refiere a la morfología y la fonética. En fin, cabe destacar que en esta traducción aparece el término adaptado al dialecto navarro-labortano heuscal herria[3] y que en ella se hace referencia a lo dialectalizado que se encuentra el idioma:

… bat bederac daqui heuscal herrian quasi etche batetic bercera-ere minçatzeco manerán cer differentiá eta diuersitatea den…

[… cualquiera sabe que en Euskal Herria casi de una casa a otra lo diferente y diversa que es la forma de hablar…]


[1] Remito para más detalles a los trabajos de Víctor Manuel Arbeloa, La corte protestante de Navarra (1527-1563), Pamplona, Gobierno de Navarra (Institución «Príncipe de Viana»), 1992; y de Juan María de Olaizola, Historia del Protestantismo en el País Vasco. El Reino de Navarra en la encrucijada de su historia, Pamplona, Pamiela, 1993.

[2] Puede verse la edición facsímil de Pamplona, Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Navarra, 2007, que va acompañada de valiosos estudios de Fernando Pérez Ollo, Xabier Quintana, Henrike Knörr y Txomin Peillen Karrikaburu.

[3] Esta sería la segunda aparición documentada del término, tras la encontrada en el manuscrito de Juan Pérez de Lazarraga, escrito unos pocos años antes, entre 1564 y 1567.

El epitafio de Juan de Amendux «Hemen naça orciric…»

Al considerar el panorama del vascuence literario en el siglo XVI, debemos recordar la primera obra publicada en lengua vasca, Linguae vasconum primitiae (1545), de Bernard Dechepare; también la figura de Joanes Leizarraga y su traducción del Nuevo Testamento (1571); y, en fin, el epitafio de Juan de Amendux que comienza «Hemen naça orciric…». Ya salió en el blog una entrada dedicada a Dechepare; evocaré hoy el bello poema de Amendux, dejando a Leizarraga para una próxima ocasión.

El pamplonés Juan de Amendux (1540-1580) es autor de un epitafio (otros estudiosos lo denominan elegía) descubierto en 1963 por José Goñi Gaztambide en el Archivo General de Navarra, que data de hacia 1568 y empieza «Hemen naça orciric…». Lo transcribo en la versión modernizada de Jabier Sainz Pezonaga[1], junto con su propia traducción:

Hemen natza ehortzirik, noizbait gozo eritzirik,
Herioak uste gabe dolorezki egotzirik,
ene anima Jangoikoagana beldurrekin partiturik,
lagun gabe bide luzean peril asko pasaturik,
onak eta honrak bertan munduak edekirik,
plazerak azkeneraino atsekabe bihurturik.
Ahaideak eta adiskideak, arte gutxiz atzendurik,
ikusten ditut itsusirik, harretxe guztia deseginik,
argi gabe ilunbetan, ustel eta kirasturik.
Negar begi bat bederak bere aldiaz oroiturik,
nehork ere izanen ez du nik ez dudan partidurik.
Ene anima gomenda ezazue garitatez mobiturik,
zarraizkidate gero bertan hitz hauek ongi notaturik:
Josafaten baturen gara Judizion elkarrekin;
bitartean lo dagigun, bakea izan dadila guztiekin.

[Aquí yazgo enterrado, lo cual alguna vez consideré dulzura; derribado inesperada y dolorosamente por la muerte, me dirijo temeroso hacia Dios. En el largo camino he pasado muchos peligros sin tener compañía, habiéndome arrebatado el mundo tempranamente los bienes y los honores, convertidos hasta el final los placeres en amargura. Los parientes y amigos, que por poco tiempo lo fueron, habiendo destruido toda la casa solariega, los veo abominables, sin luz en las tinieblas, putrefactos y nauseabundos. Llore cada cual recordando su tiempo, nadie habrá tenido contrariedades que yo no haya conocido. Encomendad mi alma movidos de caridad. Hacedme caso al punto atendiendo bien estas palabras: En Josafat nos hemos de juntar todos el día del Juicio Final. Mientras tanto durmamos, que la paz sea con todos.]

Epitafio para un ángel fallido


[1] Ver Jabier Sainz Pezonaga, «Hemen natza ortzirik. Joan Amenduzekoaren epitafioa (c. 1568). Edizio kritikoa», Sancho el Sabio, 24, 2006, pp. 57-90.

Margarita de Navarra y «L’Heptaméron»

Al recorrer la historia literaria de Navarra, la primera figura importante que debemos recordar en el terreno de la prosa narrativa es la de Margarita de Navarra (llamada también Margarita de Angulema, Margarita de Francia y Margarita de Orleans). Aunque su estudio en el citado panorama se haya discutido en ocasiones, y aunque ciertamente su producción deba ser analizada en el contexto de la literatura francesa, no se puede negar su vinculación a Navarra en virtud de su título dinástico, ya que fue reina consorte entre 1527 y 1549.

En efecto, Margarita de Navarra, hija de Carlos de Angulema y Luisa de Saboya, hermana mayor del rey Francisco I de Francia, nació en Angulema en 1492. Gran lectora, poetisa y cazadora, casó a los diecisiete años por razones políticas con el duque de Alençon, Carlos IV, el año de 1509, y en 1527, en segundas nupcias, con Enrique II de Albret, rey de Navarra. Manifestó simpatías por Lutero y Calvino y fomentó el movimiento hugonote, aunque en el momento de su muerte (acaecida en Odos, Bigorre, en 1549) había vuelto al seno de la religión católica.

Margarita de Navarra —«corps féminin, coeur d’homme, tête d’ange», según la definiera el poeta Clemente Marot— fue una mujer con grandes inquietudes intelectuales, una verdadera humanista: protectora de las letras, viviría siempre —primero como duquesa de Alençon y luego como reina de Navarra— rodeada de humanistas y escritores (cabe recordar su relación con el Cenacle de humanistas y teólogos de Meaux, su corte literaria de Nérac, su amistad con el Sodalitium Lugdunense o Círculo literario de Lyon, etc.).

Margarita de Navarra

En su faceta de escritora, que es la que ahora más me interesa, es autora de varios poemas en lengua francesa, como el Dialogue en forme de vision nocturne (Diálogo en forma de visión nocturna), 1.260 versos de terza rima, que son «una meditación cristiana sobre la muerte» escrita tras la muerte en 1524 de su sobrina Carlota. En la misma época se puede datar la Oraison à Notre Seigneur Jésus-Christ, poema «mucho más regular y lírico», al decir de Víctor Manuel Arbeloa. Entre los años 1527 y 1529 compondría Le Miroir de l’âme péchereuse (El espejo del alma pecadora), impreso en Alençon en 1531: «Examen de conciencia en presencia de Dios, la reina de Navarra abre, a través de 1.434 versos decasílabos, una puerta al lirismo religioso en la literatura francesa», escribe el citado Arbeloa. Además de tres pastorelas (piezas de género pastoril, de las que la más interesante es La Complainte por un détenu prisonnier), algunos misterios y farsas (Le Malade, L’Inquisiteur…), se suele recordar la recopilación de sus escritos recogida bajo el título de Les marguerites de la Marguerite des princesses.

Pero, sin duda alguna, su obra más importante, y por la que Margarita de Navarra merece un puesto de honor en el panorama narrativo europeo del siglo XVI, es la colección de relatos que escribió a la manera del Decamerón de Boccaccio (es decir, con un marco narrativo que los engloba), en la línea también de los cuentos de Chaucer, que se presenta bajo el título de L’Heptaméron (El Heptamerón) y que quedó inacabada.

En el «Prólogo» asistimos a la reunión, en los baños de Cauterets, de tres gentileshombres, Hircan, Dagoucin y Saffredent, que junto con otros personajes irán enhebrando los setenta y dos relatos de que consta la obra. Son narraciones de temas y contenidos bastante desenfadados, en las que se describen las prácticas amatorias de principios del Renacimiento. La autora no rehúye temas escabrosos, y para comprobarlo bastará con consignar el título de la novela XXX: «Un gentilhombre, de catorce o quince años de edad, creyendo acostarse con una de las doncellas de su madre, se acostó con esta misma, quien al cabo de los nueve meses de lo sucedido con su hijo, dio a luz una niña, con la que se casó doce o trece años después, ignorando, él que fuese su hija y hermana, y ella que fuese su padre y hermano». Como leemos en el prólogo a la edición de 1970 debida a Felipe Ximénez de Sandoval, todos los relatos se caracterizan por

 la soltura de las descripciones, la vivacidad del lenguaje y la finura psicológica con la que la escritora pinta a sus personajes, tanto príncipes y grandes señores como campesinos, burgueses, clérigos, menestrales, prelados y monjas. La autora va poniendo los cuentos en los labios de diferentes damas y caballeros, forzados a refugiarse en un monasterio a causa de una horrorosa tormenta y que deciden pasar las horas de encierro, alternando los oficios religiosos en la iglesia con la cháchara en el refectorio. Sin demasiado respeto al lugar sagrado en donde se encuentran, los joviales refugiados cuentan atrevidas historias galantes que ponen de relieve la elasticidad de los conceptos morales en la Francia renacentista.

Este es el contenido de las ocho jornadas de L’Heptaméron (siete de ellas incluyen diez relatos y la octava tan solo dos; al parecer, la reina quiso escribir un total de cien relatos, distribuidos en diez jornadas, pero no pudo culminar su propósito): «En la primera jornada se hace una recopilación de las trastadas que las mujeres hacen a los hombres y los hombres a las mujeres»; «En la jornada segunda se conversa acerca de las ocurrencias que súbitamente se le vienen a la imaginación a cada uno»; «En la jornada tercera se trata de las damas que en sus amores no han buscado más que la honestidad, y de la hipocresía y perversidad de los frailes»; «En la jornada cuarta se trata principalmente de la virtuosa paciencia y larga espera de las damas para ganar a sus maridos; y de la prudencia que utilizaron los hombres con las mujeres, para conservar el honor de sus casas y de su estirpe»; «En la quinta jornada se trata de la virtud de las solteras y de las casadas que han tenido en más su honor que su placer, de las que han hecho lo contrario y de la simpleza de alguna otra»; «En la sexta jornada se trata de los engaños que se hacen de hombre a mujer, de mujer a hombre o de mujer a mujer, por avaricia, venganza y malicia»; «En la séptima jornada se trata de quienes hacen todo lo contrario de lo que deben o desean»; «En la jornada octava se trata de las más grandes y verdaderas locuras que pueden servir de aviso a todos».

La obra de Margarita de Navarra ha generado abundante bibliografía. Por ejemplo, José Antonio González Alcaraz, en un trabajo titulado L’Heptaméron. Estudio literario (Murcia, Universidad de Murcia-Departamento de Filología Francesa, 1988), ha analizado el libro en relación con otras colecciones de relatos con marco. También ha estudiado cómo funciona ese marco narrativo de L’Heptaméron, con varios apartados dedicados a la inclusión de cuentos de textura bizantina; el contraste entre los propósitos y el tono del marco; la coexistencia de ficción y realidad: el desdoblamiento; el «locus amoenus»; los personajes; la presencia del debate en el marco y la dramatización. En sus conclusiones indica que Margarita de Navarra sigue a Boccaccio, pero con un tono distinto, destacando su laconismo riguroso, su expresión desnuda[1].


[1] La bibliografía final que recoge González Alcaraz completa la de la edición de François en Clásicos Garnier, actualizada por Nicole Cazauran. Una buena edición moderna en español es la de María Soledad Arredondo (Madrid, Cátedra, 1991).