Cervantes en «El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González (1)

En el caso de la novela que ahora me ocupa[1] tenemos a un Cervantes espadachín, pendenciero y reñidor, galán y enamoradizo, que acabará loco y enfermo de amor, consumido por unas ardientes fiebres derivadas de la pasión que siente por doña Guiomar. Ciertamente, la obra de Manuel Fernández y González bien podría ser calificada de novela ígnea, pues todo son llamas, volcanes y fuegos diversos en los que abrasarse, consumirse y, casi, terminar pereciendo de amor. Por ejemplo, en el capítulo VIII, leemos que «íbase embraveciendo Miguel, y crecía tanto en su pecho su amorosa llama, que harto claros indicios de ello daban la brava y siniestra mirada de sus ojos, y el ardoroso aliento que de su pecho salía» (p. 98). Y así, por el estilo, en muchos otros lugares.

Antes, en el capítulo III, titulado «De cómo, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor que tan acongojada la tenía», se nos había mostrado a doña Guiomar enamorada, primero preocupada por las cuchilladas que se sentían fuera de su casa, y luego hablando apasionadamente con el enamorado galán que la ronda. Veamos esta descripción de la dama:

Saliose Florela, y doña Guiomar fue a sentarse a su tocador, y contemplose al espejo, y hallose más hermosa que nunca; que el amor hace hermosos aun a los ojos feos, y a los hermosos los sublima, haciendo de ellos un cielo; y un cielo veía en sus ojos doña Guiomar, porque en el amor que en sus ojos hallaba, la parecía como que veía la imagen de aquel por quien el amor acongojaba su alma; y la sucedía que cuanto más se contemplaba, más la parecía ver en sus ojos la fugitiva sombra de su deseo; y a tal llegó su amorosa ilusión, que creyó que no en sus ojos, sino detrás de ella, sobre las rubias trenzas de sus cabellos, aparecía la imagen de su anhelado, mirándola ansioso, copiado por el espejo, y como si detrás de ella hubiese estado de rodillas. Pareciola asimismo que una mano trémula asía una mano suya que pendía descuidada, y que en ella unos labios ardientes posaban un amoroso beso (pp. 32-33).

Ocurre, en efecto, que su anónimo rondador ha logrado entrar en la casa huyendo de la riña y ahora, al encontrarla, le besa la mano y se dirige a ella con estas palabras:

—Hermosa señora —dijo levantándose aquel hombre—, no mi voluntad, sino los no sé si para mí crueles o propicios hados son los que, cuando yo pensaba solo en libertarme de ser preso, aquí me han traído, para que postrado a vuestros pies pueda deciros que vos sois mi vida, sin la cual vivir no puedo, ni quiero; y que si en vos no hallo esperanza a mi pena, alivio a mi enfermedad, alegría a mi tristeza, luz a mis ojos, a mi pecho aliento y gloria a mi deseo, por condenado me doy y sin vislumbre de redención que me salve (p. 34).

Este es otro ejemplo de los dulces coloquios que mantienen ambos:

—¿Y quién os ha dicho —exclamó ella— que yo os amo, ni en amaros piense, ni para vos me haya criado, ni al cabo la dureza mía para el amor por vos se haya deshecho?

—Dícenmelo —respondió él— vuestros divinos ojos, que en vano de mí se apartan para no verme, porque con más afición y más encendidos rayos de amor, ¿qué digo?, de gloria, a mirarme tornan; dícemelo vuestro hermoso seno, que los amantes latidos de vuestro corazón mueven; dícemelo vuestra voz enamorada, que en vano pretende remedar al enojo; dícemelo, en fin, mi deseo, señora mía, porque si vos no me amarais, tormento insoportable sería para mí la desesperada memoria de vuestra adorada imagen, muerte mi vida, infierno mi esperanza (pp. 47-48).

CervantesGalante

Y aunque el avisado lector podría imaginar de quién se trata, no es hasta el capítulo IV, «En que se sabe quién era el incógnito amante de doña Guiomar», cuando averiguamos que ese valiente y constante enamorado que ronda con músicas a la bella viuda indiana es Cervantes, que se presenta a sí mismo con estas palabras:

—De buenos y honrados padres vengo, señora —respondió él—; hidalgo soy; Alcalá es mi patria; cursé en las aulas de su famosa universidad; tirome la afición a las armas, y muy más el amor a las letras; soldado soy, y a poeta aspiro por mi desgracia, porque la poesía es sueño que devora el alma y la finge lo que no existe, y en los espacios imaginarios la pierde: Miguel de Cervantes Saavedra me llamo, y vuestro esclavo soy.

—¿Miguel de Cervantes Saavedra sois vos? —exclamó con encarecimiento doña Guiomar—; pues por ahí andan en unos papeles impresos los versos que se recitan en casa de Arquijo [sic] por todos los buenos ingenios de Sevilla, y entre ellos haylos, y no de los peores, que según el papel han sido compuestos por vos.

—Si yo hubiera podido creer —dijo Cervantes— que los pobres versos míos habían de llegar a tan hermosas manos, puede ser bien que el deseo de contentaros hubiera sido inspiración que los hiciese dignos de Píndaro; ¿pero qué poesía queréis que haya sin amor, y cuando solo se escribe para ejercitar el ingenio?

—¿Y sin amor vivíais cuando esos versos compusisteis? Pues o no me amáis como decís, o me amáis desde muy poco tiempo, que ha ocho días se vendía el papel nuevo, y versos vuestros había en él (pp. 49-50).

Como vemos, Cervantes se muestra apasionado, y confiesa galante que prefiere el amor de ella al propio laurel de Apolo:

—Enjugáraos yo, hermosa señora mía, esas lágrimas que por vuestras alabastrinas mejillas corren con mis labios, si tan bienaventurado fuera que ya me llamara vuestro esposo; y tal procuraría que fuese para vos mi amor, que no lágrimas de amargura, sino de contento del alma enamorada vertieseis, si es que mi amor podía enamoraros, cosa en la que no espero, porque si la esperara, ya en la sola esperanza encontraría la ventura milagrosa de este amor que por vos me abrasa las entrañas, y es mi vida en mi muerte y mi contento en mi tristeza (pp. 54-55).

Esto sucede ya en el capítulo V, «En que doña Guiomar comienza a contar su historia a Miguel de Cervantes». Asistimos ahora, casi, a una escena propia de un libro de caballerías, con Cervantes asimilado, de alguna manera, a un caballero andante protector de mujeres desvalidas, esto es, parangonable con su futura creación, don Quijote:

—No digo yo —respondió Miguel de Cervantes— por el temor de un viejo, que tal debe serlo quien, teniendo vos veintidós años, pretendió a vuestra madre antes que vos nacierais, sino por el de todos los trasgos, gigantes, enanos y vestiglos de los libros de caballería, y aun por el de los doce de la Tabla Redonda que vinieran a reñiros con toda la cohorte de magos y de encantadores que en los tales libros se nombran, dejara yo de venir a daros música y a hablar con vos, si era que vos me concedíais esta merced venturosa (pp. 57-58)[2].

Y en esta línea continúa el relato de Fernández y González, que nos muestra a un Cervantes galante y enamorado, pero también pendenciero, aficionado a las bravatas y presto a las riñas, que es un soldado pobre, pero al mismo tiempo un escritor que asiste, ahí en Sevilla, a la tertulia literaria de Juan de Arguijo, etc. No parece necesario seguir acumulando más ejemplos y citas similares…[3]


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Y en otro pasaje, en diálogo ahora con Margarita, se dirige a ella de esta caballeresca manera: «—Aunque yo no tuviera más valor que el que el encanto de vuestra hermosura y el amor que me mostráis me infunden, dígoos que no ya ese capitán que de tal modo os espanta, sino el mismísimo Orlando con toda una cohorte de encantadores y vestiglos, no bastaría para contrarrestar el poder de mi brazo, que vengada ha de haceros, mal que le pese al brío y a la fama de vuestro enemigo; y tened más confianza en el aliento de quien bien os ama, y no tembléis ni empalidezcáis, mi dulce señora, que en verdad os digo que para vos y para mí han empezado ya días más bonancibles de amor, de ventura y de esperanza. Y en esto no porfiemos, porque ved que yo no he de dejaros por todos los hombres del mundo, así sean gigantones de los que por los libros de caballería se encuentran , y que si no os dejo, él sobre mí vendrá y provocarame, y en trance me pondrá de que yo le ponga de manera que más mal que el que ha hecho no pueda hacer a nadie en este mundo; y otrosí, señora mía, que a doña Guiomar tengo prometido castigar a ese su contumaz y peligroso contrario» (pp. 183-184).

[3] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

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«El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González, novela folletinesca

Como es bien sabido, Cervantes no quiso perderse «la más alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros». Pues bien, ocurre que en esta novela de Manuel Fernández y González[1] Cervantes está afiebrado en el momento del combate como consecuencia de una calentura de amor, porque no ha logrado alcanzar el amor imposible que siente por una dama, doña Guiomar:

Y como, aunque era noble y altivo, no era santo, y de tal manera le apretaban el amor y el deseo por doña Guiomar, y hasta tal punto doña Guiomar iba acreciendo para él en lo preciosa e incomparable, ganándole la fiebre, apoderándose de su pensamiento la locura, atormentado ya de tal manera por las ansias que le acongojaban que resistirlas no pudo, como si una potencia invencible de él hubiese tirado y atraídole a doña Guiomar, con las bascas casi mortales de su pasión, determinose; y diciéndose que su vida era doña Guiomar y que Dios hiciese lo que fuese servido de Margarita, levantose del sillón… (pp. 223-224).

Estamos ante una novela muy mala, ¿por qué no decirlo?, en lo que se refiere a calidad literaria… pero también ante una novela buenísima… en su género, el de la novela de capa y espada (el de la novela de aventuras históricas, según la taxonomía de Juan Ignacio Ferreras mencionada en una entrada anterior), de la que presenta todos los clichés y rasgos característicos[2]. Tenemos, en efecto, una dama bellísima, celestial, la rica indiana doña Guiomar, perseguida incansablemente por el villano de turno; una huérfana, Margarita, también perseguida por el correspondiente villano; y un Cervantes espadachín y pendenciero, súbitamente enamoradísimo de doña Guiomar, pero atraído igualmente por la huérfana Margarita. Añádase a ello una Sevilla descrita como ciudad especialmente hecha para el amor; su porción de duelos, cuchilladas y rondas de alguaciles; un familiar del Santo Oficio de la Inquisición encaprichado él también de la bella y tentadora indiana; unas gotas de superstición (la casa donde vive la dama, supuestamente encantada con duendes), etc., etc. Si mezclamos todos esos ingredientes en la coctelera de la novela folletinesca (o, mejor, si los mezcla a su manera el ínclito Manuel Fernández y González), obtenemos entonces como resultado un relato como El manco de Lepanto: desestructurado y falto de coherencia narrativa, donde lo esencial es la yuxtaposición mal hilvanada de aventuras, lances y peripecias, que, eso sí, no faltan; más bien al contrario, el autor las prodiga generosamente.

Duelo

Para empezar, no existe profundidad psicológica en el trazado de los personajes —tampoco hay que engañarse: esperarla en este tipo de relatos sería pedir cotufas en el golfo—. Por ejemplo, este Cervantes espadachín se parece muchísimo al Quevedo espadachín que encontramos en otras novelas de Fernández y González, como por ejemplo la titulada Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo. El Cervantes de una y el Quevedo de otra son personajes que, haciendo abstracción de los datos biográficos y las circunstancias propias de cada uno, resultarían prácticamente intercambiables en esos relatos. Ignacio Arellano, refiriéndose a la citada recreación quevediana del novelista sevillano, comenta lo siguiente:

Leonardo Romero, con amable generosidad, le concede [a Fernández y González] una gran capacidad para inventar tramas y saberlas contar de modo atractivo. En la novela que pergeña con don Francisco de Quevedo hay sin duda trama, pero tan deshilachada que el lector ha de adoptar una perspectiva lúdica para tomarse con buen humor las vicisitudes de un relato que en ciertos momentos parece parodia de su mismo género. Resulta, sin embargo, un curioso documento que revela muchos tics de este tipo de obras poco elaboradas artísticamente, pero útiles para averiguar cuál es la imagen que de una época o personaje (como Quevedo) se ha ido sucediendo a lo largo del tiempo[3].

Pues bien, insisto: lo que se indica a propósito de Quevedo en Amores y estocadas sirve igualmente para Cervantes en El manco de Lepanto. Tan solo haría falta cambiar el nombre del escritor convertido en personaje de ficción protagonista de cada novela, y lo predicado para uno se acomodaría perfectamente al otro[4].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ignacio Arellano, «Amores y estocadas, de Manuel Fernández y González, o la novela histórica grotesca», introducción a Manuel Fernández y González, Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo, Pamplona, Eurograf Navarra, 2002, p. 5a. Las principales características relacionadas con la trama y estructura, el retrato de los personajes, el estilo lingüístico para lograr el color de época, etc., que menciona Arellano para Amores y estocadas son aplicables a El manco de Lepanto y, en general, al conjunto de las novelas históricas de Fernández y González ambientadas en el Siglo de Oro español.

[4] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

«El manco de Lepanto» (1874) de Manuel Fernández y González: estructura y contenido

Esta novela de Manuel Fernández y González, de 271 páginas, incluida en la «Biblioteca Universal Ilustrada» de Muñoz y Reig, se presenta bajo el subtítulo de Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra[1]. Consta de 23 capítulos —a los que se sumará un «Post scriptum»—, cuyos epígrafes son:

I. En que se trata de un percance que le sobrevino a un barbero de Sevilla por meterse a afeitar a oscuras

II. En que se trata de una música de enamorado, acabada no muy amorosamente a tajos y reveses

III. De cómo, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor que tan acongojada la tenía

IV. En que se sabe quién era el incógnito amante de doña Guiomar

V. En que doña Guiomar comienza a contar su historia a Miguel de Cervantes

VI. En que se contiene una carta de Cervantes para doña Guiomar, y se sabe a lo que Florela se aventuró por servir a su señora

VII. En que se suspende la historia para decir algo de Miguel de Cervantes

VIII. En que se relata una aventura que le salió al paso a Cervantes, cuando a las aventuras de sus amores iba

IX. De cómo lo que no podía amparar Cervantes, vino a ampararlo doña Guiomar

X. De cómo Cervantes encontró casa de la tía Zarandaja más de lo que había querido buscar

XI. En que doña Guiomar prosigue el relato de su historia

XII. De cómo se iban cruzando los amores y apercibiéndose a una ruda batalla los celos

XIII. En que se ve que doña Guiomar hubiera hecho muy bien en no contar tan presto su historia a Cervantes, y en no amparar a Margarita

XIV. De cómo hubiera hecho muy bien doña Guiomar en no acudir a la visita que le hizo el señor Ginés de Sepúlveda

XV. De cómo Cervantes oyó el fin de la historia de Margarita entre las cavilaciones que le causaba el no saber adónde le llevaría la historia de sus amores

XVI. En que se ve cuán dura tenía la Inquisición la mano, aun para sus familiares, y cuánta fuerza, cuánta virtud y cuánta prudencia doña Guiomar para encubrir sus amarguras

XVII. De cómo Miguel de Cervantes supo lo que le bastó para meterse en una aventura de más empeño que la más atrevida en que osó meterse cualquiera de los Doce Pares

XVIII. De cómo puede enamorarse una mujer hasta el punto de morir de amor

XIX. De cómo, enloquecido Cervantes por el amor, creyó que la mano de Dios le apartaba de los efectos de su locura

XX. De la horrenda tragedia con que se encontró sorprendido y espantado Miguel de Cervantes

XXI. En que se ve que nada ve la justicia relativamente a Cervantes, y se sabe que Cervantes se había perdido

XXII. En que se sabe lo que fue de Cervantes

XXIII. En que se habla algo de la jornada de Lepanto, y de cómo fue la manquedad de Cervantes

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Como se desprende de la mera lectura de estos títulos de los capítulos, El manco de Lepanto es una novela de capa y espada, una novela repleta de aventuras, protagonizadas por nuestro Miguel de Cervantes, y solo en el último capítulo encontramos lo que anuncia el título, a saber, su participación en la batalla de Lepanto y la famosa manquedad del escritor, cuando combatió heroicamente, pese a estar ese día enfermo de fiebres[2], en uno de los esquifes al mando de doce hombres[3].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Y en una novela muy reciente, Quijote Z (Madrid, Dolmen Books, 2010), de Házael G. [González], la calentura de Cervantes en Lepanto se debe a que le ha mordido un zombi…

[3] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193. En su más reciente biografía de Cervantes (La juventud de Cervantes. Una vida en construcción, Madrid, Edaf, 2016), José Manuel Lucía Megías matiza el heroísmo de Cervantes en Lepanto que nos ha transmitido la tradición, formando esa imagen idealizada, casi mítica, que tenemos del escritor: para Lucía Megías, Cervantes fue un héroe, sí, en el sentido de que combatió con valor y denuedo, como lo hicieron millares de soldados cristianos, con la suerte añadida de haber vivido para contarlo.

Obras de Manuel Fernández y González relacionadas con Cervantes

Las obras escritas por Manuel Fernández y González que guardan relación con Cervantes son varias, al menos las tres que consignaba en una entrada anterior: La batalla de Lepanto, poema del año 1850 compuesto en 87 octavas reales[1]; El manco de Lepanto (Madrid, 1874), una novela no demasiado larga que se centra en un episodio concreto (ciertos amoríos de Cervantes, que finalizan con su alistamiento como soldado y su participación en la célebre batalla naval de 1571 contra los turcos); y El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (Barcelona, s. a., c. 1878), novela muchísimo más extensa, pues supera con creces el millar de páginas. Las circunstancias de composición de la primera de tales obras, La batalla de Lepanto, las ha resumido recientemente Francisco Cuevas Cervera:

El liceo de Granada arregló una justa poética el 7 de julio [de 1850] sobre el tema de la batalla de Lepanto. Los primeros premios se imprimieron ese mismo año en Granada (José Salvador de Salvador, José García, Manuel Fernández y González, todas con el mismo título). El de Manuel Fernández y González aparece en los catálogos cervantinos por hacer alusión, aunque muy breve, a la participación de Miguel de Cervantes Saavedra en aquel acontecimiento histórico. Como en la obra de Mallí de Brignole [La batalla de Lepanto, drama histórico de gran espectáculo en seis actos y en verso], la presencia de Cervantes en la obra es simplemente un detalle de un cuadro mayor. Fernández y González publicará años más tarde una obra inspirada enteramente en noticias del autor del Quijote, con más fabulación que verdad histórica: El manco de Lepanto: episodio de la vida del príncipe de los ingenios (Madrid, 1874)[2].

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En efecto, esa novela de 1874 —que analizaré con más detalle en próximas entradas— es un relato de 271 páginas, pero con tipos de letra más bien gruesos. Su lectura sugiere, y las propias palabras de Fernández y González en su «Post scriptum» final lo explicitan claramente, que se trata de un primer tanteo de las posibilidades narrativas que le brindaban la vida y hechos del autor del Quijote:

Paréceme oírte decir, bondadoso lector que hasta aquí hayas llegado:

—¿Cómo, señor autor, y así nos deja vuesa merced a media miel, sin decirnos lo que fue de Cervantes, de Margarita y aun de Florela?

A lo cual el autor responde:

—Lector benévolo, si este episodio de la vida de Miguel de Cervantes te hubiere agradado, y a otros muchos, lo que yo veré por la venta de los ejemplares, prométote contarte otros episodios de la vida del mismo héroe, y entonces tal vez salga a luz lo que fue de Margarita, y aun lo que fue de Florela. Entre tanto, VALE (p. 267, cursiva mía)[3].

Pues bien, parece que las expectativas de buenas ventas se debieron de cumplir, pues la tercera incursión narrativa del sevillano por los terrenos de la biografía cervantina —desde el plano de la ficción— es El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a., pero datable c. 1878)[4]. Se trata de una larguísima novela en dos tomos: mil trescientas páginas de letra apretada, y en este momento me resulta imposible dar acabada cuenta de su trama argumental, que se va alargando merced a la desbordada fantasía de Fernández y González, quien hace correr la pluma inventando mil peripecias, subtramas y personajes secundarios. Tan torrencial materia narrativa bien merece un estudio más detenido que, sin embargo, habrá de quedar pendiente para otra ocasión. Baste ahora con dejar consignados los títulos de los siete libros que conforman su estructura externa, lo que servirá al menos para dar una idea aproximada del contenido que incluye tan folletinesca novela: Libro I, «El Cardenal Aquaviva»; Libro II, «De Roma a Lepanto»; Libro III, «Lepanto» (con 60, 47 y 12 capítulos respectivamente, que conforman el tomo primero); Libro IV, «El cautiverio en Argel»; Libro V, «Esquivias»; Libro VI, «El alcalde de Argamasilla»; y Libro VII, «La hija de Cervantes» (con 59, 21, 13 y 35 nuevos capítulos, más una «Conclusión», todo lo cual constituye el tomo segundo). Las últimas líneas de tan copioso relato, abarcador de toda la vida de Cervantes, hasta su muerte y la publicación póstuma del Persiles, son estas:

¿Qué fue de la familia de Cervantes?

Ninguna noticia se tiene de ella.

¡La miseria!, ¡el dolor!…

¿Qué fue de las cenizas de nuestro grande hombre?

En el año de 1633 se trasladaron las monjas Trinitarias del mal convento que tenían en el Humilladero al nuevo que se las había construido en la calle de Cantarranas.

Trajeron consigo los huesos de los que en su antigua iglesia se habían enterrado.

Entre ellos debían ir los de Cervantes.

¿Dónde está ahora su polvo?

Dios lo sabe (p. 1300).

En fin, para completar el panorama, a las tres obras citadas podríamos añadir la pieza titulada A los profanadores del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Crítica y algo más (Madrid, Imprenta de Manuel Galiano, 1861), que fue publicada bajo el pseudónimo de El Diablo con antiparras. Dado que esta pieza escapa del terreno de la ficción para pasar al de la crítica literaria, me limitaré a reproducir aquí lo que acerca de esta pieza ha dejado escrito Cuevas Cervera[5]:

Manuel Fernández y González protestó contra la avalancha de obras de raigambre cervantina que no estaban a la altura de su objeto con esta obrita en verso, centrada fundamentalmente en la censura a la obra de Ventura de la Vega anterior [Don Quijote de la Mancha en Sierra Morena], aunque también la crítica abarca a la de Hartzenbusch, La hija de Cervantes […], a la que siguen unas «Notas o más bien Buscapié de los anteriores versos» (pp. 17-31), en que se explica, como en el pretendido Buscapié cervantino, las alusiones del texto objeto de la sátira[6].


[1] Se reproducirá en el capítulo XII del Libro tercero, «Lepanto», de la novela El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, pp. 659-667.

[2] Francisco Cuevas Cervera, Del Quijote de Ibarra (1780) al Quijote de Hartzenbusch (1863). El Cervantismo en el siglo XIX. Catálogo comentado y estudio, tesis doctoral, Cádiz, Universidad de Cádiz, 2012, p. 1144, núm. 989.

[3] Todas las citas de El manco de Lepanto son por la edición de 1874 (El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874). Hay otras ediciones posteriores, incluso en formato ePub (disponible en <http://www.epubgratis.net/el-manco-de-lepanto-manuel-fernandez-y-gonzalez/>). En la actualidad, preparo una edición anotada de la novela.

[4] Forma parte de la «Biblioteca Ilustrada de Espasa Hermanos, Editores», en su «Sección moral-recreativa».

[5] Francisco Cuevas Cervera, Del Quijote de Ibarra (1780) al Quijote de Hartzenbusch (1863). El Cervantismo en el siglo XIX. Catálogo comentado y estudio, tesis doctoral, Cádiz, Universidad de Cádiz, 2012, p. 1329, núm. 1169. Ver José Luis González Subías, «A los profanadores del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Crítica y algo más (1861)», en Miguel Ángel Garrido Gallardo y Luis Alburquerque García (coords.), El «Quijote» y el pensamiento teórico literario, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2008, pp. 567-572.

[6] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

Manuel Fernández y González (1821-1888) y la novela de aventuras históricas

Manuel Fernández y González (Sevilla, 1821-Madrid, 1888) es autor bastante bien conocido en el panorama de la novela histórica romántica española[1], el máximo representante de la producción folletinesca y por entregas. Copio aquí las palabras que le dedica Juan Ignacio Ferreras al frente del listado de sus obras narrativas en su Catálogo de novelas y novelistas españoles del siglo XIX:

Según todos los críticos este autor es el más prolífico de todos los novelistas del XIX; su obra, considerable y mal estudiada todavía, se centra sobre todo en la tendencia de la novela histórica, en la que llegó a escribir algunas obras notables, y en la tendencia de la novela de aventuras o «popular». Tiene también dos o tres novelas «de costumbres». He recogido novelas nada más, tiene también poesías y dramas, pero no he llegado a las 300 obras de las que habla más de un crítico; creo que la cifra 300 es exagerada, sin duda su producción anda alrededor de las 200 novelas[2].

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En otros trabajos, Ferreras adscribe la mayor parte de la producción del novelista, de forma más precisa, a la tendencia que él denomina novela de aventuras históricas, escrita muchas veces por entregas o para los folletines de los periódicos. El sevillano comienza cultivando una novela histórica romántica de mayor calidad literaria, en la línea de Los bandos de Castilla de Ramón López Soler (1830), El señor de Bembibre (1844) de Enrique Gil y Carrasco o Doña Blanca de Navarra (1847) de Francisco Navarro Villoslada, pero luego se convierte en un escritor que trabaja a destajo y sus obras derivan hacia esa otra tendencia en la que lo sustantivo es la mera aventura en tanto que lo histórico queda reducido a algo secundario o adjetivo:

Fernández y González no es un puro novelista por entregas, su obra, o una buena parte de su obra, pertenece a la novelística que arranca de López Soler; nuestro autor continuó cultivando con mucho acierto y hasta con cierta originalidad la tendencia de la novela histórica, campo en el que logró sus mejores obras, Los Monfíes de las Alpujarras (1856), Men Rodríguez de Sanabria (1853), El cocinero de su Majestad […] (Madrid, 1857) y otros títulos. […] Fernández y González era un superdotado para la novela, pero incluso los superdotados acaban por gastarse y decaer. De los doscientos títulos que escribió nuestro autor, unos cuatrocientos tomos en total, solamente los escritos de 1845 a 1855 se escapan al estilo de la entrega. A partir de 1857, y siempre aproximadamente, Fernández y González, aunque no decae en su producción ni un solo instante, deja a un lado su primer estilo y se convierte en un auténtico escritor por entregas[3].

Efectivamente, Ferreras lo considera fundador, máximo representante, maestro y modelo de esa nueva tendencia de la novela de aventuras históricas, degeneración, por así decir, de la anterior novela histórica de aventuras[4]:

Nuestro autor, al nivel de la novela por entregas, fue el auténtico fundador de la novela de aventuras históricas; esto es, de la novela histórica tradicional que suprime el universo novelesco en aras de la acción aventurera del protagonista; esta novela de aventuras históricas puede combinarse con la tendencia de la novela dualista, en cuyo caso la aventura se transforma en una más o menos complicada narración de tres personajes como mínimo: la heroína perseguida, el traidor y el héroe salvador de la heroína.

Fernández y González no fue solamente un autor, sino toda una época; su novelar histórico, al de por entregas me refiero, fue imitado hasta finales de siglo; sin Fernández y González serían inexplicables Tárrago, Orellana, Ortega y Frías, Rafael del Castillo, Parreño, Moreno de la Tejera y otros muchos, que cultivaron con cierta fortuna y sin ninguna originalidad el tipo de novela histórica inaugurado por Fernández y González[5].

Por otra parte, como acertadamente ha destacado Ignacio Arellano[6], la estructura narrativa y, por ende, la calidad literaria de sus novelas se resienten por las propias circunstancias de composición (obras escritas muchas veces por un amanuense que trabaja al dictado del escritor) y de distribución (obras para ser repartidas por entregas o bien publicadas en el folletín de periódicos y revistas):

Es probable que el método de escritura influya en las características de los relatos. Como recuerda Julio Nombela (citado por Romero Tobar), en la etapa final de su vida Fernández y González, casi ciego, exacerba el mecanismo de producción industrial al estilo del escribidor de la novela de Vargas Llosa: «Fernández y González, casi ciego, no podía escribir, pero dictaba a dos escribientes que acudían a prestarle servicio, uno por la mañana y otro por la tarde, y raro era el día, porque siempre estaba agobiado de encargos, que no dictaba un par de pliegos de 16 páginas cada uno, lo que le proporcionaba de 20 a 24 duros». No sería de extrañar que con semejante técnica acabara no sabiendo en cuál de las ficciones andaban metidos sus personajes, desorientado por los vericuetos de argumentos arbitrarios[7].


[1] Ahora bien, siendo un autor conocido e incluido en los manuales de literatura, los catálogos y otras obras de referencia, no hay mucha bibliografía específica sobre su producción: «No existe ningún libro definitivo, en el sentido de completo, sobre nuestro autor, aunque ya se han publicado numerosos trabajos», escribe Juan Ignacio Ferreras, La novela en España. Historia, estudios y ensayos, t. IV, Siglo XIX. Segunda parte (1868-1900), Colmenar Viejo (Madrid), La biblioteca del laberinto, 2010, p. 93. Cabe destacar la biografía novelesca de Florentino Hernández-Girbal, Una vida pintoresca: Manuel Fernández y González. Biografía novelesca, Madrid, Biblioteca Atlántico, 1931; o, más recientemente, la introducción de Ignacio Arellano a su edición de la novela Amores y estocadasAmores y estocadas, de Manuel Fernández y González, o la novela histórica grotesca», introducción a Manuel Fernández y González, Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo, Pamplona, Eurograf Navarra, 2002, pp. 5-11) y un artículo del año 2011 de José Esteban («Ingeniosos españoles. Don Manuel Fernández y González», Barcarola. Revista de creación literaria, 77, 2011, pp. 173-177). Para los datos esenciales sobre el autor y un catálogo de su producción, ver Juan Ignacio Ferreras, Catálogo de novelas y novelistas españoles del siglo XIX, Madrid, Cátedra, 1979, pp. 150a-154b, La novela en España. Catálogo de novelas y novelistas españoles. Siglo xix, Colmenar Viejo (Madrid), La biblioteca del laberinto, 2010, pp. 243-249 y La novela en España. Historia, estudios y ensayos, t. IV, Siglo XIX. Segunda parte (1868-1900), Colmenar Viejo (Madrid), La biblioteca del laberinto, 2010, pp. 93-97. Sobre el triunfo de la novela histórica en España en tiempos del Romanticismo es fundamental el trabajo del mismo Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976. Ver también, para el contexto general de la novela en España en el XIX, Juan Ignacio Ferreras, Introducción a una sociología de la novela española del siglo XIX, Madrid, Edicusa, 1973, y Los orígenes de la novela decimonónica (1800-1830), Madrid, Taurus, 1973.

[2] Ferreras, La novela en España. Catálogo de novelas y novelistas españoles. Siglo XIX, p. 243.

[3] Ferreras, La novela en España. Historia, estudios y ensayos, t. IV, Siglo XIX. Segunda parte (1868-1900), p. 93.

[4] Para esta novela de aventuras históricas, ver Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976, pp. 179-210, o bien La novela en España. Historia, estudios y ensayos, t. III, Siglo XIX. Primera parte (1800-1868), Colmenar Viejo (Madrid), La biblioteca del laberinto, 2010, pp. 380-406.

[5] Ferreras, La novela en España. Historia, estudios y ensayos, t. IV, Siglo XIX. Segunda parte (1868-1900), p. 94. Sobre Ortega y Frías, ver Francisco Cuevas Cervera, «Entre la biografía y la novela: la canonización del ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes en la obra de Ortega y Frías (1859)», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 63-76.

[6] Ignacio Arellano, «Amores y estocadas, de Manuel Fernández y González, o la novela histórica grotesca», p. 5a. La cita interna remite a la entrada que dedica al escritor Leonardo Romero Tobar en el Diccionario de literatura española e hispanoamericana coordinado por Germán Gullón, Madrid, Alianza, 1993, vol. I, p. 530. Sobre la novela por entregas y la novela popular del XIX, ver especialmente Juan Ignacio Ferreras, La novela por entregas, 1840-1900 (Concentración obrera y economía editorial), Madrid, Taurus, 1972; Leonardo Romero Tobar, La novela popular española del siglo XIX, Madrid, Ariel, 1976; y Emilio Palacios Fernández, «La novela por entregas», en Emilio Palacios Fernández (coord.), Historia de la Literatura española e hispanoamericana, Madrid, Orgaz, 1980, vol. V, pp. 85-119, y también Juan Ignacio Ferreras, La novela en España. Historia, estudios y ensayos, t. IV, Siglo XIX. Segunda parte (1868-1900), pp. 13-207. En las pp. 55-62 explica «El oficio de autor por entregas» a partir de una selección de 28 especialistas en el subgénero. En su opinión, «este sistema de publicación no entra para nada en la factura de las obras, o al menos no determina, la entrega, el nivel artístico alcanzado por las novelas» (p. 93).

[7] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

Cervantes, personaje de ficción en la narrativa española del siglo XIX

Uno de los temas de investigación en los que vengo trabajando es la recreación de escritores del Siglo de Oro que, en distintas obras literarias, pasan a convertirse en personajes de ficción: así ha sucedido con Garcilaso, con Lope de Vega, con Tirso, con Góngora, con el conde de Villamediana, con Calderón de la Barca y, por supuesto, también con Cervantes. El Romanticismo (y el post-Romanticismo) es un momento muy propicio para este tipo de recreaciones con escritores auriseculares como protagonistas, principales o secundarios, de las tramas argumentales —tanto en narrativa como en teatro—, pero también en los últimos años se aprecia un incremento muy importante de tales recreaciones, dada la muy abundante presencia de temas y personajes del Siglo de Oro en la novela histórica española.

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En el caso concreto de Cervantes, esa presencia del autor del Quijote convertido en personaje literario se da de forma muy especial en la época romántica (considerada cronológicamente en sentido amplio, hasta los años setenta del XIX), lo que viene a coincidir con el momento en que se produce la plena canonización del escritor alcalaíno. Ya en un trabajo he estudiado cómo Cervantes se convierte en personaje de zarzuela y drama en dos obras de Narciso Serra, El loco de la guardilla y El bien tardío[1]. En las próximas entradas voy a centrar mi atención en las recreaciones cervantinas —que no quijotescas, aunque en algunas de ellas se da cierta quijotización de Cervantes— de Manuel Fernández y González, verdadero profesional de la novela folletinesca y por entregas, quien tiene, al menos, tres recreaciones ficticias de Cervantes: 1) un poema en octavas reales titulado La batalla de Lepanto (Granada, 1850); una novela breve sobre El manco de Lepanto (Madrid, 1874); y otra mucho más extensa, de mil trescientas páginas, que se presenta bajo el título de El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela original (Barcelona, s. a., c. 1878). Me detendré sobre todo en la segunda de ellas, pero no sin antes recordar —en una nueva entrada— algunos datos esenciales sobre el autor y su contexto literario, que es el de la novela histórica romántica española, concretamente en su tendencia de la denominada novela de aventuras históricas[2].


[1] Ver Carlos Mata Induráin, «Cervantes, personaje de zarzuela y drama: El loco de la guardilla (1861) y El bien tardío (1867), de Narciso Serra», en Christoph Strosetzki (ed.), Visiones y revisiones cervantinas. Actas selectas del VII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2011, pp. 579-589.

[2] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

Características literarias del Romanticismo en España

Los principales rasgos del movimiento literario romántico son:

1) Subjetivismo: cobra importancia el yo del autor (elevado a la categoría de genio creador) y también el yo del personaje protagonista.

2) Sentimentalidad: se pone en primer plano la comunicación del sentimiento, se busca la expresión de la interioridad de los personajes, que en ocasiones es trasunto de la propia personalidad del autor.

3) Relación entre sentimiento y paisaje: muchas veces la naturaleza se identifica con el personaje; la descripción de los elementos del paisaje está en situación de paralelismo (o de contraste) con el estado anímico del protagonista.

Leonardo Alenza, Sátira del suicidio romántico

4) Actitud evasionista: el autor romántico desea escapar de la realidad del mundo en que vive, que le parece vulgar y prosaica. De ahí que sean recurrentes los temas exóticos. En las obras se busca una lejanía que puede ser espacial (Oriente, India, Japón…) o temporal (sobre todo, la Edad Media y, en menor medida, el Siglo de Oro).

5) Énfasis de lo nacional: la vuelta a la Edad Media supone muchas veces una mirada al pasado nacional.

Se ensalzan las viejas glorias históricas, los hechos más famosos, las tradiciones patrias (novela histórica, baladas…).

La literatura se tiñe de patriotismo y se pone, a veces, al servicio de una determinada causa ideológica (de sentido liberal o conservador). No olvidemos que en el siglo XIX asistimos al auge de los nacionalismos y los regionalismos en Europa.

—Lo mismo sucede en Hispanoamérica, donde la literatura pasa a ser expresión de la sociedad y voz de las nacientes repúblicas independientes.

6) Rechazo de las normas neoclásicas: los tratadistas del siglo XVIII habían impuesto el respeto a las reglas como principal piedra de toque para determinar la calidad de una obra literaria: lo que se ajustaba a esas reglas, al «buen gusto» literario, era correcto y de mayor valor.

—En cambio, el Romanticismo proclama la libertad del autor para expresarse sin ningún sometimiento a las normas dictadas por las preceptivas.

—La libertad es total, de ahí que a veces se difuminen las fronteras entre los géneros literarios (mezcla de prosa y verso, combinación en la misma obra de elementos narrativos y dramáticos, trágicos y cómicos, etc.).

—Es manifiesto el gusto por los contrastes.

7) Preferencia por los personajes marginales: los protagonistas de las obras románticas suelen ser personajes al margen de la sociedad, que rompen por completo con sus leyes y convenciones; de esta forma,

los antihéroes se convierten en héroes: el bandido, el pirata, el cosaco, el mendigo, el verdugo, el reo de muerte, la prostituta, etc. Las canciones de Espronceda nos ofrecen un buen repertorio de estos nuevos héroes románticos.

8) Ambientes y motivos románticos: hay algunos escenarios y motivos típicamente románticos, como

—la noche, la luna;

—los cementerios, los sepulcros, las ruinas;

—las tormentas, los huracanes, la fuerza desatada de la naturaleza;

—atmósferas misteriosas, elementos fantásticos y de terror gótico.

9) Carácter tópico. Las obras románticas se construyen con personajes y estructuras que tienen mucho de clichés repetidos, los cuales resultan intercambiables de unas piezas a otras.

—Tanto en novela como en teatro, el universo de los personajes se divide maniqueamente en buenos y malos (héroes / villanos). Los protagonistas son tipos simbólicos sin demasiada profundidad psicológica.

—Los autores manejan unos recursos también tópicos en la construcción de la intriga para mantener el interés del lector o del espectador.

10) Énfasis de la expresividad: el estilo de las obras románticas es grandilocuente y retórico. Por ejemplo:

—abundan los vocablos sonoros y altisonantes, con especial preferencia por los esdrújulos: cárdeno, lóbrego, lúgubre, mísero;

— son frecuentes los adjetivos epítetos;

—se da importancia al ornato retórico de la obra: exclamaciones, interrogaciones retóricas, reticencias, y en general, todos los recursos estilísticos;

polimetría (se usa una gran variedad de versos, de arte mayor y menor, para conseguir distintos efectos expresivos)[1].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.